Cuando subí al estrado para pronunciar la conferencia mi mente se quedó
en blanco, y fallaron todas las argucias que había previsto para la situación,
pues no me avergüenza confesar que cuando la preparaba me pareció de lo más
natural que tal cosa llegara a sucederme. Me preparé, pues, para improvisar
ante la nutrida audiencia un discurso tal y como me llegaba a la boca, que en
aquellos instantes parecía tener poco que ver con lo que sucedía en mi cabeza.
“Me he quedado en blanco” fue mi primera expresión, lo que para mi sorpresa,
fue acogido con alborozo y hasta con un íntimo regocijo, según pude colegir de
la expresión del rostro de los asistentes. Me di entonces cuenta de que mi
comienzo había sido un éxito absoluto, y que por lo tanto podía seguir
improvisando sin tener para nada en cuenta lo que les decía. Era evidente que
se trataba de un grupo de entusiastas a los que les traía sin cuidado la
coherencia de lo que pudiera decir, y que solo estaban allí para ver al
triunfador del último premio literario. Aproveché la coyuntura para callarme
durante más de un minuto, mirándoles fijamente como si estuviera pensando algo
profundo de lo que quería hacerles partícipes. Pero lo cierto es que a pesar de
mi éxito inicial, otra vez me sentía absolutamente en blanco, por lo que en
esta ocasión opté por lanzarles una buena tanda de los ejemplares que tenía
sobre la mesa, que tratándose de volúmenes de tamaño más que discreto, estaba
seguro que me perdonarían en caso de impacto. Como es natural se armó un
pequeño revuelo, pues la gente, y aquello era una demostración más, está
dispuesta a dejarse los cuernos por cualquier cosa siempre que sea gratis.
Comoquiera que sea, esa segunda acción fue también un éxito, y durante varios
minutos la sala fue una algarabía de voces y expresiones entre las que destacaba
sobre todo una: mío, mío. Luego, cuando empezó a hacerse de nuevo el silencio,
y mi perplejidad estaba a punto de hacerse de nuevo evidente, recurrí a lanzarles
de nuevo otra tanda, con lo que me quedaba sin ejemplares para la venta,
prevista a la finalización del acto. Incluso les lancé algunos folletos de
revistas médicas que tenía a mano, sin duda olvidadas por los bedeles que
prepararon el acto. Aquí debo aclarar que yo era médico y que la conferencia se
desarrollaba en el salón de actos del Colegio de Médicos de la capital, lo que
hacía comprensible su olvido en una esquina del estrado. El moderador logró
finalmente acallar el escándalo, a pesar de los codazos que le propiné por
debajo de la mesa tratando de hacerle ver que no lo hiciera, momento en el que
se me tuve claro que ya no me quedaban otras estratagemas para librarme del
enfrentamiento con aquel público, que sin embargo parecía prestarse a cualquier
cosa, como si de hecho más que asistir a una conferencia, estuviera esperando
que el circo continuara y salieran los payasos. Finalmente tuve que recurrir a
aparentar un colapso, desmayándome aparatosamente y haciendo caer conmigo al
suelo la silla sobre la que me sentaba, no sin antes dar un manotazo a la jarra
del agua que se vertió sobre la mesa, estrellándose a continuación sobre el
suelo haciéndose añicos. Luego solo recuerdo un griterío ensordecedor, que
antes de perder el conocimiento de verdad, consideré como una muestra de
agradecimiento de aquel colectivo incondicional ante el último premio del
concurso nacional de escritores médicos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario