miércoles, 22 de mayo de 2013

ESCATOLOGÍAS


María Eugenia olía a caca. Fue una tragedia. Supongo que no tanto para ella, pero sí para mí que hasta entonces le profesaba un amor incondicional. Fue algo repentino, no esperado para nada. Sucedió en el cine, cuando al poco rato de empezar la película me alcanzaron unos efluvios que como es natural achaqué de inmediato a otro. Recuerdo que incluso se lo comenté al terminar la película, aunque ahora que hago memoria, no recuerdo que me hiciera ningún comentario, y eso ya es un dato. A lo mejor, estaba al corriente de la situación, y tenía claro que más valía no indagar demasiado porque ella era la causante y tenía conciencia del hecho. Para mí, la cena que tuvimos tras salir del cine, fue absolutamente esclarecedora, pues iba a ser demasiada casualidad que en el restaurante estuviéramos al lado de nuestros vecinos de la sala. Fue un drama, y de inmediato, procurando disimular y frecuentemente mirando hacia otro lado, empecé a imaginar hipótesis que justificaran tan desagradable situación. Era cierto, por ejemplo, que poco antes de entrar en el cine, se excusó y fue a los servicios, y quien sabe si aquel día no había ido con anterioridad donde es preciso, y ya se sabe que algunas toilettes andan escasas de papel, o quien sabe si una mala utilización del mismo habían dejado huellas indeseadas en el lugar por otro lado adorable de María Eugenia (ella nunca había sido demasiado mañosa). Estuve entonces tentado de soltárselo a bocajarro, pero sé que nunca me hubiera perdonado mi falta de delicadeza, más cuando, según pasaba el tiempo y se acercaban los postres, el asunto se recrudecía como si no se tratara de algo pretérito, sino de una acontecimiento que podía estar teniendo lugar en aquellos precisos instantes, algo verdaderamente impensable, porque la primera alertada hubiera sido ella. Para más inri y desolación, los comensales a nuestro lado abandonaron precipitadamente su mesa al poco de llegar, lo que me hizo ratificarme en mi opinión, al tiempo que sentía que un sudor frío e insidioso me empapaba la frente, incapaz de tomar ninguna determinación que aliviara la situación. Finalmente le dije que algo me había sentado mal, y que era mejor pagar y que la llevara ya de vuelta a su casa, a lo que  accedió de inmediato, no sé si totalmente inconsciente de lo que estaba ocurriendo o demasiado consciente de lo mismo, lo que justificaría que no se quejase de prescindir de la copa que luego solíamos tomar en una disco de las inmediaciones.  De camino hacia su casa no le importó que abriera las ventanillas del coche de par en par, a pesar de que hacía bastante fresco, lo que me dio otra pista de que en el fondo de sí misma era consciente del drama. De vuelta en casa estuve un buen rato dándole vueltas a lo acontecido aquella tarde, que después de todo, no era diferente de las de otros fines de semana, a no ser por el misterioso añadido, que en esos momentos me tenía contra las cuerdas. Traté de calmarme para que el incidente no terminara en una tragedia, que es como en aquellos momentos consideraba yo el hecho de tener que dejarlo con María Eugenia. Qué cosa tan rara, pensé para mis adentros, al considerar que hasta entonces tal hecho nunca había sucedido, aunque de inmediato quise pensar que se trataba de un desgraciado incidente que no acabaría suponiendo nada en una relación que se prolongaba felizmente desde hacía cuatro años, y que pensábamos prolongar casándonos al siguiente. Intenté ser razonable, y barajé la serie de posibilidades que podían haber hecho que aquello sucediera. María Eugenia me había comentado hacía poco tiempo que pronto tendría que visitar al dentista, y esa fue la posibilidad que más me tranquilizó, pues de todo el mundo es sabido que las caries pueden dejar rastros  bastante desagradables. Otra posibilidad era su fragilidad estomacal a causa de del colon irritable que padecía hacía tiempo, y que con frecuencia hacía difícil sus digestiones. En cualquier