Voy con Amalia
al Auditorio. Hoy no toca la Orquesta Nacional. Se trata de un programa
especial en el que un coro norteamericano canta gospel, un tipo de canción
cristiana evocadora de la vida espiritual y la presencia de Dios en nuestras
vidas. Eso es al menos lo que yo pienso, y como no sé nada de inglés, en el
transcurso del concierto no me entero de mucho más. El coro está compuesto por
unas treinta mujeres negras, que parecen entregarse en cuerpo y alma a sus
composiciones. Lo que más me llama la atención es que todas están muy gordas, y
se parecen como si fueran clones de una primera que no llego a identificar. Se mueven y gesticulan al
unísono, algo que resulta aún más evidente por su parecido, en el que destacan
sus bocas enormes, que cuando se abren dejan ver unas dentaduras casi
perfectas, aunque es posible que solo se trate de una primera impresión, por el
contraste con su piel tan oscura. Amalia me comenta en voz baja entre dos
canciones que hay algo en ello que le resulta desagradable, pero que no puede
precisar de qué se trata. Tiene la impresión de hallarse en una pastelería un
domingo por la tarde después de comer y haber ingerido una docena de pasteles.
Estoy de acuerdo con ella, pero no puedo decirle nada porque un espectador de
la fila de atrás nos chita de forma conminativa. Las gordas del coro, para
terminar cantan una canción que debe hacer alusión a la liberación de los
esclavos de las plantaciones de algodón de Luisiana, momento en el cual, por
razones que no puedo precisar recuerdo la historia del Boabdil abandonando
Granada en 1492 ante el empuje de las tropas cristianas.
Entro en uno de
los escasos baños públicos que aún quedan en la ciudad. No tengo ninguna
necesidad, pero no quiero perderme una experiencia de la que solo suelen
disfrutar la gente de pocos recursos y los pobres, que han aumentado
exponencialmente en los últimos tiempos. La chica de recepción me mira un tanto
sorprendida, y tengo que explicarle que aunque vaya con chaqueta y corbata no
debe llamarse a engaño, porque solo se trata de una forma de enmascaramiento a
la que soy muy proclive dada mi actitud esteticista. No parece muy convencida,
pero acaba dándome una toalla y me ruega que a la salida la deposite en el
cajón correspondiente cerca de la puerta. En las duchas, que son colectivas, y
separadas por sexos, hay una buena cantidad de gente que como es natural antes
de meterse ha dejado la ropa en unas taquillas al efecto. Siento cierto pudor
porque es la primera vez que me muestro desnudo delante de otros hombres. Nada
más entrar tengo la impresión evidente de haberme colado en una cochiquera (los
cerdos de mi tierra son blancos y no tienen mucho pelo). Casi de inmediato no
puedo dejar de fijarme en sus órganos sexuales, que como norma parecen
responder en su tamaño a la siguiente regla, a mayor delgadez, más grande y a
mayor obesidad, más pequeño. Quizás la impresión no es exacta, y para ello
debía hacerse una evaluación relativa entre ambos términos, pero mi moral no
está en esos momentos para tales pormenores. El lugar es amplio, esa es la
verdad, pero todo el mundo parece estar muy atento a sus movimientos para
evitar rozarse con el vecino. En una de las zonas el agua se acumula, supongo
por mala evacuación, y todo el mundo la rehuye pues nada quiere meter los pies
en tal caldo, excepto un tipo con pinta de loco que parece feliz chapoteando
como un niño en un charco. Me doy prisa, y una vez seco echo la toalla en un
cajón que rebosa de ellas a la salida. Me siento un tanto confundido, pues esta
experiencia voluntaria me lleva por un lado a la idea de que después de todo
cada cual tiene lo que se merece, y por otro a la injusticia de un mundo en el
que algunos de sus habitantes dudan cual de los cuartos de baño utilizar cada
día. En homenaje a tal antinomia, una vez en la calle me quito la corbata e intento
evocar algunas escenas de “Acorazado Potemkin y de “Desayuno con diamantes”.
El señor coronel
ha invitado a todos los jefes y oficiales del regimiento a una fiesta en su
casa, dentro de los pabellones residenciales del Acuartelamiento. Según vamos
llegando, se va haciendo cada vez más evidente, estando todos acompañados por
nuestras mujeres, que el espacio va a resultar insuficiente, aunque enseguida
dice que los de menor categoría ocupen la cocina y el office. En total debemos
ser una ochenta personas que no hemos podido quitarnos la ropa de abrigo
(excepto unos cuantos que la han dejado sobre una cama doble, supuestamente la
de los anfitriones). Mi mujer me dice que tiene miedo que el suelo ceda y
aparezcamos todos en el piso de abajo con la cabeza rota, le digo que no se
preocupe, porque es un edificio muy robusto de principios del diecinueve. Ella
reargumenta que en tal caso con más razón, porque entonces las vigas siempre
eran de madera. Le hago caso y con cierto disimulo empiezo a buscar la salida.
Cuando ya estamos a punto de alcanzar las escaleras, oigo nítidamente un
crujido entre la algarabía de voces ajenas a la voracidad de las termitas, lo
que me hace apretar el paso, aunque antes de que los acontecimientos se
precipiten, recuerdo que en hangar debajo de nosotros están colocados los
vehículos de la Unidad con los toldos puestos. Da la casualidad que soy el
capitán de la compañía de transportes.
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