Como norma
general, para andar se emplean las extremidades inferiores, esa dos
excrecencias que usted puede distinguir en la parte baja de su anatomía y que
como también podrá comprobar llegan exactamente hasta el suelo, con el que
toman contacto a través de los pies, sobre los que no le doy más detalles pues
son de sobra conocidos por usted al estar en general llenos de dedos que se
hacen notar en cualquier instante, sobre todo si tiene juanetes. Antes de
continuar debo en alguna medida rectificar algo de lo dicho más arriba, pues
independientemente de que me haya entendido, no es exacto, y soy un amante de
la precisión y las palabras adecuadas. Me refiero al término “excrecencias”,
que normalmente hacen alusión a algo ajeno o superfluo (ex), y nada hay más
propio y original que las piernas, a no ser que usted carezca de ellas, en cuyo
caso lo lamento, porque estoy convencido de que está facultado para haberlas
sacado un buen rendimiento en circunstancias que no vienen al caso, pero que
sin duda puede imaginar. No quiero extenderme en este punto, pues puede dar
lugar a malentendidos y no está en mi espíritu (es un decir), tal
intención. Y bien, vayamos ya al fondo
de la cuestión que nos ha traído hasta aquí y que en resumidas cuentas, es el
objeto de esta nota. Fíjese bien y verá
que aproximadamente a la mitad de su entera longitud, sus piernas pueden
doblarse hacia atrás con suma facilidad y que si coge alternativamente sus pies, estos pueden llegar hasta su
trasero en lo que se ha dado en llamar estiramiento, sobre lo que tampoco vamos
a entrar aquí, remitiéndole a un libro básico de gimnasia o educación física.
En cualquier caso, le aconsejo que lo haga con frecuencia antes y después de
cualquier ejercicio de cierta intensidad. Para andar, sin embargo, deje que las
piernas cuelguen (1) de su pelvis de forma natural, y haga que una de ellas se
traslade a un punto delante de su cuerpo no excesivamente separado (el grand
écart es otra cosa, por cierto), momento en el cual deberá impulsarse con la
que ha quedado atrás apoyando su pie con cierta firmeza y lanzándolo con
energía hacia adelante hasta que sobrepase a la anterior en una distancia
equivalente. A eso se lo llama zancada, que será mayor o menor en función de la
longitud de sus extremidades. Este ejercicio repetido una y otra vez con esa
alternancia es lo que se conoce por “andar”. Andar por lo tanto presupone una
acción, es decir no se trata de un verbo pasivo, ni en plan algo más lírico,
contemplativo, aunque al hacerlo se recree con el paisaje. Sin embargo, sí
puede ser reflexivo en determinadas circunstancias, pero solo en plan metafórico,
como sabe, porque estoy convencido que
usted, como todo el mundo, alguna que otra vez ha tenido que “andarse” con los
pies de plomo. Claro que tomada esta
expresión en su literalidad, el movimiento que se le supone al mero hecho de
andar, se vería verdaderamente dificultado, más aún si fuera un soldadito (que
por cierto siempre andan -que no andan- con las piernas estiradas). Se han dado
casos al parecer de sujetos que al bajarse de la cama por la mañana, se han
dado cuenta que los pies se le hundían en el parquet, pero tengo la impresión
de que quienes lo han manifestado así jugaban un tanto a la literatura fantástica,
donde todo es posible (2). Partiendo de estas nociones elementales que usted
aprendió de niño/a y que yo he tenido el atrevimiento de recordarle, es fácil
organizar una secuencia todo lo larga que usted quiera de este proceso, pudiendo
llevarle desde unos escasos metros hacia adelante hasta a Compostela si ha
preferido el Camino de Santiago. Por favor, no ande de lado, en diagonal o
hacia atrás, puede hacerlo y desde aquí hago llegar mi reconocimiento por sus
estupendas facultades para la deambulación multiforme, pero no merece la pena,
y sus muslos, rótulas, gemelos y corvejones ( si tal), se lo agradecerán.
Recuerde en el último de los casos que no tiene ojos en la zona occipital de su
cabeza ni es un búho. Pues bien, creo que con esto es suficiente para que salga
al mundo y lo desafíe, aunque le recomiendo que no se lo tome demasiado en
serio. Una última apostilla: las extremidades superiores, los llamados brazos,
acompañan a las piernas en su movimiento, levantando moderadamente el contrario
a aquella que da el paso; es de lo más sencillo, pero hay quienes se obstinan
en hacerlo con el del mismo lado, pero queda muy raro y usted sería declarado
no apto para desfiles (aunque, mira por donde, a lo mejor se libra de la
próxima guerra). Y aquí termina mi exposición que espero no le haya parecido
demasiado extensa ni prolija. No me diga que para eso no ha valido la pena y
que desde que tiene poco más de un año usted ya lo sabía, porque una cosa es
saberlo y otra ser consciente, que es lo que yo he pretendido (3). El correr es
otro cantar, y en todo caso será objeto de otro capítulo. Muchas gracias.
- Usted me entiende. Las piernas no “cuelgan” porque en su interior tienen una serie de huesos que se articulan entre sí y se fijan a la cadera, lo que anula lo que tal verbo quiere decir. Se trata por lo tanto de un abuso del lenguaje que espero sepa perdonarme. En cualquier caso hay sujetos cuya flexibilidad puede transmitir esa sensación, sobre todo si va acompañada de cierto desmadejamiento general debido a la abulia,
- Véase, si no recuerdo mal, la obra de Julio Cortázar
- Tenga, sin embargo cuidado en no llegar a lo que en términos biomecánicos se ha dado en llamar “parálisis por análisis”, lo que le llevaría a no dar ni un solo paso más.P.S. La posición de “firmes” implica que ambos pies estén juntos a la altura de los talones. Es bien vista entre los militares. las autoridades y ante los pelotones de fusilamiento
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