sábado, 25 de junio de 2016

INSTRUCCIONES PARA APEARSE



Como ya quedó dicho en anteriores artículos relacionados con la bipedestación, el requisito indispensable para apearse vuelve a ser el hecho de tener pies.  Aceptando que las cosas son así, y que resultaría un tanto inútil obcecarse con otras interpretaciones, cabe sin embargo añadir algunas matizaciones, de las que nos encargaremos a renglón seguido.
La primera objeción que cabría hacer a la afirmación mencionada al empezar, es que desgraciadamente no todo el mundo tiene pies (y no se trata aquí de hacer un recuento pormenorizado de las desgracias que han dado lugar a ello). No creo, sin embargo, que nadie dude de que un disminuido de tal clase no pueda apearse, ya que, como mucho, se podría puntualizar que en esos casos la expresión no es rigurosamente exacta. Sin duda alguna, un cojo (que en ocasiones solo tiene un pie), un mutilado severo (sin piernas), o una persona que tenga que trasladarse en silla de ruedas, también se apean cuando llegan el tren llega a su estación o el autobús a su parada, por mucho que más que apearse, “se bajen” (lógicamente ayudados). Podría decirse de estas personas que aunque careciendo de ellos, los pies “se les suponen”, de la misma manera que se supone el valor a un militar, algo, por cierto, no siempre demostrado. Pero ese es un asunto del que aquí no se trata.
Esta reflexión que puede parecer banal, nos orienta en el sentido de que con el verbo que nos ocupa, nos referimos más que al hecho real de “poner pie en/a tierra”, nos referimos al de abandonar un artefacto móvil. Y esa es otra de sus características sorprendentes. No se trata por lo tanto de pasar de un nivel superior a otro más bajo, pues en tal caso lo mismo podría decirse al salir de la cama, o al bajar de una litera o de la copa de un árbol (o de esas horribles banqueta de patas largas, hoy desgraciadamente tan de moda), sino de otra cosa De estos artefactos uno no se apea, sino que solamente se baja, o como mucho, se desciende. La movilidad es por lo tanto un requisito importante para que alguien pueda apearse de algún sitio. Del tren, el coche o el autobús uno se baja, pero, con más propiedad, uno “se apea”. Hasta tal punto esto es así, que cuando no proliferaban los trenes tan veloces de hoy en día, existían pequeñas estaciones a las que se conocía vulgarmente como “apeaderos”. Sin duda esto es así porque se decidió que lo importante en los casos mencionados más arriba, era la posición en origen y no el acto en sí, especialmente si se estaba tumbado. De la cama es evidente que uno se levanta. De la litera o de un árbol se baja. De ninguno de ellos uno se apea.
Visto lo anterior, da la impresión de que apearse o “echar pie a tierra” supone de alguna manera “volver a la realidad”, dando de esta manera a los medios de transportes mencionados una cierta personalidad fantasmagórica (algo no tan descabellado si nos imaginamos viajar en el AVE o un bólido de carretera a 300 kilómetros por hora).Tal expresión considerada en sentido negativo (no apearse), pueden metafóricamente expresar el hecho de no querer abandonar una opinión o idea, de forma obstinada, sin querer ver la realidad, para otros, sin embargo, evidente. Parece, pues, que apearse es una condición sine qua non para regresar al “mundo verdadero”, y en ese sentido a la tierra como auténtica base de nuestras vidas (lo que, después de todo, tiene bastante de cierto, teniendo en cuenta que no somos peces ni aves. Y menos pájaros, aunque nunca se sabe). Ello no es óbice, sin embargo, para que los sedicentes ilustrados y los pedantes, opinen que mucha gente tiene una concepción demasiado “pedestre” (terrenal) de algunos temas.
Pudiera suceder (pero que yo sepa no hay testigos), que existiesen quienes al viajar en los medios de transportes mencionados (a los que se pueden añadir con matices el tractor y el metro), se desprendieran de los pies, y solo los recuperan al abandonarlos. Se debe pensar en ello. Hay que recordar que precisamente en el momento de apearse, uno, por la cuenta que le trae, los mira con cierta delectación, y cobra conciencia de su existencia. Durante el resto del viaje, qué duda cabe, “están ahí”, pero pasan desapercibidos, razón por la cual deberíamos sentirnos muy satisfechos. El que a otras partes del cuerpo les suceda lo mismo, no supone ningún inconveniente para,  alegrarnos de su presencia en esos momentos cruciales.
La norma básica para apearse, y hablamos ahora en plan operativo, consiste en tantear con un toque mínimo, casi imperceptible, la superficie a la que se desciende, comprobando así su solidez y su textura. Los adolescentes y aquellos que se hallen en plena juventud no lo necesitan, dando la impresión al hacerlo que más que pies tienen ruedas o patines. Se recomienda a los padres dar la mano a los niños impúberes, recordándoles que en ningún caso los bebés deben apearse por si mismos, pues aunque parezca sorprendente, hay padres hoy en día que pretenden cultivar las aptitudes atléticas de la prole desde su más tierna infancia. Los ancianos, sobre todo si llevan bastón (y los accidentados si van con muletas) deben esmerarse y tener mucho cuidado. Y las mujeres con zapatos de tacón aún más, sobre todo si son de aguja, que se sepa, no existen narices de repuesto.
Algo que, después de lo que acaba de decirse, también debe tenerse en cuenta es el calzado a utilizar, que debe ser el apropiado para apearse sin sobresaltos. Como ya se dijo, se desaconseja hacerlo con tacones altos, a lo que deben añadirse las plataformas, los mocasines y los que lleven alzas (aunque se sea el mismísimo presidente del gobierno). También se desaconseja usar aquellos que tengan suelas de material, como se decía antiguamente, o de tafilete, por muy distinguidos que parezcan (y, guiño para veteranos: aunque lo recomiende la chica del diecisiete). Se aconseja por tanto llevar zapatos con suela de goma o material adhesivo poco proclive al deslizamiento (¿PVC, poliuretano?) Claro que resulta comprensible que haya quien insista en que asistir a una ceremonia de cierto relieve (bodas incluidas) con chancletas, playeras, tenis o bambas, no deja de ser una chabacanería, impropia de quienes todavía no han pegado fuego a sus chaquetas. Las alpargatas tampoco resultan adecuadas por mucho que hoy comience a valorarse de nuevo el yute y el esparto. Otra cosa sería que la autoridad que presida el acto o, en su caso, los novios den su aquiescencia.
 Como norma se deberá bajar del vehículo implicado en la situación (entre los cuales añadimos aquí la carroza y la diligencia, pero no los velocípedos ni las motocicletas) apoyando en primer lugar la parte inferior del pie adelantado, a la altura de las articulaciones de los dedos a nivel de la falange o bajo el empeine, pues hacerlo con el talón supone una posibilidad elevada de caerse de espaldas, darse un batacazo y romperse la crisma. Independientemente de todo lo anterior, o como complemento, en los transportes colectivos conviene hacerlo con cierta decisión para evitar aglomeraciones en la salida, e incluso la posibilidad de un accidente de cierta seriedad. A pesar de ello, al bajar de los vagones del Metro se debe estar muy atento a no introducir el pie entre el coche y el andén. Podría ser fatal, especialmente en las estaciones en curva. Se comprende de todas maneras que quien se apea pueda estar pendiente de otros menesteres, sobre todo cuando quien lo hace es recibido por alguien importante. Por ejemplo, quien llega procedente de lugares remotos y es esperado por su novia o su familia. Supongamos que se trata de Australia (claro que como pronto veremos, en este caso el asunto puede complicarse al hacerlo en avión, como suele ser habitual). De todas maneras, jamás debe bajarse dando un salto, con los pies juntos o de puntillas.
Si es usted una persona con sombrero (y no digamos nada si es una mujer con pamela) debe procurar que el cambio de alturas del vehículo al andén no se lo vuele, algo que suele suceder cuando el estribo está muy elevado con respecto al suelo, al poco que sople un mínimo de brisa. Los atletas, las personas en buena forma física y los reyes deberán en cualquier caso apearse con resolución  (incluso con valentía), arriesgándose a la caída, que podrá ser recibida con aplausos a pesar de su aparatosidad. En tales ocasiones es frecuente la presencia de fotógrafos, que inmortalizarán un instante que permanecerá de forma indeleble en sus retinas. Cabe añadir aquí, pues siempre existen seres temerarios, que no debe uno intentar apearse en marcha o en un lugar no indicado para ello, considerando que, después de todo, ya tendrá ocasión de estirar las piernas poco más adelante.
Se recordará que con anterioridad se hizo alusión a la posibilidad de apearse de un barco o un avión, y a lo inapropiado de tal expresión en tales casos. Siendo animales terrestres, parece que la Real Academia y el empleo consuetudinario del lenguaje, han reservado tal expresión para los vehículos que circulan sobre la superficie sólida terrestre, y no para los que vuelan o navegan. Si apearse, como ya se vio, viene a significar volver a utilizar de nuevo los pies, e incluso recobrarlos, podría considerarse que tal hecho es aún más importante en tales casos, dada el escaso empleo que se hace de los mismos estando a bordo, y sin embargo no es así. Estos medios de transporte (a los que aquí añadimos sin que nadie nos fuerce, el catamarán y la canoa en el primer caso, y el helicóptero y el ala delta en el otro), suponen, dado el medio en el que se mueven –el aire y el agua- un caso especial, en el que tal hecho relega los pies a una instancia secundaria. En el caso del avión, sus pasajeros aterrizan (o así lo dicen ellos), cuando quien verdaderamente lo hace es la aeronave; y de los barcos, desembarcan, dejando con tales expresiones diáfanamente claro, lo orgullosos que se sienten de haber sido durante algún tiempo “otra cosa” (un ave o un pez, quizás).
Y para terminar, valga insistir aquí en la importancia de la mirada, pues es ella quien debe calibrar como debe uno apearse sin consecuencias negativas. Siendo como somos seres con los ojos situados en la parte frontal de la cabeza, tenemos la facultad de ver con precisión frente a nosotros, algo que facilitándonos la depredación, al no estar en la selva o la sabana, podemos utilizar para apearnos como es debido. Las personas con dificultades en la vista, o los que utilizan gafas de sol en cualquier circunstancia, deben esmerarse. En el primer caso, como por otro lado suele suceder, lo recomendable sería la ayuda de alguien, y en el segundo, quitárselas hasta pisar tierra firme en el andén (por poner un ejemplo).
 Podríamos seguir hablando de este tema durante mucho tiempo, pero considero que ya es suficiente y que, en todo caso, volveremos sobre ello otro día. Recordemos, como nota final, que los hidroaviones amerizan, y que si sus tripulantes se bajan, no se puede decir con propiedad que se apeen. Y que, por otro lado, si en 1969 la cápsula espacial de la nave Apolo, descendió sobre nuestro satélite y alunizó, Armstrong y Aldrin al bajarse de ella, sorprendentemente se apearon, pero no alunizaron. Misterios del lenguaje, que ofreciéndonos otro juego impensado, nos permiten decir que, sin embargo, posiblemente  alucinaron.

INSTRUCCIONES PARA LAVARSE LOS DIENTES



Los perros tienen dientes pero también tienen rabo, algo que no teniendo a primera vista ninguna relación, puede ser importante para ellos, como veremos más adelante. Claro que en este orden de cosas también podríamos afirmar que no todos los animales tienen rabo (ni siquiera dientes), pues la madre naturaleza les dotó con otro apéndice al que llamamos cola. Es igual pero no es lo mismo, algo que, como mucha gente sabe, ya se estudia en las matemáticas elementales, y que no debiera escapar a quien simplemente se mira al espejo para peinarse (si ha lugar). En cualquier caso, sea uno o la otra, no pocos los emplean para matar moscas, como dice la canción popular, ignorando los bonitos versos de Antonio Machado en los que la contemplación de los dípteros más que molestar, induce una cierta melancolía poética. Y no quiero abandonar este excurso fuera de lugar para hacer tres puntualizaciones de las que usted puede prescindir tranquilamente, sin que su vida se vea alterada en lo más mínimo.
Primera: Las ballenas, por hablar de un pescado (Ya sé que no es un pez, pero hay quien si se le deja, se las come) tienen cola, pero no tienen rabo. También tienen unos dientes muy raros que no son tales, y que para no complicarnos la vida, hemos dado en llamar “ballenas”, como a su propietaria (también se les llama “barbas”, que de barbas ni esto). Por otro lado, la cola de las ballenas no tiene nada que ver con el rabo.
Segunda: Los seres humanos no tenemos rabo ni cola, a no ser metafóricamente, y que cada cual busque su sentido. También tenemos dientes, y sin ellos los dentistas estarían en la ruina.
Tercera: Los caballos y los équidos en general, no tienen rabo, pero si cola. Y como en los  casos anteriores también tienen dientes, cuya misión principal es actuar como carnet de identidad en las ferias de ganado.
Valga lo dicho como preámbulo a lo que sigue que, recordemos, trataba de la forma apropiada de lavarse los dientes. Para empezar, digamos que no todo el mundo se los “lava” en el sentido literal de la palabra, sino que se los “limpia”, algo que al igual que con el rabo y la cola, siendo igual no es lo mismo. Lavárselos implica la utilización de agua, posiblemente porque es más higiénico que utilizar otros “dentífricos”. La hierba, la arena, la corteza de ciertos árboles y el bicarbonato podrían cumplir la misma función, pero posiblemente los estomatólogos no iban a dar abasto. Que quede claro que por mi parte no tengo inconveniente en que usted utilice los métodos alternativos que le venga en gana: la responsabilidad recaerá sobre usted exclusivamente. De hecho, que yo sepa, ningún bicho emplea el cepillo de dientes y ahí están, algo han debido hacer para no estar aquejados de piorrea masivamente. Otras alternativas: ácido ascórbico, bisulfito de sodio y sal marina. Allá usted.
Y metiéndonos ya plenamente en el tema que enunciaba el título, digamos de entrada que para proceder a su lavado, es necesario contar con el objeto del que venimos hablando. Es decir: los dientes. Los lactantes y los ancianos desdentados no se los lavan porque carecen de ellos; en el primero de los casos, por que su madre o el biberón sufrirían más de la cuenta, y en el segundo porque hacerlo con el contenido del vaso de agua en la mesilla de noche, no puede llamarse en propiedad tal cosa. Aunque lo laven. Si separa los labios los verá de inmediato, están ahí, son los guardianes de la cavidad que se oculta tras de ellos, y en ese sentido son los cancerberos de un mundo misterioso, que solo descubren las radiografías y las autopsias (abrir desmedidamente la boca está mal visto). Su color, como norma general es blanco, aunque se admiten varias tonalidades de los ocres en tonos discretos, que cuando viran decididamente al negro ya son otra cosa. Su función principal es preparar al alimento para pasar en condiciones adecuadas al aparato digestivo, ocupando de esta manera el primer lugar del mismo. Deben en primer lugar morder (cortar) y después masticar, que como se dijo a propósito de los rabos y las colas (y los dientes y las barbas), siendo parecidos no son lo mismo. Una precisión que lo aclarará: Drácula mordía a sus víctimas, pero, que se sepa, no las masticaba, claro que lo que le interesaba no era masticable como todo el mundo sabe, y no es cuestión en estos momentos trasladarse a los Cárpatos en busca de más detalles.
