sábado, 8 de marzo de 2014

FLUCTUACIONES


Las fluctuaciones cuánticas del vacío parecen estar en el principio del universo, ser su origen. Eso que quede claro para quien no sea aficionado a la cosmología, y se interrogue por las mañanas el por qué existe algo en lugar de nada. Y no es una broma, porque esa y no otra suele ser la pregunta que se hacen la mayoría de las personas poco antes de lavarse los dientes. Al menos tal es la opinión de varios libros de divulgación científica que han sido publicados últimamente. Quizás no sea ese su caso, pero de ser así, tal cosa solo supondría que usted está en el porcentaje menor de una opinión mayoritaria en el otro sentido. Puede que llevado por la curiosidad que esta cuestión le suscite, pregunte a sus allegados y vecinos su parecer al respecto. Pero no se fíe si su respuesta coincide con la suya, y le hace suponer que estamos ante una tomadura de pelo, una falta apreciación o incluso a un mal empleo de la estadística, porque lo que hay que añadir casi de inmediato, es que tal pensamiento, según nos cuentan, en la mayor parte de los casos es inconsciente, y por lo tanto ajeno a su conocimiento de facto. Habría que consultar a Sigmund Freud, algo imposible por haber fallecido hace tiempo, o en todo caso leerse sus obras completas, a lo que desde aquí le animo, al estar editadas por Espasa Calpe, la editorial española más prestigiosa, con la que me honraría en colaborar. Si con ello no fuera suficiente, podría realizar un  psicoanálisis ortodoxo y llegar usted mismo a la conclusión mencionada más arriba. Le damos no obstante un dato que le hará sospechar que algo de verdad debe haber en el asunto. Se trata de esos pasos titubeantes que da hacia el cuarto de baño nada más poner los pies en el suelo, y  las cavilaciones que ya desde entonces parecen apremiarle. No se engañe suponiendo que solo se trata de las pequeñas preocupaciones diarias o del deceso de un pariente cercano días atrás: eso son minucias comparadas con la inquietud metafísica persistente en su fuero interno, aunque usted lo desconozca. Esperamos sus noticias que corroboren la hipótesis mencionada al principio, o que en su lugar nos haga llegar su opinión, siempre que no se trate del huevo cósmico, teoría a estas alturas totalmente desprestigiada.

 

