Al comenzar a escribir siento que me duele moderadamente la pierna
izquierda a la altura de la pantorrilla. Procuro no pensar en ello y sigo
escribiendo el capítulo de la historia que me traigo entre manos, que trata de
la princesa de Éboli y sus supuestos devaneos con el monarca de la época.
Felipe II al parecer sentía una debilidad especial por ella, debido sin duda a
su parche sobre el ojo derecho que la hacía mucho más interesante, como si de
esa manera ocultara en su interior virtudes que a él le gustaría descubrir. El
dolor de la pierna sin embargo se hace más agudo, como si se tratara de calambres
que van y vienen sin control. Dejo de escribir en unos instantes y respiro
profundamente con objeto de llevar a mis músculos el siguiente mensaje
“relajaos y dejadme seguir”, pero es inútil. No obstante, el intervalo entre
los calambres parece ir espaciándose y me permite continuar, aunque siempre con
el miedo de que en algún momento el dolor se haga insoportable y tenga que ver
al médico. Retomo la historia en el preciso momento que el hijo de Carlos V
intenta levantar el parche para ver el ojo (o lo que queda de él) de la
princesa. Ella se resiste y trata de hacerle ver que en su anatomía hay partes
más interesantes a las que podría venirles bien una visita. El emperador, sin
embargo, no parece estar interesado en lo que considera, llevado por su
acendrada fe católica, una trivialidad. Simplemente no le interesa, y se lo
hace saber con una contundencia que excita aún más a la dama, a la que siempre
le atrajeron los hombres castos y desdeñosos. La pierna sin embargo no parece
mejorar, aunque el dolor agudo se haya convertido en esos momentos en una
sensación difusa que me llega desde el tobillo hasta la rodilla, rótula
incluida. No puedo dejar de pensar que aquella sintomatología puede
corresponderse con una dificultad circulatoria grave, y estoy a punto de
abandonar para ir a Urgencias. Se me
ocurre entonces la idea de que debería transferir a Felipe mi dolencia y así
poder continuar. Lo pongo en práctica de inmediato, y me encuentro escribiendo
que Su Majestad lamentaría mucho que tuvieran que cortarle la pierna por una
posible gangrena, aunque hubiera visto en los últimos tiempos algunos muñones
bastante discretos y con buen aspecto. Además, de tal manera se solucionaría su
problema con la gota que se produce asimismo en el pie de esa extremidad
precisamente. Finalmente la princesa, harta de demoras, ha accedido a que
Felipe le investigue su ojo seco con tal que al hacerlo se motive para otras
aventuras de alcoba, algo no tan sencillo pues el rey parece haberla tomado con
el parche al que contempla con una devoción semejante a la que tendría ante el
Santo Sepulcro, el Gólgota o la Sábana Santa de Milán. La princesa en los
momentos en que el dolor de la pantorrilla de su amante arrecia, se ha
despojado de abrigos, faldas y demás
impedimenta y mira a Felipe con una lascivia impropia de la aristocracia, que,
sin embargo, todo hay que decirlo, viene reproduciéndose con éxito desde la Alta
Edad Media. El rey de España, Portugal, Inglaterra, las Indias, Sicilia y
Nápoles, finalmente cede, y en el año del Señor de 1570 tiene lugar en Sigüenza
un acto privado que de ninguna de las maneras puede ser considerado como unas
Justas Literarias.
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