caso, nada excesivamente grave y tratable a base de algunos fármacos que al parecer dan buen resultado. No quería imaginar que el problema fuese algo más complicado, tipo una halitosis galopante o un problema de incontinencia, que la forzara a tener que operarse para hacerse un ano artificial, algo todo lo respetable que se quiera, pero que en esos momentos se me hacía poco estimulante, o para ser sincero, insufrible. Ya tendríamos tiempo si envejecíamos juntos de soportar mutuamente nuestras goteras, pero un viaje de novios en esas condiciones no era una perspectiva alentadora. Por fin me dormí y tuve unos sueños de lo más relajantes. Me imaginé con ella en Bora-Bora, bañándonos en sus aguas cristalinas, aunque si debo decir toda la verdad, ahora que lo pienso, no sé por qué en el sueño ella siempre estaba masticando chicle y chupando caramelos de menta. Esa semana hablamos por teléfono más de lo habitual, e incluso utilizamos el skype, lo que me levantó la moral al contemplar la auténtica belleza con la que estaba comprometido. Quedamos para ir a comer el sábado a un chiringuito en el campo cerca de El Pardo, en donde supuse que en cualquier caso, si se prolongaba la situación desagradable del día anterior, la cosa no sería tan grave teniendo en cuenta que el aire corre libremente y que proliferan el romero y el tomillo, que siempre jugarían a mi favor. Cuando nos vimos sin que mi pituitaria alcanzase a percibir nada fuera de lo corriente, me dije que era realmente un maniático y una mala persona, que había hecho todo un mundo de un incidente que puede ocurrirle a cualquiera, quien sabe si a mi mismo en alguna ocasión (padezco de gases y reflujo), y jamás me había hecho el menor reproche ni comentario negativo. La paella estaba exquisita, quizás para mi gusto  algo apelmazada, pero a ella le pareció deliciosa y dijo que era el estilo que le agradaba más, pues le sentaba bien y hacía sus digestiones más ligeras. Fue con las natillas del postre cuando de improviso surgió de nuevo lo que hasta ese momento yo había estado temiendo. Era algo inconfundible, y tuve casi un vahído al ser plenamente consciente de que no estábamos en el cine ni en el restaurante, sino al aire libre donde la dispersión de las partículas hacía muy difícil la persistencia de cualquier aroma indeseado. Y aquello desde luego en nada se parecía al de la albahaca. Como era previsor, me había llevado un tarrito de colonia, que cuando ella se puso a contemplar a unos niños que jugaban en los columpios, apliqué solapadamente en las cercanías de mi nariz, lo que me provocó una serie de estornudos compulsivos e hizo que María Eugenia se aprestara ayudarme en plan íntimo, momento en el que salí disparado hacia el baño con una excusa que ya no recuerdo. No volví. Nuestra relación quedó cortada de raíz en aquel momento, y ya un año después debo decir que me siento avergonzado, aunque ni siquiera he sido capaz de disculparme, porque se me hace insoportable suponer que tal hecho podría dar lugar a un acercamiento que temo. Miro a veces las fotografías de la que a estas alturas se supone que debía ser mi mujer, y no puedo impedir que la congoja me atenace, pensando que quizás podríamos haber sido felices juntos. La vida es así, y de repente algo aparentemente banal te asalta y destruye lo que creías más valioso. Hay, sin embargo ocasiones, las menos, todo hay que decirlo, en el que llego a pensar si después de todo, lo acontecido no ha sido una estratagema de ella para alejarme. Con los datos que tengo no sería de extrañar que recurriera en determinados momentos a aliviarse, para disuadirme de continuar una relación que por su parte ya daba por finiquitada. Es una mujer muy inteligente y hasta astuta, aunque no sea esta una palabra precisamente adecuada para un ser tan delicado. No sé, tengo mis dudas, y quien sabe si a pesar de mi actual renuencia llegará un día en el que quiera de nuevo poner a prueba mi sentido del olfato y su honestidad como novia.  

