martes, 11 de febrero de 2014

RESUELLOS

Llegué a casa y estuve paseando por abajo un buen rato. No me atrevía a subir aunque verdaderamente no me pasaba nada especial. Estaba algo nervioso, sí. Pero eso era todo. En cualquier caso me dije que si no me decidía debía ser por alguna razón. Por no dar una mala imagen, supongo, y porque nunca me ha gustado molestar o que no me valoren o piensen que soy un tipo raro. Al fin me decidí y subí. A pesar de ser un octavo piso no cogí el ascensor; de esta manera supuse que llegaría arriba un agitado y con poco aliento, lo que me permitiría estar un par de minutos callado, y me daría tiempo para evaluar la situación. En el tercer piso sentí algo de taquicardia porque había subido casi a la carrera. Me asusté y me dije que era un desequilibrado que hacía cosas absurdas. Sin embargo, no llamé al ascensor y empecé a subir de nuevo lentamente. Al llegar al cuarto piso, salió uno de los vecinos y al verme me dijo si necesitaba algo, porque el ascensor, que él supiera funcionaba perfectamente. Le di las gracias como pude, seguí andando y como disculpa le respondí que era claustrofóbico y que no me quedaba otro remedio. Se detuvo y aunque ya estábamos a cierta distancia me dijo que hoy en día existían unas terapias muy eficaces para ese tipo de padecimientos. Una vez que inicié el tramo de escalera que ya me impedía verle, oí que me decía que le recordaba a alguien. Le dije que posiblemente a mi padre que también era pelirrojo y que vivía en el sexto. Luego pareció seguir hablando, pera ya no pude entenderle. Al parecer él también iba a pie, por lo que no pude dejar de pensar que a pesar de lo que me había dicho, el también podía ser claustrofóbico, en cuyo caso lo de la terapia no le había servido para nada, caso de haberla hecho, claro. Me callé aunque aún a la altura del quinto le oía hablar. Quizás charlaba consigo mismo. Es algo bastante corriente, sobre todo en la gente que no anda muy bien de la cabeza. Del quinto al octavo vuelvo a correr para llegar a casa casi sin resuello. Llamé y me abrió mamá, tenía mala cara y apenas me saludó. A lo mejor no se sentía bien, aunque posiblemente no le pasaba nada especial y simplemente no quería hablar, es una mujer muy introvertida. Nos sentamos en el salón, yo en el sofá como era mi costumbre cuando visitaba a mis padres y ella en una butaca grande que normalmente utiliza papá. Es un sillón enorme, casi hecho a la su medida, y en el que mamá parecía aún más diminuta. Es una mujer seria y de pocas palabras. Su obsesión son las colecciones. Las hace de casi todo, pero siempre de cosas pequeñas, tortugas, dedales, muñequitas e instrumentos musicales. Esto último siempre me extrañó, porque jamás la oí escuchar nada. Al contrario, casi tenía la impresión que no le gustaba la música en absoluto, y con frecuencia incluso apagaba la radio si oía algo, aunque creo recordar que alguna vez me dijo que le gustaba la copla española. Estuvimos un buen rato en silencio al cabo del cual me dijo que se me notaba cansado, y le respondí que aquella noche había dormido mal, con unas pesadillas enormes. Eso me pasa a mí con frecuencia, me dijo, yo creo que es tu padre que me aplasta en la cama. Está demasiado gordo y con lo grande que es, te puedes hacer una idea. Era una idiotez, pero le dije que posiblemente sí. A mamá la encantaba que la dieran la razón incluso en los temas más intrascendentes. Bueno, verdaderamente ella solo hablaba de temas intranscendentes, y en cuando alguien proponía otro tema que ella considerase escabroso o inquietante, se las ingeniaba para desaparecer alegando cualquier pretexto. O sin decir nada, con lo cual quedaba claro que el tema no era de su interés o le molestaba. Más bien le molestaba. Tenía miedo de la vida, esa era mi opinión cuando observaba su conducta en aquellos momentos. Luego le pregunté por papá y me dijo que no había vuelto a comer, “algo después de todo normal, ya sabes como es”. Lo cierto es que yo no tenía la menor idea. Desde que me había independizado dos años atrás, les veía un par de veces al mes, y esa era la primera noticia.  Cuando vivíamos los tres juntos, nunca faltaba, y de hecho la comida era uno de los escasos rituales de casa. El otro era la salida por la mañana de mamá a misa, y otra, la siesta de papá, que empezaba al cuarto de hora de comer después de una pequeña cabezada en su sillón, y que se prolongaba aproximadamente hasta las siete, pijama incluido. A mamá aquella costumbre de mi padre nunca le había gustado nada, según me confesó una tarde, y ella lo sufría “porque cada cual se hace un sitio en el cielo como puede”, según una de sus expresiones favoritas, y la siesta le ponía la ocasión en bandeja. Como no parecía tener muchas ganas de hablar, le pregunté si sabía a qué hora volvería para esperar el rato preciso para verle, a lo cual me respondió que no tenía ni idea, pero que en todo caso si tardaba mucho, le podía llamar por teléfono por la noche. “Total para lo que te puede decir no te vas a perder demasiado”, sentenció poco antes de levantarse y pasarse un rato ordenando sus colecciones en una especie de aparador donde las tenía todas juntas. Se detuvo especialmente con los instrumentos de música, al tiempo que murmuraba algo para sus adentros. Finalmente se dirigió muy seria a mí y me dijo que lamentaba a esas alturas de la vida haberse perdido algo tan importante como la música, “sobre todo la ópera y la voz de la Callas”, sentenció finalmente para caer en un mutismo del que fui incapaz de sacarla en la hora larga que aún permanecí allí. Ella pareció entrar en un estado entre somnoliento y de trance, con los ojos bastante abiertos, lo que en un momento dado llegó a darme algo de miedo. A lo mejor está perdiendo la cabeza, pensé, y debería ser más indulgente con ella y comprender que a sus años ya es posible cualquier cosa. Cuando decidí marcharme, me levanté procurando no hacer ruido para que siguiera en su estado en el que, significara lo que significara, parecía encontrarse a gusto. No lo conseguí, pues aunque abrí la puerta de la calle con mucho cuidado, pude oír todavía su voz desde el fondo del pasillo “adiós, hijo, no me lo tengas demasiado en cuenta, pero es que no tenía muchas ganas de abrir la boca” dijo “después de todo los viejos solo decimos y hacemos majaderías ¡Fíjate tu padre, que se ha teñido de negro azabache los cuatro pelos que le quedaban!”. No la contesté, y al bajar las escaleras tuve una sensación rara sobre lo que es la vida. Sobre lo que significa y para qué sirve. En el cuarto piso y llamé al ascensor. Al llegar abajo me encontré de nuevo con el inquilino del cuarto, me dirigí a él como si fuera un antiguo conocido y le dije “No soy claustrofóbico. Me gustan las escaleras. Eso es todo”. Quiso decirme algo, pero antes de que pudiera hacerlo le conminé “¡Silencio!”. Y desaparecí

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