martes, 4 de marzo de 2014

TOLDOS


Voy con Amalia al Auditorio. Hoy no toca la Orquesta Nacional. Se trata de un programa especial en el que un coro norteamericano canta gospel, un tipo de canción cristiana evocadora de la vida espiritual y la presencia de Dios en nuestras vidas. Eso es al menos lo que yo pienso, y como no sé nada de inglés, en el transcurso del concierto no me entero de mucho más. El coro está compuesto por unas treinta mujeres negras, que parecen entregarse en cuerpo y alma a sus composiciones. Lo que más me llama la atención es que todas están muy gordas, y se parecen como si fueran clones de una primera que no llego  a identificar. Se mueven y gesticulan al unísono, algo que resulta aún más evidente por su parecido, en el que destacan sus bocas enormes, que cuando se abren dejan ver unas dentaduras casi perfectas, aunque es posible que solo se trate de una primera impresión, por el contraste con su piel tan oscura. Amalia me comenta en voz baja entre dos canciones que hay algo en ello que le resulta desagradable, pero que no puede precisar de qué se trata. Tiene la impresión de hallarse en una pastelería un domingo por la tarde después de comer y haber ingerido una docena de pasteles. Estoy de acuerdo con ella, pero no puedo decirle nada porque un espectador de la fila de atrás nos chita de forma conminativa. Las gordas del coro, para terminar cantan una canción que debe hacer alusión a la liberación de los esclavos de las plantaciones de algodón de Luisiana, momento en el cual, por razones que no puedo precisar recuerdo la historia del Boabdil abandonando Granada en 1492 ante el empuje de las tropas cristianas.

 

Entro en uno de los escasos baños públicos que aún quedan en la ciudad. No tengo ninguna necesidad, pero no quiero perderme una experiencia de la que solo suelen disfrutar la gente de pocos recursos y los pobres, que han aumentado exponencialmente en los últimos tiempos. La chica de recepción me mira un tanto sorprendida, y tengo que explicarle que aunque vaya con chaqueta y corbata no debe llamarse a engaño, porque solo se trata de una forma de enmascaramiento a la que soy muy proclive dada mi actitud esteticista. No parece muy convencida, pero acaba dándome una toalla y me ruega que a la salida la deposite en el cajón correspondiente cerca de la puerta. En las duchas, que son colectivas, y separadas por sexos, hay una buena cantidad de gente que como es natural antes de meterse ha dejado la ropa en unas taquillas al efecto. Siento cierto pudor porque es la primera vez que me muestro desnudo delante de otros hombres. Nada más entrar tengo la impresión evidente de haberme colado en una cochiquera (los cerdos de mi tierra son blancos y no tienen mucho pelo). Casi de inmediato no puedo dejar de fijarme en sus órganos sexuales, que como norma parecen responder en su tamaño a la siguiente regla, a mayor delgadez, más grande y a mayor obesidad, más pequeño. Quizás la impresión no es exacta, y para ello debía hacerse una evaluación relativa entre ambos términos, pero mi moral no está en esos momentos para tales pormenores. El lugar es amplio, esa es la verdad, pero todo el mundo parece estar muy atento a sus movimientos para evitar rozarse con el vecino. En una de las zonas el agua se acumula, supongo por mala evacuación, y todo el mundo la rehuye pues nada quiere meter los pies en tal caldo, excepto un tipo con pinta de loco que parece feliz chapoteando como un niño en un charco. Me doy prisa, y una vez seco echo la toalla en un cajón que rebosa de ellas a la salida. Me siento un tanto confundido, pues esta experiencia voluntaria me lleva por un lado a la idea de que después de todo cada cual tiene lo que se merece, y por otro a la injusticia de un mundo en el que algunos de sus habitantes dudan cual de los cuartos de baño utilizar cada día. En homenaje a tal antinomia, una vez en la calle me quito la corbata e intento evocar algunas escenas de “Acorazado Potemkin y de “Desayuno con diamantes”.

 

El señor coronel ha invitado a todos los jefes y oficiales del regimiento a una fiesta en su casa, dentro de los pabellones residenciales del Acuartelamiento. Según vamos llegando, se va haciendo cada vez más evidente, estando todos acompañados por nuestras mujeres, que el espacio va a resultar insuficiente, aunque enseguida dice que los de menor categoría ocupen la cocina y el office. En total debemos ser una ochenta personas que no hemos podido quitarnos la ropa de abrigo (excepto unos cuantos que la han dejado sobre una cama doble, supuestamente la de los anfitriones). Mi mujer me dice que tiene miedo que el suelo ceda y aparezcamos todos en el piso de abajo con la cabeza rota, le digo que no se preocupe, porque es un edificio muy robusto de principios del diecinueve. Ella reargumenta que en tal caso con más razón, porque entonces las vigas siempre eran de madera. Le hago caso y con cierto disimulo empiezo a buscar la salida. Cuando ya estamos a punto de alcanzar las escaleras, oigo nítidamente un crujido entre la algarabía de voces ajenas a la voracidad de las termitas, lo que me hace apretar el paso, aunque antes de que los acontecimientos se precipiten, recuerdo que en hangar debajo de nosotros están colocados los vehículos de la Unidad con los toldos puestos. Da la casualidad que soy el capitán de la compañía de transportes.

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