viernes, 17 de junio de 2016

PASEOS



Si alguien me preguntase por ti, nunca le diría que la discreción era tu cualidad más reseñable, con lo que no hubiera querido decir que no fueras discreta, sino simplemente que, entre otras características tuyas, esa no era, a mi modo de ver, la más reseñable. También eres alta, incluso bastante alta, pero en las mismas circunstancias, tampoco sería esa una de tus características que para mí siempre te hicieron interesante o llamativa. Después de todo, cada cual se fija en aspectos del otro que son importantes para él, pero no para todo el mundo. Digo esto, porque tengo la impresión de que debe costarte un esfuerzo ímprobo silenciar algunas cosas mías que estoy seguro de que no te gustan, y te las callas porque en el fondo sabes que precisamente de esas no puedo prescindir. No sabes cuanto te lo agradezco, porque es cierto, y privado de aquello que en el fondo tú detestas, yo me vería convertido en poco más que un pelele.
Claro que todo tiene su contrapartida, y callar lo que te abruma, hace que con frecuencia seas injusta conmigo al centrarte en aspectos desagradables menores de mi persona, que seguro que los tengo, pero que no me parece que sean, conociéndonos desde la adolescencia, lo suficientemente importantes. Por ejemplo, un simple y discreto olor de pies después de toda una jornada de aquí para allá, no creo que sea suficiente para que descargues contra mí una ira casi homicida. Y menos si, como era el caso y te he dicho, siendo un olor bastante moderado. Peor me parece todavía, que te irrites de esa manera con los niños, cuando tengo el convencimiento que les adoras, y que lo que haces es simplemente desviar hacia ellos tu frustración conmigo. Me reprochas, lo sé, que sea tan reflexivo, o más que reflexivo,  tan introvertido, y más aún que ambas cosas, que me sienta incapaz de resolver el menor de los problemas sin someterlo previamente a un análisis profundo. Te desquicia que sea incapaz de actuar por un momento a la ligera, o de una forma resuelta y espontánea, poseído por un espíritu meticuloso que me lleva a aplicar la lógica aristotélica a hechos tan simples como la proposición siguiente: “si el perro pasea tres veces al día un kilómetro, pero por la mañana camina dos, ¿es preciso o no, sacarlo a mediodía y por la noche?”.
Comprendo tu desesperación, y cuanto desearías que rompiera la rigidez de mi carácter con una manifestación emocional de la que me siento incapaz. Es más, a estas alturas de mi carta sé que ya te sientes enojada por mis explicaciones, pero como ya te dije antes, estoy seguro que aún así callarás, llevando tu respeto hacia mí hasta un lugar que podría volvernos a los dos border-lines o algo parecido. Te recuerdo, sin embargo, que cuando nos conocimos allá por los sesentas, si algo ponderabas en mí era mi diferencia con el resto de chicos. Recuerdo como te gustaba que, mientras los otros querían llevarte a la discoteca, yo te hablara de la poesía francesa de la Edad Media,  de la nouvelle vague y el estructuralismo entonces tan de moda. Reclinabas tu cabeza en mi hombro y me dejabas perorar interminablemente sobre Derrida y Godard, aunque ahora ya entiendo que en no pocas ocasiones acabaras dormida aunque lo justificaras por el encanto que decías encontrar en el tono de mi voz.
¡Qué ingenuo! ya ves ahora me río. Siento que se acerca el momento en el que debes decirme la verdad, soltar toda la inquina y odio que has acumulado contra mí a lo largo de estos años, y que sinceramente no sé si sería capaz de soportar, no porque no tenga capacidad de entenderlo, sino de resolverlo. Veo difícil que yo pueda cambiar, y no por falta de voluntad, sino porque creo que si lo intentara me diluiría como un azucarillo. Se me ocurre como solución intermedia, dado que sin ti realmente no sé lo que podría hacer, te sugiero que cuando me escuches, hagas como quien oye llover, o te vayas y me dejes con la palabra en la boca, o tomes otras resoluciones que dejo a tu iniciativa.  Quien sabe si tu espontaneidad y falta de miramientos, harán que por fin sea capaz de decidir si sacar o no sacar al perro a mediodía (o por la noche, aunque siempre quedaría el problema del número de kilómetros…)

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