En mí son
fundamentales los despertares. Hasta tal punto, que después de años de
observación, puedo afirmar que me condicionan el resto del día. Esta situación
ha hecho que al cabo del tiempo, en más ocasiones de las que me hubiese
gustado, haya decidido no levantarme e incluso volverme a dormir a la espera de
un momento más propicio, algo que con frecuencia no sucede, lo que no es un
obstáculo para que me quede todo el día en la cama. Podría parecer que esto
supone una pérdida de tiempo importante o una grave irresponsabilidad, pero
antes de seguir adelante debo aclarar que solo dependo de mí mismo, y que por
lo tanto, solo yo regulo mi trabajo y mis horas de asueto. Por otro lado,
cuando esto me sucede, suelo organizar actividades que compensen mi inacción,
especialmente una tabla reducida de gimnasia, y ejercicios para las piernas
tipo bicicleta. Pero me dedico más a ocupaciones intelectuales, entre las que
sobresalen los ejercicios para mantener la memoria, que voy anotando en un
cuaderno que tengo a mano. Por poner un ejemplo, ayer, que fue uno de esos días,
me esforcé en recordar todo lo que tuviera que ver con el bachillerato, lo que
hoy llaman pomposamente estudios secundarios. Para empezar dividí aquella época
en diversas categorías, y empecé a trabajar tratando de recordar quienes fueron
mis compañeros. Suelo proceder con toda meticulosidad, en plan casi matemático,
y ayer aunque después de un buen rato lo
conseguí, me costó un trabajo ímprobo, pues mi mente una y otra vez me conducía
a tres de ellos, que por unas u otras razones debieron tener su importancia. En
la primera mi mente me ponía delante de los ojos a un tipo que se llamaba Lino
Espino, que durante un buen rato se obstinaba en sacar la polla por debajo del
pantalón y exponerla a los presentes para general regocijo (téngase en cuenta
que por entonces hasta los quince años prácticamente ninguno llevábamos
pantalón largo, y la operación era muy sencilla). El segundo personaje era
Bendito, un chaval listo con una dentadura perfecta pero que parecía de mentira,
algo que nunca me atreví a preguntarle. Su principal característica, aparte de
esta, que no sé si luego pudo explotar en Hollywood, era que en clase de
gimnasia, cuando saltábamos el plinto, lo embestía una y otra vez con la cabeza
hasta que lo desarmaba. El último de ellos era un individuo que siendo sin duda
de nuestra edad, todos considerábamos como nuestro padre. Era muy alto,
delgado, renegrido y con pinta de viejo, que se pasaba buena parte del tiempo
soltando discursos y explotándose las espinillas que cubrían su rostro como si
fuera una chumbera. Luego me vinieron a la cabeza muchos otros de los que solo
recordaba por algún detalle significativo o especial, como Ricardo Salmones,
obsesionado por su aspecto físico, y que en cuanto podía posaba haciendo
figuritas tratando de calibrar la musculatura de sus bíceps, y en ocasiones
peinándose, según donde la cogiera el
arrebato. En otros momentos, cuando no se me ocurre nada, intento en un primer
momento forzarme y llevar a la cabeza cualquier asunto por intranscendente que
pueda parecer sin buscar nada especial ni provocar su llegada. No siempre ocurre, esa es
la verdad, y a veces mi mente se queda
en blanco, desimplicada de cualquier cosa digna de ser puesta aquí por escrito.
