He dejado de
luchar con mis hormonas. El otro día el urólogo me confirmó que no llegaba al
nivel mínimo de testosterona, proponiéndome unas inyecciones que lo devolvería
al habitual para mi edad, y si quería, al que puede tener un chico de veinte
años, mediante un nuevo sistema en pruebas para gente en apuros. Y me puso
algunos ejemplos, como el deseo de paternidad en la edad madura, pero le dije
que no, que ya soy abuelo y no me interesaba nada volverme a reproducir para
que mis nuevos hijos tuvieran la impresión de haber sido engendrados por su
abuelo en cuanto crecieran un poco. No merecía la pena. Ni eso ni que mi mujer
se acordase de mí con la ternura con la que es natural acordarse de un
venerable anciano que le deja una buena parte de su herencia, de la que sin
duda disfrutará con el nuevo varón que acabará conociendo no pasado demasiado
tiempo de mi óbito. Trato pues de ver a mi esposa como a una niña que todavía
tiene que aprender muchas cosas de la vida, y en ese sentido no me importa ser
considerado como un Pygmalión, personaje que a pesar de su enorme éxito literario
y cinematográfico, es todavía contemplado con más aprensión que envidia, como
una especie de diablo viejo que se ha metido donde no le correspondía. Porque,
si hemos de ser sinceros, lo cierto es que a la gente que pasa de determinada
edad, y no quiero aquí hacer precisiones que a nadie escapan, se la empieza a
considerar como objetos decorativos en el mejor de los casos, o pura y
simplemente como a estorbos que ya tardan demasiado en quitarse de en medio. Lo
acepto, ya que después de todo, mis niveles deficitarios como dije más arriba,
no hacen sino confirmar esta idea. De esta manera me siento absolutamente al
margen de la teoría de la evolución de las especies, y ocupo así un lugar
distinguido y casi aristocrático, puesto que después de todo, los que todavía
andan bregando con el asunto, son poco más que las tortugas y los pinzones de
los galápagos, aún implicados en la misma. Anita es una bella emigrante que
empezó viniendo a casa para adecentarla un poco una vez a la semana, y
finalmente se ha quedado definitivamente, sin que ello quiera decir que haya
dejado de hacerlo, pues una de las condiciones que le puse cuando decidimos
casarnos, fue que independientemente de otros menesteres a los que tenía derecho como pareja, no debía
olvidarse de los rudimentos que la trajeron hasta aquí. Es una chica
encantadora con todo el encanto de las mujeres del trópico y con un afán
sincero de aprender todo lo que le pueda enseñar. En ese sentido media hora dos
veces por semana las dedicamos a la literatura, de la que si debo decir la
verdad estaba totalmente pez. Para ella, la literatura era todo aquello que
estuviera escrito. Los periódicos, por ejemplo, sin que con ello yo quiera
rebajar la calidad de algunos artículos, por cierto. También dos veces por
semana pasamos un buen rato tratando de que aprenda los fundamentos de la
aritmética, pues hasta ahora para contar, cosa que apenas sabía hacer, tenía
que echar mano de sus dedos (de la mano, claro está), y determinadas
magnitudes, como bien se puede comprender, escapaban a su cálculo o tenía que
pasar un buen rato hasta llegar a ellas. A partir de la multiplicación, ni idea
claro está, algo que la pobre ha podido justificar alegando que su familia vivía
en una aldea muy apartada, donde no había ni maestra. Poco después un alma
benemérita, de la cree recordar que
llevaba sotana, logró rescatarla, llevarla a la civilización y traérsela a la
península, donde pronto pudo prosperar a través de diversas actividades para
las que no se necesitaban en absoluto las matemáticas. Fregar escaleras fue una
de ellas, pero seguro que no la única. En cualquier caso, cuando después de
conocernos comencé con ella mi actividad pedagógica y la vestí como a una
señorita del centro de la capital, nadie diría viéndola entonces, que apenas un
año atrás vivía como quien dice en la selva. Los fines de semana, días que
reservamos para la holganza total y en los que suelo llevarla a conocer los
pueblos de los alrededores, sobre todo de la sierra, trato de hacerle
comprender los conceptos fundamentales de la filosofía, y hasta ahora he podido
hablarlas sin meterme en profundidades de Platón y Aristóteles. Del primero le
entusiasma el asunto de la cueva y la teoría de las ideas subsiguiente, y con
ello no quiero decir que entienda nada en absoluto, pero le gusta la imagen de
unos seres metidos de espaldas a la entrada y la luz del sol. Le parece algo
plásticamente muy bonito y no quiere saber nada más. Yo me conformo porque
comprendo que no es fácil que comprenda que, por ejemplo, un caballo es algo
irreal y que lo verdaderamente real es “la caballidad”, sobre todo porque ella
quisiera saber con precisión donde se encuentra tal cosa, y soy incapaz de
explicárselo. De hecho, y para ser sinceros, yo tampoco lo sé. De Aristóteles
le gusta el nombre, del que dice que en su país existía un futbolista que se
llamaba así y que era muy famoso, aunque yo creo que se equivoca y que se
refiere a Sócrates, algo con lo que transijo sin mayores detalles, pues después
de todo ambos formaban parte del mismo equipo en la Grecia antigua. Lo de las
siete esferas de cristal con estrellas rodeando la Tierra es lo que
verdaderamente la maravilla. Después de
lo dicho espero que se entienda que mi porcentaje hormonal me tenga sin cuidado,
cuando después de estas clases percibo en los ojos de esta bella criatura un
agradecimiento que me compensa de todos los orgasmos fallidos en el tálamo
marital. Tiempo habrá más adelante me digo, y quien sabe si el día menos
pensado llevado de la satisfacción intelectual que mi papel me permite, se
produce el milagro y tengo que decirle al doctor que por mecanismos muy
alejados de la farmacopea y la ortodoxia médica, he llegado a una situación
equiparable a la de un joven atleta en su noche de bodas. Tengo puestas mis
esperanzas en la raíz cuadrada y las mónadas de Leibniz, para lo que no falta
mucho tiempo. Entonces hablaremos.
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