martes, 15 de enero de 2013

HÉROES


- Hay mucho por hacer, dice mansamente sentado en la silla, desde donde todas las tardes del verano, disfruta de los atardeceres en el jardín de su casa. Permanece así hasta que el sol se oculta, y el horizonte es ya poco más que una línea de luz tras las colinas. Entonces se levanta y regresa con el paso certero de quien no tiene dudas. No le molestó que otros hayan disfrutado a su lado del ocaso, o que por el contrario, cuando estaba abstraído contemplándolo, se hayan dirigido a él ignorando que en esos momentos no estaba allí, aunque su cuerpo pareciera demostrar lo contrario. Después de todo, son juegos que acepta con la benevolencia de quien sabe que el trayecto es largo, y que muchos todavía están en el camino. Cuando llega a casa y se enciende la luz del salón, da una palmada enérgica exigiendo que la cena le sea servida sin dilación. Para él, que tiene un concepto aristocrático de la existencia, tales formas de actuar, aunque parezcan antitéticas, son las expresiones de una profunda convicción en la que el caviar y las porcelanas de Sèvres no están en absoluto reñidos con una fina sensibilidad para emocionarse con las puestas de sol, y la diligencia del servicio doméstico.

 

-Tiene un sentido épico de la vida, y los días transcurren para él como una batalla antigua, en la que más allá de la victoria, lo que cuenta es el honor que se desprende de su empeño. Esa es sin duda la razón por la que, una vez inmerso en la lid, que a la postre será la que le defina, se ofusca en combates que no tienen demasiado que ver consigo mismo. En tales circunstancias, más allá de la victoria, su única ambición es representar ante sí mismo una odisea en la que quede claro que él es el héroe, pues en su actitud nunca consideró el resultado, y sabe que Penélope siempre le esperará, pues la paciencia que la adorna es fruto de esa misma pasión, siendo evidente además que las ruecas bien utilizadas, no tienen en cuenta la longitud del hilo que  manejan.

 

Soy una institución, eso que quede claro antes de proseguir, y que de esta manera quien me lea no llegue a confundirme con un cuerpo y sus limitaciones. Soy por lo tanto algo parecido a una metáfora, que nadie se atrevería a definir con precisión, pero ante la cual todos saben a que atenerse. Cada cual se inviste de aquello de lo que es capaz o de lo que le conviene para sobrevivir, y que los otros harían bien en no confundir, pues aunque de todos es sabido que entre las instituciones las hay más y menos prestigiosas, suelen en cualquier caso haber alcanzado una estructura que, por lo general, las preserva de los ataques impensados o excesivamente simples. Por eso, a lo largo de mi vida he superado avatares y circunstancias que no hubiera soportado la humildad de mi constitución física. Siempre me ha resultado curioso observar como otros a quienes en realidad desconozco, se aferran a conceptos que según ellas me son propios, cuando la realidad es que nunca hablo de mi mismo. Encarno valores que otros me atribuyen, y que de esta manera se atribuyen a sí mismos para colgarse medallas de dudosa valía. Otros vendrán y harán de mí algo nuevo o demasiado añejo. Yo sigo aquí, mudo y ajeno. Me necesitan, no saben vivir sin héroes o villanos.