martes, 21 de mayo de 2013

VAPORES


Suelen llegar a última hora. Se trata de una pareja en los cuarenta que viene los fines de semana poco antes de comer, lo que suelen hacer poco después de entretenerse un rato con algunas amistades en la barra. Hablan en ese primer momento de lo que es habitual en cualquier charla de domingo a la hora del aperitivo, oséase, tópicos más o menos festivos que sirven de prólogo a un almuerzo que se supone especial, y para el que se retiran poco después. Luego, sin embargo, cuando ya están solos en la mesa, los temas viran inmediatamente hacia otros de mayor enjundia, que posiblemente dejarían aturdidos a sus contertulios anteriores. Él parece exclusivamente preocupado por asuntos relacionados con el trabajo, del que tiene un concepto poco estimulante, aunque por lo que llego a captar, piense que, después de todo, es lo único que merece la pena si uno pretende vivir de una forma medianamente decorosa. Ella, por el contrario, siempre aborda temas de orden filosófico, y es de la opinión que lo que tomamos como más importante, es verdaderamente lo accesorio, aquello de lo que prescindiríamos sin más cautelas a no ser que en ello nos  fuera nuestra supervivencia. A Helena le preocupan los grandes conceptos, aquellos que en puridad no sirven para nada, pero que en su opinión nos ayudan a estar en el mundo satisfechos como homínidos superiores y no simples cucarachas, algo que sin embargo él considera como banal puesto que tiene un concepto ateleológico de nuestra existencia, y solo le interesa una cuenta corriente suficientemente holgada. No hay objetivos en la vida humana, dice, y en todo caso se trataría de llegar a un grado de satisfacción que no nos haga plantearnos la vida como un inconveniente, lo que, más allá de Cioran, consideran finalmente aquellos que después de asesinar a su mujer, hijos y suegra (si estuviera presente), se lanzan desde un quinto piso a la calle, provocando no solo el estupor de los viandantes, sino un problema que implica a las urgencias del 112 y a los servicios municipales de limpieza. Esa satisfacción en el caso de Roberto se la proporcionan, como ya se dijo más arriba, el trabajo, en el que siempre ha desempeñado cargos bien remunerados, el vino tinto de reserva con denominación de origen y el queso semicurado, especialmente los franceses, en los que es un experto. “Primun vivere, deinde philosopare”, es una máxima que aprendió hace tiempo y que suele soltar a su mujer cuando esta le trata de indocumentado. De todas maneras, a pesar de esos arrebatos de mal humor, suele ser muy comedido en las conversaciones que mantienen y trata de no contrariarla, pues, veleidades gastronómicas aparte, la contemplación  y disfrute de su anatomía, constituye otra de las pocas cosas que le estimulan, y teme que ella se aleje en caso de ignorarla. Por ella está dispuesto a aguantar las interminables reflexiones que esta le hace y que en ocasiones llegan a exasperarle, algo de lo que intenta resarcirse en momentos y lugares fáciles de imaginar. Además de un rostro agraciado con un gesto que le vuelve loco, mezcla de mohín de niña consentida y lascivia de bacante griega, Helena posee los atributos adecuados para desquiciar a los varones vigorosos, y aquellos en los que la testosterona aún alcanza los valores mínimos deseables. De sus atributos, destacan, como suele ser normal en las mujeres agraciadas, los que son reseñables por delante y por detrás de su anatomía, pero especialmente aquel que los animalitos del bosque, los domésticos e incluso la inmensa mayoría de los de la selva, adornan con una cola o rabito más o menos simpático. Y este es precisamente su caso, pues su visión desde cualquier ángulo o perspectiva arranca en Roberto profundos suspiros, ante los que nada pueden las razones de comedimiento que en ocasiones él mismo trata de llevar a su cabeza, para no perderla definitivamente. Este y no otro es el misterio que hace que este matrimonio tenga un vínculo tan estrecho, por más que en ocasiones Helena piense que la devoción que su marido la profesa es debida a su erudición y su amor desaforado a la lírica, y en general, a los conocimientos de cualquier orden. La comida de los domingos en Casa Manolo, por lo tanto, y en lo que a mí se me alcanza, cumple una función moderadora en la que él puede resarcirse de la penitencia que debe aguantar en otros momentos, y ella se hace la ilusión de que su marido es, a pesar de los pesares, su alumno más aventajado, ignorando de esta manera la frecuencia con la que este ha estado a punto de poner tierra de por medio si no se avecinara una siesta, a la que su mujer transige posiblemente llevada todavía por los vapores etílicos propios de un menú a la carta. Sé que lo antedicho debe más a mi imaginación que a una realidad verificada mediante el método experimental, pero debo de reconocer que con el tiempo he llegado a implicarme en la contemplación de esta pareja, y la mera fantasía ha hecho que me sirva de ella para introducir en mi psiquismo un elemento homoestático del que no puedo prescindir, teniendo en cuenta que soy un soltero empedernido y entrado en años, que prefiere este tipos de actividades desimplicadas a otras menos cómodas y más onerosas.

