domingo, 4 de noviembre de 2012

PIERNAS


Cuando sus piernas entraron (*) por primera vez en la oficina, tuve la sensación de que desde ese momento en adelante ya nada sería igual. Y digo piernas, porque en ese preciso instante yo estaba mirando hacia abajo para recoger un papel que se me acababa de caer de la mesa. Era, según enseguida me informaron, la nueva secretaria del Presidente en sustitución de la pobre Julita, retirada apenas un mes antes por problemas que nunca nos quisieron explicar pero que todos suponíamos, especialmente desde que poco antes, le diera por escribir las cartas del Presidente con faltas (todas las letras en minúsculas, sin puntuación ni acentos). Según ella, tal cosa era una pérdida de tiempo, algo que un tipo de la categoría del jefe no debía permitirse. En aquellos momentos, sin embargo, lamentando la baja de Julita, estoy convencido de que todos los varones heterosexuales y creyentes del lugar dieron gracias al Altísimo, pues aunque solo fuera como objeto decorativo o como oscuro objeto de deseo (que era mi caso), María Isabel era bienvenida. Injusticias de la madre naturaleza, quizás, pero de la que se alegran hasta los mismísimos abuelos. A partir de ese momento puse todo mi empeño en relacionarme con aquella persona, que todos los días a las ocho y media de la mañana hacía el paseíllo rumbo al despacho de D. Eulogio Ramirez Revirado, Presidente Director General de la firma. En los primeros tiempos, tomando en consideración el nulo interés que María Isabel parecía mostrar hacia mí (sin embargo, Oficial administrativo de 1ª), recurrí a la famosa fábula de la zorra y las uvas, que me dio resultado durante una temporada en la que pude contemplar con la frialdad (no exenta de admiración, eso es cierto) con la que se contempla una estatua femenina de Praxíteles o Fidias. Pero no pasó demasiado tiempo para que un día tras otro tuviera que confesarme que las uvas de la zorra, de verdes no tenían nada, e inicié determinadas maniobras de aproximación. La primera de ellas consistió en ser extremadamente educado pero distante, como si al saludarla estuviera cumpliendo con una obligación de tipo exclusivamente social, algo que según me habían contado que solía surtir efecto a medio plazo, pues no hay nada que aprecien más este tipo de mujeres que el ser valoradas por cualidades ajenas a las evidentes. Paso seguido, traté de acercarme a ella a base mostrar interés por su trabajo, y  proponerle con mucho tacto puntos de vista propios que pudieran colaborar a hacer más eficaz su labor en la Dirección de la empresa, e incluso que el Presidente llegara a la conclusión de que aumentarle el sueldo era de justicia. Para mi sorpresa fue ella la que un día tomo la iniciativa, y un día me propuso acompañarla a comer, momento el que tuve que ponerme buena nota, considerando que mi estrategia había dado sus frutos, aunque si he de ser sincero, nunca pensé que fuera a ser ella quien dijera la primera palabra. La comida resultó muy agradable, y después del primer plato mi corazón pudo recuperar las pulsaciones habituales, sin duda ayudado por el vino tinto que como se sabe en cantidades discretas actúa como tónico cardíaco. Afortunadamente, ella también era aficionada y entre los dos nos trasegamos una botella de crianza fuera del menú. Al parecer, según me confesó en tono de confidencia, era muy aficionaba, y de hecho consideraba que la vida no podía ser vivida en plenitud sin el fruto de la vid después de varios meses en una barrica de roble, otra cosa eran las copas de licor, aspecto en el que ella se consideraba rigurosamente abstemia. A partir de aquel día, y siempre que el  Presidente no la retenía para almuerzos de trabajo o visitas a otras empresas a las que quería que le acompañase, María Isabel y yo iniciamos una relación, que si en principio pudo ser considerada como de compañeros laborales o pseudo administrativa, pasó a ser otra cosa cuando una tarde a la salida me dijo si podía llevarla a casa pues tenía el coche averiado, los taxis eran una lata y no estaba ella para transportes colectivos, algo que agradecí desde lo más profundo de mi corazón. Esos fueron los comienzos de mi relación con Chabela, como empecé a llamarla desde aquella tarde. De su casa no puedo decir gran cosa, solamente que como la gran mayoría estaba compuesta por habitaciones, cocina, cuarto de baño y salón, de los que puedo asegurar que solo conocí su cuarto que, eso sí, tenía una cama. Como suele suceder en los acontecimientos que son vividos con cierta euforia y una sensación de felicidad que no parece de este mundo, los hechos poco después se precipitaron, y cuando quise darme cuenta éramos una familia numerosa (entonces el número mínimo de hijos era cuatros) y Chabela conservando una figura notable para una otoñal, no podría ya ser esculpida por los famosos escultores mencionados más arriba, aunque sí podría sobradamente servir como modelo para una talla de una Venus prehistórica. La aventura continúa.

(*) “La aventura del tocador de señoras” de Eduardo Mendoza (Seix Barral).

sábado, 3 de noviembre de 2012

VARIANTES


Al despertarme por la noche, como por otro lado suele ser habitual al ser yo una persona con muchas inquietudes, me he podido dar cuenta de que se habían producido algunos cambios que podían obedecer a distintas razones. La primera, que yo no fuera estrictamente yo en el sentido habitual de la palabra, y se hubieran operado en mi ciertos cambios sin haberme dado cuenta. La segunda, que me hallaba en otro lugar o que estaba soñando, porque no tenía la impresión de que cuanto me rodeaba tuviera nada que ver conmigo, y la tercera y más probable hasta el momento, que los enseres de mi habitación, y de hecho de toda mi casa como poco después pude comprobar, hubieran cobrado vida propia y estuvieran dotados de una voluntad que hasta ese momento yo desconocía. El mero hecho de abrir los ojos en la oscuridad me resultó complicado, como si al hacerlo se tratara de otra cosa, por poner un ejemplo, descorrer una cortina o subir una ventana, que no es lo mismo, aunque ambas acciones puedan ser consideradas cono metáforas de la primera. En el cuarto de baño, el inodoro se había transformado en un cubo, más bien caldero metálico, que parecía jugar con mis excedentes en algo parecido al tiro al blanco, con resultados que más vale no especificar, pero que no se escaparán al lector menos avezado. De vuelta a mi habitación, al intentar abrir la puerta (siempre la cierro) para volver a la cama, me di cuenta de que estaba tapiada, hecho del que mis narices fueron más conscientes que nadie. Conseguido el acceso mediante un elaborado proceso de dribbling y gambeteo (la engañé), me sorprendió mi cuarto, pero no de forma agradable, pues todos los muebles se habían amontonado en una esquina, yo juraría que presas de pánico o como mínimo con un miedo evidente. Logré tranquilizarlos con buenas palabras, que sin embargo no hicieron ningún efecto al galán, que parecía temblar y acabó haciendo caer al suelo mi vestuario habitual al completo. Logré tumbarme en la cama después de varios intentos fallidos, pues el somier, y lógicamente el colchón, parecían obedecer a órdenes ajenas a la mía, pero al final logré hacerle entrar en razón sujetándole por las patas. A todo esto, los cajones de la cómoda parecían presas de un baile de San Vito desaforado, y se abrían y cerraban de continuo haciendo que mi impedimenta saltara con frecuencia de los cajones, especialmente los calcetines, que parecían comportarse como unos hamsters mal domesticados (luego pensé que a esos bichos raramente se les domestica). Cerré los ojos tratando de conciliar el sueño de nuevo, pero mi entorno en esos momentos se convirtió en una vorágine poco recomendable en la que todo giraba en sentido dextrógiro, aunque en ocasiones lo hacía en sentido contrario (levógiro) para más INRI. Recordé entonces si lo que quizás me pasaba es que la tarde anterior me había pasado en la ingesta del Jumilla Reserva de 1975 XPZ-42, un vino extraño no tanto ya en su denominación, que también, sino en su  color y sus características generales, pues aparte de sus variadas notas de especias y vainillas y de que dejara en la boca un sabor bien estructurado, con un ligero gusto afrutado retronasal, creí recordar entonces que lo que sobre todo destacaba era una proporción inusual de sulfitos, y un innegable aroma a gasolina sin plomo de 95 octanos. Tal hallazgo intelectual, fruto de una capacidad perceptiva propia de los estados pre comatosos, me salvó sin duda la vida, pues pude desplazarme hasta el teléfono del salón (el inalámbrico me parece muy hortera), y llamar al Samur, que me socorrió en primera instancia y levantó acta de los acontecimientos antes de trasladarme al Hospital Provincial, donde al llegar y entreverlo por la ventanilla de la ambulancia me dio cierta congoja, pues me recordó de inmediato a una construcción de principios del siglo anterior, entre la casa de Drácula o Psicosis y el edificio de apartamentos de Blue Velvet, la película del afamado director David Lynch, en la que la protagonista (Isabella Rosellini) es sometida a todo tipo de vejaciones, de las que yo esperaba librarme por haber mantenido hasta entonces una conducta intachable y estar al corriente de mis relaciones con la Hacienda Pública. Por otro lado, si fuera así, del mal el menos: adoraba la canción de Tony Bennet.

