miércoles, 12 de marzo de 2014

CERRADURAS


En mí son fundamentales los despertares. Hasta tal punto, que después de años de observación, puedo afirmar que me condicionan el resto del día. Esta situación ha hecho que al cabo del tiempo, en más ocasiones de las que me hubiese gustado, haya decidido no levantarme e incluso volverme a dormir a la espera de un momento más propicio, algo que con frecuencia no sucede, lo que no es un obstáculo para que me quede todo el día en la cama. Podría parecer que esto supone una pérdida de tiempo importante o una grave irresponsabilidad, pero antes de seguir adelante debo aclarar que solo dependo de mí mismo, y que por lo tanto, solo yo regulo mi trabajo y mis horas de asueto. Por otro lado, cuando esto me sucede, suelo organizar actividades que compensen mi inacción, especialmente una tabla reducida de gimnasia, y ejercicios para las piernas tipo bicicleta. Pero me dedico más a ocupaciones intelectuales, entre las que sobresalen los ejercicios para mantener la memoria, que voy anotando en un cuaderno que tengo a mano. Por poner un ejemplo, ayer, que fue uno de esos días, me esforcé en recordar todo lo que tuviera que ver con el bachillerato, lo que hoy llaman pomposamente estudios secundarios. Para empezar dividí aquella época en diversas categorías, y empecé a trabajar tratando de recordar quienes fueron mis compañeros. Suelo proceder con toda meticulosidad, en plan casi matemático, y  ayer aunque después de un buen rato lo conseguí, me costó un trabajo ímprobo, pues mi mente una y otra vez me conducía a tres de ellos, que por unas u otras razones debieron tener su importancia. En la primera mi mente me ponía delante de los ojos a un tipo que se llamaba Lino Espino, que durante un buen rato se obstinaba en sacar la polla por debajo del pantalón y exponerla a los presentes para general regocijo (téngase en cuenta que por entonces hasta los quince años prácticamente ninguno llevábamos pantalón largo, y la operación era muy sencilla). El segundo personaje era Bendito, un chaval listo con una dentadura perfecta pero que parecía de mentira, algo que nunca me atreví a preguntarle. Su principal característica, aparte de esta, que no sé si luego pudo explotar en Hollywood, era que en clase de gimnasia, cuando saltábamos el plinto, lo embestía una y otra vez con la cabeza hasta que lo desarmaba. El último de ellos era un individuo que siendo sin duda de nuestra edad, todos considerábamos como nuestro padre. Era muy alto, delgado, renegrido y con pinta de viejo, que se pasaba buena parte del tiempo soltando discursos y explotándose las espinillas que cubrían su rostro como si fuera una chumbera. Luego me vinieron a la cabeza muchos otros de los que solo recordaba por algún detalle significativo o especial, como Ricardo Salmones, obsesionado por su aspecto físico, y que en cuanto podía posaba haciendo figuritas tratando de calibrar la musculatura de sus bíceps, y en ocasiones peinándose, según  donde la cogiera el arrebato. En otros momentos, cuando no se me ocurre nada, intento en un primer momento forzarme y llevar a la cabeza cualquier asunto por intranscendente que pueda parecer sin buscar nada especial ni  provocar su llegada. No siempre ocurre, esa es la verdad, y a veces  mi mente se queda en blanco, desimplicada de cualquier cosa digna de ser puesta aquí por escrito. Son momentos de raras ensoñaciones en las que mi pensamiento se pasea por lo más inmediato que me rodea, a lo que trato de ver como una novedad, una especie de aparición que, sin embargo, podía llevar años colgando de la pared o sobre las estanterías en forma de cuadro o figura decorativa. Ayer, sin ir más lejos, me fijé en dos estatuillas de bronce de una especie de guerreros africanos, altísimos y muy delgados, con unas lanzas que apoyan en el suelo, de los que a pesar de su hieratismo yo adjudicaba un carácter belicoso, algo que contradice la impresión general, que se suele suponer a los combatientes, con un cuerpo en tensión dispuesto para la lucha. Quizás solo sea una impresión personal que debo revisar. Otras veces, cuando se me acaba todas las estrategias para no sestear hasta la hora de la comida, adopto lo que llamo una “actitud de pasividad creativa”, mediante la ejercitación sostenida del pranayama, que en algunas ocasiones me conduce a lugares singulares y en otras a otros decepcionantes, en las que mi mente solo es capaz de crear visiones caleidoscópicas en el sentido más banal del término, ya que estoy bastante harto de esas figuritas que cambian de forma y color según damos vueltas al inevitable canuto. Lo empleó mi madre cuando éramos niños para introducirnos en el concepto de “maravilloso”, algo que con los años veo bastante discutible. Mamá era una mujer culta y muy didáctica, aunque su hobby principal era la poesía, sobre todo la de Holderlin y William Wordsworth, en alemán e inglés, que ella apenas entendía, pero de los que destacaba su musicalidad. Era muy original, y espero que el hecho de que acabara sus días en una Casa de Salud no tuviera demasiado que ver con sus opiniones. En los días en los que finalmente decido no levantarme, mi mujer me viene a ver de vez en cuando  tratando de motivarme para que lo haga, aunque sabe que es una batalla perdida, pero no puede evitar tener que hacerlo o no se le ocurre otra cosa. Es bastante introvertida y ha sido muy buena persona conmigo a lo largo de la vida, pues lo que acabo de contar es solo una de mis múltiples manías. Verdaderamente no sé como no me abandonó hace ya mucho tiempo al darse cuenta que se había casado con alguien muy diferente de la persona que había imaginado. Elisa me da bastante pena, para qué voy a decir otra cosa, me parece una ancianita