lunes, 15 de septiembre de 2014

TRABAJOS DOS

Volví al hotel a eso de las doce de la noche, y antes de subir a la habitación le pregunté a la recepcionista si en unas horas podrían imprimirme algo que necesitaba al día siguiente temprano. Me dijo que ella nunca lo había hecho, pero que lo intentaría. Allí mismo le hice una pequeña demostración en su impresora, y le advertí que aunque estaba escasa de color, yo les repondría la tinta al día siguiente. Me dijo que esperaba no tener problemas con el jefe  de recepción, que era un hueso, ante lo que le aseguré que yo mismo me hacía responsable.  En la habitación me metí en la cama de inmediato y puse el despertador a las cinco de la mañana. A esa hora, procedí a enviarle no menos de veinte fotos a todo color del interior de la iglesia, párroco incluido, y sobre todo variaciones del Cristo yacente, especialmente de su cara sufriente y de las famosas rodillas contempladas desde diversos ángulos. Luego me acosté casi de inmediato no sin antes llamar a Recepción y decir a la chica que podía proceder. Me regodeé un buen rato imaginando la cara de perplejidad que habría puesto al ver algo que para ella no tendría ni pies ni cabeza. ¡Un tipo enviándole fotografías del interior de la iglesia de su pueblo a las cinco de la mañana!
No suelo actuar con esa malicia habitualmente, pero estaba dispuesto a todo con tal de abandonar el hotel dos días después dejando la impresión de que podría ser todo lo original que se quisiera, pero que sobre todo era un tipo muy profesional, incluso capaz de robar horas al sueño en época de vacaciones para seguir trabajando. Claro que en algún momento también llegué a pensar que más que un buen profesional podían considerarme como un chiflado, algo que sin embargo estaba dispuesto a asumir con cierto orgullo. Estaba harto de un mundo sobrecargado de personas razonables que esporádicamente, sin embargo, se asesinan o se declaran la guerra, saltándose todos los preceptos de la lógica aristotélica.

Me presenté por la mañana en recepción directamente en traje de baño y camiseta sin mangas, queriendo de esta forma que quedara constancia de que era plenamente consciente de hallarme en las vacaciones del periodo estival, lo que no fue óbice para que trajera de la mano el maletín con el ordenador. Leí la prensa tratando de dar la impresión de cierta avidez, como si realmente todo me interesara, o al contrario, todo me tuviera sin cuidado, al hojearlo con tanta prisa y vehemencia. Además con un rotulador que saqué aparatosamente del maletín, me dediqué a subrayar determinados párrafos absolutamente al azar, pero tratando de ser observado para que se valorara mi capacidad de discriminación intentando diferenciar lo principal de lo accesorio en las informaciones. Por cierto que casi a punto seguido, el Jefe de Recepción se me acercó y con cierto mal humor trató de hacerme ver que eso no debía hacerse con la prensa dedicada a todos los clientes del establecimiento, momento en el que le hice cerrar la boca largándole cincuenta euros. “Para eso y para los toner”, le contesté con contundencia. Y de inmediato me fui haciendo resonar mis chancletas por el lounge de manera ostentosa, de forma que se pudiera apreciar que las personas tan laboriosas como yo podían permitirse excentricidades de ese tipo. Casi de inmediato di la vuelta y me dirigí de nuevo a Recepción para recoger las copias que había olvidado, y en el momento que la señorita de guardia nocturna me las extendió con una cara que a su padre le hubiera preocupado, le dije que debería aprovechar la feliz coyuntura para visitar la iglesia del lugar. “Es una joya bajo todos los aspectos- le dije- sobre todo las rodillas del Cristo”. “Y del párroco, qué le voy a contar”, añadí cuando ya me alejaba.  

