A Linda no le
gustaban los paraguas. Es raro porque en aquel pueblón del norte no paraba de
llover desde el otoño hasta la primavera, y lo lógico sería que estuviese
acostumbrada, de la misma manera que lo estaba a las botas de agua y los
impermeables. Incluso a las capuchas, que por aquella época empezaron a ponerse
de moda en la ropa de vestir. Pero con los paraguas era otra cosa. No podía
precisar de qué se trataba, pero pasado cierto tiempo tuvo que admitir que
incluso sentía cierta fobia. No soportaba a nadie con paraguas a su lado, y si se
cruzaba con alguien que lo tenía, trataba de evitarlo aunque fuese dando un
rodeo. Por eso aquella tarde que había quedado con Andrés cerca de los
soportales, al verle aparecer a lo lejos
con un paraguas negro enorme, no pudo evitar un escalofrío al tiempo que
trataba de esconderse detrás de unas de las columnas. Desgraciadamente él ya la
había visto, y se dirigió hacia ella con la sonrisa amplia y tímida de las
primeras citas, pero Linda apenas permaneció a su lado dos minutos, y alegando
una disculpa de la que ni siquiera ella misma fue consciente, se alejó a toda
prisa. Aquel desaire mantuvo al chico lejos durante una buena temporada, hasta
que la llegada del verano y la ausencia de lluvia relajó la situación. Cuando
se volvieron a encontrar, Andrés ni siquiera se atrevió a preguntarle el por
qué de aquel desplante. Era un hombre práctico y tenía claro que aquella mujer
le interesaba con independencia de las veleidades que pudieran ocurrírseles
ciertos días. Linda tampoco le explicó nada, suponiendo que una persona con dos
dedos de frente ya se habría dado cuenta de su animadversión hacia aquellos
artilugios, impropios de un hombre como es debido, y ni siquiera de un muchacho,
como era el caso de Andrés, que ya se afeitaba hacía tiempo. Los hombres de
verdad, según Linda, soportan los meteoros atmosféricos a pecho descubierto, demostrando de esta
manera a las féminas que por ellas estaba dispuesto a padecer las dificultades
a que hubiera lugar y la vida les fuera presentando. Pero en el fondo sabía que
eso no era sino una disculpa, y que lo que verdaderamente le sucedía era que
tenía fobia a los paraguas, y lo que era aún peor, a los pájaros o para ser más
concreto, a las plumas. Y eso es lo que le sucedía con los paraguas, que le
recordaban a un ave enorme y agresiva que en cualquier momento podía poner en
peligro su vida. Todo esto se lo confesaba en secreto a sí misma en las
confidencias que uno se hace con frecuencia evitando a cualquier testigo. Claro
que el asunto no pudo guardarlo mucho tiempo para ella sola, y su familia y
amistades más íntimas estaban al corriente de su temor a las aves. Incluso a las gallinas, los
gorriones y las gallinas. Ojo. Lo de los paraguas pudo ocultarlo porque evitaba
las situaciones en que podían hacerse presentes, aunque si hay que decirlo
todo, en aquel pueblo donde la lluvia era una constante, tenía que hacer
verdaderas maravillas para poder hacerlo, como no salir de casa cuando el día
amenazaba agua. Lo de Andrés fue un despiste imperdonable, porque aquel chico
le gustaba, y si no le había prevenido era porque temía que no pudiera aceptar
a una persona tan rara como ella a su lado. El hecho fue, de todas maneras, que
llegada la primavera siguiente volvieron a salir juntos, ella siempre con un
ojo puesto en el cielo y tratando de mantenerse en todo momento lejos de
cualquier lugar en los que era posible en cualquier momento los bichos con
plumas. Andrés insistía en ir al parque y sentarse un rato en uno de sus bancos
para echar unas migas de pan a las palomas, momento en el que Linda sentía un
escalofrío en el espinazo que casi la dejaba sin respiración. Lo mismo sucedía
con las terrazas, con la posibilidad inmediata de visitas aéreas inmediatas,
por lo que a pesar de la extrañeza que tal hecho le producía a Andrés, su relación
tuvo lugar en el interior de bares y restaurantes, en los que para compensar y
darle un toque más romántico, Linda siempre preguntaba por un rincón alejado e
íntimo a poder ser con velitas y flores. Andrés acabó aceptando las
peculiaridades de aquella mujer tan guapa y especial, y empezó a tomarse todas
sus dificultades como algo positivo que se añadía a su físico poco común. Su
noviazgo se prolongó varios años, en los que el sufrido novio de la chica más
aparente del lugar se sometió a una serie de pruebas que en principio fue
superando con la esperanza de que Linda convencida de su amor a través de la
paciencia fuera modificando sus manías y pudieran por fin un año bajar a la
playa a pesar de la inexorable presencia de las gaviotas, a las que ella odiaba
con una intensidad superior a las palomas, que venían a ser del mismo porte.