MARIONETAS


Era evidente que huíamos de algo. Una amenaza que de latente había pasado a ser real y operativa en los últimos momentos. Belisario y yo habíamos estado de copas hasta bien entrada la noche, y al regresar al cuartel fuimos conscientes de no ir solos. A unos cuantos metros a nuestra espalda alguien o algo (que ambos habíamos percibido toda la tarde), se había materializado y nos seguía. No quisimos volver la cabeza porque fuimos conscientes de que en tal caso, aquello (lo que fuera) se daría cuenta de nuestro temor, y posiblemente se envalentonaría. De una cosa estábamos seguros, y es que tenía pies, porque oíamos sus pisadas con toda nitidez, por lo que de inmediato mediante ambos supusimos que de la misma manera tendría piernas y caminaba, pues eso es lo habitual en seres con extremidades inferiores. Cerca del cuartel echamos a correr y entramos por la puerta principal mediante un sistema de apertura electromagnética, del que se nos había dotado para no despertar al personal de guardia. Una vez adentro, no obstante, nos refugiamos en los Servicios de la primera planta, cerca de la Guardia de Prevención. Todos parecían dormidos o drogados por motivos que nos eran totalmente ajenos. Considerándonos indefensos ante tal perspectiva, a los pocos instantes de hacer nuestras necesidades, nos entregamos a un destino que suponíamos aciago, y que sin embargo, resulto ser un individuo enclenque y con cierta cojera, que al vernos pareció satisfecho, aunque nos ignoró y pasó de largo.

 

Soy un pez. No quiero decirlo porque sé que mis amistades me van a mirar con cierta sorpresa y aprensión, aunque acostumbrados como están a mis bromas, es posible que se la tomen como una más. Y no es el caso. Tengo datos. No solo la escamación (y desescamación consiguiente) de mis piernas, brazos y cuello, sino ciertas dificultades respiratorias, sobre todo evidentes cuando hago el mínimo esfuerzo, que solo se resuelven cuando meto la cabeza en un lavabo lleno de agua. Por un sistema sutil que desconozco, mi sistema respiratorio se está modificando, y paulatinamente mis pulmones se están transformando en  branquias. Pero cuando más lo noto es por las tardes, en las que suelo visitar la piscina municipal y soy capaz de hacer varios largos buceando. Sin ir más lejos, el otro día el vigilante empezó a tocar el silbato y gritar pensando que me había ahogado, y se enfadó muchísimo conmigo llamándome irresponsable. Como es natural, no le dije que era un pez, pero ganas no me quedaron. Tengo curiosidad por saber a que clase perteneceré, me agradaría ser un escualo, pero me temo que en tal caso tendría problemas desde el momento que causara las primeras bajas. Seré un delfín. La verdad es que me entristece que debido a esta mutación tenga que decir finalmente adiós a la vida sobre la superficie de la tierra, pues hasta ahora me había sido grata y me permitía fumar, algo que empieza a ocasionarme algunos problemas, pues me he dado cuenta que con el cambio del sistema respiratorio, el humo empieza a salirme por las orejas. Adiós, pues. Quizás en el mar haya sirenas.

 

La abuelita está sentada a la mesa y come sin levantar la vista del plato. Dice que si lo hace, volver a enfocar de nuevo la comida le cuesta un mundo, y añade en plan pseudocientífico, que en su opinión se debe a un problema de la córnea, la retina o el cristalino. La tía sin embargo es diferente, y con cada cucharada baja y sube la cabeza como si fuera una marioneta, y todos tenemos la sensación que lo hace exclusivamente para fastidiar a su hermana. Nunca se han llevado bien, aunque no puedan vivir la una sin la otra. Nosotros al poco tiempo de observarlas, somos siete hermanos, los padres y la criada, nos hemos dividido en dos bandos, y actuamos miméticamente de acuerdo con el modelo a imitar. Es divertido y los pequeños nos reímos mucho, aunque a los mayores no les parece bien e intentan que sigamos su ejemplo. En todo caso, dice de vez en cuando mi padre cuando momentáneamente puede hacer un alto (él es del modelo/tía), ya no nos queda mucho tiempo, pues a partir de los siete años, o en su defecto después de la primera comunión, no tendremos más remedio que imitarles.

 

BOTINES


Conducía excitado por el miedo de saber que no debían andar muy lejos. En esos momentos era evidente que la policía ya estaba al corriente, y que se habría dado la voz de alarma en todas las carreteras de salida. Nosotros habíamos cogido uno de los primeros desvíos de la A-6   y debíamos estar a dos o tres kilómetros de Titulcia (*) donde teníamos el escondite. Se trataba de un viejo garaje sin utilizar a la entrada del pueblo, fuera de la carretera. Allí nos esperaba Fermín con la puerta del local abierta, listo para ocultar el coche rápidamente. Nosotros teníamos que desaparecer de inmediato en otro vehículo preparado para volver a la capital. Cuando planeé el golpe creí que eso despistaría a la policía, pues no es natural que quienes se acaban de llevar seis millones de un banco en la ciudad, estén entrando en ella apenas media hora después. Además teníamos nuestra coartada bien preparada, volvíamos de comer en casa de Adela, la novia de Andrés, mi socio, que vivía en Villaconejos(*), a una hora de Madrid. Nuestro plan salió perfecto y llegamos a casa sin novedad. Quiero decir Andrés a la suya y yo a la mía poco después. Por la tarde nos vimos en el centro en Casa Botín, nos habíamos puesto de acuerdo para celebrar el golpe cenando en un restaurante de prestigio, y nada más adecuado, teniendo en cuenta que se trataba de uno de los mejores de comida española de Madrid ( empezaba a estar claro que le debíamos algo a nuestro país). Todo iba estupendamente hasta que Andrés me pasó un papelito con disimulo, en el que me decía que habían entrados dos tipos sospechosos de ser polis, y que era conveniente que a partir de ese momento habláramos en inglés. Ni que decir tiene que le hice caso, porque es un tipo muy avispado y que de tonterías dice las justas, por lo que durante el postre y el café hicimos lo que me indicó, con la matización de que verdaderamente fue solo él quien habló, pues yo, además de estar achispado solo ser decir yes y zanqiú, o algo así. Al salir, subiendo a la Plaza Mayor por el Arco de Cuchilleros mi compañero empezó a elevar el tono más de la cuenta metiéndose con todo el mundo y llamándolos “españolos de mierda”, momento que aproveché para hacer un quiebro y perderme una bocacalle próxima. Cuando Andrés se ponía así lo mejor era dejar que se le pasara la moña y quitarse de en medio, aunque al llegar a casa recordé que cuando se ponía así acababa tan loco que era capaz de hacer las mayores majaderías. De repente, a punto ya de meterme en la cama, se me ocurrió que aquel tipo estaba tan trastornado, y que era capaz de entregarse y cantar de plano, pues aunque parezca mentira era un católico practicante con un alto sentimiento de culpa. En un instante decidí que lo mejor sería dormir en cualquier hotelucho del extrarradio, por lo que de inmediato cogí el coche y me alojé con nombre falso en uno que conocía de antiguo, al lado de una gasolinera en Alcobendas. Apenas pude dormir, pero al amanecer lo primero que hice fue telefonearle al móvil con llamada oculta. Nada más descolgar me llamó hijo de puta por haberle dejado solo, diciéndome que había pasado media noche en la comisaría de Centro en la calle Leganitos, por haberse liado a palos con un grupo de chavales que le llamaron borracho. Al final le soltaron, pero estaba tan cabreado que a punto estuvo de contarles lo del atraco para joderme, lo que confirmaba la reflexión que hice poco más arriba y que me obligó a poner pies en polvorosa la noche anterior. Además, añadió que había intentado hacía rato ponerse en contacto con Fermín para hacernos cargo de la pasta que teníamos en el coche, pero que no respondía, algo que podía ser normal a las seis de la mañana, pero que a partir de las nueve era para suponer que aquel desgraciado, prácticamente el tonto del pueblo, no era lo retrasado que parecía, y había tomado alguna iniciativa que nos perjudicaba de todas, todas, y que tendríamos que empezar a buscarle inmediatamente. Le habíamos hecho creer que lo que llevábamos en el coche eran papeles de nuestra empresa que debían estar a buen resguardo, pero empezaba a ser posible que le hubiera dado por comprobar el contenido del paquete, y se hubiera dado cuenta de que efectivamente lo eran, pero con el sello y timbre del Banco de España.  A las once de la mañana, cuando Andrés y yo nos reunimos en Cibeles para adoptar una táctica común tras una serie de llamadas infructuosas, resultaba evidente que Fermín había desaparecido. Nos presentamos al poco rato en el garaje de a Titulcia y allí no había nada, aunque al ver al principio la puerta cerrada, pensamos que aquel idiota podía no haberse enterado de nada y tener el teléfono apagado o fuera de cobertura. Era evidente que Fermín sería todo lo tonto que quisiéramos, pero que sabía distinguir perfectamente toda la gama de billetes del euro de los recortes de periódicos o de los documentos de una empresa, por lo que de inmediato nos pusimos a cavilar sobre lo que podíamos hacer. Aunque parezca mentira, teníamos tal confianza en aquel tipo que ni se nos había ocurrido pensar que hubiera puesto a trabajar a la única neurona que debía habitarle, algo que estaba quedando claro en aquellos precisos instantes. De entrada decidimos ir a Villaconejos para hablar del asunto en casa de Adela, ella estaba al corriente de todo y no nos importaba que lo siguiera estando. En Titulcia no había nada que hacer, pues Fermín vivía solo y no tenía parientes y no queríamos levantar la liebre entre sus amistades. En Villaconejos nos esperaba otra sorpresa y es que Adela no estaba, y en su lugar solo pudimos encontrar una carta suya dirigida a los dos en la que decía: “Sois unos capullos, Fermín y yo hace tiempo que estamos liados, y en los momentos que leéis estas palabras estamos volando con la pasta rumbo a los Mares del Sur. Leed a Conrad, Stevenson y Melvilla: son una pista”