que tiene tanto de enternecedor como estrictamente de vieja, por lo que en ocasiones me asusto, pues supongo que yo no estoy mejor que ella. Verdaderamente lo ignoro, porque ya hace muchos años que no me miro al espejo, y en todo caso me veo de lejos, ya que para afeitarme lo hago con maquinilla eléctrica sentado en el sofá y comprobando con la yema de los dedos la calidad del apurado. Esos días como poca cosa, y desde luego nada que pudiera causar una hecatombe en las horas siguientes, como serían las legumbres y las féculas de todo tipo, lo que no impide que a la hora de la siesta cumpla rigurosamente el protocolo que se le supone. Cuando me despierto suelen ser ya las seis pasadas, momento en el que Elisa se sienta a mi lado en una banqueta que trae de la cocina, e intenta ponerme al día de la situación y actividades de nuestros seis hijos, algo de lo que estoy perfectamente al corriente teniendo en cuenta que estas charlas no bajan de tres o cuatro al mes. Asisto pues a la retahíla de detalles con resignación, ya que es inútil recurrir a maniobras evasivas, se las conoce todas y  disfruta sorteándolas y haciéndome ver que en esos momentos es ella la que tiene la sartén por el mango. El resto del día carece de importancia, y suele ser la repetición de lo vivido por la mañana con pequeñas variantes; hacia las diez, después de un caldo o algo parecido, intento leer algo con el invariable objetivo de dormirme lo antes posible, o intento hacer un autodefinido mientras oigo que mi mujer sigue trajinando por la casa con faenas de las que nunca llegaré a enterarme totalmente, aunque uno de sus entretenimientos habituales suele ser cambiar los cachivaches de sitio, con la idea de que al día siguiente todo será diferente. Y claro que puede serlo, pues lo que no ha quedado claro es que de manera habitual yo no soy el hombre que ha quedado aquí reflejado sino todo lo contrario. En cualquier caso pienso que la actitud de Elisa es síntoma de una gran soledad por más que se empeñe en que la vida es bella y el porvenir radiante, pensando sin duda en los nietos, que, sin embargo, pronto empezarán a decir que chochea, claro que a mí no hay que hacerme demasiado caso porque aparte de empezar a hacerlo yo también, tengo una capacidad casi congénita para amargarle la vida a quien tenga al lado. Como decía, más arriba, sin embargo yo no soy esa persona deprimida y un tanto inútil que ha podido parecer, sino que cuando me encuentro en forma y el despertar me ha sido benévolo, soy un hombre cargado de energía hasta el punto que pocos dudarían que fuí un niño hiperactivo mal tratado. Debe ser eso, pues la verdad es que los días que dedico al trabajo, y son casi todos a excepción de los ya mencionados, me dedico a hacerlo con un furor más propio de un partido de tenis a cinco sets con tie-break en el quinto. Tengo una cadena de Ferreterías en la capital a las que me he dedicado toda mi vida, pues empecé con mi padre después del instituto, el propietario, siendo un crío, y ya hace cuarenta años que la llevo yo solo, siendo hijo único y habiendo fallecido él muy joven por un infarto en la tribuna del Calderón. No podía admitir que el Madrid fuese superior y acabó pagándolo de mala manera. Mi función principal en las ferreterías consiste como es natural en estar al corriente de su estado financiero, pero sobre todo, en comprobar una y otra vez el estado de su intendencia y productos a la venta, pues siempre he tenido la impresión de que mis empleados me sisan mercancía (valga la expresión), y no porque realmente les sirva para algo sino para darme en las narices y mortificarme, como una venganza personal y ruin sobre el mundo capitalista y en concreto de mi mismo, que soy allí su representante. En ocasiones, mantengo con alguno de ellos largas conversaciones sobre el binomio capital-trabajo, en el que me dicen que nuestra sociedad se ha decantado por el primero dejando a los trabajadores que se deslomen inútilmente, porque nunca irán demasiado lejos. Yo suelo responderles que se equivocan, y que en todo caso, ya los rusos intentaron darle la vuelta a la tortilla inútilmente y con peores resultados. Estas discusiones suelen terminar como el rosario de la aurora, y hay quien incluso me levanta la voz y acaba llamándome explotador y fascista, momento en el que les amenazo con romper la baraja y montarles un ERE. Entonces se callan y yo me dedico a mi afición favorita: contar minuciosamente todo el cargo de las ferreterías, de la “a” a la “z”. Por ejemplo: anclajes, arandelas, antirrobos, pasando por caballetes, cerraduras, conteras, cuñas, manillas, pomos, tacos, tuercas, herrajes, filtros, tendederos, rejillas, perchas, hembrillas, tiradores, picaportes, pasadores, pistillos, varillas y muchos otros. Desgraciadamente en la “z” no encuentro ninguno. Así pues mi vida no es tan monótona como pudiera parecer, y entre unos días y otros tengo el tiempo suficiente para calibrarlo y darme cuenta que después de todo, con las salvedades mencionadas, soy un afortunado. Sigo la tradición paterna y soy socio de número del club de la ribera del Manzanares, que en los últimos tiempos parece volver por sus fueros. En cuanto a mis empleados, les dejo que se desfoguen, pues siempre creí que el derecho al pataleo es la característica principal de un sistema democrático. Estoy seguro que lo único que verdaderamente les jode es que acuda al trabajo con chaqueta, corbata de seda y con unos zapatos carísimos de cuero, que si por un lado me mantienen con los pies en el suelo, por otro no dejan de ser vistos por ellos con una envidia muy típica de las clases resentidas. Yo soy así de chulo. Que le vamos a hacer.

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