sábado, 31 de mayo de 2014

PERSIANAS (EPÍLOGO)

Afortunadamente, la vida en ocasiones, y lo digo yo que todavía soy una persona sin mucha experiencia, recurre a situaciones impensadas o truculentas para hacer que los acontecimientos vuelvan a la normalidad por unos procedimientos que ni siquiera podíamos prever. Aunque, a decir verdad no era ese exactamente mi caso, pues yo tenía la impresión que el amigo Bartolomé no podía permanecer demasiado tiempo en el lugar que él mismo había diseñado, y que mi madre parecía creerse a pies juntillas.
Habíamos quedado para vernos en mi casa el fin de semana siguiente, algo que podía parecer como la entrada definitiva del sudanés en el ámbito familiar, y que se me perdone esta pretenciosidad, estando mi familia compuesta en exclusiva por mi madre y yo misma. Todo parecía, pues, dispuesto, y de hecho debo confesar que el viernes me había acercado al supermercado para hacer alguna compra fuera de lo habitual en homenaje a la nueva pareja, y más precisamente a Bartolomé, que al parecer había conquistado el corazón de mamá, cuando el pobre Antonio en su hogar subterráneo, aún podría tener algo que objetar.
Sin embargo, una llamada el sábado por la tarde, justo cuando empezaba a recuperarme de la siesta después de una mañana agotadora en la peluquería, recibí una llamada de mamá diciéndome que se suspendía todo, porque “el cabrón del negro ha desaparecido con todo el equipaje” (sic). En resumidas cuentas: parece ser que aquel tipo de la Sorbona nada, sino un cabo primera originario de Guinea Ecuatorial, que había sido expulsado de la Armada por turbios asuntos sexuales a bordo de su barco. Al parecer, estaba destinado en la Enfermería de a bordo, y fue sorprendido pasando revista de higiene a la marinería motu proprio, es decir por cuenta propia. Llamaba al personal libre de servicio, y en un aparte les hacía enseñarle lo que me podía imaginar, con objeto de verificar su higiene y estado de revista, lo que como mínimo suponía que con sus propias manos descapullara y sopesara el instrumento de sus subordinados.
Mamá, aunque al principio gimoteó un poco, enseguida se recuperó y dijo que afortunadamente Dios, o “quien sabe si tu propio padre” (sic), había venido en su ayuda, pues lo que nunca hubiera imaginado era que aquel hombre tan sensible fuera un bujarrón de tomo y lomo. No me contó con detalle como se enteró de todo eso, pero por los pocos datos que me dio creo que fue al registrar la maleta del senegalés aprovechando que había salido, después de que por la noche le sorprendiera soñando y hablando en perfecto castellano.

Las cosas, pues, han vuelto, a la normalidad, aunque a decir verdad, ahora más que nunca echo de menos al pobre de Antonio, mi padre, que a pesar de no ser un hombre con muchas luces y no tener ni idea de poesía, era al menos un tipo honesto al que no se le hubiera ocurrido recurrir a una cátedra en la Sorbona, y mucho menos a sopesar los atributos de sus amistades, por decir lo menos.