(*) Titulcia y Villaconejos están en otra carretera, pero a los efectos de la acción de este relato

(o lo que sea), no tiene importancia.

martes, 30 de octubre de 2012

URGENCIAS (El diario del doctor Mateo)


El paciente XY me inquieta. Dada mi profesión no debería ser así: soy psiquiatra desde los veinticinco años. Dice que ha visto al Redentor, algo absolutamente común entre este tipo de chiflados, pero lo describe con tal pasión y verismo que en el fondo me pregunto si no será verdad. (De todas maneras, este mes he tenido dos Jesucristos y un musulmán que decía haber visto a Alá “en carne y hueso”). Debo seguir su evolución al detalle. De momento le dejamos en la UCI. Está muy agitado y tiene algo de temperatura. Si he de ser sincero debo confesar que no sé con exactitud por qué me inquieta, pero creo que me ha cogido manía nada más verme.

Hemos logrado calmarle, me refiero a XY, pero ha habido que meterle una buena dosis. Creo que este tipo nos va a dar más problemas de los habituales, en que estas chaladuras se les pasan a los pocos días. Es imposible bajarle a planta a no ser totalmente sedado y no es conveniente porque tiene dificultades respiratorias. De todas maneras, lo más sorprendente hoy es que en un momento dado pareció tranquilizarse y nos pidió un sudoku, dice que le relajan mucho.

Al final el otro día le dimos un libro entero de sudokus, y el panorama cambió totalmente. Le hemos bajado a planta. Tiene mejor aspecto y su temperatura, tensión y aspecto general han mejorado mucho. A pesar de todo, cuando le visito creo percibir que recela de mí, y que cuando le hablo tratando de entenderle un poco más, se ríe por lo bajo y hace unos gestos que cree que me despistan y achaco a su locura, pero en el fondo creo que me está tomando el pelo.

No se me va de la cabeza la imagen del Redentor que describió el día de su ingreso con tanta precisión. Dijo que era alto, guapo, con el pelo oscuro sin llegar a negro, y con una barba entrecana que le sentaba muy bien, y luego se extendió en cantidad de detalles que ocuparían el resto de este folio, de los que solo destaco la que me pareció más singular, y es que hablaba en euskera (algo, sin embargo, bastante normal, teniendo en cuenta que XY es de Lequeitio).

Me he afeitado y teñido el pelo de rubio. Tengo la convicción de que ese pájaro, hablo de XY naturalmente, me estaba tomando por el Redentor (me parezco bastante a su descripción), y que su mirada inquisitiva respondía simplemente a una especie de veneración que sentía por mí, aunque yo lo hubiera interpretado de manera menos favorable.

