jueves, 31 de julio de 2014

ESTADOS

Fui con él hasta una sala enorme repleta de gente. En realidad, no era una sala sino un conjunto de habitaciones que se comunicaban entre sí, y daban la impresión de formar parte de un solo espacio. Podría decirse, tratando de ser más preciso, que desde cierto punto de vista, aquel lugar podía considerarse como una especie de laberinto, aunque de buenas a primeras no diera esa impresión. A él no sabía de qué le conocía, pero indudablemente íbamos juntos y parecíamos conocernos, aunque no hacía mucho tiempo. Me explicaba la situación de una forma un tanto vaga, en líneas generales, como tratando de hacerme comprender donde estaba. Sin embargo, en un momento dado desapareció, y no fui capaz de volverle a encontrar aunque anduve un buen rato de aquí para allá tratando de verle de nuevo. Me hallaba perdido, esa era la verdad, e intentaba reconocer a alguien entre las miles de personas que transitaban en todas direcciones. Todos eran hombres, iban bien vestidos y parecían ocuparse de algo en concreto que compartían, aunque yo fuera incapaz de enterarme de qué se trataba. En ocasiones me detenía y prestaba atención, pero al hacerlo la gente se ponía en movimiento automáticamente, como si no quisieran que lo supiese. La situación era angustiosa, pero no porque percibiera una amenaza concreta. Se trataba más bien de mi incapacidad para definir la situación. Estaba allí, pero no sabía qué era aquello, ni siquiera cual era su sentido. De vez en cuando me parecía reconocer algún rostro, pero al acercarme para verificarlo, desaparecía o cambiaba. Según transcurría el tiempo, empecé a tener la sensación de que no me encontraba en un lugar concreto, sino en un estado mental que yo mismo me inventaba y del que no podía escapar.

Finalmente acabé accediendo a una sala, donde un desconocido se dirigió a mí y me estuvo explicando sobre una mesa todas mis posibilidades, algo que yo no recordaba haberle preguntado en absoluto. Pero él actuaba como un autómata, que no tenía en cuenta mis necesidades verdaderas. Me explicaba todo con mucho detalle, aplicándose absurdamente en matices que a mí me tenían sin cuidado. Al final, creí deducir que se traba de diferentes vuelos que yo podía tomar allí mismo, aunque en ningún momento yo había pensado en volar a ningún sitio. Quizás intentaba decirme que ese era el único método para salir de aquel lugar. Yo entonces intenté preguntárselo, pero una vez que terminó se fue sin ni siquiera despedirse, y se dirigió a una sala adyacente. Desde lejos pude observar que repetía la misma operación con una señora que tampoco parecía demasiado interesada en sus explicaciones, por mucho que él se esforzara en que todo quedara perfectamente claro. Finalmente, me senté en un banco adosado a una de las paredes, cerré los ojos y esperé acontecimientos.

