Como cabe considerar a los patriotas que hemos
definido en el escrito anterior personas perfectamente normales (en el sentido
de tener la cabeza sobre los hombros), puede uno preguntarse por el auténtico significado
que tiene para ellos la palabra a la que venimos aludiendo. Es decir, qué
significa “patria”. Etimológicamente está claro que remite a la palabra latina
“pater” (diccionario etimológico Corominas), y significa, por lo tanto, tierra
de los padres, y generalizando, tierra de los antepasados, a la que uno se
siente vinculado por los valores o características a los que ya aludimos y
muchos más. En cualquier caso, llama la atención el fervor con el que tales
personas aluden a ella, dando la impresión de que incluso podría tratarse de
“algo más”. Algo arraigado en su mente, o quizás con más justicia, en su
corazón, a lo que se consideran sagrado y digno de una devoción sobre la cual
solo cabría situar a Dios, ese otro concepto al que ya aludimos, y que, por
decir algo atinado, muchos consideran por encima de todo concepto. Y no creo
que sea necesario recurrir aquí al ejemplo que a todos se nos puso en nuestro
país cuando éramos unos niños, el de Guzmán el Bueno (valga esto para quien
pudiera pensar que hemos dejado de lado a los hijos).
Llegados
aquí, en mi opinión, solo cabe que la palabra que nos ocupa se refiera a algo
definitivo, a lo máximo, a aquello, por encima de lo cual no hay nada en este
mundo que pueda ni remotamente equiparársele. Y si no me confundo, el valor
definitivo de nuestra vida es, precisamente, ella misma, la vida. Amando a la
patria, parece ser que uno ama a aquello por lo que paradójicamente está
dispuesto a dar la vida, más allá de lo cual no hay nada. Patria es por lo
tanto aquello por lo que uno está dispuesto, llegado el caso a morir. Todos
recordamos la bella estrofa de Horacio en la oda que compuso conmemorando la
guerra de Roma con los partos, “Dulce et decorum est pro patria mori” (“dulce y
honorable es morir por la patria”, que tantas veces se ha empleado a lo largo
de la historia en los momentos en que los hombres han decidido que morir
merecía la pena, lo que habitualmente sucede en las guerras, como es sabido. Y
cuando digo “han decidido”, no se me escapa que, en general, no son ellos
quienes deciden, sino quienes les mandan.
Claro que, si recordamos lo dicho con
anterioridad, resulta que los patriotas tienen un concepto bastante vaporoso de
eso que llamamos patria, o lo tienen claro siempre que cumpla determinados
requisitos que no es cuestión de repetir. Patria vendría a ser, en resumidas
cuentas, lo que ellos quieren que sea, sus valores, por más que no sean
enteramente compartidos ¡oh paradoja! por sus compatriotas. Los símbolos de la
patria suelen ser la representación definitiva de lo que ellos entienden por
tal. La bandera Rojigualda, la Union Jack, la Tricolor o la de Barras y
Estrellas, cobran así un protagonismo definitivo ante el que con frecuencia no vale
el mejor de los argumentos ni los que aquí se han esgrimido, sin ir más lejos.
Y no digamos nada de los himnos nacionales, ante los que los patriotas, e incluso los que no alardean de serlo,
pueden sentir ponérseles la piel de gallina. Y si no me cree, busque en
internet y escuche con el volumen bien alto, los himnos nacionales (además del
español), de Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Italia, Alemania y Rusia,
por poner unos pocos. Es posible que la emoción, incluso a contrapelo, le haga
sentirse patriota de muchos países, tal es la fuerza de la música. A ver si al
final vamos a ser patriotas de todas las patrias. O de ninguna en particular. Y
en buen lío nos hemos metido.
Y no es cuestión para finalizar, hablar aquí de
Richard Dawkins, el famoso biólogo y evolucionista británico, para quien, a fin
de cuentas, según dice en “El gen egoísta”, todo es cuestión de herencia y la
defensa biológica de la tribu.
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