Es posible,
aunque quizás no tan probable, que en algunos momentos de su vida sienta la
necesidad imperiosa de ayudar, y es importante que trate pronto de definir lo
que antes se llamaba (con todas las de la ley), complemento directo. Y para
ello es necesario hacerlo a priori de una forma genérica, porque no es lo mismo
ayudar a alguien fuera de nosotros que a nosotros mismos. A partir de ese
momento lo natural es que sintamos el impulso de echar una mano a alguien en
apuros, o a estudiar con detalle lo que nos vendría bien personalmente para
llevar una vida plena. Aunque pensándolo más a fondo, puede suceder que ambas
cosas coincidan en la medida en que ayudar a los demás suele ser muy
gratificante para quien lo hace. Etcétera.
Llegado a este
punto, quien quiere ayudar a los demás debe evaluar en qué consiste tal ayuda,
pues lo que para él puede suponer un problema, para otros resultar algo asumido
o incluso visto de forma positiva. Y no solo eso, sino que debe tenerse en
cuenta si la persona a quien trata de ayudar lo admite, pues como es bien
sabido, hay quienes lo consideran vejatorio, al estimar que la ayuda, en
determinados casos es una forma muy elaborada de desprecio. Posiblemente
también existen quienes prefieran vivir en alpargatas que ser ofendidos aceptando
unos zapatos Sebago, por decir algo; incluso merece la pena valorar de antemano,
si en el futuro el benefactor no será objeto por parte del otro de un profundo
rencor. Desvaríos de la mente humana, capaz de anteponer con frecuencia una
supuesta dignidad, al puro hecho de reconocer una necesidad y agradecer la
ayuda. Esta es la doble cara de la caridad, en ocasiones justamente denostada,
no solo porque no enseña al otro nada en concreto para defenderse en la vida (a
pescar, como tantas veces se ha dicho), sino que lo señala como alguien que,
después de todo, ha fracasado.
Ya sé que decir
esto es una simplificación, y que los pobres en las aceras, en las salidas de
los supermercados y en los semáforos, no están para estas sutilezas, y
agradecen sin dobleces unos céntimos, pero hay que advertirlo para que la
posible reacción negativa no nos coja por sorpresa. Esto no debe ser un
inconveniente para ciertos momentos en los que la ayuda resulta imprescindible
con independencia de toda consideración ética. Si alguien, por ejemplo, pide
socorro desde el agua agitando los brazos y al mismo tiempo tiene dificultades
para mantener la cabeza por encima de la misma, no debemos abismarnos en
profundas reflexiones de orden moral, ni pensar que a esa distancia de la
orilla, la persona en cuestión debe hacer pie y ella misma puede resolver su
situación. Si sabemos nadar, debemos arrojarnos al agua y tratar de acercarle a
la orilla, algo no siempre tan sencillo, pues en ocasiones el accidentado,
llevado por los nervios y la angustia, puede propinarnos un puñetazo y a partir
de ese momento ser dos las personas en apuros. Afortunadamente, en las piscinas
públicas es obligatoria la presencia de socorristas, que saben nadar con cierta
soltura, y han recibido un curso de información previo, o son diplomados en
salvamento y saben como actuar en esas ocasiones. Además, también es
obligatoria la instalación de salvavidas, que puedan ser lanzados al agua en
caso de apuro. Morir ahogado debe ser un trago difícil de soportar (e incluso
más de uno, valga el chiste). Otra posible solución sería que la persona en
cuestión estuviera dotada de branquias o fuera un anfibio, algo en el primer de
los casos, imposible, y en el segundo más que dudoso, por más que, al parecer,
los seres humanos salimos del mar hace
millones de años, al parecer, en forma de lagartos.
La ayuda que
suele ser requerida en más ocasiones es la de tipo afectivo o espiritual. Para
ello debemos estar preparados con una mente abierta y el corazón dispuesto a
transigir con situaciones de difícil encaje con nuestra personalidad. Ayudar a
los iguales suele ser relativamente fácil, pero hacerlo cuando somos requeridos
para ello por un individuo que dice sentir un deseo profundo de quitar de en
medio a su vecino, o patear el vientre de una embarazada, puede resultar complicado.
Sobre todo si somos nosotros mismos el vecino aludido, o nos encontramos en el
sexto mes de gestación. No obstante, excepto en esos casos u otros similares,
en lo que lo más adecuado resulta avisar a la policía y poner de inmediato
tierra de por medio. O quizás debemos templar nuestro espíritu y aprestarnos a
la ayuda solicitada (si tal es el caso), considerando la ventaja que supone
saber que nuestras neuronas tienen una plasticidad sorprendente hasta el mismo
día de nuestro óbito, y que por lo tanto, podremos hacer frente a las
situaciones aparentemente más disparatadas.
El yoga a base
asanas, el zazen, los estiramientos e incluso los masajes de un profesional
cualificado, pueden ayudarnos para acercarnos a quien lo requiera con el
espíritu dispuesto para la ayuda, considerando que, como dijo un famoso
filósofo, (estrábico para más señas) (1), “nada humano me es ajeno”. No es preciso
para ello ser un existencialista, e incluso uno puede abominar de Heidegger,
que en opinión de muchos de sus colegas, no sabía lo que decía (2), pero que,
sobre todo, era un perfecto hijo de puta (3), dicho esto en un castellano
diáfano del que sin duda no renegarían en Valladolid, ni por lo tanto, don
Miguel Delibes. Preparados pues de la forma antedicha, debemos escuchar a quien
lo requiera con una actitud relajada que facilite la relación, y que haga que
el otro se sienta cómodo y pueda confiarnos sus dificultades con la certeza de
que no va a ser juzgado. Pueden ser momentos difíciles, ante los cuales
haríamos bien en dejar de lado nuestros prejuicios, por más que lo que oigamos
pueda perturbarnos. En ese sentido sería conveniente eliminar previamente
algunas señales de nuestro lenguaje
corporal que pudieran poner al otro sobre aviso de nuestra disensión o malestar.
