Matar no es una
buena costumbre, y en mi opinión, jugar al tenis, hacer jogging o acudir al
gimnasio en días alternos serían hábitos mucho más saludables. Y, desde luego,
muchos otros en los que el cuerpo no se vea tan implicado. Claro que en el caso
que nos ocupa, el implicado es fundamentalmente el cuerpo del otro, y a poco
que seamos medianamente hábiles, tal hecho no supondría un gran esfuerzo y
resultaría adecuado para personas de cierta edad o con una forma física solo discreta. De todas
maneras hay que estar preparado, pues la muerte de los demás en nuestra
proximidad puede causarnos desarreglos orgánicos alarmantes. Una taquicardia,
un temblor incontrolable o la labilidad de las vísceras internas pueden suponer
si no impedimentos, sí alteraciones que deberíamos tener en cuenta por las
consecuencias que pueden acarrearnos, incluso llegar a delatarnos sin abrir la
boca. Siempre cabe la posibilidad, sin embargo, que usted pretenda ser un
criminal de “obra única”, como algunos escritores o músicos, que una vez
estrenado su primer concierto o publicado su primer libro, deciden dedicarse a
otra cosa. En tal caso estas líneas no van dirigidas a usted. Van dirigidas a
aquellos que pretendan hacer de la muerte de los otros una profesión, con la
seriedad que tal acepción reviste. Con sus características y matices, desde
luego, porque no todo el mundo está dispuesto a aceptar un oficio que pueda
suponer graves problemas para uno mismo si la policía es diligente, o la
supuesta víctima resulta ser un karateka. Independientemente de eso, y sin
considerar las implicaciones de orden moral, sobre las que volveremos más
tarde, debe usted tener en cuenta donde, cuando y con qué piensa llevar a cabo
el homicidio. Se recomiendan, en principio, los lugares solitarios que no se
presten a irrupción de testigos, y que, si surgieran, fueran fruto exclusivo
del azar, algo no siempre previsible. Se descartan por lo tanto las zonas
concurridas (aunque no las muy concurridas en ciertos casos, ojo) y aquellas en
la vecindad de edificios o zonas de paso peatonales, pues no se puede descartar
que la víctima se resista o emita señales que alerten a los demás incluso a
cierta distancia. Un lugar, por otro lado, apto para un acercamiento discreto,
que bien pudiera ser en las proximidades de una esquina o en una zona
ajardinada con setos tras los cuales enmascararse hasta el último momento, de tal manera que el interesado no tenga
tiempo material para ponerse a salvo. Dicho esto, y teniendo en cuenta lo
expuesto más arriba en cuanto a la conveniencia de estar en forma (siempre es
posible que la víctima esté dotada de unos reflejos sorprendentes para poner
tierra de por medio), debe también considerarse seriamente el hecho de estar
uno mismo en sus cabales, es decir, no sufrir alucinaciones ni tener una demencia senil en
fase avanzada, pues la emoción que supone deshacerse de otro, se vería anulada
por el olvido, y no merecería la pena gozar de un momento tan sublime si vamos
a olvidarlo casi de inmediato. Poco después debemos considerar la forma de
llevar a cabo lo que nos hemos propuesto, es decir, el método a emplear, que
puede ir desde la utilización de un arma blanca, cuchillo o navaja (a poder ser
cabritera), hasta el arma de fuego, preferentemente pistola con silenciador, o
en plan más elemental, un objeto contundente como una piedra o similar. Cada
uno de ellos tiene sus ventajas e inconvenientes, y desde luego, su encanto De
las primeras cabe decir que proporcionan la emoción más intensa, pues a poco
que no se sea muy preciso, la sangre surge a borbotones, literalmente brota, y
produce una alegría parecida al hallazgo de un manantial en pleno desierto,
aunque con el inconveniente, eso sí, de poder marcharnos estrepitosamente y ser
objeto de la atención de los demás poco después, por lo que se recomienda el
delantal o el impermeable encarecidamente. El arma de fuego puede ser lo más
socorrido cuando se busca la seguridad y la desimplicación que supone cierta
distancia. La piedra, garrote u objeto contundente presenta sus pros y sus
contras. En este caso, podemos señalar la intensa implicación personal y la
proximidad a la víctima, que normalmente requerirá más de un golpe para pasar a
mejor vida, a lo que hay que añadir la satisfacción que puede producir el ruido
que suele acompañar a tamaña desmesura, algo para lo que habrá que estar
precavido para no dar marcha atrás y continuar hasta que sea suficiente. No es
de buena educación ni muy profesional dejar la faena a medias, pues la
seguridad Social deberá hacerse cargo del malherido con los gastos que tal
hecho trae aparejados para el contribuyente: es preciso rematar. Las losetas de
las aceras suelen ser un argumento contundente, siendo fáciles de obtener en
cualquier sitio, sobre todo en las zonas con poco tránsito donde acaban
desprendiéndose pronto por falta de mantenimiento. Una forma más elaborada,
pero más difícil de conseguir, en la medida que debe tener en cuenta la
voluntad del accidentado para transitar por lugares indebidos, es la caída
desde cierta altura, ya sea en una zanja debida a las incesantes obras municipales,
o algunos barrancos tan frecuentes en ciertos suburbios. En cualquier caso,
sería de buena ley, y denotaría un corazón generoso, que aquellos que estén
dispuestos a seguir adelante con lo que aquí se detalla, que tengan en cuenta
que, después de todo, la víctima es un ser humano como otro cualquiera, y
consideren la posibilidad de tranquilizarla en sus últimos momentos. Unas
buenas palabras al oído con el recuerdo de sus seres más queridos cuando ya
esté en el suelo podrían reconfortarla, o en todo caso, sugerirle en tan duro
trance que se acuerde de aquellos bellos días de su juventud en los que estuvo
tan enamorado. Aquellos días, Dios mío, de “esplendor en la hierba”, que dijo
Woodsworth. De todas maneras, para no rajarse una vez tomada la decisión de
convertirse en un asesino profesional, recordar que la policía puede pronto
andar tras sus pasos, y que es posible que tales carnicerías, sean finalmente
castigadas con la pena capital o la cárcel de por vida, lo que redundará en su
bien y aliviará la culpabilidad que arrastramos desde Caín. Considerar
finalmente, antes de dedicarse en cuerpo y alma a tal oficio, que no conviene
dejar víctimas ajenas al hecho en sí mismo, dígase viuda o huérfanos, pues en
tal caso, sería aconsejable que, una vez puestos a la labor, haya que terminar
con toda la familia.
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