SIERPES

Lo que en principio podría haber sido ser tomado como una historia surrealista, ha acabado convirtiéndose en un drama. José Manuel, mi marido, Pepe para nosotros y sus amigos, ha sufrido un cambio que ni yo ni nadie puede explicarse, ni creo que ya sea posible en el futuro.  Siempre fue una persona muy introvertida y de pocas palabras, vaya eso por delante, pero lo que ha sucedido no tiene nada que ver, en mi opinión, con el hecho de que fuera un hombre serio e incluso excesivamente circunspecto. Cuando éramos novios, desde luego no era así. Ha sido algo que le ha sobrevenido con la edad o quizás por el mero hecho de ser padre y pensar que tenía que ser un ejemplo para sus hijos, tenemos cuatro, pero creo que se ha pasado porque de hecho, con frecuencia ahora que ya son mayorcitos, el menor tiene ocho años, me solían preguntar por qué papá no dice nada o por qué nos mira de esa forma tan rara.
Y es cierto, quizás yo, acostumbrada después de tantos años de convivencia, no caía en la cuenta, o consideraba que era algo suyo que no tenía demasiada importancia. Pero claro, una cosa soy yo, una persona adulta, y otra los críos que tuvieron que aceptar según pasaban los años a un padre que prácticamente no les dirigía la palabra. Su única ocupación, desde que pidió la excedencia por un año, era leer y jugar al ajedrez en el ordenador, en el que a veces se tenía a sí mismo como contrincante, y en otras a un individuo que vivía en Australia, y con el que al parecer también chateaba de vez en cuando. Me dijo que era un tipo muy interesante y que posiblemente vendría a conocer Europa el año que viene, y que pensaba alojarle en casa. Pero no quiero hablar de eso y perder el hilo. Decía que se pasaba gran parte del día enfrascado en esas dos actividades, y si el ajedrez no era poca cosa, la lectura ya era algo enloquecedor, pues le absorbía hasta el punto que se irritaba muchísimo si alguien le distraía. Y aquí, en mi opinión, es donde comenzó la desgraciada historia que ha dado sentido a esta sinrazón en la que hemos vivido este tiempo. Pepe siempre fue muy aficionado a los bichos, eso hay que decirlo antes de entrar en materia para ir ambientando lo que sigue, y presentarlo como algo relativamente coherente con el desarrollo posterior de su afición. Era muy corriente en otro tiempo verle escrutando de cerca cualquier animalito que se cruzara en su camino, y digo animalito porque no solo le interesaban desde siempre los domésticos, gato, perro, y otros más camperos como los conejos, las gallinas, las ovejas y cualquier case de cuadrúpedo, sino que los pequeños, incluso mínimos, como una hormiga, una mosca o una cucaracha. Sí, he dicho cucaracha ese bicho repugnante en el que al parecer se inspiró un supuesto escritor llamado Kafka para escribir una historia bastante tenebrosa por cierto, que sin embargo es considerada como una obra maestra.
Pero entrando ya en lo que nos interesa, voy a tratar de resumir lo que sigue para que este prólogo no se alargue más de lo conveniente. Hace apenas un año, José decidió que todos los sábados íbamos a salir al campo, según él, único lugar donde la vida puede ser verdaderamente reconocida como tal, algo que los demás aceptamos sin preguntar nada, aunque por una vez, fue algo más explícito y nos dijo que le gustaría que nos aficionáramos a la naturaleza. Unos podían dedicarse a cazar mariposas, otros a los pájaros o los peces, y los más pequeños a investigar con él la fauna exclusivamente terrícola, insectos, ratoncillos, escarabajos, grillos. “E incluso musarañas”, sentenció dando por concluida la información, como si hubiera dicho algo muy importante.
Así que desde el siguiente fin de semana todos aparecíamos en la sierra, donde el nos repartía en tareas, al final de las cuales nos reuníamos y dábamos cuenta de nuestros hallazgos (capturas era una palabra que no le gustaba nada). La verdad es que los chicos se divertían de lo lindo, y Pepe se mostraba entusiasmado, dentro de lo que cabe esperar en una persona como él. Lo más sorprendente era que por su parte siempre se presentaba con una culebra, “una culebrita” decía, que por algún motivo parecía hipnotizarle, y ante la que permanecía largo rato contemplando sus evoluciones, algo que a mí, para que voy a decir otra cosa, simplemente me repugnaba. Con el tiempo fue presentándose con ejemplares cada vez mayores, afortunadamente inofensivos, pero que por su tamaño ya empezaban a causarnos cierto respeto. Sobre todo, el día en que cuando reunimos a toda la fauna, aquel bicho asqueroso se despachó en un santiamén a dos mariposas y un escarabajo. Los chicos se quedaron muy impresionados, pero Pepe se puso a reír a mandíbula batiente al tiempo que  “Hijos míos ¡la depredación!¡la depredación!”, para luego explicar que en la naturaleza unos dependemos de otros, la cadena alimenticia puntualizó, “si no hubiera mariposas por ejemplo, no habría culebras”, sentenció, algo que a mi me sonó raro, aunque entendiese lo que quería decir.
 Regresamos con aquel bicho espantoso, escurridizo y grasiento, que al parecer lo mismo se desenvolvía en tierra que en el agua. Ya en casa lo instaló en su habitación (dormíamos separados hacía tiempo) dentro de una urna de cristal que compró al día siguiente. Desde entonces, empezó a alternar el ajedrez con la lectura y la contemplación del pobre animal, al que para alimentarlo le echaba grillos, caracoles, moscas, y cualquier porquería que cayera en sus manos y le pareciera adecuada. Hasta ese momento, siendo un tanto original, la situación parecía controlada, pero el día que se ausentó durante varias horas y se presentó en casa con una serpiente de un metro de longitud dentro de una mochila, tuve la impresión que la actividad de mi marido estaba empezando a tomar una deriva peligrosa.
 Poco antes de cenar nos congregó a todos en su habitación y nos dijo que estuviéramos atentos, pues todo iba a transcurrir muy rápido. Y así fue, en un segundo sacó a la serpiente del morral y la metió en la urna de cristal, donde como un relámpago se abalanzó sobre la culebra y se la tragó de inmediato, empezando por la cabeza. Todos salimos de la habitación bastante asqueados, pero él todavía se quedó allí con cara de felicidad, como si en lugar de haber contemplado un hecho bastante repugnante, hubiera asistido a un bello espectáculo de luz y sonido. Ya sentados a la mesa, tuvimos que esperarle no menos de diez minutos para que al llegar se sentase con cierta solemnidad y dirigiéndose a todos nosotros nos dijera “¡la depredación!, ya os lo dije el otro día, hijos míos” (al parecer a mí me consideraba también como a una hija).
A partir de aquel día, o más precisamente de la representación de la tarde, Pepe empezó a preocuparme seriamente, sobre todo porque prescindió totalmente de sus partidas de ajedrez, y se volcó definitivamente en los libros y en la wikipedia del ordenador, en los que se hacía evidente su trastorno, pues no paraba de consultar libros y webs sobre serpientes y herpetología (no era cuidadoso y aparte de dejar los libros en cualquier sitio, no borraba su historial en google). Un día me armé de valor y fui a su habitación para decirle que aquello debía terminar, porque los niños se estaban trastornando, y aquel animal de su habitación no hacía más que crecer y podía ser peligroso. Pero la verdad es que me di un susto morrocotudo pues aquel tipo (a aquel señor ya no podía llamarle Pepe y mucho menos mi marido) estaba de pie sobre la cama con aquel monstruo de dos metros enrollado al cuello y prácticamente haciendo carantoñas con él al tiempo que ambos sacaban la lengua, supongo que a modo de saludo. Di un grito y salí corriendo esperando que pronto me diese una explicación. Pero no fue así. Ni siquiera abrió la puerta y ese día no salió de su cuarto para comer.
Afortunadamente al día siguiente se incorporó a la vida familiar como si nada, aunque como de costumbre, apenas abrió la boca y se estuvo la mayor parte del tiempo leyendo en el sofá del salón. Durante la comida, sin embargo, estuvo más hablador de lo habitual, aunque su aspecto dejaba mucho que desear, parecía muy descuidado y no se había afeitado durante días. Al terminar comentó que teníamos un concepto muy equivocado de las culebras y las serpientes, que son seres bondadosos que han sido masacradas a través de los años, y que la razón por la cual buena parte de ellas eran venenosas era para defenderse. Nos recomendó leer un libro de Horacio Quiroga, un escritor uruguayo, que había escrito un cuento que lo explicaba todo llamado “Anaconda”. Luego se tomó el café y volvió a encerrarse en su habitación.
Por la noche, cuando ya estaba a punto de dormirme, oí la puerta de la calle, y me levanté de inmediato para ver de qué se trataba. Era él que salía con una de las bolsas que utilizábamos cuando salíamos de viaje. Me dijo que tenía algo que hacer, y que no me preocupara, que se encontraba bien. Volví a la cama y pasé toda la noche en vilo, dándole vueltas y con miedo, pues en esos momentos ya tenía claro que a pesar de los momentos más o menos lúcidos del mediodía, era conciente de aquel hombre estaba perdiendo la cabeza rápidamente, y tenía que tomar alguna medida, sobre todo por mis hijos que podían estar en peligro. Debí quedarme dormida porque no le oí volver, pero era evidente que estaba en casa porque pude escuchar ruido en su cuarto. Después de que los chicos salieran para el colegio, le eché valor, y como el ruido persistía, fui a su habitación y toque en la puerta con los nudillos. Desde dentro el gritó ¡abre! como si estuviera fuera de sí. Lo hice con mucha precaución, y después de echar un vistazo al interior, cerré de inmediato. Pepe estaba desnudo sobre la cama rodeado de una serie de serpientes enormes, que al moverse a su alrededor hacían un ruido que helaba la sangre en las venas. Yo no sabía demasiado de aquellos animales, que siempre me habían espantado, pero había ojeado algunos de sus libros y tuve el convencimiento de que se trataba de las más peligrosas. Podían ser la víbora del Gabón, la Mamba negra y la Cobra real, entre otras. Desde afuera le grité que no fuera loco y se deshiciera de aquellos monstruos, pero como única respuesta solo recibí una risotada desquiciada que me disuadió de tratar de ayudarle.
Mis hijos, desde luego no iban a volver a aquella casa. Ni yo tampoco. Después de todo, hasta que el asunto se solucionara podíamos vivir en casa de mis padres que era lo suficientemente grande para alojarnos durante unos días. Mientras tanto, no me quedaba otra solución que avisar a la Policía y que esta decidiera la mejor solución. Tuve que hacer cola un buen rato en la comisaría de mi distrito, pero finalmente un inspector, cuya cara de asombro fue aumentando con los minutos, me escuchó durante un buen rato hasta que al final me dijo que le esperara allí un momento. Cuando volvió con dos tipos con batas y varios policías con sus armas reglamentarias, me dijo que les acompañara, que íbamos a ver como iban las cosas por mi casa, y que incluso nos acompañaba el señor comisario.
Al llegar llamamos a la puerta con insistencia durante un buen rato, pues preferí no abrir yo misma para no sobresaltar a Pepe, que suponía que continuaba con sus juegos macabros. Finalmente, ante la falta de respuesta, no me quedó otro remedio que hacerlo, y dirigirnos con precaución a su cuarto. Pero los hechos se precipitaron, y ni siquiera nos dio tiempo a llegar, su puerta estaba abierta y las serpientes campaban a sus anchas por todas partes, por lo que los policías utilizaron de inmediato sus armas y abatieron a todas las que estaban a la vista. La situación era complicada porque seguramente había otras escondidas debajo de los muebles. Yo debí perder la cabeza, porque ajena al peligro, me dirigí directamente al cuarto esperando ver a mi marido, o lo que quedara de él allí. Pero no estaba. Sobre la cama solo había una gigantesca serpiente que casi no cabía en ella, y que me miraba fijamente. Debía tratarse de una pitón o una anaconda, que era la preferida de Pepe. Sí debía ser una anaconda que, dado su tamaño, yo no entendía de donde podía haber salido. No se movía, como si estuviese malherida o enferma, y no sé por qué sentí por ella una profunda lástima. Me senté cerca de ella y me eché a llorar. Todo era demasiado sencillo, pero demasiado terrible.
Cuando entró el comisario se quedó aterrorizado y le dije “Dispare, señor comisario, dispare. Será lo mejor”.


martes, 29 de julio de 2014

HONGOS

Quería alcanzar un estado en el que fuera posible ver la realidad de otra manera. Incluso verla como algo no real, como si se tratase de una ensoñación que después de todo me permitiera vivir más desimplicada, y no tomarme las cosas tan en serio. Porque ese es mi problema, soy incapaz de tomarme a la ligera incluso las situaciones más simples. Decidí por lo tanto que me vendría bien dedicar un rato diario a la meditación en una academia de yoga cerca de casa. Los primeros días, una vez que consulté con el maestro lo que podía esperar, me resultaron bastante gratos, aunque acababa con la espalda un poco dolorida, porque nos obligaban a permanecer sentados rectos en el suelo sobre una estera en posición de loto. Debía concentrarme en la respiración exclusivamente, y de esa manera dejar que los pensamientos que acudiesen a mi mente no me afectaran. El problema surgió a la siguiente semana, cuando tras varias sesiones empecé a notar que mis brazos se levantaban solos,  y tuve la clara sensación de que me estaba convirtiendo en una seta. Oía vagamente a mi alrededor la voz del maestro dándonos instrucciones, pero paulatinamente dejé de escucharla, al tiempo que tenía cada vez más arraigada la impresión de ser un hongo. Sentía mi cuerpo compuesto por ese amasijo extraño de material fibroso que prolifera en bosques y humedales, y que en el otoño incluso surge inopinadamente de la corteza de algunos árboles. A esa primera sensación de extrañeza pronto se añadió un sentimiento de entusiasmo, como si estuviera consiguiendo algo extraordinario de lo que me sentía muy orgullosa. Además, todos los asistentes, con el maestro y sus ayudantes incluidos, se estaban también transformando, aunque nadie pareciera darse cuenta ni se diera por aludido cuando hice un comentario en ese sentido. Éramos diferentes, eso es cierto, pero todos cumplíamos los requisitos básicos de esa forma especial de existencia. Una raíz mínima, que coincidía con los pies, un tallo evidente según el grosor del interesado, y un sombrero que era lo que más nos diferenciaban, pues los había de diferente tamaño y tonalidades, algunos incluso con pintas o dibujos muy originales. Al abrir lo ojos, pude verificar que dicho tamaño tenía relación con el de la cabeza del interesado, y en las mujeres con el tipo de peinado.

