Por razones que
me son ajenas o que en todo caso desconozco, soy al parecer una persona dotada
para los descubrimientos. No quiero con ello decir que sea un investigador al
uso, volcado sobre su microscopio y sus probetas y pipetas. Ni tampoco un explorador
del cosmos asomado las noches más oscuras al firmamento en busca de nuevas
galaxias, estrellas o cualquiera de los artefactos que suelen aparecer allí
arriba con frecuencia. Ni siquiera un explorador de territorios selváticos ni
de cumbres inaccesibles o mares desconocidos y procelosos. Nada de eso. De
hecho soy un hombre común con ciertas aficiones marineras por motivos
familiares, que de vez en cuando hace pequeñas singladuras nunca muy lejos de
la costa, pero que por algún motivo es testigo de fenómenos que tienen mucho de
fantasioso, como una película de Walt Disney, por mencionar a alguien que no
solo se explayó a gusto con el Pato Donald y Mickey Mouse, sino que hace ya
años espera amojamado en su sarcófago para resucitar al final de los tiempos.
Resulta, yendo al caso que nos ocupa, que no hace más de tres meses descubrí
cerca de la isla gallega de Ons, otra que surgió ante mí como por ensalmo,
cuando navegaba con total indolencia una tarde de finales de verano, época en
que la mar se encrespa y las grandes mareas empiezan a ser algo más que una
amenaza. Mi embarcación era una dorna
medio desvencijada con la que me atreví a salir, dada la bonanza de la tarde,
aunque tenía con frecuencia que emplearme a fondo para achicar el agua que se filtraba desde la quilla. De repente,
como si fuera una aparición (que lo fue), surgió del mar a algo más de una
milla frente a mí, un enorme peñasco con gran aparato sonoro, que posiblemente
hizo pensar a los habitantes de la ría que la tormenta se estaba echando
encima. Pero nada de eso. Se trataba del nacimiento de un islote que de
inmediato supuse sería debido a una erupción volcánica, y que pronto daría
lugar a un terremoto, algo que sin embargo no se produjo, pues, por el
contrario, poco después de la aparición el mar se quedó liso como un plato, y
cobró los matices misteriosos que en ocasiones tiene de amanecida. Movido por
la curiosidad, decidí acercarme para ver aquella maravilla, que sin embargo, parecía
haber dejado indolente a todo el mundo, incluidos el Instituto Nacional de
Sismografía y el Servicio Meteorológico Nacional. Mi sorpresa fue mayúscula
cuando ya unos escasos doscientos metros de su costa, pude apreciar con toda
claridad un pequeño puerto y tras él una aldea que incluía, si mis ojos no me
engañaban, un edificio neoclásico que debía ser el ayuntamiento, pues estaba
coronado con algunas banderas, y no muy lejos una iglesia con torre y espadaña,
donde se hacía evidente un enorme nido de cigüeñas con dos ejemplares
magníficos, que de crías no tenían nada. El lugar parecía desierto, pero al
poco de desembarcar, de las casas que rodeaban al muelle salieron numerosos
grupos de personas, que sin hacerme ningún caso se instalaron casi de inmediato
en una plaza en donde parecían confluir varias calles desde interior de la
población. Todos iban ataviados con trajes regionales cuya procedencia no pude
precisar, pues algunos, por sus colores sobrios y telas gruesas, parecían del
norte de la península, y otros más ligeros y coloridos, podrían asemejarse a
los andaluces. Picado por la curiosidad, me senté en un banco de piedra de las
inmediaciones y me dispuse a pasar un buen rato, pendiente de la hora para
regresar antes de la anochecida. Para mi sorpresa, sus integrantes, sin abrir
la boca, se pusieron a bailar al son de una gaita, una danza que de entrada me
pareció una mezcla de jota y muñeira, lo que me hizo pensar de inmediato en la
presencia de aragoneses en aquel lugar, algo sorprendente estando como
estábamos en las proximidades de Vigo. Al terminar todos se reunieron en una
esquina y parecieron departir durante un buen rato sobre algunos temas que les
debían tener muy interesados, pues en ningún momento me miraron ni se
dirigieron a mí para nada, lo que me hizo pensar en la posibilidad de que para
ellos quizás yo fuera transparente. Preocupado por esta súbita sospecha traté
de comprobar si mis extremidades permitían el paso de la luz a través de ellas,
algo que no sucedió pero que tampoco
alejó mis dudas, pues quizás la evolución les había dotado de un sistema de
visión diferente. Permanecí allí el tiempo justo para volver a la dorna y poner
rumbo a casa, lo que no me impidió comprobar la versatilidad de aquellos
grupos, que, esta vez, acompañados del tañido lastimero de la gaita, entonaron
a coro algunas canciones con reminiscencias de fado y seguiriya, por extraño
que parezca. Ya en el mar con la vela desplegada, me consideré un afortunado,
aunque dados mis antecedentes, dudé que alguien fuera a creerme. Tiempo atrás
me había pasado algo parecido al contarles la aparición súbita de un remolino,
que me había sumergido en las profundidades del mar con embarcación y todo, en
lo que entonces consideré como la variante marítima de un agujero negro. Quizás
su actual falta de fe en mí proviene del hecho de que fui incapaz de
explicarles como había salido del mismo, y regresado a Bueu con un aspecto, al
parecer, demasiado saludable para provenir de una singularidad cósmica de
densidad infinita.
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