Con esta carta
mi querido amigo, trato de recuperar una antigua amistad que por avatares de la
vida quedó arrumbada cuando éramos poco más que unos niños. Te recuerdo sin
embargo con frecuencia, y aunque con la misma frecuencia me digo que eso no
tiene demasiado sentido, hoy he decidido por fin darle la importancia que en mi
vida habitual no quiero reconocer. No sé donde estás, y esta misiva dirigida a
varias direcciones que aún conservo de ti, es un poco como la carta de un
naufrago que ha decidido que ya no le quedan más opciones que tirar la botella
al mar. Me dirás, si acaba llegando a tus manos, que de todas maneras esto no
tiene demasiado sentido, pues con frecuencia la vida es una sucesión de
acaeceres que no tienen nada que ver unos con otros. Seguramente, para ti yo
sea únicamente un vago recuerdo de juventud perdido en la niebla del pasado, y
por lo tanto puedas considerar mi obstinación en encontrarte como un anticipo
de la senectud, donde uno se pone a escarbar tiempo atrás para darle un sentido
a un presente cada vez más vacío. No voy a discutir tal cosa, pues si es algo
habitual al común de los mortales, siendo yo uno más entre ellos, no voy a
zafarme de esa pertenencia, algo que después de todo, no deja de ser bastante
lógico. Cuando te recuerdo, lo que más me llama la atención es tener una imagen
de ti tan vívida, tan clara, tan evidente. No se trata, como podría suponerse,
de un recuerdo difuso del que apenas pudiera destacar algún detalle borroso. Al
contrario, lo que me sorprende y casi me da miedo es el puro hecho de acordarme
de ti con todo detalle. Podría describir tu rostro de entonces con toda
precisión, tu nariz recta de senador romano, tus ojos grandes y claros que
siempre daban a tu mirada un toque burlón, y tu boca que, que quieres que te
diga parecía casi la de una chica, amplia y de labios carnosos que uno a veces
se sentía turbado al mirar aunque enseguida tu risa deshiciera falsas
interpretaciones. Recuerdo también tu piel oscura que nunca me atreví a tocar,
pero con la textura de un melocotón maduro que solo necesita la llegada de unos
dedos para desprenderse del árbol que aún la sujeta. Y tu pelo frondoso,
trigueño, casi rubio con el que con frecuencia jugabas y parecías llamar a los
pájaros sobre tu cabeza de Apolo. Todo esto me tiene muy confuso, y a veces me
pregunto si mi vida sin tu presencia ha sido realmente una vida, porque no
llego a comprender como siendo entonces tan importante para mí, pude dejar que
te marcharas. Claro que como verás, sigo siendo aquel muchacho pretencioso que
ya entonces se creía poseedor de algún secreto capaz de manejar a los demás,
como si ellos no fueran capaces por sí mismos de vivir sus propias vidas. Me
alejé de aquel lugar pretendidamente por otros intereses que luego me llevaron
a lugares lejanos, a mares brumosos por los que de vez en cuando,
inopinadamente, surgía tu presencia, tu voz incluso de aquellos días en los que
todavía todo era posible, y el porvenir sólo era una promesa a la que los que
éramos jóvenes mirábamos desdeñosamente, convencidos de que la vida era eterna.
Recuerdo tus manos con aquella rara habilidad para trenzar figuras por el aire
con las que te entretenías cuando no tenías nada que hacer, o con las que dibujabas
palomas ó arabescos sobre el papel en blanco que luego lanzabas por la ventana
como golondrinas o palomas. Te veo aún alejarte por el parque aquella tarde que te vi por última vez, recortándose
tu silueta sobre el sol del ocaso, alejándote de mí definitivamente, y
adentrándote en un lugar al que ya nunca tuve acceso. Lloré entonces, porque
tuve la sensación que con tu ausencia los días no volverían a ser iguales,
aunque tampoco hubiera sabido precisar que hubiera sucedido si me hubiera
quedado. Es posible que todo sea un sueño, y que como yo ya seas un hombre
viejo que apura el tabaco en los destartalados malecones de un puerto muy
lejano, o que también como yo, añore todavía la piel del niño que ya no es, y
recite amargamente unos versos de Kavafis.
sábado, 28 de julio de 2018
viernes, 27 de julio de 2018
PROSAS A SU AIRE
Cuando no tengo nada que hacer me siento o me
levanto y permanezco en esa posición el tiempo que me parezca conveniente
dedicado a mis cosas, pues debo advertir que soy un individuo con una rica vida
interior que suele entretenerse con pensamientos difíciles de trasladar al
papel y ni siquiera de ser de ser contados de viva voz. En otras ocasiones
cuando me percibo más gimnástico no me siento o me levanto, sino
que me siento y levanto sin solución de continuidad, con una frecuencia
que puede oscilar de una vez por minuto a varias por segundo, cosa que hace que
al poco rato hace tenga que detenerme extenuado. En este último caso además no
puedo dedicarme a desarrollar mi rica vida interior como dije más arriba sino
dedicarme a flexionar y extender las piernas por las rodillas, a un ritmo que
más vale guardar para uno. La consecuencia inmediata de este ejercicio es el
aumento exponencial de sudoración y la elevación de mi frecuencia cardiaca
hasta límites peligrosos para un varón adulto que ya no cumplirá los setenta.