TRABAJOS UNO

Al llegar al hotel quise pronto dar la impresión de que era un hombre ocupado. El hecho de que estuviéramos en verano, y que supuestamente estuviese de vacaciones, no me importaba. En cualquier caso, quería que enseguida tuviesen de mí el concepto de ser un hombre a carta cabal, es decir, aquel cuya vida consiste en trabajar sin considerar el momento del año en que nos encontráramos. Comprendo, sin embargo, el hecho de que, a los cinco minutos de llegar, bajase de mi habitación de traje y con corbata, sorprendiera a la recepcionista, pero no estaba dispuesto a que pudiesen suponer (tenía la seguridad que se lo diría pronto al Encargado) que era un hombre frívolo, que al poco de llegar de un viaje por carretera de apenas setecientos kilómetros, se siente en la necesidad de meterse en la cama o descansar un rato largo. Nada de eso, y mi gesto decidido debió dejárselo enseguida bien claro, pues apenas  me vio salir logró esbozar un “pero…” al que no  hice el menor caso. Su sorpresa debió ser aún mayor teniendo en cuenta que era sábado por la tarde, y que, como quien no quiere la cosa, al despedirme le dije “y que conste que no se trata de una boda…”.
El pueblo celebraba en aquellos momentos sus fiestas patronales, y sus vecinos se habían echado a la calle como si les hubiese tocado la lotería o estuviese a punto de ocurrir un hecho extraordinario. Al llegar al parque de la iglesia vieja, me senté en unos de sus vetustos bancos de madera, y me dispuse a matar el tiempo de la mejor manera posible, algo de lo que en esos momentos no tenía la menor idea de en qué podía consistir. En primer lugar me dediqué a observar a los peatones que transitaban de aquí para allá sin ningún sentido, como si su movimiento solo respondiera a la necesidad de demostrar al resto una actitud decidida, una finalidad que, sin embargo, ni ellos mismos tenían clara. Una vez que esto se me hizo evidente, consideré que seguir así durante mucho tiempo era una frivolidad impropia de alguien que, como yo, presumía de haber terminado una carrera superior (inútilmente, por otro lado, pero eso es una cuestión que no vale la pena considerar aquí).
Acabé por lo tanto abriendo el maletín y sacando el ordenador, con el que me entretuve un rato largo navegando en diferentes buscadores, tratando de averiguar determinados  temas, que iban afluyendo a mi cabeza al albur de cualquier banalidad que me sorprendiera en un momento determinado. En cierto momento me metí en una web pornográfica cuyos temas principales eran los bukakes y la doble penetración, algo que, sin embargo, y soy aquí absolutamente sincero, pronto abandoné, teniendo en cuenta que me hallaba al lado de un recinto sagrado, en el que ese tipo de temas no eran vistos con buenos ojos desde tiempo inmemorial. Se me hizo pronto de noche. O mejor: la noche me sorprendió aún de esta guisa cuando me había metido en una red de historia de la filosofía en la que trataba, como tantas veces, de captar el auténtico significado del concepto “arjé” en los presocráticos griegos. Lo acabé dejando y cerré el ordenador en el preciso momento que un cura que pasaba por allí me dijo si me apetecía visitar la iglesia, porque estaban a punto de cerrar y me había observado un tanto indeciso durante bastante tiempo en aquel lugar. Le dije que sí una vez que se presentó como el párroco, considerando que una negativa podría hacer que se fuera a la cama con el convencimiento de su menguado afán de persuasión, lo que podría al día siguiente hacérselo pagar a sus feligreses. Dentro de la iglesia me acompaño durante un buen cuarto de hora (era pequeña), explicándome determinados pormenores de la misma que al parecer eran relevantes. Por ejemplo, un Cristo yaciente de Alonso Cano, del que insistió debía fijarme en sus maravillosas rodillas, algo que me pareció normal dentro de las consideraciones estéticas en vigor para la época. Lo que ya me pareció menos evidente es que al alejarnos, rematara su afirmación previa con una frase contundente “algo muy difícil de ver hoy en día incluso en los atletas más sobresalientes”.


sábado, 13 de septiembre de 2014

NEBLINAS

Todo sigue igual, pero no exactamente. Que ayer, sin ir más lejos, quiero decir. Miro como todos los días los objetos que me son familiares a mi alrededor, y debo concluir que, sin embargo, no. No son lo mismo. Son ellos mismos, que duda cabe, pero en los últimos tiempos, incluso los últimos momentos, se ha obrado en ellos algo que los hace diferentes. No se trata de un prodigio, pero sí de una pequeña metamorfosis. Algo mínimo, pero que resulta evidente para quien conserve los cinco sentidos en buena forma. Y tenga ojos para ver, concretamente.
Se trata de una fosforescencia, de una luminiscencia o como usted quiera llamarlo (incluso puede no llamarlo de ninguna manera), que hace que todo parezca sumergido en el fondo del mar o sus proximidades. Apago la luz para verificarlo, y el fenómeno se hace aún más evidente (aunque más tarde me pregunte qué hacía yo a esas horas del día con la luz encendida). Un cuadro frente a mí de Venecia, y por tanto de sus canales y de la plaza de San Marcos, no ha cambiado en absoluto, excepto en esa reverberación luminosa mencionada más arriba, que lo hace diferente. O igual, es cierto, si se tratara de Venecia al atardecer o al alba. Que no es el caso, pues como ya dije, estamos en pleno día. O, para ser más preciso en pleno mediodía, si tal cosa es posible.
Mis manos, por ejemplo, son las de siempre. Las miro, y de inmediato las siento como algo mío, de hecho, profundamente mío, por las que daría incluso una de ellas mismas, valga el contrasentido. Sin embargo, sin entrar en más disquisiciones que hagan estas líneas más soporíferas, tengo la impresión de llevar guantes. Pero el hecho fatal en estos precisos momentos, es que no los llevan. ¿Qué iba a hacer yo tumbado en la cama a estas horas del día con guantes? (y, por cierto ¿qué hacía yo a esas horas en la cama?). O sentado en el sofá, que viene a ser lo mismo a los efectos de que aquí se trata. Siendo iguales a sí mismas, no son idénticas, y parecen disponerse para realizar determinados actos médicos o llevar a cabo las operaciones de algunos oficios que implican el empleo de ácidos y líquidos corrosivos. Y más vale ser precavido.
Y lo mismo sucede con el cielo que puedo entrever por la ventana. Es el cielo claro y límpido de la Toscana en esta época del año, de eso no cabe duda, aunque a otros les pudiera sugerir con ciertos matices, el de las estribaciones de la sierra de Guadarrama en las cercanías de Madrid. Y si embargo, no. Esa niebla apenas perceptible, parece querer transformarlo en el de cualquier puertecito mediterráneo a principios del otoño, cuando la humedad relativa ha aumentado notablemente, y las grandes mareas lanzan a la atmósfera millones de diminutas gotas de agua que permanecen en ella un buen rato, y hacen que siendo lo mismo ya nada sea igual.
Incluso el reloj de pared que tanto me acompaña con su presencia día tras día, hora tras hora, minuto a minuto (no tiene segundero) sigue siendo igual a sí mismo. Pero algo menos, todo hay que decirlo. Sigue siendo redondo, como si fuera el de bitácora, y sus números negros no son de otro color. Ni sus agujas han cambiado su diseño o longitud. Pero tanto con él como con todo lo demás se trata ya de otra cosa.
 No van a engañarme por mínimos y sutiles que sean los cambios que van introduciendo en mi vida. Pretenden, quien puede dudarlo, que me desequilibre y acabe trastornando, pero en la medida que sepa mantener la cabeza fría, no van a conseguirlo. El teorema de Pitágoras seguirá siendo válido por mucho que insistan en la aleatoriedad de lo catetos. Y los cuerpos sumergidos seguirán experimentando un empuje vertical y hacia arriba, etc, etc, como afirmó Arquímedes. Y el sol seguirá siendo el centro como predijeron los bienaventurados Copérnico y Galileo.
Y lo mismo cabría de decir de Darwin y Einstein. Aunque menos.

 No van a poder conmigo

ACTUALIDAD- C A T A L U Ñ A / UNO

Tengo la impresión de que si uno no es político, historiador o cualquier otra profesión que le fuerce a uno a identificarse radicalmente en un sentido, lo que está sucediendo en Cataluña lo que le produce, siendo español, es sobre todo pena.
Y la pena, como todo el mundo sabe, no es una idea sino una emoción. Y cuando no está articulada meramente de una forma irracional, un sentimiento. La emoción está en buena medida basada en los instintos (con todos los matices que se quiera), pero los sentimientos le añaden un vínculo específicamente humano, elaborado a través del conocimiento. Hasta ahora, por lo que he visto y leído, casi todos los debates sobre la independencia de Cataluña están basados en el análisis intelectual de la situación (histórico o económico esencialmente), pero pocos se detienen a considerar el desastre que desde un punto de vistas afectivo supone para muchos. Miles o millones de catalanes strictu senso o españoles, se sentirán perplejos al imaginar que, por ejemplo, la Alhambra de Granada para unos o la Sagrada Familia para otros, es algo esencialmente ajeno.
Posiblemente la solución a todo ello sería que cada cual desde su interior fuese capaz de poner en la balanza ambos criterios –emoción y sentimiento- pero tal cosa es prácticamente imposible, pues ya se sabe que las personas-y no digo ya nada de las masas- son con frecuencia arrastradas hacia uno u otro lado por factores capaces de hacer surgir en ellas una emoción ante la que poco valen otras consideraciones. Tal es en mi opinión el caso actual de Cataluña, que impulsada desde el estamento político nacionalista, parece decantarse por la separación. Después de todo, tal cosa no debería sorprendernos, y si uno examina con frialdad los antecedentes históricos de cada nación “oficial”, veremos que no difieren demasiado de lo que acabamos de decir. Y no solo eso. Hoy muchas naciones orgullosas de serlo y de su identidad diferenciada, se constituyeron en su día por procedimientos nada sutiles, llámense conquista, anexión o boda (que abundaron mucho en su día). La memoria del “pueblo” (con perdón) es frágil, y basta un adoctrinamiento concienzudo o las victorias repetidas de su selección, para hacer que lo pasado se olvide y dé lugar a un nuevo sentimiento de orgullo nacional. Que cada cual piense en la región del globo que le venga en gana. ¿Dónde están, sin ir más lejos, las naciones de los verdaderos aborígenes de toda América? Bajo la bota de sus conquistadores, de los que decidieron quedarse allí después de exterminar a los indios. Y no solo eso, con el paso del tiempo, los que en esas comunidades fueron vejados y humillados, sienten el orgullo de pertenecer a ella. Pienso aquí en los países de la Commonwealth, que una vez independizados del tirano, decidieron incorporar su bandera a la propia, o de los que poco después la llamaron “madre patria” (aunque si se examinan ambos casos en detalle, tengan sus razones para ello). O en los millones de negros americanos.
Es cierto, sin embargo, que hay algunas características que hacen que determinadas regiones adquieran un concepto de sí mismas diferenciado. Por ejemplo, la pertenencia a una misma religión, el hecho lingüístico, la ocupación de un área determinada, los recuerdos familiares y grupales, etc, pero, en mi opinión, tal cosa no elimina lo anterior. De toda memoria colectiva suele surgir un mito (o varios) que es hábilmente empleado por los que pretenden separarse para consolidar esa “memoria”, y hacerlo algo así como el hito fundacional de la nación que se pretende crear, que en muchas ocasiones no solo tiene un carácter de afirmación de lo propio y exclusivo, sino rechazo de “lo otro” como forma de conseguir sus objetivos. Claro que aquí cabría matizar un hecho que no debería pasar desapercibido en el análisis que nos ocupa, y se trata de la situación de la nación en ciernes dentro de su contexto nacional oficial hasta ese momento. Solo, o esencialmente, las regiones o comunidades que gozan de una situación privilegiada intentan esporádicamente separarse del resto. Que yo sepa, no se tiene conciencia que en las Hurdes o los Monegros, valga el sarcasmo, se hayan dado movimientos secesionistas. La solidaridad y “la fraternité” de la Revolución francesa, una vez más por los suelos, teniendo en cuenta, además, que en bastantes ocasiones su prosperidad se debe en buena medida a muchos de los que hicieron de ella su tierra de acogida (que por otro funambulismo -¿comprensible?- se hacen más nacionalistas que los nacionalistas (vulgo: más papistas que el Papa. Digamos maquetos, por ejemplo).

Insistir, a mi modo de ver, en análisis históricos (mil setecientos catorce fue una guerra de sucesión y no entre españoles y catalanes, etc), no tiene demasiado sentido, o al menos no es eficaz para llegar a las mentes de los independentistas, en las que sin duda alienta la imagen de un “radiante porvenir” (que diría Zinoviev en otro contexto), al que no son en absoluto ajenos aquellos que llevados por la utopía, la ucronía y lo que ustedes quieran, no dejan de tener in mente su imagen personal, pero sobre todo lo que imaginan su futuro. Pues si un buen puesto dentro de la nueva Administración nunca estará mal visto, tampoco es poca cosa pasar a la posteridad como un “padre de la patria”. Y que cada cual piense lo que quiera. AMÉN/ 1

martes, 9 de septiembre de 2014

NIEBLAS II

Después de levantarse el telón el escenario ha cambiado completamente, Se trata de un jardín sobre el mar, que se oye a lo lejos. En primer plano un merendero circular en que se ve a Lewis y Virginia, en lo que da toda la impresión de tratarse de una cita, que además, tiene poco de amistosa.

ESCENA IV
LEWIS –Como mi madre se entere de vuestro asunto lo vas a pasar mal, desgraciada.
VIRGINIA -¿Qué puedo hacer yo? ¡A ver si crees que lo hago por propia voluntad o porque me apetece! Ya sabes como se pone tú padre cuando quiere algo y se le contradice. No tuve más remedio
LEWIS –Me tiene sin cuidado como se ponga el viejo. Te pudiste negar desde el principio, y no estaríamos ahora en esta situación. Mi madre cada vez peor con su…bueno con su tema, que eso a ti no te importa, y la criada acostándose con su marido. El colmo.
VIRGINIA –Me conoces y sabes que yo nunca quise, pero no tenía otra opción si no quería verme en la calle. Si alguien me gusta en esta casa, sabes que eres tú…desde siempre.
LEWIS –Bueno, bueno…no me vengas ahora con historias. Lo nuestro no tiene nada que ver. Nunca lo tuvo. Pero recuerda lo que te he dicho. Ahora adiós.

(VERONICA intenta decir algo más justificándose, pero Lewis parece dar por zanjada la discusión, y Verónica se dirige hacia la puerta para irse, pero en esos momentos entra FRANKIE. Tiene buen aspecto y no tose. Verónica se detiene).

LEWIS – ¡Anda, mira a quien tenemos aquí! ¿Qué pasa, hermanito, es que ahora te dedicas a espiarnos?
FRANKIE –Sabes muy bien que a mí tus asuntos me tienen sin cuidado (serio). Te buscaba para hablar de mamá. Yo creo que su tema ve de mal en peor, y alguno de los dos, o los dos, deberíamos hacer algo, llevarla al médico.
LEWIS –Yo creo que eso le corresponde a papá, que algo tendrá que ver con sus problemas.
FRANKIE –Eso ahora no importa. El hecho es que cada día necesita más las pastillas para estar simplemente presentable.

(El tiempo comienza a empeorar súbitamente y el cielo se cubre de nubes oscuras. Se oyen algunos truenos y relámpagos. El escenario se ha vuelto de repente amenazador).

LEWIS (retomando sus palabras anteriores) –Aunque nunca se sabe, después de todo, cada uno somos responsables de nosotros mismos. Y quizás mamá también, aunque me cueste decirlo…
FRANKIE –Mamá no es culpable de nada. Eso tenlo claro delante de mí si no quieres tener problemas…
LEWIS –Anda, el hermano pequeño me amenaza ¿qué pasa, me vas a pegar? (con ironía y haciendo un gesto defensivo)

(En esos momentos entra impensadamente en el merendero Amelia (se oye el chasquido de un rayo próximo y su estruendo)

AMELIA – ¡Qué susto! Por fin os encuentro ¿Cómo se os ha ocurrido venir aquí con este tiempo? (titubea un instante)… bueno, la verdad es que hace un momento todo estaba en calma.
(Frankie se acerca a su madre y la abraza, Lewis también, pero solo le da un beso).

AMELIA –Venía solo a deciros que  esta tarde vamos a celebrar que Frankie ya está bien y que espero veros para tomar el té. Estoy segura que ese tonto de Krups nos va a dar una buena noticia. ¡Segura!

Frankie hace un amago de toser, Lewis le mira con cierta agresividad, y no lo hace.

LEWIS –De eso no te quepa la menor duda, mamá. A mi hermanito desde pequeño le gusta llamar la atención más de la cuenta.

(Frankie se revuelve y da la impresión de que va a empujar a Lewis con violencia, pero Amelia le retiene, y le coge por detrás rodeando sus hombros con los brazos).

AMELIA -¡Como sois! No me gusta nada que discutáis, y menos aún que llegarais a pelearos. No puedo…no quiero ni imaginármelo. Os quiero igual a los dos. Supongo que lo sabéis…aunque vinierais al mundo en situaciones muy diferente para mí…

(El escenario está en la semipenumbra, aunque por el horizonte sobre el mar empieza a clarear, y la luz hace que los cuatro se recorten con nitidez sobre su fondo. Aun lado, cerca, Amelia y Frankie, y bastante separado, solo, Lewis. Virginia, cerca de la puerta, ha oído todo. En esos momentos se oye el latigazo de un rayo que cae en las inmediaciones y un estruendo paralizador. Los cuatro personajes ni se mueven y permanecen en silencio).

(Cae el telón rápidamente.  No hay descanso y el público debe permanecer en la sala).


(A los diez minutos vuelve a subir el telón. La escena vuelve a mostrar de nuevo el salón en el que se desarrolló la primera parte. Es por la tarde, y puede verse a Amelia y Lewis que parecen conversar esperando el regreso de Patrick y Frankie de vuelta de su visita al médico. Ambos parecen nerviosos, pero sobre todo Amelia que cada dos por tres repite machaconamente que está convencida de que a Frankie no le pasa nada).

AMELIA – A Frankie no le pasa nada, estoy convencida. Enfriamientos como el suyo he visto muchos por esta tierra en el transcurso de los años
LEWIS –Yo también creo que no le pasa nada. Simplemente a mi hermano siempre le ha gustado llamar la atención y ser especial, y ha encontrado un filón con su catarro. Lo que me extraña de ti mamá es que no admitas que PUEDA pasarle algo, como si las enfermedades tuvieran la obligación de respetar a los que más queremos. A todos nos pueden pasar cosas desagradables, por mucho que nos duelan.
AMELIA – ¡Cállate! Tú deberías entenderme. Es una forma de decir que no soportaría que a un ser tan especial como él pudiera pasarle algo malo.
LEWIS (molesto, parece incluso celoso) –No sé por qué siempre te has empeñado en que Frankie es tan delicado o tan frágil. No creo que a la larga tu actitud le acabe favoreciendo. Pronto tendrá treinta años. Ya no es ningún niño.
AMELIA –Tú no sabes nada, hijo. Y no discutamos que sabes que cuando me pongo así, me empiezan a doler todos los huesos.
(Se oye que abren la puerta de entrada a la casa y Amelia se pone de pie de un salto)
AMELIA -¡Ya están aquí!
(Entra PATRICK, y FRANKIE detrás de él. El padre sonríe haciendo así evidente que traen buenas noticias. El hijo, sin embargo, no muestra nada especial. Está serio, como si su buena salud no le interesara demasiado. AMELIA abraza a su hijo y antes de que nadie diga nada comienza a hablar)
AMELIA -¡Lo sabía, lo sabía! Sabía que solo era un simple catarro.
PATRICK –Bueno, no exactamente. Una pulmonía sin demasiada importancia, que va a curarse con reposo y cuatro pastillas. Nada grave, afortunadamente. Pero sobre todo nada de tuberculosis, que es lo que temíamos.
LEWIS - ¡Menudo tuberculoso! ¡Mi hermanito está más sano que yo!
PATRICK –Pues no me extrañaría, al ritmo que llevas debes tener el hígado hecho fosfatina. No me extrañaría.
AMELIA – Es verdad, Lewis, no bebas tanto, pero no empecemos otra vez, por favor. Esta es una familia como otra cualquiera. Una familia sana en la que apenas hay nada que se salga de la norma. Una familia feliz, en resumidas cuentas.
(Durante unos momentos todos se callan y se miran unos a otros como si a pesar de la buena noticia, no todo estuviera tan claro. AMELIA parece algo nerviosa y se frota las manos con insistencia, como suele hacer cuando la artrosis le hace sufrir. La situación, a pesar de la buena noticia, parece tensa)
AMELIA (levantando la voz) -¡Virginia ya puede venir con el té!
(Instantes después aparece esta sonriendo con la bandeja con el té y las pastas)
VIRGINIA –No saben cuanto me alegra oír que al señorito no le pasa nada. Yo también estaba preocupada, y me perdonarán pero es que he oído todo lo que decían…
PATRICK –Claro que sí, Virginia. Todos nos alegramos de que Frankie esté perfectamente. Claro que sí. Esta es una familia como todas, en la que nunca pasa nada demasiado especial. Y no te vayas, después de todo estás con nosotros casi desde que eras una niña. Siéntate aquí entre nosotros, al lado de la señorita AMELIA.

(Enseguida se oye una música ligera que entra en la habitación procedente de alguna parte. Poco a poco la escena se va sumiendo en la oscuridad y vuelve a oírse la sirena del faro, y entremezclándose, la tos insistente de FRANKIE)

                                                              FIN




NIEBLAS

(Adaptación de la obra de Eugene O’Neill “El largo viaje del día hacia la noche)


La niebla se cierne sobre el escenario. De hecho es tan espesa que algunos de los espectadores de las primeras filas podrían sentirse molestos e incluso toser, y da la impresión de que si la situación se prolongase demasiado tiempo sería lógico que abandonasen la sala. Hay que reconocer, no obstante, que la escenografía está bastante lograda cuando sobre unas cortinas vaporosas del fondo, se ven pasar unas gaviotas volando lentamente,  dando la impresión de que el drama está a punto de estallar. Al mismo tiempo se hace visible la luz rotatoria del faro y se oye su sirena, casi un lamento en la noche oscura de la costa.
Sobre el escenario, en primer plano sobre el fondo anteriormente descrito dos personas parecen conversar. Da la impresión de tratarse de un mirador sobre la costa en el comedor de un caserón antiguo pero distinguido.

ESCENA I
 PATRICK -Me preocupa la tos de Frankie. Es posible que no sea nada, pero me preocupa, son ya demasiados días para una simple alergia.
 AMELIA -Tu siempre con tu pesimismo. A Frankie no le pasa absolutamente nada. Es un enfriamiento estacional de los que hay tantos por esta época.
PATRICK - Será como tú dices, pero me preocupa, y me duele ver al chico sufriendo en algunos momentos en los que parece que le cuesta respirar. Después de todo es mi hijo.
AMELIA (frotándose las manos con energía y nerviosismo) - ¡Pues claro que es tu hijo! …en cualquier caso, su enfermedad, su enfriamiento quiero decir, se la debe a tu familia. Recuerda a tu padre que murió joven de tuberculosis. Claro que el caso de Frankie no tiene nada que ver…
PATRICK -Tú siempre tratando de desembarazarte de toda culpa. Mi padre murió como murió, pero a fin de cuenta quien parió al chico fuiste tú, y algo tendrás que ver en el asunto.
AMELIA -Vamos a dejarlo, por el amor de Dios, Patrick. Lo único importante es que pronto se cure y deje de pasarlo mal. Frankie no puede tener nada. No voy a creerme lo que diga ese inepto de Krups.
PATRICK -Por mal que te caiga, siempre ha sido el médico de nuestra familia. Además le ha hecho unas pruebas que son definitivas y mañana sabremos el resultado.
AMELIA-  Ese tipo es un inepto y no voy a creerme nada.

ESCENA II
Se mantiene la niebla. Ha anochecido y se encienden algunas luces dentro de la casa. A lo lejos se oye el mar y la sirena del faro.
 El matrimonio sigue en el salón. Parecen descansar en silencio después de su conversación. De repente entra Lewis, el hijo mayor, sin demasiados miramientos y haciendo ruido. Tropieza con una silla y está a punto de caerse.
PATRICK (saliendo de su somnolencia) -¡Ya has vuelto a beber!
LEWIS (agresivo) - ¡No será con tu dinero!
PATRICK – Amelia, ¿has oído eso? Sería el colmo, ¡un padre dando dinero a su hijo para que se emborrache!
AMELIA -¿Es que esta casa no puede estar una tranquila sin que alguien grite?
LEWIS (dejándose caer en una silla) -Aquí todo el mundo gritará hasta que no se haga justicia.
PATRICK- Ved ahí a la víctima, el hijo maltratado que culpa al mundo de su infortunio. Y sobre todo a su padre (con ironía), que no le mantiene como es debido, o que le encaminó por donde no debía.
LEWIS -Fuiste tú, efectivamente quien me llevó a hacer el payaso por los escenarios de media Inglaterra para  hacerte salir de la mediocridad de tu carrera de actor de segunda fila. ¿O no es cierto?
PATRICK -¿Cómo puedes decirme eso? ¡Lo hice por tu bien, porque eras incapaz de terminar nada!
AMELIA -¡Callaros ya, por favor! Me duelen terriblemente las manos, y voy a tener que subir al cuarto para tomarme otra pastilla. Y todo por vuestra culpa.
LEWIS (acercándose a su madre y cogiéndola de las manos) -No subas, mamá, por favor, lo de las manos se te va a pasar enseguida. Ya nos callamos.

ESCENA III
Por la escalera que sube a los pisos baja Frankie, el hijo pequeño. Tiene mala cara y tose compulsivamente. Casi al mismo tiempo entre desde un lateral Virginia, una criada joven que hace las funciones de ama de llaves o algo parecido y dice escuetamente que en diez minutos estará lista la cena, pero que si lo desean puede servirles un aperitivo. Al parecer la cocinera ha preparado unas medianoches estupendas.
AMELIA –De acuerdo Virginia, hazlo así (parece tomar aire y sigue). Es estupendo. Me siento mucho mejor.
PATRICK –Me alegro cariño. Te viene bien descansar. Y tú Frankie, tu tos me preocupa, pero a veces tengo la impresión que la empeoras con tus nervios.
FRANKIE –Mamá no deberías tomar tantas pastillas. Te tranquilizan pero son demasiado fuertes…
AMELIA –Tú que sabrás, hijo. De viejo pasan estas cosas con la artrosis, las necesito.
PATRICK – Frankie, recuerda que mañana tenemos consulta con el doctor Krups para ver el resultado de tus pruebas, pero como dice tu madre estoy convencido de que es solo un catarro rebelde. En esta costa endiablada de Inglaterra es bastante frecuente.
(Frankie intenta decir algo al respecto, pero finalmente pregunta por Lewis)
AMELIA – Tu hermano subió y no sé si bajará a cenar, volvió bastante cansado después de un día complicado, según nos dijo a su vuelta.
PATRICK –Amelia, cariño, no trates a Frankie como si todavía fuera un niño. (Y dirigiéndose a su hijo): tu hermano ha vuelto borracho y bastante agresivo. Esa es la pura verdad, hijo.
(En esos momentos Lewis comienza a bajar lentamente por la escalera, y casi al mismo tiempo entra en escena Virginia con el aperitivo. La luz del faro incide una vez más sobre la terraza lateral del salón, y se escucha si cabe más fuerte su sirena, creando un ambiente muy alejado de la supuesta placidez del escenario. Frankie vuelve a toser. Cae el telón lentamente y la oscuridad parece apoderarse del lugar)


                                             FIN DE LA PRIMERA PARTE 

sábado, 6 de septiembre de 2014

DESAYUNOS

Al poco de levantarme tengo unas ganas terribles de comer algo, pero en casa no tengo absolutamente nada. Es domingo, los bares y cafeterías de los alrededores están cerrados, y lo mismo sucede con las tiendas de comestibles. Tendré que desplazarme al menos veinte kilómetros para llevarme algo a la boca, aunque quizás pudiera probar suerte con los vecinos, pero es demasiado temprano. Resignado entro en el baño y me lavo los dientes, intento probar suerte con la pasta, pero después de darle un pequeño tiento, la encuentro repugnante, luego bebo mucha agua por si acaso. A continuación hago pis alterando de esta manera mi secuencia habitual de hacer las cosas, pues esta suele ser mi primera actividad nada más poner los pies en el suelo. Quizás se deba a que me levanté a media noche y la cosa fue abundante. Aunque, en cualquier caso, como estamos en verano y se suda bastante, es posible que simplemente no tuviera demasiado que evacuar.
Poco después de realizar estas funciones higiénicas, me siento más optimista y recuerdo al alcalde de Cork, pueblecito de Irlanda en el que su edil aguantó cuarenta días sin probar bocado (murió el último de ellos), lo que por un momento me hace pensar que quizás podía hacer dieta durante solo uno, algo que sin duda le vendría bien a mi organismo y también, aunque moderadamente a mi bolsillo. A continuación me meto en la ducha y procedo, como es habitual, por partes, entreteniéndome más en las llamadas zonas blandas, aunque no debo pecar de optimista, porque en mi cuerpo todas lo son. No olvido las que yo suelo denominar zonas recónditas, o lugares que dada su ubicación permanecen más o menos escondidos dado su escaso interés en el desarrollo de la vida ordinaria. Una vez afuera me seco concienzudamente, entreteniéndome nuevamente en los lugares mencionados, algo fundamental si no se desea la proliferación de arborescencias indeseables en huecos e intersticios.
Después de vestirme, salgo a la terraza y contemplo el paisaje durante unos momentos. Vivo en las afueras, y ciertamente se trata de un lugar bonito, con árboles en las proximidades, algunas elevaciones cerca, y al fondo las montañas de la sierra del Guadarrama, lo que hace que me sienta un ser afortunado, aunque con las cifras de mi cuenta bancaria en buena forma, tampoco me importaría ser Bartleby (el escribiente), y asomarme al muro de hormigón de una oficina céntrica. Que quede claro, por lo tanto, que la belleza en ocasiones está ligada a conceptos menos etéreos, lo que justificaría el hecho de que muchos habitantes de la Polinesia o la selva virgen africana se trasladen a la ciudad, y olviden sus lugares de origen sin que les de un pasmo.
En esos momentos, una vez que abandono la terraza, sería la ocasión de sentarme a la mesa o ponerme una bandejita con las vituallas habituales del desayuno, pero hoy es inútil, a pesar de que por unos instantes me entretengo rebuscando con cierto detalle en los lugares más impensados de la cocina el menor indicio de alimento. Es inútil, y como la gazuza aprieta, tomo la decisión de beberme dos vasos de agua llenos casi sin respirar. Dicen que así disminuye la sensación de hambre por una cuestión estrictamente de volúmenes satisfechos (en este caso, más bien repletos). No quiero pensar demasiado y decido de inmediato subir al coche y darme una vuelta a Madrid por la M-40.
Cojo una de sus entradas desde la carretera de la Coruña, y me dispongo a recorrer aproximadamente noventa kilómetros, incluido el anillo de circunvalación y la distancia desde Las Rozas. Nada más sentarme pongo la radio como hago de forma habitual, supongo que para sentirme de inmediato acompañado (en casa hago lo mismo con la televisión y la radio). A esas horas, apenas son las nueve, hay todavía poca circulación, y por unos instantes me siento como un habitante de San Francisco que ha decidido acercarse a Sausalito por motivos que no tengo demasiado claros. Esto que puede parecer una estupidez sucedió literalmente así, de tal manera que aquí quiero dejar constancia del hecho, aunque no importe a nadie ni tenga demasiado sentido. El MP 3 o como quiera que se llame el elemento ese que me dieron con el coche (¿USB?) está puesto en la modalidad “random”, por lo que la música salta aleatoriamente de canciones folk americanas a rancheras, pasodobles, jazz o música china, lo que pronto hace que me olvide de California y recorra otras geografías.
Al cuarto de hora empiezo a cansarme del pot-pourri y pongo la radio, saltando de una emisora a otra hasta que me detengo en una evangelista, donde no paran de decir amén, aleluya y dar gracias a Jesús, tras lo cual se oye durante unos instantes un coro de gospel y poco después a unos cursis diciendo majaderías acompañados por una guitarra. Cambio de dial y caigo en una tertulia de pensamiento, donde alguien afirma que Heidegger no era un verdadero filósofo sino un auténtico hijo de puta y un nazi, a lo que alguien responde que el concepto de “dassein” ha sido uno de los mayores aciertos de la filosofía de todos los tiempos. Otro tercia en el debate, y dice que si se considera a Wittgenstein todo está aún por decir, para a continuación pasar a Jaime Balmes y Camilo José Cela, momento en el que me digo que hasta ahí podíamos llegar y vuelvo a la música, en donde escucho por unos momentos a Nusrat Fateh Ali Khan, cantante popular/religioso pakistaní, al que tengo que quitar casi de inmediato sintiéndome entrar en trance. En esos momentos pienso que quizás los poetas sufíes y los derviches no eran un auténtico camelo. Afortunadamente lo siguiente son unas rancheras de Aceves Mejías y me entran de nuevo las ganas de vivir y un hambre redoblada. Busco desesperadamente unos restos de galletas que a veces llevo a bordo en la guantera, pero es inútil. Ni rastro.
A la media hora aproximadamente empiezo a aburrirme seriamente y pienso en hacer alguna locura, pero afortunadamente en esos momentos suena el chivato de la gasolina avisándome que debo repostar. Entro en una gasolinera y lleno el depósito. Allí mismo tengo una tentación enorme de entrar en la cafetería que está abierta y desayunar opíparamente. Puedo incluso suponer incluso una posibilidad única de ver el mundo con otra perspectiva, pero finalmente vuelvo a acordarme del alcalde de Cork, y renuncio. No obstante, entro en el local y me compro varios CD,s de música popular española, sobre todo coplas, tan frecuentes en estos lugares, y de vuelta en el coche los pongo casi inmediatamente. Diez minutos después de arrancar me parecen insoportables, abro la ventanilla y los tiro en el arcén, esperando que de tal manera su sola presencia alegre el paso de los automovilistas que me sigan.
A los tres cuartos de hora aproximadamente percibo que el aburrimiento empieza a hacer mella nuevamente en mi psiquismo, y creo llegado el momento de introducir una variable impensada en mi periplo. Se me ocurre llamar a algunos familiares por teléfono contándoles sucintamente mi situación, diciéndoles, además, que me siento muy solo. A esas horas de la mañana casi todos reaccionan con incredulidad, algunos incluso de forma desabrida. Y concretamente un hermano con quien tengo una relación bastante estrecha, me dice literalmente que me vaya a tomar por el culo. A continuación hago tres llamadas a amigos de los que hace incluso años que no sé nada de ellos. Dos me cuelgan casi de inmediato y otro, se trataba de una amiga, me dice que no me desespere, que la vida es bonita aunque tenga sus momentos duros, y enseguida empieza a darme detalles de la suya, algo que se prolonga durante diez minutos, pasados los cuales, digo que ya es suficiente, la llamo zorra sin venir a cuento y cuelgo. Ya casi completada la vuelta a Madrid, veo unos paneles enormes del zoo con muchos animales africanos, digamos un león, un elefante y una jirafa, y por un momento recuerdo una película que tuvo mucho éxito en los setentas “Nacida libre” o algo así. Intento recordar la canción pero como no la recuerdo vuelvo al MP-3. Las rancheras siguen ahí.
A falta de pocos kilómetros para estar de nuevo en casa, vuelvo a sentir un hambre de zombi, pero sigo en mis trece y me prometo ayunar durante todo el día. Pienso en la obra de teatro que voy a ver por la tarde en Madrid. Se trata de un drama norteamericano, en el que como suele ser habitual, toda una familia, aprovechando unas circunstancias problemáticas, reflexiona sobre el sentido de la vida y las conflictivas relaciones padres/hijos, manantial inacabable de inspiración para los premios Nóbel y para algunos poetas y dramaturgos, que acabaron en asilos de mala muerte o quitándose de en medio de mala manera.
Me preparo para sobrevivir durante el tiempo que me queda para que empiece la función. Tengo hambre, me repito sin cesar, pero intento concentrarme con todas mis fuerzas en el alcalde de Cork, los prisioneros de los campos de concentración nazis y algunas zonas de Etiopía y el Sahel, y me siento aliviado casi de inmediato. Estoy salvado.