En los seres humanos la dentadura consta de treinta y dos piezas (muelas del juicio incluidas), situadas por igual en las mandíbulas superior e inferior. Los frontales, cumplen la función de morder y son más finos y cortantes que los situados más atrás, llamadas muelas que son más planas con una especie de meseta superior que les facilita la masticación y la formación del llamado “bolo alimenticio” para facilitar el paso de la comida por la garganta. En la naturaleza existen sin embargo animales que prescinden de estas sutilezas (con toda la razón del mundo), y se tragan a sus víctimas sin pasar por esta segunda función, ejemplo de los cuales podrían ser los leones. Algo, sin embargo, mucho más evidente en los cocodrilos y las boas constrictoras, que las engullen con cuernos y pezuñas sin escrúpulos de ningún tipo (en mi opinión los cocodrilos exageran, y su increíble dentadura solo puede obedecer a un error evolutivo o a una pura exhibición narcisista, y no difiere mucho del interés de algunos seres humanos por la física cuántica, que, en ese sentido, tampoco sirve para nada).
Los dientes (que no son móviles, los tiburones son un caso aparte) se fijan mediante unas raíces bastante profundas a través de las llamadas encías, mucosa firme pero delicada, que hay que cuidar con cierto mimo, si queremos evitar su sangrado, que no augura nada bueno. En los seres humanos, cumplen además otra función primordial entre los miembros de su especie, pues a través de los mismos se puede tener noticia de la relación cordial (o no) que mantengan entre ellos. Enseñarlos, como norma general, es una buena señal, pues suele acompañar a un gesto conocido como “sonrisa”, que indica que la relación es buena, aunque en ocasiones sean utilizados cínicamente para el engaño (como en la conocida expresión “¡dientes, dientes! que es lo que les jode), de tantas fotografías. Sin embargo, si quien le enseña a usted los dientes es un lobo o su perro de compañía, haría bien en mantener cierta distancia, e incluso disponer de un garrote o una pistola a mano. Se dice que las hienas sonríen, y que al hacerlo emiten un sonido sugerente, pero los científicos aseguran que es falso, y que uno no debe dejarse tentar por tal artificio si no quiere acabar convertido en menudillo (lo mismo cabe decir del cocodrilo y su simulación del llanto). La mayoría de los animales se valen, sin embargo, del rabo como sustituto para mostrar su estado de ánimo. Moverlo enérgicamente hacia los lados suele ser señal de alegría, como bien saben los amantes de los perros. En los hipopótamos, sin embargo, no es el caso, y suele ser utilizado para expeler sus excrementos en señal de desafío o desorden amoroso, lo cual no tiene nada que ver con lo expuesto anteriormente. Claro que a estas alturas hay que especificar que “enseñar los dientes” (normalmente se emplea en sentido contrario al que aquí se viene manteniendo) no siempre es señal de contento, pues este hecho viene más bien definido por la elongación de los músculos de la cara, que amplían la boca y achinan la mirada. Los animalitos también tienen músculos en la cara, pero no los emplean para esos menesteres, entre otras cosas porque, para ello, sus cerebros tendrían que ser capaces de definir con cierta precisión conceptos tales como “el ridículo”, “el absurdo”, “la contradicción”, etc, y no son capaces de hacerlo, dado su reducido volumen en relación a su peso corporal.
Para terminar, vayamos con las normas que en nuestra opinión colaboran a un buen cepillado, es decir a lavarse los dientes adecuadamente y con la mayor eficacia posible. En primer lugar, abra la boca e introduzca en la misma su cepillo de dientes, con la parte alícuota de pasta necesaria para tal función. Luego, puede mantenerla abierta o cerrada a voluntad. Coloque el cepillo delante de los dientes, y proceda a frotarlos con un movimiento de arriba hacia abajo y viceversa, a lo largo de ambas hileras (superior e inferior). No descuide, cuando haya terminado, de hacerlo asimismo sobre las mesetas de las muelas, ni con cierta fruición por los intersticios entre los dientes, el lugar más adecuado para que se amontonen las sobras de la comida y las bacterias, que son muy aficionadas a las mismas. Para ello es aconsejable, una vez repasada la parte posterior de los dientes, utilizar hilo dental en cualquiera de sus variantes (nylon, nylon con cera o nylon con filamentos) o el water-pik, un pequeño artilugio capaz de lanzar un chorro de agua con energía entre los dientes. De esta manera, usted podrá mantener lejos de su dentadura los peligros que la acechan: el sarro, las caries, la halitosis y la periodontitis, y postergará todo lo posible la dentadura postiza.

