sábado, 20 de junio de 2015

EL CURA IV Podéis ir en paz



Al día siguiente, Aurelio no se presentó en la tertulia, pero me llamó por teléfono. Me pidió que fuese a su casa porque quería devolverme “El monje”, y sobre todo enseñarme un diccionario literario italiano muy bueno, que acababa de comprar y que por su volumen no podía llevar al Gijón. Pero yo lo tenía claro: el cura no podía más y quería echarme un polvo. Al entrar en su casa se mostró tan educado y cortés como siempre, como si nada hubiese pasado entre los dos. Después de la copa de rigor y de que él se hubiese despachado a gusto sobre las bondades del Bompiani, me acomodé en un butacón frente al suyo, cerré los ojos, me bajé las bragas despacito para punto seguido tirárselas a la cara y abrí las piernas. Con la falda bien subida empecé a tocarme y enseguida a masturbarme lentamente. “Tú mira, Aurelio”, fue todo lo que le dije. Fantaseaba con los ojos cerrados en el infinito placer que debía experimentar el cura después de tanto tiempo de provocación. Mis dedos se desplazaban cada vez más rápido arrancándome gemidos de placer que encontraban su eco adecuado en los jadeos de Aurelio.
Lo que sigue ya se contó con anterioridad, y aquel hombre supuestamente santo se convirtió de repente en lo más parecido que nunca he visto de un sátiro endemoniado.
¡Qué recuerdos tan chocantes en un día de luto, aunque pensándolo bien, quizás era el mejor homenaje que podía tributarse a Aurelio al día siguiente de pasar a mejor vida.
Al despedirnos, bueno chicos, nos vemos, etcétera, etcétera, Paco me guiñó un ojo y me sacó la lengua de forma juguetona. Tenía cogida a Carla por los hombros. Ella también me guiñó un ojo. Debían de haberse reconciliado. En cualquier caso, esto no se acaba aquí, me dije al salir. Afortunadamente.

EL CURA III Canon 2



Era cierto que aquellas tertulias eran mucho más que mis coqueteos con Aurelio, por otro lado inadvertidos por el resto, con quienes mantenía una relación compensatoria no fueran a creerse que yo tenía alguna aventura con el misionero. Pero también es cierto que tras aquel día comencé un asedio sistemático. Algunos días mantenía con él charlas cordiales y serias sobre cualquier cosa, pero en cuanto podía intentaba que notara mi interés. Por ejemplo, era frecuente que dejase que una de mis rodillas rozase con otra de las suyas el tiempo suficiente para que él se diese cuenta de que aquello no era casual. Otros días, sin embargo, me mostraba esquiva y reticente, o incluso fingía cierta indolencia o desagrado ante él, percibiendo entonces su confusión y desasosiego, por lo que sin duda interpretaba como un doloroso abandono. Otros días, los menos, cuando percibía que el pobre lo estaba pasando realmente mal, me acercaba insinuante, juguetona, seductora, haciéndole unas confidencias tan íntimas que debía ponerle al borde de un ataque de nervios.
 “Aurelio -le dije un día que mi metodología de asedio cartesiana tenía previsto como de no retorno- como tú que eres o has sido cura, quiero hacerte una pregunta muy personal. La verdad es que me da cierta vergüenza, pero creo que con la confianza que tenemos es mejor hacértela. Sucede que en mi vida hay algunos momentos en los que no puedo reprimir cierto sentimiento de culpa”. “Por ejemplo, cuando me masturbo”, corté por lo sano.  “Ah! ¿Te masturbas?” jadeó Aurelio. “Por favor- le dije simulando estar casi ofendida- soy una mujer adulta, separada hace años…” “Tú dirás -insistí fingiéndome compungida ante su aparente incomprensión- compréndelo, Aurelio, hay noches en que me siento muy sola, y necesitaría un hombro donde reclinar mi cabeza, unos brazos fuertes rodeándome…la vida es dura sin un cariño próximo. Es en esos momentos, querido Aurelio, cuando siento el impulso de tocarme buscando cierto alivio, creo que no es tan difícil de comprender…” Aurelio, evitando entrar en detalles, se ofuscó entonces mezclando una serie de argumentos y contra argumentos, que aunaban la doctrina cristiana de la culpa original  con interpretaciones antropológicas de otras culturas, en las que el goce onanista (y más si se trata de una mujer) es considerado como un pecado grave ante una supuesta ley natural. Incluso, si no recuerdo mal, terminó aludiendo a la ablación del clítoris en ciertas culturas africanas. “El goce, Raquel, no siempre tiene que pasar por la zona genital…” concluyó un sofocado Aurelio, que había echado mano de todo su bagaje cultural como artillería pesada, sin duda para acallar lo más rápidamente posible los latidos de su polla que debía estar a punto de enloquecer detrás de la bragueta.
En otra vuelta de tuerca de aquel proceso de seducción erótica, se me metió en la cabeza que debía llevarle a un grado tal de calentamiento, que hiciera que se corriese allí mismo, o que tuviera que visitar los Servicios para aliviarse. La ocasión no tardó en presentarse. Yo había estudiado previamente las posibilidades de que Aurelio, y solo él, pudiera verme el chocho allí mismo, sin que los otros se dieran cuenta. Se trataba de sentarnos a la mesa de forma que los dos nos quedáramos solos a un lado, y a la suficiente distancia para que el pudiera observarlo si que yo tuviese que hacer una tabla de gimnasia. Cualquier día con poca gente en el local y los contertulios suficientes para disimular sería bueno. Bastaría que yo me sentase en una de las esquinas frente a los ventanales, de forma que la situación no pudiese ser obvia  más que para él. Y así fue. Aquel mes de mayo caluroso, empecé a ir sistemáticamente a la tertulia, sin bragas, y a la tercera fue la vencida.
Ya metidos en harina, en una increíble conversación (aquello se estaba poniendo demasiado pesado) sobre la importancia de que en el proceso terapéutico el paciente colabore con el analista (cuyo “ponente” era Alejandro Buñatis, un psiquiatra recién incorporado al grupo), aproveché la ocasión para abrir bien las piernas en dirección a Aurelio, manteniéndolas así durante unos segundos, para continuar punto y seguido con todo un ajetreo de abrirlas y cerrarlas, con el ángulo de los muslos necesario para que no hubiese duda de que me veía. “Lo” veía, quiero decir. Yo, para que no tuviera ninguna duda de qué era exactamente lo que tenía ante los ojos, iba con una falda blanca plisada, bastante demodé para la época, por cierto, pero que me permitía una gran facilidad de movimientos, al tiempo que, por contraste con ella, lo hacía bastante evidente. En casa, además, me había cerciorado de que me vería haciendo pruebas frente a un espejo de cuerpo entero. Fue un triunfo en toda regla, estoy segura. Aquella tarde, además, había mucha luz en el Gijón, y me encargué de respetar rigurosamente los movimientos ensayados, que hacían que se viera con toda claridad el rosa asalmonado de mi vulva abriéndose. Aurelio no tardó en disculparse y bajar precipitadamente a las toillettes, donde estoy seguro que se hizo la mayor paja de su vida. Tardó casi un cuarto de hora en subir, y al incorporarse al grupo, parecía tranquilo pero agotado. Posiblemente fueron dos.