viernes, 11 de enero de 2013

PROCESOS


Por un proceso que en puridad no tenía demasiado que ver con la estricta aplicación de su voluntad, José Manuel consiguió al cabo del tiempo que los aconteceres de su cuerpo, y lo que es aún más importante, de su mente, le parecieran ajenos a sí mismo, como si verdaderamente le sucedieran a otra persona. Había logrado que todo lo que le resultara inquietante o simplemente molesto, no tuviera nada que ver con él, teniendo la sensación de asistir a una película cómodamente instalado en el patio de butacas. Después de todo, tal forma de estar en el mundo no era nada novedosa, y había sido aconsejada desde mucho tiempo atrás por los sabios orientales y los expertos en sofrología, aunque, si todo hay que decirlo, también era bastante común en ciertas salas de psiquiatría, e incluso había llegado a incorporarse al saber popular bajo la frase de “hacerse el loco”. Desimplicarse. El problema surgió cuando, con independencia de su facilidad para zafarse de cualquier tipo de molestia, empezó a tener la sensación de que todo se le empezaba a hacer extraño, y el mundo pasó a convertirse en una película en la que él tenía poco que ver. Los primeros que empezaron a mirarle con cierta suspicacia fueron su propia mujer e hijos, con quienes mantenía una relación aparentemente normal, pero con los que, en su fuero interno, tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no tratarles de “usted”. Las rutinas de la vida cotidiana, en las que antes participaba con cierto fervor, muy bien visto por el conjunto de la familia, se transformaron de repente en una especie de comedia de costumbres del neorrealismo italiano, o lo que era peor, en una película de segunda o tercera fila del cine americano de serie B. Dentro de casa transitaba de aquí para allá como si fuera un mero figurante, al que las voces de sus propios hijos le sorprendían como si no tuviera nada que ver con ellos, y más aún la de Elena cuando pretendía que le echara una mano en la cocina, donde la vajilla, los cubiertos y demás utillería empezaron a representársele como una chamarilería de formas extrañas, que le costaba identificar como un plato o un tenedor, por poner un ejemplo sencillo. Para que su situación no se hiciera demasiado evidente, y acabaran aconsejándole que se pusiera en manos del estamento sanitario, se solía recluir en su habitación, donde se enfrascaba en la lectura de cualquier libro cogido al azar de las estanterías, exigiendo de los otros un silencio, que verdaderamente no necesitaba para nada, porque no entendía nada de lo que fingía leer, ya que sus ojos se deslizaban sobre el texto de la misma manera que lo hubieran hecho ante una procesión de hormigas, pues esa y no otra era la manera como él acabó percibiendo las letras. Se mantuvo en esta situación durante un tiempo suficientemente prolongado para que sus familiares se sobresaltaran, después de unos años en los que su máxima afición habían sido los crucigramas y la prensa deportiva, pero todo su entramado estuvo a punto de venirse abajo con estrépito, cuando Elena le sorprendió en días sucesivos con dos libros (por otro lado, cogidos al revés) titulados “Posibilidad del baobab en Almería” e  “Hipertensión y hemodiálisis: problemas”. Sin embargo, su mujer, posiblemente con buen criterio, no dijo nada, pero fue consciente de inmediato de que su marido no era aquel joven y apuesto doctor Ingeniero de Caminos con el que se había casado lustros atrás, sino un individuo vulgar, con menos pelo desde luego, y cuya mente había tomado una deriva que no sabía donde podía acabar llevándole. A pesar de ello, como el sueldo llegaba puntualmente a fin de mes, decidió ser prudente y no remover la situación, pues las cosas de la cabeza se sabe donde empiezan pero no donde acaban, y si José Manuel era capaz de seguir construyendo puentes sin que si vinieran abajo, quizás era preferible que lo siquiera haciendo aún no estando en sus cabales, ya que si visitaba al alienista, era más que probable que acabara encerrado y cazando moscas. Los hijos, que fueron informados por la madre del grado de deterioro de su progenitor, se unieron a ella en su decisión, estando de acuerdo en que, después de todo, lo fundamental era que el peculio les siguiera permitiendo llevar la vida muelle y desenfadada de la que gozaban. Todos, por lo tanto, coincidían en que José Manuel Martínez era en aquellos momentos lo más parecido a un zombi, pero mantuvieron una conspiración de silencio que hubiera asombrado al mismísimo Spencer Tracy (*). El estado de José Manuel le originaba, posiblemente como consecuencia secundaria a su inhibición emocional, algunos períodos alternativos de ataxia y ataraxia, que el hombre solo podía aliviar cuando salía a la calle y visitaba el bar de copas de toda la vida, donde eran suficientes dos vodkas bien servidos para hacerle regresar al mundo de los vivos.  De esa manera recobraba su identidad habitual, hecho que de momento le satisfacía, pero que, una vez doblada la dosis, le sumía al poco rato en un estado de melopea rutinaria que, aunque en opinión de la clientela habitual era lo suyo, hacía que de inmediato empezara a sentir todo tipo de dolores erráticos y sensaciones extrañas, que le impulsaban a refugiarse de nuevo en su estupor de los últimos tiempos. Esta es hasta hoy la historia del ingeniero Martínez, que no sabe como gestionar el dilema que se le ha planteado, pues, dado lo visto, debe elegir entre permanecer en un estado próximo al coma etílico permanente, o dedicarse en adelante a la lectura de libros de autoayuda y la construcción de caminos, canales y puertos de estructura y eficacia más que dudosas.

 

(*) “La conspiración del silencio”, película de John Sturges interpretada por Spencer Tracy.

martes, 8 de enero de 2013

ANDARES


-Podría haber sido otra cosa, marinero, por ejemplo. Y se puede afirmar que al ser natural de La Rochelle tenía todo a su favor: un puerto recoleto con una flota notable de embarcaciones variadas, y un mar que se prestaba a todo tipo de aventuras (siendo además, como había sido, un gran lector de escritores navegantes como Conrad, Stevenson, Melville, y Pierre Loti). Pero decidió ser de tierra adentro, y acabó perdiéndose en el páramo sin que hasta la fecha se haya vuelto a tener noticia de él.
 
-Ando, y por un instante pienso que si mi línea evolutiva hubiera seguido otros derroteros, en estos momentos podría ser un ave y volar, aunque, dado el tiempo transcurrido, en ningún caso podría ser un pterodáctilo, lo único que verdaderamente me hubiera interesado, por lo que me siento bastante aliviado y aprieto el paso.

-“Andares, andares, quien dice andares dice Andalucia” (Andonio Machado) (*)

Más claro: “and-ares, and-ares, quien dice and-ares, dice and-alucía” (And-onio Machado)

-Pues usted dirá. Iba andando y de repente me topé con un muro y tuve que detenerme. Quizás tenía otras opciones, pudo retroceder y salir por los lados. Es cierto, o practicar la escalada o la espeleología. O salir volando, si fuera el caso, y usted fuera un ave o un pterodáctilo, según ha manifestado en alguna ocasión.

-“Esa obsesión por la coherencia”, rumiaba por lo bajo, evitando al caminar los árboles y las bocas de riego, mediante un sofisticado sistema de pasos laterales y pequeñas aceleraciones, tratando de romper de esa manera la monotonía de los pasos regulares, a razón de setenta y cinco centímetros la zancada.

-Me siento desestructurado y trato de recomponerme mediante la repetición de palabras con un significado preciso y unívoco. Aquellas que de ninguna manera se presten a confusiones ni dobles sentidos, y constituyan en sí mismas una entidad irreductible de la misma naturaleza, de momento, que las partículas elementales. Pongamos el quark.

 -Al caminar observo mis pies sobre el asfalto, con la certeza de que son entes ajenos a mi voluntad, y que si prosiguen no es por un deseo expreso de mi corteza cerebral, sino de de un centro de decisiones que en cualquier caso rebasa escasamente la altura de mis tobillos.

-Me detengo de repente para recomenzar de inmediato una carrera alocada que no sé adonde puede conducirme. Soy guiado por espasmos de mi musculatura estriada que no obedecen a mi voz de mando, ni siquiera a los impulsos nerviosos que trato de transmitir a mis extremidades inferiores mediante el consabido proceso de axón-sinapsis-dendrita, por lo que en un momento dado desisto de todo afán de control y me siento llevado por un vehículo que en cualquier caso me es ajeno.

