miércoles, 27 de noviembre de 2013

SOSPECHAS DOS


La verdad es que empiezo a estar bastante harto de que, de un tiempo a esta parte, no haga sino escribir majaderías en este diario. Quizás no soy justo conmigo mismo, pero lo siento así. Esta mañana, sin ir más lejos, tuve otro sobresalto, esta vez en el supermercado, lo que me ha hecho volver a plantearme si me ocurre algo raro. María Luisa no estaba hoy de humor, y me ha enviado a mí a la compra, algo, por otra parte bastante habitual (somos una pareja que siempre hemos procurado compartir todo al cincuenta por ciento). El hecho es que tenía que comprar huevos y para verificar su tamaño (no me fío de las etiquetas), he abierto la caja y he tenido una sensación muy desagradable: los huevos eran perfectamente esféricos. No tenían forma ovoidal como era de esperar, por lo que, ante la mirada sorprendida de uno de los empleados, he abierto buena parte del resto de paquetes para verificar la anomalía, y para mi sorpresa he comprobado que, efectivamente, todos eran redondos. El chico se ha ofrecido a ayudarme, pero le he dicho que no era necesario. No sé como podría encajar una respuesta que desmintiera mi percepción, por lo que me he alejado con disimulo tratando de transmitir una impresión de normalidad, como si actuar de tal guisa solo hubiera sido debida a una chochera de viejo. He terminado la compra y poco antes de salir me he dirigido otra vez al estante de los huevos, pero al ver de nuevo allí al empleado testigo de mi desatino, me ha frenado en seco y me he dirigido de inmediato a las cajas. Algo me dice que los huevos deben ser perfectamente ovoidales, valga la redundancia, pero mi percepción no me engaña, por lo que está claro que algo debe de estar cambiando en mi interior que hace que perciba el mundo de forma modificada. De momento, solo se trata de mi tendencia a conferir formas curvas a cuanto me rodea, y más que curvas, circulares. Tengo otros detalles que ahora no me interesa poner por escrito, pero valga lo que me sucedió el otro día con los ojos de María Luisa. Volví a casa reflexionando sobre lo que me estaba pasando, sin darme cuenta que con mis cavilaciones había olvidado de comprar los susodichos huevos, algo que a mi mujer no le iba a ser fácil perdonarme, teniendo en cuenta que pensaba hacerse una tortilla. Por otro lado, se me ha ocurrido pensar que quizás de un tiempo a esta parte a las gallinas les ha dado por modificar la estructura de los elementos que darán lugar a su progenie, quizás como una manera de reivindicar la vida en el corral y el libre picoteo de semillas en el campo. Si fuera así, que sepan que yo estoy de su parte. Odio esas jaulas espantosas donde las tienen enclaustradas mientras les encienden y apagan las luces simulando noches y  amaneceres falsos para que pongan a destajo. Sin embargo, no debo desalentarme, quizás todo esto no tiene mayor importancia, y mi alteración perceptiva es algo transitorio, un momento del que saldré fortalecido y quizás capaz de transmitir al mundo un nuevo paradigma, el advenimiento de una era en la que el universo adquiera definitivamente las características de la trigonometría esférica y olvide para siempre a Thales de Mileto.  

SOSPECHAS


-Ayer por la noche poco antes de acostarme tuve una experiencia horrible. Sentí con toda claridad que de un momento a otro iba a ocurrir algo espantoso. A ocurrirme a mí, quiero decir. En el exterior nada daba la impresión de algo parecido pudiera suceder, todo parecía en calma. Pero eso mismo me empezó a resultar sospechoso, como si una cantidad de energía enorme se estuviera concentrando en algún lugar a mi alrededor y fuera a explotar de un momento a otro. Incluso llegué a ver mi sangre y mis vísceras estampadas contra la pared, lo que hizo que me quedara contemplándolas atónito un buen rato. Luego afortunadamente me quedé dormido, y la verdad es que esta mañana me he despertado con una magnífica sensación de plenitud y he salido de inmediato a hacer jogging después de tomarme un café bien cargado.

 

-Hace unos meses que cuando salgo a pasear por la tarde me cruzo con una pareja. Ambos terriblemente gordos, pero eso no parece en absoluto mermarles facultades, pues se les ve caminar con mucha energía y decisión al tiempo que hablan y se ríen estrepitosamente, prueba evidente de que se sienten cómodos y para nada faltos de aliento (lo que dado su volumen sería lo más lógico). Ayer, sin embargo, me di cuenta de que los dos son hombres, pues afinando el oído, el que parecía más femenino tiene una voz grave que casi asusta y un conato de barba que de ninguna manera podría tener una mujer con falta de estrógenos. Independientemente de eso, la señora, puesto que ya la puedo llamar así, se parece enormemente a Jorge Luis Borges, lo que podría haberme inducido a un error del que incomprensiblemente me avergüenzo.