Al poco tiempo de sentirme embargada por esta sensación empecé a sentir una atracción irresistible por los champiñones, que poco a poco se fueron convirtiendo en la parte fundamental de mis comidas. Me hice al poco tiempo una experta en cocinarlos de mil maneras diferentes, fritos, a la plancha, al horno, al vapor, con y sin relleno, y con gran variedad de salsas de mi propia invención. No volví a la academia, aunque en algunas ocasiones al pasar por delante me cruzaba con el maestro y algunos de los asistentes, que seguían teniendo el inconfundible aspecto de una seta, aunque lo negaran. Cuando era temporada, me hice con el equipo imprescindible y pasaba días enteros en el bosque recogiendo níscalos y setas de cardo, que son las más abundantes en esta zona. Ya en casa solía ofrecer a mis vecinos, pues me sobraban y era incapaz de darme un atracón de esas proporciones, que podía acabar conmigo en el camposanto. Mi desasosiego, pues,  ha desaparecido. El yoga y mi consiguiente transformación en una suerte de amanita me han salvado la vida. Ya no necesito tranquilizantes, y estoy proyectando pasar largas temporadas fuera de casa cuando aquí termine la temporada. De hecho, pienso viajar la próxima primavera a argentina donde tengo algunas amistades que me aseguran que por esa época en una zona próxima a La Pampa los hongos surgen por doquier. Para mí, el paraíso.

ABANDONOS

El niño es raro, seamos sinceros. Se lo digo a Olga haciendo un esfuerzo y esperando que no me malentienda. Es raro, simplemente. No es como la mayoría. Y eso no supone en sí mismo un defecto. Se lo repito esperando que me crea. De hecho, podía haber sido peor. Pero si queremos que de ahora en adelante todo vaya bien, hay que comenzar diciendo la pura verdad. Podría tener una cabeza enorme. O los pies. O ambas cosas. O ser raquítico, o inspirar miedo solo al verle por tener unos ojos saltones y una boca enorme que no deja de abrir y cerrar como si estuviera bostezando o reclamando comida todo el rato. Pero no es exactamente así. Pudo haber sido mejor, qué duda cabe, pero para ser alguien encontrado al lado de los contenedores de basura no está nada mal. Seguramente sus padres le abandonaron allí por algún motivo que ni siquiera podemos imaginar. Incluso podían quererle con locura, y tuvieron que hacer un terrible sacrificio para que otros se hicieran cargo de él y pudieran sacarte adelante. Posiblemente eran pobres de solemnidad, pero no supieron hurtarse en su día a los placeres de la carne y lógicamente  luego pasó lo que pasó. Claro que quizás no se trata de eso. Posiblemente sus progenitores eran dos personas acomodadas que podrían haber dado a su hijo un futuro radiante, pero llegado el momento se sintieron incapaces, o consideraron que no se lo merecían y optaron por entregarlo a la caridad pública como mal menor. También es posible que en estos momentos en los que Karuchito ya está con nosotros, le anden buscando por todos los hospicios de la ciudad con la esperanza de volverle a encontrar, sin saber que nosotros al poco tiempo cogimos un avión y ya estamos a miles de kilómetros.

En cualquier caso, si fuera posible, nos gustaría hacerles llegar un mensaje de tranquilidad. A pesar de ser unas personas problemáticas, mi mujer y yo nunca le abandonaremos, aunque en algunos momentos  nos inquiete su mirada y pensemos en soluciones alternativas para su futuro. Pero que tengan claro que nunca le volveremos a abandonar junto a unos cubos de basura. Es demasiado cruel, y aunque estoy seguro que será un niño razonable  y sería capaz de entenderlo tiempo adelante, no lo haremos. Ganas nos dan en ocasiones, seamos aquí ya definitivamente sinceros, en esos momentos en los que por razones que nos son ajenas comienza a gritar con desesperación como si algo muy doloroso le atormentara, o simplemente le doliera el estómago hasta límites insoportables. Pero sucede que de repente se calla y sonríe satisfecho, como si acabara de ofrecernos una demostración de algo muy propio que quiere reivindicar ante nosotros o hubiera interpretado un fragmento de una ópera de Verdi, por poner un ejemplo.

lunes, 28 de julio de 2014

TEMPERATURAS

Llegó el verano y la piscina se hizo una vez más imprescindible. Aquí el clima es totalmente continental, y si en invierno la temperatura puede descender hasta los diez grados bajo cero, en esta época alcanza los cuarenta con frecuencia, y la máxima no suele bajar de treinta. Como resulta comprensible, la gente que está de vacaciones difícilmente aguanta en casa, teniendo en cuenta que prácticamente nadie tiene aire acondicionado y los ventiladores clásicos no son de mucha ayuda. La piscina, situada precisamente en el centro del pueblo, se vio el sábado pasado  invadida por una multitud que al poco de llegar se lanzó al agua sin pensárselo mucho (hay que decir que la temperatura de la misma es muy baja pues procede de las montañas cercanas, que en algunos puntos casi alcanzan los tres mil metros de altura). En el pasado se han dado casos de crisis cardíacas por un choque entre la temperatura externa y la del agua, que no llega a los quince grados, y aunque el ayuntamiento mandó instalar unos carteles advirtiendo del peligro, la gente no hace demasiado caso. De todas maneras, parece ser que este año el problema principal no era  ese, sino en la calidad del agua, que por motivos que aún se están investigando, baja muy turbia, como si desde los manantiales hasta el pueblo sufriera un proceso que hasta la fecha permanece sin aclarar. El baño, por lo tanto, está prohibido hasta nueva orden, pero las instalaciones permanecen abiertas y los habitantes del lugar siguen acudiendo a la piscina con la esperanza de que de un momento a otro se autorice. Mientras tal cosa ocurre, se sugiere a los visitantes que se refresquen con las duchas del exterior y en las instalaciones interiores, y permanezcan a la sombra. Algunos, sin embargo, contraviniendo las órdenes  ese día se echaron al agua, incapaces al parecer de soportar el calor agobiante. Al salir del agua, los transgresores fueron de inmediato arrestados para que no cundiera el ejemplo, pero al poco rato se les pudo ver de nuevo por allí, con lo que resultó evidente que o bien el castigo consistía en una simple amonestación, o en los calabozos de la comisaría no había sitio para ellos.
 Sorprendentemente, algunos de los que se tiraron al agua hablaban maravillas, y manifestaban no estar en absoluto de acuerdo con la prohibición. Según ellos, aunque desde afuera lo pareciera, al agua no le pasaba nada. Daba la impresión de estar turbia, pero una vez adentro, resultaba totalmente transparente, pudiendo verse a varios metros  con total claridad. El problema podría ser, dijeron, la existencia de medusas y de una especie de peces fusiformes parecidos a anguilas o lampreas que habían podido ver, pero una vez cerca de ellos, tanto las unas como los otros, mostraban un comportamiento extraordinariamente amigable e incluso familiar, como si apreciaran la presencia humana o estuvieran domesticados.
La noticia, como es de imaginar, aunque al principio se tomó como una fantasía, pronto quiso ser verificada por los bañistas más atrevidos, que se lanzaron al agua con bastante escepticismo y sin precauciones. Su confirmación de que efectivamente  aquello más que una piscina al modo habitual, parecía un acuario, hizo que el resto de los bañistas de forma paulatina pero continua, posiblemente movidos por la curiosidad, se lanzaran al agua, que pronto alcanzó una densidad de usuarios que elevó varios centímetros su nivel. El jolgorio adquirió al poco rato todas las características de un jubileo o una verbena acuática, en la que en lugar de bailar, los asistentes se dedicaban a todo tipo de actividades lúdicas, sin descartar los juegos de variada índole y las aguadillas. De hecho, fueron inútiles las advertencias de los vigilantes y la megafonía de la instalación instando a los bañistas a abandonar la piscina. Y ni siquiera fue suficiente la presencia del alcalde de la localidad, y su promesa de que si obedecían, al salir todo el mundo sería invitado a almorzar gratuitamente un menú consistente en gazpacho con tropezones y paella de marisco. Los bañistas parecían ensimismados, como si aquellas aguas tuvieran alguna propiedad hipnótica que los tenía atrapados. El problema más grave tuvo lugar cuando varios menores fueron vistos flotando inermes sobre el agua, sin duda por el aplastamiento debido a la aglomeración. En algunos de ellos, además, pudieron observarse algunas mordeduras de cierta entidad, que daban al traste con el calificativo de amigables e incluso familiares que los primeros bañistas habían dedicado a los supuestos peces. O que, el hambre estuviera haciendo estragos entre los bañistas, y algunos hubieran optado por la carne fresca.
Ante la inutilidad de las recomendaciones, después de una hora el alcalde recurrió a la policía, que ocupó las instalaciones y rodeó la piscina con sus armas reglamentarias en ristre, dispuesta a hacer uso de ellas si fuera necesario. A todo esto, la gente de la piscina mostraba síntomas evidentes de agotamiento, pues hay que tener en cuenta que se trata de una olímpica de cincuenta metros, en la que en su mayor parte no se hace pie. Algunos, a pesar de todo, habían decidido desde el principio aprovechar la situación para pescar, y proliferaban los aparejos para la faena, e incluso hubo quienes se zambulleron dotados de fusiles de pesca submarina. El tinte rosado y pronto decididamente rojo que fue adquiriendo el agua, hizo enseguida evidente que allí las palabras empezaban a ser lo de menos, algo que las fauces de varios tiburones asomando a la superficie dando dentelladas, hicieron notorio pocos instantes después de que la policía hiciera una descarga al aire a modo de aviso.
Ni que decir tiene que en esos momentos cundió el pánico, pues nadie había previsto nada ni remotamente parecido como una de las amenazas a considerar. El alcalde y el resto del consistorio con todo el personal de la instalación corrían de un lado para otro dando voces, pero en el fondo, solo de espanto, pues no se les ocurría nada coherente que recomendar. La policía, mientras tanto, apuntaba lo mejor que sabía a las cabezas de los escualos cada vez que emergían, e incluso en el colmo del descontrol y la falta de coordinación, llegaron a cruzar fuego entre ellos mismos, con el resultado de múltiples bajas, entre ellas varios muertos. Por si fuera poco, cuando ya la superficie era una especie de sopa macabra sembrada de cadáveres, irrumpieron como salidos del infierno, los cuerpos de varios cetáceos, concretamente cuatro orcas despachándose a gusto con los restos del naufragio, valga la expresión, y una ballena jorobada, que con sus enormes fauces de una sola vez engulló media piscina con todo su contenido, como si fuera una sopa de krill. El alcalde totalmente descorazonado se sentó finalmente en un banco y exclamó  “¡Que vengan los arponeros de Nantucket!”(*), algo del todo imposible dado que Massachussets está a no menos de siete horas de vuelo. Luego empezó a desvariar definitivamente, y a partir de ese momento nadie le hizo el menor caso. En la piscina, de repente se hizo un silencio significativo y el último de los cetáceos se sumergió definitivamente dando un gran coletazo a modo de despedida.
Poco después aparecieron varios helicópteros  Cobra dando pasadas rasantes sobre el lugar, no se sabe si tratando de evaluar la catástrofe o abrir fuego si la situación lo requería. Aunque no cabe descartar que estuvieran retransmitiendo en directo el acontecimiento para la televisión, y sacando fotografías para los medios de comunicación del día siguiente.
El origen del drama sigue sin saberse, aunque empiezan a cobrar cierta verosimilitud varios indicios que apuntan a una conexión oculta de este remoto pueblo de la sierra madrileña con el océano Pacífico, el calentamiento global y el fenómeno del Niño.


