jueves, 8 de enero de 2015

RADARES SIETE

De vuelta al pueblo, después de una cervecita a modo de aperitivo, nos metimos en un restaurante que dejaba mucho que desear, pero que Vladimir consideró que sus propietarios se lo merecían, por ser un matrimonio con dificultades de supervivencia que ponía al mal tiempo buena cara, echando mano del refranero español posiblemente para no liarse con explicaciones más complejas, teniendo en cuenta que, según luego me contó, el marido no hacía demasiado tiempo que había salido de la cárcel por asuntos que no me pudo aclarar. Cosa de faldas, creo que dijo al final. Nuestro almuerzo fue de lo más frugal. Yo me comí una tosta de morcilla con queso de cabrales (¿), y él un sándwich vegetal, pues según me explicó, aparate de querer llegar a la cena en condiciones, en los últimos tiempos, estaba intentando disminuir la ingesta de “seres vivos” (sic), que lo pasan muy mal cuando son sacrificados, algo que yo acepté sin rechistar y sin aludir en ningún caso al tipo de dentadura del homo sapiens, que no lo equipara en absoluto con un rumiante, aparte de tener unos incisivos (vulgo colmillos), un tanto inquietantes (aunque no para las lechugas, por cierto). Después de un postre compartido consistente en una tartaleta de manzana, y dos cafés cortados, nos despedimos de la abnegada pareja, pudiendo observar en la cara de la esposa unas marcas sorprendentes debajo de un ojo, que no tenían en absoluto el aspecto de habérselas hecho con el quicio de la puerta ni la esquina del aparador. Pero, en fin.
Vladimir se quedó en su casa y yo me fui al hotel, donde casi de inmediato me metí en la cama con prisas, como si tuviera que cumplir una misión que no admitía demoras. De hecho, intenté soñar con burbujas de jabón o cualquier otro tipo de material plástico, como hacía con frecuencia, pues me resultaban relajantes. Sin embargo no fue así, y en su lugar, soñé con la publicación de un edicto, por el cual el gobierno informaba que debido a una desviación de la trayectoria de la tierra sobre su eclíptica, se prolongaba el año indefinidamente por falta de datos, que serían comunicados oportunamente para la celebración del las  frustradas cenas de Año Viejo y sus correspondientes cotillones. Me sentí conmocionado dentro del propio sueño, y me desperté casi a las nueve de la tarde empapado de sudor, y con una angustiosa sensación de extrañamiento.A ello colaboró sin duda que lo hiciera como consecuencia de una llamada de Recepción, en donde a mi vuelta había dado instrucciones al respecto. Nunca hay que desaprovechar ninguna ocasión en la que quede claro el tipo de relaciones objetales que se están manteniendo. Y el personal de Recepción me lo acabaría agradeciendo como una forma de ayuda para ubicarse en el mundo.

A pesar del sofoco y los temblores, me levanté de inmediato y me metí de cabeza en la ducha, si tal metáfora sirve para aclarar algo. Lo hice con agua muy fría, que me hizo creer por un instante que estaba en el Polo Norte y yo era un pingüino, algo que en un momento de lucidez posterior rectifiqué con el agua a punto de ebullición, salvándome por los pelos de quemaduras de primer grado. Después de vestirme a toda prisa en plan proletario, bajé rápidamente hasta Recepción, donde una chica jovencita y con cara de pena me deseó feliz noche y Año Nuevo, a lo que no contesté con toda intención, esperando su reacción. Me alejé unos pasos, y al ver su perplejidad y la tristeza de su cara por mi reacción en el cristal de la puerta de salida, me volví hacia ella, le sonreí ampliamente y le dije “tengo una hija de tu edad, no sabes cuanto te quiero, cariño”, y le estampé un par de besos que sonaron en el lounge casi como dos disparos, y que la dejaron imagino que aún más perpleja, pero con una cara de felicidad que no parecía simulada. Yo, es que cuando me dan estos arrebatos sentimentales soy de lo más tierno, lo que afortunadamente hace que en el fondo tenga de mí un concepto aceptable que compensa mis ataques de hijoputismo militante, desgraciadamente demasiado frecuentes. Iba además vestido humildemente de trapillo, como contrapunto a la majadería generalizada de vestirse de gala en esa noche maravillosa, en la que los seres humanos somos conscientes de forma dolorosa de que el tiempo podrá no existir desde el punto de vista de la Física Moderna y laTeoría de la Relatividad Especial, pero es un hecho incontrovertible para todos los seres vivos que no se trasladen por el universo a velocidades cercanas a las de la luz. Es decir: para todos. TINUARÁ