-Definitivamente tendré que tomar alguna decisión que me saque de este marasmo, consistente en una velocidad de crucero que ni remotamente alcanza a la de una tortuga los días en que se siente fatigada. Calla de una vez, me digo, y no reflexiones más allá de lo estrictamente necesario. Verás como de inmediato tus pies inician unos pasos de baile que te llevaran de la parálisis del chotis a la agilidad de la cumbia, el tango y las revoleras del toreo a pie.

Antares, Antares, quien dice Antares, dice An(s)tronomía.

 
(*) Hay un problema, porque “Cantares, cantares ¿quién dice cantares? dice Andalucía”, no es de Antonio sino de Manuel Machado, y decir M-and-chado, ya parece excesivo.

jueves, 3 de enero de 2013

INTERNADOS DOS


Finalmente, después del verano decidí volver al internado a pesar del recuerdo nada estimulante del año anterior, y de que las cocineras se desvivieran para lograr una repostería que me convenciera en el último minuto de que no merecía la pena ser diabético. Pero ni por esas. Llevado posiblemente por un espíritu de sacrificio que me ha traído hasta aquí, me embarqué en el segundo año de permanencia en la meseta castellana, donde de alguna manera esperaba que se acabara produciendo un milagro, que me convenciera de que en el fondo yo no era un ser hecho para la renuncia y los sacrificios no solicitados. Se trataba del segundo año de bachillerato, un periodo que con el siguiente suponía el paso definitivo a la edad en la que uno deja de ser definitivamente un niño, para acabar aceptando con cierta aprensión una pelusilla incipiente sobre el labio superior que anuncia transformaciones para las que uno no siempre está preparado. Fue en aquella época cuando el cura al que anteriormente aludí como a una hiena desalmada, cobró una relevancia sobresaliente, pues al poco de llegar me anunció de forma oficial, que había sido nombrado mi tutor, por lo que se veía obligado a mantener sobre mí una vigilancia permanente, con objeto de que guardara estrictamente las normas que se nos tenían encomendadas. Una de sus obligaciones, al parecer, era  ser mi padre confesor, de manera que como mínimo todas las semanas tendría que ponerle al corriente de mis actividades supuestamente pecaminosas, a lo que por cierto yo siempre me negué, a pesar de haber iniciado tímidamente por entonces ciertas relaciones autoeróticas, de las que de ninguna manera quería hacerle partícipe. No fue sencillo, pues el padre Gabriel, que así se llamaba aquel tipo, insistía una y otra vez como si tuviera el convencimiento de que a mi edad se despiertan ciertos demonios de los que uno no puede renegar, a no ser que como él (de acuerdo con su nombre), formara parte del coro de los arcángeles que no cesan de entonar himnos de alabanza al Señor. No era desde luego mi caso, pero no me daba la gana de que aquel individuo estuviera al corriente de unas actividades exclusivamente personales que él parecía esperar con cierta ansiedad, sobre todo los días que tras preguntarme, tenía la impresión de escuchar al otro lado del confesionario unos jadeos inquietantes. Meses después, ya casi finalizando el curso, me volvió a llamar y habló conmigo en privado, para decirme que dejaba de ser mi tutor en vista de que a pesar del tiempo transcurrido “no había podido llevarme por el sendero virtuoso”, despidiéndose de mí con un capón, que me hizo ver bien a las claras que de alguna manera se sentía muy decepcionado. Al padre hiena le sucedió como tutor el padre Agustín, un cura joven y un tanto mantecoso a quien yo parecía tenerle sin cuidado, siendo lo más reseñable de él su evidente indiferencia, cumpliendo conmigo una función que le había sido encomendada pero de la que se desimplicaba totalmente. Se fue pronto por algunos problemas que nunca supimos a ciencia cierta, aunque alguien comentó que tenían relación con la intendencia del centro, del que al parecer cumplía las funciones de tesorero. A partir de entonces ya no tuve a nadie asignado de forma permanente, pero de vez en cuando alguno de los curas me llamaba para soltarme algún discurso, o indicarme lo indebido de las acciones impuras, algo de lo que yo entonces empezaba a enterarme. Recuerdo a uno de ellos poco antes de finalizar el curso, que al tiempo que hablaba chasqueaba la lengua como si tuviera dificultades para moverla, algo posiblemente relacionado con el frenillo de la misma, según más tarde me contaron, pero que en cualquier caso hacía recomendable mantenerse fuera de su línea de tiro. El tiempo empezó a correr más deprisa de lo imaginable, y cuando quise darme cuenta había ingresado en el Seminario de Monte Beltrán después de aprobar la reválida de cuarto, momento en el que decidí que quería ser sacerdote, para estupor de mi padre y alegría de mi madre, que siempre pensó que tener a alguien cerca de Cristo era una forma bastante segura de ir al cielo. De mi estancia de dos años en el seminario no tengo demasiadas cosas que reseñar, aunque dos de ellas se me han quedado grabadas por razones que no tienen que ver estrictamente con tal institución, pues podrían haber sucedido en cualquier lugar (un instituto de segunda enseñanza o el propio internado), aunque hay que reconocer que ambas tienen un carácter más propio de organizaciones religiosas que de otro sitio.  