miércoles, 26 de marzo de 2014

HORMONAS


He dejado de luchar con mis hormonas. El otro día el urólogo me confirmó que no llegaba al nivel mínimo de testosterona, proponiéndome unas inyecciones que lo devolvería al habitual para mi edad, y si quería, al que puede tener un chico de veinte años, mediante un nuevo sistema en pruebas para gente en apuros. Y me puso algunos ejemplos, como el deseo de paternidad en la edad madura, pero le dije que no, que ya soy abuelo y no me interesaba nada volverme a reproducir para que mis nuevos hijos tuvieran la impresión de haber sido engendrados por su abuelo en cuanto crecieran un poco. No merecía la pena. Ni eso ni que mi mujer se acordase de mí con la ternura con la que es natural acordarse de un venerable anciano que le deja una buena parte de su herencia, de la que sin duda disfrutará con el nuevo varón que acabará conociendo no pasado demasiado tiempo de mi óbito. Trato pues de ver a mi esposa como a una niña que todavía tiene que aprender muchas cosas de la vida, y en ese sentido no me importa ser considerado como un Pygmalión, personaje que a pesar de su enorme éxito literario y cinematográfico, es todavía contemplado con más aprensión que envidia, como una especie de diablo viejo que se ha metido donde no le correspondía. Porque, si hemos de ser sinceros, lo cierto es que a la gente que pasa de determinada edad, y no quiero aquí hacer precisiones que a nadie escapan, se la empieza a considerar como objetos decorativos en el mejor de los casos, o pura y simplemente como a estorbos que ya tardan demasiado en quitarse de en medio. Lo acepto, ya que después de todo, mis niveles deficitarios como dije más arriba, no hacen sino confirmar esta idea. De esta manera me siento absolutamente al margen de la teoría de la evolución de las especies, y ocupo así un lugar distinguido y casi aristocrático, puesto que después de todo, los que todavía andan bregando con el asunto, son poco más que las tortugas y los pinzones de los galápagos, aún implicados en la misma. Anita es una bella emigrante que empezó viniendo a casa para adecentarla un poco una vez a la semana, y finalmente se ha quedado definitivamente, sin que ello quiera decir que haya dejado de hacerlo, pues una de las condiciones que le puse cuando decidimos casarnos, fue que independientemente de otros menesteres  a los que tenía derecho como pareja, no debía olvidarse de los rudimentos que la trajeron hasta aquí. Es una chica encantadora con todo el encanto de las mujeres del trópico y con un afán sincero de aprender todo lo que le pueda enseñar. En ese sentido media hora dos veces por semana las dedicamos a la literatura, de la que si debo decir la verdad estaba totalmente pez. Para ella, la literatura era todo aquello que estuviera escrito. Los periódicos, por ejemplo, sin que con ello yo quiera rebajar la calidad de algunos artículos, por cierto. También dos veces por semana pasamos un buen rato tratando de que aprenda los fundamentos de la aritmética, pues hasta ahora para contar, cosa que apenas sabía hacer, tenía que echar mano de sus dedos (de la mano, claro está), y determinadas magnitudes, como bien se puede comprender, escapaban a su cálculo o tenía que pasar un buen rato hasta llegar a ellas. A partir de la multiplicación, ni idea claro está, algo que la pobre ha podido justificar alegando que su familia vivía en una aldea muy apartada, donde no había ni maestra. Poco después un alma benemérita, de la cree recordar  que llevaba sotana, logró rescatarla, llevarla a la civilización y traérsela a la península, donde pronto pudo prosperar a través de diversas actividades para las que no se necesitaban en absoluto las matemáticas. Fregar escaleras fue una de ellas, pero seguro que no la única. En cualquier caso, cuando después de conocernos comencé con ella mi actividad pedagógica y la vestí como a una señorita del centro de la capital, nadie diría viéndola entonces, que apenas un año atrás vivía como quien dice en la selva. Los fines de semana, días que reservamos para la holganza total y en los que suelo llevarla a conocer los pueblos de los alrededores, sobre todo de la sierra, trato de hacerle comprender los conceptos fundamentales de la filosofía, y hasta ahora he podido hablarlas sin meterme en profundidades de Platón y Aristóteles. Del primero le entusiasma el asunto de la cueva y la teoría de las ideas subsiguiente, y con ello no quiero decir que entienda nada en absoluto, pero le gusta la imagen de unos seres metidos de espaldas a la entrada y la luz del sol. Le parece algo plásticamente muy bonito y no quiere saber nada más. Yo me conformo porque comprendo que no es fácil que comprenda que, por ejemplo, un caballo es algo irreal y que lo verdaderamente real es “la caballidad”, sobre todo porque ella quisiera saber con precisión donde se encuentra tal cosa, y soy incapaz de explicárselo. De hecho, y para ser sinceros, yo tampoco lo sé. De Aristóteles le gusta el nombre, del que dice que en su país existía un futbolista que se llamaba así y que era muy famoso, aunque yo creo que se equivoca y que se refiere a Sócrates, algo con lo que transijo sin mayores detalles, pues después de todo ambos formaban parte del mismo equipo en la Grecia antigua. Lo de las siete esferas de cristal con estrellas rodeando la Tierra es lo que verdaderamente la maravilla.  Después de lo dicho espero que se entienda que mi porcentaje hormonal me tenga sin cuidado, cuando después de estas clases percibo en los ojos de esta bella criatura un agradecimiento que me compensa de todos los orgasmos fallidos en el tálamo marital. Tiempo habrá más adelante me digo, y quien sabe si el día menos pensado llevado de la satisfacción intelectual que mi papel me permite, se produce el milagro y tengo que decirle al doctor que por mecanismos muy alejados de la farmacopea y la ortodoxia médica, he llegado a una situación equiparable a la de un joven atleta en su noche de bodas. Tengo puestas mis esperanzas en la raíz cuadrada y las mónadas de Leibniz, para lo que no falta mucho tiempo. Entonces hablaremos.

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