(*)  Nantucket,  isla y puerto al Noroeste de Estados Unidos, que figura en “Moby Dick”,  la celebérrima novela de Herman Melville, como el lugar donde embarcó en el  barco ballenero “Pequod”, Ismael, el joven marinero protagonista de la obra junto al capitán Akhab.

ECUADORES

El barco ha llegado por fin a Panamá. Es un carguero que hace fletes de todo tipo, pero esencialmente de los que podría calificarse como chapuzas, sin entrar en detalles. Allá los propietarios y el capitán. Yo me limito a mi trabajo de limpieza en cubierta, pero tengo la impresión de que bastantes miembros de la tripulación saben lo que se traen entre manos, y al parecer están de acuerdo. En Panamá hace un calor terrible, asfixiante, pero Manoel y yo la tarde del sábado que libramos, decidimos dar una vuelta por la ciudad. El taxista, al reconocernos como extranjeros, enseguida nos ofreció el “espectáculo del burro”. Dice que tiene su gracia y resulta estimulante. Se trata de una mulata metida en carnes que es capaz de excitar al animal tocándole sus partes, hasta que este no puede más y pone todo perdido. Luego, dice, sale un negro con un cubo y una fregona hasta que el bicho se recupera, y una hora después empieza la siguiente sesión. No nos convence demasiado, y finalmente nos metemos en un cine con aire acondicionado. Se trata de “El coloso en llamas”, una película muy importante en aquellos momentos pero que casi nos traslada el fuego de la pantalla a la sala. Al salir el calor abrasador de la noche ecuatorial parece prolongar la sesión. Manoel de repente me dice que tiene que hacer algo urgentemente, y sin darme explicaciones, se va. Se mete en un taxí y veo que de inmediato da instrucciones al conductor. Tengo el convencimiento de que el burro va a tener hoy un espectador imprevisto y entusiasta.


Llegamos a Fernando Poo ya de noche cerrada. El calor era tremendo y poco antes de atracar decidí coger mi colchoneta y ubicarme en una de las estructuras para las ametralladoras por encima de la cubierta. Allí se estaba algo mejor. Corría una mínima brisa que hacía el ambiente algo más respirable que en el sollado. Se trataba de un buque de guerra en visita de cortesía, aunque todos teníamos la impresión que de cortesía nada, sino que se trataba de una inspección para ver el ambiente se respiraba en la colonia, incluso con la posibilidad de repatriar a gente en caso de que se vieran las cosas lo suficientemente feas. En cualquier caso, nuestra actitud con la gente debía ser cordial e incluso cariñosa para que tuvieran la impresión de que con nuestra partida perdían el apoyo de unos amigos de verdad. El Círculo Ecuatorial nos dio una recepción  de bienvenida, en la que aparte de sudar pudimos tomar whisky escocés a granel, algo que agradecimos porque nos permitía evadirnos y llegar a pensar que estábamos en una isla maravillosa del Caribe. Juanma, sin embargo, estaba empeñado en relacionarse con una mujer embarazada de mediana edad que andaba por allí, y que al parecer era la esposa de uno de los futuros ministros del país en ciernes. No le importaba que el marido anduviera cerca. Le motivaba el exotismo de su belleza y su sonrisa, en la que destacaban unos dientes blanquísimos que pretendía ver más de cerca.  Finalmente no sé que sucedió, pero durante una buena media hora Juanma y la embarazada desaparecieron, y tuve la impresión de percibir cierto alboroto entre los lugareños, como si hubiera sucedido algo imprevisto en el protocolo. Al día siguiente nos enteramos que lo ocurrido suponía el primer incidente diplomático serio entre los dos países, algo que a Juanma parecía tener sin cuidado al día siguiente cuando zarpamos, en el que no pudo prescindir de una sonrisa.

RIADAS

-Estamos jugando al fútbol en una calle de Valencia. Al mismo tiempo, los jugadores podemos percibir la mascletá que estalla en esos momentos, y las fallas ansiosas y a punto de arder. Los dos equipos nos sentimos tentados de abandonar el terreno de juego y unirnos a la fiesta, pero nuestros entrenadores son inflexibles y nos amenazan con la baja laboral y el paro. Por lo tanto, nos contenemos, ya que siendo pobres pondríamos a nuestras familias en un estado de necesidad extrema, y no queremos acudir a los comedores sociales. De repente, sin embargo, todo se calma y recobra sus características habituales, momento en el que el balón se convierte en una paella de buenas proporciones que todos compartimos con la certeza de haber llegado a un acuerdo satisfactorio para las entidades respectivas.

-El urólogo, que independientemente de su título de doctor, que cuelga en la pared de su despacho, es amigo personal mío, dice que sería conveniente, visto lo visto, que cada año pase por su consulta, pues padezco una hiperplasia de próstata, que siendo benigna, puede tenerme pendiente de ir al baño cada diez minutos. La solución sería operarme al estilo antiguo, nada de láser, pero no puede asegurarme que tras la intervención no tenga dificultades de otro orden, que hagan imprescindible la viagra. Le digo que adelante, y quedamos que él mismo meterá tijera y bisturí, y me restituirá a un caudal que me hará recordar con felicidad la añorada adolescencia.  Dice que con los avances de la ciencia lo demás es secundario, estando previstos el empleo de métodos alternativos, en los que la utillería de los sex-shops no sería lo de menos.


