En la Academia
Militar se ha declarado la anarquía. Y no lo ha sido por un movimiento desde la
base, sino precisamente desde la jefatura de la misma. Durante el acto de
arriado de la bandera que tiene lugar al ocaso en el Patio de Armas, se ha
leído un manifiesto en el que el Coronel Director hace saber a todos los
integrantes del centro, que a partir de ese momento se instaura en la academia
el estado de libertad absoluta, por lo que cada cual en adelante podrá hacer lo
que le venga en gana pero también deberá apañárselas como pueda. Y para ser más
preciso puntualiza que, de entrada, queda suprimida la cena, por lo que quien
tenga hambre deberá proceder a asaltar los almacenes o a salir a campo abierto
o la ciudad, y obrar en consecuencia. La caza, sin embargo es escasa en los
montes vecinos, los restaurantes están cerrados por huelga y los fusiles y la munición
de los pañoles y los polvorines han sido arrojados al mar, por lo que es
posible que el hambre sea un factor a ser tenido en cuenta. Las bayonetas, sin
embargo, están almacenadas en el pañol de armamento y quien lo desee puede
coger una y hacerse el harakiri o degollar a quien quiera según gustos. A
continuación, el jefe de estudios se ha dirigido a los presentes haciéndoles
saber que están todos aprobados, pues los planes de estudios no respetaban el
ideario ácrata que desde ese momento regirá en el establecimiento. “El esfuerzo
es inversamente proporcional a la libertad”, proclama con una voz que parece
heredada del mismísimo Bakunin, por lo que ruega encarecidamente a todos que
quemen sus libros en una pira que de inmediato va a ser erigida allí mismo con
los de la biblioteca del centro. Para terminar, y una vez que el contramaestre
de guardia ha pegado fuego a la bandera nacional, el Comandante de la Guardia
Militar da tres hurras al príncipe Kropotkin, y ordena a la tropa a su mando
que abra fuego indiscriminado contra los sorprendidos alumnos. De inmediato, y
antes de que tengan tiempo de reaccionar, y posiblemente movidos por un
comprensible temor a la reacción incontrolada del personal a sus órdenes, los
jefes del centro abandonan el lugar con rumbo desconocido en un helicóptero
preparado al efecto con los motores en marcha.
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