Contrariamente a lo expuesto en el párrafo
anterior, cuando tengo muchas cosas que hacer, incluso demasiadas, suelo
sentarme y tomar una especie de respiro antes de iniciar la primera de ellas.
Sabiendo, no obstante, lo que me espera, suelo permanecer en esta posición un
buen rato hasta el punto de que con frecuencia no vuelvo a levantarme y me
dedico a realizar la ingente tarea que
me espera “in pectore”, o como se dice hoy en día, de forma virtual: pienso que
las estoy haciendo y con eso tengo suficiente. Algunas veces, debo aquí ser
sincero, tiendo a no realizarlas pese a mi buena voluntad. Se trata mayormente
de aquellas que para ser llevadas a cabo necesitan un cambio de ubicación
propio, por ejemplo trasladarme de A a B. Ir al banco para sacar una cierta
cantidad de dinero podría constituir un buen ejemplo, incluso aunque tuviera
varios billetes en el bolsillo, pues no es lo mismo tenerlo que sacarlo
(ni el bolsillo y la caja del banco), como bien sabe cualquiera que maneje
el castellano con cierta decencia. Creo que me explico.
Tampoco le hago asco en ocasiones al puro hecho de
permanecer de pie, cuando sentarme o levantarme no me apetece en absoluto. En
esas ocasiones simplemente permanezco de pie y me dedico a otear el horizonte,
como podría hacer el vigía de un velero asentado en la cofa o un centinela en
el frente durante la guerra. Algo así no
suele ocurrir todos los días por razones obvias, pero de cualquier forma en la
vida corriente es una profesión, por decir algo, desdeñada desde tiempo
inmemorial. Soy pues una especie de oteador de horizontes, que con frecuencia
realiza descubrimientos sorprendentes: una nubes ligeras huyendo a toda prisa,
una bandada de grullas despareciendo, un sol escondiéndose detrás de lo que
parece un incendio o el flamear de una bandera que hace que me espíritu se
inflame de un patriotismo escondido poco antes Dios sabe donde: puros hallazgos.
Sin embargo, hay ocasiones, es cierto, en que el horizonte más allá de lo que
consista puramente en esos momentos, puede presentarse como algo banal y no
tener nada de relevante, momento que llevado por la cualidad homoestática de mi
organismo suelo adormecerme y llamar la atención del resto de viandantes que
pasan a mi lado agitándose de aquí para allá un tanto inútilmente, todo hay que
decirlo.
domingo, 22 de julio de 2018
AMISTAD
Somos amigos porque pertenecemos a un tiempo en el
que escupir en el suelo y cagarse en
Dios no era nada frecuente, pero estaba mal visto y las autoridades lo
prohibían en cientos de carteles por todas las esquinas, lo que acababa
haciendo que la tuberculosis siguiera extendiéndose y los sacrilegios se
multiplicaran.
También lo somos porque pertenecemos a una época
en la que los días entre semana vestíamos de trapillo, los sábados de media
gala y los domingos de gala completa con traje de chaqueta y corbata. También
podía utilizarse la pajarita, aunque era considerada algo cursi y en el fondo
una mariconada.
Y luego somos también amigos por compartir una
misma visión del mundo, e incluso del universo, en el por un lado estábamos los
buenos y por otro los hijos de puta de los comunistas, o sea, los malos. Y si
no se me cree, recuerde al padrecito Stalin y Siberia, sin olvidar al
hombrecito de la boina rara llamado Vladimir Illich Lenin, o al de las amplias
barbas entrecanas llamado Carlos Marx. Y me callo a su entrañable amigo Engels,
Federico para sus amistades, que siendo de la cuerda, las mataba callando. De Santiago
Carrillo hablamos otro día que ahora no quiero sulfurarme. Tengamos la fiesta
en paz.
A todo lo anterior, debo añadir que nuestra a
mistad está también cimentada por nuestra asistencia a la misa de una los
domingos y días de precepto. Solíamos
llegar cinco minutos tarde, cuando el cura ya enseñaba el culo a la parroquia,
pero aún a tiempo para el grueso de la ceremonia. Es lo que tenía el primer
vermut, había que darse prisa y apurarlo rápidamente o el asunto se complicaba
y llegábamos ya en el Evangelio y con un poco de mala suerte en la Elevación. Y
no estábamos suficientemente en forma para ponernos e inmediato de rodillas.
