Soy feliz. Incluso muy feliz, extraordinariamente feliz. No recuerdo, sin
embargo, ningún acontecimiento especial en los últimos tiempos ni estar
profundamente enamorado. Simplemente soy feliz con una felicidad espontánea,
como un géiser que después de los
primeros borbotones lanza hacia arriba una maravillosa columna de agua y gas
que hace que quienes la vean se sientan alborozados. Algo de este estilo me
sucede. Claro que cabe la posibilidad que sea un maníaco depresivo, un bipolar
como de manera pedante se dice ahora, y me halle en la fase eufórica de la
misma, pero no creo. No recuerdo estar tomando ningún tipo de pastillas ni
llevo una camisa de fuerza. Y si fuera así, por favor, que no me quiten este
trastorno maravilloso, aunque después tenga que bajar a los infiernos. Paseo
por el Retiro con el firme convencimiento de hallarme en el paraíso terrenal,
algo que sin duda le parecerá muy bien al ayuntamiento de la ciudad, a la
monarquía que lo inauguró, y a los madrileños que ya pasean entre sus árboles y
en las proximidades del lago de buena mañana. Aún no son las doce. Siento un
deseo irrefrenable de coger una barca y navegar por la magra extensión del que
en esos momentos me parece sin embargo un océano Atlántico colmado de marsopas,
que no se me escapan que son las otras embarcaciones, que quede claro. Remo
suavemente y en las proximidades del centro exacto del lago miro al cielo y doy
gracias al sol por estar aquí y tenerle a él por testigo, aunque tengo que
refrenar mi impulso de mirarle directamente, que es lo que me apetecería, para
no quedarme ciego. En este punto que ocupo, el centro como ya dije, deben
ocurrir fenómenos que a los humanos nos escapan, absurdamente entretenidos en
otros menesteres triviales y ajenos a la trascendencia de la geometría. Quien
sabe si incluso, en momentos que ignoramos, este lugar se convierte en el ojo
de un huracán que nos pasa desapercibido por levantarse ya casi de madrugada. O
quizás, y con mas propiedad, es el lugar preciso en que se hunde en momentos
que no pueden ser precisados, un maëlstrom que se adentra tierra adentro hasta
el núcleo incandescente del planeta. O más aún, el vórtice de un agujero negro
que nos pondría en contacto con galaxias de otro universo donde los hombres
siempre son felices. Con una felicidad, como la mía, que nada tiene que ver con
el mal funcionamiento de las sinapsis cerebrales o la ausencia de serotonina en
los neuroreceptores de las mismas. Poco importan, después de todo, estas
suposiciones. En el centro geométrico del lago del Buen Retiro de Madrid, me
siento por momentos como un almirante Nelson triunfante en Trafalgar a pesar de
las balas traicioneras, y siento el mar hirviendo bajo la modesta quilla de mi
bote, mientras levanto un remo en señal de victoria. No me importa que las
otras embarcaciones no quieran participar de esta orgía de dicha que me invade,
y se alejen de la mía presurosamente, sin duda atemorizados por la potencia de
fuego de la escuadra británica. Ni me importa que poco después, cuando ya
desnudo del todo enarbolo mi camisa y mis pantalones en la punta del remo, a
modo de la Unión Jack tremolando en aguas de Cádiz, ver acercarse todo avante a
una motora con la enseña de la Cruz Roja. No saben lo que hacen. Allá ellos. Yo
me siento feliz y navego.
sábado, 21 de diciembre de 2013
martes, 17 de diciembre de 2013
ABUELAS
La abuelita es un caso, y últimamente incluso se está volviendo
desagradable conmigo. Ayer, sin ir más lejos, me ha dicho que me ve muy raro,
pues no es normal que a un chico de mi edad se le esté haciendo tan evidente el
esqueleto. Para seguirle la broma le dije que ese, en todo caso, sería su
problema, pues ya se sabe que con los años los huesos pugnan por salir al
exterior, algo para nada extraño cuando se está tan flaca como ella y ya se
espera la caja de pino. Me contestó que
de eso estaba convencida, pero que en ella no era nada raro dada su edad y el
haber tenido toda su vida de una osamenta más que notable, pero que sí lo era
en mi caso. De hecho, a pesar de que yo intenté zafarme, se me acercó y empezó
a toquetearme por todos lados, diciendo con entusiasmo “lo ves, lo ves”, al
tiempo que quería demostrar a los demás la evidencia de mi extraña fisonomía.
