jueves, 20 de marzo de 2014

ABONOS

Emeterio siempre tuvo muy buena fama en la urbanización de El Tomillar, cerca de Majadahonda, en las afueras de Madrid. Era el jardinero de la zona, y se retiró ya muy mayor para descansar y pasar sus últimos días en Torrelabraña, un pueblito de Jaén lindando con Granada, donde tenía una finca con algunos olivos de la que se ocupaban sus hijos. Su situación era un tanto sorprendente, puesto parecería lógico que se hubiera quedado allí con su familia, pero  razones que nunca supo explicar con precisión, le decidieron a venirse a la capital. De hecho, quienes le conocían se lo hacían ver con frecuencia, aunque sin insistir demasiado, pues estaban muy contentos con su trabajo, y la urbanización presumía de tener los mejores rosales en muchos kilómetros a la redonda, algo que siempre se lo atribuyeron a él por los especiales cuidados que les prodigaba. Ese era sin duda uno de los motivos que le habían decidido a quedarse en Madrid, su amor a las flores, que podía realizarse con mucha mayor facilidad allí que en su tierra, donde apenas habría lugar para un macizo entre el olivar y una huerta de árboles frutales también de su propiedad. Por otro lado, la vida de Emeterio era un auténtico misterio para los propietarios de la urbanización y sus propios hijos, que jamás le visitaban, aunque al parecer él lo hacía un par de veces al año, por Navidad y en verano, como suele ser preceptivo en las familias separadas. Había enviudado muy joven, y se comentaba que aquel hecho le había marcado de por vida, pues nadie le había visto jamás acompañado de otra mujer, algo que a pesar de ser extraño cuando era aún un hombre joven, era sin embargo muy valorado por los vecinos de la urbanización, sobre todo por las mujeres, para las que un amor único y definitivo es la prueba definitiva de la bonhomía de un varón. Al parecer, una vez que Emeterio terminaba su trabajo hacia las seis de la tarde, desaparecía sin dejar rastro, aunque había quienes le ubicaban en la zona sur de Madrid en un piso de protección oficial en propiedad, al que había accedido echando mano de sus magros ahorros. Claro que había también quien aseguraba que había sido visto entre Carabanchel Alto y Villaverde en compañía de ciertas amistades de dudosa reputación, algo que sin embargo no era tenido en cuenta por la mayoría, que lo consideraban un hombre probo, austero y de pocas alegrías. Incluso corrió el rumor un verano especialmente tórrido que se brindaba mucho a la fantasía, de que llevaba una doble vida y que regentaba algunos locales de alterne de medio pelo, algo sin embargo nunca probado a pesar de que algunos inspeccionaron algunos de los más conocidos en la salida de la carretera de Barcelona. En cualquier caso, era un hombre misterioso del que lo único que se podía afirmar con total seguridad era su gran calidad como jardinero, capaz de hacer crecer las plantas de los jardines de la urbanización de una forma fuera de lo común, teniendo en cuenta que la tierra de la zona, compuesta por calizas y arenas de baja calidad según aseguraban los expertos, no era especialmente agraciada, lo que no era óbice para que, sin embargo, las rosas, como ya se dijo, pero también las dalias, las azaleas y las hortensias, por nombrar solo a unas pocas, brotaran con una belleza y pujanza un tanto inexplicable. Desgraciadamente la fama de Emeterio sufrió un brusco cambio el pasado otoño, al poco de que llegara la noticia de su defunción en tierras andaluzas. Después de unas lluvias violentas que clausuraron definitivamente el verano a finales de Septiembre, uno de los vecinos pudo observar que justo en el punto en el que el tallo de un rosal surgía de la tierra, se hacía ver algo que una vez extraido resultó ser la tupida cabellera de la calavera de una mujer que en el momento del óbito apenas contaba cuarenta años. Los hechos se precipitaron, y en un mes se supo que el bueno de Emeterio resultó ser un asesino en serie muy buscado durante varios años y cuyo caso había caido en el olvido, al ser la policía incapaz de dar con él. Además de una docena de cadáveres, la investigación y los trabajos posteriores sacaron a la luz no menos de treinta fetos, de los que al parecer el misterioso jardinero se surtía para abono entre los desperdicios de una maternidad de los alrededores. Como era de esperar la fama de Emeterio cayó en picado y hubo quienes abandonaron el lugar al poco tiempo, aunque se sabe que a pesar de todo otros se trasladaron a Torrelabraña para dar a sus hijos su más sentido pésame.                          

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