Pero el verdadero fundamento de nuestra perdurable
amistad, quizás haya estado en aquellas interminables tertulias futbolísticas,
en las que en el fondo lo que se venía a tratar que si Di Stefano o Kubala. El
uno por su regate en corto y su visión panorámica del juego (y desde luego su
tiro a puerta), o en la forma de proteger el balón y facilitar el desmarque de
sus compañeros del azulgrana, húngaro o lo que fuera aquel tipo rizoso con
pinta de levantador de pesas.
Y para terminar debo confesar que nuestra amistad
se ha fundamentado por sobre todas las cosas en compartir una concepción muy
precisa y emocional del hecho de ser españoles (que lo mismo hubiera sido de
ser franceses si no fueran al mismo tiempo gabachos). Algo único,
inconmensurable, diferente, sobre todo cuando abandonábamos la costa y nos
adentrábamos, pasado el puerto del Escudo, en Castilla, una tierra noble, corazón
de todas las Españas, incluso de aquellas que no queriéndolo, lo iban a ser por
mis santos cojones.
EUDIVIGIS
Eudivigis casi no tiene frente. Y digo casi, que
no es que no la tenga. Tiene poca, eso es todo. Lo que sucede es que cuando se
habla con ella o se está cerca aunque no se hable, uno no puede dejar de darse
cuenta. En resumen, no puede ignorarlo, siempre y cuando Eudivigis haya sido
objeto de la mínima atención, como en mi opinión se merece, por otros motivos
que no son del caso. Y después viene lo que viene, que para eso dejamos de ser
monos, para calibrar lo que acontece delante de nuestros ojos y evaluarlo
adecuadamente. O en un lejano rincón de nuestra galaxia, todo hay que decirlo,
que algún sentido han de tener los telescopios, ya metidos en gastos. Pero ese
es otro asunto del que sin duda se ocuparán en las funciones que les
correspondan los cosmólogos y los matemáticos. Y los filósofos y posiblemente
algunos poetas, por meter a alguien más en nómina. En cualquier caso, las
metáforas siempre tuvieron su sentido, pero vaya usted a saber, que quizás me
estoy yendo por las ramas, hablando como estábamos hablando de mi amiga
Eudivigis.
Pues
bien, imagine que Eudivigis está ahí frente a mí, o frente a usted misma que
cualquier día se la puede encontrar a la salida del supermercado o de repente
por la acera, pues no viven- usted y ella- demasiado lejos, y más vale estar
preparada, porque no se puede saber de antemano lo que puede suceder. Un ser
humano casi sin frente, con los pelos de la cabeza naciéndole como quien dice
desde las cejas, no es algo que se vea todos los días, a no ser en la selva
asiática o africana, donde proliferan a sus anchas los llamados orangutanes,
chimpancés y gorilas. Y aún así. El susto puede ser morrocotudo. Más vale ir
sobre aviso y saber qué puede pasar, adelantar acontecimientos para que el incidente,
si llega, no nos coja desprevenidos y suframos las consecuencias.
Ante Eudivigis en tal circunstancia más vale reaccionar con total
normalidad, como ante la vecina de enfrente o una vedette de las que uno
acostumbra a ver con frecuencia en las revistas del corazón. Exclamar, por lo
tanto, sin elevar excesivamente el tono “Hola Eudivigis -como si fuera algo
totalmente normal y su aspecto no presentara ninguna particularidad- no sabes
como te encuentro de estupenda. La primavera te está sentando fantásticamente,
aunque a decir verdad a ti te sientan bien las cuatro estaciones del año. Y si
hubiera más estaciones seguro que te sentarían igual de bien, de eso estoy
seguro. Por ti no pasa el tiempo, pero claro eso es natural porque todavía eres
una cría. Por cierto ¿Cuántos años tienes, Eudivigis, pero calla, no me lo
digas, que tu mamá y yo éramos casi de la misma quinta, tú me entiendes”. Y de
inmediato, sin esperar su respuesta, esquivarla y salir a toda prisa en
dirección contraria, si tal cosa es posible, y el primate que la habita no te
cierra el paso y ruge. Porque puede suceder, la gente como Eudivigis, con una
frente apenas perceptible puede tener el cerebro del tamaño de una nuez, y a partir de ahí todo es posible. Y para
terminar, a mí, sin embargo, la pobre mujer me tiene consternada y en el fondo
de mi corazón solo le deseo todo lo mejor. Para dar solo un dato, en mi jardín
ya he plantado un árbol donde podrá
subirse cuando le apetezca (por ejemplo, cuando recuerde con ternura a sus
ancestros no tan lejanos), y considerarse como en casa.
martes, 19 de junio de 2018
ASCENSORES
La profesión de Romualdo consiste en subir
escaleras. Él lo tiene muy a gala y por nada del mundo quisiera ser confundido
con quien responda al concepto de escalador (y mucho menos de montañista).