Pues no dice que me encuentre flaco, sino, para ser sincero, todo lo contrario,
incluso obeso, pero que en la cara y las articulaciones mis huesos parecen
haberse rebelado y tratan de salir a la superficie, dando de mí una imagen de
fenómeno de feria. El resto de mis hermanos se ha mantenido en silencio, algo
que también han hecho mis padres un tanto compungidos, aunque mamá finalmente
ha tratado de sonreír con una mueca un tanto histérica, y me ha tocado la cara
señalando mis pómulos al tiempo que exclamaba “Josema siempre ha sido así, un
poco chinito”, y se ha callado. Pero la abuela es testaruda, y ha seguido
insistiendo durante todo el segundo plato, diciendo que debían llevarme al
médico, pues más que especial, me encuentra un caso extraño, de los que no ha
visto ni uno solo en sus noventa años de vida. Llegados a este punto y ante el
silencio de los demás, me he levantado y he ido a mirarme al espejo del cuarto
de baño y después al de cuerpo entero del vestidor de mamá, donde la verdad me
he encontrado tan grotesco como siempre pero no diferente, por lo que he vuelto
a la mesa más tranquilo, habiendo tomado la decisión de hacer una pequeña
dieta, consistente esencialmente en no comer magdalenas ni bollería, algo que
desgraciadamente me entusiasma. Como si hubiera adivinado mis pensamientos,
Elisa, que así se llamaba la madre de mi madre, me ha reconvenido, diciéndome
que no se trataba de dietas ni de otras zarandajas por el estilo, sino de
llevar una vida más sana, hacer algo de ejercicio y prescindir definitivamente de
los tendencias propias de mi edad que, según ella yo llevaba a unos extremos
incompatibles con la salud y la cordura de un adolescente. Mis padres me han
mirado al mismo tiempo, supongo que sospechando que la abuela tenía algo más
que simples referencias de mis vicios ocultos, pero yo les he sostenido la
mirada no dándome por aludido. Mis hermanos han comenzado a reírse por lo bajo
hasta que finalmente han estallado en una carcajada colectiva, a la que se ha
sumado la abuela con una energía impropio de su edad, al tiempo que se
reafirmaba en sus consideraciones anteriores. Finalmente ha sido papá el que ha
salido en mi defensa, y se ha dirigido a la anciana de forma desabrida
recriminándole su actitud y afirmando que ya estaba bien, que Josema siempre
había sido un joven virtuoso, y que nada de lo que estaba diciendo era cierto. “Bastante
tiene ya el chico con suponer que a no tardar mucho se va a quedar ciego”, dijo
poco antes de levantarse sin probar el postre.
sábado, 14 de diciembre de 2013
HURACANES
Abro los ojos y
un huracán penetra por mis pupilas, suponiendo que el viento sea algo más que la
vibración desmedida de unas moléculas de aire. Penetra al mismo tiempo, ayudada
esta vez por las trompas de Eustaquio, la quinta sinfonía de Beethoven que, a
pesar de todo, yo percibo en un tono moderado incluso en sus crescendos más
impetuosos.
Es esta al
parecer una facultad novedosa que se ha originado en mis órganos perceptivos
por mis amaneceres fuera de lugar, cuando a través de la ventana ya puedo
percibir las primeras luces del alba. Soy pues feliz así con una felicidad que
nada tiene que ver con la alegría strictu senso, sino con la íntima
satisfacción de verificar que aún estoy vivo.
No debo pues
pretender otra cosa. Tratar en todo caso de no retener el aliento, y ver que
milagrosamente él solo es capaz de de generarse sin que mi voluntad intervenga
para nada. Y en los momentos en que me asalta la duda, concentrarme en ese
flujo que siéndome ajeno me posee, y sin el cual yo no sería absolutamente
nada. O, como mucho, una piedra.
