lunes, 29 de julio de 2013

CENSOS


Mi casa está situada en un cuarto piso de un edificio de siete plantas, por lo que tres me separan del suelo y otras tres del techo, algo que me tiene muy satisfecho, teniendo en cuenta que soy un amante declarado de la simetría y el centro de gravedad (no considero los cimientos). Se accede a ella a través de una puerta acorazada de diez centímetros de grosor y no menos de dieciocho anclajes, lo que la hace prácticamente inviolable, a no ser derribándola por medio de una voladura. Este es un equívoco con el que me divierto, haciendo suponer a los vecinos que algo verdaderamente valioso debe esconderse en su interior, cuando un inquilino ha tomado tantas precauciones. Un error garrafal que no me voy a tomar la molestia de desmentir, considerando que la imaginación juega un papel importante en la vida de los primates superiores, y ellos lo son. Lo cierto, como ya se puede intuir de lo expuesto, es que soy prácticamente un anacoreta que ha prescindido de su cueva en la montaña o de su celda en el cenobio, para vivir en un piso barato de las afueras, pero al que si algo le caracteriza en ese sentido, es una austeridad que para sí hubiera querido San Jerónimo y otros entusiastas del ayuno, por poner un ejemplo. Una vez abierta la puerta, el visitante se va a topar, tras descorrer una modesta cortina de paño o de macarrones de plástico (las alterno), con una tosca mesa de pino gallego, dos banquetas y un viejo sillón con reposa brazos, en el que puedo apoyar la cabeza y abandonarme a mis ensoñaciones cuando me pongo a la labor. Ni un solo libro en una magra estantería, que lo único que contiene es un cenicero de terracota, por otro lado inútil puesto que no fumo, y un plumero de avestruz con el que diariamente quito al polvo a lo poco que allí pueda merecer tal faena. Es decir, aparte de lo ya mencionado, dos grabados con unas escenas del Lao-Tsé, a lomos de un yak cuando recorrió China de un extremo al otro predicando el Tao Te King. Lo verdaderamente reseñable de este lugar, aparte de la única bombilla que cuelga del techo, es una televisión de plasma de 47 pulgadas, con disco duro para grabar y puertos para CD, DVD y USB, además de otros cuyo empleo desconozco, esencialmente porque me tienen sin cuidado. De hecho, este aparato no deja de ser una metáfora con la que de algún modo juego conmigo mismo, pues para lo único que me sirve es para tener un testigo imparcial pero moderno de mis propias actividades, a través del cual dejo que el mundo penetre en mi intimidad y de esta forma no ser tachado de solipsista. Las demás habitaciones de mi casa apenas si tienen algo que añadir a lo ya reseñado, y no creo que merezca la pena especificarlo aquí, pues quien más y quien menos tiene una idea de los trastos que hacen falta para sobrevivir, teniendo en cuenta que comer, dormir, evacuar y una higiene adecuada, siempre han contado con mi aprobación. De todas maneras, cualquier cosa que se suponga idónea para tales  menesteres, debe considerarse en su versión más modesta. Huyo del lujo y el dispendio, no porque piense que otros deban imitarme, sino porque hace tiempo que lo superfluo dejó de tener sentido para mí, amante de minimalismo y la literatura conceptista, aunque puedo asegurar que aún así no he logrado que mi cuenta bancaria aumente ni un céntimo. No soy pobre de solemnidad ni lo pretendo, sino, con toda probabilidad, una victima más de sus sinapsis neuronales, que me inclinan hacia este modo de vida, pero que de la misma manera podían haberme llevado al barroco y el  gongorismo. En cualquier caso, puedo aquí confesar sin sonrojo que mi cama, de apenas de 70x180 cms, consta de cuatro patas y somier, sin cabecero ni dosel, pero con colchón (las tablas con púas las dejo para los santones y los samyasines que abundan en la lejana India, si tal cosa les alivia los dolores de espalda). El pasillo es un corredor de diez metros de longitud, algo bastante incomprensible, teniendo en cuenta las modestas dimensiones de la casa, lo que me hace suponer que su propietario (vivo de alquiler) es una persona en tránsito permanente, pues las habitaciones apenas son habitables. Paradójicamente, tal anomalía me viene bien para practicar mis ejercicios, consistentes en su inmensa mayoría en pruebas atléticas de velocidad y fondo sin obstáculos. Cuando llega el invierno, lo cubro completamente con una esterilla de cáñamo que, por cierto, debo ir pensando en sustituir, pues desprende unas partículas de polvo que  me hacen necesario el empleo de una mascarilla para respirar, algo aconsejable por motivos sobre los que no creo que sea necesario alargarme aquí. También practico yoga a base de asanas, al parecer muy adecuado para conseguir tener la flexibilidad de un contorsionista, lo que me estimula sobremanera, pues no descarto en un futuro próximo, llegar a introducirme en una caja de zapatos y trabajar en un circo. Dos de las tres habitaciones del lugar están totalmente vacías y son redundantes (en el sentido de que sobran), pero no me atrevo a decir al propietario que las alquile a otras personas  para obtener una renta suplementaria y bajarme el alquiler, pues, bien pensado, podía ser un incordio: no soporto a nadie en mis proximidades. Estos habitáculos cumplen, sin embargo, una función que, sin lugar a dudas, contribuye a mantener dentro de los márgenes adecuados mi cordura, pues en una de ellas guardo sobre una mesa, que quizás no merezca tal nombre, un inventario pormenorizado de todos los enseres caseros a los que renuncio dada la escasez de mi peculio. Entre ellos pueden contarse el home-cinema, las cuberterías de plata, las vajillas de Sèvres y el Ko-i-noor. Otra vez será. En la segunda habitación, sobre un antiguo chifonier adquirido en el Rastro a precio de ganga, se encuentra otro inventario con los objetos y utensilios a los que, entrando dentro de mis posibles, he renunciado en homenaje a los poderosos que pasaron las largas noches de sus vidas en habitaciones mínimas, yaciendo poco más que sobre jergones de borra, impropios de sus espaldas y augustas posaderas. Y los dos que me vienen a las mientes casi de inmediato, son Felipe II, el rey gotoso, alojado en un cuchitril deleznable de el monasterio de El Escorial, y el general Franco, refugiado tras su apenas perceptible lucecita de El Pardo. Claro que tengo hacia ellos un sentimiento ambivalente, pues si por un lado valoro su austeridad y contención del gasto (fundamentales ambos en tiempos de crisis), por otro no puedo dejar de pensar que el censo de indios americanos sufrió una brusca caída durante el reinado del primero, algo a lo que finalmente no pudo sustraerse el segundo mucho tiempo después, echando mano de sus propios compatriotas para incrementar el estadillo de bajas.

