El lunes me
desperté a las tres y media de la mañana, y como tantos días fui al baño. Sin embargo, una vez allí, lo único que se me
ocurrió fue lavarme los dientes. Después de hacerlo estuve un buen rato con la
boca abierta frente al espejo tratando de evaluar su aspecto. La verdad es que
para mi edad no estaban tan mal, aunque debo confesar que los superiores son artificiales:
dos puentes que dan a mi sonrisa una lozanía que no se corresponde con la
realidad. En cualquier caso, permanecí así más de lo que sería normal. Los
dientes me parecieron en aquellos momentos un añadido que verdaderamente no
tenía demasiado que ver conmigo mismo. Antes de volver a la cama me los lavé
otra vez y tuve la impresión de que estaban adquiriendo una blancura impensable
tiempo atrás, cuando fumaba y solo me los cepillaba por la mañana y después de
comer si tenía tiempo.
Ayer, sin
embargo, ha vuelto a sucederme lo mismo y me los he vuelto a lavar si cabe con
más fruición, como si a pesar de todo, siempre fuera posible tenerlos aún más
limpios. No me levanto con ese propósito, eso que quede claro, pero al poco de
entrar en el baño, tengo unas ganas irrefrenables de proceder tal y como he
contado, y se me olvida totalmente el objetivo habitual (algo que sin embargo
recuerdo al final), sobre lo que no tendré que dar más explicaciones siendo
común entre las personas mayores de más de sesenta años, sobre todo si se trata
de varones. Claro que si he de ser totalmente sincero, no podría precisar si me
levanto porque tengo ganas o simplemente porque me despierto y pienso que debe
de ser para eso. Estoy preocupado, ya
que cada día que pasa y se repite la operación, tengo necesidad de seguir un
poco más, como si nunca fuera suficiente. Ayer fueron tres veces. Y lo malo no
es eso, sino que cada vez debo actuar como si fuera la primera vez, siguiendo
el mismo proceso, enjuague a fondo comprendido. Luego, no quiero ocultar nada,
después de cada ablución me miro los dientes con suma atención, uno a uno, como
si cada cual tuviera su historia e incluso su propia personalidad. Sé que ni
siquiera son los originales, pero los acepto como si lo fueran, ya que después
de todo fueron hechos con su molde y son prácticamente idénticos. Me duele
verificar que los dos delanteros han sido modificados y son ahora mucho más
perfectos. Los originales se entrecruzaban ligeramente y daba a mi sonrisa un
aire un tanto juvenil del que carezco en estos momentos por más que me
esfuerce. Los años no pasan en balde, me digo poco antes de volver a la cama,
aunque tal cosa no me tranquilice. Supongo que hoy se repetirá el escenario, y
antes de acostarme ya me
siento nervioso,
no porque sea consciente de su inutilidad, sino porque me doy cuenta de que a
pesar de todo, me gusta. Me gusta lavarme los dientes a esas horas y sentir
como el frescor de la pasta dentífrica invade cada rincón de mi boca, sobre
todo cuando al terminar me aplico el colutorio. Al hacerlo recuerdo el anuncio
de la televisión en el que tal operación es como una explosión de brisa fresca
que invade mis bronquios y pulmones. Pero me preocupa sobremanera tener el
presentimiento que esto es tan solo el principio de un comportamiento que no
hará sino multiplicar sus exigencias. Hoy por ejemplo, ya tengo la certeza de
que una vez acabadas las abluciones bucales tendré que peinarme después de
haberme lavado la cabeza concienzudamente. Y para ello, como es natural, tendré
que haberme duchado previamente, lo que añadirá a la pausa nocturna un tiempo
que habré robado al sueño. Paso la tarde en casa viendo en la televisión unos
documentales sobre la naturaleza, sobre todo de animales. No sé si ya se trata
de una obsesión, pero me doy cuenta de que durante ese tiempo permanezco sobre
todo atento a la boca de los bichos, ya se trate de leones, hienas, cebras o
serpientes. Y no digo nada si se trata del mar y puedo ver a las orcas y al
