miércoles, 19 de febrero de 2014

DIENTES


El lunes me desperté a las tres y media de la mañana, y como tantos días fui al baño.  Sin embargo, una vez allí, lo único que se me ocurrió fue lavarme los dientes. Después de hacerlo estuve un buen rato con la boca abierta frente al espejo tratando de evaluar su aspecto. La verdad es que para mi edad no estaban tan mal, aunque debo confesar que los superiores son artificiales: dos puentes que dan a mi sonrisa una lozanía que no se corresponde con la realidad. En cualquier caso, permanecí así más de lo que sería normal. Los dientes me parecieron en aquellos momentos un añadido que verdaderamente no tenía demasiado que ver conmigo mismo. Antes de volver a la cama me los lavé otra vez y tuve la impresión de que estaban adquiriendo una blancura impensable tiempo atrás, cuando fumaba y solo me los cepillaba por la mañana y después de comer si tenía tiempo.

Ayer, sin embargo, ha vuelto a sucederme lo mismo y me los he vuelto a lavar si cabe con más fruición, como si a pesar de todo, siempre fuera posible tenerlos aún más limpios. No me levanto con ese propósito, eso que quede claro, pero al poco de entrar en el baño, tengo unas ganas irrefrenables de proceder tal y como he contado, y se me olvida totalmente el objetivo habitual (algo que sin embargo recuerdo al final), sobre lo que no tendré que dar más explicaciones siendo común entre las personas mayores de más de sesenta años, sobre todo si se trata de varones. Claro que si he de ser totalmente sincero, no podría precisar si me levanto porque tengo ganas o simplemente porque me despierto y pienso que debe de ser para eso.  Estoy preocupado, ya que cada día que pasa y se repite la operación, tengo necesidad de seguir un poco más, como si nunca fuera suficiente. Ayer fueron tres veces. Y lo malo no es eso, sino que cada vez debo actuar como si fuera la primera vez, siguiendo el mismo proceso, enjuague a fondo comprendido. Luego, no quiero ocultar nada, después de cada ablución me miro los dientes con suma atención, uno a uno, como si cada cual tuviera su historia e incluso su propia personalidad. Sé que ni siquiera son los originales, pero los acepto como si lo fueran, ya que después de todo fueron hechos con su molde y son prácticamente idénticos. Me duele verificar que los dos delanteros han sido modificados y son ahora mucho más perfectos. Los originales se entrecruzaban ligeramente y daba a mi sonrisa un aire un tanto juvenil del que carezco en estos momentos por más que me esfuerce. Los años no pasan en balde, me digo poco antes de volver a la cama, aunque tal cosa no me tranquilice. Supongo que hoy se repetirá el escenario, y antes de acostarme ya me