Recordar de esta
manera que la vida consiste en una sucesión de acaeceres para los que uno debe
de estar someramente preparado. No dudar, cuando flaquee el ánimo que, después
de todo, el asunto consiste, grosso modo, en poner un pié después del otro y
desplazarse. O viceversa. La sencillez de lo verdaderamente importante. La
ausencia momentánea de la silla de ruedas.
Eso es todo, me
digo, cuando finalmente me obligo a cerrar los ojos y el mundo se convierte en
un cuarto oscuro, donde alguien que me resulta ajeno se empeña en encender la
luz. Llega entonces el momento preciso en que el huracán se desvanece y aparece
la brisa. Y Beethoven es un modesto músico callejero que uno contempla, ajeno a
sus sinfonías, con el embeleso con el que se escucha un solo de flauta surgido
la nada.
En resumidas
cuentas.
Aproximadamente
domingo, 8 de diciembre de 2013
PREFERENCIAS
A estas alturas
de la vida ya no tengo ninguna duda de que yo era el preferido de mamá. Para
llegar a tal conclusión me he basado en determinadas situaciones que observadas
desde la distancia me lo han hecho ver con total claridad. Éramos ocho hermanos
distribuidos, si se puede decir así, en dos tandas. La primera de cuatro chicas
a las que los pequeños pronto perdimos de vista porque la menor tenía diez años
más que el mayor de la nuestra, formada por cuatro varones del los que yo era
el tercero. Comprendo que decir solo eso no aclara nada, por lo que a
continuación trataré de explicarlo de la mejor manera de la que sea capaz. No
hablaré de mis hermanas que pronto desaparecieron en Madrid, donde todas
hicieron la carrera de Filosofía y Letras, y además porque tal cosa no añadiría
nada a lo que aquí pretendo, pues, si debo ser sincero, siempre las consideré
como a una especie de tías lejanas que nos visitaban en vacaciones. El grupo de
los pequeños, cuatro, como ya dije, separados casi milimétricamente entre sí
por dos años, estaba formado por Alberto, el mayor, un chico tremendamente
serio al que resultaba difícil sacarle una palabra, Luis, un tipo divertido que
se dedicaba a tomarnos el pelo a los dos pequeños: Jules, el benjamín, entonces
con una mata de pelo que añoró toda su vida, y un tanto llorón, y yo mismo.
Pero la clave, en mi opinión, no estaba en nuestras características, sino en
las de mamá, una señora a la que yo quería mucho, pero que en algunas ocasiones
me parecía mi abuela, porque según más tarde me enteré, yo nací cuando la pobre
ya rondaba los cincuenta (su edad exacta cuando nació Julito, que debe dar
gracias al cielo de estar entre nosotros y en plena forma). El asunto es que
mamá adoraba a los bichos, a todo tipo de bichos, quiero decir, y aunque con
nosotros se dedicó a cultivar a los habituales, no le hacía ascos a un sapo y
ni siquiera a un escarabajo. Y hasta me atrevería a decir que sentía cierta
compasión por los ratones y las cucarachas cuando teníamos que echar DDT a
mansalva cerca de la fresquera para que no nos dejaran sin víveres. Vivíamos en
un chalet con una especie de huerto en la esquina de un jardín enorme, en donde
existía una extraña construcción a la que con cierta imaginación podría
llamarse gallinero. Y era a este lugar donde mamá traía una serie de animales
por turno rotatorio, a partir del uno de Enero: conejos, gallinas y un pavo ya
cerca de las Navidades. El perro (Chili) y una gata (la Negri) formaban parte
de la familia, por lo que a los efectos que aquí se consideran, no los tengo en
consideración. La verdad es que de los cuatro hermanos yo era el único que
acompañaba a mamá en su amor desmedido por los bichos, porque mis tres hermanos
verdaderamente más que disfrutar con ellos, los padecían, aunque no decían nada
a mamá para no disgustarla. Luis, según me contó ya muy mayor descubrió allí
que era alérgico a las plumas, algo que le producía una especie de horror
metafísico, como si aquellos bichos fueran el testimonio vivo de la existencia
del mal en la Tierra, lo que justifica que siempre cerca de la Navidad le
salieran unas ronchas tremendas en la piel de los brazos, que mi madre con una
ingenuidad que hoy pongo en duda, achacaba a los fríos de aquellas fechas.