Acabaron casándose a finales de una primavera tras tres años de relaciones, que
alternaron lo sentimental con lo borrascoso cada vez que una pluma o un
paraguas se acercaba a su horizonte. Por fin, la misma noche de bodas, y una
vez llevado a cabo el ritual acostumbrado en esos momentos, Linda no pudo
impedir que un torrente de sinceridad aflorara a su boca para perplejidad de su
esposo que esperaba la tranquilidad a la salida de un alter-hours. Le comentó
sin mayores preámbulos su fobia desmesurada por todo lo que volara y con plumas,
e incluso por todo genero de gallináceas, incluidos el avestruz, el ñandú, el
emú, el casuario y los kiwis. El pingüino también. Y además por todos aquellos
utensilios cuya geometría le recordara aunque fuera someramente a tales bichos,
especialmente los paraguas. Entre estos destacaba el grande de color negro,
pero incluía a otros de todas las formas y colores que podían recordarle a
bandadas de aves cruzando el cielo en su migración anual, ánades, patos y
garzas incluidos. Respecto a los paraguas se sinceró definitivamente y le dijo
que aunque no tenían plumas, podían parecerlo, pues en su opinión, una vez a
medio abrir era semejantes a los buitres, y ya abiertos no se diferenciaban
demasiado de los pteriodáctilos, animales prehistóricos fabulosos, algunos de
gran envergadura. Además, según los tamaños, también le recordaban a los
cuervos y cornejas (habituales del lugar), y a los murciélagos y a los
terribles vampiros chupadores de sangre del sudeste asiático. Estos últimos más
que pluma tenían pelo, pero en su fuero interno de una textura lacia y grimosa,
lista para mudar en cualquier instante. No quiso ocultarle tampoco, pues su
amor por él era deudor de una sinceridad absoluta, que también tenía cierta
prevención con las catedrales góticas, pues las gárgolas con frecuencia
representan animales mitológicos entre los que destacan, aparte de las águilas,
las arpías y los grifos, de los que llegaba a suponer que en cualquier momento
cobrarían y se lanzarían volando contra ella. Pasado el primer mes después de
contraer nupcias, la pareja que hasta entonces se había mostrado feliz y con un
futuro envidiable según decía su familia y los más allegados, empezó a dar
muestras de un desequilibrio inquietante, aunque nadie supiera la razón. El
hecho, sin embargo era de una simpleza sonrojante para quien estuviera al
corriente de las obsesiones de la dulce Linda, y consistía en que Andrés,
queriendo aplicarle una terapia radical entonces tan en boga, había introducido
en su domicilio un enorme paraguas de golf totalmente negro, y un periquito
enano verde y amarillo que tuvo a Linda en la cama varios días con un ataque de
asma y unas ronchas enormes por todo el cuerpo. Incapaz Andrés de luchar él
solo contra las histaminas, lo único que ha vuelto a saberse de él ha sido que
abandonó la casa cierto amanecer tras escribir de su puño y letra una carta
enormemente sentimental con todo tipo de explicaciones. Desgraciadamente Linda
no se creyó nada al estar escrita con tinta y una caligrafía primorosa, eso sí,
pero sobre todo con una enorme pluma de faisán depositada sobre ella.
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