Al poco de
verlos tuve claro por qué les llamaban “los espingardas”. Se trataba de cuatro
personas extremadamente delgadas, dos matrimonios, padres e hijos, en los que
ninguno de ellos debía bajar del uno ochenta, algo que en este país puede ser
considerado una hazaña, teniendo en cuenta que
ninguno de ellos había nacido después de mil novecientos cincuenta. Y los
mayores después del veinte, que ya es mucho decir. Aún hoy en día, antropólogos
y endocrinos no se ponen de acuerdo en la razón por la que en aquella época los
peninsulares apenas sobrepasaban el uno sesenta de media. Había quienes lo
achacan a una dieta pobre en vitaminas y excesivamente rica en grasas y féculas,
y otros a una compuesta casi exclusivamente de garbanzos, algo reservado según
opiniones para la cabaña porcina, que por comer, se come cualquier cosa. No hay
que dejar de resaltar, no obstante, que algunos científico librepensadores, son
sin embargo de la opinión que tal hecho se debe a la represión sexual debida a
la iglesia católica, que durante siglos hizo que los nativos sufrieran una
contención maligna de sus fluidos corporales, lo que acababa reprimiendo la
expansión fisiológica de su organismo, especialmente de los huesos. Pronto pude
darme cuenta que el matrimonio mayor eran los padres de la mujer más joven, que
les trataba continuamente de papá y mamá, como si les quisiera mucho o fuera
una forma un tanto infantil de reivindicar su rol de hija única. El hombre
joven, sin embargo, rehuía todo protocolo y parecía considerarles como a dos
amigos, llamándoles por su nombre e incluso por sus diminutivos, lo que no
dejaba de resultar chocante, pues en general suele suceder a la inversa.
Quizás, en cualquier caso, lo más llamativo de aquella reunión, era la impresión que causaban aún sin verlos, pues
apenas percibidos a cierta distancia, uno tenía la certeza de encontrarse en
las inmediaciones de un gallinero, en el que sus integrantes, es decir gallos y
gallinas, optasen por cacarear, organizando un galimatías ininteligible. En
cualquier caso se puede decir que sus voces estaban en consonancia con su
aspecto físico, pues si fueran (en el caso de los caballeros) de tenor,
barítono o bajo, hubiera resultado sorprendente. En ellas, sin embargo, sus
voces aflautadas no desentonaban de las habituales en muchas mujeres, y por el
uso intensivo que hacían de ellas parecería que eran totalmente ignorantes de
resultar desagradables, e incluso dando la impresión de estar profundamente
satisfechas de las mismas. Afortunadamente poco a poco me fui acostumbrado, y
enseguida pude enterarme de lo que decían. Lo más sorprendente fue que la
conversación era absolutamente monotemática, centrándose exclusivamente en la
comida, que al parecer era lo único que les preocupaba, y que por lo que pude
oír, pronto se hizo evidente que tenía algo que ver con su aspecto. El
matrimonio mayor, para empezar era partidario de los platos de cuchara, en los
que admitía discretamente algunos tropezones que no tuvieran demasiada grasa, y
como segundo, pescado blanco o un filete
de ternera a la plancha. De postre, como mucho, una pieza de fruta no
excesivamente rica en azúcares. En verano, como primer plato preferían las
ensaladas sin huevo ni especie animal alguna, y espárragos, borrajas o
espinacas, según los días. Sorprendentemente, para terminar la faena, ambos se
ofrecían un café solo con doble ración de azúcar, lo que en su opinión les
mantenía despiertos, evitándoles así la siesta, y manteniéndoles con suficiente
energía hasta el momento de irse a la cama, nunca más tarde de las diez de la
noche en cualquier circunstancia, después de un cacao con una magdalena. El
matrimonio joven no era tan escrupuloso en sus gustos, y se dejaba guiar por el
peso de lo que comían, para lo que disponían de una pequeña balanza de cocina,
a cuyo veredicto se ajustaban con precisión milimétrica. En cualquier caso
tenían una tabla detallada con los integrantes habituales de las viandas, en la
que se hacía constar sus datos más importantes desde el punto de vista
dietético en cuanto a grasas, azúcares, vitaminas, etc. Y sobre todo, el número
de calorías. No tomaban dulces, aunque sí doble ración de frutas, sobre todo
uvas, y para terminar un té de Darjeeling o un poleo menta. Además les gustaba
meterse en la cama prácticamente extenuados, pues poco antes del sándwich vegetal
que les servía de cena, solían correr durante una hora por los alrededores de
su domicilio, donde algunas malas lenguas al verlos pasar, solían prevenir: “ahí
viene los escurridos”. Quizás este sea el momento de añadir que no tenían
descendencia, algo que dado lo aquí expuesto, parecerá plenamente coherente,
dado que la energía no es ilimitada. Como es natural, estos detalles no se me
hicieron evidentes entonces, sino que fui informado de los mismos por José, el
propietario del local, una vez que le hice saber mi sorpresa por el aspecto de aquellas personas y los temas
tratados en su conversación. Respecto a él mismo, cabe añadir aquí que se trata
de alguien al que conozco desde tiempo inmemorial, y del que es de destacar,
aparte de su bonhomía y buenas maneras, que es un tipo bajo y rechoncho cuyo
peso supera los cien kilos, algo que no solo justifica lo dicho más arriba,
sino también, en relación a la familia de la que hemos hablado, el hecho de que
aquel establecimiento se llamase “El contrapunto”.
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