RADARES SEIS

La mañana del día siguiente, el último del año, desayunamos en el bar de la estación del ferrocarril de vía estrecha que todavía funciona por allí (no es de la RENFE). Estaba cerca de su casa, y yo quise ir para preguntar si al día siguiente se podía ir temprano, porque tenía la seguridad que todos los demás establecimientos estarían cerrados al menos hasta el mediodía. Nos dijeron que sí y nos sentimos aliviados, porque como es de conocimiento general, el día de Año Nuevo por la mañana suele ser lo más parecido al día siguiente de la explosión de una bomba de neutrones. Todo en su sitio pero ni un alma (*). A continuación, como habíamos pensado durante la cena, nos trasladamos a Santillana del Mar, el pueblo de las famosas cuevas de Altamira, donde pretendíamos dar un paseo para matar el tiempo hasta el mediodía, cuando pensábamos tomar un piscolabis para que la noche en el chino nos cogiera con ganas. Al pasar por delante de las cuevas, a la izquierda de la carretera, Vladimir comentó que menudo frío, a lo que contesté que efectivamente era sorprendente en un lugar habitualmente más templado y húmedo como era aquel, a lo que él a su vez me dijo que no se refería a ese momento, sino al que debieron sufrir los pitecantropus (o como quiera que se llamaran los individuos, matizó) que habían pintado los bisontes. Le dije que seguramente, sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época no había calefacción central ni nada que se le pareciera, a lo que él contestó amagando una sonrisa, como si tuviera alguna dificultad para coger el chiste, o como si este, en cualquier caso, no hubiera estado al nivel que se podía esperar de alguien supuestamente gracioso. Es decir de mí mismo. Ya en el pueblo, bajamos por la calle empedrada hasta la colegiata con la remota esperanza de visitarla, rememorando un tiempo de nuestras vidas en que lo hicimos, que si no se remontaba al paleolítico, no le faltaba demasiado. El pueblo estaba también vacío, y solo nos cruzamos con algunos despistados como nosotros, y como nosotros, un tanto perdidos. A pesar de ello, encontramos una tienda de recuerdos y repostería de la zona, donde tuve un acceso de melancolía regional y me compré un paquete grande de sobaos. Increíblemente la colegiata estaba abierta y pudimos visitar el claustro y la iglesia, lo que nos retrotrajo a nuestra adolescencia en la que yo tenía un vago recuerdo de haberlo visitado. Sorprendentemente Vladimir, que se confiesa agnóstico, se arrodilló en uno de los bancos, y estuvo sus buenos cinco minutos rezando. Rezando o lo que fuera. Al salir me dijo que no siendo creyente, cuando visitaba alguno de estos sitios, sentía un impulso incomprensible por recogerse y hacer un amago de oración, aunque si quería que me dijese la verdad, no sabía a quien se dirigía. Pero lo necesitaba. Yo le dije, llevado por un rapto de raciocinio muy típico de los ateos furibundos y científicos, como es mi caso, que se dirigía a sí mismo en cualquiera de las circunvoluciones cerebrales de la corteza prefrontal de su propio cerebro. O como mucho a su sistema límbico, en el que la amígdala se ocupa de los temas relacionados con las funciones afectivas y similares. Me miró con la típica expresión del hombre de la calle que acaba de percibir en sus proximidades a un desequilibrado, y apretó el paso, sin duda para establecer entre ambos una distancia de seguridad. Estuvimos un buen rato callejeando, y recordando los tiempos en que toda nuestra familia vivía tan cerca de allí. Hablamos del marqués de Sautuola, el descubridor de las cuevas y de su encantadora nieta, que fue la que le advirtió de la presencia de unos bichos en el techo. También lo hicimos del marqués de Santillana, y del empedrado de la calzada, que en Bélgica llaman pavés, y en donde los ciclistas españoles nunca han tenido nada que hacer. Finalmente nos enzarzamos en una discusión absurda sobre la antigüedad de las cuevas de Altamira y las de Lascaux en Francia, otro lugar cuya aparición tiempo después de las nacionales, había sido sentida por el nacionalismo español como un atentado indebido al orgullo patrio. Wikipedia en el móvil nos dio los datos precisos, y se hizo la paz después de un breve forcejeo sobre su validez.
Como todavía nos quedaba un buen rato para la hora de la comida, decidimos en última instancia dar una vuelta por la playa de los Locos en Suances, a pocos kilómetros de allí. Cuando llegamos nos quedamos en el mirador, desde donde pudimos observar a bastantes surfistas tratando de hacer algo parecido al deporte que dicen practicar, pero que ese día a falta de viento y de olas, se quedó en una especie de pantomima al ralentí, de pie sobre sus tablas y remando desganadamente, a la espera de un tsunami, que era evidente que no iba a llegar. Vladimir, les observaba con mucha atención, hasta que de repente, soltando un a imprecación, exclamó que desgraciadamente no tenía encima el bañador, porque si hubiera sido así se hubiera dado un chapuzón. Yo, para que no se sintiera solo en esos momentos en que su metamorfosis africana pareció acrecentarse, le dije que le hubiera acompañado porque el último día del año y a cinco grados, no hay nada más sano que eso, aunque solo fuera como una promesa de un tiempo nuevo en el que todo podría mejorar (incluso la temperatura).

(*) La bomba de neutrones es un tipo de bomba nuclear, cuya explosión provoca la muerte de todo organismo vivo en sus inmediaciones, pero deja incólume al material circundante. Existe, pero, que se sepa, no se ha utilizado en una guerra.

RADARES CINCO

Mi mente se centró a partir de esos momentos en el problema de la identidad, como ya he señalado reiteradamente, aunque en ningún caso quería perder el hilo de nuestra conversación, pues aunque era él quien llevaba la voz cantante, yo era consciente de lo celoso  que es de su discurso, y del hecho de que se le preste atención, aunque trate de los temas más triviales e inconsistentes. A pesar de todo, no pude dejar pensar que quizás nadie es verdaderamente nadie, en el sentido, quiero decir, que realmente carecemos de una sustancia o una esencia que nos califique de forma determinante y única. En el momento en el que Vladimir peroraba con vehemencia sobre la vergüenza que suponía para Cantabria la mala calidad del pescado en sus restaurantes, a pesar de su fama de región marinera, mi mente trataba de dilucidar el tema que me traía de cabeza, que en aquellos momentos aderecé con otros conceptos supuestamente afines, como la mismidad y el alma colectiva junguianas, las implicaciones problemáticas de la clonación, y si la identidad debe ser o no considerada como un “a priori” kantiano. Un verdadero batiburrillo que me hizo casi imposible seguir con atención el discurso de Vladimir, a pesar del peligro que tal hecho suponía para mi integridad física. En cualquier caso, pude llegar a los postres indemne, aunque juraría que mi interlocutor me echaba de vez en cundo unas miradas inquisitivas que no supusieron finalmente nada reseñable. Cuando para terminar la velada pedimos dos cafés descafeinados y dos chupitos, mi mente se hallaba centrada en el concepto freudiano de “proyección”, diciéndome que las características que yo le achacaba en aquellos momentos a mi hermano, podían no tener nada que ver con él sino con fantasías e incluso deseos reprimidos míos. Quien sabe si el hecho de verle como a un negro tenía alguna relación, por oscura y solapada que fuera, con un deseo inconsciente por mi parte de tener un esclavo. Afortunadamente, cuando nos despedimos y quedamos en vernos al día siguiente por la mañana para ir a Santillana y dar un paseo cerca de los bisontes del holoceno, tuve la clara sensación de que Vladimir en aquellos momentos era calcado a Obama, que siendo negro no era precisamente un esclavo, lo que alivió notablemente el complejo de culpabilidad que sentía estar creciendo en mi interior. El día siguiente era el último del año, y siguiendo una costumbre que entre nosotros se estaba convirtiendo en una tradición, Vladimir y yo pensábamos cenar en un restaurante chino con cotillón. 

viernes, 2 de enero de 2015

RADARES CUATRO

Nada más llegar me dirigí de inmediato al hotel, a pesar de que Vladimir había insistido en comer juntos, pero lo cierto es que en esos momentos yo tenía un empacho bastante respetable de filosofía de bolsillo, y no era capaz de cambiar de pronto a los rituales lógicos del reencuentro, por lo que le puse una disculpa absolutamente increíble que él sin embargo acostumbrado a mis salidas de pata de banco aceptó sin rechistar. Es más que posible que tampoco tuviera muchas ganas, teniendo en cuenta que eran cerca de las cuatro de la tarde y no era cuestión de ponerse a merendar. La habitación estaba bien, con un amplio ventanal sobre un paisaje mixto. Por un lado un aparcamiento enorme de un supermercado en cuyo centro se erigía una torreta de la altura aproximada de la Torre Eiffel con el logo de la empresa en su punta, y a mi derecha la falda de una colina por la que se veían ascender los automóviles con una soltura impensable en los años cincuentas, por poner una fecha. Cuestión de caballos. Me metí de inmediato en la cama para madurar los temas que me habían tenido ocupado durante el viaje, pero siendo incapaz de ver en ellos nuevos matices, llamé a Recepción y dije que me avisaran a las ocho y media en punto. La alarma de mi móvil funcionaba perfectamente pero quise que desde un principio que el personal subalterno tomara en consideración mi llegada con temas absolutamente prescindibles pero que les haría darse cuenta de inmediato del lugar que ocupaban. Antes de cerrar los ojos hice una pequeña síntesis del viaje, que resumí en: salida, frío, fenomenología, nieve, velocidad, radares, identidad,  San Pablo, fotografías, clorofila, Berkeley, llegada. A continuación fijé un pequeño calendario para los días que pensaba pasar allí. Se trataba de Nochevieja/Añonuevo, y lo primero que se me ocurrió es que de eso nada, con lo cual di por terminado el programa. Quedé con Vladimir a las nueve y cuarto en un restaurante a medio camino entre el hotel y su casa, no porque consideráramos que era el más adecuado, sino por el equilibrio que procurábamos mantener en nuestras relaciones, que siendo cordiales no prescindían de cierto protocolo. El descanso de la siesta fue profundo, hasta el punto de que cuando sonó el timbrazo de la alarma de la recepción, tuve por un instante la duda de si ya habría amanecido. Llegué puntual a el Bogavante y tuve que esperar a mi hermano hasta pasadas las y nueve y media, retraso que justificó con una excusa de lo más peregrina, pero que yo creo que supe interpretar correctamente al suponer que la partida de cartas le había retenido más de la cuenta, algo después de todo natural aunque yo no practicara en absoluto ese tipo de entretenimientos. Si debo decir la verdad, le encontré bien, incluso muy bien como si en él la edad corriera en sentido inverso a las agujas del reloj. Juraría que tenía menos arrugas y el pelo era más abundante. En cualquier caso debo confesar que nada más verle no fue ese el primer pensamiento que me vino a la cabeza, sino la sensación de que se estaba volviendo negro. Y no solo que la melanina se le hubiera disparado y de moro estuviera pasando a sub sahariano, sino que sus rasgos empezaban a virar peligrosamente en ese sentido. Pómulos anchos, labios gruesos y pelo cano sospechosamente ensortijado. Sabía de sus veleidades africanas desde hacía tiempo, y de de sus intentos por adquirir un bronceado perpetuo, pero en aquellos momentos debo asegurar que me asusté, pues si su voz resultaba aún inconfundible, sus otras características empezaban a ser algo más que sorprendentes. Hablamos como es natural de las banalidades que en esos momentos ocupan a los seres humanos llamados normales, la familia, el trabajo, la crisis, en fin lo que es natural en tales circunstancias. En cualquier caso, yo aprovechaba cualquier instante para indagar algo más en los cambios que había experimentado y a los que he aludido con anterioridad, a los que pronto pude añadir ese olor especial del exceso de melanina, y unos poros de la piel muy dilatados para pertenecer a la conocida como raza caucásica. Procuré sin embargo mantener la calma diciéndome que si bien el cambio parecía evidente, su identidad parecía inalterada. Se trataba de mi hermano Vladimir, el de siempre, aunque según transcurrían los minutos pude darme cuenta que empezaba a verle “como si se tratara de otra persona”. Empecé a sentirme mal al darme cuenta que mi corazón latía más rápido de lo habitual, sin duda como consecuencia de mis cavilaciones. Él hablaba sin parar (en una de sus características cuando está de buen humor) y yo aproveché la circunstancia para volverme hacia mi interior y enlazar de nuevo con las consideraciones filosóficas que tan entretenido me habían tenido durante el viaje. De nuevo me vinieron a la mente los conceptos de igualdad e identidad que me habían ocupado un buen trecho en el viaje referidos al coche. Vladimir, que duda cabe, era él mismo, y había todavía en él buen número de características que lo hacían inconfundible, como su forma de reírse a carcajadas sin abrir la boca, algo difícil de imitar. Siendo esto así era, sin embargo evidente, de que no se trataba del Vladimir de siempre, y no porque hubiera pasado el tiempo y sus células se hubieran ido regenerando (o desapareciendo, por cierto), sino por detalles como los mencionados más arriba y otros difíciles de precisar relacionados con aquellos. Claro que sin duda lo que acontecía era que más que los cambios en su fisonomía era mi forma de percibirlos lo que hacía que siendo el mismo me pareciera “otro” 

jueves, 1 de enero de 2015

RADARES TRES

Esta sensación alucinatoria, sin embargo, no duró demasiado tiempo, y pronto pude ponerme manos a la obra, en la consideración de otros pormenores del recorrido. Según descendíamos hacia la costa (el coche y yo) eche en falta la presencia de ganado en las lomas y colinas circundantes, cada vez más frecuentes. En otra época el asunto era diferente, posiblemente porque la democracia había traído a estos seres la libertad de voto y muchos habían optado por quedarse en la cuadra cuando la temperatura exterior roza los cero grados (no voy a borrar esta vergüenza de chiste: lo asumo). La nieve sin embargo empezaba a escasear, y la conducción, perdiendo cierto toque romántico, se hizo más amena y divertida. El mundo se empezaba a mostrar en su enorme variedad, haciéndome pensar en la extraordinaria imaginación del Creador capaz de inventar tal batiburrillo de entidades diferentes (que no de entes), aunque si debo decir toda la verdad, la proliferación del verde me decepcionaba un tanto a pesar de comprender la importancia de la función clorofílica en las plantas y la presencia continuada de agua en estos lugares. Madrid en aquellos momentos se me antojó mentira, una ensoñación que me había facilitado la vida durante los últimos cuarenta de la mía, pero me sentí de repente invadido por una ola de escepticismo digna del obispo Berkeley, según el cual “esse est percipi”.  Lo que veía se adecuaba mucho más a la teoría de la evolución, aunque también había que echarle imaginación, y una buena cantidad de millones de años para que aquello fuera posible. Tuve aquí un recuerdo emocionado para el monje Mendel, sin el cual Darwin se hubiera quedado bastante cojo, si  la cojera admite niveles. Quizás por ello sería mejor decir que se hubiera quedado en silla de ruedas, algo más dramático pero más estético y cómodo ahora que andan con motor auxiliar. Ya cerca de mi destino, un lugar situada en la hondonada de un feraz valle, como decían los libros de texto del régimen anterior, cuyo nombre no mencionaré por un antojo momentáneo, me di cuenta que de un tiempo a esta parte, independientemente de ciertas consideraciones filosóficas de libro divulgativo, solo era capaz de decir sandeces, como si la vida fuese una astracanada un vodevil permanente, algo que sin embargo no se atenía en absoluto a la realidad. La mía, I mean. Afortunadamente en la guantera del coche llevaba un cuchillo para emergencias que podía darme la posibilidad de abrirme las venas en cualquier instante, o como mal menor hacerme unas incisiones en la cara y dejar que el tiempo la dotara de cierta mueca acanallada colmada de cicatrices, que a mi parecer, es lo que me correspondía. Con estos pensamientos no tan joviales llegué a mi destino, donde mi hermano Vladimir me esperaba con la ilusión de compartir un fin de fiesta desprovisto de serpentinas y alharacas. Ninguno de los dos somos gregarios, y estamos de acuerdo en esperar unos meses a la finalización del año chino. Después de todo Confuncio no hablaba de Dios, pero sí del Cielo, por lo que nuestro tránsito a Oriente se hallaba desprovisto de cualquier dramatismo. TINUARÁ

RADARES DOS

La verdad, sin embargo, es que lo que acabo de decir no es exactamente cierto, porque el nuevo coche está dotado de un sistema de alerta radar, mediante el cual estos son identificados antes de “que acontezcan” (valga el giro literario/pedante, pero me pete). Dije al principio que el coche nuevo era igual al anterior, pero lo cierto es que este está dotado de algunas novedades. Cabe en cualquier caso recordar la diferencia entre igualdad e identidad, tema sobre el que habría mucho que cortar, y que ya se nos dejaba caer cuando éramos unos críos a principio del bachillerato, sin considerar que las perversiones de ese estilo deberían dejarse para el Marqués de Sade, bastante más tarde. Comoquiera que sea, lo cierto es que mi velocidad punta en la meseta castellana se aproximó a la de las Ducati del campeonato ese de motos, que nos atormenta cada dos por tres en temporada alta. Quizás fue debido a eso por lo que ya en las cercanías de Cantabria, y por tanto de Reinosa y el nacimiento del río Ebro en Fontibre, tuve una recidiva fenomenológica, con ciertas variantes que paso a describir. Se trataba de que después de una curva pronunciada para ser la carretera una autopista, creí ver una luz muy grande y cegadora que casi me produjo los efectos que a San Pablo camino de Damasco. No me caí del caballo  ni salí disparado del automóvil, pero supe que (al menos momentáneamente) mi vida había cambiado. Sucedió que a partir de ese momento, y con independencia de la carretera siguiera siendo igual a sí misma (y solo eso), empezaron a desfilar por mi cabeza una serie de imágenes que me mantuvieron un buen cuarto de hora en la perplejidad. Eran imágenes, sin embargo de gente conocida, personas próximas, incluso íntimas, que se me aparecían como fogonazos intermitentes en forma de fotografías de estudio para carnet de identidad, y algunas de fotomatón. Su calidad oscilaba, pasando de muy alta a lamentable. En las primeras las personas en cuestión parecían sonreír y en algunas incluso me hacían confidencias en plan muy personal, que no debo transmitir aquí. En las otras, sin embargo, no parecían nada satisfechas y sus miradas apuntaban un hilo de rencor, que yo achaqué para no inquietarme a la mala calidad de su soporte, algo que, si se piensa, resulta bastante comprensible. A nadie le gusta que pudiendo ir de príncipe de Gales le vistan de trapillo (no es mi caso, que conste). TINUARÁ

RADARES UNO

A última hora decido pasar la Nochevieja en el Norte (me gusta llamarlo así, suena a película de aventuras). Además será una forma de rodar un poco el coche que me acabo de comprar, que por cierto es igual que el anterior. Pero no idéntico, ojo. Me pongo en carretera a media mañana. Habían anunciado un día frío y desapacible, pero solo es frío porque el cielo está totalmente azul y no hace ni pizca de viento. A los pocos kilómetros soy consciente de que no pienso en nada, algo que me extraña, pues había supuesto que los seres humanos siempre pensamos en algo de una forma natural, consustancial con nuestra naturaleza. Quiero decir que al ver las cosas que van saliéndome al paso, intento pensar algo sobre ellas, pero no puedo. A lo mejor resulta que no soy humano. Es una de las posibilidades. El hecho es que según pasan los kilómetros tengo la sensación de ser una máquina registradora o una cámara fotográfica: la carretera, una curva, unas casas, un poste enorme, un molino, coches. Esas cosas. Todo cuanto veo me parece exactamente igual a sí mismo, pero desprovisto de cualquier atributo, lo que al cabo de un rato empieza a asustarme, pues incluso los vehículos que se cruzan conmigo en un tramo de doble dirección me parecen exclusivamente objetos decorativos, y en ese sentido, incapaces de causarme ningún daño en caso de impacto. Es una sensación extraña pero cautivadora, que quisiera tener con más frecuencia. De cualquier forma, al ser consciente de lo que acabo de decir, es evidente que aunque mermada, aún me queda algo de esa facultad que me posibilita darme cuenta de la situación. Yo, lo que percibo y lo que elucubro somos diferentes. Sin embargo, un león que ve a un ñu y se lo come, al cabo del rato acaban formando parte de la misma entidad. Es decir, del león. Algo que, sin embargo, no ocurrirá en mi caso por mucho que me obstine en pensar en que hace buen tiempo y el viaje está siendo agradable. No es una cuestión de células En eso estriba sin duda la diferencia entre la acción y el pensamiento: el león no pensaba en el équido, simplemente se lo comía. Al llegar cerca de Aranda de Duero, se me hace evidente que tengo que parar llevado por una necesidad que no se presta a disquisiciones retóricas de ningún orden, cosa que hago al llegar a la llamada área de servicio de Milagros, donde procedo sin dilación. Allí mismo tomo un pequeño piscolabis y me acuerdo con afecto de Edmund Husserl, filósofo padre de le fenomenología, a quien al parecer he dedicado la primera parte del viaje. Si no recuerdo mal, además de ser un hombre exclusivamente apegado a la experiencia, es además considerado el abuelo del existencialismo, algo de lo que me alegro, no porque su máximo representante fuera, llegado el día, un tal Jean Paul Sartre, sino porque siempre he tenido debilidad por este tipo de personas que mirando aquí parecen también estar mirando hacia allá. Por los bizcos quiero decir. Pasado Burgos, que entreveo a lo lejos, la temperatura sigue bajando y enseguida la nieve bordea la carretera, que de esta manera se vuelve aún más carretera mediante un proceso que dejo a la imaginación de quien me lea. Es fácil. A partir de ese momento me doy cuenta que ya pienso. Quiero decir que ya pienso como siempre y, por ejemplo, al ver Burgos me he acordado del Cid, la catedral y la morcilla, algo impensable algunos kilómetros atrás, lo que transporta a mi espíritu (siendo este una facultad interna de difícil definición) una alegría rayana con la euforia, que hace que pise el acelerador hasta el límite de velocidad máxima del vehículo. Tal hecho supongo habrá conmocionado a todos los radares de la zona y puesto en estado de alerta a sus supuestos controladores, lo que en esos momentos, si debo ser sincero, me tiene absolutamente sin cuidado. “Somos seres contingentes”, me digo, y lo mismo me da partirme la cabeza en cualquier recodo de la carretera, que ser detenido y enviado a la cárcel de inmediato por rozar los doscientos kilómetros por hora.