FIN DE ESTAS INSTRUCCIONES. Para más detalles, dirigirse a un dentista. En cualquier caso, al finalizar el lavado, es también recomendable cepillar con cuidado la lengua hacia el exterior, algo hasta hace poco solo practicado por los higienistas, los muy escrupulosos y los dados al vicio.


INSTRUCCIONES PARA NAVEGAR




Si usted vive en el desierto del Sahara abandone toda esperanza y ponga su ilusión en otra cosa. Claro que lo mismo podría sucederle si vive en el desierto de Gobi. O en los de Namibia, Atacama, Kalahari, Australiano o Arábigo, por mencionar solo unos cuantos. Navegar, tal como lo entiende la mayoría de la gente, necesita algo más que arena, un pedregal o una tierra yerma. Aunque si hay que decirlo todo, gran parte de estos lugares estuvieron en otra época cubiertos por el océano y fueron propicios para las ballenas, los tiburones y las sardinas. Pero ya no es el caso, y sería un tanto inútil intentarlo. Puede no obstante probar en un oasis, donde la laguna central a pesar de sus reducidas dimensiones quizás le ofrezca un mínimo de agua que lo haga posible. Son, además, lugares de una belleza arrebatadora que bien merecen una vela. Y digo vela por mencionar uno de los artificios más antiguos de los que se ha servido el hombre para alejarse de la costa. Queda así suficientemente claro que navegar en el sentido tradicional de la expresión, consiste en hacerlo sobre una superficie líquida, aunque no se nos escapa que a estas alturas, hay quienes llevados por una pasión deportiva o aventurera, se inventan artefactos más o menos insólitos para hacerlo por la arena del desierto o el césped de las praderas, con poco más que un patín.
Claro que si para empezar hablamos de “navegar”, estamos en cierta medida empezando la casa por el tejado, pues para ello son imprescindibles dos condiciones previas, definidas por los verbos flotar y deslizar. Toda navegación necesita una sustentación sobre un fluido (aquí descartamos la navegación aérea, objeto de otro artículo), y tal cosa se la proporciona como el agua, cuya densidad, ya se trate de la salada o la dulce, le permite hacerlo ateniéndose como es bien sabido al principio de Arquímedes, por más que en ocasiones no tengamos la certeza de que un trasatlántico de hierro de 200 metros de eslora y catorce cubiertas,  sea capaz. Pero hay que creérselo, puesto que los vemos amarrados a los muelles o navegando, y en ambos casos repletos de turistas. Pero ya que hemos hablado de velas, habrá que convenir que no es el único medio de propulsión (aunque sí el más poético), pues ahí están los remos (ya utilizados desde antiguo por las flotas mediterráneas del Mundo Antiguo), la propulsión mecánica a base de carbón, petróleo y la atómica, tan socorrida después de  la II G.M. en los submarinos, con sus hiroshimas en potencia. La profesión de remero no era nada aconsejable, teniendo en cuenta que debían hacerlo en condiciones desastrosas, dirigidos, vigilados y castigados si no lo hacía bien, por dos tipos con malas pulgas dotados de un tambor para marcar el ritmo, y un látigo aficionado a sus espaldas. Y con frecuencia, amarrados a la bancada, donde se sentaban (“Amarrado al duro banco de una galera turquesa…” como dicen los famosos versos de don Luis de Góngora y Argote).
Así pues, como hemos visto poco más arriba, la condición sine qua non para navegar es que la embarcación, sea del tipo que sea, flote, ateniéndose a las leyes de la física, que el sabio griego mencionado descubrió con total independencia de que por entonces Platón hablase de un mundo ideal que nadie percibía, y Aristóteles afirmara que el firmamento consistía en siete círculos de estrellas que rodeaban a la Tierra. A la larga, de todo ello, lo que él dijo resultó ser lo único verificable. Por otro lado, para comprobar que cualquier objeto sólido flota, basta con introducirlo en el agua. Si se va al fondo, podremos afirmar con todas las de la ley que el artefacto en cuestión no flota, si se hunde pero no llega al fondo tendremos a un batiscafo o un submarino, muy eficaz en las guerras modernas, y si se queda en la superficie, deberemos alegrarnos: flota. Si no tiene nada a mano para llevar a cabo el experimento, puede utilizar su propio cuerpo, siendo una piscina cubierta el lugar ideal si estamos en invierno y la latitud en la que habitamos ronda los 45º N. Se recomienda hacer la plancha o el muerto, porque la flotabilidad aumenta con la superficie de rozamiento, como usted debe saber si terminó el Bachillerato Superior. Si se hunde, recuerde que no tiene branquias, cierre la boca y acérquese al borde lo antes posible.
El segundo factor imprescindible para que un objeto navegue, es que pueda deslizarse sobre la superficie de un líquido, para lo cual son necesarias dos condiciones añadidas, la primera que la densidad del mismo sea la idónea, y la segunda, que su estructura le permita hacerlo. Afortunadamente la primera de ellas es la que impera en todo el mundo, pues que se sepa no abundan los mares de mercurio ni de puré de guisantes, que harían el deslizamiento más trabajoso, como sin duda se comprende. La segunda condición requiere que la parte de delante del mencionado artefacto le permita hacerlo con facilidad, razón por la cual la proa de los barcos suele ser afilada (de hecho en nomenclatura marinera se llama tajamar). Recuerde esto si, llevado de sus aficiones, decide construirse un yate para pasar las vacaciones de verano. Si a pesar de su buena voluntad, le sale la proa muy ancha, no se preocupe, dé la vuelta al artefacto y ya tiene la popa. Hay que ser prácticos. Teniendo todo lo anteriormente en cuenta, hay sin embargo que considerar que no todo lo que flota y se desliza sobre el agua, navega. Usted, por ejemplo, si es un hombre joven, y se mete en el agua de cualquier playa en pleno verano, para a continuación adentrarse en el mar vigorosamente, no podrá decir que “navega”, sino que “nada”, diferencia que puede tener su razón de ser en el hecho de que los barcos no tienen brazos. Algo no obstante un tanto discutible si se tiene en cuenta que aún existen embarcaciones a remo, que no teniéndolos, lo parece. Estas nociones tan elementales, no lo son tanto para los niños de determinado país de la cuenca mediterránea, en el que, cuando sus mamás les enseñan un barco por primera vez, al parecer les suelen preguntar, por raro que parezca, “si tienen piernas” (*), a lo que estas suelen contestar en plan afirmativo para no contrariarles o meter en sus tiernas cabecitas conceptos demasiado abstractos. Son niños muy delicados, aunque al crecer no hayan dudado en organizar revoluciones que han pasado a la historia.
Con lo dicho con anterioridad creo que ya es suficiente para que usted pueda embarcarse en un barco de recreo, un buque de la Armada o un yate de lujo, sin que forzosamente tenga que hacer el ridículo. No obstante, a continuación se añade un apéndice que esperamos pueda ayudarle a mantener un nivel discreto ante los consumados lobos de mar que uno se encuentra con frecuencia en ciertos pantalanes, y en casi todos los bares de copas de cierto nivel de la capital de España.

APENDICE:    NOMENCLATURA MARINERA MÍNIMA

PROA: Parte delantera de un barco.
POPA: Parte de atrás.
COSTADOS: ambos lados.
BABOR: Parte izquierda del barco cuando este avanza.
ESTRIBOR: Parte derecha del mismo en esa situación.
AMURA: Cualquiera de los costados del barco próximas a la proa.
ALETA: Lo mismo en su parte próxima a la popa
ESLORA: Longitud del barco.
MANGA: Anchura máxima del mismo (Manga por hombro no tiene nada que ver).
OBRA VIVA: Parte del barco por debajo de la línea de flotación.
OBRA MUERTA: Lo mismo por encima de la línea de flotación
OJO DE BUEY/ TAPACOÑOS y CONDÓN DEL OBISPO: Ver wikipedia.
CABECEO: Movimiento del barco en sentido longitudinal.
BANDAZO: Movimiento lateral del mismo.

