Iván el Oligo es
natural del sur de España, de una localidad que no es preciso mencionar. Baste
decir que se encuentra a menos de doce kilómetros de Cádiz y que para llegar a
ella no hace falta pasar el puente de Carranza. A buenos entendedores, etc. Se
llama de esa manera porque su padre era admirador de la Rusia Imperial, y
concretamente de las múltiples dinastías de los zares, de las que, en su
opinión, Iván el Terrible era el paradigma. Su nombre es pues un homenaje a la
Rusia blanca. Independientemente de este detalle, Iván es una persona con
estudios superiores cursados en una universidad de la provincia, que no será
difícil de adivinar teniendo en cuenta que solo la capital de la misma cuenta
con ella. No obstante, una vez licenciado, decidió que a él lo que le gustaba
en exclusiva era el fútbol y el coleccionismo indeterminado de objetos no
superiores a un puño cerrado, por lo que su casa no es un lugar recomendable para visitar, pues sin llegar al
síndrome de Diógenes, Iván apunta maneras. Respecto al fútbol, es socio de
todos los equipos de primera división, y se ve sometido por lo tanto a ajetreos
continuos para asistir a sus múltiples encuentros, que siempre le tendrán como
un espectador entusiasta. Sufre frecuentes ataques de ansiedad llevado por las
antinomias que se ve precisado a soportar, al ser en general un entusiasta de
ambos equipos, por lo que en más de una ocasión, de hecho en muchas, es
retirado de las gradas en camilla. No trabaja pero es rico, como podrá colegirse
de lo dicho anteriormente, por lo que su tiempo lo dedica a pasear por las
playas de la zona, tanto en invierno como en verano, donde recoge moluscos de
las dimensiones mencionadas con anterioridad. Cuando no lo hace, se suele
recoger en rincones apartados, y procede a la masturbación compulsiva, que de
tan frecuente le ha llevado a padecer epicondilitis (codo de tenis) con
frecuencia. A pesar de su recato, no
será la primera vez que se le ve en la vía pública con una mano en el bolsillo,
sin duda procediendo a su afición favorita, mientras con la otra hace grandes
aspavientos tratando de disimular. Su padre “el zar” le reprende con frecuencia,
y le dice que es la vergüenza de la familia, pero Iván hace oídos sordos y
sigue procediendo. Es muy conocido, como es natural, entre el vecindario que le
aprecia a pesar de sus sorprendentes aficiones y cualidades, entre las que
también destaca como hombre orquesta, interpretando ciertas tardes en las
cafeterías de cierto nivel piezas clásicas, entre las que destaca la
“Caballería Ligera” y “En un mercado persa”. Como suele ser habitual en este
tipo de intérpretes, emplea la voz a la que dota de diversos tonos para los
instrumentos de cuerda o viento, y los nudillos de sus dedos, con los que
sustituye con ventaja a la percusión de tambores y timbales. Continuará
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