 

-Ayer durante la comida tuve la desagradable sensación de que María Luisa no era la misma. O para ser más preciso, que no era exactamente la misma. Cuando agachaba la cabeza o miraba de lado me fijé en su rostro y la cosa se me hizo evidente. No obstante, era al mirarme de frente durante la conversación, cuando tal hecho me parecía más claro. Se trataba sobre todo de sus ojos, y como es natural, de su mirada. Eran los de siempre, qué duda cabe, pero se había operado en ellos una transformación minúscula pero significativa. No era su color, ese tono castaño virando a miel que siempre me ha gustado tanto, sino, por raro que pueda parecer, su volumen. Los tenía más grandes de lo habitual, y en algunas ocasiones parecían querer salírsele de las órbitas. Hoy, sin embargo, no puedo añadir nada a lo dicho, pues desde ayer por la tarde lleva gafas oscuras, de las que solo prescindió cuando se metió en la cama y apagó la luz de inmediato. Esta mañana incluso se las puso para ir al baño. Debe por lo tanto ser cierto, y ella ha percibido que me he dado cuenta. ¡Dios mío!: estoy preparado para cualquier cosa, pero no para convivir con un batracio.

jueves, 29 de agosto de 2013

CUBERTERÍAS


Al final del verano quedamos para comer en un restaurante nuevo que, al parecer, tenía un menú barato y bastante aceptable. Los tres nos solíamos reunir con cierta regularidad para ponernos al corriente de la vida de cada uno de nosotros, aunque luego resultara que por nuestra personalidad y gustos personales, acabáramos hablando de asuntos que no tenían demasiado que ver con ellas. Esto era así porque cada cual, después de unos prolegómenos bastante previsibles, nos atrincherábamos en los temas a los que dábamos preferencia en nuestras aficiones. Julius, después de hacer una mención somera de sus hijos, de quienes se sentía profundamente orgulloso, solía decantarse por la informática y en general por cualquier cosa en la que el electromagnetismo estuviera de por medio: ipods, ipads, tabletas, e-books y la inmensa gama de teléfonos móviles, de los que hacía colección al poco de salir al mercado. Eso, después de todo era, decía él, algo de lo que la gente joven ya no puede prescindir, y en ese sentido él mismo era un hombre maduro veteado de una adolescencia que se resistía a abandonar. No era ese tema, no obstante, lo que más tiempo le ocupaba, pues era un aficionado impenitente a la gastronomía y todo lo que la rodea, que en su opinión tenía un valor semejante. En concreto, de las cuberterías, las vajillas y todos los aditamentos que hacen que una mesa para comer, en su opinión, puediera ser considerada como tal. De hecho, profundizando un poco en sus aficiones, pronto nos dimos cuenta que más que un gourmet como Dios manda, pendiente del sabor y la textura del condumio, era un amante de las formas, por lo que al poco de sentarse, ya peroraba de la excelencia o deficiencias del servicio de mesa, de la que en más de una vez se levantó por no estar de acuerdo con la calidad de los manteles o el diseño de las cucharas, por poner un ejemplo. Zeluí, sin embargo, una vez que se sentaba a la mesa, prescindía de lo que él llamaba “ esas frivolidades”, cuando entre ellos surgía algún desacuerdo, y enfocaba su discurso hacia el cuidado de la prole (en esos momentos constituida por sus nietos y biznietos), las matemáticas, y el fútbol, conceptos que solía unir en algún momento de la conversación mediante algoritmos simples, que ponían en relación la edad de los niños, la geometría euclidiana, y la posibilidad de gol por desmarque cerca del área contraria. Yo, por mi parte, intentaba hacer derivar nuestro encuentro hacia consideraciones de orden filosófico que, a decir verdad, a ellos les sacaba de sus casillas, pues no estaban dispuestos a mezclar los salmonetes, las chuletas o el vino tinto con la dialéctica aristotélica ni los conceptos a priori y a posteriori de Inmanuel Kant. Cuando percibía su malestar, hacía derivar mi conversación hacia el tenis, algo del que ellos, sin embargo, tenían una información solo superficial. Julius porque consideraba que estéticamente era un espectáculo un tanto zafio con demasiadas carencias (abogaba por canchas más barrocas y por una indumentaria de los jugadores que pudiese aceptar los  motivos florales). Y Zeluí, por su parte, consideraba que la biomecánica del golpeo no se atenía a la geometría simple de Thales de Mileto, pues en él intervenía sobremanera la resistencia al movimiento por la fricción entre la bola y las cuerdas de la raqueta, algo que el sabio griego no llegó a considerar, y que hacía de las trayectorias algo “no bello”, cosa a su parecer inaceptable. Como podrá fácilmente comprenderse, con mucha frecuencia nuestros encuentros solían terminar como el rosario de la aurora, y cada cual acababa desentendiéndose de lo que decían los otros, y levantando la voz, valorábamos nuestros puntos de vista en los temas en los que nos sentíamos implicados, con lo que, a los postres, nuestra mesa era lo más parecido a un patio de colegio a la hora del recreo. Aún así, insistíamos en nuestras comidas fraternales, posiblemente llevados por un prurito esteticista, en el que cada uno trataba de afianzar la validez de su concepción del mundo. Julius sin informática y Zeluí sin fútbol, es posible que hiciera tiempo que hubiesen puesto punto final a sus existencias, por métodos que sin duda harían recordar en su ejecución a sus querencias favoritas. Yo, por mi parte, debo ser sincero y afirmar que hubiera obrado de la misma manera, pues sin “el imperativo categórico” o el revés liftado a una mano, el universo no tendría sentido. Nuestra comida, dados los antecedentes, prometía ser un encuentro más, en el que cada cual acabaría divagando sobre sus temas preferidos, algo que, por otro lado, los tres sabíamos de antemano, puesto que, cada cual, ya antes de sentarse, tenía sus estrategias bien definidas. Finalmente, lo que debía quedar claro era quien debía pagar por aquel absurdo, considerando que si bien nuestras aficiones y puntos de vista eran gratis, el menú, aunque barato, no lo era. Hay que considerar, además, que, para finalizar, solíamos regar lo ingerido con licores varios para nada gratuitos, y que con frecuencia el resto de clientes se acercaba y se unía a nosotros, exponiendo sus opiniones al respecto, y participando de unas copas, que se añadirían a la nota. La reunión, que solía comenzar en un tono discreto en el que apenas hacíamos notar nuestra presencia, acababa en una auténtica algarada, que en alguna ocasión ocasionó el cierre del establecimiento por escándalo público, pues no sería la primera vez en que las sillas volaran por lo aires y algún vecino acabara avisando a la policía.

martes, 27 de agosto de 2013

MAZORCAS


Me adentré en aquel maizal de la misma manera que podía haberlo hecho en un campo de trigo o en el mar, si ello hubiera sido posible. Supongo que obedecí a una voz interior que me impulsaba a ocultarme en algún lugar que me protegiese de un mundo que me resultaba hostil. Allí pronto sentí el alivio de no sentirme observada, y tuve el pleno convencimiento que me hallaba en un territorio propio, exclusivamente mío. Era como regresar a casa después de una larga caminata y sentir de inmediato la tranquilidad de lo familiar. Cuando me asaltaron estas ideas, no quise considerarlas racionalmente, sino solo disfrutar de las sensaciones que me proporcionaba el ambiente a mi alrededor y anduve un buen trecho sin ninguna dirección, ni siquiera guiándome por el sol que podía percibir sobre mi cabeza por encima de las plantas de maíz y sus mazorcas, que se me antojaban lámparas encendidas dándome la bienvenida. Me gustaba sentirme perdida y hasta desorientada, como si la falta de referencias no fuera  nada preocupante, sino una cualidad que desde ese momento debería incorporar a mi vida ordinaria: gozar del instante como si se tratara de un mundo nuevo, y yo estuviera estrenando una tierra recién aparecida poco después de su creación. Un edén a mi medida. Debo confesar, sin embargo, que después de vueltas y revueltas por aquel mar de maíz, comencé a sentirme agitada, posiblemente porque el calor del mediodía empezó a apretar, y mi marcha acelerada hizo que empezase a sudar profusamente. De repente sentí que me faltaba el aire y me alarmé mucho, a pesar de intentar ser razonable y suponer que solo era debido al ejercicio que acababa de realizar. Me senté en un claro e intenté respirar con calma, siguiendo un método que había aprendido tiempo atrás cuando practicaba pranayama con asiduidad. Recordé entonces a la gente tan extraña que me acompañaba en aquellas clases de yoga y zen en un gimnasio cerca de casa. Personas especiales, pero con la mirada un tanto perdida y el gesto beatífico de quienes verdaderamente  no saben lo que se traen entre manos. Posiblemente debido a estas ensoñaciones me tranquilicé, y me dispuse a salir del campo de maíz y volver a la monotonía de aquellos días de verano, en los que las comidas en familia y las visitas a la playa tenían más de rutina que de otra cosa. Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, surgiendo del interior de la plantación, pasaron a mi lado una serie de individuos en tropel que no me hicieron ningún caso, y que por lo tanto debían considerar normal o no significativo encontrar a alguien perdido en aquel lugar. Me sentí aterrorizada, pero pronto me tranquilicé pues era evidente que no tenían ningún interés en mi persona. Eran unos personajes muy extraños, y lo más llamativo era sus bigotes y pelo color panocha, como si de alguna manera estuvieran mimetizados con aquellas plantas, que empezaban a agostarse. Como siempre he sido muy fantasiosa, pensé que quizás encarnaban a los espíritus de aquellos campos, seres míticos de los que hasta entonces no había oído hablar, y que por lo tanto supondrían un hallazgo del que podía sacar provecho una vez afuera. Puestos a decir algo, y a riesgo de parecer ridícula, aquella gente me recordaba vagamente a unos crustáceos gigantes de la familia de las langostas. Esa sería mi definición de aquellos seres, una vez fuera consultada por su aspecto en la rueda de prensa que sin duda tendría que dar en cualquier momento durante los días venideros. Luego debí quedarme dormida un buen rato, pues cuando tuve de nuevo conciencia me encontraba tirada en el suelo y podía observar sobre mi cabeza la oscuridad incipiente del atardecer, iluminada aquí y allá por la luz difusa y amarillenta de las mazorcas, que definitivamente habían cobrado la utilidad de lámparas que les supuse a poco de entrar en el maizal. Era por lo tanto tarde para mis costumbres habituales, y en casa deberían estar preocupados pensando en donde podría haberme metido. Me levanté y me dirigí rápidamente hacia donde creía que estaba el lindero de la plantación, y después de un buen rato sin encontrar la salida comencé a preocuparme seriamente. En lo alto, sobre las hojas de las plantas que se erguían sobre mí como fantasmas, pronto pude ver a la luna brillando tenuamente entre las nubes, y de vez en cuando, cruzando contra el cielo bandadas de cuervos  y cornejas en retirada. Me pareció un mal presagió, y para consolarme pensé que quizás solo se trataba de un mal sueño del que pronto iba a despertar. Comencé a correr alocadamente en todas direcciones sin resultado alguno, y enseguida tuve el convencimiento de que no había salida, que el mundo al que entré algunas horas antes y que me había parecido el paraíso, se había convertido en un lugar siniestro y cerrado sobre sí mismo del que no había escapatoria. Pronto llegarían aquellos extraños seres y seguro que esta vez mi presencia no les pasaría inadvertida. Aquello me estaba pasando por no aceptar mi vida ordinaria, por ser una fantasiosa que no se conformaba con nada y huía de la realidad, echando al mundo la culpa de mi infelicidad. Finalmente, desistí de mi huída y acepté lo que, pronto o tarde, era de alguna era inevitable. Solo tenía que esperar que el nuevo día llegase y buscar la salida del laberinto con las primeras luces. Suponer que todo lo que me había sucedido era una experiencia que tenía que llegar. Cuando cerré los ojos la noche debió caer sobre mí como un manto oscuro que, sin embargo, según creo recordar, pasé en una especie de duermevela que no puedo precisar, en los que se alternaba el horror ante la presencia de unos fantasmas inquietantes y el regocijo de unas sensaciones hasta ese momento desconocidas. Al amanecer me encontraba en campo abierto y el sol lucía sin trabas en lo alto. Me levanté con calma y me dirigí tranquilamente hacia casa sin poder evitar un suspiro.

jueves, 22 de agosto de 2013

INAUGURACIONES


La inauguración del local tuvo lugar a últimos de Agosto, antes de que los otros establecimientos reabrieran al finalizar las vacaciones. Esta estrategia le pareció a Pepe  la manera adecuada para la captación de clientes por el boca a boca antes de que estos volvieran a sus hábitos rutinarios. Los conocidos fuimos invitados de manera informal, pues desde un principio quedó claro que la celebración por la apertura iba a ser modesta y sin ninguna pretensión. De hecho, los asistentes aquella tarde sofocante de verano no llegamos a las dos docenas, incluidos los dos empleados, que asistieron al supuesto acto con cara de cierta perplejidad. De los presentes enseguida me llamó la atención un tipo calvo y entrado en carnes, que nada más verme al entrar me saludó con efusión, como si fuéramos amigos de toda la vida. Intenté zafarme dirigiéndome a otras personas, pero su insistencia y la rotundidad de su presencia me lo impidió, por lo que pronto cedí y me dediqué a escucharle con la cortesía que se supone en un ser civilizado cuando no hay más remedio. Decía conocerme de una tarde en cierto lugar (no fui capaz de recordarlo), y que lo que más le había llamado la atención, era mi facilidad para expresar de forma simple las ideas más abstractas. Desde entonces le quedó claro que el mundo no era lo que podía parecer desde un punto de vista personal, sino lo que era según la interpretación del grupo al que se pertenecía, dado que este era el generador del lenguaje con el que nos expresamos. El tipo calvo y fornido no cejaba en su pretensión de que de alguna manera yo interviniera en su monólogo, y a partir de cierto momento, acompañó sus afirmaciones con golpes en mi costado que fueron in crescendo según avanzaba la tarde. Incapaz de darme a la fuga, so pena de ser considerado como un maleducado, intenté en un principio cubrirme los flancos extendiendo los brazos a lo largo del cuerpo, lo que hizo que alguien a mi lado me preguntase si me sentía bien, supongo que por mi aspecto de momia. Busqué con la mirada el apoyo de alguien próximo que acudiera en mi auxilio y me librara de aquella presencia invasiva y mareante, pero hasta Pepe, el jefe, me lanzó una ,mirada entre divertida y lastimera, como si estuviera al corriente de lo que me podía estar pasando. Se me hizo entonces evidente que aquel individuo debía ser alguien conocido por su facilidad para pegarse al prójimo y soltarle lo que le viniera en gana, con lo que me sentí autorizado a realizar un cambio radical de actitud y que aquel tipo dejara de tomarme por un panolis. En cuanto esta idea se afianzó en mis meninges, empecé de inmediato a tratarlo de usted procurando mirarle con insistencia sobre la cabeza, como si verdaderamente estuviera tratando de contar el número de pelos que le quedaban en la misma o padeciera de una repentina miopía, algo que pronto surtió efecto, pues empezó a sudar profusamente. Sin darle tiempo a que reiniciara su errático discurso, le dije que las cosas no solo no son lo que aparentan, sino que siquiera son los que podrían ser como referente, ya que de alguna manera están cargadas de un esencialismo apriorístico, que entroncaba con la teoría platónica de las formas. Una silla es una silla, eso es evidente, como usted puede bien entender- le dije al gordo- pero usted nunca podrán sentarse sobre las letras que la señalan, siendo estas, sin embargo, tanto o más sillas que las que sin duda tiene usted en el salón de su casa. No sé si me explico, concluí. Aunque parezca poco creíble, esta enérgica reacción dialéctica fue suficiente para que aquel individuo alegara un mal difuso debido lo cargado que estaba el ambiente, para irse a pegar la hebra a otro lugar, momento que Pepe aprovechó para acercarse  y tratar de disculparse por la presencia en el lugar de tipos como aquel, pero “es que me da pena, está muy solo y es huérfano”, para ausentarse casi de inmediato con una bandeja cargada de canapés de anchoas, embutidos y queso manchego. Me quedé solo y me sentí de improviso asaltado por una profunda sensación de melancolía. Juzgaba en mi interior que quizás había sido cruel con un hombre que, después de todo, únicamente buscaba el refugio de una palabra amable o una mirada amistosa, por lo que sentí el impulso inmediato de dirigirme de nuevo a él y decirle que contara conmigo para cualquier cosa que necesitara. Incluso una ayuda económica si tal fuera el caso. Supe sin embargo contenerme al ver desde el lugar que ocupaba, que en aquellos momentos estaba muy alegre entre un grupo de personas que le rodeaban, y que parecían considerarle el líder, pues, entre ellas, incluso había algunas que mantenían en su presencia una actitud respetuosa e incluso reverencial. Esta sensación contradictoria me sumió en un estado de agitación que traté de inmediato de calmar con dos copas de vino que pude despistar de uno de los camareros que pasaba con una bandeja por encima del hombro. Reflexioné en el sinsentido de determinadas concepciones que llegamos a tener de cuanto nos rodea, y lo expuesto que estamos a errores garrafales, al aceptar como verdaderas las primeras impresiones. Claro que, reflexioné a continuación, también era posible que Edelmiro (su nombre me llegó de alguien que se dirigía a él en voz alta), fuera al mismo tiempo un pobre hombre necesitado de afecto y proximidad, y un conductor de masas, dotado de una oratoria capaz de levantar a la gente de sus asientos para vitorearle. Cuando al cabo de una hora larga me despedí de Pepe, felicitándole por su nueva empresa, él me miró con un gesto un tanto preocupado, y me dijo “te vas ahora que llegan las gambas y las cigalas de tronco: te pierdes lo mejor”, para a continuación añadir un tanto cariacontecido “aunque comprendo que hay circunstancias en la vida que le hacen dudar a uno de su propia identidad. Si es así, como presumo, quiero que sepas algo, Julián: estoy contigo”.