lunes, 1 de julio de 2013

MAIZALES


Apenas lo recuerdo, pero sé que alguna vez estuvo allí. Era un enorme maizal que se extendía delante de la casa de mis padres al otro lado de la carretera, y que ahora que he vuelto ha desaparecido. A los chicos nos tenían prohibido pasar, decían que era muy peligroso atravesar la carretera porque nos podían atropellar los coches. Yo era el menor de cinco hermanos y tal cosa podía tener su sentido en lo que a mí atañía, pero ya entonces me parecía extraño que tal prohibición nos incluyera a todos, teniendo en cuenta que mis hermanos ya eran bastante mayores, y con frecuencia la utilizaban para ir en bicicleta al pueblo. No tenía sentido, y pronto empecé a sospechar que me ocultaban algo, que mis padres mantenían un secreto que no querían que conociéramos. Mis hermanos, cuando les preguntaba la razón de no dejarnos entrar en el maizal, no me respondían y se reían de mí con gestos procaces que yo no podía entender, y acababan haciéndome burlas y llamándome crío o enano. Me sentía ridículo, y con el tiempo fue surgiendo en mí la idea de transgredir la prohibición y aprovechar cualquier tarde de  verano en la que todos dormían la siesta, para entrar en el maizal y ver que misterio se ocultaba en su interior. Y así lo hice, un día cuando después de comer todos dijeron que se iban a sus habitaciones, deje transcurrir cierto tiempo y una vez que estuve seguro de que todos dormían, salí de casa sin hacer ruido, crucé la carretera a la carrera y me interné en el maizal con aprensión y el corazón batiendo alocadamente en el pecho. Las plantas del maíz era bastantes más altas que yo, y sobre ellas pude ver el azul del cielo y un sol abrasador en lo alto, entre unos nubarrones oscuros que presagiaban una tormenta que no tardaría en desencadenarse. Me desplacé jadeando en todas direcciones, y lo único que pude escuchar era el canto estridente de las chicharras en los árboles próximos, y el de los grillos que a aquellas horas parecían celebrar un aquelarre batiendo con furor sus élitros. Ni una brizna de aire que pudiera aliviar mi cuerpo empapado de sudor, ni mi cara por la que se deslizaban gruesos goterones que llevaban a mi boca un amargo sabor de salitre. Sentí que me mareaba y que todo empezaba a dar vueltas a mi alrededor al tiempo que el ruido  se hizo ensordecedor, como si en esos momentos estuviera asistiendo a una revelación que nunca debía haber conocido. Me sentí terriblemente culpable de haber desobedecido a mis padres y supe que algo terrible iba a suceder de un momento a otro. Y entonces sucedió lo que hasta ahora sigo sin poder comprender. Tirado en el suelo jadeando, pude oír como el maizal se abría con violencia por todos lados y surgían ante mi unos seres espantosos, una especie de brujos con barba que gritaban desaforadamente y se ponían a bailar a mi alrededor mostrando en sus manos unas mazorcas de maíz que dirigían hacia mí como si se tratara de una exhibición o de un rito cuyo significado desconocía. Cuando por fin se fueron y pude regresar a casa, la encontré vacía. Ni mis padres ni mis hermanos al parecer habían dormido la siesta. Sin embargo, por la noche, rompiendo la costumbre,  cenamos juntos y todos parecían muy alegres, como si celebraran algo a lo que yo me sentía ajeno, a pesar de que me repitieran con insistencia que ya era todo un hombre.

CABALLERÍAS


Me alisté en el ejército por razones que he mantenido ocultas a lo largo de mi prolongada vida militar. Sé que muchos achacan mi vocación a las historias que nos contaba papá (llegó a General de Brigada de Caballería) algunas tardes, cuando al regresar de maniobras, y especialmente en las ocasiones en las que volvía de un destacamento en una plaza de la frontera a la espera de que en cualquier momento al enemigo se decidiera a atacar, nos reunía a toda la familia cerca de la chimenea del salón ,encendida o apagada según la época del año, y nos contaba pormenorizadamente las penalidades que había tenido que soportar para estar de nuevo entre nosotros (yo entonces apenas era consciente de la sonrisa de mamá, con un gesto que, evaluado en la distancia, tenía más de guasa que de orgullo). Lo cierto, sin embargo, era mucho más prosaico, pues la verdad es que lo que verdaderamente me motivaba de su presencia era la contemplación de sus botas de montar, que ni siquiera se quitaba aunque se hubiera despojado del uniforme y puesto el batín de andar por casa. Para él constituían sin duda alguna un símbolo, una metáfora a la que solo le faltaba la grupa del caballo entre sus piernas para ser más completa, algo de lo que prescindía seguramente para no hacer entrar a la noble bruto en la habitación y causar un desbarajuste que sin duda mamá no vería con buenos ojos. Esa y no otra es la razón que me llevó a ingresar en el Arma de Caballería, a pesar de ser un adolescente poco dotado para las matemáticas que entonces se nos exigían, y no ser aficionado a la hípica ni a los hipódromos. Yo quería por encima de todo llegar a calzar con propiedad aquel tipo de botas relucientes, que en cualquier circunstancia utilizaba mi padre, pues, todo hay que decirlo,  Juana, la criada, debía afanarse con todas sus energías en dejarlas brillantes y limpias como una patena, como si más que regresar del imaginado campo de batalla, el general volviera de una puesta de largo, tan comunes por aquella época. Es incluso posible, y esto puedo decirlo ahora, ya retirado y curado de espantos, que tal hecho estuviera relacionado por lo que pronto se me hizo evidente en la propia Academia, mi fascinación por la pulcritud y el fetichismo. No creo que nunca haya existido otro oficial que llevara tan limpias como yo mis estrellas, distintivos, condecoraciones y espuelas, aunque quizás lo más significativo haya sido como, con el tiempo, tal amor se transformó en una obsesión que llevé al terreno de las relaciones eróticas y amorosas. Mis amantes y esposas (pues después de viudo, me casé en segundas nupcias), nunca hubieran podido reprocharme el que no las haya tratado como reinas y no les regalara unos conjuntos de lencería íntima, que hubieran causado asombro en las corte de Scherezade, y un rubor vergonzoso a la firma H&M. Incluso las putas, afición que como buen oficial de mi tiempo cultivé con moderación, tendrían que estarme agradecidas. Mantendré otros detalles más íntimos en silencio, pero para quien se sienta interesado, le sería suficiente consultar algunas obras divulgativas al respecto, o un somero vistazo a las del marques de Sade.