Este tipo cada día me cae mejor, aunque temo que pronto le den de alta porque el doctor Estébanez, mi compañero en esta área, dice que cree que XY finge, y que ingresó con el único objetivo de pasar un mes ingresado sin gastarse un duro. Le voy a decir que no estoy de acuerdo, aduciendo que ahora dice ver el mundo exclusivamente en cuadrículas, como si estuviera mirando a través de una ventana y que tal cosa hay que estudiarla.

El doctor Peribañez de Oftalmología es de la opinión que XY ve perfectamente y que dice lo que dice para seguir internado, porque de acuerdo con las pruebas que le ha practicado con su equipo portátil no tiene “degeneración macular” ni nada que se le parezca, aunque también es posible “que de tanto sudoku se le esté yendo la olla” (sic).

Ayer en la visita de planta ocurrió un incidente desagradable. XY me recibió de rodillas, y nada más entrar, me llamó Señor y me besó los zapatos. Estaban presentes la enfermera y Estébanez, por lo que la situación fue más que tensa, ridícula. Además había llovido, tenía los zapatos sucios y se puso la cara hecha un cristo (nunca mejor dicho). Logramos calmarle con buenas palabras, a lo que él respondió: “solo me falta una vertical, pero no pueden ser ni el seis ni el siete”.

Ayer por la tarde XY, aprovechando al parecer que la enfermera había ido al servicio, desapareció sin dejar rastro, o mejor dicho dejando como recuerdo un escapulario de los Sagrados Corazones. Nadie se dio cuenta: me lo quedaré. Quizás sea un primer paso para encontrarle. Me voy a dejar otra vez la barba y a decolorarme el pelo. Le voy a buscar. No puedo vivir sin él. Quiero volver a ser su Redentor.