martes, 20 de agosto de 2013

INCONTINENCIAS


Lo que más llamaba la atención de aquella mujer no era su extremada delgadez, sino su incontinencia verbal. Parecía mentira que en un volumen tan reducido pudiera generarse la energía necesaria para estar hablando durante horas sin desfallecer. Daba apuro verla, y quien no la conociera sin duda estaría tentado de intentar que se callara y que se dedicara, por ejemplo, a contemplar el paisaje sin abrir la boca. Era agobiante verla pasar de un tema a otro sin solución de continuidad, y con un brío que para sí quisieran los oradores más dotados y vehementes. No se limitaba a perorar sobre cualquier asunto que fuera surgiendo al hilo de la conversación, sino que cuando la implicación de los demás decaía, ella se inventaba otros sin ton ni son, exigiendo que la siguieran en sus excursos. No era por lo tanto una presencia recomendable en cualquier momento del día, por ejemplo, tras un almuerzo bien servido con café y licor a los postres, o al declinar la tarde, cuando el ánimo de la mayoría se dispone al descanso nocturno, por lo que no era infrecuente verla sola a esas horas paseando con cierta agitación por la calle en busca de interlocutores. Era Eulalia, según se acaba de exponer, una mujer solitaria, aunque haya aquí que precisar de inmediato que no era una mujer sola. Se quiere decir con esto que, de hecho, estaba casada con un individuo de quien cabe precisar enseguida que era todo lo opuesto a ella. De entrada, Fermín era un tipo rubicundo, con un vientre extremadamente generoso, que cuando paseaban juntos ofrecía un contraste verdaderamente hiriente de la pareja. Y no solo eso, pues a pesar de que su aspecto le podía presentar como un sujeto dado a la facundia, era por el contrario una persona extremadamente seria y de pocas palabras. En las raras ocasiones que se les veía juntos, ella solía dirigirse a él a voces, esperando en vano una respuesta o una conversación que de ninguna manera Fermín parecía dispuesto a entablar. No es por tanto de extrañar que con frecuencia se viera a Eulalia sola o en compañía de amistades de dudosa clasificación, pero que, puestos a buscar una aproximación, podrían calificarse como de corazón alegre y amantes del vino a granel. No es por tanto de extrañar que esta mujer, acostumbrada a la vida a la intemperie, fuera señalada en la localidad como una de las pocas integrantes de su sexo dada a las expresiones malsonantes. “Vete a hacer puñetas” y “porque no me sale de los cojones” eran dos de sus preferidas, con las que sin duda pretendía establecer un puente con los hombres que solían acompañarla en sus horas de asueto, que en principio eran prácticamente todas. Su bebida preferida era el vino peleón, para ella de mayor calidad que los que tenían “denominación de origen”, pues “la química industrial es lo mejor que hay para el organismo”, según frase que tenía acuñada como repuesta cuando alguien le recriminaba su mal gusto, aludiendo sin duda a la cantidad de porquería que se le añade a la uva fermentada para el infecto clarete que solía ofrecerse. Aguantaba con estoicismo las ironías y comentarios desabridos que solían hacerle sobre Fermín, de quien solía decirse que tenía un embarazo de ocho meses o que pronto tendría mellizos. En ocasiones, sin embargo, esta mujer, sentía en lo más profundo de sí misma aquel sarcasmo, y ofrecía al malediciente un par de buenas hostias, aunque de inmediato rompiera a llorar y se riera a carcajadas alternativamente. De aquel hombre no se sabía gran cosa, o se sabía todo, pues en cualquier caso su carácter retraído hacía difícil hacer un juicio auténtico sobre él. Estaba claro que durante muchos años había trabajado en La Naval, una empresa de construcción de barcos de ámbito nacional, en la que Fermín ocupaba un cargo administrativo de poca importancia. Quienes le conocieron allí, tampoco podían añadir mucho más sobre su forma de ser, pues el hombre solía permanecer durante horas parapetado detrás de su mesa, sin compartir con sus compañeros los escasos momentos de asueto de los que disponían durante la jornada. Alguien, sin embargo, aseguraba que sobre su mesa tenía colocada una foto de Eulalia enmarcada en plata, lo que dice bien a las claras la dependencia interna que aquel hombre tenía de ella, a pesar de sus magras carnes. Misterios de la psicología humana que nos hace dependientes a unos de otros por razones no siempre evidentes, pues por otro lado, Fermín era totalmente abstemio. Cuando a principios del otoño se pudo observar que la cara de aquella mujer adquiría una tonalidad amarillenta, se llegó a pensar que quizás se debía al cambio que la luz experimenta en esa estación al ser menor el ángulo de incidencia de los rayos solares sobre la superficie de La Tierra, pero cuando tal tonalidad alcanzó al blanco de los ojos, se hizo evidente que se trataba de otra cosa. Eulalia apenas duró dos meses aquejada de una cirrosis galopante, que soportó con estoicismo y hasta cierto orgullo, oyéndosela exclamar en alguna ocasión antes del óbito “que me quiten lo bailao”. Su marido, que se mostró inconsolable durante meses, empezó después una vida que recordaba a la de la difunta, pues a partir de entonces frecuentaba los lugares donde ella solía ir, en los que trataba de convencer a sus contertulios de las bondades de aquella mujer, de la que, en su opinión, lo menos importante era lo enjuto de su fisonomía o las inestabilidad de su carácter, pues en la intimidad poseía encantos que no era cuestión de publicitar. Su desesperación, sin embargo, le llevó a arrojarse a la calle desde el balcón de su casa en un intento de quitarse la vida y acompañarla en el más allá, según más tarde explicó. Desgraciadamente para sus intenciones, un toldo de buenas dimensiones de lona endurecida (se dice que fabricado por La Naval para las velas de las embarcaciones de recreo), le impidió cumplir su objetivo, y en la actualidad, una vez recuperado, ha vuelto a su vida anterior y raramente se le ve por la calle, normalmente temprano por la mañana cuando sale a comprar la prensa y el pan. En cualquier caso, cabe reseñar que el propietario del establecimiento cuyo toldo salvó la vida a Fermín, ha mandado retirarlo, al no hacerse cargo el seguro ni Fermín de los gastos Es obvio que cualquier salto futuro desde el mismo lugar no tendrá un desenlace tan favorable como el anterior, lo que hace suponer a los vecinos que la pareja pronto se reunirá en un lugar del más allá, adónde todos irán a parar a poco que pase el tiempo.

lunes, 12 de agosto de 2013

BATRACIOS


 Al terminar aquella inesperada llamada telefónica, le propuse finalmente a Ulpiano vernos una de aquellas tardes. Habían pasado ya demasiados años para que el encuentro fuera natural, pero me pareció la forma más adecuada para poner punto final a la conversación.  No sabíamos nada el uno del otro desde hacía mucho tiempo, y por poco que hubiéramos cambiado era posible que ni siquiera nos reconociéramos. Poniéndome en el peor de los casos, le advertí, como quien no quiere la cosa, que yo iría con un sombrero bastante estrafalario. De inmediato me preguntó su forma, pero le  he aseguré que no hacía ninguna falta porque era verdaderamente especial. Pareció aceptarlo un poco a regañadientes, pero no me atreví a confesarle que tratar de definirlo en aquellos momentos me resultaba muy complicado, y que era mejor atenerse a lo dicho y que me hiciera caso. Él, yo creo que para no ser menos, me dijo que iría con un traje totalmente verde, una camisa color salmón y unos zapatos a juego, algo que, puntualizó, solía ser su vestimenta habitual. Esto último, en mi opinión, lo dijo con segundas para que yo no interpretara que trataba de equipararse en originalidad. Estoy convencido que me engañaba, lo que hizo que de inmediato quisiera añadir a mi aspecto algún detalle suplementario. Le avisé, tratando de ser lo más natural posible, que en mi cara podría observar algunos detalles desconocidos para él a esas alturas de la vida, especialmente una cicatriz imponente en una de mis mejillas. Ulpiano contraatacó alegando cierta cojera que arrastraba desde que años atrás se cayó de bruces al suelo, al no poder esquivar una loseta mal asentada en la acera, por lo que para reconocerle me rogaba que permaneciera atento a la deambulación de quienes transitaran por mis cercanías. Para entonces ya resultaba evidente que estábamos compitiendo para ver quien de los dos resultaba más imprevisible, planteándose de esta manera una batalla solapada entre nosotros, como era habitual cuando éramos unos críos en el instituto. En esos momentos estuve a punto de disculparme y colgar pensando que la situación podía hacerse desagradable, pues la tirantez que iba aumentando entre nosotros podía dar al traste con el encuentro. Lo que, si debo ser sincero, me hubiera tenido sin cuidado, pues verdaderamente aquel tipo y yo nunca habíamos sido auténticos amigos, sino exclusivamente compañeros de clase en el bachillerato. Además, ni siquiera nos llevábamos bien entonces y competíamos por cualquier cosa, especialmente las chicas. Téngase en cuenta que estábamos en plena adolescencia y nuestro torrente sanguíneo saturado de hormonas. A pesar de todo, no pude resistirme a añadir algo más a mis características físicas, añadiendo en ese momento que posiblemente se sorprendería que con los años mi tez se había oscurecido un tanto por estar mucho tiempo a la intemperie, y por si eso no fuera suficiente, le dije que lo que le resultaría inconfundible sería la cara de un individuo, la mía, claro está, que daba la sensación de estar permanentemente en estado de alerta y con una punta de agresividad en el gesto. Él, sin embargo, no manifestó ninguna sorpresa, como si lo que acababa de oír fuera lo previsible, y me dijo que tales cambios son naturales con la edad y suelen reflejar las experiencias que uno va dejando atrás. Por su lado, según me contó, él había sufrido un proceso inverso al mío. De hecho, mucha gente al verle suponía