miércoles, 26 de marzo de 2014

MÉDICOS


Cuando subí al estrado para pronunciar la conferencia mi mente se quedó en blanco, y fallaron todas las argucias que había previsto para la situación, pues no me avergüenza confesar que cuando la preparaba me pareció de lo más natural que tal cosa llegara a sucederme. Me preparé, pues, para improvisar ante la nutrida audiencia un discurso tal y como me llegaba a la boca, que en aquellos instantes parecía tener poco que ver con lo que sucedía en mi cabeza. “Me he quedado en blanco” fue mi primera expresión, lo que para mi sorpresa, fue acogido con alborozo y hasta con un íntimo regocijo, según pude colegir de la expresión del rostro de los asistentes. Me di entonces cuenta de que mi comienzo había sido un éxito absoluto, y que por lo tanto podía seguir improvisando sin tener para nada en cuenta lo que les decía. Era evidente que se trataba de un grupo de entusiastas a los que les traía sin cuidado la coherencia de lo que pudiera decir, y que solo estaban allí para ver al triunfador del último premio literario. Aproveché la coyuntura para callarme durante más de un minuto, mirándoles fijamente como si estuviera pensando algo profundo de lo que quería hacerles partícipes. Pero lo cierto es que a pesar de mi éxito inicial, otra vez me sentía absolutamente en blanco, por lo que en esta ocasión opté por lanzarles una buena tanda de los ejemplares que tenía sobre la mesa, que tratándose de volúmenes de tamaño más que discreto, estaba seguro que me perdonarían en caso de impacto. Como es natural se armó un pequeño revuelo, pues la gente, y aquello era una demostración más, está dispuesta a dejarse los cuernos por cualquier cosa siempre que sea gratis. Comoquiera que sea, esa segunda acción fue también un éxito, y durante varios minutos la sala fue una algarabía de voces y expresiones entre las que destacaba sobre todo una: mío, mío. Luego, cuando empezó a hacerse de nuevo el silencio, y mi perplejidad estaba a punto de hacerse de nuevo evidente, recurrí a lanzarles de nuevo otra tanda, con lo que me quedaba sin ejemplares para la venta, prevista a la finalización del acto. Incluso les lancé algunos folletos de revistas médicas que tenía a mano, sin duda olvidadas por los bedeles que prepararon el acto. Aquí debo aclarar que yo era médico y que la conferencia se desarrollaba en el salón de actos del Colegio de Médicos de la capital, lo que hacía comprensible su olvido en una esquina del estrado. El moderador logró finalmente acallar el escándalo, a pesar de los codazos que le propiné por debajo de la mesa tratando de hacerle ver que no lo hiciera, momento en el que se me tuve claro que ya no me quedaban otras estratagemas para librarme del enfrentamiento con aquel público, que sin embargo parecía prestarse a cualquier cosa, como si de hecho más que asistir a una conferencia, estuviera esperando que el circo continuara y salieran los payasos. Finalmente tuve que recurrir a aparentar un colapso, desmayándome aparatosamente y haciendo caer conmigo al suelo la silla sobre la que me sentaba, no sin antes dar un manotazo a la jarra del agua que se vertió sobre la mesa, estrellándose a continuación sobre el suelo haciéndose añicos. Luego solo recuerdo un griterío ensordecedor, que antes de perder el conocimiento de verdad, consideré como una muestra de agradecimiento de aquel colectivo incondicional ante el último premio del concurso nacional de escritores médicos.

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