lunes, 22 de abril de 2013

OLIGOS CINCO


Heriberto García Piñeira era un hombre que a pesar de heredar un olivar en Jaén, tuvo que ganarse la vida como buenamente pudo, pues sus padres fueron muy longevos y apenas le ayudaron estando en vida. Sin duda esa fue la razón por la que después de hacer el Servicio Militar en la Marina, solicitó el reenganche y continuó en activo hasta que la herencia se materializó, momento en que pidió la baja y se dedicó a labores no del todo claras, entre las que el contrabando y el trapicheo en los muelles no son descartables. Fue entonces cuando conoció a Rosa una cantante de la Sala de Fiestas Pay- Pay, de la que se enamoriscó ciegamente, hasta el punto de que después de una temporada tormentosa en la que abundó el alcohol y las pendencias con los marineros que abarrotaban el local, acabó naciendo Iván, fruto de los devaneos de su padre en una temporada que este recuerda con una mezcla de nostalgia y miedo, pues en varias ocasiones estuvo a punto de que le rebanaran el pescuezo. Rosa era una mujer de buen ver a la que se disputaban todas las tripulaciones, algo que sin duda está en el origen de la tragedia de Iván, pues poco después de venir al mundo desapareció y nunca más se supo de ella. Posiblemente cruzó el charco en alguno de los barcos que por entonces hacían escala allí, o acabó asentándose en una ciudad del norte de Europa. Heriberto la buscó durante unos meses en Ámsterdam, Hamburgo y otros puertos de menor entidad, pero finalmente desistió pensando que una mujer así, por mucho que le gustara, no merecía la pena, y además, por aquellas latitudes hacía demasiado frío. Encontrarse con un niño de pecho a su cargo le desbordó, y desde los primeros tiempos que se vio en tal situación, buscó con ahínco una mujer que quisiera hacerse cargo del crío, pero todo resultó inútil, pues incluso las que parecían más maternales acababan echándose atrás. Es posiblemente por esa dedicación que su padre tuvo que poner en él desde muy niño, por lo que Iván conserva una imagen muy tierna de él en la edad adulta, aunque como ya quedó dicho, su presencia continuada le acabara pasando factura. Una forma de restituirle su entrega cuando le veía alicaído, era llevársele a cenar a la Venta de Vargas en su ciudad natal, donde trataba de levantarle la moral a base de palmas, soleás, fandangos y seguiriyas, para acabar con un fado, pues sabía que en el fondo su padre seguía enamorado de la mujer que puso tierra (o mar, por en medio), su propia madre, al parecer vasca de nacimiento, pero conocida por todas las tripulaciones que hacían el sur de Europa como “la portuguesa”.