BALNEARIOS


A pesar de que ellos se fueron, yo había decidido no moverme del balneario. Se había organizado una excursión a la ciudad, pero yo la había visitado hacía poco tiempo y no me interesaba en absoluto volverlo a hacer en compañía de todos aquellos carcamales. Además, lo realmente interesante era el casco antiguo y sobre todo la ciudad medieval, que conservaba en la memoria como si hubiera estado allí el día anterior. Puse como excusa una indisposición momentánea, pero en el fondo de mí misma sabía que lo que me ocurría es que habían dejado atraerme todas las iglesias, catedrales, castillos, palacios y plazas antiguas, de las que en su día me harté, y que la gente se obstina en visitar una y otra vez, aunque al poco tiempo no se acuerden de nada o sean capaces de confundir la catedral de Burgos, por poner un ejemplo (malo, ya lo sé), con la de León. Prefería volver al cuarto y esperar su regreso para la cena releyendo “La montaña mágica” de Thomas Mann, una novela que me había entusiasmado siendo casi una adolescente, y a la que quería volver a echar un vistazo y releer algunos pasajes. Además hacerlo tenía cierto morbo, porque todos nosotros en mayor o menor medida padecíamos algunos achaques, que aunque no revestían la gravedad de la tuberculosis del hospital de la montaña de la novela, dada nuestra edad en cualquier momento podían hacerse más virulentos, sobre todo en los que padecíamos de los pulmones. Así que decidida a pasar el día a mi manera, subí a la habitación y me senté en el estupendo sillón de orejas que la Dirección nos había instalado en cada habitación. Sin duda eran conscientes de que con nuestra edad y necesitando reposo, lo íbamos a utilizar con frecuencia en las horas que teníamos libres. Era media mañana y faltaba aún tiempo para la comida, así que me instalé frente a la ventana, por donde comenzaba a entrar un sol todavía tibio pues en la montaña tarda más en calentar, y además afortunadamente aquí por esta época suele soplar una brisa muy agradable. Tenía el libro preparado sobre la cama, pero en principio preferí sentarme y disfrutar durante unos momentos de la belleza del paisaje. A lo lejos se podía ver otras montañas, y algo más cerca, casi oculto en una hondonada, un pueblito del que sólo se llegaban a ver con claridad los tejados de tejas grises de pizarra. De algunas chimeneas salían columnas de humo que parecían elevarse hacia un cielo azul con mucha pereza, como si de hecho les costara abandonar el suelo. Me perdí en ese momento en ensoñaciones de otras épocas,  rememoré sobre todo en los últimos años con mi marido, en el que solíamos frecuentar establecimientos como este, hasta que dijo basta y no volvió a salir de casa. Estaba harto de arrastrar su enfermedad, y aquellas estancias en altura llegaron a parecerle una pérdida de tiempo y en cierta medida una estafa, pues aparte de apreciar el paisaje, decía que volvía aún más fatigado que cuando llegábamos. No era mi caso, desde luego, pero justo en esos momentos me invadía un sentimiento que no sabría como definir, no era exactamente cansancio, pero sí algo parecido, una especie de laxitud que me hacía sentir el cuerpo entumecido y sin ganas de hacer nada. Hastío, esa era quizás la palabra mas adecuada para definir la sensación que me embargaba, como si el mundo se hubiera vuelto un lugar demasiado previsible, en el que no había nada nuevo que hacer, nada que me estimulara a esperar el día siguiente con ilusión. De todas maneras, si debo ser sincera, la compañía de Elvira, mi amiga de toda la vida que había querido acompañarme al balneario, me servía de mucho, entre otras cosas porque no había secretos entre nosotras y me comprendía. Por ejemplo, pocos días antes, cuando la hice partícipe de mi estado, me comprendió y no trató de sacarme de él por todos los medios, como seguramente hubiera hecho una persona que se niega a reconocer los sentimientos de los demás, o solo los acepta si son positivos. No, ella me acompaña emocionalmente en el sentido literal de la palabra. Me comprende y me dice que a nuestros años tener estos arrechuchos son normales, y que es una manera de seguir avanzando “hacia donde tú ya sabes”, y aquí me guiña un ojo y hace un gesto cómplice que yo agradezco. Saber que alguien así está a tu lado alivia mucho cuando ya no se espera demasiado del futuro. Perdida en estas divagaciones interiores, el tiempo se me pasó volando, y cuando quise darme cuenta era la hora de bajar al comedor, y yo ni siquiera había abierto el libro. Después de comer tuve la tentación de echarme un rato en la cama y dormir la siesta, pero finalmente me contuve porque la verdad es que suele sentarme como un tiro. Preferí dar una cabezada en el sillón, esperando que llegaran las seis de la tarde, hora prevista para el regreso de la excursión, y ver que me contaba Elvira. Me quedé sin embargo dormida y cuando me desperté debía ser bastante tarde porque el sol ya se ocultaba entre los altos picos de los alrededores. Decidí esperar hasta la hora de cenar, y mientras tanto cogí finalmente el libro dispuesta a hacer tiempo. Lo que pasó entonces es algo que ni yo mismo me explico ahora que ya he vuelto del balneario, pero que, sin embargo, en aquellos momentos pareció estar repleto de sentido. Lo abrí y me acerqué a la ventana. La luz de la tarde incidía tamizadamente sobre unos macizos de dalias y hortensias en el jardín a mis  pies, y ante  la belleza de aquel espectáculo me pareció totalmente absurdo ponerme a leer. Sin pensarlo, como una autómata, fui arrancando sus páginas y lanzándolas al exterior, como si fueran mariposas que llegaban de un lugar que yo misma desconocía. Me pareció algo sublime, un homenaje al tiempo que se iba, y no me importó nada que varios huéspedes desde abajo me miraran sorprendidos y confusos: me sentía feliz. Luego me eché en la cama, y al poco llegó Elvira, que cogió mis manos entre las suyas en silencio, y me miró con ternura.

 

(De “El balneario”,  novela de M. Vázquez Montalbán.   “A pesar de que ellos…”)