Reconoce la modestia de su oficio, hecho para hombres corrientes y nada
pretenciosos, como en su opinión son los que pretenden alcanzar las cumbres de
las montañas más altas del planeta. Puro narcisismo es lo que tienen,
suele concluir cuando se le compara con ellos peyorativamente. Con esta afición,
Romualdo ha subido las escaleras de los edificios más elevados de las
principales ciudades del país, y proyecta viajar en breve al extranjero con el mismo
objetivo, especialmente a las capitales europeas más importantes y a Nueva
York, Sanghai y Tokio, en muchas de las cuales superan los cincuenta pisos.
Para ello suele contar con el permiso del portero o la seguridad del inmueble,
aunque ante su negativa, recurre a ardides practicadas en la infancia, o a estrategias
aprendidas durante su servicio militar como oficial de complemento, en especial
la conocida con el nombre de diversión, que consiste en hacer creer al
enemigo que el ataque va a tener lugar aquí cuando la verdad es que va a
suceder allí, como sin ir más lejos pasó con el desembarco de Normandía
en la Segunda Guerra Mundial, que acabó provocando el triunfo de los aliados.
Una
vez en la escalera, su principal entretenimiento consiste en ver pasar al
ascensor subiendo, momento en el que trata de averiguar el piso en donde se
detendrá. Dice que casi nunca acierta, aunque con el tiempo va desarrollando un
oído extraordinariamente sutil y cada vez se aproxima más. Claro que
esto es lo que él cuenta, porque pensándolo un poco, no vemos como llega a tal
conclusión, dado que el ascensor no deja ningún rastro tras de sí cuando
emprende el viaje de nuevo. En una ocasión, el ascensor se paró
en el piso donde él descansaba en esos momentos, dice que el 32, y lógicamente
los ocupantes al bajarse se quedaron mirándole con asombro, explicándoles de
inmediato por miedo a que avisaran al portero, que tenía una “fobia extrema
a los ascensores, y en general a los espacios cerrados”, con los que aquellos parecieron
conformarse, no tomando en consideración verle sentado en la escalera al borde
del rellano tomándose un bocadillo y un refresco. Romualdo solía aprovechar
esos momentos para reflexionar sobre el sentido de su actividad, teniendo en
cuenta que arriba no le esperaba nada, y solía llegar a la conclusión de
que lo suyo, siendo evidentemente original y poco frecuente, era una manera más
de pasar el tiempo, algo que aunque no lo confesara abiertamente, es a lo que
se dedicaba la inmensa mayoría de la gente. Claro que no se le escapaba que en
su razonamiento existe una incongruencia básica, pues los otros lo hacen en su
mayor parte para ganarse la vida en un trabajo, algo que él no necesita por
razones que no hacen al caso pero fácilmente imaginables. Es entonces cuando
tiene la certeza de que su actividad puede ser considerada como ocio, y
se quedaba tan contento.
Durante el
resto de la ascensión, cuando sube escaleras suele pensar en las banalidades
habituales de la vida cotidiana, excepto en las contadas ocasiones en las que
algo le preocupa especialmente, que como es natural se convierte en el leit
motif de la misma. Llegado aquí,
suele confesar a los más próximos, que lo verdaderamente cierto es que con el
tiempo que lleva practicando esta especie de alpinismo de bolsillo (son
palabras suyas), ha llegado un momento en que la inmensa mayoría de las veces no
piensa absolutamente en nada. Se concentra en los peldaños de la
escalera, que va contando según sube, y su cabeza se abstrae de toda
lucubración. Al parecer entra en una especie de nirvana que hace la
ascensión muy placentera, y que incluso reduce su frecuencia cardiaca, como ha
podido comprobar con el pulsómetro de mano que suele llevar.
En
las ocasiones en las que se muestra menos optimista, Romualdo, que en sus otros
ratos de ocio se dedica especialmente a los paseos por un parque cercano a su
casa y a la lectura, llega a conclusiones menos tranquilizadoras y compara su
actividad con las de algunos personajes de Franz Kafka, el famoso escritor
checoslovaco al que leyó exhaustivamente en su juventud, y algunas de cuyas
novelas estuvieron a punto a trastornarle. Tratan en general de un personaje
que por motivos que desconoce, tiene que pasar por situaciones incomprensibles
y ajenas a toda lógica. O lo que es lo mismo, carentes de una causalidad que
las justifique. Y eso le parece que le sucede
a él en esos momentos, sube y sube escaleras sin ningún sentido, una
estupidez injustificable, a la que para darse un tono más intelectual califica
de absurdo. Se ve en esos instantes como el protagonista del autor
checoslovaco, y en cierta medida compite con él y trata de hacerle ver,
si tal cosa fuera posible, que el absurdo es algo real, y que determinadas
situaciones o actividades no deben descartarse de un plumazo tachándolas así.