Atentos, pues a los movimientos incontrolados de nuestras extremidades, al
empleo excesivo de nuestras manos o nuestra gesticulación, y sobre todo a
ciertos tics que nos delatarían sin remedio, como el parpadeo excesivo (incluso
guiñando un ojo), el fruncimiento de la boca y el tocarse la nariz
reiteradamente sin venir a cuento.
No nos vendría
mal haber practicado con anterioridad la llamada “escucha pasiva” (4), algo muy
utilizado por lo psicoterapeutas cuando los pacientes se ponen pesados; es una forma aproximada de aquello que el
saber popular conoce como “por un oído me entra y por otro me sale”. Claro que
no debe pasar ni un momento más sin mencionar una palabra que abre todas las
puertas en el mundo de la comunicación afectiva. Se llama “empatía”, esa
facultad que nos hacer sentir como propios los sentimientos ajenos, y que le
facilita al otro abrirnos su corazón. Y esto no deja de ser interesante, pues
otro vocablo muy afín y con las mismas raíces, señala una situación muy
diferente, se trata de “patología”, que tiene que ver con las emociones alteradas,
y que convenientemente diagnosticado (o no), pueda uno acabar en un psiquiátrico
o tomando una ensalada de pastillas para mantenerse en sus cabales.
Y creo que
tratándose este artículo de una síntesis de las instrucciones elementales para
ayudar a nuestro prójimo, ya es suficiente con lo dicho. Queda para otro día la
segunda parte a la que se hizo alusión al empezar, la ayuda a nosotros mismos,
hoy tan de moda en tantos libros, dvds, yutubes. Se trata de una industria que,
independientemente de su eficacia, hace que con seguridad se sientan mejor sus
promotores, al proporcionarles un estatus que para sí quisieran los destinatarios
(quien tenga dudas que pregunte a Louise M. Hay, Paulo Coelho, y con matices, a
Eduardo y Elsa Punset en España). Si usted no sabe con certeza quien es
realmente, le recomiendo a algunos autores que podrían echarle una mano, por
ejemplo Sigmund Freud y Carl G. Jung, pero mal empezamos (5). Si usted tiene la
certeza de ser Napoleón o Jesucristo o su autor favorito se llama Ronald
Laing(6) (un psiquiatra importantísimo que introdujo una visión totalmente
diferente de la enfermedad mental), siento comunicarle que no puedo serle de
ninguna ayuda. Un cordial saludo, en cualquier caso.
(1) Se trata de
Jean Paul Sartre, uno de los padres de la corriente filosófica llamada
existencialismo. Era bizco, que es una forma de estrabismo.
(2) Quien tenga
alguna duda que intente leer “Ser y tiempo”, su obra capital.
(3) Heidegger, a
pesar de sus elaboradísimas teorías, entre ellas el famoso “dasein”, fue en
opinión de muchos colegas un ser humano repugnante que apoyó a Hitler y al
nazismo, colaborando de esa manera a un descenso significativo del número de
habitantes de este planeta.
(4) La escucha
pasiva es conocida en el mundo de la teoría psicoanalítica como la actitud del
psicoanalista mediante la cual, el profesional escucha lo que le dice el
paciente y se queda solo con lo esencial, de una forma conocida como “atención
flotante”.
(5) Carl G.
Jung, fue un famoso psiquiatra suizo discípulo de Freud, de quien pronto
disintió. No estaba de acuerdo con su maestro en que las enfermedades mentales
de sus pacientes empezaban en la alcoba de sus padres. Dos de sus conceptos más
conocidos fueron “el alma colectiva” y el “sí mismo”, que es lo que aquí viene
al caso.
(6) Ronald Laing
fue un importante psiquiatra inglés de los años setenta, conocido como el
creador “antipsiquiatría” y especialista en la esquizofrenia (*). Escribió dos
libros muy importantes de los que se vendieron miles de ejemplares, “El yo
dividido” y “El yo y los otros”. Uno de sus colegas, Joseph Berke ayudó a una
de sus pacientes, Mary Barnes, a escribir un libro que causó mucho impacto en
su día: “Aquí no tuve que volverme loca”. Trata de la experiencia de esta en
una casa de Londres, donde los antipsiquiatras
alojaban a sus pacientes en régimen muy especial. Uno de los
entretenimientos más terapéuticos de estos consistía, al parecer, en pintar las
paredes o a sí mismos con sus excrementos (sin: mierda).
(*) Un conocido
psiquiatra español (y cordobés), Carlos Castilla del Pino se ocupó también de
esta dolencia. Publicó en dos tomos una “Introducción a la psiquiatría” con
gran repercusión en la profesión (e incluso entre sus pacientes). Era de la
opinión que el delirio es un error necesario, y en tal sentido escribió un
ensayo con ese nombre. En él afirma que el ser humano, en determinadas
circunstancias, se ve obligado a delirar para ser “alguien”. Quizás, haciendo
un paralelismo, sea esa la razón última por la que siendo un comunista radical,
se permitió una vida muy acomodada con la venta de sus libros y los honorarios
de sus pacientes Lo que parece perfectamente lógico..
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