EL CURA II Canon 1



Recordé entonces vívidamente mi relación con Aurelio aquella tarde en su casa. Era la primera vez que nos acostábamos, y Aurelio, que hasta entonces se había comportado como una persona extraordinariamente correcta, parecía fuera de sí, y ya en la cama se había empeñado en correrse en mi cara. Yo puse alguna pega, pero él insistía “déjate de hostias – ¡Díos mío en boca de un cura!- que te lo vas a tragar todo”.  ¡La polla de Aurelio sobre mi cara!, aquello era lo que recordaba de él con mayor nitidez, y lo que pude responder a Fernando Su enorme cipote delante de mis ojos, debajo de su rostro congestionado por el deseo. Y a pocos centímetros del glande, colgando de una larga cadena sujeta al cuello, un crucifijo de plata. ¡Dios mío- pensé entonces sacrílegamente- una especie de cristo empalmado y enfurecido me exigía que me lo comiera todo! ¡Me la vas a rebañar bien, que me has puesto a mil y ha llegado el momento de que te enteres de que uno puede ser un cura, e incluso un ex cura reprimido, pero no un gilipollas. ¡Como hay Dios que esta te la comes! dijo dando un empellón y metiéndome aquel cacharro entre los labios. ¿Aquel era Aurelio o una ensoñación, un espejismo? La pregunta de Fernando me había transportado tiempo atrás, y desde aquel momento la reunión del Gijón pareció perderse entre la humareda del café. Voces, carcajadas, música, todo había pasado a segundo plano, aunque yo como una autómata siguiera charlando con todo el mundo. Mi mente, sin embargo, se fue a aquel primer día con Aurelio al poco de conocerle: cura que abandona la iglesia por motivos ideológicos y al que yo enseguida me empeñé en conquistar. Bueno, quizás ese no sea el verbo más adecuado, de hecho, me había propuesto motivarlo, ponerlo cachondo y sacarlo de quicio ¡Un cura! para mi aquello era, mira por donde, “bocatto di cardinale”, o si se quiere, con todas las diferencias evidentes “teta de monja”, que en esto de la castidad y el sexo ya se sabe que abundan las expresiones.
Y empecé pegando fuerte de entrada. Quería que tuviese claro que tenía frente a sí, sin ningún género de dudas, más que a una contertulia de los Martes y los Jueves que no hacía ascos a hablar de temas culturales, científicos, políticos, religiosos o lo que fuese,  a una mujer de verdad, no fuera a ser que con tanto devaneo intelectual llegara en su



