lunes, 29 de septiembre de 2014

MARCAS

A ese hombre le pasa algo. No me cabe ninguna duda. Sucedió que un día, hace ya cierto tiempo, cuando estábamos charlando en el zaguán de la vivienda, percibí en su rostro ciertas irregularidades que no había observado hasta entonces. Somos vecinos, y  prácticamente nos vemos todos los días, por lo que, querámoslo o no, ambos estamos perfectamente al corriente de nuestro aspecto y estado de ánimo habitual, detalles que no viene al caso especificar aquí, pero que todo el mundo comprende. Su rostro denotaba unos cambios que aunque me resultaba difícil precisar, existían sin lugar a dudas. Y no me importa que otros a quienes hice partícipes del hecho poco después, me dijeran que ellos no habían notado nada especial, y en este sentido debo recalcar que siempre me he distinguido por ser una persona muy detallista, amante de los matices y las cosas pequeñas, lo que me avala para apreciar cualquier alteración por mínima que sea. En su caso, se trataba de unas marcas apenas perceptibles que le surcaban la cara en varias direcciones, y que hacían que sus facciones variasen en función del lugar desde donde fueran vistas. Podrían parecerse a las que en algunas ocasiones llevaban los aborígenes de ciertos lugares remotos, y ¿por qué no? algunos distinguidos guerreros indios de los que todos tenemos noticias a través de las películas de la gran pantalla, donde Gary Cooper y John Wayne solían hacer de las suyas con sioux y comanches. Tal característica, que al parecer solo yo aprecio, hace que a partir de entonces, el rostro de este hombre haya cobrado para mí una existencia obsesiva, como si a través de un proceso determinado se hubiera desprendido del cuerpo y transitara de un lugar para otro como un tótem errante.
Se lo dije la primera vez que tuve esa impresión, y posiblemente al día siguiente, pero su indiferencia hizo que no insistiera, y dejase que en adelante sucediera lo que tuviese que suceder. Yo voy a abandonarle a su suerte, y que sea él mismo quien resuelva su problema, a pesar de que últimamente me sonría con cierta cordialidad, como si sintiera hacia mí una empatía hasta ahora desconocida, quizás porque está al corriente de mi interés desmedido por su cara, y es su forma de agradecérmelo.
La gente no es discreta, y seguramente le ha contado con regocijo lo que ellos piensan que son manías mías. Pero se equivocan. Que ellos no sean capaces de percibir determinadas variaciones que a mí me resultan evidentes, no quiere decir que lo que digo no sea cierto. Es verdad que darse cuenta de ello exige unas cualidades que no todo el mundo posee, y no me refiero en este caso a las exclusivamente visuales. Como de todos es sabido, los sentidos se complementan, y donde flojea uno, otro toma el relevo y lo compensa. Digo esto porque a nadie se le escapa que soy corto de vista y padezco de astigmatismo, y que, por lo tanto, necesito usar lentes continuamente si no quiero que el mundo se convierte en poco más que un lugar borroso del que solo el tacto podría darme noticia fidedigna.

Después de todo, que piensen lo que quieran. Yo, por mi parte, estoy dispuesto a asumir el papel irrisorio que quieren adjudicarme al verme con mis enormes gafas (de culo de botella, para más datos), suponiendo que mi deficiencia visual me impide evaluar con rigor lo que veo. Se engañan, y desconocen el mero hecho de que la virtud se hace notable precisamente cuando flaquean los sentidos. Nuestro amigo tiene unas marcas en su rostro que no le auguran nada bueno, que conste aquí tal cosa por escrito, y que no se me diga más tarde que no lo advertí a tiempo. Son marcas, señales, cicatrices mínimas que otros tomarán por las arrugas que el tiempo va zurciendo en nuestra piel lenta pero insidiosamente. Ese tipo hace tiempo que dejó de ser joven y ya es un adulto con todas las de la ley, pero tales estigmas en su cara, por muy insignificante que parezcan (o que puedan ser tomadas por otra cosa), son, como dije, señales que le auguran un  porvenir nada halagüeño. Si al menos nosotros estamos preparados para la metamorfosis que se avecina, el mal será menor, al no ser acompañado por los desastres que traen aparejados tales fenómenos. Verse por las mañanas y saludarse con la cordialidad con la que suelen tratarse los vecinos, está muy bien, cuando se reconocen. Pero este hombre el día menos pensado será otra cosa, y no todo el mundo está preparado para encontrarse a las siete de la mañana en la puerta de su casa con un mutante, sea el golem, un cyborg o simplemente un alienígena.

viernes, 26 de septiembre de 2014

FIDJI

A veces tengo la sensación de que el tiempo pasa muy rápido, incluso demasiado rápido. Otras veces, sin embargo, me ocurre todo lo contrario y me parece que el tiempo no pasa en absoluto, como si estuviera congelado.
Las consecuencias para mí son en ambos casos similares. Me crean un desasosiego creciente que trato de controlar con ardides que a la larga no resultan operativas. Me sucede sobre todo por la noche, momentos en la que la soledad colabora a que mi inquietud aumente según transcurren los minutos, si es que tal cosa existe, algo que ahora dudo. Lo peor de todo ello es que llevado por esa angustia creciente, enciendo y apago la luz alternativamente, y si en ocasiones las manecillas del reloj parecen haber enloquecido sin detenerse en el mismo sitio ni un instante, en otras parecen petrificadas como dos dardos disparados sobre la superficie del reloj desde algún lugar de la casa.
 Incluso al más lerdo no le debe resultar complicado comprender que tal situación está llegando a desquiciarme, y que con frecuencia me levante en plena noche y clave los ojos sobre el reloj de pared, tratando de comprender lo que sucede. Pero debo confesar que no consigo nada, y soy incapaz de percibir el mínimo movimiento, que sin embargo tiene que existir por fuerza si vivimos en el mundo que decimos vivir, y un reloj sigue siendo un reloj, porque la realidad en este aspecto no es antojadiza, y a los días les siguen las noches, y viceversa.
Para controlar esa sensación creciente de desesperación, trato de desimplicarme del asunto y quitarle importancia, pensando en conceptos o teorías que de alguna manera podrían afectarle. Es bastante habitual que en esos momentos trate de reflexionar sobre la teoría de la relatividad-especial y general- y aprovechar la circunstancia para rendir un homenaje in pectore a su descubridor, Alberto Einstein. Sí, Alberto, en español, que es la lengua que conozco, y con la que me dirijo a mis seres queridos y las cosas que me son allegadas. En otras ocasiones, sin embargo, recurro a la fantasía, y hago cálculos sobre las horas que están viviendo otras personas en lugares muy distantes. Pongamos que Budapest, que no está tan lejos, aunque con más frecuencia me acuerdo de las islas Fidji o Salomón sin un motivo concreto, o por un concepto vago de su exotismo, y el mero hecho de estar prácticamente en las antípodas. Allí, sin duda ya será de día y la inquietud habrá desaparecido para quienes como yo, viven o con más frecuencia, duermen (que no duermen) con la misma congoja.
Cuando estoy ya verdaderamente harto de este suplicio, me digo que el tiempo no existe, y que solo se trata una alucinación de la que debo salir tan pronto como me sea posible, pues de persistir, no sé a donde podría conducirme. O mejor, sí lo sé y me lo callo.
Debo tranquilizarme, me digo para mis adentros, aprovechando los resquicios que me permite una lucidez cada vez más ausente de mi cabeza, porque lo cierto es que a pesar de todo, la noche acaba descendiendo una vez más sobre mis párpados, y mi cuerpo aceptando la inevitabilidad de las horas, los minutos y los segundos.

Y del número pí, que define a su modo la esfera del reloj ante mis ojos. Pero eso, ya se trata de otra historia.

