lunes, 8 de enero de 2018

IMPROMPTUS



El asunto consistía en lo siguiente. Luego ya sucedían otras cosas. Está claro para mentes despejadas, pero no digo calvas.





 La proliferación de razones hizo el desenlace previsible. En qué pudo consistir el mismo ya no es cuestión mía explicitarlo. Ni este el lugar apropiado para ello. Fin.





Se rascaba de una forma ordinaria, y yo diría aún más: incluso soez. Levantaba la pierna o la pata en más de una ocasión, y llamar a aquello rascamiento es algo más que estrictamente pedante.





Lo que vino a continuación no se trataba de algo que sucede todos los días. Fue tan especial que a partir de entonces se inauguraron varios calendarios julianos. O algo relacionado con el devenir de las noches y los días.





No trates así al niño, Ildefonso. La razón es que solo se trata de de un niño, y no tiene todavía los datos suficientes para considerar que tamaña crueldad será beneficiosa para su entrada en la pubertad. Y no digamos en su adolescencia.





María Jesús, válgame el travestismo, era una mujer que se pasaba las horas en el lecho procediendo a labores que solo tenían que ver con ella misma y sus intimidades. Y no quiero ser más explícita, que una es muy digna.





Fuimos en burrito hasta la posada. Una vez allí, lo dejamos en el patio junto al resto de jumentos y subimos al comedor. Estaba lleno de una multitud de vaya usted a saber qué, pero todos alimentándose a base de bien.





En cuanto disponía de un momento exclamaba esta es la mía. Y a continuación corría como un loco de aquí para allá hasta que caía extenuado una vez conseguido su objetivo, solo Dios sabe cual.





El sastre me dijo que no se trataba exactamente de la cremallera, y que en ese sentido tenía suerte, pues en caso contrario me hubiera salido el arreglo por un ojo de la cara. Y no solo aproximadamente sino hasta la sisa propiamente dicha.





Aparcar el coche como es debido no me sirvió de nada. Llegó la grúa municipal y se lo llevó, argumentando el operario que no se trataba en absoluto de su ubicación en sí misma, sino de sus intenciones, a todas luces aviesas.





Dio carpetazo al asunto, y no fue posible en ese momento ni en los posteriores que ofreciera una justificación coherente para la desmesura de lo acontecido. No se trataba del artilugio, simplemente monumental, pero tampoco de las circunstancias, absolutamente discretas para tales manufacturas.

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