martes, 29 de enero de 2013

MANCOS


Como norma, no cojo taxis. Comprendo que, de saberlo, el gremio no me estaría agradecido, y me parece lógico. De la misma manera, espero que sus integrantes comprendan que no están mis bolsillos para tales dispendios. Es posible que el precio por una carrera sea el justo, y que cobrar menos supondría llevarles a la ruina, pero debo administrar mis escasas rentas, si no quiero terminar presentándome en los comedores municipales. La supervivencia, como es bien sabido, es la primera tarea de todo ser vivo, menos la de los suicidas, que hacen otra lectura de la realidad. Allá ellos. Dicho lo cual, debo de inmediato añadir que ayer me vi obligado a coger uno, echando así por tierra mis planteamientos apriorísticos, teniendo en cuenta que tenía una cita urgente en la comisaría de un barrio en el que no se me había perdido nada, pero los datos a mi nombre eran inequívocos, y no quería faltar, pues ya se sabe como se las gasta esta institución cuando se ve contrariada, considerando que las porras y la pistolas están en sus manos. El taxista era una señora de mediana edad, es decir: era una taxista. Tenía  aspecto de starlette y unas maneras desinhibidas, que me hicieron considerar si en tales circunstancias no sería preferible coger taxis con más frecuencia, pues nunca se sabe el grado de permeabilidad que estas mujeres pueden exhibir en un momento dado, ya que siendo un solterón empedernido y con pocas posibilidades de éxito, es conveniente estar a la que salta. Cuando le di la dirección tuvo dos reacciones antitéticas, pues si por un lado pareció alegrarse de hacer un recorrido largo, y en consecuencia cobrarme la tarifa máxima en circuito urbano, por otro, el hecho de que me reclamara la policía de un barrio con mala fama la inquietaba, pues, en sus propias palabras, no podía evitar identificarse con su pasaje (dijo “pasaje” y no “pasajeros”, sin una pizca de ironía, lo que me hizo suponer que tenía de su profesión un concepto decididamente marinero). O aeronáutico, claro está. Al poco de comenzar el recorrido me pidió permiso para salir un momento del vehículo por urgencias insoslayables, cosa que autoricé una vez detenido el contador. El asunto se resolvió con la rapidez habitual en estos casos, pero para mi sorpresa, Eva, que así se llamaba la taxista, regresó acompañada de un tipo agitanado al que iba a llevar con nosotros hasta un dispensario próximo porque sangraba por la nariz, y aunque parecía algo leve, dijo, “en estos casos nunca se sabe”, haciéndome un gesto breve pero significativo de que hay sustancias que no son ni rape ni desbloqueantes nasales. El individuo, con un pañuelo tapándole las narinas, trató de explicarme lo que le sucedía, hasta que pudo entender que yo o era mudo o no quería hablar. Poco antes del ambulatorio, cerca de la plaza de Manuel Becerra, Eva me pidió de nuevo permiso para bajar con urgencia, lo que yo empecé a interpretar como un caso claro de incontinencia, algo que no le iba nada a sus maneras de actriz secundaria en el Hollywood de los sesenta, pero volví a aceptarlo en homenaje, valga el paralelismo, a mi difunto padre, que en su día lo pasó muy mal con la próstata. El gitano salió del coche habiendo decidido hacer el tramo que le faltaba a pie, momento en el que intentó darme la mano como despedida y supongo que en señal de agradecimiento por el recorrido gratis que acababa de hacer, dándose cuenta, ante mi falta de respuesta, que posiblemente había hecho el trayecto en compañía de un mudo que, además, era manco. Esta vez Eva tardó algo más, pero tampoco fue nada exagerado, ya que al entrar en el vehículo se hizo evidente que estaba bastante achispada, lo que me hizo suponer que sus reiteradas paradas en los establecimientos de bebidas tenían más que ver con la sed, tomada en su acepción más genérica como ingesta de  cualquier tipo de líquidos, que con las urgencias que otrora sufriera mi querido padre. En esta ocasión, además, vino acompañada de dos individuos de difícil definición, pero dando la impresión inmediata de estar muy satisfechos, pues cantaban sin ningún tipo de inhibición, sentándose uno a su lado y el otro al mío. Este último enseguida me pidió que le acompañara haciendo la segunda voz de “Moon river”, se le veía melancólico, entrando ya en la tercera y definitiva fase de la ingesta alcohólica. Fue precisamente en ese momento en que ambos nos sentíamos transidos por una nostalgia de difícil resolución, cuando pude darme cuenta que a su lado, prácticamente empotrada contra la puerta, se encontraba una mujer negra y diminuta, que al notar que era consciente de su presencia, me saludó con un hola casi imperceptible, pero con un acento indudablemente caribeño. Así pues, rumbo a la comisaría éramos en ese momento cinco personas a bordo, número más que suficiente para estimar que al fin el taxi iba a completar el recorrido para el cual había sido alquilado. Error, sin embargo, garrafal, pues poco después de pasada la glorieta de rumbo al sur, Eva volvió a pedirme un tiempo para aliviar ciertas necesidades de las cuales parecían depender su integridad física. Esta vez, sin embargo, ni siquiera esperó a que le contestara, y dando a su puerta lo más parecido que puede haber a una patada, salió del habitáculo y se dirigió en compañía de sus amistades hacia un garito de mala muerte junto a la acera, donde pude percibir que le esperaban un grupo de personas que por su actitud podía tomarse por una coral de barrio, desapareciendo todos entre sus integrantes apenas alcanzado el umbral del chiringuito. La morena bajita, no obstante, antes de perderse se volvió y me dijo adiós levantando el brazo, haciéndome ver de esta manera que uno puede provenir de latitudes donde el presupuesto en Educación es mínimo, y sin embargo, ser más educado que otros donde el PIB no hace más que aumentar año tras año. Pasados quince minutos del desembarco, y cuando ya estaba al borde del ataque de nervios, la taxista tuvo la consideración de acercarse al vehículo para decirme que sintiéndolo mucho a partir de ese momento tendría que seguir a pie, porque su porcentaje de alcohol en sangre no le permitía conducir, aunque había tenido mucho gusto en conocerme, deseándome que lo de la policía del barrio del Cañaveral no fuera nada, y añadiendo que si lo que necesitaba era costo a buen precio, no dudara en acudir a ella o cualquiera de los elementos que nos habían acompañado hasta ese momento. Bajé pues del coche con su indicación de “a dos kilómetros, todo recto”, y durante el trayecto que finalmente me condujo a la Comisaría del distrito 47, tuve tiempo de reflexionar con cierta profundidad en el siguiente aforismo: “la vida no es lo que esperas, pero tampoco lo que no esperas, se desarrolla de acuerdo con criterios que pueden o no coincidir con determinados proyectos o fantasías que, en resumidas cuentas, tampoco tienen por qué realizarse en absoluto”. Afortunadamente delante del Comisario supe mantenerme en calma y con la boca cerrada, pues cuando me informó de que se trataba de un error, estuve a punto de hacerle partícipe de mis últimos pensamientos, y quizás no me hubiera soltado con tanta facilidad, teniendo en cuenta que el establecimiento contaba con botiquín y había un servicio de urgencias en un hospital de la acera de enfrente.

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