miércoles, 2 de abril de 2014

OFICIOS


Matar no es una buena costumbre, y en mi opinión, jugar al tenis, hacer jogging o acudir al gimnasio en días alternos serían hábitos mucho más saludables. Y, desde luego, muchos otros en los que el cuerpo no se vea tan implicado. Claro que en el caso que nos ocupa, el implicado es fundamentalmente el cuerpo del otro, y a poco que seamos medianamente hábiles, tal hecho no supondría un gran esfuerzo y resultaría adecuado para personas de cierta edad o con  una forma física solo discreta. De todas maneras hay que estar preparado, pues la muerte de los demás en nuestra proximidad puede causarnos desarreglos orgánicos alarmantes. Una taquicardia, un temblor incontrolable o la labilidad de las vísceras internas pueden suponer si no impedimentos, sí alteraciones que deberíamos tener en cuenta por las consecuencias que pueden acarrearnos, incluso llegar a delatarnos sin abrir la boca. Siempre cabe la posibilidad, sin embargo, que usted pretenda ser un criminal de “obra única”, como algunos escritores o músicos, que una vez estrenado su primer concierto o publicado su primer libro, deciden dedicarse a otra cosa. En tal caso estas líneas no van dirigidas a usted. Van dirigidas a aquellos que pretendan hacer de la muerte de los otros una profesión, con la seriedad que tal acepción reviste. Con sus características y matices, desde luego, porque no todo el mundo está dispuesto a aceptar un oficio que pueda suponer graves problemas para uno mismo si la policía es diligente, o la supuesta víctima resulta ser un karateka. Independientemente de eso, y sin considerar las implicaciones de orden moral, sobre las que volveremos más tarde, debe usted tener en cuenta donde, cuando y con qué piensa llevar a cabo el homicidio. Se recomiendan, en principio, los lugares solitarios que no se presten a irrupción de testigos, y que, si surgieran, fueran fruto exclusivo del azar, algo no siempre previsible. Se descartan por lo tanto las zonas concurridas (aunque no las muy concurridas en ciertos casos, ojo) y aquellas en la vecindad de edificios o zonas de paso peatonales, pues no se puede descartar que la víctima se resista o emita señales que alerten a los demás incluso a cierta distancia. Un lugar, por otro lado, apto para un acercamiento discreto, que bien pudiera ser en las proximidades de una esquina o en una zona ajardinada con setos tras los cuales enmascararse hasta el último momento,  de tal manera que el interesado no tenga tiempo material para ponerse a salvo. Dicho esto, y teniendo en cuenta lo expuesto más arriba en cuanto a la conveniencia de estar en forma (siempre es posible que la víctima esté dotada de unos reflejos sorprendentes para poner tierra de por medio), debe también considerarse seriamente el hecho de estar uno mismo en sus cabales, es decir, no sufrir  alucinaciones ni tener una demencia senil en fase avanzada, pues la emoción que supone deshacerse de otro, se vería anulada por el olvido, y no merecería la pena gozar de un momento tan sublime si vamos a olvidarlo casi de inmediato. Poco después debemos considerar la forma de llevar a cabo lo que nos hemos propuesto, es decir, el método a emplear, que puede ir desde la utilización de un arma blanca, cuchillo o navaja (a poder ser cabritera), hasta el arma de fuego, preferentemente pistola con silenciador, o en plan más elemental, un objeto contundente como una piedra o similar. Cada uno de ellos tiene sus ventajas e inconvenientes, y desde luego, su encanto De las primeras cabe decir que proporcionan la emoción más intensa, pues a poco que no se sea muy preciso, la sangre surge a borbotones, literalmente brota, y produce una alegría parecida al hallazgo de un manantial en pleno desierto, aunque con el inconveniente, eso sí, de poder marcharnos estrepitosamente y ser objeto de la atención de los demás poco después, por lo que se recomienda el delantal o el impermeable encarecidamente. El arma de fuego puede ser lo más socorrido cuando se busca la seguridad y la desimplicación que supone cierta distancia. La piedra, garrote u objeto contundente presenta sus pros y sus contras. En este caso, podemos señalar la intensa implicación personal y la proximidad a la víctima, que normalmente requerirá más de un golpe para pasar a mejor vida, a lo que hay que añadir la satisfacción que puede producir el ruido que suele acompañar a tamaña desmesura, algo para lo que habrá que estar precavido para no dar marcha atrás y continuar hasta que sea suficiente. No es de buena educación ni muy profesional dejar la faena a medias, pues la seguridad Social deberá hacerse cargo del malherido con los gastos que tal hecho trae aparejados para el contribuyente: es preciso rematar. Las losetas de las aceras suelen ser un argumento contundente, siendo fáciles de obtener en cualquier sitio, sobre todo en las zonas con poco tránsito donde acaban desprendiéndose pronto por falta de mantenimiento. Una forma más elaborada, pero más difícil de conseguir, en la medida que debe tener en cuenta la voluntad del accidentado para transitar por lugares indebidos, es la caída desde cierta altura, ya sea en una zanja debida a las incesantes obras municipales, o algunos barrancos tan frecuentes en ciertos suburbios. En cualquier caso, sería de buena ley, y denotaría un corazón generoso, que aquellos que estén dispuestos a seguir adelante con lo que aquí se detalla, que tengan en cuenta que, después de todo, la víctima es un ser humano como otro cualquiera, y consideren la posibilidad de tranquilizarla en sus últimos momentos. Unas buenas palabras al oído con el recuerdo de sus seres más queridos cuando ya esté en el suelo podrían reconfortarla, o en todo caso, sugerirle en tan duro trance que se acuerde de aquellos bellos días de su juventud en los que estuvo tan enamorado. Aquellos días, Dios mío, de “esplendor en la hierba”, que dijo Woodsworth. De todas maneras, para no rajarse una vez tomada la decisión de convertirse en un asesino profesional, recordar que la policía puede pronto andar tras sus pasos, y que es posible que tales carnicerías, sean finalmente castigadas con la pena capital o la cárcel de por vida, lo que redundará en su bien y aliviará la culpabilidad que arrastramos desde Caín. Considerar finalmente, antes de dedicarse en cuerpo y alma a tal oficio, que no conviene dejar víctimas ajenas al hecho en sí mismo, dígase viuda o huérfanos, pues en tal caso, sería aconsejable que, una vez puestos a la labor, haya que terminar con toda la familia.

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