Julito, ciertamente, los apreciaba y con frecuencia jugaba con ellos en la
medida que unos animales con una masa gris tan reducida son capaces de entender
lo que significa tal hecho. Con los conejos tenía una facultad extraordinaria
que yo acabé aprendiendo y practicando con él. Los cogía de uno en uno y
mediante determinadas manipulaciones en el lomo, lograba que se quedaran quietos,
como hipnotizados y adquiriendo sus cuerpos la forma de un plátano (a
contrapelo de su propia columna vertebral). En cierta ocasión llegamos a
colocar así a los diez que teníamos, tras lo cual avisamos a mamá de que se
habían muerto, algo que la pobre pudo comprobar al gallinero, hasta que viendo
su disgusto, nosotros mismos rompimos el hechizo, del que los conejos se
incorporaron mediante un salto colectivo que hizo que la pobre se llevara un
susto morrocotudo. Por otro lado, y por razones que nos resultaban a todos
incomprensibles, normalmente el gallo solía tomarla con Julio y en algunos
momentos le perseguía a picotazos por todo el jardín, lo que sin duda colaboró
a que tiempo después mi hermano fuera elegido como velocista en el equipo de
atletismo del instituto. Alberto era otra cosa, y los demás manteníamos con él
una relación un tanto distante, no porque no quisiéramos tenerla, sino porque
de alguna manera le temíamos. Era inofensivo y no solía participar en nuestras
actividades. Estaba en un mundo propio del que apenas salía, aunque en algunas
ocasiones se permitía ciertos desahogos con los animales, algo que pudimos
comprobar en un par de ocasiones cuando varios pollitos de pocos días
aparecieron muertos en los ponederos del gallinero, y poco después, una coneja
perfectamente decapitada. Papá y mamá le trataban desde luego de una forma
especial, pero nosotros no nos dimos cuenta de la gravedad del problema hasta
que tiempo después apareció tirado en la cuneta de una carretera próxima
diciendo que era Napoleón. Ya en el psiquiátrico el pobre hombre cambió de
personalidad convirtiéndose en Jesucristo, y perdonando urbi et orbe los
pecados del mundo. Por mi parte debo decir que me sentía afortunado teniendo a
aquellos bichos con los que me entretenía bastante, sobre todo cuando sacaba a
Chili y la Negri que se divertían de lo lindo persiguiéndolos, aunque yo no les
dejaba pasar a mayores. Sólo una vez tuve un sobresalto, y fue cuando ante la
súbita ausencia de toda una camada de conejos le pregunté a mamá donde estaban,
a lo que la mujer, adicta como era a la verdad, me confesó que en buena medida,
me la estaba comiendo en esos precisos momentos. Pasé un mal rato y luego tuve
dolor de barriga y retortijones, pero enseguida pude comprender que sin tal
fin, la presencia de esos animalitos en nuestro planeta no tendría demasiado
sentido: siempre he sido un hombre práctico. Del pavo, mejor ni hablar.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
FACILIDADES
-Escribo sin
parar, y eso me preocupa porque dificulta mis relaciones con los demás y supone
un incordio notable en mi vida diaria. Ya sé que la solución sería dejar de
hacerlo, pero no puedo. Tal cosa se ha impuesto a mi voluntad de una manera
compulsiva, de tal manera que en las raras ocasiones en que tengo ganas de
hablar, algo de orden superior se me impone y hace que de inmediato busca la
pluma (todavía existen) en el bolsillo o donde la tenga más a mano. Para
tranquilizarme me digo que posiblemente se deba a mi afán de expresarme con
total propiedad, algo que el hecho de ponerlo por escrito me facilita. Mi
escritura, eso sí, es fluida, y aunque hay quien dice que tiene ciertas
características que la asimilan a la de los médicos, en líneas generales es
fácilmente comprensible, lo que mis interlocutores me agradecen al tiempo que
se muestran sorprendidos por la increíble rapidez con la que lo hago. La
práctica ha hecho que después de unos comienzos renqueantes, en la actualidad
me maneje con todo tipo de grafismos a una velocidad sorprendente. Como dato
significativo, tengo que decir que si en un principio se daba en ella cierto
atropellamiento que hacía que las letras se amontonaran sin orden ni concierto,
ahora soy capaz de escribir los caracteres con el espacio suficiente para que
alguien no advertido dude de mi capacidad para expresarme correctamente por
desconocer las palabras, o que un niño pueda introducir entre ellas algún
dibujo divertido. Seguiremos informando.