DIJES



No me interesa, de verdad, pero cuando llega no puedo dejar de mirarla. Es sin duda una mujer llamativa, y además tengo la certeza de que es lo que pretende. En un ambiente donde abundan los tonos grises y ocres en invierno, ella se resguarda de la intemperie con vestidos ceñidos y de colores llamativos, que desde luego no dan la impresión de querer pasar desapercibidos. Pero quizás soy demasiado crítico, y en el fondo una actitud como la suya es digna de encomio, pues la verdad es que vestir en tonos oscuros o desvaídos, como es costumbre por estos pagos, no deja de ser un tanto triste. Siempre me pregunté por qué en otras latitudes más meridionales, las mujeres suelen llevar trajes vistosos y de colores, y me he dicho que es posible que todo sea una cuestión de luminosidad. Aunque parezca mentira, la gente se identifica con el ambiente que vive, y aquí debe considerarse que cuando proliferan las nubes y la luz es más bien escasa, lo adecuado es no llevar la contraria al medio ambiente, y de alguna forma, mimetizarse con él. Claro que tratándose de ella, la cosa no parece quedarse ahí, ya que con independencia de lo dicho, no se trata solo de de su vestimenta, sino de los adornos que la acompañan, pulseras, collares, sortijas y dijes. Y del peinado que, desde luego, pretende llamar la atención, siendo famosos sus golpes de melena para llevar su pelo azabache de un manotazo, a uno u otro lado de la cabeza, como diciendo “aquí estoy yo”.
No es sin embargo su indumentaria, sus adornos ni su pelo lo que a la larga acababan llamando más la atención, sino su forma de gesticular, que traduce de inmediato un carácter fuerte, no apto para soportar que le lleven la contraria. Eso al menos es lo que me parece a mí al observarla día tras día, en los que la acompañante parece poco más que una marioneta, asintiendo todo el rato, temerosa sin duda de que la morena pueda desmelenarse, y terminar la situación con algo más que con una simple subida del tono de su voz. Lo más llamativo son sin dudas sus manos, situadas como es natural al final de sus brazos, pero que en algunos momentos de máximo brío, parecen a punto de desprenderse y actuar por si mismas, llevadas por una energía incapaz de mantenerlas en el lugar adecuado. Normalmente se trata de la mano derecha que acerca con frecuencia al rostro de la otra, que en general retrocede disimuladamente, evitando así que el índice erguido acaba ocasionándola algún desperfecto. Y finalmente están sus ojos y su boca. Los primeros proyectan una energía excesiva que cualquier persona bien equilibrada tratará de evitar, pues su mirada oscura transmite un enfado que más vale no contrariar, ni siquiera con la mejor de las intenciones. Parece sentirse bien así, puesto que lo descrito corresponde a su actitud habitual, no a salidas de tono esporádicas, y lo cierto es que consigue llamar la atención de la gente que está a su alrededor, posiblemente como resultado del exotismo y fiereza de su airada belleza. Lo último pero no menos importante, son sus dientes blancos, purísimos, que ofrecen un contraste llamativo con la piel morena y arrebolada de su cara, y que si a veces al sonreír le añaden un toque desenfadado y hasta podría decirse que pasionalmente femenino, con más frecuencia hacen temer que pudieran tener otros usos menos halagüeños. No me interesa, lo dije al principio, y no porque deje de considerar que a su estilo es una belleza como pocas, sino porque tengo el convencimiento que quien caiga bajo su hechizo, más bien pronto que tarde, será para ella lo más parecido a una presa.   

MUTISMOS



Habla poco. Eso es alguien que cualquiera que le conozca podrá testificar sin miedo a equivocarse. Prácticamente no abre la boca, aunque lo cierto es que tiene muchas amistades y conocidos, que en el fondo no deben considerar tal hecho como algo negativo, por sorprendente que pueda parecer. Incluso es frecuente que cuando se tropiezan con él en cualquier parte, se detengan y traten de mantener una conversación, en la que saben de antemano que serán los únicos participantes. Digo yo que algo habrá en su gesto o ademanes que les aliente a ello, aunque es posible que ante su mutismo se sientan tentados a hablar sin trabas, sabiendo que a pesar de todo, son escuchados por una persona que parece interesarse por sus cosas. Hasta tal punto esto es así, que es frecuente ver a su interlocutor no solo contando sus problemas, sino contestándolos a sí mismo ante la falta de respuesta. Actuando de esta manera, solo va a escuchar lo que quiere oír, es decir, a sí mismo, pues está claro que Tomás no va a intervenir, a nos ser con monosílabos, frases o gestos mínimos.
Tiene fama de ser una cabeza bien amueblada, razonable y con mucho sentido común, aunque no está claro como se ha llegado a tal conclusión, por lo que habrá que acabar aceptando que su parquedad supone para los demás una señal inequívoca de sabiduría, que él acepta con íntima satisfacción aunque no venga a cuento. La verdad es que Tomás tiene de si mismo una opinión totalmente diferente, y en el fondo se considera un acomplejado, que sabe administrar los tiempos muertos y los silencios, tan frecuentes en sus conversaciones, tomados por los demás como un síntoma inequívoco de seriedad y buen juicio. Recuerda con frecuencia momentos de un tiempo pasado en  que siendo el hermano más romo de una familia numerosa, su padre se dirigía a él frecuentemente con cajas destempladas, llamándole melón, lechuguino o mendrugo, y siente que a la larga se ha tomado la revancha, haciendo de su simpleza un arma valiosa. Cierto es, sin embargo, que los más avispados de quienes le tratan, sospechan que su austeridad y control ocultan a una persona de pocas luces, pero la inmensa mayoría se deja impresionar por su contención verbal, y llegan a suponer que tiene una vida interior muy rica, que no quiere dilapidar en conversaciones banales y faltas de verdadera sustancia.
Sabe que en el vecindario goza de un prestigio inmerecido, pero reconoce al mismo tiempo que tal hecho le hace la vida más agradable, pues para su asombro, se ve reconocido por lo que no es en absoluto, pues siempre se consideró una persona de corto alcance, aunque goce en su barrio de una opinión muy favorable, de la que presume ante su familia inmediata. Para ello, no obstante, se sirve de ciertas artimañas, que enmascaran si cabe aún más su indigencia mental. Sabe la importancia primordial del aspecto físico y la forma de vestir, por lo que jamás se permite relajarse en este aspecto, y se presenta ante los demás como un verdadero señor, con un terno sobrio pero elegante y siempre con corbata, y cuando ha lugar, un sombrero a tono con la estación, y un bastón de roble con una supuesta empuñadura de plata, que da el pego. En el trato nunca apea el usted, y procura que su actitud haga entender a los otros que exige lo mismo en correspondencia. Además, dos o tres veces al año organiza una fiesta en uno de los locales más decentes de la zona, a la que invita a las personas más relevantes, aunque a última hora, con buen ojo, hace pasar a cualquiera que esté por las inmediaciones. Al parecer, en estos acontecimientos se gasta íntegras sus dos pagas extraordinarias, pero lo da por bien empleado, pues tiene la certeza que su desprendimiento colabora grandemente a su prestigio en la zona. Su mutismo y falta de instrucción han colaborado de esta manera a que la vida gris de Tomás, funcionario jubilado del ministerio de agricultura, haya adquirido a lo largo de los años, el fuste que para sí quisieran otros señores de altos vuelos y mejor presupuesto.

