jueves, 27 de febrero de 2014

OCURRENCIAS


Estoy con alguien en un pueblo. No sé quien es porque cada vez que intento verle la cara no lo consigo. El resto de su cuerpo no me dice nada especial. En todo caso se trata una persona delgada, por lo que ni siquiera sé a que sexo pertenece. Su voz parece bien timbrada y podría ser la de un hombre un tanto aflautada o la de una mujer cazallera. Llueve a mares e intentamos buscar refugio en una de las casas a nuestro alrededor. Ni siquiera así consigo identificarla porque se ha puesto una capucha; en todo caso podría afirmar que no tiene melena. No logramos meternos en ningún sitio porque todas las entradas están abarrotadas de gente en las mismas circunstancias. Al final decidimos abandonar la búsqueda de refugio y aceptamos calarnos hasta los huesos. Bajamos por una calle mal empedrada y con mucha pendiente. Quizás sea en estos momentos cuando podré al fin salir de la incertidumbre que tengo respecto a quien me acompaña. Es muy posible que tampoco sepa quien soy yo porque jamás me mira y yo, un tanto dolido con su actitud, también miro hacia otro lado. Quizás esta situación sea el comienzo de un amor perdurable. Las bases ya están establecidas, y según descendemos siento que su mano aprieta la mía con una fuerza que no puede ser casual. Nos queda toda una vida por delante. De eso tengo en estos momentos la certeza.

 

Debo estar en un campo de prisioneros. La guerra ha terminado, pero los japoneses no se han enterado, y nosotros sufrimos las consecuencias hasta que las tropas victoriosas lleguen a rescatarnos. He dicho japoneses, pero también podrían ser chinos, porque lo cierto es que no llego a distinguirlos a pesar de que me han explicado muchas veces sus diferencias. Son amarillos y deben ser japoneses, que yo sepa los chinos no entraron en guerra. Los nipones son gente muy educada y ceremoniosa, pero son crueles y disfrutan haciendo sufrir a la gente y más, supongo, si son prisioneros y han sido capturados en nombre de su emperador, una especie de fantoche ceniciento al que reverencian y toman como a Dios o algo parecido. No deben haberse enterado de las bombas atómicas y de que su país ha capitulado. No lo entiendo porque lo han dicho por la radio. Pero son muy obstinados. Decido por lo tanto que ha llegado el momento de darme a la fuga, pues cuando se enteren van a enfurecerse y a cortarnos la cabeza o algo parecido. Logro zafarme de una especie de enano corajudo que me tenía agarrado por razones que desconozco, y me lanzo por un terraplén hacia el río. Parecía a primera vista un terreno pedregoso que me podría lastimarme, pero al final resultó ser una especie de barro arenoso que me lleva hasta el agua ileso. Una vez adentro nado vigorosamente y me alejo del lugar con un crawl, sin embargo, elegante, ayudado por una corriente que espero que acabe depositándome en Kioto u Osaka, dos lugares en los que espero que la noticia ya haya llegado, y donde es posible que sea recibido como un héroe. Esta gente es muy rara.

 

Tengo problemas de identidad. O al menos eso me dice la gente que me rodea, que al mismo tiempo me da ánimos e insiste que si me lo propongo acabaré sabiendo quien soy. “Aunque no es tan fácil”, suelen añadir algunos que me miran con cara de pocos amigos. Yo creía tenerlo claro, pues lo cierto es que soy es recepcionista de un hotel de  cinco estrellas, y con eso me es suficiente. Insisten tanto, sin embargo, que me acaban despistando, y con una frecuencia que empieza a intrigar al gerente y al director del hotel, me miro en un espejo enorme que hay en el hall, adonde me desplazo cada vez con mayor frecuencia. Mis compañeros me miran un tanto sorprendidos por mi actitud, pero acaban aceptándola al ver que a pesar de todo, recibo con toda cordialidad a los viajeros recién llegados y cumplo mis funciones con una soltura y simpatía envidiables. Es todo lo que se necesita para ocupar un puesto como el mío. Mi identidad está pues suficientemente clara, y no entiendo la insistencia de algunos en que me lo plantee seriamente. Claro que es posible que estas personas no se refieran a mi rol social sino a mi verdadera personalidad, aquella que subyace en mi interior independientemente de las apariencias. Es decir, se debe tratar del “conócete a ti mismo” socrático, algo de lo que al ser consciente, hace que me desplace hasta el espejo aún con más frecuencia y que ya allí, me aproxime y contemple mi rostro de cerca (especialmente los ojos) tratando de ver si así consigo averiguar algo más. Finalmente acabo exhausto, y le digo al gerente que me voy a casa aquejado de psicosis paranoide, añadiendo para despedirme “mucho me temo que soy una máscara”. El hombre me mira detenidamente, esboza un gesto amigable y me da unas palmadas en el hombro y añade “se ve que domina el griego antiguo”. A continuación me da la espalda y se aleja a buen paso. Al salir tengo dificultades con la puerta giratoria, pues por más vueltas que da no sé como acceder al exterior y me encuentro de nuevo en el hall, aunque ahora me resisto a mirarme de nuevo en el espejo.

 

A las tres de la mañana abro la puerta de mi casa y como era mi costumbre hace tiempo, grito “mu”, la palabra salvadora. Poco después oigo como el resto de los vecinos me imitan. Al amanecer el propietario del 7º B, director de orquesta, nos reúne a todos los cabezas de familia en la salida del edificio (quince plantas a razón de cuatro pisos por planta) y ensayamos el “Va pensiero” del coro de los esclavos de Nabucco. A la mañana siguiente hacemos unas pruebas en el Auditorio Nacional y somos contratados por el Ministerio de Cultura, constituyéndonos oficialmente como el coro de la OCNE. Debutamos con un éxito clamoroso al comienzo de la temporada siguiente con “Il trovatore” de Verdi. Somos felices, y me alegro de haber puesto mi granito de arena. Es decir “mu”.

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