ofuscamiento, a confundirme con Rosalía de Castro o Margaret Thatcher. O Teresa de Jesús, con la que el asunto místico, en cualquier caso, no está totalmente claro.
Al poco de conocernos, y en uno de nuestros frecuentes apartes en el Gijón o el Oliver, le dije que iba a prestarle un libro muy divertido que podía gustarle, una novela gótica del dieciocho cargada de humor, que tenía cierta relación con su estado civil. Se trataba de “El monje” de Matthew G. Lewis que me hizo mucha gracia cuando empecé a leerla. “El hábito no hace al monje, pero disimula sus erecciones” era la cita con la que comenzaba, y me interesaba su reacción ante este tipo de proposiciones, así que poco después de prestárselo le pregunté qué le había parecido. “Lo cierto – me dijo- es que no he tenido tiempo, pero ya te diré cuando lo haga…” “pero bueno- le dije poniendo cara de inocente aludiendo a la cita mencionada- por lo menos habrás leído como empieza…” “Bueno, solo un poco…” “Y qué te parece lo del monje y el hábito”,  me decidí atacar para no eternizarnos con el tema. “Ah! ¿Cuál?...sí, ya recuerdo…la cita esa…bueno, es divertida…” “Es divertida, pero no es real- me lancé en tromba- porque Aurelio, tú sabes muy bien que ni la saya más gruesa disimula un pene erecto de tamaño medio ¡y no digamos si se trata de un pene como Dios manda!…” Aurelio acusó el impacto a pesar de lo académico de su lenguaje, y balbuceó a duras penas “¡Hombre, Raquel, desde luego que la cita no es exacta, que lo que el autor pretende es un golpe de efecto, pero en fin…” “O sea que estás de acuerdo conmigo-dije adoptando una actitud casi doctoral…que un pene medio, digamos de quince o dieciséis centímetros, no podría esconderse así de fácilmente…” El pobre Aurelio se había puesto rojo, pero intentaba mostrarse comedido y no afectado por mis palabras. “Por cierto, Aurelio - continué sin darle tiempo a templar gaitas -¿el pene erecto debe siempre considerarse con el glande fuera o eso no tiene importancia?…¿sería poco agradable ¿no?”. El aluvión de barbaridades que le solté, incluidos todos los tecnicismos del mundo, hizo que el cura aprovechando una inoportuna interrupción del lila de Alfonso, aprovechase la ocasión para largarse sin decirme ni siquiera adiós. Aquella fue la primera carga de profundidad en la conciencia de Aurelio. Aquel día debió tener claro que yo era una mujer pidiendo guerra, y tengo la convicción de que aquella noche, a pesar de su precipitada fuga, no durmió en paz hasta no haberse consolado personalmente a mi salud.


EL CURA I Introito



Cuando el grupo volvió a reunirse fue por un motivo muy diferente del habitual. Nada que ver con los viejos tiempos de las tertulias en el Gijón o el Oliver, según se diera la tarde. El pobre Aurelio había muerto, y desgraciadamente esta vez nos reunimos en el cementerio de la Almudena. Caras largas y pálidas debido a lo triste de la situación y al frío intenso de Febrero a primera hora de la tarde. Fernando enseguida me reconoció y se acercó a mí muy afectuoso. “Hola Raquel-me dijo- hoy estamos todos de luto”. Una obviedad a la que asentí sin añadir nada, porque en aquellos precisos instantes el sacerdote comenzó un responso frente a la tumba y no me pareció el momento más adecuado.
    Cuando todo terminó, después de las paladas y el breve pésame a Charo, hermana de Aurelio y su único familiar, los habituales de la peña pudimos saludarnos con más naturalidad. Lo cierto, sin embargo, era que la muerte de Aurelio parecía habernos afectados a todos de verdad. Habían pasado casi tres años desde la última reunión, que  no volvió a celebrarse por los motivos habituales en un grupo como el nuestro, especialmente porque por una u otra razón no nos poníamos de acuerdo para ello, y posiblemente por una cierta desgana que no nos atrevíamos a confesar. Yo empecé a trabajar con un horario fijo y frecuentes viajes de empresa, Fernando se fue a vivir a Fuente del Saz, y Carla y Paco se separaron y no les parecería de lo más adecuado volver a coincidir periódicamente, etcétera, etcétera…incluso el propio Aurelio que era algo así como el alma mater del grupo (aunque luego se mantendría casi al margen en una de sus actitudes paradójicas que más tarde llegué a considerar normales), decidió mudarse cerca de no sé qué parroquia al sur de Madrid. Bueno, no parroquia exactamente, porque él había dejado de ser cura hacía tiempo, sino “área de catequesis” o como los curas o ex curas rojos y progres llamaban a determinadas zonas de la capital, según ellos, todavía pendientes de evangelizar. ¡Puñetas! en el fondo cosa política o de sindicatos, es lo que yo pensaba.
  A pesar de la premura de la situación y del frío que nos empujaba a dispersarnos, meternos en el coche y salir pitando, o precisamente por eso, llegamos rápidamente a ponernos de acuerdo y vernos en una hora en el Gijón. Estábamos todos o casi todos. Me llamó la atención Paco. De hecho, y a pesar de no parecer el momento adecuado, casi me pongo cachonda cuando me dio la mano, cálida y firme reteniendo la mía durante unos momentos, seguida de un beso cerca de la comisura de los labios. “Tan guapa como siempre, Raquel” dijo con una sonrisa amplia y franca. “Tú también estás muy bien”, le contesté cerciorándome de que Carla, su ex mujer, no andaba cerca.  Y así fue, en el Gijón apareció la basca de años atrás, todos gente estupenda, pero sobre todo interesante, con la única excepción, al menos para mí, de Alfonso con sus ordenadores y su visión del mundo como un jeroglífico, a resolver, según él, por métodos exclusivamente matemáticos. Al carajo con aquel idiota.
En el Gijón tras saludarnos aliviados con el aire calentito del interior, empezamos enseguida una ronda de de café y carajillos, y enseguida continuamos con pacharanes, coñacs y otras mariconadas de moda de moda por entonces, como los licores de melocotón, manzana y otras porquerías. Al poco, el tono había subido varios enteros, y el ambiente en nuestro rincón comenzó a parecerse más a la tarde de un sábado en Casa Mingo entre botellas de sidra, queso y chorizo. Nos estábamos tomando la revancha del entierro ¡qué coño! Al pobre Aurelio (qué manía con lo de pobre en estas ocasiones!) le hubiera parecido bien. A pesar de su equilibrio y contención tenía un punto de ácrata, poco de acuerdo con su procedencia y los valores oficiales establecidos. Fernando, sin embargo, parecía el más sobrio y era evidente que maniobraba para arrinconarme y hacerme partícipe de alguna confidencia. “Ya ves, Raquel, lo que son las cosa, tú todavía eres una niña – ¡sí, leches pensé para mí misma y mis treinta y seis tacos!- pero  ocasiones de pérdidas como esta son para hacernos reflexionar. Quien lo diría, Aurelio ya se dio de baja-ironizó- aún recuerdo aquellas tardes cuando venía por casa y charlábamos hasta las tantas de todo lo divino y lo humano, los tres. Mi mujer, él y yo. Eso es lo que más me ha quedado de Aurelio, nuestras charlas en casa…” “¡Ay madre-me dije- a este le ha dado sentimental y llorona! “Ya ves, Raquel, es lo que hay. Por cierto ¿Cuál es el recuerdo más fuerte que tienes tú de tu amistad con Aurelio?
¡Madre mía! debió notar que algo raro me pasaba cuando empecé a balbucear, incapaz de dar una respuesta atinada “¿Estás bien? “Sí, sí, estoy perfectamente” le respondí. Y realmente era así. Lo que sucedió es que al preguntarme eso, acudieron a mi mente como un fogonazo las escenas del momento preciso que tenía más intensamente grabadas con aquel cura, bueno con aquel hombre. Sí, sí, hombre, en resumidas cuentas.