La diferencia es que en su caso no se trata de que nada exterior le obligue,
sino que quien lo hace es una instancia interior de su propio cerebro,
que más que aconsejarle le conmina a ello. Es en esos escasos momentos,
en los que cae en una suerte de depresión al sentirse invadido por un ente ajeno
a sí mismo, lo que le lleva a elaboradísimas teorías sobre la autenticidad de
su yo. ¿Es él, Romualdo Pérez García, quien realmente cree ser durante
buena parte del día, o es otro, habitado por algo que nada tiene que ver
con él mismo, una especie de trasplante que llegado el caso, le maneja a
su antojo?
Afortunadamente estos momentos duran poco tiempo,
y aunque cuando llegan le inquietan seriamente, por las tardes cuando puede ya
relajarse después de realizar su cometido suele concentrarse en los
programas de entretenimiento de la televisión que le relajan bastante. A última
hora del día y especialmente al acostarse suele sentir cierto nerviosismo
esperando la ascensión del día siguiente, en especial los momentos del
bocadillo y el nirvana. Y sobre todo el descenso en el ascensor, cuando
experimenta una sensación tan placentera que quizás no sea demasiado decoroso
poner aquí por escrito.
domingo, 10 de junio de 2018
JARDINERAS
No se sabe exactamente en qué momento Juanito
perdió la cabeza definitivamente. Siempre fue una persona muy original, desde
luego, y ya desde niño destacó entre sus amistades por sus extravagancias, las
más notables de las cuales eran salir a la calle con paraguas aunque no cayera
ni una gota de agua, y subir las escaleras hasta arriba en todos los edificios
de cierta altura. Su familia aceptó pronto que el problema no tenía solución, y
lo más que hicieron fue suministrarle unas pastillas recetadas por el médico de
toda la vida, que les dijo que más valía eso que llevarle al especialista (no
se atrevió a decir psiquiatra), que con toda seguridad le acabaría poniendo una
camisa de fuerza e internándole en Conxo, el hospital de locos más cercano.
Con el
tiempo, sin embargo, el asunto empezó a cobrar un cariz que no podía ignorarse,
pues afectaba a los demás de muchas maneras, sobre todo chicas jóvenes y gente
menuda. Sucedió que siendo ya un hombre hecho y derecho, tras una adolescencia
bastante agitada en la que le dio por hablar sin ton ni son, comenzó a
ejercitarse en una variante de sus chaladuras que no podía dejar indiferente a
nadie con dos dedos de frente. Resulta que en una ocasión en la que desapareció
durante todo un día, le encontraron al siguiente en un campo de amapolas
hablando con ellas con la bragueta abierta y sus partes a la intemperie, como
si fueran estas las que mantenían la conversación. “Este también tienen
derecho a conocer mundo” contestó él como toda explicación a los que le
preguntaron por tan extraño proceder. Juanito hacía las voces de ambos
interlocutores variando el tono y la intensidad según quien fuera el que
hablaba. El pene como es de suponer hablaba con una voz bien timbrada y energía,
como es de esperar en quien ya ha tenido las suficientes experiencias en los
ámbitos que le son propios. Al parecer, interrogaba a las flores por su
capacidad de polinización y en el caso de que esta no tuviera lugar por ser
silvestres y seguir otro método de reproducción, por las moscas, mosquitos,
avispas y demás insectos, que sin duda se les acercarían atraídas por su color.
No fue fácil lograr que Juanito se aviniera a razones, y solo la mención que
alguien hizo de la posibilidad de un resfriado por tener elementos tan sensibles
al aire, logró convencerle de que envainara, valga la expresión.
Juanito, después de este incidente, al que siguieron otros de la misma
índole o parecida, continuó con sus originales actividades, casi todas
relacionadas con la parte inferior de su anatomía. El ayuntamiento del pueblo,
como medida preventiva, decidió regalarle una jardinera y un notable surtido de
macetas para la terraza de su domicilio, situada al respaldo del edificio lejos
de miradas indiscretas, encargándose que en cualquier época del año estuvieran
bien surtidos de flores, especialmente geranios y pensamientos que, ni que
decir tiene, mantenían largas conversaciones con quien es de suponer que,
cuando se sentía contrariado por alguna de las respuestas, les mostraba su
enojo con un chaparrón que las marchitaba casi de inmediato.
