El óbito debió
acaecer ya de madrugada. Me había levantado como todos los días en plena noche,
pero con mal cuerpo y un ligero temblor, que, sin embargo, no me impidió
realizar lo que en mí era habitual a esas horas. Luisa dormía profundamente y
no me pareció adecuado despertarla, por lo que, tras unos instantes de duda,
creo que me volví a dormir, y supongo que poco después debió suceder lo que me
ha traído hasta aquí. De verdad que lo siento por ella, la pobre está bastante
delicada del corazón y debió asustarse mucho al verme, aunque imagino que de
inmediato debió llamar a nuestros hijos para que se hicieran cargo de la
situación. Todavía me duele pensar en ello. No se lo merecía, después de tantos
desvelos como pasó para sacarnos a todos a delante, y asumo ese “todos” sin el
menor reparo, yo era su marido, pero durante bastante tiempo fui un lastre para
ella, sin trabajo y lleno de achaques. Pero, en fin, debo adaptarme a la nueva
situación y no darle demasiadas vueltas, sería inútil y no ayudaría a nadie. Si
debo ser sincero, aquí no se está mal, no es desde luego lo que uno podría esperar,
pero teniendo en cuenta que verdaderamente yo no esperaba nada, al fin y al
cabo debo dar gracias y sentirme agradecido. Para ellos ya pasó el tiempo del
luto y deberán seguir viviendo sus vidas, después de todo es lo que tienen, y
harían bien en aprovecharlas lo mejor que puedan. Me acuerdo de ellos todos los
días, pero no es un sentimiento de falta o doloroso, en todo caso, si tuviera
un sentimiento de culpa, que nunca me fue propio, podría sentirme egoísta, pero
tampoco es así. Les recuerdo con un cariño teñido de esperanza, como si pronto
les fuera a ver, y no valiera la pena exagerar. Mientras tanto, aquí paso el
tiempo (o como aquí pueda llamarse a esa sensación en la que a una cosa le
sigue otra) como buenamente puedo, es un lugar agradable, donde todo transcurre
con mucha placidez, sin grandes alegrías pero sin sobresaltos, lo que hace que nuestros
días se puedan sobrellevar sin complicaciones. Verdaderamente no sé donde
estoy, pero si tuviera que decir algo, a mi esto me parece muy parecido al
limbo del que nos hablaban cuando éramos niños, aunque creo recordar que luego
ese lugar lo suprimió oficialmente la Santa Sede. En cualquier caso, me siento
agradecido, pues desde luego no se trata del infierno, y si es el cielo, aunque
no sea lo espectacular que podía esperarse, sí es un lugar donde uno puede
eternizarse sin mayores problemas. No siento el llamado “mal de ausencia”, esa
falta terrible de Dios que al parecer sufren los que en vida no le consideraron,
y puedo decir que las horas transcurren tranquilamente sin que se eche de menos
ninguna presencia irremplazable. Al parecer, somos muchos, pero vivimos unas
vidas bastante independientes agrupados por afinidades de acuerdo con nuestras
aficiones, concretamente los que estamos en este área nos dedicamos a los
juegos de azar, la escritura y la música. Son muchas horas en compañía de los
demás que resultan muy gratas, pues durante el juego, por ejemplo, en ningún
caso se dan discusiones ni desacuerdos violentos, ya que en las situaciones que
podían resultar desagradables, todos nos comprendemos y tenemos la certeza de
que nadie obra de mala fe. En cualquier caso, preferimos no hablar, aunque debe
quedar claro que nos entendemos perfectamente mediante gestos mínimos que hacen
inútiles las palabras. De vez en cuando, sin embargo, hay quien llevado sin
duda por algún tipo de añoranza, dice algo en un idioma que no todos comprendemos,
pero del que, paradójicamente, logramos captar su sentido, pues aquí el
lenguaje es prescindible, algo demasiado elemental para seres que nos movemos
en otra dimensión. Seguro que a los del otro lado nuestra actitud les parecería
sorprendente, e incluso les causaría un gran dolor, pero en este lugar todo
está lo suficientemente claro para que no sea necesario desvivirse con
explicaciones ni argumentos sofisticados: es todo muy sencillo. Debo, no
obstante, decir que en ciertas ocasiones, siento en mi interior un deseo
irrefrenable de transmitir a los demás mis sentimientos más profundos, y que
hago un esfuerzo casi sobrehumano para reprimirme y no estallar y gritar a voz
en cuello mi alegría o mi congoja, pero dura poco tiempo, y enseguida me
sumerjo de nuevo en cualquiera de mis actividades preferidas. Debo decir
también que llevo un diario, y que buena parte de la mañana la paso escribiendo
en él los pequeños pormenores de mi vida aquí, que aunque pueda parecer un
tanto monótona, tiene unos matices sutilísimos que de ninguna manera quiero que
se me escapen y acabe olvidándolos. De todas maneras, en este punto quiero
resaltar la voluntad que pongo en escribir con buena caligrafía,
independientemente del tema de que se trate que, por lo que ya he dicho, nunca
tiene demasiadas variaciones, sin que esto quiera decir que ocasionalmente no
haya asuntos reseñables. En concreto, últimamente hago bastante hincapié, y esto
se lo señalo a los demás, en las deficiencias del sonido de la megafonía. Hay
ocasiones que está muy bien, y es de
agradecer, pues incluso podría decirse que es de alta fidelidad, pero a veces
se convierte en una chicharra insoportable, algo verdaderamente difícil de
comprender si es cierto que estamos donde suponemos. Esto se hace especialmente
hiriente en los momentos en los que a través de ella oímos algunas cantatas y
partitas de Juan Sebastián Bach, al que siempre he adorado, y que me hace
recordar con especial emoción el día de mi boda, cuando más allá de Mendelssohn,
en algunos momentos se podía oír su Tocata y Fuga en re menor. Entonces pienso
en la pobre Luisa y lo sola que se ha quedado, y mis ojos se llenan de
lágrimas, pero debo ser muy discreto y disimular, porque pienso que es lo que
corresponde en un lugar tan discreto
como este, al que le llaman cielo.
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