EL GORDO III El desenlace: la venganza y el gozo



Rafael se derrumbó definitivamente sobre el sofá. Algún mecanismo dentro de su mollera debió decidir que tenía que rendirse. “Si tú lo dices”, exclamó casi disculpándose. “Sí, te lo dice Raquel, tú ahí calladito. Ojo, ver y no tocar, como decía papá en Reyes, gordito. Te voy a confesar algo que a lo mejor no te vas a creer, pero nada más verte supe que me lo iba a pasar muy bien contigo. Sí, nada más verte se me revolucionó esta maquinita aquí abajo… ¿ya sabes de qué hablo, verdad Rafaelito? No seas tímido, mamá por fin te va a dejar ver todo lo que querías cuando la espiabas al bañarse, y tú te hacías el despistado. Ven, acércate y toca. Ven, no te asustes. Y ahora ven conmigo a la camita que quiero enseñarte algo más…”
A esas alturas de la película, la verdad es que yo ya estaba prácticamente a punto de correrme, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para calmarme. Mientras le guiaba hacia el dormitorio, pensé en el Polo Norte, en una tribu de esquimales y en cantidades ingentes de helado de fresa con limón. También, incomprensiblemente, me acordé del desafortunado día en que Tomasito, mi primer marido, se tiró a la asistenta en casa y los pillé. El hecho es que todo aquello hizo que llegáramos a la cama sin mayores incidencias. “Como te decía, Rafita, Raquel te va a enseñar sus secretos más profundos, sus fragancias más íntimas. Tienes suerte que una tía tan buena como yo esté ahora aquí contigo. Es como si te hubiera tocado el gordo- ¡anda coño, mira por donde! exclamé soltando una carcajada – así que no me vengas con remilgos ni me pongas morritos. Túmbate de una vez y quítate la camisa y el pantalón antes de que me enfade. ¿Qué sientes por ahí abajo por donde termina la barriguita? ¿Tienes la pilila dura? ¡Venga, túmbate ya!” Definitivamente, lo que me había imaginado era poco. Aquel armario ropero tendido panza arriba en la cama, era como un colosal mastodonte cebado durante años. Le agarré de la tripaza con las manos como garfios (sorprendentemente sus michelines eran más consistentes de lo que podía imaginar), y después de ponerle una buena dosis de aceite perfumado, empecé a amasarlos como si se tratara de una espesa papilla de engrudo, que tras ceder y desparramarse entre los dedos, se rehacía a cada apretón, cada vez más firme. “Estás cachondo, Rafita, gordito cabrón-pude decirle casi sin resuello- ven dame ahora esa manita y métela aquí abajo, lo ves, lo sientes…pues no es para ti, te vas a joder, porque esto solo se lo doy a mis amigos de verdad, no un gordo insufrible como tú…mete ese dedote gordo empapado en tu bocaza, desgraciado, chupa, chupa como si fuera la teta de mamá.
Los dos jadeábamos, Rafael de pronto se estremeció y empezó una especie de pataleo agitado…¡No, no te me vayas a ir ahora! le dije imperativa, tú te esperas a que Raquel se restriegue los pezones contra tu panza…así…así…así…míralos, Rafaelito cariño, son como castañas ¡están tan ricos!...pero tú no te los vas a comer, como ya te dije son solo para mis amigos(y en esos momentos pensé que incluso podrían ser para el hijoputa de Raúl, si no fuera porque a esas alturas ya estaría en la ducha). Pero tranquilo, y deja en paz esa cosita que tienes ahí abajo, con ese cacahuetito no vas a ningún lado, y como tú comprenderás no estoy yo para enderezar lo que Dios hizo tal cual. Todavía te queda lo más hermoso, la visión próxima, inmediata del mayor misterio que vieron los siglos, aquello por lo vosotros los hombres, generación tras generación, robáis, engañáis y asesináis sin cuento…El chocho, el chocho, idiota. La Almeja Cósmica, el Paráclito del Señor, el Espíritu que flota sobre las aguas, el Redentor de todo mal…ven aquí, mi amor, abre bien los ojos y mira, observa como se abre frente a ti la maravilla de las maravillas: ¡el chumino de Raquel! Con los dedos me separé bien los labios de la vulva delante de sus morros indecentes, dejándole ver su interior rosa aterciopelado. “Saca la lengüita corazón, bébete esta cascada que fluye de mi interior como si de un divino néctar se tratara. Guarda en tus ojos esta aparición irrepetible, siente como se desparrama por tu boca y tu barbilla, este cáliz sublime, como chapotea contra tu pecho el más preciado de los elixires, aquel por el que fuiste concebido. Sí, es a este Eldorado a donde todos emigráis, por lo que todos, digáis lo que digáis, sois capaces de traicionar a vuestros seres más queridos. Bebe pues, mi amor, grandísimo hijo de puta”. “¡Pero no te vas a quedar solo así!” le grité totalmente fuera de mí “¡tengo otro regalito para ti…ten…ten…bébete este cava espumoso, le dije dejándome ir ruidosamente sobre su rostro convertido en un mapamundi borroso.
Rafael emitió entonces una serie de  de gruñidos, abrió la boca y ante mi sorpresa, antes de desmayarse, empezó a bebérselo todo glotonamente. “¡Dámelo, dámelo todo, muñequita!” repetía una y otra vez mi adorable y detestable gordo.