- Entre todos los hermanos hemos salvado a un bebé. Se trata casi de un recién nacido al que percibimos desde lo alto del puente sobre los restos de unos árboles apilados contra una de sus pilastras. A pesar de nuestro asombro y de casi sufrir un shock colectivo, somos capaces de vadear las aguas y recuperar al niño, que una vez en nuestros brazos nos da las gracias haciendo constar en perfecto castellano, que sin nuestra ayuda su vida habría sido una vida fallida. Le damos la razón y tratamos de que se calme, algo que una vez conseguido al poco de llegar a la orilla en nuestros brazos, hace que se convierte en un gato irascible, para nada de acuerdo con la crecida aleatoria de los ríos. Tratamos de ser razonables, pero el pequeño felino no se anda con contemplaciones y nos araña, momento en el que juzgamos que ya es suficiente, y lo abandonamos en la corriente río abajo. Al alejarse recobra de nuevo la apariencia de un bebé, y ya a punto de perderse en un meandro donde las aguas ganan en turbulencia, nos dedica una sonrisa que enternece nuestros corazones.

sábado, 26 de julio de 2014

MARUJA CUATRO

Buenos días Maruja. Como verás, aquí sigo fiel a la cita prometida en mis anteriores escritos. Supongo que a estas horas de la mañana ya estarás en la playa. Yo siempre te ubico en ella o comiendo, posiblemente porque eran los dos únicos momentos en que te veía cuando era chico. Cuando era un chico, quiero decir, que últimamente mis amistades argentinas hacen que emplee giros que no son de aquí, sino de allá.
Te imagino ya en la playa, posiblemente sola o con tu hermana Concha, si es que ha sobrevivido, pues todo hay que decirlo, era mayor que tú, y ya no eres ninguna niña. Ni yo tampoco, Maruja. Qué le vamos a hacer. Posiblemente estarás con tu inseparable sombrilla, de la desde el primer día que recuerdo sobre todo sus colores desvaídos, y el menosprecio que hacías de ella casi de inmediato. Al llegar es cierto que te protegías un momento a su sombra, pero a los diez minutos te salías en busca de tu adorado sol. E incluso en ocasiones, lo recuerdo como si fuera ayer, la plegabas y la dejabas abandonada sobre la arena como un trasto inútil. Su presencia a tu lado era pues solo testimonial. Estaba allí como una forma de representarte ante los demás camino de la playa, pues una vez en ella maldita la atención que le prestabas. No abuses del sol, Maruja, te lo he repetido con frecuencia. Y no solo yo, sino quienes bien te quieren y tu propia familia, aunque a estas alturas ya se habrán dado cuenta de que es inútil.
De todas maneras, hoy no quería hablar de ti. Me siento terriblemente egoísta y supongo que no te molestará que te haga algunas confidencias prsonales. Te las hago a ti porque, aunque no te lo creas, no tengo demasiada gente a quien dirigirme. A veces me decido y me lanzo y se las cuento a cualquiera, pero la verdad es que sin ningún éxito. La gente no quiere que le vengas con historias que se salgan de lo cotidiano. Ya sabes: el tiempo, el fútbol, los políticos, lo mal que va todo. Esas cosas. Pero no le digas a nadie tus tristezas ni tus problemas personales. En todo caso son admisibles algunas enfermedades, siempre que sean benignas y tengan remedio. La gente, Maruja, se asusta enseguida, y piensa, puestos en ese plan, que uno es un gafe se las puede traspasar, y que lo mejor es quitarse de en medio de inmediato. Tú, sin embargo, sé que me escucharás cómodamente tumbada en la playa con el rumor de las olas de fondo que todo lo dulcifican.
Pues resulta que ya empezó el verano. Que ya no es una promesa a punto de llegar. Se acabó la poesía, y los buenos augurios del porvenir se acabaron. Lo que toca enseguida es el otoño, ese tiempo tan bello, pero premonitorio de un invierno que ya se acerca inexorable. Ya se acabó, Maruja, apenas comenzado. Al menos, eso es lo que yo siento. Y en los atardeceres me invade una profunda melancolía, sabiendo que, después de todo, las promesas son solo promesas, y que una vez que llegan y se hacen realidad, lo único que cabe esperar es a que desaparezcan. No quiero inquietarte, de verdad. Recuerdo que siempre que hablabas con mamá me mirabas con un gesto preocupado, como si aquel chico flaco y un tanto amarillento le fuera a traer problemas en un futuro más o menos inmediato. Pero tranquilízate. No fue así, y toda mi vida he sido un funcionario de número al servicio de la Administración del Estado, por lo que ella nunca tuvo que preocuparse demasiado. En todo caso, al hablar, recuerdo que se tratase del tema  que se tratase, enseguida dabas por zanjada la cuestión dando un manotazo sobre tu falda de volantes. Maruja, no deberías angustiarte por cualquier minucia. Yo estaba muy flaco, es verdad, pero tal cosa estaba en mis genes y comía demasiado poco, eso era todo. Y mi color macilento solo era debido a una acetona inofensiva. No tendrías que haberte angustiado más de la cuenta.
En cuanto a ti, Maruja, es posible que a tu edad te empiecen a preocupar ciertos temas, y mi consejo, si me lo permites, es que afrontes la situación mirándola de frente. Es posible que el año que viene ya no puedas valerte por ti misma, y la playa solo sea un sueño irrepetible, pero en esos momentos deberías disfrutar de los recuerdos que se agolparán en tu cabeza como un néctar delicadísimo que siempre podrás saborear. Y que conste que al decirte esto me siento un tanto avergonzado cuando acabo de confesarte la melancolía que me invade al percibir que al verano ya le queda poco tiempo. Y te voy a poner un ejemplo para que te sea más claro. ¿Recuerdas el veintitrés de Junio? Fue, como siempre, el día más largo del año, el día más luminoso. ¿Recuerdas? Pues ya ves, ese día ya no volverá hasta dentro de un año.
Todo júbilo excesivo trae aparejada una sensación de fracaso. Es un límite que hace que  lo que venga después, decaiga irremediablemente. Pero no quiero preocuparte con estos pensamientos tan pesimistas, y en cualquier caso te prometo que cuando llegue el día que no puedas valerte por ti misma, si es preciso, yo empujaré tu silla de ruedas para que puedas disfrutar otra vez del mar desde el mirador o el faro.
 Para terminar, por si te alegra, también puedo decirte que cuando a finales de septiembre las nubes oscuras ya se arracimen en el horizonte, me suele invadir paradójicamente una sensación irrefrenable de alegría, pues las luces de Navidad ya estarán a la vuelta de la esquina y otro verano será pronto posible. Entonces te volveré a escribir para saber de ti y darte ánimo. Maruja.


sábado, 12 de julio de 2014

ONTOLOGÍAS (MARUJAS TRES)

 Maruja, como creo que te anuncié el otro día hoy quiero centrarme en temas que estoy seguro que llegarán a interesarte. Quizás no de forma inmediata, pero ahora que con frecuencia permaneces tumbada sobre la arena, creo que es el momento de ponerse manos a la obra. Tú solo tienes que permanecer como estás, bien sea de u lado o del otro, con la certeza de que los rayos ultravioleta harán su cometido cabalmente. Déjate arrullar por la cadencia de las olas batiendo sobre la orilla y procura desentenderte del griterío de los niños. Es temprano y todavía no habrá demasiados. Aprovecha, pues, la ocasión.
Mira Maruja, para empezar te diré que no es lo mismo el ente que el ser, aunque así, a bote pronto, pueda parecer la misma cosa. Por poner un ejemplo que te atañe de cerca, tus chancletas son entes, existen como las olas que escuchas o las gaviotas que pasan graznando sobre tu cabeza. Pero verdaderamente no son, porque no interaccionan con el mundo de forma consciente, solo guiados por el azar o el instinto. Están ahí, que duda cabe, pero en cierta medida son inermes y sujetos a dictados que le son ajenos. Tú, sin embargo, Maruja, eres diferente, y reúnes en ti misma las cualidades por la que el ser que eres, efectivamente es y se realiza. Esa autoconciencia te da, igual que a mí, una responsabilidad para realizarte. Eres un ser arrojado al mundo- el dasein heiddegeriano- que deberá realizarse cumpliendo una misión específica dada su naturaleza. No sé si me explico, Maruja. En cualquier caso, volviendo a la chancleta, o la zapatilla si te resulta más adecuado, creo que estarás de acuerdo conmigo en que no tiene ninguna misión que no sea la que tú misma le has dado. Pero no quiero abrumarte con este lenguaje tan oscuro que posiblemente ni quien lo creó llegaba a comprender. Y en eso estoy convencido que estarás conmigo si no te has dormido ya, lo que aprovecho para recordarte que no es conveniente tomar el sol sin protección. De todas maneras si estos temas te interesan, te animo a que te metas en google y  busques por cualquiera de las palabras que he mencionado. Especialmente, ente, ser y dasein, por si pueden arrojar alguna luz que te haga ver claro o te tranquilice. No siempre es conveniente darle a la cabeza más de lo que ésta necesita.
Claro que no te he preguntado si manejas todos estos artefactos que se han puesto de moda en los últimos tiempos, especialmente el ordenador que es algo fabuloso, aunque si te digo la verdad hay que andarse con pies de plomo. No solo porque su manejo en ocasiones no es tan simple como se dice, sino porque una vez metidos en faena, te puedes encontrar cantidad de información defectuosa que más que aclarar las cosas, las puede complicar. Y al llegar a este punto, ahora que veo que todavía pestañeas y tengo un indicio de que no duermes, te voy a decir una cosa. Para mí muchos de estos tipos que se han dedicado a la filosofía no están muy bien de la chaveta. Se inventan un lenguaje y unos conceptos que solo ellos entienden para a continuación optar enseguida a un puesto de profesor en un instituto, y los más osados a una cátedra en la universidad: formas de ganarse la vida en cualquier caso más cómodas que las de arar la tierra o poner ladrillos subidos a un andamio.