Son momentos de raras ensoñaciones en las que mi pensamiento se pasea por lo
más inmediato que me rodea, a lo que trato de ver como una novedad, una especie
de aparición que, sin embargo, podía llevar años colgando de la pared o sobre
las estanterías en forma de cuadro o figura decorativa. Ayer, sin ir más lejos,
me fijé en dos estatuillas de bronce de una especie de guerreros africanos,
altísimos y muy delgados, con unas lanzas que apoyan en el suelo, de los que a
pesar de su hieratismo yo adjudicaba un carácter belicoso, algo que contradice
la impresión general, que se suele suponer a los combatientes, con un cuerpo en
tensión dispuesto para la lucha. Quizás solo sea una impresión personal que
debo revisar. Otras veces, cuando se me acaba todas las estrategias para no sestear
hasta la hora de la comida, adopto lo que llamo una “actitud de pasividad
creativa”, mediante la ejercitación sostenida del pranayama, que en algunas
ocasiones me conduce a lugares singulares y en otras a otros decepcionantes, en
las que mi mente solo es capaz de crear visiones caleidoscópicas en el sentido
más banal del término, ya que estoy bastante harto de esas figuritas que
cambian de forma y color según damos vueltas al inevitable canuto. Lo empleó mi
madre cuando éramos niños para introducirnos en el concepto de “maravilloso”,
algo que con los años veo bastante discutible. Mamá era una mujer culta y muy
didáctica, aunque su hobby principal era la poesía, sobre todo la de Holderlin
y William Wordsworth, en alemán e inglés, que ella apenas entendía, pero de los
que destacaba su musicalidad. Era muy original, y espero que el hecho de que
acabara sus días en una Casa de Salud no tuviera demasiado que ver con sus
opiniones. En los días en los que finalmente decido no levantarme, mi mujer me
viene a ver de vez en cuando tratando de
motivarme para que lo haga, aunque sabe que es una batalla perdida, pero no
puede evitar tener que hacerlo o no se le ocurre otra cosa. Es bastante
introvertida y ha sido muy buena persona conmigo a lo largo de la vida, pues lo
que acabo de contar es solo una de mis múltiples manías. Verdaderamente no sé
como no me abandonó hace ya mucho tiempo al darse cuenta que se había casado
con alguien muy diferente de la persona que había imaginado. Elisa me da bastante
pena, para qué voy a decir otra cosa, me parece una ancianita que tiene tanto
de enternecedor como estrictamente de vieja, por lo que en ocasiones me asusto,
pues supongo que yo no estoy mejor que ella. Verdaderamente lo ignoro, porque
ya hace muchos años que no me miro al espejo, y en todo caso me veo de lejos, ya
que para afeitarme lo hago con maquinilla eléctrica sentado en el sofá y
comprobando con la yema de los dedos la calidad del apurado. Esos días como
poca cosa, y desde luego nada que pudiera causar una hecatombe en las horas
siguientes, como serían las legumbres y las féculas de todo tipo, lo que no
impide que a la hora de la siesta cumpla rigurosamente el protocolo que se le
supone. Cuando me despierto suelen ser ya las seis pasadas, momento en el que
Elisa se sienta a mi lado en una banqueta que trae de la cocina, e intenta
ponerme al día de la situación y actividades de nuestros seis hijos, algo de lo
que estoy perfectamente al corriente teniendo en cuenta que estas charlas no
bajan de tres o cuatro al mes. Asisto pues a la retahíla de detalles con
resignación, ya que es inútil recurrir a maniobras evasivas, se las conoce
todas y disfruta sorteándolas y
haciéndome ver que en esos momentos es ella la que tiene la sartén por el
mango. El resto del día carece de importancia, y suele ser la repetición de lo
vivido por la mañana con pequeñas variantes; hacia las diez, después de un
caldo o algo parecido, intento leer algo con el invariable objetivo de dormirme
lo antes posible, o intento hacer un autodefinido mientras oigo que mi mujer
sigue trajinando por la casa con faenas de las que nunca llegaré a enterarme
totalmente, aunque uno de sus entretenimientos habituales suele ser cambiar los
cachivaches de sitio, con la idea de que al día siguiente todo será diferente.