                                                              THE  END

EL GORDO II El gordo



Cuando quise darme cuenta, me había sentado a su lado. No sé como. Debí actuar como una sonámbula. Pero allí estaba, junto a mi adorable gordo, que al sentirme cerca se había vuelto ostensiblemente hacia la barra y apenas osaba levantar la mirada de lo que resultó ser un Campari con sifón. Pero yo estaba decidida a no darle tregua. Si huía de mí iba a tener que largarse pronto, porque yo no iba a dejar escapar aquella oportunidad. Todo estaba resultando bastante increíble.  Aquella persona no me gustaba en absoluto, sentía un malestar casi físico ante su solo presencia, pero lo más inverosímil es que al mismo tiempo no paraba de fantasear con aquella extraña situación. Humillación, esa era la clave. Recordé entonces mi anterior relación con Raúl, y pensé  que debía existir algún tipo de conexión entre ambas situaciones.
     ¡Hola! le dije con voz bajita y grave, que sé que es lo que le gusta a los tíos, una voz un tanto cazallera que les motiva, porque deben sentirse intimidados y a la vez atraídos ante la voz de un barítono con tetas. El gordo se movió discretamente, o mejor dicho, ladeó la cabeza y me miró a los ojos. Los suyos eran lo que supuse, un par de ciruelas claudias, acuosos y traslúcidos, parecidos a los de un besugo en la vitrina de una pescadería. ¡Hola! exclamó con una voz asexuada y dulzona ¡Hola! le contesté, y le miré largamente abismándome en la inexpresión de sus ojos de maquinita tragaperras.  A través de su mirada recibí una súplica que enseguida quise complacer, y sin demasiados preámbulos me lo llevé en mi destartalado taca-taca hasta mi destartalado apartamento Castellana arriba, despidiéndome apenas de mis atónitas amigas. La verdad es que era un apartamento estupendo, que solo mis ajetreos de los últimos tiempos me lo habían desmontado un tanto.
Rafael, que así resultó llamarse el gordito, se dejaba hacer. En el coche, al que accedió tras varios intentos infructuosos, no dijo ni pío, limitándose a mirar hacia adelante, aunque creo recordar que me contó no sé qué historias de su madre, fallecida años atrás, pero al parecer siempre presente en su corazón de plantígrado. Frente al Bernabeu, para mi asombro, ya me sentía completamente empapada. “Estoy toda mojadita cariño”, le dije, en parte porque era la pura verdad, y en parte para ver como reaccionaba. No contestó, posiblemente ni siquiera comprendió el sentido, o supuso que me refería a la lluvia que afuera comenzaba a chispear. Me irritaba tanta pasividad, así que en el ascensor no pude evitar meterme un dedito debajo de la braga, empaparlo bien, y pasárselo por su naricita de bellota. De nuevo aquel mentecato pareció no darse cuenta, confirmándome la tesis del meteoro. ¡La lluvia, ya se sabe! exclamó el desgraciado. La lluvia, la lluvia…Il pleut dans la ville comme il pleut dans mon coeur…recordé vagamente aquellos versitos de Verlaine, que solía utilizar de jovencita para ligar con los escasos chicos sensibles que se atrevían a acercárseme. Pero ahora no era cuestión de dejarse arrastrar por añejos arrebatos líricos, ni por pinitos en francés para impresionar.
   Al entrar en el apartamento, Rafa dejó caer su inmensa mole sobre mi desvencijado sofá, superviviente de no sé cuantas mudanzas. “Cariño, ten un poco de cuidado-le dije con una entonación cargada de mala hostia- que no eres ningún peso pluma…” “Perdóname, perdona- se precipitó a excusarse después de soltar un fenomenal bufido. “Ponte cómodo, corazón, anda, dame la chaqueta y quítate la corbata que te vas a asfixiar. Relájate que en cuanto me ponga cómoda te voy a preparar uno de esos Camparis que tanto te gustan.
La situación resultaba de lo más surrealista. Aquel gordo horrendo parecía un rinoceronte mancornado que hubiese irrumpido en el desbarajuste de aquel antro, plagado de estrafalarias imitaciones de iconos, láminas de Bacon y Hopper y de puñetitas de corcho y cuero, que se empeñó en regalarme alguna vez el chalado de Luis, procedentes al parecer de un extraño negocio que había montado un pariente en Extremadura, a donde finalmente se fue a trabajar dejándome a la luna de Valencia. ¡Humillación! ¡Este se va a enterar de quien es Raquel! Estoy segura que en su melón se ha empezado a despejar la niebla, y ya tiene idea de qué va el asunto. “Hay algo en ti que me recuerda a mamá” exclamó Rafael con cierto regocijo, como si hubiera resuelto un jeroglífico en el momento que entré en el salón con el Campari en la mano. “¿No será esto – le solté a quemarropa- abriéndome lascivamente el batín de seda chino, y dejándole ver el felpudito durante unos segundos? “¡Dios mío -gritó el gordito incorporándose a duras penas- Esto es demasiado!” “¿Demasiado? -repliqué yo- ¡cállate ya, inútil, que en tu vida has visto cosa igual, cállate y siéntate, que te vas a enterar!”.