PERSIANAS CUATRO

Pasaron varios días en los que mamá y yo solo hablamos brevemente por teléfono. Mi impresión de todas maneras es que ella trataba de sondearme para ver qué me parecía su romance con el de Senegal, pues fue de lo único que pude enterarme con total certeza de Bartolomé de todo lo que me lo dijo. Es decir, casi con toda certeza un tripulante de una de las pateras que llegan a las Canarias procedentes de la costa africana varias veces al año. Claro, que eso no me lo dijo, posiblemente porque pensaba que tal cosa ya me parecería demasiado fuerte, y esperaba a una mejor ocasión cuando hubiera asimilado que su novio era de otra raza (aunque ahora que lo pienso, creo que todos los humanos somos de la misma. O de la misma especie, que ahora no estoy segura). Estuve a punto de pedirle detalles, pero me contuve y esperé a vernos para hacerlo. Claro que si lo pienso, no sé por qué tal cosa me preocupaba, quizás porque no se trataba de que me preocupara exactamente, sino del simple hecho de que lo rechazaba. Yo era por tanto una racista, teniendo en cuenta, además, que me había dicho que aquel hombre, bastante más joven que ella, por cierto, era sobre todo muy cariñoso. Y que eso y no otra cosa le había atraído de él, había añadido. Como fácilmente se puede imaginar, tratándose de un negro, el que me dijera “otra cosa” debía venir con segundas intenciones; en resumidas cuentas: que no pensara que estaba con aquel tío por su polla. Seamos claros.
Por fin ese fin de semana me decidí,  en vista que ella no lo hacía ni venía a verme a la peluquería, y me presenté en su casa sin previo aviso. La verdad es que me esperaba cualquier cosa, incluso que el africano ya estuviera viviendo allí con ella. Pero no era así, me recibió un tanto extrañada de que me hubiera lanzado por las buenas sin haberle dicho nada, no porque fuera raro sino poco habitual, aunque enseguida nos sentamos en el salón y nos pusimos a charlar. Le dije sin más preámbulos que estaba preocupada por lo que me había contado y le pregunté si estaba segura de lo que estaba haciendo, a lo que me contestó que totalmente. Que no sabía yo lo importante que era para ella aquel tipo, que hablaban todas las noches por teléfono y que estaba muy ilusionada. Hasta el día anterior Bartolomé no le había dicho a qué se dedicaba, pero al parecer, era nada más ni nada menos que un profesor de la Sorbona en excedencia. Se había querido tomar un año sabático para reflexionar sobre algunos temas de la condición de la mujer en África que le tenían preocupado, y no se le ocurrió que nada mejor que ir a las islas Canarias, donde casi podía sentir el pálpito de su tierra natal, Senegal, y concretamente de su lugar de nacimiento, Dakar. Me quedé aún más de una pieza que el día que me comunicó su relación, y me dije si mamá estaba trastornada o en vías de ello. Sin embargo, si debo ser sincera, incluso más que eso me sorprendió que empleara una palabra de la que ni siquiera estuviera convencida de que supiera cabalmente su significado, pálpito. Como si me hubiera escuchado, a renglón seguido me dijo que otra de las cosas que más le atraían de aquel hombre era lo bien que hablaba, pero sobre todo lo bien que pronunciaba. Había que verle, continuó, cuando a la orilla del mar le recitaba algunos versos de sus poetas favoritos. La verdad es que en aquellos momentos, aparte de estar al borde de un ataque de nervios, estaba sobre todo fascinada. Mi madre la peluquera de toda la vida (y a mucha honra, como yo misma), oyendo ensimismada a un individuo al que apenas conocía recitándole poemas en las cercanías del faro de Maspalomas, al tiempo que las turistas pasaban a su lado en bikini, en tanga o prácticamente en pelotas, oliendo a cerveza y crema solar. O directamente a fritanga. Cuando le pregunté finalmente en qué idioma hablaban, me dijo que cuando entre dos personas hay chispa, el lenguaje es lo de menos, aunque naturalmente, siendo Bartolomé profesor de Lengua y Literatura en Paris, le hablaba lógicamente en francés. Ante mi asombro, se adelantó a mi pregunta y me confesó que ella más que a otra cosa estaba atenta a sus maneras. La forma en que articulaba las palabras moviendo los labios, tras de los que se podían ver unos dientes blanquísimos y perfectos, que para nosotros quisiéramos los blancos. Virgen Santísima, pensé para mis adentros, esta mujer desvaría, y no sé donde puede ir a parar en su fantasía. Intenté suavemente que tratara de ser razonable, pero al poco me di cuenta de que era inútil, y que de momento no valía la pena. Confiaba en que según pasaran los días y aquel caradura se esfumara, ella se desencantaría y entraría en razón. Volví a casa, pero esta vez preocupada de verdad, y no ya porque se tratara de un negro desconocido, sino porque tenía la impresión de que a mi madre se le estaba yendo la cabeza a todo meter. Ella siempre había sido muy fantasiosa, eso es verdad, y en ese sentido lo de ahora no era tan raro, aunque pensé lo que tenía que haber pasado el pobre Antonio, mi extinto padre, cuando ella insistía en que la acompañara para que les echaran las cartas, o cuando quiso que se hicieran juntos testigos de Jehová porque le hacía muchísima ilusión lo del bautismo metiéndose en el agua. O lo de ahorrar para irse una temporada a las Seychelles o las islas Mauricio.
Después de la reunión con mamá, de la que salí con la impresión de haber asistido a una sesión de psicoterapia intensiva, pero sin psicoterapeuta, creo que ambas decidimos en nuestro fuero interno que los últimos acontecimientos que habíamos vivido debían sedimentar y ambas pudiéramos tranquilizarnos para ver todo más claro. Era cierto, sin embargo, que por mi parte yo no tenía verdaderamente ningún problema más allá de mi relación con Jaime, mi novio, que siempre estaba en el aire, que sí, que no, pero que no constituía ninguna novedad. De una u otra manera éramos pareja desde hacía unos cinco años, aunque cada uno haciendo su vida y cada cual en su casa, lo que no dejaba de ser bastante frustrante o un chollo, según como se mire.
Sin embargo, la placidez de eso días sin noticias de Bartolomé, se vio de repente truncada el día en que mamá apareció temprano en la peluquería diciéndome que necesitaba mis servicios de inmediato. El asunto es que al día siguiente llegaba el negro y quería estar guapa para recibirle. Había decidido cortarse el pelo y hacerse un peinado afro después de teñírselo de caoba oscuro. Estaba convencida que de esa manera le iba a gustar aún más a aquel hombre, pues con su nuevo aspecto no iba a tener más remedio que recordarle a las mujeres senegalesas. Mamá, ya era evidente, estaba cayendo en una dinámica que yo me sentía incapaz de controlar, por lo que tras una mínima discusión antes de ponerse en mis manos, decidí que me iba a callar, y a hacer lo mejor posible lo que me pedía, aunque temía que el resultado fuera una auténtica chapuza. Mamá tenía buen pelo, pero bastante lacio y con muchas canas, con lo que la tarea no era demasiado fácil. Al final salió lo que salió, pero ella se fue contenta y me dijo que posiblemente el domingo me lo presentaría. Que si no había cambios, podía ir a comer con ellos a su casa, y que podía traerme a Jaime si quería y él se dejaba, que esa era otra historia.
Así pues, el domingo según lo estipulado, y a falta de novedades, me presenté en su casa con aprensión y el corazón en un puño. Jaime se negó en redondo a venir porque aquel le parecía un asunto chungo en el que él no pintaba nada, ni siquiera como acompañante. Cuando me abrieron la puerta, durante unos segundos creí que me había confundido de piso, porque aunque aquel señor enorme en el umbral negro como un tizón podía ser Bartolomé, la señora que le acompañaba, me pareció en principio una desconocida, con un traje largo de colores vivos hasta el suelo, y una especie de tocado de gasa amarilla o algo parecido sobre el pelo, y una tez oscura que lo mismo podía corresponder a una caribeña sofocada que a alguien que se había dado un atracón de sol durante dos días. Pero era mi madre, que se había echado en la cara una crema bronceadora que había encontrado en Mercadona, con la que quería sin duda acercarse aún más a las nativas de Senegal. Pasada la primera impresión, traté de sonreír todo lo que pude y me prometí ver las cosas de una manera más positiva; después de todo aquello no era asunto mío, y si a mamá le hacía ilusión, que a mí me pareciera una chaladura no tenía demasiada importancia. La comida no estuvo mal, y la verdad era que aquel tipo parecía bastante simpático y espabilado. Verdaderamente como pareja daban una buena impresión, aunque la diferencia de edad resultara evidente a pesar de los esfuerzos de mamá para estar joven y guapa, como ella decía. Le pregunté al tipo aquel por sus actividades en la universidad, a lo que me contestó de una forma un tanto vaga, que no me permitió indagar mucho más. La verdad es que con frecuencia los tres nos callábamos porque no resultaba tan fácil entenderse en francés, del que mamá no sabía absolutamente nada y yo poco más, y lo poco que sabía estaba relacionado con los productos para el cabello de la peluquería, muchos de los cuales eran franceses y yo trataba descifrarlos a ratos. Por cierto que el francés de Bartolomé también me pareció un tanto especial, como si de hecho tuviera alguna dificultad y casi lo chapurreara, algo que yo achaqué a su acento africano. Lo más sorprendente en cualquier caso, era que Bartolomé, que casi no hablaba español, lo entendía bastante bien, según él por los meses que llevaba en Canarias y porque en la Sorbona tenía varios alumnos españoles. Durante aquel rato me acordé de mi padre con frecuencia. Tenía la impresión que de habernos visto hubiera pensado que estábamos todos para encerrar, y que en resumidas cuentas solo se trataba de una de las chaladuras de mamá. Me fui a media tarde después de ver un rato con ellos la televisión, cuando finalmente me di cuenta de que nos estábamos quedando amodorrados y que tenía que espabilarme. En ese tiempo pude darme cuenta de que aquel tipo era un bicho especial. Nunca antes había percibido el olor un tanto dulzón de la gente de color, posiblemente por su exceso de melanina, pero sobre todo me llamó la atención los poros de la piel de la cara tan dilatados que no sé como a mamá le podían gustar. Pero lo que verdaderamente me irritó de aquel tipo, una vez que hube aceptado que después de todo cada cual somos del color que nos ha tocado, era que aquel cabrón no hacía más que mirarme las tetas. Ya sé que tengo bastantes, que le voy a hacer, pero el tío no disimulaba en absoluto y estuve a punto de decirle una burrada. No me parecía que tal atención favoreciera en nada a mamá, a la que no veía el futuro nada claro con aquel tipo. Antes de irme les dije que el próximo fin de semana podíamos comer en casa o donde les apeteciera, que yo les invitaba.
(*) Boca de la isla: especie de cangrejo violinista de las marismas de Cádiz, que tiene una de sus pinzas mucho más desarrollada que la otra, y constituye una delicatessen culinaria. También llamado barrilete