Y claro que puede serlo, pues lo que no ha quedado claro es que de manera
habitual yo no soy el hombre que ha quedado aquí reflejado sino todo lo
contrario. En cualquier caso pienso que la actitud de Elisa es síntoma de una
gran soledad por más que se empeñe en que la vida es bella y el porvenir
radiante, pensando sin duda en los nietos, que, sin embargo, pronto empezarán a
decir que chochea, claro que a mí no hay que hacerme demasiado caso porque
aparte de empezar a hacerlo yo también, tengo una capacidad casi congénita para
amargarle la vida a quien tenga al lado. Como decía, más arriba, sin embargo yo
no soy esa persona deprimida y un tanto inútil que ha podido parecer, sino que
cuando me encuentro en forma y el despertar me ha sido benévolo, soy un hombre
cargado de energía hasta el punto que pocos dudarían que fuí un niño hiperactivo
mal tratado. Debe ser eso, pues la verdad es que los días que dedico al
trabajo, y son casi todos a excepción de los ya mencionados, me dedico a
hacerlo con un furor más propio de un partido de tenis a cinco sets con
tie-break en el quinto. Tengo una cadena de Ferreterías en la capital a las que
me he dedicado toda mi vida, pues empecé con mi padre después del instituto, el
propietario, siendo un crío, y ya hace cuarenta años que la llevo yo solo,
siendo hijo único y habiendo fallecido él muy joven por un infarto en la
tribuna del Calderón. No podía admitir que el Madrid fuese superior y acabó
pagándolo de mala manera. Mi función principal en las ferreterías consiste como
es natural en estar al corriente de su estado financiero, pero sobre todo, en
comprobar una y otra vez el estado de su intendencia y productos a la venta,
pues siempre he tenido la impresión de que mis empleados me sisan mercancía
(valga la expresión), y no porque realmente les sirva para algo sino para darme
en las narices y mortificarme, como una venganza personal y ruin sobre el mundo
capitalista y en concreto de mi mismo, que soy allí su representante. En
ocasiones, mantengo con alguno de ellos largas conversaciones sobre el binomio
capital-trabajo, en el que me dicen que nuestra sociedad se ha decantado por el
primero dejando a los trabajadores que se deslomen inútilmente, porque nunca
irán demasiado lejos. Yo suelo responderles que se equivocan, y que en todo
caso, ya los rusos intentaron darle la vuelta a la tortilla inútilmente y con
peores resultados. Estas discusiones suelen terminar como el rosario de la
aurora, y hay quien incluso me levanta la voz y acaba llamándome explotador y
fascista, momento en el que les amenazo con romper la baraja y montarles un ERE.
Entonces se callan y yo me dedico a mi afición favorita: contar minuciosamente
todo el cargo de las ferreterías, de la “a” a la “z”. Por ejemplo: anclajes,
arandelas, antirrobos, pasando por caballetes, cerraduras, conteras, cuñas,
manillas, pomos, tacos, tuercas, herrajes, filtros, tendederos, rejillas,
perchas, hembrillas, tiradores, picaportes, pasadores, pistillos, varillas y
muchos otros. Desgraciadamente en la “z” no encuentro ninguno. Así pues mi vida
no es tan monótona como pudiera parecer, y entre unos días y otros tengo el
tiempo suficiente para calibrarlo y darme cuenta que después de todo, con las
salvedades mencionadas, soy un afortunado. Sigo la tradición paterna y soy
socio de número del club de la ribera del Manzanares, que en los últimos
tiempos parece volver por sus fueros. En cuanto a mis empleados, les dejo que
se desfoguen, pues siempre creí que el derecho al pataleo es la característica
principal de un sistema democrático. Estoy seguro que lo único que
verdaderamente les jode es que acuda al trabajo con chaqueta, corbata de seda y
con unos zapatos carísimos de cuero, que si por un lado me mantienen con los
pies en el suelo, por otro no dejan de ser vistos por ellos con una envidia muy
típica de las clases resentidas. Yo soy así de chulo. Que le vamos a hacer.
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