viernes, 19 de abril de 2013

OLIGOS CUATRO


Hay tardes, sin embargo, en las que Iván cree sentir en sí un amago de pternofilia (alergia a las plumas), y después de dar de merendar con cierta precipitación a los pájaros, se refugia en una de las librerías de la zona, en la que es conocido de muchos años atrás por sus hábitos, que sigue a pies juntillas, como si se tratara de una secuencia inamovible. De entrada, da las buenas tardes y permanece unos instantes en el umbral de la puerta hasta que tiene la certeza de haber sido visto y su saludo contestado con cualquiera de las fórmulas de rigor, aunque agradece que los empleados sean algo menos escuetos que él mismo, y se adornen con algún giro lisonjero que le disponga a efectuar alguna compra. A continuación pasa revista rápidamente a las novedades, que por otro lado no son tan frecuentes, teniendo en cuenta que las reciben dos veces al mes por problemas con la distribuidora. Una vez que ha comprobado que nada le interesa (otra cosa sería sorprendente), pide la escalera de mano para acceder a las estanterías superiores, donde desde hace años se amontonan los libros que supuestamente le interesan. Se trata de libros de filosofía, sobre todo francesa, de quienes siempre destaca a Sartre y a Descartes. Sobre este último no cesa de repetir, una vez en las alturas, que no solo era un matemático eminente, sino el  primer filósofo en definir al ser humano integrado por dos entidades, la física-o res extensa- y la espiritual o mental –o res cogitans-. El propietario de la librería suele estar al quite, y desde abajo hace un gesto de asentimiento que no por conocido, Iván deja de agradecer. En otras ocasiones, trata de sorprender a los profesionales del lugar y les interroga sobre aspectos menos conocidos del mundo intelectual francés, como el movimiento situacionista, Merleau-Ponty y el estructuralismo del antropólogo Levi-Straus, que no tiene nada que ver con los anteriores, pero que supone les impresiona. A punto ya de irse, normalmente con las manos vacías, suele hacer un pequeño excurso sobre “El principito”, “un librito insignificante y bastante ñoño del que se han vendido millones de ejemplares”, suele decir con aire escéptico, cuando lo cierto era que lo verdaderamente valioso de su autor –Saint Exupery- era su peripecia vital como piloto en una línea de correo aéreo en Argentina, narrada en “Vuelo de noche”. Normalmente este solía ser el último argumento esgrimido en el interior de la librería, tras lo cual, se procedía a su cierre. En ciertas ocasiones, concretamente los días en que después de las palomas se metía en un bar contiguo y se tonificaba con no menos de dos pacharanes, no quería salir del local, y solía extenderse con consideraciones sobre la reconstrucción de Derrida y una apología cerrada de “En busca del tiempo perdido”, lo mejor que se ha escrito nunca “si no consideramos La Regenta de Clarín”, decía. Cuando finalmente los empleados lograban que saliera (levantando por cierto la reja que ya habían echado), a Iván solo le quedaba el consuelo de volver a casa y contemplar con asombro los iconos que había ido coleccionando a lo largo de su existencia, que en tales circunstancias solían recordarle a la Virgen de Montserrat, La Moreneta.