sábado, 20 de septiembre de 2014

CRISTIANOS

La sospecha fue creciendo de forma insidiosa, como suele suceder con todas las sensaciones de esa clase. Al principio fue solo un chispazo, una minúscula duda que se fue alojando subrepticiamente en mi cabeza según pasaban las horas. Pero siendo como soy, una persona rigurosa y metódica, enseguida cogí al toro por los cuernos y pude comprobar que de lo que me temía, nada. Allí estaban mis piernas, como siempre, muslos, rodillas, gemelos y pies, trasladándome como de costumbre de un lugar a otro sobre la superficie del planeta sin mayores problemas, aunque como es natural, dada mi avanzada edad, no lo hicieran con la misma eficacia y soltura que, por ejemplo, cuando tenía veinte años. De hecho, si debo ser sincero, siempre me sentí orgulloso de ellas, no solo porque alguien en alguna ocasión valorase su buen aspecto, sino porque, como bien saben mis compañeros de entonces, siempre destaqué en las actividades atléticas que las requieren especialmente. Entiéndase, la carrera de los cien metros lisos y el salto de longitud, para ser precisos. Y no solo eso sino, como es todavía más conocido, en el mundo del tenis, en el que en su día llegué a formar parte de la élite nacional. Y a este propósito, quiero aquí dejar aquí constancia de una reflexión que creo deberían hacerse no solo los principiantes en tan bello deporte, sino incluso los profesionales: “el tenis es un juego que se juega con los pies”. Algo que sin duda sorprenderá a mucha gente, solo consciente del empleo de un artefacto, la raqueta, que siendo sin duda necesario, desde cierto punto de vista puede incluso considerarse accesorio. Lo obvio debe ser con frecuencia recordado a mucha gente que lo minusvalora.
Cuando empecé a sospechar de su inexistencia, procedí, por lo tanto, de forma gradual, pero firme y sin contemplaciones. Primero, como es natural, miré, y allí estaban, como siempre, todavía suficientemente musculadas y con su forma habitual, levemente arqueadas, aunque alguien con mala fe me llegara en su día a tildar de zambo. Y no solo estaban, sino que, siguiendo la secuencia que puede esperarse de alguien que fue un buen profesional de la medicina, me decidí a tocarlas para verificar su sensibilidad, consistencia y aptitud para ser empleadas sin temor. Y sin lugar a dudas eran mis piernas de siempre, las mismas que habían soportado el peso de mi cuerpo durante toda una vida con eficacia y soltura. Procedí por partes, como suele hacerse durante los reconocimientos, no dejando ninguna zona ni detalle sin explorar. Eran ellas, sin duda alguna, y bajo su musculatura todavía evidente (grosso modo: abductores, rectos, vastos, sartorius, sóleos, gemelos y tibiales), se podían adivinar sus huesos (fémur, tibia y peroné), más aún, si cabe, dado lo magro de mis carnes a estas alturas de la vida.

No debo pues inquietarme y dejar que me asalte la duda de que, pareciéndose a ellas, sean en realidad, otra cosa. Odio la inmovilidad, y no me consuela pensar que se hayan realizado los avances técnicos que permitan a las sillas de ruedas transitar por las aceras como si se tratara de bólidos. Aunque debería aceptar los achaques que la edad me va imponiendo, me niego en redondo a considerar una minusvalía de este tipo, y no me vale sentirme orgulloso de su rendimiento durante tanto tiempo. Las necesito: un orgullo atávico me une a ellas y se me hace demasiado doloroso imaginar que llegará el día en que no puede volver a subir o bajar unas escaleras. Quiero que, como a todo buen cristiano, cuando llegue el momento, me saquen de casa, con las piernas y no otra cosa por delante.

