C.- Antonio al parecer vuelve. Me
ha llamado su hija comunicándomelo. No está bien y él mismo se lo ha propuesto.
Afortunadamente todavía teníamos su plaza libre, aunque de momento va a tener
que seguir compartiendo habitación con Jiménez, o sea el otro Antonio, al que
se lo acabo de decir en la enfermería y tengo la impresión que se le han
quitado todos sus males de repente. Ha dejado de toser y la fiebre no le llega
a treinta y siete. Si he de ser sincera me siento un tanto inquieta y cuando
venga voy a intentar moverme delante de él como si fuera una estatua.
J.-Gran alegría. Antonio vuelve
mañana. Ya dije que tenía una corazonada. Hay gente que se resiste a reconocer
su verdadera personalidad, y creo que en él eso es algo evidente. Cuando me
ponía la peluca para dormir enseguida percibí que aquello le iba por más que
pusiera caras, cada cual disimula como puede, pero con mi experiencia soy capaz
de darme cuenta a las primeras de cambio de qué va la cosa. Sor Caridad también
está contenta, y no solo lo digo por el entusiasmo con el que me dio la
noticia, sino porque al despedirse no pudo reprimir su contento y se alejó con
unos meneos que ni a mi mismo me dejaron indiferente a pesar de estar vacunado,
como saben todos los que me conocen de verdad.
L.-Me ha llamado Marta
desesperada y llorando a moco tendido, según me ha parecido percibir por el
teléfono. Me dice cree que ha ido demasiado lejos, aunque debo tratar de
perdonarla por la faena que me ha hecho. Al parecer se puso de acuerdo con un
tipo mejicano al que conoció hace poco en la barra de un bar y con el que se
puso de acuerdo para darme celos, urdiendo una historia para ver como
reaccionaba yo. Lo que nunca imaginó, dice, es que la quisiera tanto que
enseguida me fuera para México a solucionar la situación. Me espera impaciente
con los chicos y me dice que nos queda toda una vida por delante. Por un lado
me alegro porque me estaba metiendo en un lío impresionante, pero debo de
reconocer que cuando me ha dicho eso se me han puesto los pelos de punta,
porque empezaba a hacerme ilusiones de llevar una vida doble con Inés, lo que
su amor renovado va a hacer más difícil. De todas maneras, le he dicho que
aprovechando que estoy aquí voy a resolver algunos problemas del banco, aunque
lo cierto es que esta misma tarde me voy cuatro días a Cancún para relajarme.
Espero que a la vuelta no se me note demasiado el moreno.
R.-Hoy al volver a casa resulta
que papá había desaparecido. Me ha dejado una carta bastante larga en la que me
informa de su nuevo ingreso en la residencia, esta vez de forma voluntaria, y
en la que insiste en que no me preocupe y que le vaya a ver cuando tenga un
momento libre. Cree que es posible llegara un acuerdo con Víctor, pues entre
Heidegger y Marx hay toda una serie de filósofos de transición con los que
ambos estarán de acuerdo. Luego me habla un rato largo de Epicuro y me asegura
que la vida es breve y nunca es tarde para encontrarse con uno mismo. Al final
me dice que no abuse del pachuli y los palitos de incienso, que “atacan a la
cabeza”. Se despide esperando verme pronto y me dice no sé cantas cosas de un
tal Jiménez, amigo suyo, y de una mujer llamada Caridad, con la que no descarta
nada. Pero yo creo que Caridad es una monja. No entiendo nada.
M.-Estamos todos en la
residencia. Papá parece muy contento, como si fuera un niño al que acaban de
hacer el mejor de los regalos. Luis ha vuelto de no sé donde, está negro como
un tito, y para mí que ha estado en la playa. Marta le mira con arrobo como si
se hubieran casado ayer mismo. Aquí hay gato encerrado, y me temo que pronto la
situación va a dar un giro inesperado. Rosa ha venido con un tipo flaquísimo y
un tanto chabacano que no deja de hablar de la revolución proletaria en cuanto
ve la mínima oportunidad. Lo que no entiendo es por qué durante todo el rato su
amigo Antonio (Jiménez, al parecer) y una monja han estado con nosotros como si
fueran de la familia. Espero acabar enterándome.
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