No puedo
recordar con precisión el momento justo en que empecé a sospechar que se
trataba de robots. Sí sé que hasta entonces ni se me había pasado por la
cabeza, pero ahora ya no puedo quitármelo de encima. Es posible que se trate de
una de las obsesiones que periódicamente me asaltan, pero esta ya dura
demasiado para considerarla algo pasajero. Es posible en cualquier caso que
fuera durante las charlas que mantenía con alguna de mis amistades (soy una
persona incapaz de permanecer callada mucho tiempo), en las que empezaron a
parecerme autómatas, como si de alguna manera todo cuanto cuánto decían me pareciera
algo previsible que con frecuencia yo ya sabía por adelantado. Y no se trataba
del mero hecho de conocerles, algo que lo haría bastante lógico, sino que
incluso en su forma de expresarse, sus gestos y hasta en el tono de su voz
empecé a captar determinadas características que me habían pasado inadvertidas
con anterioridad. Sobre todo su voz, que me hacía llegar un eco con indudables
resonancias metálicas, sin duda obedeciendo a un complejo circuito de cableado interior que no
podían enmascarar. Y no importaba que fueran voces bien timbradas o
estridentes, nada era capaz se disimular su procedencia. Luego, en orden de
importancia estaban sus tics y la sintaxis de sus frases. Los primeros eran con
frecuencia casi imperceptibles, sin duda por un intento un tanto a la
desesperada de que no les descubriera, pero hay determinadas operaciones que ni
la técnica más depurada es capaz de ocultar. Recuerdo sobre todo a Sebastián un
tipo ya bastante mayor que mantenía siempre los ojos muy abiertos, supongo que
para estar alerta continuamente, y que al hablar pronunciaba cada palabra con
un cuidado exquisito, temiendo sin duda que en cualquier momento algo pudiera
delatarle (y no dándose cuenta que era precisamente eso lo que para mí empezó a
hacérmelo sospechoso). Del movimiento espasmódico sin venir a cuenta de una
oreja, mejor ni hablar. El sistema nervioso, como de todos es sabido, campa a
sus anchas en nuestro cuerpo, y es capaz de hacer las cosas más disparatadas
imaginables, como las del pobre Blas que torcía la cabeza, guiñaba un ojo y
decía “chas” al mismo tiempo en mitad de una conversación sin venir a cuento.
No se trataba, sin embargo, de eso. Era algo mucho más sofisticado, atendiendo
posiblemente a un protocolo de comportamiento que intentaban seguir a pies
juntillas, sabedores de que el mínimo fallo podía disparar la alarma. Claro
que, y esto es algo que me dije a los pocos días, también cabía la posibilidad
de que ni ellos mismos fueran conscientes de su verdadera identidad, aunque
actuasen de esa manera. Quizás respondían a un programa informático que
ignoraban y que los manejaba como a peleles, pero siempre bajo la vigilancia de
un sistema de seguridad, como cualquiera de nosotros podemos tener en el
ordenador. Digamos Panda, digamos Kaspersky, sin ir más lejos. El hecho fue, en
cualquier caso, que desde entonces me ando con pies de plomo y en la medida de
lo posible les evito, aunque hago apariciones esporádicas por si comenzaran a sospechar
que estoy al corriente y toman contra mí medidas de las que sin duda no saldría
bien parado. Pero ahora ya soy consciente de que esta situación no puede
prolongarse mucho tiempo y en cualquier momento todo va a saltar por los aires,
pues su presencia entre nosotros no puede ser casual y debe responder a una
finalidad que pronto se ha de manifestar. A mí desde luego no me van a coger de
improviso, y ya tengo preparadas varias estrategias de huída hasta que se
aclare todo. Digo yo que si ellos son robots y obedecen a un mandato superior,
en algún lugar no demasiado lejano debe estar quien les dirige. Por lo pronto,
mañana mismo me echo al monte con toda la impedimenta necesaria, incluidas
raciones de combate para cinco días y un fusil Mauser con munición que pude
afanar en el cuartel cuando hice el servicio militar. Sus condiciones después
de tanto tiempo no son óptimas, y es posible que la pólvora y las balas ya
estén caducadas, pero por mi parte que no falte. Al menos así se enterarán que
conmigo han dado en hueso. No me importa el terreno abrupto que tendré que
recorrer, ni la meteorología adversa que se prevé para estos días. Allí me
tendrán dispuesto a todo si vienen a buscarme, a pecho descubierto si es
preciso. Claro que muy en el fondo de mi mismo, aunque no quiero considerarlo
en serio, a veces me pregunto ¿y si yo mismo soy uno de ellos? Sería terrible,
pues lo que nunca he soportado es el ridículo.
(*) Una de las
más conocidas novelas del escritor y divulgador científico Isaac Asimov se
llama “Yo, robot”
No hay comentarios:
Publicar un comentario