Llegué a casa y estuve paseando por abajo un buen rato.
No me atrevía a subir aunque verdaderamente no me pasaba nada especial. Estaba
algo nervioso, sí. Pero eso era todo. En cualquier caso me dije que si no me
decidía debía ser por alguna razón. Por no dar una mala imagen, supongo, y
porque nunca me ha gustado molestar o que no me valoren o piensen que soy un
tipo raro. Al fin me decidí y subí. A pesar de ser un octavo piso no cogí el
ascensor; de esta manera supuse que llegaría arriba un agitado y con poco
aliento, lo que me permitiría estar un par de minutos callado, y me daría
tiempo para evaluar la situación. En el tercer piso sentí algo de taquicardia
porque había subido casi a la carrera. Me asusté y me dije que era un
desequilibrado que hacía cosas absurdas. Sin embargo, no llamé al ascensor y
empecé a subir de nuevo lentamente. Al llegar al cuarto piso, salió uno de los
vecinos y al verme me dijo si necesitaba algo, porque el ascensor, que él
supiera funcionaba perfectamente. Le di las gracias como pude, seguí andando y
como disculpa le respondí que era claustrofóbico y que no me quedaba otro
remedio. Se detuvo y aunque ya estábamos a cierta distancia me dijo que hoy en
día existían unas terapias muy eficaces para ese tipo de padecimientos. Una vez
que inicié el tramo de escalera que ya me impedía verle, oí que me decía que le
recordaba a alguien. Le dije que posiblemente a mi padre que también era
pelirrojo y que vivía en el sexto. Luego pareció seguir hablando, pera ya no
pude entenderle. Al parecer él también iba a pie, por lo que no pude dejar de
pensar que a pesar de lo que me había dicho, el también podía ser
claustrofóbico, en cuyo caso lo de la terapia no le había servido para nada,
caso de haberla hecho, claro. Me callé aunque aún a la altura del quinto le oía
hablar. Quizás charlaba consigo mismo. Es algo bastante corriente, sobre todo
en la gente que no anda muy bien de la cabeza. Del quinto al octavo vuelvo a
correr para llegar a casa casi sin resuello. Llamé y me abrió mamá, tenía mala
cara y apenas me saludó. A lo mejor no se sentía bien, aunque posiblemente no
le pasaba nada especial y simplemente no quería hablar, es una mujer muy
introvertida. Nos sentamos en el salón, yo en el sofá como era mi costumbre
cuando visitaba a mis padres y ella en una butaca grande que normalmente
utiliza papá. Es un sillón enorme, casi hecho a la su medida, y en el que mamá
parecía aún más diminuta. Es una mujer seria y de pocas palabras. Su obsesión
son las colecciones. Las hace de casi todo, pero siempre de cosas pequeñas,
tortugas, dedales, muñequitas e instrumentos musicales. Esto último siempre me
extrañó, porque jamás la oí escuchar nada. Al contrario, casi tenía la
impresión que no le gustaba la música en absoluto, y con frecuencia incluso apagaba
la radio si oía algo, aunque creo recordar que alguna vez me dijo que le
gustaba la copla española. Estuvimos un buen rato en silencio al cabo del cual
me dijo que se me notaba cansado, y le respondí que aquella noche había dormido
mal, con unas pesadillas enormes. Eso me pasa a mí con frecuencia, me dijo, yo
creo que es tu padre que me aplasta en la cama. Está demasiado gordo y con lo
grande que es, te puedes hacer una idea. Era una idiotez, pero le dije que
posiblemente sí. A mamá la encantaba que la dieran la razón incluso en los
temas más intrascendentes. Bueno, verdaderamente ella solo hablaba de temas
intranscendentes, y en cuando alguien proponía otro tema que ella considerase
escabroso o inquietante, se las ingeniaba para desaparecer alegando cualquier
pretexto. O sin decir nada, con lo cual quedaba claro que el tema no era de su
interés o le molestaba. Más bien le molestaba. Tenía miedo de la vida, esa era
mi opinión cuando observaba su conducta en aquellos momentos. Luego le pregunté
por papá y me dijo que no había vuelto a comer, “algo después de todo normal,
ya sabes como es”. Lo cierto es que yo no tenía la menor idea. Desde que me
había independizado dos años atrás, les veía un par de veces al mes, y esa era
la primera noticia. Cuando vivíamos los
tres juntos, nunca faltaba, y de hecho la comida era uno de los escasos
rituales de casa. El otro era la salida por la mañana de mamá a misa, y otra,
la siesta de papá, que empezaba al cuarto de hora de comer después de una
pequeña cabezada en su sillón, y que se prolongaba aproximadamente hasta las
siete, pijama incluido. A mamá aquella costumbre de mi padre nunca le había
gustado nada, según me confesó una tarde, y ella lo sufría “porque cada cual se
hace un sitio en el cielo como puede”, según una de sus expresiones favoritas,
y la siesta le ponía la ocasión en bandeja. Como no parecía tener muchas ganas
de hablar, le pregunté si sabía a qué hora volvería para esperar el rato
preciso para verle, a lo cual me respondió que no tenía ni idea, pero que en
todo caso si tardaba mucho, le podía llamar por teléfono por la noche. “Total
para lo que te puede decir no te vas a perder demasiado”, sentenció poco antes
de levantarse y pasarse un rato ordenando sus colecciones en una especie de
aparador donde las tenía todas juntas. Se detuvo especialmente con los
instrumentos de música, al tiempo que murmuraba algo para sus adentros.
Finalmente se dirigió muy seria a mí y me dijo que lamentaba a esas alturas de
la vida haberse perdido algo tan importante como la música, “sobre todo la
ópera y la voz de la Callas”, sentenció finalmente para caer en un mutismo del
que fui incapaz de sacarla en la hora larga que aún permanecí allí. Ella
pareció entrar en un estado entre somnoliento y de trance, con los ojos
bastante abiertos, lo que en un momento dado llegó a darme algo de miedo. A lo
mejor está perdiendo la cabeza, pensé, y debería ser más indulgente con ella y
comprender que a sus años ya es posible cualquier cosa. Cuando decidí
marcharme, me levanté procurando no hacer ruido para que siguiera en su estado
en el que, significara lo que significara, parecía encontrarse a gusto. No lo
conseguí, pues aunque abrí la puerta de la calle con mucho cuidado, pude oír
todavía su voz desde el fondo del pasillo “adiós, hijo, no me lo tengas
demasiado en cuenta, pero es que no tenía muchas ganas de abrir la boca” dijo
“después de todo los viejos solo decimos y hacemos majaderías ¡Fíjate tu padre,
que se ha teñido de negro azabache los cuatro pelos que le quedaban!”. No la
contesté, y al bajar las escaleras tuve una sensación rara sobre lo que es la
vida. Sobre lo que significa y para qué sirve. En el cuarto piso y llamé al
ascensor. Al llegar abajo me encontré de nuevo con el inquilino del cuarto, me
dirigí a él como si fuera un antiguo conocido y le dije “No soy claustrofóbico.
Me gustan las escaleras. Eso es todo”. Quiso decirme algo, pero antes de que
pudiera hacerlo le conminé “¡Silencio!”. Y desaparecí
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