Ni que
decir tiene que Juanito acabó en Conxo a pesar de las advertencias del médico
de cabecera familiar cuando todo comenzó.
lunes, 4 de junio de 2018
CARDÚMENES
CARDÚMENES 1
Cuando Edgard Prieck decidió
decir adiós a su vida pasada, para reiniciar una nueva en otro lugar, pensó que debería dar
una salida airosa a su inesperado mutis. Para ello elaboró un plan complejo que
más tarde juzgaría exagerado y en cierta medida pretencioso. Dejar a su pareja
no le costó demasiado porque hacía ya tiempo que sus relaciones habían
deteriorado, pero abandonar su profesión le resultó más difícil, entre otras
cosas porque lo que le pagaban sus pacientes de venía muy bien para su vida día
a día. De todas maneras, varios incidentes con algunos de ellos, en los que “ad
interim” admitía que tenían toda la razón, le descorazonaron lo suficiente para
decidirse a abandonar una profesión en la que ya no creía. Pensaba que los
desarreglos psíquicos de cierta entidad tenían difícil solución, y que sólo la
farmacología intensiva y las terapiasradicales tenían posibilidades
terapéuticas (sabía que ambos métodos gozaban de una fama más que dudosa, pero
él lo achacaba a la concepción decadente que el espiritu de nuestro tiempo
tiene del ser humano, creyendo de forma acrítica en la eficacia de las buenas
palabras y los paños calientes). El hecho es que tras más de veinte años de
práctica, en la que había utilizado, métodos en los que no creía, pero que eran
con mucho los más lucrativos, podía permitirse una acomodada pre-jubilación.
De esta manera, su estancia por
tiempo indefinido en una remota isla del Pacífico, entre Honolulu y Nueva Caledonia, le
parecía una justa recompensa a su denodada labor terapéutica en la que, a pesar
de su falta de fe, y para su propio asombro, había logrado éxitos importantes,
a base de mucha paciencia, buenas dosis de mano izquierda, y una enorme
facilidad para derivar sus pacientes más complicados a otros colegas.
Su vida en Guanabudú transcurría
con total placidez en el hotel donde se alojaba, a la espera de alquilar un
bungalow en la playa. Nadie tenía ni la más remota idea de su identidad, lo que
, llegado el caso le permitiría maniobrar con facilidad .
De todas formas, no pensaba dar
datos fidedignos fuera cual fuera la situación, ya que tenía arreglados unos
papeles que como mucho podrían relacionarle con un antiguo colono holandés,
participante en la ya antigua guerra de los Boer.
La isla, que era una república
independiente desde hacía un lustro, estaba habitada prácticamente en su
totalidad por nativos , y algún que otro desarraigado, cómo él mismo, dedicados
las más de las veces a labores no del todo claras, pues se habían asentado en
rincones remotos y de difícil acceso, y se carecía de datos fehacientes sobre
sus actividades, aunque se suponía que eran esencialmente de orden artístico,
pues algunos bajaban de vez en cuando a la capital para vender productos
artesanales y tallas de madera. Era ciertamente una isla bella e interesante,
pero poco apta para el turismo, pues tenía un microclima muy inestable (agravado
en los últimos tiempos por los fenómenos del Niño), y una única playa muy
incómoda por su tipo de arena, mezcla de grava negra cortante y cantos rodados.
El resto de la costa consistía en una serie ininterrumpida de acantilados de
lava volcánica cayendo hasta el mar desde gran altura. La capital se llamaba
asimismo Guanabudú , un aglomeración dispersa de casas de una planta en una
extensión de varios kilómetros cuadrados. El Presidente de la República era al mismo
tiempo Alcalde de la ciudad, en la que además ocupaba otros cargo que aquí
sería irrelevante mencionar. La única función que no desempeñaba era la
religiosa, ya que toda la población era atea, razón por la cual los Estados
Unidos de América decidieron unilateralmente darles la independencia años
atrás. Lo más bonito de la isla (a riesgo de ser considerados como machistas),
eran sus mujeres , de una belleza sorprendentemente centroeuropea y nada
polinésica, lo que siempre provocó la perplejidad de los pocos visitantes que
se acercaban a sus costas, y que llegó a atraer a buen número de naturalistas y
antropólogos, anhelantes por descubrir el origen de tal enigma, sobre todo
teniendo en cuenta que la población masculina era totalmente negra o de tipo
maorí, cosa que, esa sí, encajaba casi a la perfección en tales latitudes del
Pacífico.
Nuestro personaje pronto trabó
amistad con una de estas bellezas y poco después de mudarse con ella al bungalow
de la playa se casaron. A los siete meses, contados día a día, fueron padres de
un niño totalmente negro, lo que no causó mayor impresión en los habitantes del
lugar, por las razones ya explicadas con anterioridad. Eso parecía contradecir
las leyes de Mendel, pero los hechos, entonces como ahora, eran tozudos.
Poco después de su desaparición
de su domicilio londinense, se dio cuenta que abandonar todo no era suficiente,
sino que debía dar una nueva orientación a su vida con algún tipo de actividad
gratificante, y fue en esta isla , un tanto al albur donde cayó en la cuenta
que sus pasiones ocultas eran tres:la navegación fuera-borda, el buceo sin
escafandra en los mares de coral y la ictiología. Así pues, poco después de
instalarse en el bungalow de la playa, casarse y ser padre, decidió que era
hora de empezar su nueva orientación vital con la práctica de unas actividades
que, estaba seguro, iban a dar un nuevo rumbo a su vida, añadiendo una
justificación definitiva a su “dassein” heidegeriano. A partir de entonces,
desde las alturas de los acantilados de Guanabudú podía verse con frecuencia
las evoluciones de una zodiac con motor fuera borda trazando sobre el mar
dibujos de una sutilísima belleza. Hasta tal punto esto era así, que buena
parte de la población, cuando tenía noticias del acontecimiento, se trasladaba
a la costa y aplaudía al virtuoso piloto, que ajeno a tales fervores, no podía
oir en la distancia tales muestras de entusiasmo: las olas estrellándose contra
las rocas de los acantilados tienen su propia dinámica y sus leyes, las cuáles
incluyen un aumento evidente de decibelios los días con marejada. Tiempo
después sin embargo, la gente dejó de acudir. La zodiac ya no sorprendía a
nadie con sus inusitadas cabriolas y piruetas, pues por razones para ellos
desconocidas, navegaba ahora lánguidamente a lo largo de la costa, ó permanecía
inmóvil a merced de las olas. Edgar había entrado por entonces en una época en
la que el movimiento, y más si era errático y acelerado, no tenía sentido
alguno, de acuerdo con las tesis quietistas de su esposa, fervorosa practicante
de zazen. Ese era el motivo del monótono deambular de la lancha fuera borda: Edgard
sentía que la contemplación de la lava solidificada derramándose desde las
alturas de los acantilados hasta el mar, era mucho más gratificante que sus
alocadas correrías y caracoleos sobre las aguas trazando tirabuzones. Su mente
se tranquilizaba abismando su mirada en las negras paredes del precipicio, sus
finas vetas de lava cayendo como lanzas de grafito sobre la rompiente de las
olas. Allí era capaz de imaginar la intensa actividad volcánica en el interior
de la isla, aquella belleza telúrica y a veces inquietante que por gradientes
inusitados le llevaba mar adentro hasta el sutil movimiento de las placas
tectónicas y la deriva de los continentes.
CARDÚMENES 2
Pero pronto terminó también esta
fase marinera y de navegante solitario de Edgar, pues se dio cuenta de que
resultaba más cómodo la práctica del yoga en su propia casa, en compañía de su
esposa Anuskha (las mujeres de la isla no sólo parecían centroeuropeas, sino
que la comunidad les ponía nombres centroeuropeos). Pasaban los días en la quietud
de su tatami, tratando de alcanzar una iluminación espiritual que se había convertido
en el principal objetivo de la pareja. Edgar junior, mientras tanto, les miraba con frecuencia atónito mientras
jugaba con su colección de conchas marinas. Pasados unos meses en tan beatífica
situación, Edgar empezó a echar de menos sus otras grandes pasiones olvidadas, el buceo y la
ictiología. Enseguida se puso manos a la obra, y con un equipo bastante
rudimentario comenzó sus inmersiones en solitario en el arrecife coralino de
las inmediaciones. A veces, cuando se cansaba e la fauna exótica y multicolor
del mismo, se internaba mar adentro, donde (según sus manifestaciones), se convirtió en una pesadilla para
los bancos de sardinas, jureles y caballas, que encuanto percibían su
presencia, se arremolinaban en densos cardúmenes, girando sobre sí mismos, y dibujando geometrías de
una belleza inusitada en su desesperado intento de evitar sus audaces incursiones,
capaz de competir con toda clase de escualos, delfines y barracudas. Al mismo tiempo, en
tierra firme, construyó un acuario ayudado por dos vecinos de raza blanca que
se prestaron para ello, y que pronto se vió lleno de una variada fauna marina,
a la que prodigaban unos cuidados más que intensivos, dado su lamentable estado
de ingreso en el mismo, pues era capturada normalmente con fusil de caza submarina ó explosiones
controladas de trilita de baja intensidad siguiendo los métodos supuestamente
terapéuticos de su Gabinete de Psicologia. Por fín le convencieron de emplear
métodos menos agresivos, lo que supuso, una vez fueron puestos en práctica, una
mejora visible para el acuario, pasando sus aguas de un color rojotinta al verdiazul
natural, por razones fácilmente comprensibles.
Por entonces comunicarse con los
nativos empezó a hacerse difícil, pues aunque hablaban un correcto inglés
americano, se habían vuelto tremendamente nacionalistas y se negaban a hacerlo,
e incluso simulaban no entenderlo, empleando solo un lenguaje por señas y una
gestualidad facial exuberante. Por otro lado, el dinero estaba desapareciendo rápidamente
de circulación, y en su negativa a integrarse en el mundo moderno, los aborígenes
(ya se les podía llamar con propiedad así), volvían a emplear la economía del
trueque en su decidida “vuelta a los orígenes” (en palabras de su Presidente,
que por aquella época, y da e la noche a la mañana, decidió dar de baja en la
ONU a su país).
Fue por entonces cuando los
acontecimientos dieron un giro inesperado en la vida de los Prieck. Un día
cualquiera, al salir de su diario período de inmersión, Anuskha sorprendió a su
marido con una confesión que le dejó muy preocupado, y que él mismo pudo
comprobar inmediatamente. Durante la noche anterior, Edgar junior había sufrido
un proceso acelerado de despigmentación en vetas. Su piel presentaba ahora una
coloración a rayas blancas y negras, de una innegable pero desasosegante
belleza. Como la salud del chico, de acuerdo con lo manifestado por el médico,
era buena, no decidieron darle a aquello mayor importancia. Eso no impidió que
se produjera una nueva oleada de visitantes científicos, a los que llegó la
noticia de forma un tanto misteriosa, posiblemente a través de alguno de los
escasos pasajeros que abandonaban la isla desde el aeródromo en que se había
convertido el otrora boyante Aeropuerto Internacional de Guanabudú. Todos se
quedaron muy impresionados por la espectacular mutación sufrida por el
muchacho, que, según ellos, corroboraba en buena medida la teoría del
“equilibrio puntuado” de Stephen jay Gould y las más sofisticadas y menos
creíbles de Lynn Margulis. Uno de ellos, tiempo después, llegó a publicar en “Science”
un articulo, posteriormente muy debatido, en el que se proponía una nueva
teoría de la selección natural de Darwin, según la cual el hombre no habría
evolucionado a partir del mono, sino de algún tipo de cuadrúpedo de la sabana
africana. Quedaba el misterio del lenguaje, la posición erecta y la conversión
de las patas delanteras en brazos, detalles menores de acuerdo con el autor,
teniendo en cuenta además los rasgos vaga pero inequívocamente equinos del
joven. Los habitantes de la isla se convirtieron en masa a un nuevo tipo de
animismo, en el que , sin embargo, dados los antecedentes cristianos de Edgar
Prieck, el chamán debía oficiar los rituales y ceremonias en taparrabos, pero
con casulla.
Los acontecimientos se
precipitaban, y Edgar se dio cuenta de que su situación en nada se parecía a lo
que en un principio imaginó para sus bien ganada prejubilación en una isla del
pacífico. Las visitas de las autoridades de la isla se sucedían en su domicilio
con las propuestas más disparatadas, la última de las cuáles consistía en su
próxima proclamación como Presidente de la supuesta nación, a la espera de la
mayoría de edad de su hijo, considerado ahora como una divinidad. Era además
una propuesta coercitiva que no admitía negativas. Fué entonces cuando vió con
claridad que su decisión de abandonar su acomodada vida en la metrópoli había
sido precipitada al no evaluar los riesgos que podía suponer. Un arrebato de su
impulsivo carácter que le habían llevado a su crítica situación actual. La
decisión fue rápida en función de los datos que obraban en su poder y que eran todos
negativos. Una mañana al amanecer abandonó la isla en una avioneta de la isla
propiedad de uno de los antropólogos rezagados. Se iba a entregar en la City.
Sabía que autoinculparse a estas alturas tenía poco sentido, ya que el primer
delito, asesinar a un supuesto extraterrestre era poco creíble, y el otro,
haber engendrado y abandonado a una especie de centauro rayado y sietemesino en
una Isla ignota del Pacífico, resultaba, a pesar del artículo de “Science”, aún
menos creíble. Para colmo, al poco de regresar a Londres, le llegó la noticia
de la erupción masiva de Guanabudú, con lo que Edgar tuvo que dar como
definitivamente finiquitado su periplo ultramarino y aceptar que los pocos años
que le quedasen podría pasarlos en una Residencia para la Tercera Edad de
primera categoría, donde esperaba que ninguna sombra amenazante le impulsara de
nuevo a cambiar a otro domicilio que no fuese el Panteón familiar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)