No les hagas por lo tanto demasiado caso, Maruja. Sigue siendo la persona sencilla que eres y diviértete a tu manera. Huye de lenguajes demasiados retorcidos o alambicados, pues te confesaré que al oírte se te entiende todo perfectamente aunque, eso sí, recuerda que cuando estés comiendo no debes hablar. Te lo que te dije en mi primera carta, y tus vecinos de mesa te lo agradecerán. Bien, pues hoy no se me ocurren otros asuntos con los que entretenerte, y mira que lo siento, pues sé que en el fondo eres una mujer que ama la compañía y el puro hecho de que la hagan caso, lo que como verás yo me tomo muy en serio. Supongo que un día de estos, como hacías cuando yo era un crío, te darás un buen paseo por los alrededores de la playa monte arriba, desde  donde se pueden ver unos paisajes maravillosos. Te diría que en esos momentos que tanto se prestan a la contemplación poética (el mar en el horizonte, la brisa trepando por los acantilados, el olor a menta y albahaca en el campo), te diría, insisto, que no te olvides de las vacas. Están allí ajenas muchas de ellas a un futuro ingrato, dado su carácter pacífico y hasta maternal. Míralas de cerca a los ojos y trata de captar en ellas un atisbo del ser, como antes te dije, que no constituyéndolas, de alguna manera alienta dentro de ellas. Son casi humanas y representan la imagen bucólica de un tiempo que deberíamos recuperar para llegar a ser nosotros mismos. Y me detengo aquí con la certeza de que el día de hoy nos ha resultado a ambos muy provechoso. Mu.

miércoles, 9 de julio de 2014

MARUJA DOS

Hola Maruja. Como te dije el otro día me pongo de nuevo en contacto contigo para charlar un rato, saber que hay de  nuevo en tu vida y contarte lo que se me pase por la cabeza, que espero que no te parezca mal. Ya sé que no tendrás mucho que contarme, pasando como pasas gran parte del día en la playa, donde, seamos sinceros, no hay demasiada variación de un año para otro. En general el tránsito de aquí para allá de unos cuerpos que en general dejan mucho que desear. Maruja, poca gente se cuida de verdad. Un ejemplo: esos tipos que parecen pasearse orgulloso con los pies en el agua dejando que las olas se los refresquen, y tratando de olvidar que ellos mismos no llegan a vérselos por razones que adivinarás sin mayores problemas. Y por el otro lado, solo de vez en cuando, entre la multitud de mujeres lamentables, surge alguna jovencita que convoca todas las miradas. Por algo será, pero sobre todo porque no son demasiado comunes.
Pero me estoy yendo de los temas que hoy quería comentarte, no porque hacerlo sea obligatorio, pero sí porque creo que es el momento preciso muchos años después para hacerte estas observaciones. Y que conste que no son reproches, pues tengo la certeza que tú hacías todo lo posible para evitarlo. Maruja, al comer se cierra la boca. O para ser más preciso, primero se abre y se mete dentro de ella lo que sea preciso, pero a continuación, durante el proceso que ha sido, y es, llamado de masticación, se cierra de tal manera que los dientes realizan su función con toda facilidad y, esto es importante: la comida, antes de formar el bolo, permanece adentro. Ya sé que me comprendes y que ya entonces lo sabías, y que incluso intentabas hacerlo tal y como acabo de describirlo, pero seamos sinceros: no lo lograbas. Comer a tu lado no era demasiado agradable, aunque debo reconocer que en cuanto te dabas cuenta echabas mano de lo que se te escapaba y lo retirabas (y desgraciadamente no siempre se trataba de pan). Es de agradecer aquel gesto, la verdad, porque podías haber disimulado, y hacer la comida todavía más desagradable. Si recuerdas, nadie quería ponerse frente a ti ¿lo comprendes ahora? No quiero en este momento hablar de las razones. Quizás se trataba de tus dientes. Eran grandes, poderosos, dotados posiblemente no solo para la masticación sino quien sabe si para labores no demasiado lejanas a la depredación, y que posiblemente tenías dificultades para obturar la entrada. Después de todo venimos de donde venimos. Y lo vamos a dejar aquí.
Releo lo que acabo de escribir y espero que no lo tomes a mal. Puede parecer un reproche o como poco una falta de educación recordar a una persona, por otro lado tan próxima como tú, algunas características problemáticas, pero créeme si te digo que lo hago por tu bien. Es posible que aún comas en compañía de otros, y quizás mis consideraciones te pueden venir bien para no quedarte sola.
Otra cosa que creo que es el momento de recordarte, ahora que sin duda estarás en la playa, es tu antigua costumbre de andar con chancletas sobre la arena. Maruja, lo puedes hacer, tal cosa está plenamente autorizada y hasta recomendada en ciertas playas situadas más al sur, pero en el norte donde tú veraneas, creo que sobran, y que lo único que causan es una enorme molestia en los bañistas que descansan tumbados en la arena, y que al pasar tú por su lado reciben un inmerecido roción de la misma sin esperárselo. Recuerda que solo en los días excepcionales en que la temperatura puede llegara treinta grados, la arena de nuestras playas solo está tibia, y caminar descalzo sobre ella no es ningún sacrificio, sino, por el contrario, una delicia. En fin, haz lo que quieras, pero evita a la gente al pasar, da incluso un rodeo y te lo agradecerán. Además te recuerdo que las chancletas colgando de la mano son un cuadro bastante habitual en nuestra costa, y la cosa tiene su gracia. Apúntate a ello.

Me he pasado, lo reconozco, y te prometo que a partir de hoy ya solo voy a decirte cosas favorables, que tengo muchas en la cabeza, y que dejo para la próxima carta, para que tengas constancia del afecto con el que te recuerdo. Solo decirte para terminar, que cuando llegues en grupo a la playa, no te hagas la remolona y te atrases. No porque no puedas hacerlo, desde luego pues estás en tu pleno derecho, pero aún recuerdo lo que sucedía en nuestra época. Yo era un niño, desde luego, y tú una señora mayor, pero aún tengo en la cabeza las palabras de tus familiares y amigas cuando ya nos habíamos colocado sobre la arena. “Mirar, hay viene Maruja, parece que llega en otro autobús”, y se reían. Pero no, tú no habías venido en otro autobús, sino en el mismo que nosotros, y los demás eran de la opinión que te quedabas atrás para hacerte ver. Como para decir “aquí llego yo”, y no todos lo comprendían. Maruja, que la gente no siempre es lo que parece. Te lo digo yo, que de eso sé mucho.