Lo que recuerdo con especial regocijo fue el día en que el profesor de filosofía, un tipo achaparrado con unas gruesas gafas de pasta, saltó desde su tarima a una de las mesas de los seminaristas, y a continuación se puso a caminar sobre las demás al tiempo que, mientras todos recogían precipitadamente el material escolar que tenían encima, afirmaba con vehemencia panfletaria que la principal característica del espíritu era su aptitud para el vuelo, y que por eso se representaba como una paloma al propio Espíritu Santo. Poco después, con el mismo tono de arenga, nos advirtió que, dijera lo que dijera la teología oficial, Santo Tomás de Aquino estaba muy equivocado con sus cinco vías probatorias de la existencia de Dios, pues Él estaba por encima de cualquier postulado racional, y no era ningún teorema que hubiera que demostrar. Dicho lo cual, descendió de una de las mesas de la última fila dando un salto que casi lo desgracia, y salió dando un portazo. Poco después oímos la alarma de una ambulancia y nadie tuvo duda de qué se trataba. El otro tema  que aún hoy en día recuerdo con frecuencia cuando siento ciertos remordimientos, es el que trató el profesor de Ética y Moral cristiana, cuando afirmó que no debíamos preocuparnos si algunas mañanas al despertar encontrábamos las sábanas menos aseadas de lo que sería de desear, pues ya Dios en su infinita sabiduría había previsto para nuestra edad, la posibilidad de que la naturaleza facilitara las poluciones nocturnas, de tal manera que aún así siguiéramos conservándonos castos a pesar de los requerimientos de una desproporcionada presencia de testosterona en nuestro torrente sanguíneo, afirmación que tengo el convencimiento que buena parte de los futuros ministros del Señor allí presentes, interpretamos como una autorización encubierta a la más querida de las aficiones de Onán. La virginidad, en su opinión, era el más bello regalo que podíamos hacer a Nuestro Señor, y en eso superábamos a quienes, aun sin concupiscencia, debían abdicar de la misma, una vez que contraen sagrado matrimonio con el fin de preservar la especie. Mi estancia en el Seminario duró el tiempo preciso para que mis estudios fueran equiparados con el bachillerato superior, momento en el que afortunadamente me convencí de que con vuelo o sin él, mi camino en este mundo no seguiría la inspiración del espíritu en el sentido religioso del término, algo que mi padre aceptó con cierto regocijo, pero que dejó terriblemente abatida a mamá, posiblemente porque ya no tenía tan claro que con las misas y los rosarios fuera suficiente para alcanzar el paraíso. De hecho, poco tiempo después, cuando me incorporé al servicio militar en el año sesenta y cinco, se podía decir que era absolutamente ateo, pues habían caído en mis manos algunas publicaciones comunistas de Marx y Lenin que me convencieron de la realidad del materialismo dialéctico inspirado en Hegel, aunque lo que resultó definitivo fue leerme los textos del príncipe Krotopkin, y sobre todo de Bakunin, de quien me entusiasmó una máxima, que hice mía, “ni dios ni amo”. Es evidente que durante el tiempo que permanecí en el Ejército mantuve todo esto en el mayor de los secretos, e incluso fui lo suficientemente cínico como para ser monaguillo en la misa de los domingos, y hacer la pelota al capitán, diciéndole cuando me exigió que le hablara con franqueza, que en mi opinión la principal misión de España en aquellos tiempos era la invasión de Gibraltar, algo que me sirvió para dejar de montar guardias y que se me concediera de inmediato un pase de pernocta fuera del cuartel, a pesar de no tener familia en aquella localidad. Hace ya cinco años que terminó mi servicio a la patria en el seno de las Fuerzas Armadas, de las que guardo un recuerdo más afectuoso que otros, que al parecer hubieran preferido entrar en combate en lugar de pelar guardias y desfilar en las juras de banderas, la fiesta de la patrona y las patrióticas, que en aquella época, a pesar de que su Excelencia empezaba a dar síntomas de agotamiento, aún proliferaban. Allá cada cual con sus gustos, reconozco que siempre he sido un vago y que soy un cobarde de tomo y lomo. De vuelta a casa, en la familia se había producido una auténtica revolución. Mi madre no abría la boca y se había internado voluntariamente en una asilo (posiblemente como consecuencia de mi deserción religiosa), mi padre tenía un Parkinson agudísimo y estaba totalmente medicado, a cargo de mi hermana y Francisca (la otra criada se fue),  mis hermanos mayores, como es natural, se habían independizado, y los dos pequeños estaban terminando el bachillerato después de repetir varios cursos. Ante tal panorama, a los veintisiete años de edad, y siendo ya un hombre hecho y derecho, he decidido dar un giro radical a mi vida, y me he venido a vivir a un pueblo abandonado en el desierto de Almería, cuatro casuchas derruidas que sin embargo me prestan un techo que me resguarda de los meteoros atmosféricos, aunque aquí, todo hay que decirlo, la lluvia brilla por su ausencia. No sé cuanto aguantaré con las provisiones que me he traído, aunque puesto a marcar un hito más en una existencia que ha tenido poco de azarosa, tengo buena disposición para arrostrar hasta cuando sea posible, una vida de anacoreta a base de los insectos y las bayas que proliferan por los alrededores. No hay problemas de agua, pues cerca existe un pozo que llega directamente de una capa freática donde su calidad, según la opinión de algunos lugareños, es excelente. Quizás este ascetismo en ciernes hubiera sido del agrado del cura aquel que me quería mal y tenía cara de hiena.

miércoles, 2 de enero de 2013

SOBRINOS


El sobrino de Wittgenstein (*) no era, propiamente hablando, su sobrino. De hecho, en su familia nadie se apellidaba así, con lo que queda clara la afirmación con la que dan comienzo estas líneas. Antes de continuar, conviene, sin embargo, precisar que dicha persona insistía en ser llamada de tal manera, y que incluso cuando era presentado por su nombre de pila, él añadía de inmediato “sobrino de Wittgenstein”, como si de esta forma quien acababa de conocerle tuviera una referencia más evidente de su auténtica personalidad. Esto podía suceder en algunas ocasiones en las que este tenía algunas nociones de la filosofía del siglo XX, pero la mayoría de las veces tal aclaración añadía una confusión que solía desembocar en una situación bastante embarazosa. En este último caso era frecuente, que ambos se enzarzaran en una conversación auténticamente surrealista, tratando cada cual de hacerse entender, uno dando a conocer al famoso filósofo, y el otro simulando como buenamente podía su desconocimiento. A esto debe añadirse que el sobrino de Wittgenstein, de patronímico Paul, no contestaba a las preguntas del otro con explicaciones claras y concisas, sino que solía echar mano de algunos de los aforismos o sentencias del Tractatus Logicus Philosophicus del famoso filósofo, para darle a entender que, después de todo, el lenguaje era lo de menos. Ni que decir tiene, que tal cosa sumía a sus interlocutores en una perplejidad, que normalmente  trataban de solventar alejándose a buen paso. Estas situaciones, sin embargo, solían resolverse sin mayores problemas cuando uno de ellos pasaba a otro tema como forma de evadir una confrontación que, después de todo, no les llevaría a ningún lado. Por otro lado, Paul era un tipo simpático y con buen humor, pero en tales ocasiones no podía evitar actuar como acaba de describirse, pues, al parecer, según llegó a confesar en un momento de debilidad, era una forma de darse a valorar, habiendo incorporado tal puntualización como un latiguillo del que no podía prescindir. En algunas ocasiones se explayaba sobre el asunto, introduciendo algunas aclaraciones que a decir verdad no le importaban a nadie, pero que en esos momentos a él le parecían imprescindibles. Precisaba, si la ocasión se prestaba a ello, que había decidido ser sobrino y no estrictamente hijo del famoso filósofo, porque la descendencia del mismo en línea directa sin duda le hubiera acarreado complicaciones a las que no se quería prestar. Ya se sabe -puntualizaba- que tal herencia supone recibir un cincuenta por ciento de los genes de los progenitores, y que en tal caso, y a pesar de las leyes de Mendel, había preferido una línea lateral que a buen seguro le traería menos complicaciones. Y al decir esto, normalmente guiñaba un ojo, dando a entender que las metáforas pueden tener en ocasiones la misma fuerza que la realidad. Ya se sabe que los filósofos, por inteligentes y agudos que sean, no dejan de ser unos individuos encerrados en una serie de conceptos que con frecuencia ni ellos mismos entienden, por lo que muchas veces acaban enredados en la telaraña que han tejido motu propio, y aquí solía poner el ejemplo de Nietzsche, al que acabaron matando los dolores de cabeza. Prefería por lo tanto identificarse como un pariente lejano, que conservando algo de su genialidad, pudiera disfrutar de otras cualidades que le hicieran la vida más llevadera. En todo caso eligió tener con Wittgenstein una relación transversal e incluso tangencial, que le permitiera ser estrictamente Paul en los momentos que le viniera en gana. Leyó a su filósofo predilecto un tanto por encima, ya que aunque tenía el Tractatus sobre la mesilla de noche y de vez en cuando echaba mano de él, no comprendía realmente casi nada y lo empleaba, dada su estructura, a modo de somnífero. Creía además que la crítica radical que Wittgenstein hacía de la filosofía, y especialmente de la metafísica, se atenía a la estructura de su discurso, en tanto que el continente (las palabras) servían para camuflar la inanidad del contenido (el significado), cayendo él mismo en la trampa que denunciaba, pues también lo hacía de una forma parecida. Para salir de tal situación, era frecuente que el sobrino de Wittgenstein recurriera a determinadas ardides no criticables con tal criterio. En concreto, cuando estaba de humor recurría a figuras literarias y tropos entre los que destacaban el oxímoron, las apócopes, las sinalefas, las aliteraciones, las hipérboles, los retruécanos, las onomatopeyas y las perífrasis, utilizando los días que verdaderamente estaba inspirado el dequeísmo y la ecolalia, lo que solía resultar bastante desquiciante, y hacía que más bien pronto que tarde se quedara solo. Esas ocasiones, que a otros le hubieran resultado difíciles de soportar en la medida en que los seres humanos somos animales sociales, a él, admirador de Knut Hamsun ( y en concreto de “Hambre”), no le importaban demasiado, y echaba a andar por las calles de su ciudad, ayudado por una botella de ginebra y redoblando su afán crítico respecto a su tío, recurriendo para ello el resto de tropos y figuras literarias no utilizadas con anterioridad, en concreto insistía en las aféresis, los apócopes, las diástoles, las anáforas, las sindéresis, las elipsis, los quiasmos, las hipérboles, los pleonasmos, las antítesis y la prosopopeya, lo que posiblemente hubiera dejado a su tío sumido en una confusión que le hubiera llevado a conclusiones diferentes, teniendo en cuenta que con frecuencia empleaba además cambios de tono de acuerdo con la fonética china, acompañados por ciertos tics y muecas que hubieran tenido un éxito notable en el teatro de títeres y el kabuki japonés. Y en esas se encuentra en la actualidad el sobrino de Wittgenstein. Seguiremos informando.

(*) “El sobrino de Wittgenstein” de Thomas Bernhard.

martes, 1 de enero de 2013

ACAECERES


El óbito debió acaecer ya de madrugada. Me había levantado como todos los días en plena noche, pero con mal cuerpo y un ligero temblor, que, sin embargo, no me impidió realizar lo que en mí era habitual a esas horas. Luisa dormía profundamente y no me pareció adecuado despertarla, por lo que, tras unos instantes de duda, creo que me volví a dormir, y supongo que poco después debió suceder lo que me ha traído hasta aquí. De verdad que lo siento por ella, la pobre está bastante delicada del corazón y debió asustarse mucho al verme, aunque imagino que de inmediato debió llamar a nuestros hijos para que se hicieran cargo de la situación. Todavía me duele pensar en ello. No se lo merecía, después de tantos desvelos como pasó para sacarnos a todos a delante, y asumo ese “todos” sin el menor reparo, yo era su marido, pero durante bastante tiempo fui un lastre para ella, sin trabajo y lleno de achaques. Pero, en fin, debo adaptarme a la nueva situación y no darle demasiadas vueltas, sería inútil y no ayudaría a nadie. Si debo ser sincero, aquí no se está mal, no es desde luego lo que uno podría esperar, pero teniendo en cuenta que verdaderamente yo no esperaba nada, al fin y al cabo debo dar gracias y sentirme agradecido. Para ellos ya pasó el tiempo del luto y deberán seguir viviendo sus vidas, después de todo es lo que tienen, y harían bien en aprovecharlas lo mejor que puedan. Me acuerdo de ellos todos los días, pero no es un sentimiento de falta o doloroso, en todo caso, si tuviera un sentimiento de culpa, que nunca me fue propio, podría sentirme egoísta, pero tampoco es así. Les recuerdo con un cariño teñido de esperanza, como si pronto les fuera a ver, y no valiera la pena exagerar. Mientras tanto, aquí paso el tiempo (o como aquí pueda llamarse a esa sensación en la que a una cosa le sigue otra) como buenamente puedo, es un lugar agradable, donde todo transcurre con mucha placidez, sin grandes alegrías pero sin sobresaltos, lo que hace que nuestros días se puedan sobrellevar sin complicaciones. Verdaderamente no sé donde estoy, pero si tuviera que decir algo, a mi esto me parece muy parecido al limbo del que nos hablaban cuando éramos niños, aunque creo recordar que luego ese lugar lo suprimió oficialmente la Santa Sede. En cualquier caso, me siento agradecido, pues desde luego no se trata del infierno, y si es el cielo, aunque no sea lo espectacular que podía esperarse, sí es un lugar donde uno puede eternizarse sin mayores problemas. No siento el llamado “mal de ausencia”, esa falta terrible de Dios que al parecer sufren los que en vida no le consideraron, y puedo decir que las horas transcurren tranquilamente sin que se eche de menos ninguna presencia irremplazable. Al parecer, somos muchos, pero vivimos unas vidas bastante independientes agrupados por afinidades de acuerdo con nuestras aficiones, concretamente los que estamos en este área nos dedicamos a los juegos de azar, la escritura y la música. Son muchas horas en compañía de los demás que resultan muy gratas, pues durante el juego, por ejemplo, en ningún caso se dan discusiones ni desacuerdos violentos, ya que en las situaciones que podían resultar desagradables, todos nos comprendemos y tenemos la certeza de que nadie obra de mala fe. En cualquier caso, preferimos no hablar, aunque debe quedar claro que nos entendemos perfectamente mediante gestos mínimos que hacen inútiles las palabras. De vez en cuando, sin embargo, hay quien llevado sin duda por algún tipo de añoranza, dice algo en un idioma que no todos comprendemos, pero del que, paradójicamente, logramos captar su sentido, pues aquí el lenguaje es prescindible, algo demasiado elemental para seres que nos movemos en otra dimensión. Seguro que a los del otro lado nuestra actitud les parecería sorprendente, e incluso les causaría un gran dolor, pero en este lugar todo está lo suficientemente claro para que no sea necesario desvivirse con explicaciones ni argumentos sofisticados: es todo muy sencillo. Debo, no obstante, decir que en ciertas ocasiones, siento en mi interior un deseo irrefrenable de transmitir a los demás mis sentimientos más profundos, y que hago un esfuerzo casi sobrehumano para reprimirme y no estallar y gritar a voz en cuello mi alegría o mi congoja, pero dura poco tiempo, y enseguida me sumerjo de nuevo en cualquiera de mis actividades preferidas. Debo decir también que llevo un diario, y que buena parte de la mañana la paso escribiendo en él los pequeños pormenores de mi vida aquí, que aunque pueda parecer un tanto monótona, tiene unos matices sutilísimos que de ninguna manera quiero que se me escapen y acabe olvidándolos. De todas maneras, en este punto quiero resaltar la voluntad que pongo en escribir con buena caligrafía, independientemente del tema de que se trate que, por lo que ya he dicho, nunca tiene demasiadas variaciones, sin que esto quiera decir que ocasionalmente no haya asuntos reseñables. En concreto, últimamente hago bastante hincapié, y esto se lo señalo a los demás, en las deficiencias del sonido de la megafonía. Hay ocasiones que está muy bien, y  es de agradecer, pues incluso podría decirse que es de alta fidelidad, pero a veces se convierte en una chicharra insoportable, algo verdaderamente difícil de comprender si es cierto que estamos donde suponemos. Esto se hace especialmente hiriente en los momentos en los que a través de ella oímos algunas cantatas y partitas de Juan Sebastián Bach, al que siempre he adorado, y que me hace recordar con especial emoción el día de mi boda, cuando más allá de Mendelssohn, en algunos momentos se podía oír su Tocata y Fuga en re menor. Entonces pienso en la pobre Luisa y lo sola que se ha quedado, y mis ojos se llenan de lágrimas, pero debo ser muy discreto y disimular, porque pienso que es lo que corresponde en un lugar  tan discreto como este, al que le llaman cielo.

INTERNADOS


Mis padres nunca entendieron por qué a los ocho años quise que me metieran en un internado. De todas maneras, hasta los diez no fue posible porque esa era la edad mínima, y tuve que esperar hasta entonces para ver cumplido mi deseo, algo a lo que ellos finalmente accedieron bastante consternados. Supongo que el mero hecho de que un vástago tan joven quiera abandonar el hogar familiar, debe resultar duro de encajar en cualquier familia, sobre todo en una como la nuestra, compuesta por ocho hermanos, dos abuelas, una tía, dos criadas y ellos mismos, papá y mamá, todos bien avenidos, un auténtico clan, pero mi decisión fue firme poco después de haber hecho la primera comunión. Lo cierto es que aún hoy en día cuando reflexiono sobre ello, todavía no lo tengo claro, y creo recordar que entonces tampoco, aunque si he de decir algo que pueda aproximarse a lo que sentía, es que tenía la impresión de que yo allí sobraba. Éramos muchos, es cierto, pero en aquella época en la que se premiaba a las familias numerosas, tampoco era tan raro, y por lo tanto, mi deseo debía tener más que ver con mi forma de ser que con la propia realidad. Creo que lo que verdaderamente sentía era que yo allí no encajaba, no porque los demás tuvieran algo contra mí (¿como se puede tener algo contra un niño de ocho años?), sino porque en mi interior yo imaginaba un lugar diferente donde podría ser yo mismo, aunque entonces tampoco debía tener muy claro lo que eso significaba. Supongo que era un niño raro, y tal cosa no era sino una más de  mis características, aunque posiblemente la más sorprendente. De hecho, una de las abuelas, Elena, me quería muchísimo, y el día que mis padres me llevaron a su cuarto para que me despidiera, se cogió un berrinche tremendo que por poco la manda al otro barrio. Mis padres, todavía lo recuerdo con cierta emoción, trataron de disuadirme con argumentos que imagino suponían disuasorios, como la lejanía de la familia, las largas tardes de soledad en compañía de niños desconocidos, e incluso con la amenaza de unos profesores muy estrictos que no me harían la vida muy fácil. Pero todo fue inútil, y a mediados de septiembre de mil novecientos cincuenta y cinco, mi padre me llevó en uno de los escasos taxis por entonces disponibles allí, después de un último intento disuasorio de Francisca, una de las criadas, que como postre aquel día me había preparado un bollo riquísimo para decirme de inmediato que tendría que olvidarme de ellos hasta las Navidades, algo que para su congoja, yo acepté sin pestañear respondiéndole que “seguro que en el internado harán otros tan buenos o mejores”. Lo cierto es que nunca pude explicarles el por qué de mi decisión, aunque con el tiempo, lo que me sorprendió todavía más fue el hecho de que finalmente la aceptaran, pues hubiera sido suficiente su negativa para que no hubiera tenido más remedio que quedarme en casa. Pero tampoco quiero dar a esto demasiadas vueltas. La tarde que llegamos al internado, a tres horas largas en coche, papá estuvo charlando mucho tiempo con el director, supongo que era el método habitual de admisión y porque mi caso no era corriente, pues los chicos solían ir allí por otro tipo de problemas, familiares, educativos o de conducta (aunque no era un reformatorio). Después de la conversación privada, entré yo con papá, y el director, un cura alto, muy delgado y con gafas, me dijo que estaba convencido que allí iba a estar estupendamente y que iba a ser muy bien acogido entre mis nuevos compañeros, algo que él no sabía que a mí me tenía sin cuidado, pues en la medida de lo posible, pensaba hacer mi vida. Así pues, me quedé allí solo, y mentiría si no dijese que en aquellos primeros días me di cuenta de que quizás había medido mal mis fuerzas, pues aquel sitio era lo más parecido a un cuartel que uno se pueda imaginar. “Niños por aquí, chicos por allá, arriba, abajo, silencio, come, calla, adelante, atrás”, en fin, una retahíla de órdenes que yo ya esperaba, pero desde luego no con tanta intensidad. Para más inri, al cabo de dos semanas se presentó allí mi familia al completo, excepto los dos pequeños que se quedaron con las tatas. Habían venido en tren hasta un pueblo próximo, y desde allí en un armatoste antediluviano con ruedas que les habían alquilado. Se trataba de un esfuerzo desesperado de mis padres para reintegrarme al ámbito familiar, y vive Dios que estuvieron a punto de conseguirlo, pero finalmente les pude despedir con la mano en alto desde las escaleras del edificio del internado, en compañía del director y un cura más joven con cara de hiena (hecho que el tiempo no haría sino confirmar por su cinismo y mal genio). Cuando por fin me dejaron solo y el coche de la familia se convirtió en un punto en el horizonte de la carretera, los curas se pusieron a hablar entre ellos con toda naturalidad sin importarles mi presencia, pues el director le dijo al otro “es un chico muy especial, vigílelo bien y no le permita demasiadas tonterías”, para a continuación echarme apenas una mirada, y señalándome las escaleras que daban a las aulas decirme “¡hala, para arriba!”. Francamente, no sé que tonterías podía esperar de mí aquel larguirucho malencarado, a no ser que el mero hecho de intentar hacerme invisible fuera una de ellas.

Mi vida en el internado comenzó de una manera bastante natural, pues al parecer los alumnos llegaban o se iban con cierta frecuencia, lo que ya daba una idea de que aquel lugar era un sitio especial, sujeto a criterios que no tenían mucho que ver con el rendimiento escolar. Yo empezaba el bachillerato y formaba parte del grupo de los llamados “pequeños”, supongo que por razones que tenían que ver esencialmente de desarrollo psicofísico, entre que la más evidente era la entrada en la pubertad de los “mayores”, y sus necesidades directamente proporcionales a la irrupción abrumadora de pelo por todas partes, y lo que tal hecho traía aparejado. Todos coincidíamos en el comedor, donde la algarabía era tremenda, y donde yo solía buscar un el lugar más apartado posible para concentrarme en mis cosas, siendo de ellas la principal que los otros no me dieran la tabarra. No he dicho hasta ahora que el internado era exclusivamente para chicos, pero eso es algo que cae por su propio peso, sobre todo cuando llegamos al punto siguiente de este rápido recorrido por aquella institución, los dormitorios. Se trataba de unas salas enormes, situados en alas diferentes de los tres pisos del edificio de acuerdo con nuestras edades, por razones en las que no creo que deba insistir. En general fui bien acogido y no tuve ninguna complicación especial, excepto que al poco tiempo me enteré de que me llamaban “cabezón”, al principio de una forma soterrada, pero enseguida de forma directa, algo a lo que me resistí hasta que me di cuenta que sulfurarme me suponía un desgaste mayor que aceptarlo estoicamente. La verdad es que en el fondo tenían bastante razón, pues al mirarme en el espejo de los aseos, no tenía más remedio que estar de acuerdo, tenía un cuerpo bastante enclenque y una cabeza que, como contraste, surgía de un cuello esmirriado como si fuera un melón. La situación no tenía solución, y solo me quedaba tener paciencia y esperar que las fuerzas de la evolución hicieran que con el tiempo me convirtiera en alguien más presentable. A pesar de la monotonía de los días, el tiempo transcurrió más rápido de lo previsto (aunque de hecho, yo no tenía nada previsto) y cuando quise darme cuenta, mi padre me vino a buscar en Navidad en el mismo taxi, convirtiéndose mi llegada a casa en un acontecimiento parecido a la vuelta al hogar del hijo pródigo, o posiblemente en una historia de Dickens donde un niño abandonado es recuperado después de pasar una temporada trabajando en las carboneras de cualquier suburbio londinense (¿Oliver Twist?). Creo que mi reacción les decepcionó, pues esperaban que me echara llorando en sus brazos como si acabara de salir de la cárcel, y al no ser así se quedaron un tanto frustrados, tratando de sonsacarme escenas y situaciones desgraciadas que me hicieran  volver al hogar definitivamente. Pero no fue así, y siguiendo mi costumbre me limité a hacer mi vida y disfrutar de la celebración de la venida de Nuestro Señor al mundo y del Año Nuevo, con una seriedad que les preocupaba, lo que no me impidió comer dulces y pavo como el que más. Las navidades se pasaron rápido y soy sincero si digo que en el momento de regresar al internado tuve un sentimiento agridulce, pues ya era consciente de lo que me esperaba, aunque finalmente me metí de nuevo en el coche con papá rumba al destierro. Aquí cabe añadir que, como la primera vez, Francisca elaboró una tarta si cabe mejor que la anterior, hecho que yo agradecí pero no me hizo cambiar de opinión, aunque esta vez en un rapto de sinceridad tuve que confesarle que estaba mejor que las del internado, por otra parte inexistentes. El invierno pasó con una rapidez lastrada por la rutina del horario escolar, que no cambiaba ni un ápice de un día para otro, excepto los fines de semana, que estábamos algo más libres y podíamos hacer competiciones deportivas (como es natural, fútbol). Algunas veces nos sacaban por las poblaciones de los alrededores y nos enseñaban monumentos o lugares históricos que, como es lógico, a nuestros años nos tenían sin cuidado a pesar de los esfuerzos de algunos de los profesores por explicarnos de qué se trataba. Nuestro mayor interés era que llegara la hora de la comida, normalmente a base de bocadillos de tortilla y filetes como suelas, con una manzana como postre. Ni que decir tiene que lo devorábamos. Una hora especialmente complicada era la de acostarse, no porque no nos apeteciera, sino porque los días de mucho frío nos quedábamos casi tiesos en las literas, con una única manta cuartelera como abrigo, sobre la que echábamos encima la ropa diaria, las toallas y el albornoz con objeto de sobrevivir. Me agarré unos sabañones de aúpa, a pesar de unos guantes de hilo que no abrigaban nada. La llegada de la primavera supuso un alivio considerable en este sentido, aunque ya se sabe que en la meseta, hasta bien entrado mayo, hay que andarse con ojo si uno no quiere acabar como una mojama al menor descuido. La semana santa, que ese año se celebró en abril, fue muy especial, porque por razones que todavía desconozco, mis padres me dijeron que era conveniente que me quedara en el internado, donde en su opinión, reinaba un clima espiritual muy indicado para aquellas fechas. Quizás ese clima especial hacía referencia al hecho que la veintena de chicos que nos quedamos, estuviéramos tres días participando en las procesiones de varios de los pueblos de los alrededores vestidos de penitentes, con capirotes y túnica hasta las sandalias (al parecer varias Hermandades estaban escasas de personal y nosotros disimulábamos su ausencia). Por fin llegó el verano con toda su parafernalia de calor, moscas y chicharras, momento en el que regresé a casa con el primer curso aprobado y con serias dudas internas de si merecía la pena regresar después de la experiencia pasada, y ya con el convencimiento experimental que aquel lugar que yo había idealizado de una manera un tanto inexplicable, no era sino un sitio más en donde tratan de hacer la vida imposible a la gente joven, a la que al parecer hay que adoctrinar para que siga haciendo lo que a los mayores se les antoja. En este caso se trataba de unos extraños señores vestidos de negro y con sotana que se empeñaban no solo en que estudiáramos y fuéramos buenos, sino en imbuirnos unas creencias que sin ser nuevas (la Biblia, la misa, la comunión, el demonio y todas esas cosas), sí adquirían con ellos un valor que en casa solo era parte de un teatro de obligado cumplimiento, pero del que uno podía zafarse sin demasiadas complicaciones. De hecho, en alguna ocasión creí oírle a mi padre decirle a mamá que, después de la experiencia que ambos habían tenido a lo largo de los años, tenía bien claro que de Purísima Concepción, nada.  A pesar de mi exilio voluntario, los meses de verano los pasé en tres lugares diferentes, con lo que quedaba bastante claro que, independientemente de que en casa se me echara de menos, mis padres tampoco tenían ningún reparo en que siguiera viajando. Los primeros quince días de Julio los pasé en casa, después me enviaron a un campamento de falange y para terminar, hasta finales de Agosto a una aldea de Asturias en casa de unos conocidos. El campamento me pareció horroroso, y  de él saque sobre todo en claro que en el Cantábrico puede ser apetecible bañarse cuando aprieta el calor, pero que en cualquier, caso el agua está tan fría que puede disuadirte. El resto del día en aquellos campamentos paramilitares, consistía en una serie de actividades que daban la impresión de ser preparatorias para ir al frente de un momento a otro. Aún recuerdo con congoja los desayunos, un chorro de leche con achicoria sobre un plato de aluminio, acompañado por una rebanada de pan casi tieso con mantequilla (por darle un nombre a aquella pasta blancuzca). También eran reseñables los fuegos de campamento, en los que los chicos salían a entretener a los demás a base de habilidades y canciones que no sé por qué insistían mucho en lo contentos que estábamos y en el porvenir radiante que nos esperaba. La armónica era el instrumento musical por excelencia, algo que tiempo después ignoró la Orquesta sinfónica nacional. (Continuará).