sábado, 27 de octubre de 2012

OBSERVACIONES


Soy observador, una profesión no reconocida como tal. Pero lo soy. Es cierto que mi inmovilidad tampoco me deja demasiadas opciones, pero a pesar de todo acepto la inevitabilidad de mi condición, y me asumo como observador en el sentido literal de la palabra. No se me oculta que ya hay profesiones con cierto prestigio que se han labrado una merecida fama en este campo a lo largo de los años, por ejemplo, el personal de los observatorios geográficos y espaciales, los observadores de las unidades militares, y hasta los llamados ojeadores de los equipos deportivos encargados de localizar a las próximas figuras, y muchos más sin duda. El hecho, sin embargo, es que yo lo soy, y si recuperara la movilidad no renunciaría a una profesión que ahora me apasiona. De momento he centrado mi atención en las personas, y entre ellas en los conductores de vehículos a motor y en los viandantes, sobre los que hay que decir mucho más de lo que la gente corriente puede imaginar, admitiendo varias divisiones y subdivisiones que quiero presentar brevemente en las próximas líneas. Sobre los conductores lo primero que hay que concluir es que como norma general, los que llevan vehículos grandes suelen ser de estatura baja o media, algo también aplicable a los de gran cilindrada. Esto no quiere decir que las personas más altas no puedan utilizarlos, pero en un porcentaje muy inferior. Pura estadística desde mi ventana sobre la calle. La conclusión lógica que se infiere de tal observación es que siendo el vehículo una representación personal de quien lo conduce, este trata de representarse mediante ese “yo externo” que es el auto sobredimensionado, que le compense de su déficit. Las personas grandes o voluminosas suelen elegir ese modelo por razones estrictamente anatómicas: en uno más pequeño estarían incómodas. Hay sin embargo excepciones, y se dan casos llamativos de personas muy gruesas obstinadas en embutirse en utilitarios, pero eso, a falta de explicaciones estrictamente económicas, nos remitiría de inmediato a lo patológico, algo que no es objeto de estas líneas. El método aplicado para llegar a las conclusiones anteriores es muy sencillo pero bastante científico, pues se basa en la experimentación: se trata simplemente del porcentaje de conductor que se puede ver a través de su ventanilla, o en qué medida su rostro y cabeza sobrepasan la parte superior del volante. Puede aceptarse un margen de error (nunca muy elevado) por la utilización de cojines bajo las nalgas, o de personas de tronco poco estilizado (*). Esto es igualmente aplicable para hombres y mujeres, aunque en mis conclusiones haya tenido en cuenta su diferencia media de estatura, y el posible volumen del peinado de estas, algo de todas maneras poco importante al haberse terminado hace tiempo la época en que los cardados hacían furor. Los vehículos pequeños, utilitarios, compactos o de baja cilindrada, suelen ser utilizados por una mezcla muy heterogénea de personas, pero nos equivocaríamos si supusiéramos que simétricamente a lo dicho más arriba lo serían preferentemente por gente grande. No es así, pues el porcentaje entre unos y otros se equilibra. Además, este es un segmento de la automoción en el que es aconsejable otro tipo de calificación de conductores, entre los que destacaríamos a la gente joven y por tanto normalmente con pocos recursos y a las señoras, sobre todo de cierta edad, que suelen utilizar el segundo o tercer vehículo de la familia. Las  personas desmedidamente grandes o cercanas al raquitismo, suelen decantarse por voluminosos vehículos 4x4: tienen sus razones que, por obvias, no voy a explicar aquí. A todas estas consideraciones habría que añadir otras que se pueden acoger al concepto de “enmascaramiento” o “similitud”. Se trataría de conductores cuya prioridad al elegir un automóvil es su equiparación con el mismo, de tal manera que no lleguen a desentonar. En este sentido una persona pequeña elegiría un coche igualmente pequeño, y una grande uno una gran berlina como mínimo. Son personas a las que les horroriza llamar la atención y piensan que adecuándose de esa manera a sus vehículos pasarán más desapercibidos, sobre todo al descender de los mismos, momento en el que los contrastes se hacen más hirientes. Algo parecido sucede con el color, donde si bien la mayoría opta por los tonos discretos, algunas prefieren resueltamente los colores vivos y llamativos. Los primeros suelen ser quienes tienen la vida más o menos resuelta, entre los que encaja especialmente el funcionariado y los que realizan funciones rutinarias o administrativas. Los creadores, y en general los artistas, optan por formas más rompedoras y colores especiales, pues entienden que otra cosa sería aceptar la monotonía de un mundo que difícilmente aceptaría sus obras. Claro que a estos cabe añadir aquellos tipos, snobs o pedantes, que no se conforman con el mundo tal cual es, e intentan introducir en él un elemento distorsionante, bien sea por su estética infrecuente o por un narcisismo solapado, que les hace querer destacar por encima de todo. Al observador le faltan de momento datos para adjudicar uno u otro tipo de automóvil en función de la profesión del propietario, pero como norma cree que lo adecuado es pensar que a mayores ingresos, mejores coches y viceversa, aunque ya se sabe que siendo el coche un ego magnificado, no son pocos los que optan por pagar muchas letras y hacerse con un coche caro para presumir con sus amistades, y adjudicarse un status que en puridad no les corresponde, algo muy frecuente en el área de servicios y comercial. La clase estrictamente proletaria, si es que existe, sería objeto de otro estudio. El próximo día hablaremos de los peatones. Buenas tardes y muchas gracias.

(*) Más Botero que Giacometti.