sábado, 5 de julio de 2014

MARUJA

Maruja, me acuerdo de ti perfectamente. Eras una persona mayor y sumamente delgada. No se me van de la cabeza tus brazos asarmentados en los que se podían distinguir con toda nitidez las venas que los recorrían de arriba abajo, como es natural. También en otras partes de tu cuerpo, en lo que a mí se me alcanzaba, lógicamente, se podía a apreciar la rica capilaridad de tu circulación periférica, sobre todo en tus mejillas. Afortunadamente solía verte en verano, y como enseguida te ponía absolutamente negra (que no morena), todo eso pasaba a un segundo plano, y dabas la impresión de ser una persona perfectamente irrigada.
Pero siendo todo lo anterior importante, sobresalían en ti otros detalles que no escapaban a mi mente infantil. Hablabas a gritos, Maruja, y eso sí que resultaba desagradable para un cerebro todavía en formación en aquella época. Tus palabras resultaban como dagas que de las que me resultaba fácil deshacerme. Luego me dijeron algo de tus cuerdas vocales y fui más comprensivo, aunque como comprenderás no aguantaba demasiado tiempo a tu lado y tenía que poner tierra de por medio. Y era una pena, porque reconozco que los temas de los que tratabas solían tener su enjundia para la época, pues para nada hacías honor a tu nombre entreteniéndote con banalidades o cotilleos como podría esperarse. Lo que más te preocupaba, lo recuerdo como si fuera ayer, eran la ineluctabilidad de la caída de los cuerpos sólidos dentro de un campo gravitatorio y el principio de equivalencia. Pero, sobre todo, la necesidad del ser humano de llegar a ser quien realmente es, y en este sentido emparentabas con Teilhard de Chardin, y monseñor Escrivá de Balaguer echándole mucha imaginación.
Luego debo confesarte que me divertía verte a lo lejos siempre de aquí para allá como si no pudieras estarte quieta dando grandes zancadas en cualquier dirección y agitando los brazos como aspas. Qué derroche de energía. Eras muy expresiva, esa es la verdad, y tratabas de apoyar tus puntos de vista con una gestualidad que a algunos podía resultar excesiva, pero que yo ahora calificaría como rica y barroca.
También me llamaba la atención que a tus años, ya no bajabas de los setenta, seamos sinceros, usaras un vestuario muy juvenil y atrevido para entonces, con unas enormes faldas de gran colorido con volantes, a los que solías dar unos manotazos tremendos cada dos por tres para que se mantuvieran en su sitio, sabiendo que ya no estabas para exhibiciones.
En resumidas cuentas, Maruja, que hoy me he acordado de ti, sin duda porque ya estamos en verano y seguro que a pesar de los años transcurridos te preparas para ir a la playa, y ponerte negra y casi irreconocible como solía ser tu costumbre. Pero a mi no me engañas y soy consciente de tu circulación un tanto defectuosa.
 Ten cuidado con las olas y la resaca, Maruja, que siempre te lo tengo que repetir. Dado tu poco peso, el agua puede arrastrarte mar adentro con suma facilidad, y no quiero perderte ahora que te he vuelto a encontrar. En cualquier caso, ten la certeza que desde la playa permaneceré atento a tus evoluciones. Siempre fuiste fácilmente identificable por ese gorrito de baño con flores naranja que te hacían destacar con toda nitidez sobre la espuma, tan frecuente en el Cantábrico, como sabes. Y en este sentido tengo que decirte algo que te gustará. Y que incluso te emocionará, y que siendo tan patriota como eres, es posible que hasta te haga llorar. Eres perfectamente identificable sobre las aguas, Maruja, y nadie podrá confundirte con un pez vela ni con el enemigo, porque compartirás con la enseña patria la característica por la que fue elegida por Carlos III como bandera Nacional. Los marinos, que ya la utilizaban se sintieron muy orgullosos. Y yo no espero otra cosa de ti, Maruja.

Otro día me volveré a poner en contacto contigo, pues todavía tengo algunas recuerdos que me gustaría compartir contigo.