ANOCHECERES

Anoche, al poco de acostarme tuve la horrible sensación de que me estaba quedando sin manos. Al despertarme, sin embargo, pude comprobar que no era cierto, aunque si hay que decirlo todo, tampoco se trató de una verificación exhaustiva. Miré casi de reojo al lugar donde solían estar situadas, y yo juraría que allí estaban. Incluso casi de inmediato, ya en el baño, las utilicé para sus labores habituales sin mayor inconveniente, y sin síntomas de que se trataran de otra cosa. Cumplieron su función con eficacia y dignidad, algo de lo que debiera alegrarse todo ente que se considere a sí mismo lo que suele denominarse “un ser vivo”. Claro que después, durante el resto del día, tampoco me sometí a un escrutinio digno de tal nombre, sino que solo me dejé hacer y, por ejemplo, puedo afirmar que comí sin mayores problemas llevándome los cubiertos hasta la boca.
 Cuando anocheció de nuevo, lo normal hubiera sido salir totalmente de dudas, y mirarme francamente los antebrazos para acabar con este desasosiego, pues fue ya de anochecida cuando creí percibir los primeros síntomas. Pero no fui capaz, debo confesarlo, aunque tal hecho no diga nada en mi favor, e incluso pueda por ello pueda ser tachado de pusilánime. Hice palmas, eso sí, sin mayor inconveniente, y no percibí en el sonido que me llegó nada que no pudiera considerarse como normal. No era desde luego una foca de circo haciendo monerías, ni tampoco se trataba de un aplauso colmado, al estilo de los que profesan los entusiastas al final de una función de ópera o teatro acompañado de los inevitables bravos. No, pero, estimé que era suficiente, por lo que finalmente me metí en la cama en pijama con la placentera sensación de estar entero.  Por la noche, sin embargo, me acometieron de nuevo las dudas, y aunque me desperté casi de madrugada con sudores y temblando, me dije que solo eran imaginaciones, y pude encender la luz de la mesilla sin mayores inconvenientes.
Debe tratarse de un sueño repetitivo con todo lo que tal cosa entraña de agobiante, pero a pesar de todo, no me decido a mirar con franqueza lo que otra vez fueron mis manos, no fuera a ser que por un mal fario se tratara de otra cosa. Me conformo con la agradable sensación de juguetear con mis dedos, y ver que responden a sus funciones habituales, de tal forma que, por ejemplo, puedo sin inconveniente montar el central sobre el índice con toda naturalidad. Incluso me rasco sin venir a cuento, y siento el alivio inmediato que conlleva la desaparición del prurito, aunque solo sea imaginado. Llegado el nuevo día, realizo mis labores sin mayor inconveniente y durante el almuerzo la comida llega a mi boca sin problemas, aunque si debo ser riguroso en mi análisis, juraría que el camarero mira las bocamangas de mi chaqueta con un gesto que, puestos a decir algo, yo llamaría de sorpresa.

A estas horas ya no queda demasiado tiempo para que llegue otra vez la noche, y me vea una vez más sometido a la dura prueba que me asalta a esa hora en los últimos tiempos. Soy una buena persona, y no debería afrontar situaciones para las que no estoy preparado. Creo que no me lo merezco, y espero (¿hasta cuando?) que finalmente todo habrá sido un mal sueño, pues por muy optimista que intente ser, debo confesar que determinadas acciones a las que soy muy aficionado, son muy difíciles de ser llevadas a cabo solo con muñones.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