MONOLITOS



En la fotografía se le ve de pie, en lo que tiene el aspecto de ser la plaza de un pueblo. Detrás, una fuente con cuatro caños, coronada por un monolito piramidal de granito tallado, que da toda la impresión de estar en un equilibrio inestable, y bastante deteriorado por el tiempo. Sin duda alguna está posando, tiene las manos en los bolsillos y usa una cazadora de cuero con buen aspecto, aunque desde luego tiene sus años. Ha intentado esbozar una sonrisa, pero no llega a hacerlo y se queda en una especie de mueca forzada, algo bastante corriente en fotografías de este tipo. A su espalda, un poco más lejos, unos soportales en los que se ha colgado un cartel con el nombre de un establecimiento hostelero del que llega a leerse solo el final, que dice “tejo”. Unos coches aparcados afean la perspectiva, y es casi seguro que las autoridades municipales acabarían construyendo un aparcamiento para impedir espectáculos como ese.
Debe tratarse de un pueblo de la sierra de Madrid donde posiblemente él iba con frecuencia los fines de semana. Se ven tres de los cuatro caños, que en ese preciso instante están vertiendo agua, aunque en uno de ellos parece salir con menos fuerza. Si se mira el monolito con más detenimiento, da la impresión de representar una antorcha o algo parecido, pues sin duda alguna, sobre la parte superior se levanta un volumen con todo el aspecto de ser una llama. Quien sabe si tal cosa obedece a alguna tradición popular de la localidad, o tiene algo que ver con su historia. También es posible que uno de sus vecinos ilustres perteneciera al Arma de Artillería del Ejército. En cualquier caso, no creo que tenga nada que ver con una metáfora aludiendo al fuego primigenio robado a los dioses. En estos pueblos remontarse a un hecho tal, por otro lado falso, supondría una ofensa a la inteligencia práctica de los vecinos, que deben dedicarla por completo a otros menesteres más pedestres. El individuo en cuestión, transmite una cierta sensación de distanciamiento, y parece mirar al horizonte, algo sorprendente, pues no debe hallarse demasiado lejos, teniendo en cuenta la estructura del edificio que parece rodear la plaza. Quizás no mira a ningún lado, y se ciñe a su papel de objetivo de la cámara, o incluso pudiera ser que intente transmitir al fotógrafo un gesto interesante, como si fuera un héroe de película en sus horas de asueto. No puedo distinguirse el color de sus ojos, pero aplicando a la fotografía una lupa de bastantes aumentos, yo diría que están en ese período transitorio en el que la edad va desliendo su melanina, alcanzando una casi transparencia muy común en alguien que sin duda ya no cumplirá los cincuenta. Por otro lado, en su fisonomía se va haciendo evidente al mismo tiempo, el trabajo lento pero tenaz de la fuerza de la gravedad, que ha trasladado a sus párpados una expresión con una indudable veta oriental.
Me molestan los vehículos aparcados en batería dertás, aunque debo reconocer que los tres que son visibles tienen un color cálido, que le da vitalidad inesperada al fondo, de un ocre desvaído. La lupa hace asimismo visible una de las matrículas “1384 BHG”, lo que llega a emocionarme, pues si estuviera suficientemente motivado, quien sabe si con la ayuda de la Jefatura Central de Tráfico y el Ministerio del Interior, podría localizar al propietario y celebrar con él ese día gris de un invierno en el corazón de la península ibérica. Incomprensiblemente, en estos momentos siento una simpatía desbordante por ese individuo como testigo de un momento que, aunque no lo parezca, sin duda tuvo su importancia para el protagonista de la foto. Las arcadas de los soportales se apoyan en unas gruesas columnas coronadas cada una por pequeños arquitrabes, que supongo que reparten la carga, y hacen que la construcción se mantenga con mayor firmeza. Sobre los soportales pueden verse unos balcones pequeños con unas barandillas de hierro forjado, y en uno de ellos en el segundo piso, se ven las pantorrillas de una mujer, que por su aspecto, con unas medias gruesas bajo una falda de paño, se me antoja que bien podrían pertenecer a la propietaria de la vivienda. En una de las esquinas del edificio destaca un farol tradicional con forma de tronco de pirámide invertida, sobre un soporte de hierro, labrado con unos motivos que la lupa no puede discernir. En el interior de uno de los vehículos juraría que se adivina una sombra, que bien podría corresponder a la cabeza de un conductor que decidió no salir en vista del frío en el exterior, o que aguarda tranquilamente que alguien regrese de realizar una gestión.
El individuo fotografiado es sin duda ajeno a todos estos detalles, esencialmente porque al estar de espaldas es imposible que sea consciente de ellos. Algo en su gesto traslada, sin embargo, al espectador cierto escepticismo vital, sobre todo unos pliegues en la comisura de los labios, que hacen ver que no mantiene una atención excesiva hacia nada de lo que le rodea, y que en todo caso, no le transmiten nada que alegre su mirada. Claro que al tiempo que veo la fotografía y reflexiono sobre ella, me digo que todo puede ser una invención mía, y que otra persona podría interpretar algo muy diferente. El monolito, por ejemplo, contemplado con más atención, no parece para nada inestable como se dijo al principio, sino solidamente asentado sobre su base de granito. Los chorros de agua, interpretados aquí como poco más que un humilde manantial rústico, podían ser vistos por otro como una imitación de las fuentes del Generalife, y quien sabe si su estricta arquitectura herreriana, podría ser tomada como una imitación, todo lo tosca que se quiera, eso sí, de los leones de la Alhambra. Después de todo, cada cual ponemos demasiado de nosotros mismos en lo que vemos, y quien sabe si ese individuo que nos mira desde la fotografía un tanto ausente y altivo, oculta detrás de su  frialdad una cabeza poblada de expectativas y fantasías, que se harán realidad, posiblemente, en el preciso instante en que decida de una vez por todas, sacar las manos de los bolsillos.