tiburón blanco, de dentaduras legendarias. Según se acerca la noche me voy
sintiendo cada vez más inquieto, como si aproximara al momento de la verdad,
cuando frente al espejo contemple de nuevo mi dientes y sea consciente de su
humildad en comparación con las que acabo de ver aquella tarde. Hacia las once
de la noche, después del pequeño refrigerio como cena, se me empiezan a acabar
las disculpas para no acostarme, y de nada me sirve llegar hasta la medianoche
oyendo un debate sobre política nacional, que no va a solucionar nada, por
cierto. Trato de hacer tiempo pensando en la economía de mercado y la necesidad
de los bancos, y por tanto de los banqueros, pero todo es inútil, y cuando creo
que he dado con una teoría capaz de solucionar la crisis, me encuentro ya en la
cama incapaz de mantener los ojos abiertos ni un instante más. Mi último
pensamiento es para Adam Smith y John Maynard Keynes en un debate en el que
ninguno sale vencedor. Poco después se
cumple lo temido, y una vez en pie me dirijo al cuarto de baño donde comienzo
el ritual que me tiene apresado los últimos días. Procedo con una meticulosidad
de maniático y añado después de cada lavado el water pik, un sistema de
irrigación de encías que elimina los últimos restos biológicos ocultos entre
mis dientes. Soy feliz, para que voy a decir otra cosa, cuando poco después
puedo verificar con una lupa el resultado de mis desvelos odontológicos. Ya he
añadido, como dije más arriba, la ducha previa y el lavado del pelo a base de
champús de aloe vera, lo que hace que poco después pueda peinarme
escrupulosamente, añadiendo poco antes de irme a la cama una dosis de fijador y
brillantina, que me hacen aparecer al día siguiente como si acabara de salir de
la peluquería. Claro que, como ya llegué a intuir días atrás, esto no se ha
quedado así, sino que paulatinamente he ido añadiendo operaciones entre las que
podría contarse la aplicación por todo el cuerpo de un gel hidratante de
ginko-biloba. Intuía en esos momentos
que la secuencia de acontecimientos diferentes no haría sino aumentar con el
tiempo, y poco después he podido corroborarlo, cuando a todas esas tareas se han
añadido otras que normalmente tenían lugar poco después. Estoy hablando del
desayuno. Pasadas las cuatro de la mañana, se me abre un apetito voraz que hace
que me prepare de inmediato una taza bien cargada de colacao y unas galletas de
avena, algo que me hace sentir satisfecho como si verdaderamente estuviera
comenzando el día. Sin embargo, como bien puede comprenderse, al minuto siento
una necesidad imperiosa de lavarme los dientes de nuevo, a lo que procedo con
renovado ímpetu, teniendo en cuenta las secuelas perniciosas de los hidratos de
carbono.
Ya han pasado
varios días desde la iniciación de este proceso que a estas alturas me atrevo a
calificar de patológico, pues a lo anteriormente descrito, que llega a
repetirse a hasta cinco veces en lo que se refiere a los dientes, se ha añadido
la ducha, el peinado, el desayuno y otra serie de pequeñas tareas en las que
destacaría como mínimo el hecho de cortarme las uñas, pies y manos en días
alternos. En resumidas cuentas que entre unas cosas y otras no vuelvo a meterme
en la cama hasta las cinco como mínimo, y con la sensación de que aún me queda
alguna cosa por hacer que no recuerdo. Creo que a partir de mañana para ahorrar
tiempo durante el día voy a intentar hacer lo que es mi costumbre al poco de
tomar el café del desayuno, aunque eso me prive de leer la prensa del día que
es lo que suelo hacer en esos momentos, y que será algo irremediable al no
haber todavía salido los periódicos. Para tranquilizarme, me digo que quizás
este cambio no es nada catastrófico, pues después de todo puedo ser uno de los
pocos afortunados que ve amanecer con un estado psicofísico inmejorable y
dispuesto a afrontar el nuevo día con la satisfacción de quien ya ha hecho todo
lo verdaderamente importante.
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