TRABAJOS SEIS

Una vez el espíritu reconfortado con la verificación de que Bilbao se había convertido en una de las ciudades europeas que merecía la pena visitar tras París, Londres, Roma Berlín, Madrid, Barcelona, Budapest, Viena, Praga, Lisboa, Estocolmo, Oslo, Edimburgo, Ámsterdam, Valencia, Sevilla, Hamburgo et allii, decidí que era el momento de regresar a la tierra chica, y cogí el camino de vuelta. A eso de las ocho se me ocurrió hacer un alto en Laredo, recordando los viejos tiempos de los asadores de sardinas en el casco viejo, y los campamentos de Falange en una playa que empezaba a llenarse de franceses allá a finales de los cincuenta (¡!). Me metí en el Cachupín, un antiguo restaurante, donde me restauré un tanto a deshora tratándose de la península ibérica. El menú vespertino estuvo integrado por una sopa de pescado y unas sardinas (de nuevo) en homenaje a los viejos tiempos, regadas ambas discretamente con vino tinto semi peleón, que al parecer da menos grados en los contadores de la guardia civil de tráfico. Algo debió sentarme regular porque durante un rato temí hacer uso del talud o los bares que como champiñones iban surgiendo a ambos lados de la carretera, pero finalmente pude llegar sano y salvo al hotel, que lógicamente pagó las consecuencias.
En la recepción a esas horas había una chica nueva que no me conocía y me hizo identificarme, dándole yo, en correspondencia, tal cantidad de datos que finalmente me dio las buenas noches y me remitió la llave con un silencio herido. Me di una ducha a fondo  tras una jornada tan compleja y laboriosa, en la que solo me había faltado ponerme el buzo e irme al tajo, para que también pudiera ser calificada de fabril. Me costó dormirme, pero cuando lo logré, fui recompensado con unos sueños maravillosos. A eso de las cuatro de la madrugada (según el reloj de la televisión frente a mí), me desperté tarareando una canción de mi juventud que hizo que ipso facto me pusiera a llorar como un crío. Se trataba de una famosa en toda España, pero sobre todo en Bilbao, que dice así : “Por el río Nervión bajaba una trainera, rumba la rumba, la rumba, la rumba, cargada hasta los topes de gente de primera, rumba la rumba la rumba, la rumba del cañón” (*). Me cogí una perra tremenda con hipidos y todo, y en algún momento pensé que si los vecinos de habitación se enteraban, podrían pensar que en la mía se estaba desarrollando un drama, cuando la verdad es que se trataba de todo lo contrario. Me pasé así un buen rato, hasta el punto que empecé a preocuparme porque no sabía como tranquilizarme. Sentía una mezcla de nostalgia y amor desbocado que no podía controlar. Afortunadamente tuve una idea que me llegó como un relámpago y que me hizo dormir hasta casi las diez como un bendito. En aquellos momentos sentí un impulso irrefrenable de decir a la chica de recepción que la quería, lo que hice de inmediato. Tras mi confusión percibí que la mujer, que volvía a ser la habitual, dudaba entre agradecérmelo o llamar a la policía, pero debió de tranquilizarse cuando poco después de un silencio tenso añadí “a usted y a mucha gente más”. Me dio las gracias y dijo que me comprendía y me deseaba un feliz descanso. Por la mañana, cuando le entregué las llaves, nos miramos con la mirada cómplice de dos desconocidos que sin embargo tienen conciencia de haber compartido un momento único. Y si no único, especial.
Después el desayuno, durante el cual hablé distendidamente con el camarero rumano como si nuestra relación no tuviera antecedentes, y durante la cual, en ningún momento se hizo ostensible por ninguna de las dos partes el menor atisbo de rencor o emociones afines. Como me iba por la tarde, y él libraba antes del mediodía, nos despedimos cordialmente, momento en el que le dije que me había acordado de él al desayunar el día anterior en el bar de la gasolinera, precisándole que incluso me había ido sin pagar para compensar el gasto inútil de mi desayuno con él, momento en el que el chaval empezó de nuevo a mirarme con una mirada entre la incomprensión y la inquina. Momento que aproveché para irme sin darle la mano ni dejarle propina, para que tuviera claro en esta ocasión que con los clientes no habituales no hay que fiarse demasiado. La escuela de la vida, que diría algún cursi o maestro en excedencia.
A las doce había quedado con mi sobrino Tomás, un buen chico que vivía solo, y que en una de las pocas ocasiones en que nos habíamos visto últimamente me dijo que no lo lamentaba en absoluto, pues él era un hombre muy exigente del tipo que exige a la mujer que sea esposa, amante, madre y chacha al mismo tiempo. E incluso puta, me había dicho bajando la voz en aquella ocasión, pues tenía que reconocer que le encantaban los numeritos de cama a los que no se prestaban las mujeres corrientes así como así. Nos vimos en el lugar previsto, un bar con buenas raciones cerca de la plaza mayor. Tenía buen aspecto y parecía haber engordado algo, trabajaba en una empresa de tapicerías que le pagaba modesta pero aceptablemente, teniendo en cuenta que su única función era llevar la cuenta de las piezas que entraban deterioradas, de las que salían arregladas y cuatro minucias más. Pronto nos tomamos un vermut, que era su bebida preferida, y luego pasamos a darnos las novedades respectivas de la familia por ambos lados, algo que inevitablemente derivó hacia sus gatos, que eran su verdadera familia. Tenía doce que vivían con él y todos eran de la gama del color negro, por lo que para no complicarse la vida, los llamaba según sus diferentes matices, que él reconocía de inmediato. Al más negro, quizás como homenaje a los toros, lo llamaba zahíno, al siguiente estrictamente negro, al otro eclipse, y así hasta el duodécimo al que, para no complicarse, le llamaba nieve. Con los gatos se entretuvo un buen rato, dándome detalles de cada uno de ellos, que él distinguía no solo por el color, sino por sus características físicas y psicológicas, temas en los que no quise profundizar teniendo en cuenta que aquellos bichos me daban un poco de repelús en tales cantidades, al tiempo que me acordaba de una gata que tuve de crío y que terminó de mala manera atropellada por un camión.
Poco antes de despedirnos (no quiso comer porque había quedado con su última novia) le di uno de los últimos libros que había publicado, y que trataba en clave de humor de las diferentes formas en que se pueden llevar a cabo las tareas habituales. Lo aceptó, pero con ciertas reticencias, pues para él el humor venía a ser “una medida escapista de la seriedad del mero hecho de ser hombre”(sic). Añadió ya cuando nos dábamos la mano que además el como leer, leer, solo leía los “Tres mosqueteros” de Alejandro Dumas. No se cansaba de hacerlo y creía que todo lo demás era una pérdida de tiempo.
De vuelta al hotel, preferí no comer y ponerme de inmediato en carretera. Pagué y no pude despedirme de mi confidente de recepción porque no era al parecer su turno, por lo que me fui un tanto apesadumbrado, teniendo la impresión, después de lo sucedido por la noche, que quizás no me considerase el hombre entregado al trabajo que había querido aparentar hasta ese momento. Me puse en carretera un tanto triste, temiendo volverme a encontrar en los campos de castilla, a escasas dos horas, con los caballos melancólicos de la última vez. Me partían el corazón, y decidí pensar en el Guggenheim.

