martes, 4 de febrero de 2014

INSTRUCCIONES PARA ANDAR


Como norma general, para andar se emplean las extremidades inferiores, esa dos excrecencias que usted puede distinguir en la parte baja de su anatomía y que como también podrá comprobar llegan exactamente hasta el suelo, con el que toman contacto a través de los pies, sobre los que no le doy más detalles pues son de sobra conocidos por usted al estar en general llenos de dedos que se hacen notar en cualquier instante, sobre todo si tiene juanetes. Antes de continuar debo en alguna medida rectificar algo de lo dicho más arriba, pues independientemente de que me haya entendido, no es exacto, y soy un amante de la precisión y las palabras adecuadas. Me refiero al término “excrecencias”, que normalmente hacen alusión a algo ajeno o superfluo (ex), y nada hay más propio y original que las piernas, a no ser que usted carezca de ellas, en cuyo caso lo lamento, porque estoy convencido de que está facultado para haberlas sacado un buen rendimiento en circunstancias que no vienen al caso, pero que sin duda puede imaginar. No quiero extenderme en este punto, pues puede dar lugar a malentendidos y no está en mi espíritu (es un decir), tal intención.  Y bien, vayamos ya al fondo de la cuestión que nos ha traído hasta aquí y que en resumidas cuentas, es el objeto de esta nota.  Fíjese bien y verá que aproximadamente a la mitad de su entera longitud, sus piernas pueden doblarse hacia atrás con suma facilidad y que si coge alternativamente  sus pies, estos pueden llegar hasta su trasero en lo que se ha dado en llamar estiramiento, sobre lo que tampoco vamos a entrar aquí, remitiéndole a un libro básico de gimnasia o educación física. En cualquier caso, le aconsejo que lo haga con frecuencia antes y después de cualquier ejercicio de cierta intensidad. Para andar, sin embargo, deje que las piernas cuelguen (1) de su pelvis de forma natural, y haga que una de ellas se traslade a un punto delante de su cuerpo no excesivamente separado (el grand écart es otra cosa, por cierto), momento en el cual deberá impulsarse con la que ha quedado atrás apoyando su pie con cierta firmeza y lanzándolo con energía hacia adelante hasta que sobrepase a la anterior en una distancia equivalente. A eso se lo llama zancada, que será mayor o menor en función de la longitud de sus extremidades. Este ejercicio repetido una y otra vez con esa alternancia es lo que se conoce por “andar”. Andar por lo tanto presupone una acción, es decir no se trata de un verbo pasivo, ni en plan algo más lírico, contemplativo, aunque al hacerlo se recree con el paisaje. Sin embargo, sí puede ser reflexivo en determinadas circunstancias, pero solo en plan metafórico, como  sabe, porque estoy convencido que usted, como todo el mundo, alguna que otra vez ha tenido que “andarse” con los pies de plomo.  Claro que tomada esta expresión en su literalidad, el movimiento que se le supone al mero hecho de andar, se vería verdaderamente dificultado, más aún si fuera un soldadito (que por cierto siempre andan -que no andan- con las piernas estiradas). Se han dado casos al parecer de sujetos que al bajarse de la cama por la mañana, se han dado cuenta que los pies se le hundían en el parquet, pero tengo la impresión de que quienes lo han manifestado así jugaban un tanto a la literatura fantástica, donde todo es posible (2). Partiendo de estas nociones elementales que usted aprendió de niño/a y que yo he tenido el atrevimiento de recordarle, es fácil organizar una secuencia todo lo larga que usted quiera de este proceso, pudiendo llevarle desde unos escasos metros hacia adelante hasta a Compostela si ha preferido el Camino de Santiago. Por favor, no ande de lado, en diagonal o hacia atrás, puede hacerlo y desde aquí hago llegar mi reconocimiento por sus estupendas facultades para la deambulación multiforme, pero no merece la pena, y sus muslos, rótulas, gemelos y corvejones ( si tal), se lo agradecerán. Recuerde en el último de los casos que no tiene ojos en la zona occipital de su cabeza ni es un búho. Pues bien, creo que con esto es suficiente para que salga al mundo y lo desafíe, aunque le recomiendo que no se lo tome demasiado en serio. Una última apostilla: las extremidades superiores, los llamados brazos, acompañan a las piernas en su movimiento, levantando moderadamente el contrario a aquella que da el paso; es de lo más sencillo, pero hay quienes se obstinan en hacerlo con el del mismo lado, pero queda muy raro y usted sería declarado no apto para desfiles (aunque, mira por donde, a lo mejor se libra de la próxima guerra). Y aquí termina mi exposición que espero no le haya parecido demasiado extensa ni prolija. No me diga que para eso no ha valido la pena y que desde que tiene poco más de un año usted ya lo sabía, porque una cosa es saberlo y otra ser consciente, que es lo que yo he pretendido (3). El correr es otro cantar, y en todo caso será objeto de otro capítulo. Muchas gracias.

 

  1. Usted me entiende. Las piernas no “cuelgan” porque en su interior tienen una serie de huesos que se articulan entre sí y se fijan a la cadera, lo que anula lo que tal verbo quiere decir. Se trata por lo tanto de un abuso del lenguaje que espero sepa perdonarme. En cualquier caso hay sujetos cuya flexibilidad puede transmitir esa sensación, sobre todo si va acompañada de  cierto desmadejamiento general debido a la abulia,
  2. Véase, si no recuerdo mal, la obra de Julio Cortázar
  3. Tenga, sin embargo cuidado en no llegar a lo que en términos biomecánicos se ha dado en llamar “parálisis por análisis”, lo que le llevaría a no dar ni un solo paso más.
     
    P.S.  La posición de “firmes” implica que ambos pies estén juntos a la altura de los talones. Es bien vista entre los militares.  las autoridades y ante los pelotones de fusilamiento
     

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