martes, 1 de enero de 2013

ACAECERES


El óbito debió acaecer ya de madrugada. Me había levantado como todos los días en plena noche, pero con mal cuerpo y un ligero temblor, que, sin embargo, no me impidió realizar lo que en mí era habitual a esas horas. Luisa dormía profundamente y no me pareció adecuado despertarla, por lo que, tras unos instantes de duda, creo que me volví a dormir, y supongo que poco después debió suceder lo que me ha traído hasta aquí. De verdad que lo siento por ella, la pobre está bastante delicada del corazón y debió asustarse mucho al verme, aunque imagino que de inmediato debió llamar a nuestros hijos para que se hicieran cargo de la situación. Todavía me duele pensar en ello. No se lo merecía, después de tantos desvelos como pasó para sacarnos a todos a delante, y asumo ese “todos” sin el menor reparo, yo era su marido, pero durante bastante tiempo fui un lastre para ella, sin trabajo y lleno de achaques. Pero, en fin, debo adaptarme a la nueva situación y no darle demasiadas vueltas, sería inútil y no ayudaría a nadie. Si debo ser sincero, aquí no se está mal, no es desde luego lo que uno podría esperar, pero teniendo en cuenta que verdaderamente yo no esperaba nada, al fin y al cabo debo dar gracias y sentirme agradecido. Para ellos ya pasó el tiempo del luto y deberán seguir viviendo sus vidas, después de todo es lo que tienen, y harían bien en aprovecharlas lo mejor que puedan. Me acuerdo de ellos todos los días, pero no es un sentimiento de falta o doloroso, en todo caso, si tuviera un sentimiento de culpa, que nunca me fue propio, podría sentirme egoísta, pero tampoco es así. Les recuerdo con un cariño teñido de esperanza, como si pronto les fuera a ver, y no valiera la pena exagerar. Mientras tanto, aquí paso el tiempo (o como aquí pueda llamarse a esa sensación en la que a una cosa le sigue otra) como buenamente puedo, es un lugar agradable, donde todo transcurre con mucha placidez, sin grandes alegrías pero sin sobresaltos, lo que hace que nuestros días se puedan sobrellevar sin complicaciones. Verdaderamente no sé donde estoy, pero si tuviera que decir algo, a mi esto me parece muy parecido al limbo del que nos hablaban cuando éramos niños, aunque creo recordar que luego ese lugar lo suprimió oficialmente la Santa Sede. En cualquier caso, me siento agradecido, pues desde luego no se trata del infierno, y si es el cielo, aunque no sea lo espectacular que podía esperarse, sí es un lugar donde uno puede eternizarse sin mayores problemas. No siento el llamado “mal de ausencia”, esa falta terrible de Dios que al parecer sufren los que en vida no le consideraron, y puedo decir que las horas transcurren tranquilamente sin que se eche de menos ninguna presencia irremplazable. Al parecer, somos muchos, pero vivimos unas vidas bastante independientes agrupados por afinidades de acuerdo con nuestras aficiones, concretamente los que estamos en este área nos dedicamos a los juegos de azar, la escritura y la música. Son muchas horas en compañía de los demás que resultan muy gratas, pues durante el juego, por ejemplo, en ningún caso se dan discusiones ni desacuerdos violentos, ya que en las situaciones que podían resultar desagradables, todos nos comprendemos y tenemos la certeza de que nadie obra de mala fe. En cualquier caso, preferimos no hablar, aunque debe quedar claro que nos entendemos perfectamente mediante gestos mínimos que hacen inútiles las palabras. De vez en cuando, sin embargo, hay quien llevado sin duda por algún tipo de añoranza, dice algo en un idioma que no todos comprendemos, pero del que, paradójicamente, logramos captar su sentido, pues aquí el lenguaje es prescindible, algo demasiado elemental para seres que nos movemos en otra dimensión. Seguro que a los del otro lado nuestra actitud les parecería sorprendente, e incluso les causaría un gran dolor, pero en este lugar todo está lo suficientemente claro para que no sea necesario desvivirse con explicaciones ni argumentos sofisticados: es todo muy sencillo. Debo, no obstante, decir que en ciertas ocasiones, siento en mi interior un deseo irrefrenable de transmitir a los demás mis sentimientos más profundos, y que hago un esfuerzo casi sobrehumano para reprimirme y no estallar y gritar a voz en cuello mi alegría o mi congoja, pero dura poco tiempo, y enseguida me sumerjo de nuevo en cualquiera de mis actividades preferidas. Debo decir también que llevo un diario, y que buena parte de la mañana la paso escribiendo en él los pequeños pormenores de mi vida aquí, que aunque pueda parecer un tanto monótona, tiene unos matices sutilísimos que de ninguna manera quiero que se me escapen y acabe olvidándolos. De todas maneras, en este punto quiero resaltar la voluntad que pongo en escribir con buena caligrafía, independientemente del tema de que se trate que, por lo que ya he dicho, nunca tiene demasiadas variaciones, sin que esto quiera decir que ocasionalmente no haya asuntos reseñables. En concreto, últimamente hago bastante hincapié, y esto se lo señalo a los demás, en las deficiencias del sonido de la megafonía. Hay ocasiones que está muy bien, y  es de agradecer, pues incluso podría decirse que es de alta fidelidad, pero a veces se convierte en una chicharra insoportable, algo verdaderamente difícil de comprender si es cierto que estamos donde suponemos. Esto se hace especialmente hiriente en los momentos en los que a través de ella oímos algunas cantatas y partitas de Juan Sebastián Bach, al que siempre he adorado, y que me hace recordar con especial emoción el día de mi boda, cuando más allá de Mendelssohn, en algunos momentos se podía oír su Tocata y Fuga en re menor. Entonces pienso en la pobre Luisa y lo sola que se ha quedado, y mis ojos se llenan de lágrimas, pero debo ser muy discreto y disimular, porque pienso que es lo que corresponde en un lugar  tan discreto como este, al que le llaman cielo.

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