                                                                   FIN

(*) La verdadera letra es: “Por el río Nervión bajaba una gabarra
                                           Rumba, la rumba, la rumba
                                           Por el río Nervión bajaba una gabarra
                                           Rumba, la rumba, la rumba
                                           La rumba del cañón.
                                           BIS de todo lo anterior
                                           Con once requetés de boina colorada
                                           Rumba, la rumba, la rumba,
                                           La rumba del cañón.
                                           IDEM superior

                                           Con once requetés del reino de Navarra

                                           con banderas carlistas y bandera de España.

TRABAJOS CINCO

Por fin llegué al museo, el del famoso de nombre impronunciable (y que de momento me callaré), y debo decir que en un primer momento su mera visión me asombró. Me detuve un rato largo tratando de contemplarlo desde diversas perspectivas, y si bien no dejé de atribuirle su mérito y desde luego su originalidad, cuando acabé de rodearlo, llegué a la conclusión definitiva de que se trataba, grosso modo, de lo más parecido que había visto nunca a una lechuga. Asimétrica, pero lechuga. Con esta perspectiva vegetal in mente entré en el interior, no sin antes detenerme un momento ante una escultura (o como quiera llamarse) de un perro gigantesco, algo que me pareció lamentable por más justificaciones que traté de darle, como surrealismo naif, denominación que me vino a la cabeza casi de inmediato, tratando de echarle una mano a su autor.
Una vez adentro subí enseguida al piso superior, donde entre otras cosas (repito: cosas), se exhibían algunos cuadros de un pintor español cuyo nombre no recuerdo en estos momentos, y de otro, supongo que norteamericano, llamado Tom Wasserman. Del nacional eran famosos algunos cuadros sencillos, desprovistos de cualquier floritura, y cuyo tema general y repetitivo eran las vacas, las coca colas y alguna que otra menina (de las que también había tallas en papel). Del americano se exhibían varios cuadros de señoras rubias tipo starlettes, con resonancias de Marilyn Monroe, pero con menos tetas, siendo esto evidente para cualquier visitante informado, porque las tales se podían ver al natural en sus telas.

