miércoles, 17 de enero de 2018

LLIBERTAT 2



Queridos amigos, no sabéis cuanto os agradezco los correos que me habéis enviado para mostrarme vuestro acuerdo con lo expresado en el mío anterior. Bien es cierto, sin embargo, que también son muchos los que me indican que me he equivocado de cabo a rabo, pues en el mismo he tomado la parte por el todo, ya que el 52% de los catalanes no son independentistas y no se sienten identificados con lo que digo, y sí, por lo tanto, maltratados. Y debo aquí decir bien claro, que tienen toda la razón. Lo hice de una forma precipitada y supongo que para condensar la vejación que sentía en mi interior, y no ponerme demasiado tiquismiquis. Ha sido un error y no volverá a pasar. No sé si os suena.

        Al mismo tiempo, debo confesaros que he recibido una cantidad significativa de correos en los que, para abreviar, se me llama simple y llanamente hijo de la gran puta (no lo escribo en catalán porque no sé), algo que después de todo no me extraña, porque es lo natural en quienes han sentido mis apreciaciones como una patada en los mismísimos cuillons, como creo que es el caso. Por otro lado, ya sé que Josep Pla, a pesar de ser un payés del Ampurdan, no era un catalán/tipo, y que además de ser un buen periodista y un gran escritor (El cuaderno gris y Vida de Manolo, como mínimo), y acabó en algo parecido a un fascista. Hay quienes también se sienten dolidos por mi falta de consideración con la sardana, cuando en su opinión es una danza muy democrática y fraternal, especialmente La Santa Espina, que otros, a pesar de ello, la juzgan más bien anestesiante. En cualquier caso, debo hacer constar que yo no me he decantado por ninguna música popular del país, ya sea el flamenco o la jota. Y ni siquiera el pito y el tamboril de mi tierra. Y por lo tanto, no discrimino.

              Pero me he ido por las ramas, y volviendo al tema que nos ocupa, su nódulo, quiero decir, he de confesaros que la revolución catalana (¡?) me ha dejado, más allá de ciertos antecedentes históricos que no desconozco, absolutamente perplejo. Qué queréis que os diga, acostumbrado como estaba uno a las insurrecciones del pueblo llano en la Revolución Francesa y El Acorazado Potemkin, en las que los desarrapados de ambos países se les inflan los cojones y se cargan al estamento gobernante (reyes, zares et tutti quanti, no deja de asombrarme que en esta ocasión sean -independientemente de los tractoristas- los chuletas de los barrios elegantes de la capital de la supuesta república los que se insurrecten. No es que tengan hambre ni se los coman vivos las moscas, como pasaba en el Congo en sus buenos tiempos, sino que no tienen lo que se merecen, ojo, aunque sea a costa del resto de celtíberos, como en su día nos llamó don Luis Carandell (mira por donde), q.e.p.d.

Que quede eso, pues, muy claro, cuando uno de los encorbatados nos aleccione muy serio desde las pantallas de la televisión o de las ondas hertzianas. No se trata de que sus vidas estén en peligro de muerte por inanición, ni que la brigada acorazada Brunete haya asolado su tierra ¡Es que se merecen algo mejor, hosties! aunque nos quieran mucho. Su problema es un problema con el Estado español exclusivamente, no con los españoles, por muy vagos e inútiles que seamos, porque en el fondo somos encantadores.

¡Ay que joderse y tener cara!

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