EL GORDO I El Morocco



Aquella noche fui al Morocco sin demasiadas ilusiones, de hecho ni me apetecía salir, pero Carola y Fanny insistieron tanto que no tuve más remedio. Luis acababa de irse y la cosa iba para largo. En el fondo, yo sabía que aquello era definitivo. No me unía a él más que una gran simpatía y los cuatro o cinco polvos semanales que echábamos en casa de de Andresito. Demasiado poco para un corazón como el mío, al que le gustan las aventuras apasionadas, pero necesita una dosis mayor de romanticismo. Era una relación placentera pero inocua. No basta con que te la metan a fondo o se muevan muy bien para que una se sienta vinculada de verdad al artista.
   Así que en la media luz de la sala, dejé vagar los ojos sin otra expectativa que la de pasar el  rato, y que mis amigas pensaran que habían hecho una buena obra sacándome a pasear. ¡Vamos, Raquel guapa, anímate, que no es para tanto! me urgía la ingenua de Carola, pensando que echaba mucho de menos a Luis, “el junco de del Puerto de Santa María”, como le llamaban sus admiradoras. “Considera que después de todo hay otros hombres tan interesantes o más que él”, matizaba la cursi de Fanny, que ejercía de poetisa o putón, según las necesidades del momento. Lo cierto es que aquel ambiente me gustaba, hacía tiempo que lo frecuentaba, y dentro de lo que ofrecía la noche de Madrid me parecía el lugar más animado y acogedor. Gente de lo más variada. Gente de la movida de otros tiempos y de la farándula de moda, mezclada con jovencitos y jovencitas rompiendo aguas. Chuletas y despistados de última hora en Gran Vía. Se estaba bien.
Eché un vistazo a la barra. Al fondo, cerca de los servicios, un hatajo de macarras pelados al cero vociferaba diciendo chorradas, tratando de llamar la atención de un grupo de solteronas naufragadas en la noche buscando un romance imposible. Un poco más cerca, tres maduritos, barriguita incluida, intentaban charlar pausadamente con evidentes muestras de disgusto hacia sus alborotadores vecinos, que, conscientes de ello, de vez en cuando soltaban alguna frase hiriente del tipo ¡pues que se jodan! en plan desafiante. Más allá, la barra se vaciaba hasta el incombustible grupo de Raúl, que con el pelo engominado hacía posturitas rodeado del correspondiente grupo de admiradoras de esa noche. ¡Pero mira que es tonto, joder! pensé para mis adentros. Él estaba convencido de ser un duro de película, y lo cierto era que aquel idiota se había tirado a más de la mitad de las clientas habituales del Morocco…a mí incluida. ¡A mí! que en una noche infausta quise probar si aquel idiota tenía en otro lugar de su anatomía algo más consistente que su vacía cabezota. Y resultó un fiasco, porque me lo tuve que hacer solita mientras él se la pelaba infructuosamente al pie de la cama.
  ¡Mira que está bueno! dijo esta vez el putón de Fanny, mientras disimuladamente se metía una mano debajo de la falda, y Carola, cabeceando, adoptaba una actitud analítica de entomóloga evaluando especimenes, ratificándolo: ¡desde luego, desde luego! Nunca les confesé mi desgraciada experiencia, y no porque no me apeteciera echar abajo el mito, sino porque en el fondo me humillaba haber claudicado ante aquella especie de eunuco engreído. Esa era la palabra clave: humillación. Me encontré de repente divagando a todo trapo ¿qué hubiera pasado si aquel tipo me lo hubiera hecho como Dios manda? ¿Qué hubiera pasado si en lugar de dar gatillazo, aquel chulo putas de mierda me hubiera puesto a mil mientras me lo comía bien comidito, y después me clava un pollón que me deja sin aliento? ¿Qué hubiera pasado si después de todo eso me dice que buena estás, jodida…quiero verte otro día, y se larga con ojitos de cordero enamorado dejándome hecha unos zorros, pero temblorosa suspirando por otro polvo? Tan abstraída estaba con mis elucubraciones, que tuve que disimular echando precipitadamente un trago de mi tequila-cola, y ahogando un jadeo sobre el respaldo del canapé. Agua pasada, me dije tratando de tranquilizarme paseando la vista sobre el grupito de aquel mastuerzo.
   Nada más, la barra hacia el fondo se despoblaba hasta un tipo enorme despatarrado indolentemente sobre un taburete, incapaz de contener semejante trasero. ¡Otro tequilita que la noche es joven! me animé a mí misma, en vista de que Fanny y Carola se habían desentendido de mí definitivamente, enfrascándose en una increíble conversación sobre el tamaño de la polla de los tíos en función de la nariz y la longitud de los dedos del propietario. ¡Qué antiguo! ¡Qué antiguas! El gordito, el jodido gordito ¿Quién coño sería? Era la primera vez que aquella especie de hipopótamo debía acercarse a un lugar como aquel. Bajo el haz de luz que de refilón descubría su incipiente calva, el gordo parecía la persona más desamparada del mundo. De vez en cuando hacía algún movimiento al ralentí, cogía la copa de la barra –seguro que bebía una tónica- y con gestos despaciosos, amplios, casi ceremoniosos, la apuraba y se repantigaba un poco más sobre el desfalleciente taburete, el barrigón cayéndole en oleadas sobre las piernas. ¡Gordo de mierda! pensé más te hubiera valido quedarte en casa con mamá, o viendo en la tele un folletín sudaca. Por un momento me imaginé que se dirigía melosamente a mí diciéndome: ¡Mi amorcito, como sós de ingrata con alguien que os ama tanto…! ¡Había que fastidiarse! aquella bola de sebo cargada de los más delicados sentimientos hacia mi persona. ¡Mi amorcito…! ¡Mi amorcito…! Lo que me faltaba.