Como remate a mi visita (jamás suelo emplear más de una hora en la visita a cualquier museo, aunque sea El Prado, lo que por cierto ha hecho que siga apreciando la pintura), bajé a la planta baja, un inmenso espacio vacío que suele emplearse, según me contaron, para instalaciones diversas, y en general un tanto sorprendentes, lo que, que conste en acta, suele ser su valor principal. En esta ocasión se trataba de dos, la primera de ellas consistía en un edificio tipo casa rural hecha enteramente de maderos, en cuyo interior había otro parecido hecho de maderos más pequeños y así indefinidamente, hasta que el último consistía ya exclusivamente en una loa a la madera (supongo) representada por un árbol enano, vulgo bonsái. De uno a otro de los sucesivos edificios se podía acceder por diferentes aberturas, que trataban de parecerse a puertas normales y corrientes, aunque no lo fueran en el sentido estricto de la palabra, y como es lógico, según se avanzaban y las construcciones se  hacían más pequeñas, la dificultad para entrar era mayor, por lo que ante el bonsái solo se podía llegar de uno en uno por riguroso turno. Ni que decir tiene que yo no llegué a la meta, entre otras cosas porque sabiéndolo, me conformé con imaginármelo (con cierta emoción, es cierto, recordando al que tenía en casa: un abeto canadiense). La otra instalación era más compleja. Se trataba de un enorme laberinto hecho con láminas de metal, y que como todo laberinto que se precie, tenía difícil descripción, aunque desde luego era irregular y sorprendente, que es de lo que se trata en este tipo de artefactos. En su interior grupos de gente desorientada prorrumpían con frecuencia en exclamaciones de sorpresa o asombro, y trataban de buscar la salida. También se podían oír algunas risas nerviosas de gente a punto de perder los nervios. Yo acabé topándome con un grupo que seguía a una guía, y que por lo tanto estaba organizado. En él pude  escuchar algunas explicaciones interesantes, pero me quedé especialmente con dos palabras “dédalo” y “alambique”, que a mí me hicieron pensar en otras fuera de aquel contexto, que eran exactamente “Ícaro” y “retorta”, algo que sin embargo mantuve para mi coleto, y no me atrevía a sugerir a la señorita guía para no sumirla en la confusión y hacer que el grupo se disgregara. En el momento, sin embargo, de dejar a aquel colectivo, se me ocurrió que quizás no estaría de más preguntarle algo que sí tenía que ver con el contexto. Le pregunté cual era la razón exacta por la cual estando en Euskadi no se hacía la exposición de la visita en euskera. La señorita, muy amable, me respondió con una obviedad, consistente en que aquel grupo era de gente hispano y angloparlante, y porque, en cualquier caso, allí no más del quince por ciento de la población lo hablaba. No quise violentarla, pero ya alejándome levanté la voz y exclamé: “No obstante sería una buena oportunidad de hacer pedagogía”, lo que supuse que podía introducirle la duda de si había tenido que vérselas con un profesor de ikastola o con un preso arrepentido.

