jueves, 18 de abril de 2013

OLIGOS


Iván el Oligo es natural del sur de España, de una localidad que no es preciso mencionar. Baste decir que se encuentra a menos de doce kilómetros de Cádiz y que para llegar a ella no hace falta pasar el puente de Carranza. A buenos entendedores, etc. Se llama de esa manera porque su padre era admirador de la Rusia Imperial, y concretamente de las múltiples dinastías de los zares, de las que, en su opinión, Iván el Terrible era el paradigma. Su nombre es pues un homenaje a la Rusia blanca. Independientemente de este detalle, Iván es una persona con estudios superiores cursados en una universidad de la provincia, que no será difícil de adivinar teniendo en cuenta que solo la capital de la misma cuenta con ella. No obstante, una vez licenciado, decidió que a él lo que le gustaba en exclusiva era el fútbol y el coleccionismo indeterminado de objetos no superiores a un puño cerrado, por lo que su casa no es un lugar   recomendable para visitar, pues sin llegar al síndrome de Diógenes, Iván apunta maneras. Respecto al fútbol, es socio de todos los equipos de primera división, y se ve sometido por lo tanto a ajetreos continuos para asistir a sus múltiples encuentros, que siempre le tendrán como un espectador entusiasta. Sufre frecuentes ataques de ansiedad llevado por las antinomias que se ve precisado a soportar, al ser en general un entusiasta de ambos equipos, por lo que en más de una ocasión, de hecho en muchas, es retirado de las gradas en camilla. No trabaja pero es rico, como podrá colegirse de lo dicho anteriormente, por lo que su tiempo lo dedica a pasear por las playas de la zona, tanto en invierno como en verano, donde recoge moluscos de las dimensiones mencionadas con anterioridad. Cuando no lo hace, se suele recoger en rincones apartados, y procede a la masturbación compulsiva, que de tan frecuente le ha llevado a padecer epicondilitis (codo de tenis) con frecuencia. A pesar de su recato,  no será la primera vez que se le ve en la vía pública con una mano en el bolsillo, sin duda procediendo a su afición favorita, mientras con la otra hace grandes aspavientos tratando de disimular. Su padre “el zar” le reprende con frecuencia, y le dice que es la vergüenza de la familia, pero Iván hace oídos sordos y sigue procediendo. Es muy conocido, como es natural, entre el vecindario que le aprecia a pesar de sus sorprendentes aficiones y cualidades, entre las que también destaca como hombre orquesta, interpretando ciertas tardes en las cafeterías de cierto nivel piezas clásicas, entre las que destaca la “Caballería Ligera” y “En un mercado persa”. Como suele ser habitual en este tipo de intérpretes, emplea la voz a la que dota de diversos tonos para los instrumentos de cuerda o viento, y los nudillos de sus dedos, con los que sustituye con ventaja a la percusión de tambores y timbales. Continuará

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