OLIGOS TRES


Iván el Oligo se apellida García de Munárriz, es decir, realmente se llama Iván García de Munárriz, algo que además de su padre poca gente sabe, puesto que desde que era muy niño se le conoce por el apodo (más bien, mote). En cuanto a la procedencia del mismo hay disparidad de opiniones, aunque es mayoritaria la que lo relaciona con su forma de hablar (un tanto sorprendente) cuando era un crío, aunque él prefiera achacárselo a la posesión por su padre de varios miles de olivos en la serranía de Jaén, que como se sabe, producen aceitunas con las que se fabrica el aceite, rico en oligoelementos. De todas maneras, justo es aquí reconocer que cada cual se consuela como puede. En todo caso, Iván prefiere relacionarlo con el producto de la almazara, trufado en algún sentido de cierto aliento poético, y además fundamental en la dieta mediterránea, de tan buena fama en los tiempos que corren. Hijo de madre desconocida, pero, en todo caso, según el apellido, originaria del País Vasco, Iván siempre echó en su vida en falta una presencia femenina, pues aunque su padre era una bellísima persona, es de la opinión de que su carácter se ha visto en exceso influenciado por la presencia continuada del género masculino, siendo esta una de las razones probables por las que de manera posiblemente inconsciente contrajo matrimonio muy joven. La personalidad de su progenitor ha gravitado en exceso en su vida, siendo los testimonios principales de la misma su afición a la pesca (“en busca del róbalo perdido”, se podría decir) y la presencia en su domicilio de decenas de iconos rusos (sin duda, imitaciones), colgados por las paredes de forma indiscriminada y atosigante, que Carmen acepta por el cariño que le tiene, ya que esta resignación no se comprendería sin una veta de amor materno. Las tardes de Iván en cualquier época del año, consisten en una siesta con todas las de la ley, es decir con pijama y en la cama, que dura alrededor de las dos horas, al cabo de las cuales sale a la calle y frecuenta con prioridad los parques arbolados del casco viejo de la ciudad, donde su principal ocupación es dar de comer a las palomas, algo no siempre bien visto por los presentes en el lugar en esos momentos, dado que la conciencia ecologista de los ciudadanos las equipara en la actualidad a ratas con alas. No ceja Iván, sin embargo, en su empeño, con la convicción de estar contribuyendo a la supervivencia de la especie, siendo un defensor a ultranza del darwinismo sintético, y considerando la competencia en la zona de las gaviotas, aves, como se sabe, más aguerridas y con peor carácter, aunque prefieran una dieta a base de sardinas y gambas. Continuará.

jueves, 18 de abril de 2013

OLIGOS DOS


Contra todo pronóstico, Iván se casó muy joven, aunque a estas alturas ni él mismo tiene claro porqué lo hizo, si llevado por un estro irrefrenable de las post adolescencia, o simple y llanamente para disimular su condición de inveterado solitario. Su esposa es una mujer guapa, morena, con un pelo largo, negro azabache, envidia de no pocas cantaoras y flamencas del lugar, y admiradora ciega de su propio marido, con el que sin embargo apenas se ve, a no ser a las horas de recogida en el domicilio común, pues ambos llevan una vida independiente que según propia confesión, es lo que les mantiene unidos. No obstante, en algunas ocasiones, sobre todo con buen tiempo, se les ve juntos por las balconadas del paseo sobre la bahía, donde, de la mano, contemplan ensimismados las puestas de sol sobre el mar y sueñan con América, hacia la que alguna ocasión pensaron partir, aunque finalmente se mantuvieron fieles a su propia tierra. En esos momentos hay quienes se sorprenden de verlos tan arrobados a su edad, y les piden dejar fotografiarles, pues piensan tenerlos cerca para darles ánimos en los momentos de duda de sus propios matrimonios. En tales ocasiones, Iván, se toca con un gorrito marinero con visera, y a petición de su mujer recita algunos poemas del extinto y famosos poeta local, sobre todo “Marinero en tierra”, instantes en los que Carmen no puede evitar suspirar profundamente. Algunos, sin embargo, piensan que esta actitud de la pareja no es sino una “mise en scène” para los turistas, que en temporada alta se hartan de hacerles fotografías. Iván en esos momentos suele evocar tiempos pasados, en los que frecuentaba el lugar con su padre para pescar róbalos en las inmediaciones de la Caleta, peces de difícil captura allí, pero en los que su progenitor tenía una fe ciega, ya que pensaba que acabarían acudiendo al reclamo de su deseo. Peculiaridades de su idiosincrasia que nunca confesó a su hijo, pensando que con su admiración por las dinastías rusas ya tenía suficiente, y no era cuestión de desnortarle definitivamente. Iván el Oligo tenía, por cierto, otra afición, que él en su fuero interno por razones que nos son ajenas, consideraba más bien un vicio, y era el cine de autor, o como antiguamente se decía de “arte y ensayo”. Para ello asistía devotamente con frecuencia un local ínfimo en las cercanías de Puerta de Tierra, donde se juntaba con algunos intelectuales de ciudad y con otra fauna de difícil definición, aunque corrientemente se les señala como maricas. Son personas con una sensibilidad especial, capaces de captar lo que los estrictamente reproductores no pueden por falta de interés y tiempo, que dedican a labores de otra índole, siendo vistos con frecuencia en las barras de los bares próximos al puerto, o en las zonas donde las casas de citas no son una excepción. Lo que en ocasiones preocupa a este hombre es tener la impresión de que efectivamente “era”, pero de la misma manera “podría no haber sido”, idea que cuando inopinadamente le sorprendía, le hacía dar largos paseos por el Paseo Marítimo mirando al horizonte y pensando en la disolución de la materia. En esos momentos, para salir de tan desazonante situación, se imaginaba a si mismo como el personaje de una obra teatral todavía sin estrenar, lo que le permitía volver a la realidad fácilmente, y terminar pidiendo unas gambas y un vino fino en un garito de mala muerte en las inmediaciones de Cortadura. Continuará 