JEROGLÍFICOS



Discutían acaloradamente en mis proximidades, tratando de temas que en los pocos momentos que presté atención, me parecieron un tanto inconexos, como si no tuvieran nada que ver entre sí. Parecían enzarzados en un debate en el que por más atención que pusiera, no podía saber con certeza de qué se trataba. Saltaban de un tema a otro sin ninguna transición, como si lo verdaderamente importante fuera hablar torrencialmente y disentir de inmediato. La verdad es que en principio me tenia sin cuidado lo que dijeran, pero al cabo del rato, cuando buena parte de los clientes ya se había ido y podía oírles con más claridad, empecé a sentirme más y más implicado, y en varias ocasiones estuve a punto de terciar dando mi opinión. Sin embargo, tuve que contenerme, pues daba la impresión de que eran conscientes de mis intenciones, y poco antes de mi intervención, cambiaban de asunto y me dejaban con la palabra en la boca. Era irritante, debo reconocerlo, pues al cabo de un buen rato, cuando ya nos quedamos solos en el local, su discusión había adquirido el carácter de un jeroglífico que yo intentaba descifrar una y otra vez sin conseguirlo.
Daba la impresión que estaban jugando conmigo, y que eran conscientes de la atención que les prestaba, algo después de todo nada extraño, dado que mi motivación había hecho que me girara hacia ellos y les mirara francamente. Al cabo de un rato, tras el cual mi actitud era ya claramente participativa, los dos tipos parecían multiplicar su velocidad al hablar, hasta el punto que en cierto momento llegué a preguntarme si habría bebido más de la cuenta, pues sus voces parecían haberse adelgazado hasta límites que las hacían confundirse con una especie de melodía inextricable, de la que era inútil tratar de entresacar el mínimo sentido. Además, daba la impresión que su dicción desenfrenada estaba únicamente compuesta por palabras, expresiones, giros verbales y neologismos de imposible comprensión, por lo que llevado ya de un impulso irrefrenable, me acerqué a su mesa hasta donde permiten los buenos modales, teniendo en cuenta que para ellos yo no era sino un intruso, un cliente más de los que habitualmente comían en aquel restaurante. Poco después, cansado de un esfuerzo que parecía inútil, cambié de estrategia con objeto de ver si de esa manera podía entender algo de lo que decían. Me recliné sobre mi mesa y fingí quedarme amodorrado, algo que seguramente no les extrañaría, pues habían sido testigos de mi afición al vino tinto en el almuerzo. Para mi sorpresa, mi cambio de actitud surtió el efecto deseado, y a los pocos minutos de tener mi cabeza apoyada sobre mis brazos en la mesa, sus voces se fueron haciendo más inteligibles, hasta que al cabo de unos momentos me llegaron con total nitidez. Sorprendido por la nueva situación, estuve a punto de recobrar mi actitud de poco antes, pero consciente de que quizás tal cosa sería contraproducente y volvería el galimatías previo, permanecí así un buen rato.
En esos instantes pude captar que hablaban de la posibilidad de un mundo en el que todo, absolutamente todo, pudiera ser expresado en el lenguaje formal, de tal manera que hasta las fórmulas matemáticas o los diseños de vanguardia, tuvieran su equivalente por escrito o verbal. Pensé entonces que aquellas personas no estaban bien del caletre, no porque no me interesara moderadamente la filosofía, sino porque podría asegurar que poco antes discutían acaloradamente de fútbol, concretamente sobre el campeonato nacional de liga. Yo tenía mis ideas al respecto, y creo que en esos momentos hubiera podido intervenir explicándoles con sencillez las teorías especial y general de la relatividad, sin acudir a ninguna fórmula que emparentase la energía y la masa, como en su día hizo Einstein. No lo hice, y pude comprobar que contrariamente a mi impresión anterior, los dos individuos no se desviaban un ápice del tema que parecía interesarles, y hacían alusiones para mí ininteligibles sobre autores y conceptos de los que yo no tenía la menor idea.
En esos momentos fui conciente de que los camareros elevaban la voz, sin duda tratando de que aquellos señores terminaran su conversación y yo me despejara, pues a esas horas ya era tiempo de adecentar el local después de que el resto de clientes hiciera ya rato que se habían ido. Me incorporé como pude, porque la verdad es que mi fingimiento me había provocado un sopor real del que me costaba salir. Antes de abandonar el lugar, eché un último vistazo a aquellos tipos que parecía hacer caso omiso a las advertencias del personal del restaurante, y continuaban perorando con un vigor renovado, aunque en esos momentos sus lenguas parecían haberse vuelto de trapo, y sus incisivas deducciones filosóficas me llegaban al ralentí, como si en esos instantes finales, más que palabras, sus bocas solo fueran capaces de emitir una especie gangueo extraño, como si se tratara de una sustancia blanda y algodonosa.