jueves, 3 de julio de 2014

COSAS

A J, como a todo ser vivo, le suceden cosas. Algunas porque él mismo las provoca, y otras porque sufre los avatares inherentes a su condición humana. Por ejemplo, no puede evitar tener hambre cada cierto tiempo, y que en que función de la misma, tenga que acudir al supermercado, e incluso que en algunas ocasiones tenga él mismo que hacerse la comida. Y en este sentido, a todo el mundo se le ocurrirán decenas de situaciones que padecerá o disfrutará ineluctablemente, según gustos. Hay otras, sin embargo, que son solo fruto de su voluntad, como el hecho de ir a la biblioteca cada semana o desayunar en una cafetería donde ponen unos churros estupendos.
 Independientemente de las anteriores, tiene necesidades de otro tipo, que a muchos le parecerían sorprendentes, y de las que de hecho prescinden tranquilamente. Por ejemplo, J cuando ve un agujero, un hueco o una grieta, siente un deseo irrefrenable de meter en ellos la mano, el puño o un dedo, lo que más se acomode al lugar en cuestión. O cuando descubre una calle nueva, sin salida, o un pasaje no percibido hasta entonces, no tiene más remedio que transitarlo en toda su longitud, lo que si en ocasiones puede resultar entretenido y tener su gracia, en otras, puede resultar agotador. Pongamos la Castellana o Arturo Soria. También acostumbra, por extraño que parezca, a disfrutar de los meteoros a cuerpo gentil, y con las primeras gotas de lluvia o copos de nieve, se lanza a la calle deseando que su rala cabeza reciba al líquido elemento en cualquiera de sus formas (Dios le libre de las granizadas y el pedrisco, por cierto). Los días de viento, sea cual sea la época del año, se pone una gabardina y sale a la calle esperando que Eolo juegue con ella como con los molinillos de papel en las terrazas o las veletas en los campanarios. Y lo cierto es que da gusto verle por las avenidas y las aceras haciendo filigranas, dibujando figuras, y haciendo algunas piruetas que para sí quisieran las componentes del equipo nacional de gimnasia rítmica. Pero a no ser por esta características, digamos que inusuales, J es un mortal de lo más común. Incluso aburrido, que se pasa las horas muertas en su estudio leyendo libros de una extensión no menor a las quinientas páginas. Guerra y Paz y Los hermanos Karamazov serían dos prototipos perfectamente válidos. Es además un lector con un gran sentido crítico, que no para de hacer matizaciones a lo leído, incluso comentarios y críticas de cierta extensión y enjundia, que va escribiendo en un cuaderno ad hoc con el título de la propia novela. Los Budenbrook o El Doctor Fausto de Thomas Mann, serían  dos ejemplos. En ocasiones, él mismo se convierte en autor mediante el conocido método de fusilar páginas enteras, variando en ocasiones detalles insignificantes como el color de la corbata del protagonista. En otras, sin embargo, hace lo contrario, y escribe dichas páginas cambiándolo absolutamente todo,  de forma que si llegaran al gran público posiblemente le  granjearían una popularidad fulminante y le convertirían en un autor de moda. Algo a lo que, al mantenerlas ocultas, él mismo se niega. Es una persona extraordinariamente modesta, esa es la clave por la que no opta al reconocimiento ajeno. Dice que en la literatura universal, después de Cervantes y Shakespeare, todo son anotaciones a pie de página o pura filfa, lo que sabe que ya alguien dijo antes que él (y si no eso, algo parecido referido a Platón), y prefiere permanecer en el anonimato.
Jonás, que tal es su nombre completo, es un hombre solitario por voluntad propia, pues después de veinte años casado, decidió comenzar una nueva vida, no porque tal hecho le atrajera, sino con el único objetivo de seguir considerando a la mujer como a un semejante que debe ser tratado con respeto, en un momento en el que la convivencia con la suya comenzaba a hacerle perder los estribos. La verdad es que los primeros tiempos después de la separación se le hicieron duros. En primer lugar porque era un hombre muy metódico y de costumbres fijas, y la ausencia de Leonor al principio fue demasiado evidente. Haciendo honor  a su nombre (valga la cacofonía), se sintió perdido dentro del vientre de una ballena, lo que durante un cierto tiempo le llevó a idealizar a su  ex mujer de nuevo, hasta que en un primer intento de retomar la relación, se enteró de forma brusca y un tanto hiriente, que la que se había vuelto a casar y se había trasladado a Australia.
No obstante, no tardó mucho en reaccionar y darse cuenta de que había otros mundos más allá de ella (independientemente de sus resonancias literarias), y comenzó a establecer relaciones con algunas mujeres que pronto le hicieron ver que la vida tenía sentido incluso sin ellas, aunque tal cosa pueda parecer un contradictoria. A los dos años de su divorcio ya se sentía un hombre nuevo, con otros intereses que no fueran tener contenta a su mujer o hacer todo lo posible para que no le pusiera mala cara al volver a casa, aunque también es cierto que la costumbre le hacía echarla de menos en algunas ocasiones.
Además se aficionó al golf y al tenis, y aunque su cuerpo tampoco estaba ya para demasiadas alegrías, logró practicarlos con asiduidad los fines de semana. Alternaba así las caminatas tranquilas detrás de la pelota en los campos de golf, con la rapidez y energía necesarias para no ser un mero espectador en las pistas de tenis. Para complementarlo, en un par de ocasiones entre semana se acercaba a un gimnasio cercano a su casa, donde con algunos de los aparatos de musculación trataba pura y simplemente de que su cuerpo no se viniera abajo.
La vida en el chalet, eso es cierto, a veces se le hacía un tanto agobiante. Le sobraba espacio por todas partes, y echaba en falta la presencia de sus hijos, ya independizados y lejos de allí. En ocasiones se sorprendía a sí mismo paseando por las habitaciones y tratando de recordar como eran en otro tiempo. Nunca llegó a imaginar entonces que ese momento llegaría y tenía miedo a la soledad, como si fuera algo sobrevenido con lo que él no tenía nada que ver. Sentía cierta compasión por sí mismo, y en ocasiones no le importaba gimotear sentado en el sofá pensando como la vida con frecuencia pasa por delante de nosotros sin que nos demos cuenta, o con la sensación de que no pudimos hacer nada para cambiarla. Salía de esos momentos poniendo la tele y entreteniéndose con cualquier majadería, incluidas las tertulias políticas, o abandonándose a la melancolía con dos buenos lingotazos de coñac, que en el fondo aborrecía, pero que le retrotraían mucho tiempo atrás, cuando aún era un niño y veía hacerlo a su padre.
Por la noche, el momento de meterse en la cama era especialmente delicado, pues aunque procuraba hacerlo muy tarde y leer algo antes de quedarse dormido, con frecuencia se agolpaban en su cabeza demasiados recuerdos. Y si no recuerdos, sensaciones de otro tiempo, en el que dormirse era un puro trámite. Una noche, ya con la luz apagada, salió de esa situación al percibir un rumor sordo pero insistente, como si no muy lejos alguien hubiera encendido un pequeño motor, algo absolutamente imposible teniendo en cuenta que su chalet estaba lo suficientemente alejado del resto como para que tal cosa fuera factible. Encendió la luz y no pudo localizar nada extraño en sus inmediaciones, a no ser la presencia sorprendente de una abeja en la pared frente a su cama. Debía haberse colado por la ventana desde el jardín, y le pareció que lo más adecuado era dejarla en paz hasta que al día siguiente pudiera salir de nuevo. Y volvió a apagar la luz.
 Al día siguiente efectivamente la abeja no estaba allí y el motorcito de la noche había desaparecido o había sido desconectado, por lo que pudo empezar la jornada con una preocupación menos en la cabeza. Ese día lo dedicó exactamente a no hacer nada. Se dedicó a pasear por Madrid cogiendo el Metro y el autobús sin ningún sentido. En varias ocasiones se había propuesto conocer Madrid por zonas (decir barrios le parecía muy antiguo), pero a pesar de que comenzaba con cierta organización, siempre acababa rindiéndose y sentándose en cualquier parque o jardín que le saliera al paso. O metiéndose en cualquier barucho para  tomarse una cerveza y tratar de leer la prensa que tuvieran disponible, aunque pocas cosas le interesaban verdaderamente. Volvió a casa ya casi de noche y bastante cansado después de haber pateado buena parte de Carabanchel y Vallecas, que le parecieron dos lugares sin ningún encanto, en donde la gente iba ajetreada de aquí para allá como si se tratara de una colmena de abejas.
Este pensamiento le sorprendió precisamente al entrar en casa y darse cuenta de inmediato de que varias de estas volaban de aquí para allá armando cierto revuelo, lo que le hizo sentarse de inmediato, sabiendo que solo pican si se sienten amenazadas. Parecía evidente que tenía un problema. Y el asunto le sulfuraba más en la medida que había leído que al parecer en todas partes del mundo estos insectos están poco menos que desapareciendo. No cenó, y finalmente ante la presencia de aquellos bichos en su habitación, decidió establecerse en el salón, que al estar con las puertas cerradas aún no había sido invadido. En algún lugar de la casa, debía esconderse una colmena (en el jardín no porque ya lo había inspeccionado por la mañana), pues era evidente que el zumbido de la noche anterior se debía al movimiento de las abejas en sus panales, que debían estar situado entre el techo y el tejado de la casa a la altura de su cuarto.
Pasó la noche en el salón, pensando que con toda probabilidad las abejas se habían poco menos que adueñado del mismo a través de varias ranuras en la trampilla del techo. Apenas durmió atento como estaba a la situación, y con miedo de que aquellos bichos acabaran invadiéndolo todo y le hicieran desalojar la casa. Se acordó de “Los pájaros” la terrorífica película de Hitchcock, y aunque el encanto de Tippi Hedren logró distraerle unos momentos, enseguida volvió a la realidad y empezó a fantasear con el daño que aquellos seres diminutos podían acarrearle en aquellos momentos de su vida. Pensó que lo más adecuado sería acabar con ellos de forma fulminante, y de hecho tuvo el impulso inmediato de coger su escopeta y liarse a tiros con lo que hubiera allí arriba. Pero eso era una locura y no conocía ningún otro método, por lo que a la mañana siguiente, sin ni siquiera haberse lavado (las abejas estaban por todas partes), llamó al ayuntamiento, que le remitió a la Concejalía de plagas y desinsectaciones, donde una voz casi ofendida le remitió a su vez al Ministerio de Agricultura. Allí, después de hacerle rodar por diferentes secciones, le acabaron comunicando con la sección de Apicultura, donde una señorita le dijo que en dos horas se presentaría en su casa una unidad del departamento para evaluar la situación.
J esperó en la terraza de un bar de las inmediaciones, desde la que se podía contemplar su chalet con toda nitidez. No le dijo nada a nadie, aunque viendo su casa a lo lejos, tuvo la sensación de que era un lugar encantado al que por el momento le resultaba imposible volver. Era absurdo y lo sabía, pero se sentía incapaz de controlar su cabeza imaginando situaciones desagradables, sobre todo a  la colmena echándose sobre él y acabando de una forma tan aparatosa como ridícula con su triste vida. Al rato se acercó de nuevo a su casa y una vez allí, ni siquiera entró en el jardín, aunque afortunadamente a los pocos minutos llegaron los especialistas que suponía iban a dar una solución al problema. Dos de ellos se bajaron del coche vestidos al efecto,  dispuestos a averiguar lo que pasaba. J entró con ellos y les indicó someramente como había sucedido todo, tras lo cual le pidieron que se alejara y procedieron a localizar la colmena. Al salir un cuarto de hora después, le dijeron que efectivamente tenía toda la razón, y que entre el techo y el tejado de la casa había varios panales con decenas de miles de abejas, y que conforme a las normas en vigor, siendo unos insectos protegidos por la ley, de momento no podían hacer otra cosa que confirmar su presencia, informar y esperar a ver como evolucionaban los acontecimientos. “¿No querrá usted quedarse sin flores ni sin miel?” le dijeron a modo de despedida, y rápidamente se metieron en el coche y le dejaron allí con la palabra en la boca. “De todas maneras se lo comunicaremos a la Comunidad, por si ellos pueden llevarse la colmena, aunque va a ser cuestión de semanas”, alcanzó a oír con el coche ya en marcha.

Su vida estaba a punto de sufrir otro cambio radical. En esta ocasión no se trataba de una mujer, sino simplemente de unos bichos que se habían obstinado en apoderarse de lo único que le quedaba. Ante la falta de soluciones prácticas en aquellos momentos, esa noche decidió alojarse en un hostal no demasiado lejos (cuya cuenta cargaría al ayuntamiento, desde luego), y comenzar al día siguiente a buscar soluciones alternativas, entre las que no descartaba que algún desalmado se los cargara, pues pensaba que la muerte de unos cuantos en un rincón de Madrid tampoco iba a suponer un drama. Claro que una vez que la Autoridad había tomado nota de su existencia, su desaparición intencionada podía ser considerada como un delito que acabara llevándole a la cárcel. Por la mañana, como no sabía qué hacer, decidió seguir un día más en el hostal, y para pasar el rato se fue a la biblioteca. No pensaba sacar ningún libro sino quedarse allí leyendo hasta la hora de comer para volver a casa después y ver como seguía el asunto. Se refería lógicamente a las abejas, pues en algunos momentos  llegó a pensar que en los últimos tiempos se le estaba yendo la cabeza, y que quizás todo se trataba de una fantasía que el mismo se había montado. En la biblioteca, cayó en sus manos un libro del escritor sueco Lars Gustaffson, llamado “Muerte de un apicultor”. Al comenzarlo, pronto se enteró de que se trataba del diario de un enfermo terminal, y creyó que se trataba de una pesadilla, pues en esos momentos él mismo podía considerarse un apicultor. No terminó el libro, y decidió que quizás lo más coherente sería volver a casa y reiniciar una vida como Dios manda. Se trataba de una revelación: debía pertrecharse como un profesional y hacerse cargo de la colmena. Sería una forma elegante y ecuánime de redimirse y solucionar  el problema, sin bajas por ninguno de los dos lados. Después de comer con tranquilidad considerando el nuevo giro que pensaba dar a su vida, se compró los utensilios básicos para tratar con los insectos: la careta, los guantes y el ahumador, decidido a entrar en su casa y comenzar su nueva tarea. Quizás su futuro se hallaba en este campo impensado hasta ese momento, colaborando así con Ceres en la fecundidad de un mundo que parecía haberle dado la espalda. Pensó que de todas maneras debía ser precavido, pues algunos podían obstinarse, incluso él mismo, en confundir una colmena con un avispero. Y sufrir las consecuencias.