viernes, 5 de junio de 2015

PIEDRAS



Esta piedra no me habla pero no se lo tengo en cuenta. No puedo reprochárselo, a pesar de no tener la total certeza de que es incapaz de ello. No tiene cerebro, eso es evidente, no hay nada parecido en su interior, pero nunca se sabe. La naturaleza oculta misterios a contra corriente de lo que juzgamos razonable, y basado en esta consideración, siento nacer en mí cierta animadversión hacia ella que mucho me temo que no haga sino aumentar.



Me dicen que mi necesidad de hablar sin parar está adquiriendo niveles enfermizos, pero no me van a impedir hacerlo. Ellos sin duda tiene sus razones para opinar así, pero yo también las tengo para no cerrar la boca, y deben hacer el mismo esfuerzo que yo hago yo para comprender su mutismo. Después de todo tienen muchas opciones para no oírme. Y los tapones en los oídos es la menor que se me ocurre.



Esta tarde voy por fin a ver una obra del teatro de vanguardia que al parecer hace furor en Centroeuropa y en algunas regiones del lejano Oriente. Se trata de unos individuos (hombres y mujeres) cuya actuación consiste en imitar al público que los contempla hasta en sus mínimos detalles, de tal manera que este (del que yo formaré parte esta tarde) tenga la impresión de hallarse ante un espejo. Voy disfrazado de avestruz, y no creo que el elenco de la compañía que nos visita esté preparado para ello, a no ser que alguien esconda la cabeza, claro está (al parecer valen las metáforas).



Salgo a la calle y enseguida me llaman: “oye, tú, hola, buenas…” Toda esa retahíla de palabras y expresiones al uso que se emplean cuando hay mucha confianza. Me llaman, es cierto, pero nunca me nombran, como si tal cosa les infundiera un temor incomprensible o un miedo cerval, lo que es posible que mitiguen acudiendo a tales subterfugios. O quizás sucede todo lo contrario, y mi nombre más que pavor les provoque un ataque de risa, a la que no podrían hurtarse una vez dicho. Claro que ahora que lo pienso, ni yo mismo recuerdo si tengo un nombre verdadero o solo soy una amalgama de letras que no vale la pena pronunciar.



Se me reprocha el mero hecho de ser quien soy, como si una vez constituido en un sólido (con todos los matices que se quiera), uno tuviese la capacidad de hacer flap y convertirse en otra cosa. Aunque, bien pensado, no pierdo nada por intentarlo y convertido en un okapi o un casuario, llevar una vida plena de sentido en la selva africana o la fronda australiana. Nunca se sabe.

lunes, 1 de junio de 2015

DEDOS



Tengo un cuerpo, eso parece evidente, porque los demás no dejan de recordármelo haciendo con frecuencia alusiones más o menos veladas a algunas de sus partes. Aunque después de todo, podría no serlo tanto y solo existir como alguna de estas. Ser solo piernas, brazos, cabeza o tronco. Voy a investigarlo.

De hecho, si debo decir la verdad, no me importaría ser solo piernas. Después de todo, son ellas las que me hacen percibir la gravedad, y me transmiten esa sensación de solidez que me mantiene pegado a la superficie del planeta, confirmando de esta manera mi existencia. Ser cojo o ir en silla de ruedas me plantearía un problema de momento no considero urgente resolver.