jueves, 20 de junio de 2013

PARÍS


No voy a decirlo. Sé que mi actitud no me va a ayudar, pero cuando uno tiene algo que defender, y más en mi caso, pienso que es la opción más razonable. De esta manera estoy seguro de  que me consideran un tipo raro, pero de hacerlo pasaría simple y llanamente a ser tenido como loco. El asunto se manifestó en mí de una manera progresiva e incluso lenta, pero de forma insidiosa, cuando nos adentramos en el otoño del año pasado. Ya se sabe que en estas latitudes, después del verano los días se hacen rápidamente más cortos, la luz se vuelve más tenue y a las cinco de la tarde ya es de noche cerrada. Al principio, por lo tanto, supuse que era algo que tenía que ver con la estación, aunque no descarté un comienzo de cataratas de las que el oculista me había prevenido tiempo atrás. Durante el día, especialmente cuando cambiaba de un ambiente a otro más luminoso, mi visión se volvía imprecisa y los colores durante ese intervalo se desvanecían o tornasolaban y les costaba definirse. El fenómeno solo duraba unos instantes como si se tratara de un flash, por lo que no tenía el tiempo suficiente para apreciarlo en su justa medida. Acabé yendo al oculista que no pareció darle mayor importancia, diagnosticándome una blefaritis aguda, para lo que me mandó unas gotas y una higiene rigurosa de ojos y párpados. Su terapia, sin embargo, no me sirvió de nada, y continué viendo lo mismo por mucho que me empeñara con las gotas y los lavados. Lo cierto es que no me importó demasiado, hasta el punto que no le dije a nadie que aquello seguía adelante y que en algunos momentos parecía tomar mayores dimensiones, pues el tiempo de la visión difusa se prolongaba, lo que para mi propia sorpresa, además de intrigarme me empezó a gustar, como si de tal manera pudiese gozar de una percepción de la realidad diferente y muy personal. Al cabo de los meses, mediado el invierno, se puede decir que prácticamente ya veía todo en blanco y negro, aunque en ocasiones, que por otro lado consideraba muy gozosas, el mundo se me desvelaba tras un velo sepia, como si estuviera contemplando una colección de fotos antiguas, que sin embargo no dejaban en mí el menor sentimiento de melancolía o añoranza. Verdaderamente tal transformación no me supuso ningún inconveniente, y cuando con mi familia me veía en algún aprieto a causa de mi ceguera a los colores, lo gestionaba con algún chiste o salida por la tangente. Ni siquiera los semáforos resultaron un problema, pues me acostumbré de inmediato a guiarme por ellos en función de la situación que ocupaban las luces. El inicio de la primavera me sorprendió cuando el cambio de color a blanco y negro se hizo ya definitivo, aunque debo precisar que admitían una enorme variedad de grises con los que empecé a disfrutar muchísimo, pues por sorprendente que pueda parecer, empecé a evocar las películas en blanco y negro de los años cuarenta y cincuenta e incluso más antiguas. Todo lo llevaba en total soledad, sin decirle nada a nadie, pues estaba seguro que se preocuparían e intentarían llevarme de nuevo al oftalmólogo, algo que a esas alturas yo ya no quería de ninguna manera. El mundo en color tal como lo recordaba,  se me hizo algo ordinario, nada sutil, proletario en el peor de los sentidos, con su inmensa gama de colores chillones, que en esos momentos se me hacían solo adecuados para los niños, los daltónicos y los horteras. Empecé a frecuentar salas de cine donde solo proyectaban películas antiguas, normalmente clásicos en blanco y negro, que  dadas las características de mi visión, apreciaba aún con otros matices añadidos. Me entusiasmó especialmente Carl  T. Dreyer, cuyas películas vi en más de una ocasión, y de las que más que el tema (el tipo parecía obsesionado con la religión y el puritanismo), me interesaba su empleo virtuoso de la luz para recalcar la acción o darle la intensidad adecuada. Me inquietó un tanto, todo tengo que decirlo, que en algún momento llegara a obsesionarme con el personaje de Johannes, el loco sagrado de “La palabra”, que recitaba de memoria pasajes de la Biblia y acaba resucitando a una muerta. Debo confesar aquí, para ser totalmente sincero, que en algún momento eché de menos el color especial de algunas películas míticas en technicolor, como “Johnny Guitar” y “Raíces profundas”, pero tuve que aceptar que en mi caso, como en el resto de la gente, no todo puede ser ganancia. Al poco tiempo, y eso si que hubiera sido inquietante para una persona que no fuera yo, las escenas de la películas se empezaron a prolongar en mi vida cotidiana, lo que en algunas ocasiones, me generó situaciones violentas, al confundir a algunas personas con personajes de las mismas, aunque afortunadamente solía reaccionar con rapidez y salir de situaciones tan embarazosas con un chiste o algunos latiguillos que iba aprendiendo según pasaba el tiempo y las ocasiones se multiplicaban. Desde entonces muchas cosas han cambiado en mi vida, aunque mis allegados actúan conmigo como ni no hubiera ocurrido nada. Claro que después de todo es lógico, pues mantengo la reserva y soy capaz de llevar una vida ordenada y sin sobresaltos. Se extrañan, eso es verdad, cuando por la calle hago algún gesto que no se corresponde con la realidad, y sobre todo en las raras ocasiones en las que no puedo reprimir una sonrisa o un grito cuando la película que se representa ante mí lo merece. De todas formas, debo dejar claro que raramente me acompaña nadie. En casa paso la mayor parte del tiempo con mis cosas, leo y escribo mucho, y como es natural, nadie me observa ni puede, por lo tanto, llegar a conclusiones preocupantes. Sólo en las ocasiones en que estamos juntos comiendo o frente a la televisión me doy cuenta que Isabel me mira un tanto intrigada, y alguna que otra vez me ha preguntado si me pasa algo porque me ve ensimismado, “como ausente”, dice ella, pero siempre he sabido reaccionar y he podido tranquilizarla. “Se te pone cara de bobo”, me dijo precisamente ayer, pero estuve ágil de mente, y llegué a contestarle que debían ser los años. No iba a decirle que en esos momentos estaba asistiendo a la escena final de Casablanca, cuando Humphrey Bogart se despide de Ingrid Bergman en el aeropuerto (siempre nos quedará París), y menos aún viendo a Gary Cooper enfrentándose a su destino, sólo ante el peligro, con el sol en lo alto, en un pueblecito del Far West americano.     

SEMIOLOGÍAS


Habla de forma torrencial. No para.  Tratar, sin embargo, de identificar en el exterior a qué se refiere sería una tarea inútil. De la misma manera que lo sería si, permaneciendo uno atento al flujo de sus palabras, se intentase captar algún concepto abstracto de cualquier índole. Digamos filosófico o matemático, por decir algo. A pesar de todo, lo que dice tiene sentido, pero un sentido propio que uno escucha más que con atención con cierta fascinación, quizás llevado por una musicalidad de la que carece el lenguaje corriente. Al finalizar, se tiene la impresión de haber asistido a un breve concierto o a un curso acelerado de iniciación a la semiología, donde el continente y el contenido, sorprendentemente, coinciden. Es decir: nada. Yo, para tranquilizarme, lo llamo lenguaje autorreferenciado, y le dejo hacer.
 
Padezco de flashes, para qué te voy a decir otra cosa, pero no sufro de ninguna otra afección reseñable o que merezca la pena poner por escrito. Es justo, sin embargo, dejar aquí constancia de que cuando tal hecho sucede (o tal fenómeno, para ser más preciso), tengo el impulso inmediato de extender los brazos y meter las manos en el lugar de donde procede la luz, y desgarrar el espacio a su alrededor con un gesto semejante al que se haría al descorrer una cortina doble. Sentir así la sensación abrumadora del sol invadiendo el dormitorio en el que poco antes me he despertado una mañana de verano, donde, a partir de ese momento, sobra la cama.
 
Te he visto, de eso no me cabe la menor duda, pero tengo la impresión que tú has hecho todo lo posible por evitarme, pues en las circunstancias que compartíamos, cruzar la mirada hubiera sido, como mínimo, lo más fácil. Sé que cuando nos veamos por una u otra razón tratarás de hacerte la inocente y mostrarte sorprendida, pero ahora que por estas líneas ya sabes mi impresión, no creo que te sea tan fácil. Mira, veníamos casi de frente y llegamos a estar a solo unos metros, con lo que era prácticamente imposible el despiste, aunque ya sé que en ocasiones, siendo como eres una mujer con mucha vida interior, no percibes buena parte de lo que pasa a tu alrededor. No es, no obstante, el caso, María Luisa, pues aunque tú iniciaste una curva evitativa poco antes, no nos chocamos gracias a mi habilidad y buen estado de forma al dar un salto hacia un lado. No te preocupes, ya lo he asimilado, pero para futuras ocasiones te prevengo que desconfíes de mis cualidades atléticas, y consideres mi volumen nada desdeñable y la consistencia de mis huesos.

miércoles, 22 de mayo de 2013

ESCATOLOGÍAS


María Eugenia olía a caca. Fue una tragedia. Supongo que no tanto para ella, pero sí para mí que hasta entonces le profesaba un amor incondicional. Fue algo repentino, no esperado para nada. Sucedió en el cine, cuando al poco rato de empezar la película me alcanzaron unos efluvios que como es natural achaqué de inmediato a otro. Recuerdo que incluso se lo comenté al terminar la película, aunque ahora que hago memoria, no recuerdo que me hiciera ningún comentario, y eso ya es un dato. A lo mejor, estaba al corriente de la situación, y tenía claro que más valía no indagar demasiado porque ella era la causante y tenía conciencia del hecho. Para mí, la cena que tuvimos tras salir del cine, fue absolutamente esclarecedora, pues iba a ser demasiada casualidad que en el restaurante estuviéramos al lado de nuestros vecinos de la sala. Fue un drama, y de inmediato, procurando disimular y frecuentemente mirando hacia otro lado, empecé a imaginar hipótesis que justificaran tan desagradable situación. Era cierto, por ejemplo, que poco antes de entrar en el cine, se excusó y fue a los servicios, y quien sabe si aquel día no había ido con anterioridad donde es preciso, y ya se sabe que algunas toilettes andan escasas de papel, o quien sabe si una mala utilización del mismo habían dejado huellas indeseadas en el lugar por otro lado adorable de María Eugenia (ella nunca había sido demasiado mañosa). Estuve entonces tentado de soltárselo a bocajarro, pero sé que nunca me hubiera perdonado mi falta de delicadeza, más cuando, según pasaba el tiempo y se acercaban los postres, el asunto se recrudecía como si no se tratara de algo pretérito, sino de una acontecimiento que podía estar teniendo lugar en aquellos precisos instantes, algo verdaderamente impensable, porque la primera alertada hubiera sido ella. Para más inri y desolación, los comensales a nuestro lado abandonaron precipitadamente su mesa al poco de llegar, lo que me hizo ratificarme en mi opinión, al tiempo que sentía que un sudor frío e insidioso me empapaba la frente, incapaz de tomar ninguna determinación que aliviara la situación. Finalmente le dije que algo me había sentado mal, y que era mejor pagar y que la llevara ya de vuelta a su casa, a lo que  accedió de inmediato, no sé si totalmente inconsciente de lo que estaba ocurriendo o demasiado consciente de lo mismo, lo que justificaría que no se quejase de prescindir de la copa que luego solíamos tomar en una disco de las inmediaciones.  De camino hacia su casa no le importó que abriera las ventanillas del coche de par en par, a pesar de que hacía bastante fresco, lo que me dio otra pista de que en el fondo de sí misma era consciente del drama. De vuelta en casa estuve un buen rato dándole vueltas a lo acontecido aquella tarde, que después de todo, no era diferente de las de otros fines de semana, a no ser por el misterioso añadido, que en esos momentos me tenía contra las cuerdas. Traté de calmarme para que el incidente no terminara en una tragedia, que es como en aquellos momentos consideraba yo el hecho de tener que dejarlo con María Eugenia. Qué cosa tan rara, pensé para mis adentros, al considerar que hasta entonces tal hecho nunca había sucedido, aunque de inmediato quise pensar que se trataba de un desgraciado incidente que no acabaría suponiendo nada en una relación que se prolongaba felizmente desde hacía cuatro años, y que pensábamos prolongar casándonos al siguiente. Intenté ser razonable, y barajé la serie de posibilidades que podían haber hecho que aquello sucediera. María Eugenia me había comentado hacía poco tiempo que pronto tendría que visitar al dentista, y esa fue la posibilidad que más me tranquilizó, pues de todo el mundo es sabido que las caries pueden dejar rastros  bastante desagradables. Otra posibilidad era su fragilidad estomacal a causa de del colon irritable que padecía hacía tiempo, y que con frecuencia hacía difícil sus digestiones. En cualquier caso, nada excesivamente grave y tratable a base de algunos fármacos que al parecer dan buen resultado. No quería imaginar que el problema fuese algo más complicado, tipo una halitosis galopante o un problema de incontinencia, que la forzara a tener que operarse para hacerse un ano artificial, algo todo lo respetable que se quiera, pero que en esos momentos se me hacía poco estimulante, o para ser sincero, insufrible. Ya tendríamos tiempo si envejecíamos juntos de soportar mutuamente nuestras goteras, pero un viaje de novios en esas condiciones no era una perspectiva alentadora. Por fin me dormí y tuve unos sueños de lo más relajantes. Me imaginé con ella en Bora-Bora, bañándonos en sus aguas cristalinas, aunque si debo decir toda la verdad, ahora que lo pienso, no sé por qué en el sueño ella siempre estaba masticando chicle y chupando caramelos de menta. Esa semana hablamos por teléfono más de lo habitual, e incluso utilizamos el skype, lo que me levantó la moral al contemplar la auténtica belleza con la que estaba comprometido. Quedamos para ir a comer el sábado a un chiringuito en el campo cerca de El Pardo, en donde supuse que en cualquier caso, si se prolongaba la situación desagradable del día anterior, la cosa no sería tan grave teniendo en cuenta que el aire corre libremente y que proliferan el romero y el tomillo, que siempre jugarían a mi favor. Cuando nos vimos sin que mi pituitaria alcanzase a percibir nada fuera de lo corriente, me dije que era realmente un maniático y una mala persona, que había hecho todo un mundo de un incidente que puede ocurrirle a cualquiera, quien sabe si a mi mismo en alguna ocasión (padezco de gases y reflujo), y jamás me había hecho el menor reproche ni comentario negativo. La paella estaba exquisita, quizás para mi gusto  algo apelmazada, pero a ella le pareció deliciosa y dijo que era el estilo que le agradaba más, pues le sentaba bien y hacía sus digestiones más ligeras. Fue con las natillas del postre cuando de improviso surgió de nuevo lo que hasta ese momento yo había estado temiendo. Era algo inconfundible, y tuve casi un vahído al ser plenamente consciente de que no estábamos en el cine ni en el restaurante, sino al aire libre donde la dispersión de las partículas hacía muy difícil la persistencia de cualquier aroma indeseado. Y aquello desde luego en nada se parecía al de la albahaca. Como era previsor, me había llevado un tarrito de colonia, que cuando ella se puso a contemplar a unos niños que jugaban en los columpios, apliqué solapadamente en las cercanías de mi nariz, lo que me provocó una serie de estornudos compulsivos e hizo que María Eugenia se aprestara ayudarme en plan íntimo, momento en el que salí disparado hacia el baño con una excusa que ya no recuerdo. No volví. Nuestra relación quedó cortada de raíz en aquel momento, y ya un año después debo decir que me siento avergonzado, aunque ni siquiera he sido capaz de disculparme, porque se me hace insoportable suponer que tal hecho podría dar lugar a un acercamiento que temo. Miro a veces las fotografías de la que a estas alturas se supone que debía ser mi mujer, y no puedo impedir que la congoja me atenace, pensando que quizás podríamos haber sido felices juntos. La vida es así, y de repente algo aparentemente banal te asalta y destruye lo que creías más valioso. Hay, sin embargo ocasiones, las menos, todo hay que decirlo, en el que llego a pensar si después de todo, lo acontecido no ha sido una estratagema de ella para alejarme. Con los datos que tengo no sería de extrañar que recurriera en determinados momentos a aliviarse, para disuadirme de continuar una relación que por su parte ya daba por finiquitada. Es una mujer muy inteligente y hasta astuta, aunque no sea esta una palabra precisamente adecuada para un ser tan delicado. No sé, tengo mis dudas, y quien sabe si a pesar de mi actual renuencia llegará un día en el que quiera de nuevo poner a prueba mi sentido del olfato y su honestidad como novia.  

martes, 21 de mayo de 2013

VAPORES


Suelen llegar a última hora. Se trata de una pareja en los cuarenta que viene los fines de semana poco antes de comer, lo que suelen hacer poco después de entretenerse un rato con algunas amistades en la barra. Hablan en ese primer momento de lo que es habitual en cualquier charla de domingo a la hora del aperitivo, oséase, tópicos más o menos festivos que sirven de prólogo a un almuerzo que se supone especial, y para el que se retiran poco después. Luego, sin embargo, cuando ya están solos en la mesa, los temas viran inmediatamente hacia otros de mayor enjundia, que posiblemente dejarían aturdidos a sus contertulios anteriores. Él parece exclusivamente preocupado por asuntos relacionados con el trabajo, del que tiene un concepto poco estimulante, aunque por lo que llego a captar, piense que, después de todo, es lo único que merece la pena si uno pretende vivir de una forma medianamente decorosa. Ella, por el contrario, siempre aborda temas de orden filosófico, y es de la opinión que lo que tomamos como más importante, es verdaderamente lo accesorio, aquello de lo que prescindiríamos sin más cautelas a no ser que en ello nos  fuera nuestra supervivencia. A Helena le preocupan los grandes conceptos, aquellos que en puridad no sirven para nada, pero que en su opinión nos ayudan a estar en el mundo satisfechos como homínidos superiores y no simples cucarachas, algo que sin embargo él considera como banal puesto que tiene un concepto ateleológico de nuestra existencia, y solo le interesa una cuenta corriente suficientemente holgada. No hay objetivos en la vida humana, dice, y en todo caso se trataría de llegar a un grado de satisfacción que no nos haga plantearnos la vida como un inconveniente, lo que, más allá de Cioran, consideran finalmente aquellos que después de asesinar a su mujer, hijos y suegra (si estuviera presente), se lanzan desde un quinto piso a la calle, provocando no solo el estupor de los viandantes, sino un problema que implica a las urgencias del 112 y a los servicios municipales de limpieza. Esa satisfacción en el caso de Roberto se la proporcionan, como ya se dijo más arriba, el trabajo, en el que siempre ha desempeñado cargos bien remunerados, el vino tinto de reserva con denominación de origen y el queso semicurado, especialmente los franceses, en los que es un experto. “Primun vivere, deinde philosopare”, es una máxima que aprendió hace tiempo y que suele soltar a su mujer cuando esta le trata de indocumentado. De todas maneras, a pesar de esos arrebatos de mal humor, suele ser muy comedido en las conversaciones que mantienen y trata de no contrariarla, pues, veleidades gastronómicas aparte, la contemplación  y disfrute de su anatomía, constituye otra de las pocas cosas que le estimulan, y teme que ella se aleje en caso de ignorarla. Por ella está dispuesto a aguantar las interminables reflexiones que esta le hace y que en ocasiones llegan a exasperarle, algo de lo que intenta resarcirse en momentos y lugares fáciles de imaginar. Además de un rostro agraciado con un gesto que le vuelve loco, mezcla de mohín de niña consentida y lascivia de bacante griega, Helena posee los atributos adecuados para desquiciar a los varones vigorosos, y aquellos en los que la testosterona aún alcanza los valores mínimos deseables. De sus atributos, destacan, como suele ser normal en las mujeres agraciadas, los que son reseñables por delante y por detrás de su anatomía, pero especialmente aquel que los animalitos del bosque, los domésticos e incluso la inmensa mayoría de los de la selva, adornan con una cola o rabito más o menos simpático. Y este es precisamente su caso, pues su visión desde cualquier ángulo o perspectiva arranca en Roberto profundos suspiros, ante los que nada pueden las razones de comedimiento que en ocasiones él mismo trata de llevar a su cabeza, para no perderla definitivamente. Este y no otro es el misterio que hace que este matrimonio tenga un vínculo tan estrecho, por más que en ocasiones Helena piense que la devoción que su marido la profesa es debida a su erudición y su amor desaforado a la lírica, y en general, a los conocimientos de cualquier orden. La comida de los domingos en Casa Manolo, por lo tanto, y en lo que a mí se me alcanza, cumple una función moderadora en la que él puede resarcirse de la penitencia que debe aguantar en otros momentos, y ella se hace la ilusión de que su marido es, a pesar de los pesares, su alumno más aventajado, ignorando de esta manera la frecuencia con la que este ha estado a punto de poner tierra de por medio si no se avecinara una siesta, a la que su mujer transige posiblemente llevada todavía por los vapores etílicos propios de un menú a la carta. Sé que lo antedicho debe más a mi imaginación que a una realidad verificada mediante el método experimental, pero debo de reconocer que con el tiempo he llegado a implicarme en la contemplación de esta pareja, y la mera fantasía ha hecho que me sirva de ella para introducir en mi psiquismo un elemento homoestático del que no puedo prescindir, teniendo en cuenta que soy un soltero empedernido y entrado en años, que prefiere este tipos de actividades desimplicadas a otras menos cómodas y más onerosas.