-No pienso.
Repito: no pienso nada en absoluto. Claro está que con tal afirmación me
refiero a los instantes en los que por necesidades propias de mi carácter que
no vienen ahora al caso, decido que tal cosa es lo que en esos momentos me
resulta más conveniente. Situaciones que según pasa el tiempo y mi cabeza se
despuebla de pilosidades otrora importantes, son cada vez más frecuentes. En
algunas ocasiones porque se trata de temas que en esos momentos no me interesan,
y en otras como un método suficientemente eficaz para zafarme de relaciones
desequilibrantes. No descarto sin embargo algunos momentos en que los empleo mi
facilidad para desconectar de una forma absolutamente aleatoria, sin venir a
cuento, como un antojo que suele dejar atónito a mi interlocutor, pero que me
demuestra la volubilidad del propio carácter dejado a su libre albedrío. Ayer,
sin ir más lejos, dejé plantado Dionisio vecino del segundo piso y buen amigo
mío, que se disponía a darme unas nociones de física cuántica, algo que me
interesa sobremanera desde que me enteré que en ella las partículas se
comportan como les viene en gana. Fue al incidir en esto cuando le dejé con la
palabra en la boca, pues me sentí totalmente autorizado para actuar a mi
antojo.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
SOSPECHAS DOS
La verdad es que empiezo a estar bastante harto de que, de un tiempo a
esta parte, no haga sino escribir majaderías en este diario. Quizás no soy
justo conmigo mismo, pero lo siento así. Esta mañana, sin ir más lejos, tuve
otro sobresalto, esta vez en el supermercado, lo que me ha hecho volver a
plantearme si me ocurre algo raro. María Luisa no estaba hoy de humor, y me ha
enviado a mí a la compra, algo, por otra parte bastante habitual (somos una
pareja que siempre hemos procurado compartir todo al cincuenta por ciento). El
hecho es que tenía que comprar huevos y para verificar su tamaño (no me fío de
las etiquetas), he abierto la caja y he tenido una sensación muy desagradable:
los huevos eran perfectamente esféricos. No tenían forma ovoidal como era de
esperar, por lo que, ante la mirada sorprendida de uno de los empleados, he
abierto buena parte del resto de paquetes para verificar la anomalía, y para mi
sorpresa he comprobado que, efectivamente, todos eran redondos. El chico se ha
ofrecido a ayudarme, pero le he dicho que no era necesario. No sé como podría
encajar una respuesta que desmintiera mi percepción, por lo que me he alejado
con disimulo tratando de transmitir una impresión de normalidad, como si actuar
de tal guisa solo hubiera sido debida a una chochera de viejo. He terminado la
compra y poco antes de salir me he dirigido otra vez al estante de los huevos,
pero al ver de nuevo allí al empleado testigo de mi desatino, me ha frenado en
seco y me he dirigido de inmediato a las cajas. Algo me dice que los huevos
deben ser perfectamente ovoidales, valga la redundancia, pero mi percepción no
me engaña, por lo que está claro que algo debe de estar cambiando en mi
interior que hace que perciba el mundo de forma modificada. De momento, solo se
trata de mi tendencia a conferir formas curvas a cuanto me rodea, y más que
curvas, circulares. Tengo otros detalles que ahora no me interesa poner por
escrito, pero valga lo que me sucedió el otro día con los ojos de María Luisa.
Volví a casa reflexionando sobre lo que me estaba pasando, sin darme cuenta que
con mis cavilaciones había olvidado de comprar los susodichos huevos, algo que
a mi mujer no le iba a ser fácil perdonarme, teniendo en cuenta que pensaba
hacerse una tortilla. Por otro lado, se me ha ocurrido pensar que quizás de un
tiempo a esta parte a las gallinas les ha dado por modificar la estructura de
los elementos que darán lugar a su progenie, quizás como una manera de
reivindicar la vida en el corral y el libre picoteo de semillas en el campo. Si
fuera así, que sepan que yo estoy de su parte. Odio esas jaulas espantosas
donde las tienen enclaustradas mientras les encienden y apagan las luces
simulando noches y amaneceres falsos
para que pongan a destajo. Sin embargo, no debo desalentarme, quizás todo esto
no tiene mayor importancia, y mi alteración perceptiva es algo transitorio, un
momento del que saldré fortalecido y quizás capaz de transmitir al mundo un
nuevo paradigma, el advenimiento de una era en la que el universo adquiera
definitivamente las características de la trigonometría esférica y olvide para
siempre a Thales de Mileto.
SOSPECHAS
-Ayer por la
noche poco antes de acostarme tuve una experiencia horrible. Sentí con toda
claridad que de un momento a otro iba a ocurrir algo espantoso. A ocurrirme a
mí, quiero decir. En el exterior nada daba la impresión de algo parecido
pudiera suceder, todo parecía en calma. Pero eso mismo me empezó a resultar
sospechoso, como si una cantidad de energía enorme se estuviera concentrando en
algún lugar a mi alrededor y fuera a explotar de un momento a otro. Incluso llegué
a ver mi sangre y mis vísceras estampadas contra la pared, lo que hizo que me
quedara contemplándolas atónito un buen rato. Luego afortunadamente me quedé
dormido, y la verdad es que esta mañana me he despertado con una magnífica
sensación de plenitud y he salido de inmediato a hacer jogging después de
tomarme un café bien cargado.
-Hace unos meses
que cuando salgo a pasear por la tarde me cruzo con una pareja. Ambos
terriblemente gordos, pero eso no parece en absoluto mermarles facultades, pues
se les ve caminar con mucha energía y decisión al tiempo que hablan y se ríen
estrepitosamente, prueba evidente de que se sienten cómodos y para nada faltos
de aliento (lo que dado su volumen sería lo más lógico). Ayer, sin embargo, me
di cuenta de que los dos son hombres, pues afinando el oído, el que parecía más
femenino tiene una voz grave que casi asusta y un conato de barba que de
ninguna manera podría tener una mujer con falta de estrógenos.
Independientemente de eso, la señora, puesto que ya la puedo llamar así, se
parece enormemente a Jorge Luis Borges, lo que podría haberme inducido a un
error del que incomprensiblemente me avergüenzo.
-Ayer durante la
comida tuve la desagradable sensación de que María Luisa no era la misma. O
para ser más preciso, que no era exactamente la misma. Cuando agachaba la
cabeza o miraba de lado me fijé en su rostro y la cosa se me hizo evidente. No
obstante, era al mirarme de frente durante la conversación, cuando tal hecho me
parecía más claro. Se trataba sobre todo de sus ojos, y como es natural, de su
mirada. Eran los de siempre, qué duda cabe, pero se había operado en ellos una
transformación minúscula pero significativa. No era su color, ese tono castaño
virando a miel que siempre me ha gustado tanto, sino, por raro que pueda
parecer, su volumen. Los tenía más grandes de lo habitual, y en algunas
ocasiones parecían querer salírsele de las órbitas. Hoy, sin embargo, no puedo
añadir nada a lo dicho, pues desde ayer por la tarde lleva gafas oscuras, de
las que solo prescindió cuando se metió en la cama y apagó la luz de inmediato.
Esta mañana incluso se las puso para ir al baño. Debe por lo tanto ser cierto,
y ella ha percibido que me he dado cuenta. ¡Dios mío!: estoy preparado para
cualquier cosa, pero no para convivir con un batracio.
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