que era de origen nórdico por la blancura de su piel, y solían felicitarle por conservar el gesto cándido de un joven que empieza a descubrir el mundo. Resultó claro para mí en esos instantes que aquel tipo pretendía hacerse pasar por un ser tímido y benevolente con el fin de desmoralizarme a priori, y que fuera a nuestro encuentro con la mala conciencia que se le supone a un adulto acanallado y violento. Era pues indudable que Ulpiano llevaba la delantera en esa fase previa a nuestro cita, pues se presentaba como una víctima inocente de quien, se trataba de mí, no podría ser mas que una persona desabrida y violenta. Para que esto no quedara así, tuve aún tiempo de inventarme una  terrible desgracia, el fallecimiento por atropello de un hijo poliomielítico al cruzar un cruce de vías de tren sin barrera. Como  comprendería, estaba desesperado y nada podía consolarme en adelante. Permaneció mudo durante unos momentos que se alargaron hasta el medio minuto, tras lo que, después de pedirme perdón con una voz entrecortada y apenas audible, comenzó a toser. Al principio de forma moderada, con una especie de carraspeo que hacía imposible saber de que estaba hablando, para, a continuación, dar rienda suelta a una tos cavernosa, durante la cual se pudieron oír algunas voces alarmadas a su alrededor. Cuando se recuperó al cabo de varios minutos, me dijo que no sabía cuanto sentía que le hubiera dado “el ataque” en aquellos momentos, pero que esos accesos resultaban imprevisibles, y además no tenía el “ventolín” a mano. Me informó que desde hacía una década padecía de enfisema e insuficiencia respiratoria, y que a pesar del tratamiento intensivo que llevaba, en ocasiones especialmente emotivas, y el reencuentro con un amigo lo era, no podía evitarlo. Ni una palabra del falso tren, el falso difunto ni el falso atropello. Las cosas al llegar a ese punto ya estaban suficientemente claras, en el sentido que la vida de cada uno le traía al otro sin cuidado, a pesar de lo cual nos despedimos efusiva y cínicamente hasta el viernes siguiente a las nueve de la tarde en el restaurante “La rana verde”. Dejé pasar la semana con cierta intranquilidad, pues a pesar de haber ya tomado la firme decisión de no ir, tenía algunas dudas sobre la honestidad de mi conducta, ya que, después de todo, había sido yo quien propuso vernos cuando me llamó por teléfono confundiéndome con un conocido.  A la semana siguiente fui al restaurante con cierto remordimiento para indagar si él si había acudido: un traje totalmente verde no es algo que pudiera haber pasado desapercibido al maître. Pero por difícil que resulte de creer así sucedió, y me tuve que conformar con una explicación breve y poco creíble. Según aquel tipo, con la cantidad de clientes que solían venir los viernes a esas horas, resultaba imposible distinguir a unos de otros, “incluso aunque vinieran vestidos de bomberos” (sic). Además, añadió, y esa era la razón principal de su ignorancia, todos los empleados de aquel establecimiento eran daltónicos, y cualquier afirmación que pudieran hacer en lo tocante a los colores no era digna del menor crédito. Era inútil pues consultar a los camareros. Pude indagar más, puntualizando que Ulpiano cojeaba y en ocasiones tosía con cierta violencia, pero finalmente decidí que no valía la pena y que era mejor conservar un recuerdo decoroso de él,  a pesar de tener el convencimiento de que su nombre quedaría indeleblemente unido al de un conocido batracio.