jueves, 13 de febrero de 2014

TEJADOS


Pienso en ti todos los días. Y cuando digo todos los días quiero decir exactamente todos los días. No con mucha frecuencia, o casi todos los días. Ni quiero decir que “siempre te tengo presente”, como es habitual. No es una manera de tranquilizarte para que sepas que estás conmigo y que no te olvido. Lo que te he dicho es verdad hasta tal punto que si no lo fuera, no estaría hablando de mi mismo. Ni siquiera existiría. Nada más abrir los ojos por la mañana ahí estás tú al pie de la cama, sonriéndome como siempre, y animándome los días en que se me hace duro levantarme. Incluso algunas noches si me despierto porque he tenido una pesadilla, enseguida apareces tú y me tranquilizas, o cuando, por el contrario, tengo un sueño maravilloso de inmediato me acuerdo de ti, como si fueras el resumen de tanta dicha.. Qué le voy a hacer, mamá, cada cual vive su vida como puede, y a mi me ha tocado al parecer vivirla a través de ti. Fíjate que hay momentos en que me siento preocupado porque llego a pensar si lo mío puede ser hasta insano, y espero que no me interpretes mal, porque lo que verdaderamente te quiero decir es que si supieras hasta que punto es cierto todo lo que te estoy diciendo, pienso que podrías preocuparte. Pero no lo hagas, mamá, tu continua presencia en mi vida cuando ya hace tanto tiempo que te has ido, no ha supuesto un inconveniente para que en muchas ocasiones haya sido feliz con otras personas, aunque si he de serte totalmente sincero, siempre estabas tú entre nosotros, como un estímulo que hacía nuestro vínculo aún más fuerte. No te diré que no he tenido momentos de soledad, e incluso instantes de verdadera desesperación al recordarte, pero sabes que la melancolía y la tristeza forman parte de la naturaleza humana, aunque la verdad es que yo nunca te vi así. De ti, recuerdo sobre todo tus ojos y tu pelo. También tu voz y tus manos. Aquellas tardes ¿recuerdas? cuando papá se encerraba en su estudio con sus lienzos, sus tubos de pintura y toda la parafernalia que necesitaba para trabajar, y nosotros nos quedábamos charlando en el salón y en ocasiones oíamos su voz al fondo lamentando no poder plasmar en la tela la idea que tenía en la cabeza. Recuerdo mucho tus manos cuando siendo muy pequeño me cogías las mías entre las tuyas y me decías “¡qué manos tan lindas! muchas niñas las querrían tener tan  bonitas como tú” y me las acariciabas dulcemente para después pasarme las tuyas por el pelo al tiempo que exclamabas “¡y estos ricitos!” Al principio me avergonzaba, te digo la verdad, pero enseguida me di cuenta de que eso no me importaba en absoluto, ni tampoco que no me gustaran las mismas cosas que a mis amigos. Contigo era suficiente y ante los demás era capaz de aparentar que era como todos, aunque yo ya sabía entonces que tú conocías mis secretos y me querías tal como era. De hecho, cuando papá salía de su estudio y nos veía no me importaba nada, aunque era consciente de que yo le preocupaba y que en ciertos momentos cuando nos veía así, parecía echarte una mirada de reproche como si estuvieras haciendo algo indebido. ¡Ese niño! decía algunas veces al tiempo que movía la cabeza como si dentro de ella se estuviera librando una lucha que le preocupaba. Pero lo acabó aceptando, no sé si porque te quería demasiado o porque era una persona muy sensible, y sabía que en la vida como en el arte no todo está dicho ni escrito (ni en su caso pintado, claro está). Te digo todo esto ahora poco antes de dormirme porque algunas noches te echo demasiado en falta y ni siquiera me sirven los recuerdos de aquellos momentos. Desde mi cama, ya con la luz apagada, puedo ver la noche por un tragaluz sobre mi cabeza, y en estos meses de invierno apenas puedo distinguir nada que no sea la oscuridad, y percibir la lluvia repiqueteando con insistencia sobre el tejado. Pero sé que aún así mañana, como siempre, tú estarás allí conmigo y me darás fuerza para seguir adelante.

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