OLIGOS


Iván el Oligo es natural del sur de España, de una localidad que no es preciso mencionar. Baste decir que se encuentra a menos de doce kilómetros de Cádiz y que para llegar a ella no hace falta pasar el puente de Carranza. A buenos entendedores, etc. Se llama de esa manera porque su padre era admirador de la Rusia Imperial, y concretamente de las múltiples dinastías de los zares, de las que, en su opinión, Iván el Terrible era el paradigma. Su nombre es pues un homenaje a la Rusia blanca. Independientemente de este detalle, Iván es una persona con estudios superiores cursados en una universidad de la provincia, que no será difícil de adivinar teniendo en cuenta que solo la capital de la misma cuenta con ella. No obstante, una vez licenciado, decidió que a él lo que le gustaba en exclusiva era el fútbol y el coleccionismo indeterminado de objetos no superiores a un puño cerrado, por lo que su casa no es un lugar   recomendable para visitar, pues sin llegar al síndrome de Diógenes, Iván apunta maneras. Respecto al fútbol, es socio de todos los equipos de primera división, y se ve sometido por lo tanto a ajetreos continuos para asistir a sus múltiples encuentros, que siempre le tendrán como un espectador entusiasta. Sufre frecuentes ataques de ansiedad llevado por las antinomias que se ve precisado a soportar, al ser en general un entusiasta de ambos equipos, por lo que en más de una ocasión, de hecho en muchas, es retirado de las gradas en camilla. No trabaja pero es rico, como podrá colegirse de lo dicho anteriormente, por lo que su tiempo lo dedica a pasear por las playas de la zona, tanto en invierno como en verano, donde recoge moluscos de las dimensiones mencionadas con anterioridad. Cuando no lo hace, se suele recoger en rincones apartados, y procede a la masturbación compulsiva, que de tan frecuente le ha llevado a padecer epicondilitis (codo de tenis) con frecuencia. A pesar de su recato,  no será la primera vez que se le ve en la vía pública con una mano en el bolsillo, sin duda procediendo a su afición favorita, mientras con la otra hace grandes aspavientos tratando de disimular. Su padre “el zar” le reprende con frecuencia, y le dice que es la vergüenza de la familia, pero Iván hace oídos sordos y sigue procediendo. Es muy conocido, como es natural, entre el vecindario que le aprecia a pesar de sus sorprendentes aficiones y cualidades, entre las que también destaca como hombre orquesta, interpretando ciertas tardes en las cafeterías de cierto nivel piezas clásicas, entre las que destaca la “Caballería Ligera” y “En un mercado persa”. Como suele ser habitual en este tipo de intérpretes, emplea la voz a la que dota de diversos tonos para los instrumentos de cuerda o viento, y los nudillos de sus dedos, con los que sustituye con ventaja a la percusión de tambores y timbales. Continuará