1) El
cuerpo humano es un sistema dirigido y coordinado por el cerebro, sin el cual
no podría funcionar. Al menos no podría hacerlo tal y como sabemos, aunque sí
podría hacerlo como una secuoya, que no lo tiene. Siendo pues el cerebro la
parte más importante de ese sistema, es lógico suponer que podría prescindir de
las otras y dedicarse en exclusiva a sí mismo, pero tal cosa no tendría
demasiado sentido, pues ha sido construido precisamente para controlarlas (órganos
y subsistemas que dependen de él, uno de los cuales sería la mente). Suponer un
cerebro aislado sin ninguna finalidad sería tan absurdo como imaginar un motor
en marcha sin otras conexiones en el desierto o la tundra, por poner un ejemplo.
Pero no solo eso, pues como se sabe, el cerebro es un órgano sumamente plástico
que se modifica a sí mismo en función de las necesidades que los sistemas
dependientes de él requieran, algo así como si la necesidad de carburante de un
vehículo para subir una pendiente pudiera modificar las características del
motor que lo propulsa. Un cerebro sin otros órganos, sería en buena medida un
cerebro fosilizado. Hasta ahí lo extraordinario del cerebro: siendo lo
principal, no tiene sentido por sí solo. O lo que es lo mismo, solo la
existencia de otros órganos o subsistemas se lo dan.
2) El
cuerpo social sobrevive gracias a diversas herramientas, que a lo largo del
tiempo se han decantado en dos principales, el capital y el trabajo. El capital
es una creación estrictamente humana –un artificio- y viene a ser el
equivalente del valor (habitualmente expresado en dinero) que sus integrantes
dan a determinadas objetos (el oro, verbigracia), y sirve como moneda de cambio.
El trabajo es la capacidad de los integrantes de dicho cuerpo social para
realizar las funciones necesarias para la supervivencia y la prosperidad del
grupo. Con el tiempo, el primero de ambos factores se ha impuesto, y no siendo
más que una metáfora de otra cosa, incluso del trabajo, se ha concretado en un
valor, que normalmente se expresa en forma de dinero. Este, por lo tanto, se ha
convertido en el corazón del sistema económico, de tal manera que sin él, la
posibilidad de trabajar sería mínima, aunque al igual que el cerebro en 1), sin
trabajo tendría poco sentido. El capital solo es valioso en la medida que sirve
para crear riqueza, y sin trabajo tal cosa no es posible. O lo que es lo mismo,
sólo el trabajo (a) da valor al capital. El problema, sin embargo, es que en la
actualidad en el sistema que se ha creado, solo este último parece ser el
creador de riqueza, mientras el trabajo es algo subsidiario, cuando lo cierto
es que sin él, el capital no es nada. Robinson Crusoe en una isla desierta con
un cofre lleno de monedas de oro o de diamantes salvados del naufragio, podría
tranquilamente morir de inanición (a no ser que fuera capaz de comer tan nobles
materiales) si no fuera capaz de subirse a los árboles para coger nidos, o de
cazar ciertos vertebrados o de pescar en la playa. ¿Cómo se ha llegado pues a
esta situación en una sociedad en la que los menos hábiles (o no) pueden ser
los más afortunados, a poco que tengan un capital del que los verdaderos
expertos (o no) podrían carecer? Esa es la gran paradoja de nuestros días:
aquello (b) que sirvió para facilitar el intercambio, aunque por sí mismo sea
inútil, se ha adueñado del escenario. A pesar de todo, quizás esto no sea tan
extraño en la medida que en nuestras vidas con frecuencia son las metáforas, es
decir lo irreal, quienes toman la delantera.
(a) Y como en 1), puede modificarlo.
(b) Llámese como se quiera,
capital del trabajo o capital financiero.
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