FIN DEL CUARTO CAPÍTULO DE PERSIANAS.

martes, 27 de mayo de 2014

PERSIANAS TRES (ISLAS)

Después del entierro, mamá y yo nos refugiamos en una cafetería de la Ribera del Manzanares y estuvimos un rato charlando y tratando de consolarnos. Ella parecía verdaderamente afectada a pesar de sus circunstancias. Quiero con esto decir que debía hacer dos años que no hablaba con mi padre, lo que no parecía inconveniente para parecer muy afectada, y que en aquellos momentos rememorara episodios de su vida en común en los que decía haber sido muy feliz. Incluso mencionó los primeros años de mi vida, en los que al parecer papá me adoraba, momento en el que me entró una llantina inconsolable durante más de un cuarto de hora durante el que buena parte de los clientes estuvo pendiente de nosotras tratando de averiguar que nos estaba sucediendo. La vida en ciertas ocasiones es muy traicionera y parece ser lo que no es. Afortunadamente al final pude contenerme y nos dejaron de prestar atención.
Al día siguiente llamé a mamá temprano para ver que tal lo llevaba, pero para mi sorpresa no contestaba ni en casa ni al móvil, por lo que a última hora de la tarde me acerqué a ver qué sucedía. El bloque de casas donde vive mi madre no tiene portero y como no respondía al telefonillo desde la calle, acabé llamando al vecino que me dijo no saber nada, aunque juraría que la había visto salir por la mañana con una maleta. Tuve entonces la seguridad de que a mamá le había dado una de sus ventoleras, y había iniciado alguna de sus aventuras estrafalarias, lo que conociéndola no era tan extraño. Así pues esperé noticias suyas y me mantuve expectante pero en silencio durante todo el día. Finalmente dos días después recibí un guasap desde Maspalomas en Gran Canaria, en el que me decía que la perdonase, pero que tenia necesidad de relajarse y olvidar después de los últimos acontecimientos, y que había optado por irse una semana lejos “del escenario del crimen” (sic), sabiendo que si me lo hubiera dicho antes, no la hubiera dejado. La contesté de inmediato diciéndole que disfrutara y se relajase, pero que no obstante pensaba que estaba como una regadera. Me contestó brevemente y se lo agradecí, pues estaba convencida de que de haberlo hecho de otra manera nos hubiéramos enfrascado en una discusión absurda que no merecía la pena.
Durante esos días me dediqué a trabajar procurando no pensar en nada más. Abrí la peluquería al día siguiente del entierro, y tuve que soportar los pésames de las clientas, que agradecía de corazón, pero que no me dejaron durante un cierto tiempo pasar página. Parece mentira la importancia que tiene una persona a tu lado, aunque como en mi caso fuera mi padre, que no suele ser lo habitual en alguien que como yo que ya tenía treinta  años. Como me había dicho, mamá regresó una semana después, tostada y de buen humor, lo que quería decir a la claras que su estancia en Canarias le había sentado bien, y alejado del triste acontecimiento que acabábamos de vivir. Me vino a ver directamente desde el aeropuerto, lo que me sorprendió pero se lo agradecí, pues lo interpreté como un síntoma de su afecto y preocupación por mí. Pero lo más sorprendente fue que al poco rato me dijo que en su opinión nos vendría bien un canuto, lo que en principio me dejó patidifusa, pero que en el momento de dárselo me hizo pensar que quizás le vendría bien, y hasta que podía ser un síntoma de cuanto podía haberla hecho cambiar la muerte de Antonio. Ya se sabe que las primeras veces que uno se fuma un porro las reacciones pueden ser de lo más variadas, desde dolor de cabeza a náuseas, pasando por ataques de risa o somnolencia. En su caso, sin embargo debo decir que para mi sorpresa permaneció muy tranquila y relajada, como si de hecho fuera una consumidora habitual. Al poco me dijo que tenía que confesarme algo que le daba cierta vergüenza, pero que como mujer que era, creía que podría comprenderla. Me dejó expectante, y si debo decir la verdad un tanto ansiosa, pensando en que podía haber hecho cualquier tontería, aunque a decir verdad, en sus circunstancias no se me ocurría cual podría ser. Cuando después de un buen rato y darme unas cuantas pistas falsas, me acabó confesando que estaba enamorada de un negro, me quedé de piedra. Y de ello, lo que más me dolió fue pensar que a pesar del buen concepto que tengo de mi misma en este sentido, fue precisamente que fuera un negro y no un tipo normal y corriente de los de toda la vida. Ni siquiera se me ocurrió pensar que el cadáver de papá aún estaba caliente, o que era demasiado pronto. Y de nada me sirvió pensar que hacía más de dos años que estaban separados. Lo retrógrada que una puede ser, me dije para mí misma, a pesar de sentirme tan progresista.

FIN DEL TERCER CAPÍTULO DE PERSIANAS.

lunes, 26 de mayo de 2014

PERSIANAS DOS (ADIOSES)

El entierro de papá tuvo lugar dos días después. Quiero decir el entierro de mi padre, que de pronto hablar de él como si todavía fuera una niña me parece ridículo y hasta una falta de consideración. Aquel señor en la caja de pino era sobre todo y únicamente mi padre. Algo serio. El ser que me había dado la vida (con mi madre, ya lo sé), y tratarlo de otra manera era dejar de reconocerle o eso me parecía a mí. Así que allí estaba Antonio, mi padre, con esa cara de muerto que se le pone a todos los muertos y que tanto nos impresiona.
Antes de salir para el cementerio le tuvieron un buen rato en el tanatorio con la caja abierta, muy arreglado y listo para el tránsito definitivo. Nada que ver con lo de los curas, cuando el alma abandona el cuerpo, que de eso yo no sé nada, sino a punto de que el mismo cuerpo desaparezca a través de una serie de procesos que no vienen al caso, y que son más adecuados para una película de terror. Qué gracia, esas que siempre me gustaron tanto. Pero terror de verdad, no el de las películas de Hitchcock (que adoro, por cierto), viendo a mi padre Antonio de cuerpo presente, con un traje oscuro, camisa blanca y corbata de rayas.
Durante aquel rato, mucha de la gente del barrio se acercó a decirle adiós definitivamente. A bastantes posiblemente ni siquiera les había tratado, y lo hacían por esa cortesía morbosa que atenaza a muchos en esos momentos, incapaces de permanecer indiferentes ante los demás. Pero la mayoría era gente de los locales que frecuentaba, de los bares, quiero decir, ese lugar en donde algunos hombres parecen encontrar a lo largo de sus vidas una especie de hogar alternativo. En cada uno de ellos tenía costumbres y rituales diferentes. En el primero, que es el que más frecuentaba, se solía entretener muchas tardes con un grupo de conocidos jugando al dominó o las cartas en un apartado preparado para ellos. Se llama El Roble. Luego estaba El Estribo, en el que comía de vez en cuando, y después varios más en los que se detenía menos tiempo y en los que solía tomarse una caña y alguna tapa si se cuadraba.

Pero en todos sitios era Antonio, un tipo afable y de buenas maneras, aunque a veces un poco tosco y simplón al que no le gustaban nada las conversaciones complicadas. Claro que, todos somos como somos, y tratar de resumirnos en unas cuantas líneas es una forma inevitable pero injusta de considerarnos. A él posiblemente le hubiera gustado “que le dieran con el lanzallamas”, como solí decir refiriéndose a la incineración, pero mamá se empeñó en meterlo en una tumba familiar (de la familia de ella) en la que todavía había sitio. La próxima sería ella, dijo, y en esos momentos yo pensé en lo absurdo de la vida, capaz de meter bajo tierra juntos a los que ya no lo estaban sobre ella. Despedimos pues a mi padre una tarde de finales de otoño oscura y lluviosa, en la que ya era evidente el invierno a la vuelta de la esquina. Durante unos momentos tuve la sensación de estar asistiendo a una película del neorrealismo italiano, con toda aquellas personas serias y cariacontecidas, que en unos momentos darían la espalda a todo aquello, se alejarían y sonreirían de nuevo de vuelta a sus vidas, diciendo adiós definitivamente a papá. El pobre Antonio.    FIN DEL SEGUNDO CAPÍTULO DE PERSIANAS.