siento nervioso, no porque sea consciente de su inutilidad, sino porque me doy cuenta de que a pesar de todo, me gusta. Me gusta lavarme los dientes a esas horas y sentir como el frescor de la pasta dentífrica invade cada rincón de mi boca, sobre todo cuando al terminar me aplico el colutorio. Al hacerlo recuerdo el anuncio de la televisión en el que tal operación es como una explosión de brisa fresca que invade mis bronquios y pulmones. Pero me preocupa sobremanera tener el presentimiento que esto es tan solo el principio de un comportamiento que no hará sino multiplicar sus exigencias. Hoy por ejemplo, ya tengo la certeza de que una vez acabadas las abluciones bucales tendré que peinarme después de haberme lavado la cabeza concienzudamente. Y para ello, como es natural, tendré que haberme duchado previamente, lo que añadirá a la pausa nocturna un tiempo que habré robado al sueño. Paso la tarde en casa viendo en la televisión unos documentales sobre la naturaleza, sobre todo de animales. No sé si ya se trata de una obsesión, pero me doy cuenta de que durante ese tiempo permanezco sobre todo atento a la boca de los bichos, ya se trate de leones, hienas, cebras o serpientes. Y no digo nada si se trata del mar y puedo ver a las orcas y al tiburón blanco, de dentaduras legendarias. Según se acerca la noche me voy sintiendo cada vez más inquieto, como si aproximara al momento de la verdad, cuando frente al espejo contemple de nuevo mi dientes y sea consciente de su humildad en comparación con las que acabo de ver aquella tarde. Hacia las once de la noche, después del pequeño refrigerio como cena, se me empiezan a acabar las disculpas para no acostarme, y de nada me sirve llegar hasta la medianoche oyendo un debate sobre política nacional, que no va a solucionar nada, por cierto. Trato de hacer tiempo pensando en la economía de mercado y la necesidad de los bancos, y por tanto de los banqueros, pero todo es inútil, y cuando creo que he dado con una teoría capaz de solucionar la crisis, me encuentro ya en la cama incapaz de mantener los ojos abiertos ni un instante más. Mi último pensamiento es para Adam Smith y John Maynard Keynes en un debate en el que ninguno sale vencedor.  Poco después se cumple lo temido, y una vez en pie me dirijo al cuarto de baño donde comienzo el ritual que me tiene apresado los últimos días. Procedo con una meticulosidad de maniático y añado después de cada lavado el water pik, un sistema de irrigación de encías que elimina los últimos restos biológicos ocultos entre mis dientes. Soy feliz, para que voy a decir otra cosa, cuando poco después puedo verificar con una lupa el resultado de mis desvelos odontológicos. Ya he añadido, como dije más arriba, la ducha previa y el lavado del pelo a base de champús de aloe vera, lo que hace que poco después pueda peinarme escrupulosamente, añadiendo poco antes de irme a la cama una dosis de fijador y brillantina, que me hacen aparecer al día siguiente como si acabara de salir de la peluquería. Claro que, como ya llegué a intuir días atrás, esto no se ha quedado así, sino que paulatinamente he ido añadiendo operaciones entre las que podría contarse la aplicación por todo el cuerpo de un gel hidratante de ginko-biloba.  Intuía en esos momentos que la secuencia de acontecimientos diferentes no haría sino aumentar con el tiempo, y poco después he podido corroborarlo, cuando a todas esas tareas se han añadido otras que normalmente tenían lugar poco después. Estoy hablando del desayuno. Pasadas las cuatro de la mañana, se me abre un apetito voraz que hace que me prepare de inmediato una taza bien cargada de colacao y unas galletas de avena, algo que me hace sentir satisfecho como si verdaderamente estuviera comenzando el día. Sin embargo, como bien puede comprenderse, al minuto siento una necesidad imperiosa de lavarme los dientes de nuevo, a lo que procedo con renovado ímpetu, teniendo en cuenta las secuelas perniciosas de los hidratos de carbono.

Ya han pasado varios días desde la iniciación de este proceso que a estas alturas me atrevo a calificar de patológico, pues a lo anteriormente descrito, que llega a repetirse a hasta cinco veces en lo que se refiere a los dientes, se ha añadido la ducha, el peinado, el desayuno y otra serie de pequeñas tareas en las que destacaría como mínimo el hecho de cortarme las uñas, pies y manos en días alternos. En resumidas cuentas que entre unas cosas y otras no vuelvo a meterme en la cama hasta las cinco como mínimo, y con la sensación de que aún me queda alguna cosa por hacer que no recuerdo. Creo que a partir de mañana para ahorrar tiempo durante el día voy a intentar hacer lo que es mi costumbre al poco de tomar el café del desayuno, aunque eso me prive de leer la prensa del día que es lo que suelo hacer en esos momentos, y que será algo irremediable al no haber todavía salido los periódicos. Para tranquilizarme, me digo que quizás este cambio no es nada catastrófico, pues después de todo puedo ser uno de los pocos afortunados que ve amanecer con un estado psicofísico inmejorable y dispuesto a afrontar el nuevo día con la satisfacción de quien ya ha hecho todo lo verdaderamente importante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario