Las
fluctuaciones cuánticas del vacío parecen estar en el principio del universo,
ser su origen. Eso que quede claro para quien no sea aficionado a la cosmología,
y se interrogue por las mañanas el por qué existe algo en lugar de nada. Y no
es una broma, porque esa y no otra suele ser la pregunta que se hacen la mayoría
de las personas poco antes de lavarse los dientes. Al menos tal es la opinión
de varios libros de divulgación científica que han sido publicados últimamente.
Quizás no sea ese su caso, pero de ser así, tal cosa solo supondría que usted
está en el porcentaje menor de una opinión mayoritaria en el otro sentido.
Puede que llevado por la curiosidad que esta cuestión le suscite, pregunte a
sus allegados y vecinos su parecer al respecto. Pero no se fíe si su respuesta
coincide con la suya, y le hace suponer que estamos ante una tomadura de pelo,
una falta apreciación o incluso a un mal empleo de la estadística, porque lo
que hay que añadir casi de inmediato, es que tal pensamiento, según nos
cuentan, en la mayor parte de los casos es inconsciente, y por lo tanto ajeno a
su conocimiento de facto. Habría que consultar a Sigmund Freud, algo imposible
por haber fallecido hace tiempo, o en todo caso leerse sus obras completas, a
lo que desde aquí le animo, al estar editadas por Espasa Calpe, la editorial
española más prestigiosa, con la que me honraría en colaborar. Si con ello no
fuera suficiente, podría realizar un psicoanálisis ortodoxo y llegar usted mismo a
la conclusión mencionada más arriba. Le damos no obstante un dato que le hará sospechar
que algo de verdad debe haber en el asunto. Se trata de esos pasos titubeantes
que da hacia el cuarto de baño nada más poner los pies en el suelo, y las cavilaciones que ya desde entonces parecen
apremiarle. No se engañe suponiendo que solo se trata de las pequeñas
preocupaciones diarias o del deceso de un pariente cercano días atrás: eso son
minucias comparadas con la inquietud metafísica persistente en su fuero interno,
aunque usted lo desconozca. Esperamos sus noticias que corroboren la hipótesis
mencionada al principio, o que en su lugar nos haga llegar su opinión, siempre
que no se trate del huevo cósmico, teoría a estas alturas totalmente
desprestigiada.
Una mañana hace poco más de un mes al abrir la puerta de la habitación
del fondo, que habitualmente tengo cerrada, me encontré con una araña enorme
tranquilamente instalada en la cama. Se trata de un lugar que no suelo utilizar
y en donde esporádicamente acojo a algún familiar de paso o ciertas amistades
con problemas y dificultades para pernoctar en otro lado. La araña, volviendo
al tema que nos ocupa, en un principio me asusto e hizo pensar en las famosas
viudas negras, pero pocos horas después, cuando me armé de valor después de consultar
wikipedia, llegué a la conclusión de que se trataba de una tarántula, grande y
peluda, más espectacular que otra cosa, pero en cualquier caso venenosa, y de
la que había que evitar a toda costa sus terribles quelíferos. Cuando poco
antes de acostarme decidí visitarla de nuevo, con todas las prevenciones
adecuadas, me llegó a parecer un animal dócil y casi familiar, pues levantó una
de sus patas delanteras, supongo que en señal de saludo, o al menos eso
interpreté yo en aquel momento. Al día siguiente por la mañana pensé en avisar
al servicio municipal de desinsectación, pero finalmente decidí hacerme
personalmente responsable de la situación, y ver lo que daba de sí en los
próximos días. En cualquier caso, fui consciente de que no había que decir nada
a los vecinos, pues independientemente de que hubiera entre ellos bastantes
asustadizos y pusilánimes, estaba convencido que acabarían llamando a la
policía, y no quería que acabaran poniéndome el piso perdido con DDT o lo que actualmente
se utilice en la actualidad para terminar con estos bichos. Posiblemente un
tiro certero con una carabina. Por otro lado, tratándose de gente con estudios
y de cultura superior a la media, tenía el convencimiento que al menos alguno
de ellos habría leído “La metamorfosis” de Kafka, y quien sabe si podrían
llegar a acusarme de tener a un hijo problemático encerrado que, ante la falta
de expectativas, optó por convertirse en otra cosa. Téngase en cuenta que soy
una persona muy introvertida, algo que me ha creado en el lugar una fama de
huraño y malencarado, de la que yo era consciente. A día de hoy el bicho y yo
(y que me perdone la araña si me lee), tenemos una relación que un observador
imparcial calificaría como mínimo de cordial. No solo nos saludamos como ya
dije más arriba, sino que mantenemos una cierta amistad deducible de los ruidos
que ambos emitimos nada más vernos. Por mi parte se trata del habitual entre
gente conocida del tipo de buenos días, y por la suya con un rozamiento de
patas que emite una especie de zumbido, un tanto metálico pero no desagradable,
del que solo me molesta que al hacerlo una buena cantidad de pelos se
desprendan de las mismas y vayan progresivamente invadiendo la habitación. El
animal come, como es natural, y si los primeros días le ofrecí algunas de las
conservas y embutidos que tenía en el frigorífico, ahora le compro carne, sobre
todo pollo, pavo y jamón serrano. No me decido de momento a echarle animales
vivos, aunque ayer por la tarde traté inútilmente de capturar algunas
mariposas, insectos o roedores de un jardín cercano. Esta presencia en mi
domicilio está modificando mis actividades diarias, no solo porque ella me
necesita con frecuencia, sino porque ahora soy consciente de que he contraído
una responsabilidad que debo aceptar. Días atrás he comenzado una auténtica
cruzada didáctica, tratando de hacerle comprender que un buen comportamiento
por su parte traería aparejado una mejora en su calidad de vida, lo que creo
que se le ha hecho evidente al cambiarle la cubierta de la cama, y poner en lugar
de un edredón en muy mal estado (no es difícil imaginar por qué), una tabla de
madera sobre la que puede hacer sus cosas sin mayor inconveniente. Sé sin
embargo que esto no ha hecho más que empezar, y que de ahora en adelante deberé
tener previstas alternativas en función de su comportamiento y necesidades.
Ayer sin ir más lejos me llevé un susto de muerte cuando al entrar no la vi
sobre la cama como era lo habitual, sino en el techo, donde al parecer se
sujeta por alguna característica de sus patas que la adhieren con una firmeza
superior a la fuerza de la gravedad. Mi reacción inmediata fue taparme la
cabeza con las manos previendo un ataque que no tuvo lugar, pero que en
cualquier caso me advirtió de que no debería relajar mis defensas. Debo
confesar que siempre me he sentido fascinado por los artrópodos, sobre todo por
su proliferación de patas articuladas, y no digamos nada de su prácticamente
ilimitada cantidad de ojos, que le hacen tener no solo una visión telemétrica
muy precisa sino otra periférica aún superior, que les permiten ver en todas
direcciones. Debo prepararme, en vista de estas cualidades, a aceptar que de
ahora en adelante Arti, así la llamo, se desplace a sus anchas por la
habitación, que yo ya considero la suya, e incluso se muestre más exigente. La
alimentación es posible que dentro de nada se convierta en un verdadero
problema, y acabe exigiéndome seres vivos mayores, tipo gallina o conejo, que a
pesar de su tamaño no le plantearían demasiados problemas, pues siendo aún una
adolescente (lo sé por su color todavía demasiado claro), tiene recursos
suficientes para mandarlos al otro barrio y engullirlos de inmediato: está
creciendo. Me preparo, pues, para unos meses emocionantes, al haberme hecho
cargo de alguien que puede perfectamente desempeñar las funciones del hijo que
no tuve. Me asalta, sin embargo una duda, y es que, siendo yo profesor emérito
de la facultad de Psicología de la Universiodad Complutense en Somosaguas, no
se me escapa que la presencia de esta criatura en mi casa puede ser solo una
alucinación, y tratarse de una metáfora del sexo femenino a domicilio, algo que
encajaría perfectamente con la interpretación ortodoxa de los símbolos según la
escuela junguiana. Quiero que quede claro, sin embargo, que no estoy dispuesto
a tener con ella otras relaciones que las paterno-filiales, por muy agresiva
que se ponga. En cualquier caso, es posible que incluso con dedicación y
entrenamiento, acabemos formando un dúo que anime las tardes de los fines de
semana en el vecindario, ahora que está próxima la primavera y la gente se echa
a la calle después de un invierno especialmente lluvioso y frío. Montaremos un
espectáculo interesante y divertido y seremos para ellos un ejemplo de hasta
donde puede llegar la colaboración entre especies, algo que sin duda satisfaría
al mismísimo Charles Darwin.
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