TRABAJOS CUATRO

Esa tarde no salí. Me recluí en mi habitación, aunque llamé en repetidas ocasiones a Recepción, tratando de dar la impresión de que era un hombre atareado que debía solventar algún asunto importante sin demora, pero esporádicamente les hacía las preguntas habituales como “la televisión ha dejado de funcionar, y aunque aprieto el botón, no se enciende” o “el agua de la ducha sale fría” y cosas por el estilo. De esa manera estaba convencido que paulatinamente se irían haciendo de mí la idea que me había propuesto, la de ser un trabajador incansable, pero al mismo tiempo alguien que vive la vida, y se preocupa por los temas normales de un ciudadano común y corriente. A eso de las diez y media, cuando ya habían cerrado el comedor, bajé a tomar algo y me comí un sándwich vegetal en la barra del bar, no sin antes hacer constar que esas no eran horas de cierre en un hotel de esa categoría, y más celebrándose las fiestas del lugar. El camarero me miró fijamente y me dijo algo, supongo que en perfecto rumano, de lo que no me enteré en absoluto, pero que imagino se trataba de la respuesta a mi queja. No insistí más, principalmente porque las verdadera razón me tenía sin cuidado, pero quise no obstante que quedara claro que yo no era un cliente fácil, y le pregunté si la mayonesa del sándwich era natural o de bote, esperando cogerle en un renuncio, pero sin embargo me respondió algo que yo entendí como “Sí, de Botepedra”, dando por concluida una conversación que no merecía la pena que se prolongase durante más tiempo, y con la que me conformé, al hacerme evocar la bonita ciudad gallega a orillas de la ría de su propio nombre con su buen marisco y sus famosas mejilloneras.
Esa noche dormí perfectamente, aunque de vez en cuando me despertara durante unos breves instantes sobresaltado por el ruido del motor de alguno de los vehículos que circulaban absurdamente a esas horas, y por sueños breves pero significativos en los que como norma se me veía a mí sumergido colgando de una mejillonera convertido en un mejillón gigante debido a mutaciones de origen atómico difíciles de explicar por aquellos pagos.
A la mañana siguiente fui a desayunar a la barra del bar en donde seguía el camarero de la noche anterior. No le di ni los buenos días, y ni siquiera abrí la boca para pedir el desayuno, utilizando solo el dedo índice de mi mano izquierda para señalar lo que me apetecía. Creo que comprendiendo que se trataba de un reto, él hizo todo lo posible para hacerme hablar. Por ejemplo, trató de desestabilizarme al preguntarme si deseaba el café frío o caliente, algo que solventé con la naturalidad de los hombres con recursos, sacando el encendedor y encendiéndolo repetidamente. Me entretuve unos momentos leyendo la prensa local sin utilizar el rotulador, pues supuse que ya todos estaban sobre aviso, y a continuación me fui sin probar bocado queriendo de esa manera demostrar que el trabajo y el ayuno voluntario son dos cualidades esperables en cualquier cliente durante cualquier época del año.
Cogí el coche y al pasar por delante de Recepción pude apreciar que la señorita habitual trataba de decirme algo (o quizás simplemente me saludaba), siguiendo yo, no obstante, con mi mutismo recién estrenado y llegando a la conclusión que aquella chica había desarrollado una dependencia hacia mi persona, que debía atajar de inmediato si no quería problemas. Posiblemente un novio o un marido en condiciones le vendrían muy bien. En cualquier caso, la consulta con el párroco del Cristo yaciente parecía recomendable. Me detuve en la primera gasolinera que me salió al paso y allí con independencia llenar el depósito desayuné pantagruélicamente, dedicando in pectore la ingesta al camarero del hotel. Luego, aprovechando un despiste de la chica de la barra, me zafé y me fui sin pagar. Cuando debió darse cuenta, es posible que ya estuviera a cinco kilómetros del lugar. Había decidido ir a Bilbao. El día estaba nublado, y no era cuestión de hacer el anormal yendo a la playa para cumplir el precepto estival en esa costa en la que tal hecho es habitual (para los anormales, rematé para mis adentros). Así pues pronto crucé el límite entre ambas comunidades y me encontré en plena tierra de aizkolaris y tragaldabas. Quería comprobar si era cierto el rumor de los últimos tiempos, que afirmaba que la capital de Vizcaya había pasado de ser una ciudad lúgubre, industrial y fea, a una especie de paraíso verde, luminoso y lleno de artistas motivados por la presencia de un famoso museo, cuyo nombre especificaré después si acierto con su ortografía. Aparqué el coche en un parking subterráneo de la Gran Vía, haciendo notar al vigilante que no estaba de acuerdo en el nombre de aquella calle, existiendo otra en España (y recalqué España por motivos obvios), con el mismo nombre. El hombre me miró con cierta perplejidad pero fue incapaz de decir nada, por lo que al alejarme le grité “¡del Lehendakari. Calle del Lehendakari! así se debía llamar”, y apreté el paso en dirección a la salida.

 Una vez alcanzada la superficie, anduve deambulando un buen rato de aquí para allá, dirigiéndome con frecuencia a la Erzaintza para preguntarles aleatoriamente por algunos lugares de la ciudad (de todas maneras no pensaba visitar ninguno), por lo que mezclé Neguri con las siete calles,  la estación de Achuri, el estadio de San Mamés y las Arenas de Guecho, dejándoles con la palabra en la boca, y haciendo no obstante un gesto de asentimiento, no fueran a pensar que simplemente les estaba tomando el pelo (lo que, por otro lado coincidiría milimétricamente con la verdad). Cuando me cansé de girar como una peonza de aquí para allá, me acerqué a la ría, que estaba tan sucia como siempre, y me metí en el puente colgante, en el que hice tres viajes completos de ida y vuelta, tratando de confundir al revisor, que sin embargo no me prestó la menor atención e hizo que me sintiera humillado, algo de lo que tendría que desquitarme en el tiempo que me quedaba allí.