Hace poco después de levantarme, he contemplado con cierto asombro la facilidad con la que mis brazos son capaces de moverse. En un momento dado, parecían funcionar casi como aspas de molino enloquecidas, capaces de  girar a mi antojo en cualquier dirección. Después me he contemplado en el espejo de cuerpo entero, y durante un buen rato les he dado órdenes, en conjunto o por separado, que ellos han obedecido sin la menor objeción: levántate, desciende, dóblate. He llorado de emoción.

Y que decir de las manos, esas mariposas antojadizas capaces de aferrar una espada y realizar hazañas fabulosas blandiendo, o sutilezas delicadísimas, como enhebrar el hilo en una aguja o coger una pluma y escribir bellos poemas, si  estuviera dotado para tales designios. Aunque quizás aquí tomo la parte por el todo, y estoy hablando de los dedos.

Pero, hablando de estos, el caso más paradigmático, es sin duda el de los pianistas, pues sin ellos, gran parte de la música clásica que nos emociona (Chopin, por poner solo un caso), se iría al garete. Dedos hechos también para la caricia y el amor, sin por ello dejar de prestar un servicio imprescindible al carnicero. Y para la seguridad de las naciones, que sin las huellas dactilares verían violadas sus fronteras, y permitirían que los ladrones actuaran al albur de sus codiciosos deseos. En cualquier caso, me voy a comprar un piano para mis solitarios dedos.

ETCÉTERA



 Llegó el hombre y dijo: es muy posible que la situación sea la descrita por el colega que me precedió en el uso de la palabra, y lo único que me cabe, por lo tanto, es aceptarlo y mantenerme en adelante con la boca cerrada. Mi relato después de todo, etcétera, etcétera. Y se sentó.

Vendo un surtido de artículos que van desde los objetos de broma más comunes, caretas, narices y bigotes, hasta tratados de filosofía en los que se demuestra por métodos nada científicos que el mundo no existe, y se establecen sistemas de conocimiento tan complejos que sus autores optaron por quitarse de en medio al poco de ser publicados.

No estar de acuerdo no significa en absoluto tener razón. Puedo no estar de acuerdo con una teoría que con el tiempo se demostró falsa y ser, no obstante, un perfecto cretino. La sabiduría y la estupidez caminan con frecuencia cogidas de la mano.

Entró en la casa por la puerta que daba al Norte y salió poco después por la que daba al Sur. Con posterioridad entró en la casa por la puerta que daba al Este y salió por la que daba al Oeste.
Luego tenía varias opciones. Entrar por la puerta que daba al sur y salir por la que daba al norte, y también entrar por la que daba al oeste y salir por la que daba al este. Era una cuestión de estadística de cuatro elementos tomados de dos en dos. Permutaciones, variaciones o combinaciones, eso no lo sabía ni nunca lo entendió, por lo que optó:
a)     no entrar en absoluto en la casa y quedarse en el exterior. Pero en invierno hacía mucho frío, llovía y enfermaba, y en verano hacía mucho calor, se deshidrataba y enfermaba.
b)   una vez adentro, hacerlo entrando por cualquier puerta y quedarse en el interior,
             pero pronto se quedaba sin víveres y enfermaba.

Nunca se le ocurrió entrar y salir por cualquier puerta aleatoriamente.

Pasado cierto tiempo y estando en una de ambas situaciones, tuvo claro que aborrecía aquella casa y sus puertas, por lo que les prendió fuego. Le gustaba la humareda del incendio elevándose hacia el cielo. Luego echó a andar con cierta parsimonia, y se convirtió en el que hoy es conocido en toda la región como “el hombre del páramo”, a quien, por cierto, nadie ha vuelto a ver.

Se dirigió a la vivienda con decisión y al llegar pudo abrir la puerta sin mayores inconvenientes. Una vez hecho esto, introdujo ligeramente su cabeza en el interior e intentó decir algo, posiblemente un mensaje de vital importancia para sus habitantes. Pero no lo logró, alcanzado súbitamente por una afección de compleja etiología que ni el más afamado de los otorrinolaringólogos pudo jamás diagnosticar, ni por lo tanto tratar. El que el tipo en cuestión formara parte del coro de la Orquesta Estatal de Volvogrado, no tenía al parecer la menor importancia.

Los discursos coherentes no habían salvado la vida de aquellos hombres que muy a su pesar llevaban en aquel lugar unas vidas muy desordenadas, seguidas por un desenlace fatal sin llegar a viejos. Se prohibió por tanto a partir de aquellos momentos la venta de libros sesudos, en los que se trataba de describir el mundo como un lugar donde todo era comprensible, basándose en exclusiva en las matemáticas y la filosofía positiva. Se dispuso que lo que convenía a la gente era una mayor dispersión ideológica en la que todas las interpretaciones tuvieran igual valor, con preferencia si en ellas era observable una visión poética de la existencia. Se abolió por lo tanto la Ley Seca y se autorizó la venta y libre intercambio de todo tipo de drogas, especialmente las alucinógenas, cuya principal característica era su capacidad para crear mundos particulares, en los que la felicidad consistía en caminar al azar en cualquier dirección, recitando si tal era el caso poesía simbolista o, puestos a ello, la que al interesado le viniera en gana.

Una voz disidente del sistema anunció un desastre inminente por el olvido de la geometría y los verbos transitivos. Su advertencia no obtuvo sin embargo los efectos que él esperaba, pues el resto de sus conciudadanos le replicaron casi a coro: perfecto, de eso se trata.