Una mañana hace poco más de un mes al abrir la puerta de la habitación del fondo, que habitualmente tengo cerrada, me encontré con una araña enorme tranquilamente instalada en la cama. Se trata de un lugar que no suelo utilizar y en donde esporádicamente acojo a algún familiar de paso o ciertas amistades con problemas y dificultades para pernoctar en otro lado. La araña, volviendo al tema que nos ocupa, en un principio me asusto e hizo pensar en las famosas viudas negras, pero pocos horas después, cuando me armé de valor después de consultar wikipedia, llegué a la conclusión de que se trataba de una tarántula, grande y peluda, más espectacular que otra cosa, pero en cualquier caso venenosa, y de la que había que evitar a toda costa sus terribles quelíferos. Cuando poco antes de acostarme decidí visitarla de nuevo, con todas las prevenciones adecuadas, me llegó a parecer un animal dócil y casi familiar, pues levantó una de sus patas delanteras, supongo que en señal de saludo, o al menos eso interpreté yo en aquel momento. Al día siguiente por la mañana pensé en avisar al servicio municipal de desinsectación, pero finalmente decidí hacerme personalmente responsable de la situación, y ver lo que daba de sí en los próximos días. En cualquier caso, fui consciente de que no había que decir nada a los vecinos, pues independientemente de que hubiera entre ellos bastantes asustadizos y pusilánimes, estaba convencido que acabarían llamando a la policía, y no quería que acabaran poniéndome el piso perdido con DDT o lo que actualmente se utilice en la actualidad para terminar con estos bichos. Posiblemente un tiro certero con una carabina. Por otro lado, tratándose de gente con estudios y de cultura superior a la media, tenía el convencimiento que al menos alguno de ellos habría leído “La metamorfosis” de Kafka, y quien sabe si podrían llegar a acusarme de tener a un hijo problemático encerrado que, ante la falta de expectativas, optó por convertirse en otra cosa. Téngase en cuenta que soy una persona muy introvertida, algo que me ha creado en el lugar una fama de huraño y malencarado, de la que yo era consciente. A día de hoy el bicho y yo (y que me perdone la araña si me lee), tenemos una relación que un observador imparcial calificaría como mínimo de cordial. No solo nos saludamos como ya dije más arriba, sino que mantenemos una cierta amistad deducible de los ruidos que ambos emitimos nada más vernos. Por mi parte se trata del habitual entre gente conocida del tipo de buenos días, y por la suya con un rozamiento de patas que emite una especie de zumbido, un tanto metálico pero no desagradable, del que solo me molesta que al hacerlo una buena cantidad de pelos se desprendan de las mismas y vayan progresivamente invadiendo la habitación. El animal come, como es natural, y si los primeros días le ofrecí algunas de las conservas y embutidos que tenía en el frigorífico, ahora le compro carne, sobre todo pollo, pavo y jamón serrano. No me decido de momento a echarle animales vivos, aunque ayer por la tarde traté inútilmente de capturar algunas mariposas, insectos o roedores de un jardín cercano. Esta presencia en mi domicilio está modificando mis actividades diarias, no solo porque ella me necesita con frecuencia, sino porque ahora soy consciente de que he contraído una responsabilidad que debo aceptar. Días atrás he comenzado una auténtica cruzada didáctica, tratando de hacerle comprender que un buen comportamiento por su parte traería aparejado una mejora en su calidad de vida, lo que creo que se le ha hecho evidente al cambiarle la cubierta de la cama, y poner en lugar de un edredón en muy mal estado (no es difícil imaginar por qué), una tabla de madera sobre la que puede hacer sus cosas sin mayor inconveniente. Sé sin embargo que esto no ha hecho más que empezar, y que de ahora en adelante deberé tener previstas alternativas en función de su comportamiento y necesidades. Ayer sin ir más lejos me llevé un susto de muerte cuando al entrar no la vi sobre la cama como era lo habitual, sino en el techo, donde al parecer se sujeta por alguna característica de sus patas que la adhieren con una firmeza superior a la fuerza de la gravedad. Mi reacción inmediata fue taparme la cabeza con las manos previendo un ataque que no tuvo lugar, pero que en cualquier caso me advirtió de que no debería relajar mis defensas. Debo confesar que siempre me he sentido fascinado por los artrópodos, sobre todo por su proliferación de patas articuladas, y no digamos nada de su prácticamente ilimitada cantidad de ojos, que le hacen tener no solo una visión telemétrica muy precisa sino otra periférica aún superior, que les permiten ver en todas direcciones. Debo prepararme, en vista de estas cualidades, a aceptar que de ahora en adelante Arti, así la llamo, se desplace a sus anchas por la habitación, que yo ya considero la suya, e incluso se muestre más exigente. La alimentación es posible que dentro de nada se convierta en un verdadero problema, y acabe exigiéndome seres vivos mayores, tipo gallina o conejo, que a pesar de su tamaño no le plantearían demasiados problemas, pues siendo aún una adolescente (lo sé por su color todavía demasiado claro), tiene recursos suficientes para mandarlos al otro barrio y engullirlos de inmediato: está creciendo. Me preparo, pues, para unos meses emocionantes, al haberme hecho cargo de alguien que puede perfectamente desempeñar las funciones del hijo que no tuve. Me asalta, sin embargo una duda, y es que, siendo yo profesor emérito de la facultad de Psicología de la Universiodad Complutense en Somosaguas, no se me escapa que la presencia de esta criatura en mi casa puede ser solo una alucinación, y tratarse de una metáfora del sexo femenino a domicilio, algo que encajaría perfectamente con la interpretación ortodoxa de los símbolos según la escuela junguiana. Quiero que quede claro, sin embargo, que no estoy dispuesto a tener con ella otras relaciones que las paterno-filiales, por muy agresiva que se ponga. En cualquier caso, es posible que incluso con dedicación y entrenamiento, acabemos formando un dúo que anime las tardes de los fines de semana en el vecindario, ahora que está próxima la primavera y la gente se echa a la calle después de un invierno especialmente lluvioso y frío. Montaremos un espectáculo interesante y divertido y seremos para ellos un ejemplo de hasta donde puede llegar la colaboración entre especies, algo que sin duda satisfaría al mismísimo Charles Darwin.

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