Emeterio siempre tuvo muy buena fama en la
urbanización de El Tomillar, cerca de Majadahonda, en las afueras de Madrid.
Era el jardinero de la zona, y se retiró ya muy mayor para descansar y pasar
sus últimos días en Torrelabraña, un pueblito de Jaén lindando con Granada,
donde tenía una finca con algunos olivos de la que se ocupaban sus hijos. Su
situación era un tanto sorprendente, puesto parecería lógico que se hubiera
quedado allí con su familia, pero razones que nunca supo explicar con precisión,
le decidieron a venirse a la capital. De hecho, quienes le conocían se lo
hacían ver con frecuencia, aunque sin insistir demasiado, pues estaban muy
contentos con su trabajo, y la urbanización presumía de tener los mejores
rosales en muchos kilómetros a la redonda, algo que siempre se lo atribuyeron a
él por los especiales cuidados que les prodigaba. Ese era sin duda uno de los
motivos que le habían decidido a quedarse en Madrid, su amor a las flores, que
podía realizarse con mucha mayor facilidad allí que en su tierra, donde apenas
habría lugar para un macizo entre el olivar y una huerta de árboles frutales
también de su propiedad. Por otro lado, la vida de Emeterio era un auténtico
misterio para los propietarios de la urbanización y sus propios hijos, que
jamás le visitaban, aunque al parecer él lo hacía un par de veces al año, por
Navidad y en verano, como suele ser preceptivo en las familias separadas. Había
enviudado muy joven, y se comentaba que aquel hecho le había marcado de por
vida, pues nadie le había visto jamás acompañado de otra mujer, algo que a
pesar de ser extraño cuando era aún un hombre joven, era sin embargo muy
valorado por los vecinos de la urbanización, sobre todo por las mujeres, para
las que un amor único y definitivo es la prueba definitiva de la bonhomía de un
varón. Al parecer, una vez que Emeterio terminaba su trabajo hacia las seis de
la tarde, desaparecía sin dejar rastro, aunque había quienes le ubicaban en la
zona sur de Madrid en un piso de protección oficial en propiedad, al que había
accedido echando mano de sus magros ahorros. Claro que había también quien
aseguraba que había sido visto entre Carabanchel Alto y Villaverde en compañía
de ciertas amistades de dudosa reputación, algo que sin embargo no era tenido
en cuenta por la mayoría, que lo consideraban un hombre probo, austero y de
pocas alegrías. Incluso corrió el rumor un verano especialmente tórrido que se
brindaba mucho a la fantasía, de que llevaba una doble vida y que regentaba
algunos locales de alterne de medio pelo, algo sin embargo nunca probado a
pesar de que algunos inspeccionaron algunos de los más conocidos en la salida
de la carretera de Barcelona. En cualquier caso, era un hombre misterioso del
que lo único que se podía afirmar con total seguridad era su gran calidad como jardinero,
capaz de hacer crecer las plantas de los jardines de la urbanización de una
forma fuera de lo común, teniendo en cuenta que la tierra de la zona, compuesta
por calizas y arenas de baja calidad según aseguraban los expertos, no era
especialmente agraciada, lo que no era óbice para que, sin embargo, las rosas,
como ya se dijo, pero también las dalias, las azaleas y las hortensias, por
nombrar solo a unas pocas, brotaran con una belleza y pujanza un tanto
inexplicable. Desgraciadamente la fama de Emeterio sufrió un brusco cambio el
pasado otoño, al poco de que llegara la noticia de su defunción en tierras
andaluzas. Después de unas lluvias violentas que clausuraron definitivamente el
verano a finales de Septiembre, uno de los vecinos pudo observar que justo en
el punto en el que el tallo de un rosal surgía de la tierra, se hacía ver algo
que una vez extraido resultó ser la tupida cabellera de la calavera de una
mujer que en el momento del óbito apenas contaba cuarenta años. Los hechos se
precipitaron, y en un mes se supo que el bueno de Emeterio resultó ser un
asesino en serie muy buscado durante varios años y cuyo caso había caido en el
olvido, al ser la policía incapaz de dar con él. Además de una docena de
cadáveres, la investigación y los trabajos posteriores sacaron a la luz no
menos de treinta fetos, de los que al parecer el misterioso jardinero se surtía
para abono entre los desperdicios de una maternidad de los alrededores. Como
era de esperar la fama de Emeterio cayó en picado y hubo quienes abandonaron el
lugar al poco tiempo, aunque se sabe que a pesar de todo otros se trasladaron a
Torrelabraña para dar a sus hijos su más sentido pésame.
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