domingo, 25 de mayo de 2014

PERSIANAS

Al poco de llegar a casa, papá se quejó de que había pasado todo el día angustiado con un fuerte dolor en el pecho. Le dije que no se preocupara y que procurara relajarse, que seguramente serían gases, algo bastante corriente en él que era una persona que comía y bebía sin demasiados miramientos. Se metió en el salón y se sentó en el sillón de orejas, que le había comprado dos años atrás al día siguiente de venir a casa cuando se separó de mamá y no tenía donde meterse. Mamá tardó cierto tiempo en aceptarlo, pues de alguna forma creía que yo la traicionaba, aunque no tardó mucho en llamarme y decirme que lo comprendía. Que para una hija debe ser muy duro saber que su padre vive en la calle y duerme debajo de un puente. Ella, a pesar de su mal genio en ocasiones, siempre tuvo un gran corazón y pronto aceptaba historias como esta, que en principio parecían ir en su contra. Papá, como dije, se metió en el salón y se sentó como era habitual en él para ver las noticias o lo que pusieran en esos momentos, lo mismo le daban los políticos diciendo embustes o majaderías, que los elefantes y los leones en la sabana africana. La televisión era una especie de droga que le servía para desimplicarse (aún más) de la realidad. El hecho es que poco después, cuando ya había calentado la cena en el microondas y se la iba a servir, me alarmé al darme cuenta de que no me respondía. Las cosas como son, y yo debo ser una persona de otro planeta, bastante insensible y terriblemente fría, puesto que cuando fui al salón y después de zarandearle un buen rato, me di cuenta de que era inútil y no reaccionaba, me senté de inmediato a su lado y me dije para mis adentros “se ha muerto”. Luego lo repetí en voz alta-se ha muerto- como si necesitara que otra persona fuera de mí me lo confirmara. Yo no quería creerlo y estuve así durante un rato sin moverme. En estado de shock.
Luego le tomé el pulso y nada, después le puse un espejo de mano delante de la boca para ver si respiraba como había leído por algún lado, y tampoco, así que de inmediato, aunque un poco tarde, llamé al 112, que recogieron la información con diligencia pero con la indiferencia con la que pueden recoger en un supermercado el encargo de la compra. Luego avisé a mamá que se puso a gritar como una loca, lo que hizo que me preguntara por la complejidad de la naturaleza humana, pues si no recuerdo mal en los últimos tiempos antes de separarse le deseaba con frecuencia que palmara pronto, valga la vulgaridad. O entonces o ahora estaba fingiendo. No digo que fingiendo a conciencia, sino con ese fingimiento más profundo del que ni siquiera uno mismo es capaz de darse cuenta. Fue un rapto filosófico momentáneo que prolongué pensando que quizás en uno mismo anidan sentimientos contradictorios que justifican conductas tan opuestas. Los del 112 llegaron en quince minutos, y después de levantar atestado (o algo así) y el certificado de defunción, dijeron que tenían que proceder. Yo les dije si tendrían la amabilidad de esperar un momento a mi madre, que vivía cerca y debía estar a punto de llegar, a lo que me contestaron en plan afirmativo siempre que no fuera demasiado tiempo, pues en esta época –empezaba el invierno- “caen como moscas y tenemos que estar listos”. Después de una frase tan desafortunada en la que no quise darme por aludida, se sentaron conmigo y papá en el salón, componiendo una situación de lo más surrealista, a la que ellos debían estar acostumbrados pues parecieron no darle ninguna importancia. Por si fuera poco, uno de ellos, me pidió permiso para fumar, lo tenía prohibido estando de servicio, pero me rogaba que le comprendiera, porque a él esas cosas le ponían muy nervioso. “Además-añadió- créame que el humo da a la atmósfera del lugar una calidez que hace el momento mucho más llevadero”. Accedí, y aproveché la situación para liarme un porro, algo que a papá no le hubiera gustado nada porque en su opinión atacaba al cerebro. Nunca logré convencerle que yo la utilizaba para relajarme, y que no había ninguna relación entre el cannabis y la locura. Batalla perdida, por cierto.
Cuando llegó mamá, los funcionarios ya estaban procediendo con papá. Le habían envuelto en esa especie de mortaja metálica que emplean en los accidentes, y tuvieron que quitársela para que pudiera verlo. La verdad es que tenía buen aspecto, y si se hubiera levantado y deseado buenas tarde no me hubiera extrañado nada. Pero sí impresionado, claro está. Uno de aquellos tipos (eran tres, dos hombres y una mujer) comentó al oírme que eso pasaba a veces, que algunos difuntos después del tránsito recobran la placidez que la vida parecía haberles negado. Estuve de nuevo a punto de intervenir, pues pensé que ese comentario además de innecesario como otro anterior, podía ser una crítica en toda regla a la familia, pero me contuve pensando en el tan traído y llevado rigor mortis, después de todo, mucho más desagradable. Antes de irse tuve que firmar unos papeles, no sin antes bregar un rato con mamá, que decía que no estando divorciados, era a ella a quien le correspondía hacerlo. La costó mucho resignarse, como si de esa manera hubiera querido mitigar alguna culpa, y así reconciliarse con papá in extremis.
Cuando se fueron nos quedamos las dos a solas en el salón casi a oscuras. Mamá gemía, hacía muecas y daba manotazos al aire de una manera inexplicable, no sé si porque estaba sumamente nerviosa o para demostrarme cuanto lo sentía. Lo sorprendente es que yo seguía fría como un témpano y sentía mucho miedo, como si de un momento a otro pudiera suceder algo todavía peor. Estaba bloqueada. Temía despertar y tomar conciencia. Yo a papá le quería mucho, incluso demasiado, a pesar de las historias que mamá me había contado sobre él. En concreto, tenía miedo de salir de aquel estado, no poder soportarlo y tirarme por la ventana frente a mí. Finalmente hice un gran esfuerzo, logré ponerme en pie, fui hasta la ventana y bajé la persiana. Hubiera sido demasiado para mamá, que después de todo no tenía la culpa de nada. FIN DEL PRIMER CAPITULO


- Libre adaptación de la película “Carmina y amén” de Paco León.

jueves, 22 de mayo de 2014

LIBERTÉ, ÉGALITÉ, FRATERNITÉ (PARA PÁRVULOS)

El lema de la consigna que aglutinó a los revolucionarios franceses y que acabó derrocando al Antiguo Régimen fue como es sabido el del título que encabeza estas líneas. Claro que ya de entrada podría ponérsele algunas objeciones, pues como se sabe, por una causa u otra, lo que siguió a la toma de la Bastilla fue el Terror, con el compañero Robespierre al frente, con miles de cabezas pasadas bajo el artefacto de monsieur Guillotin, que seguramente tendrían algo que decir al menos del tercero de los conceptos, el llamado fraternité.  Se puede argumentar que, después de todo, en aquella ocasión tal cosa era normal pues los que perdieron la cabeza (y no por culpa del vino) formaban parte de los opresores, y por lo tanto se lo merecían. En mi opinión tal hecho hizo que la susodicha revolución, con todo lo justa que pudiera ser, empezara con mal pie, pues ella misma desmentía lo que preconizaba. Sin embargo, si se piensa un poco tal hecho, siendo terrible y contradictorio, puede ser visto con cierta benevolencia, y no porque lo aprobemos, sino porque en el famoso lema las tres palabras no son de la misma familia, y no pueden ser analizadas bajo la misma óptica. Para empezar con la fraternidad que hemos mencionado, cabe decir que no hace alusión a una ley natural o una norma de conducta, etc, sino esencialmente a un sentimiento. La hermandad es posible que puede aprenderse a través de la enseñanza moral, la educación, las costumbres e incluso la mera convivencia (donde está “el otro”, está el hermano”), pero, como el amor, no puede ser exigida, sino solo servir como orientación de como nos gustaría que fueran las cosas. Por otro lado, es cierto que, en general, a no ser cuando hay herencias de por en medio, los hermanos se llevan bien con frecuencia. Es pues algo deseable y hacia lo que la sociedad pretendida debería tender para que su funcionamiento fuera el más adecuado (léase ausencia de violencia, ayuda mutua, comprensión hacia el prójimo, etc). Hablar pues de la fraternidad resulta indicado según lo visto para moralistas, predicadores, curas, yoguis y en general para gente de buena voluntad, que experimente en lo más profundo de su ser tal sentimiento. Pero no puede ser exigida, sin que quepa descartar, además, a charlatanes o farsantes que se escuden en tal palabra, para aplicar terapias más resolutivas y menos amables, como pudieron ser los revolucionarios mencionados más arriba.
La libertad, mencionada en primer lugar, es una palabra en boca de muchos que sin embargo ni siquiera tienen muy claro de qué se trata, aludiendo un tanto confusamente a la capacidad de los integrantes de una sociedad a practicar el libre albedrío sin cortapisas legales dentro de la ley. Sobre ella se han escrito infinidad de ensayos y libros, que tratan de definir el concepto con la mayor precisión posible, aunque, después de todo, se les suele escapar de entre las manos como un pez escurridizo. Se supone que se trata de algo así como la facultad individual de ser y expresarse como verdaderamente uno se sienta sin impedimentos, y sin que tenga que intervenir la autoridad instituida. Es un concepto hoy un tanto bajo sospecha en la medida que las ciencias actuales del cerebro ponen en solfa que ni siquiera podamos optar a ello puesto que, al parecer, ya estamos condicionados a priori aunque quizás eso sea harina de otro costal. En cualquier caso, cabe decir que filósofos por un lado como productores de teoría, y políticos por otro como ejecutores, tienen esta palabra continuamente en los labios (libertad ¿para qué?, la libertad bien entendida, libertad o libertinaje…, etc) los primeros tratando de hallar su sentido más preciso, y los segundos dándolo por seguro según la óptica de su tendencia política, y sobre todo, aunque no lo digan, como un instrumento con el que manejar a los demás, es decir, en una democracia, a quienes deberían votarles para seguir mandando.
El concepto central- egalité- fue asumido principalmente por la mayor tiranía que se ha dado hasta nuestros días, la que aglutinó a los comunista y constituyó un formidable y hermético imperio, llamémosle así, que comprendía a la Unión Soviética y las repúblicas afines (o cautivas, que ese es otro tema). Como es por todos aceptado, el experimento terminó en un tremendo fracaso con millones de muertos propios, pero ha posibilitado que aquellos que abogan principalmente por los otros dos conceptos, fraternidad y libertad, hayan descalificado para siempre al sistema que la entronizó (pero no supo, pudo o quiso, llevar a cabo).
Habrá que reconocer, no obstante, que desde un punto de pura aritmética elemental, la igualdad es el único valor de los tres mencionados, que resulta verdaderamente mensurable. Uno puede sentirse muy fraternal y airear a los cuatro vientos la libertad de que disfrutan él y sus compatriotas, y sin embargo no tener prácticamente nada que ver con ellos, en la medida en que disfruta de una situación económica mucho más desahogada. Y eso habrá que achacárselo a este sistema que nos hemos dados entre todos llamado capitalismo, al que se aferran con uñas y dientes los que efectivamente disponen de un capital. Resulta lógico que quien tiene mayor capacidad o mérito goce de una situación mejor, o que quien dirige exitosamente un negocio disfrute más de las ganancias que este proporciona en la medida, además, que facilita que otros puedan trabajar, y por lo tanto vivir. Pero no es ese el problema, porque eso es algo en lo que básicamente todos estamos de acuerdo. De lo que se trata es que el reparto de beneficios de una u otra forma revierta en todos (desde Einstein al idiota), algo que solo sucede de una forma muy tibia o simplemente no sucede. Es ahí donde deben trabajar los gobiernos de las naciones democráticas. Lo demás, aunque se inspire en los famosos principios de la Revolución Francesa se quedará en gargarismos y mera palabrería.

Firmado por: John Stuart Mill, Karl Marx y San Francisco de Asís unidos por fin por un vago pero voluntarioso ideal de fraternidad.

martes, 20 de mayo de 2014

SITUACIONES

La situación era la siguiente. En la barra un matrimonio mayor, ella sentada y él de pie a su lado. Ambos vestían de manera informal, ella con una chaqueta amarillo chillón, con un bolso en bandolera que yo no alcanzaba a ver, y unos pantalones blancos de trapillo. El marido con un chaleco gris, una camisa de manga larga a cuadros arremangada hasta los codos, y unos pantalones vaqueros necesitados de plancha por raro que pueda parecer, tal era su estado. En la otra esquina de la barra, sucesivamente, un tipo joven tomándose un café y algo más lejos dos individuos de chaqueta también tomando café. Uno de ello cabeceaba ostensiblemente dando la impresión de asentir a lo que el otro decía sin la menor objeción. Aunque también era posible que se tratara de un tic con todas sus características, y por tanto inevitable. Dentro de la barra, Manolo, el propietario, iba de un lado para otro atendiendo a los clientes, aunque cuando me fijé con un poco más de atención, pude darme cuenta que no solo se trataba de eso, sino posiblemente de una manía adquirida después de muchos años que no le dejaba parar. A la vez que paseaba soltaba algunas frases o palabras cuyo sentido solo él debía saber, pues no tenían nada que ver con la realidad que nos rodeaba, sino posiblemente con su mundo interior, mediante las cuales debía tratar de tranquilizarse de la misma manera que hace un hamster dando vueltas en la ruedecita. De vez en cuando, al fondo del local se abría una puerta batiente, y asomaba la cabeza de una señora bajita de mediana edad que debía ser la cocinera, y se dirigía a Manuel diciéndola algo a lo que él respondía en un lenguaje críptico en el que ambos debían entenderse. Finalmente logré enterarme que se trataba del menú, y que lo que ella le preguntaba era si de segundo plato se trataba definitivamente de muslitos de pollo al ajillo, gallo a la plancha o ambos a elegir, a lo que Manuel respondió literalmente que “lenguado meunière, no te jode”. “Con guarnición”, añadió cuando ya la cabeza había hecho mutis, se supone que en dirección o ya dentro de la cocina. Frente a mí, sentado al bies en una mesa, estaba un hombre con el consabido café, que no paraba de hablar por teléfono. Su voz, cuando la elevaba, parecía conminativa, como si más de tratarse de una conversación al uso, fuera un dictado donde a su interlocutor solo le cabía ponerse a la orden o apagar el teléfono y buscar otro trabajo. Para terminar estaba yo, que al no poder verme no podía dar de mí una imagen muy fiel, pero que siendo un ser dotado de conciencia y una percepción hasta la fecha bastante ajustada a la realidad, podía afirmar que se trataba de un tipo mayor de sesenta años con una chaqueta de chandal roja. A pesar de la hora, me estaba permitiendo la primera cerveza del día, en esta ocasión como un estimulante moderado del sistema nervioso y cardiorrespiratorio. En cuestión de media hora sabía que debía enfrentarme a uno de mis peores enemigos sobre una pista de tenis. Un tipo bajo y esmirriado, pero con un golpe de derecha que le había hecho famosos entre los socios del club. Compensaba su baja estatura con un giro del tronco próximo a los cien grados,  que compensaba su falta de altura con un momento angular notabilísimo. Le conocía bien, y sabía que el color rojo le desquiciaba, siéndole una persona conservadora hasta las cachas, algo que yo aprovechaba para ponerle nervioso y acabar ganándole. Esa era pues la situación en el humilde bar debajo del edificio donde vivía. Nada en comparación con el día que se firmó el armisticio después de la Segunda Guerra mundial, y aún mucho menos en comparación con la infausta fecha en que un meteorito del tamaño de un campo de fútbol cayó con estrépito sobre la península de Yucatán, en América, originando la extinción de los dinosaurios. Pero un acontecimiento, no obstante, que quedará registrado en los anales del espaciotiempo con igual valor, aunque con menor prosopopeya, eso es cierto.