domingo, 2 de marzo de 2014

ANARQUIAS


En la Academia Militar se ha declarado la anarquía. Y no lo ha sido por un movimiento desde la base, sino precisamente desde la jefatura de la misma. Durante el acto de arriado de la bandera que tiene lugar al ocaso en el Patio de Armas, se ha leído un manifiesto en el que el Coronel Director hace saber a todos los integrantes del centro, que a partir de ese momento se instaura en la academia el estado de libertad absoluta, por lo que cada cual en adelante podrá hacer lo que le venga en gana pero también deberá apañárselas como pueda. Y para ser más preciso puntualiza que, de entrada, queda suprimida la cena, por lo que quien tenga hambre deberá proceder a asaltar los almacenes o a salir a campo abierto o la ciudad, y obrar en consecuencia. La caza, sin embargo es escasa en los montes vecinos, los restaurantes están cerrados por huelga y los fusiles y la munición de los pañoles y los polvorines han sido arrojados al mar, por lo que es posible que el hambre sea un factor a ser tenido en cuenta. Las bayonetas, sin embargo, están almacenadas en el pañol de armamento y quien lo desee puede coger una y hacerse el harakiri o degollar a quien quiera según gustos. A continuación, el jefe de estudios se ha dirigido a los presentes haciéndoles saber que están todos aprobados, pues los planes de estudios no respetaban el ideario ácrata que desde ese momento regirá en el establecimiento. “El esfuerzo es inversamente proporcional a la libertad”, proclama con una voz que parece heredada del mismísimo Bakunin, por lo que ruega encarecidamente a todos que quemen sus libros en una pira que de inmediato va a ser erigida allí mismo con los de la biblioteca del centro. Para terminar, y una vez que el contramaestre de guardia ha pegado fuego a la bandera nacional, el Comandante de la Guardia Militar da tres hurras al príncipe Kropotkin, y ordena a la tropa a su mando que abra fuego indiscriminado contra los sorprendidos alumnos. De inmediato, y antes de que tengan tiempo de reaccionar, y posiblemente movidos por un comprensible temor a la reacción incontrolada del personal a sus órdenes, los jefes del centro abandonan el lugar con rumbo desconocido en un helicóptero preparado al efecto con los motores en marcha.

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