lunes, 28 de abril de 2014

BERNABÉ


Nadie podría decir con certeza quien era Bernabé. Había aparecido por allí apenas hacía un año, y aún no habían podido saber de donde venía. Cada vez que le preguntaban, respondía con evasivas o con datos demasiado imprecisos para ser tenidos como ciertos. Al parecer procedía del Norte y (eso sí se sabía) allí toda la gente es muy reservada, por lo que al poco tiempo dejaron de preguntarle, suponiendo que tal cosa podía llegar a molestarle.

Era un hombre joven y pronto encontró trabajo como repartidor. Se brindaba a llevar cualquier cosa que se le encargase de un lugar para otro, la mayoría de las veces correspondencia y paquetería en general, y otras mensajes en sobre lacrado o incluso secretos que lógicamente para él dejaban de serlo en el mismo momento de serle confiados. De esta manera pronto fue una persona bastante temida en la localidad, pues como es natural estaba al corriente de los secretos más íntimos de muchos de sus habitantes. Vivía en una habitación alquilada de las afueras y no tenía amistades conocidas, por lo que siempre se le veía solo por cualquier parte de la ciudad, yendo de un lado para otro como si en el fondo ni él mismo supiera donde estaba o tratara de encontrar algo infructuosamente. Alguien llegó a sugerir que quizás se trataba simplemente de una persona perdida que ignorase donde se encontraba por más que realizase su trabajo con una meticulosidad impropia de una persona en tales circunstancias. Era posible que aunque fuera incapaz de preguntarlo, estuviese buscando simplemente una salida. En cualquier caso, estaba claro que era un misterio que pronto dejó de preocupar a la gente, ocupada en sus quehaceres cotidianos, y que de hecho a poco que se piense, vive y cree en cosas mucho más extrañas y sorprendentes sin que tal cosa parezca inquietarles en absoluto. Bernabé frecuentaba los bares y establecimientos donde se servían bebidas, en los que normalmente permanecía solo sentado en una mesa en el rincón más apartado desde el que podía contemplarse el resto del local, por lo que daba la impresión de querer mantenerse al margen de la actividad del resto de parroquianos y se limitara a contemplarlos, aunque su mirada, si uno le observaba con cierto detenimiento no denotaba el mínimo interés, como si de hecho estuviera absorto en el horizonte o la superficie de un lago en calma. Bebía solo agua, y cuando poco tiempo después desapareció del lugar de la misma manera que había llegado, sin que nadie supiera como, alguien llegó a afirmar haberle visto trasegar hasta dos litros de una sentada, lo que a una persona normal le hubiera hecho visitar los Servicios de inmediato, lo que no era su caso, pues abandonaba el local tranquilamente con el aspecto de tener todavía la vejiga dispuesta para seguir bebiendo.

Está claro que Bernabé era un ser extraño, que sin embargo dejó una huella profunda en aquella ciudad, hasta el punto que mucho tiempo después se convirtió en alguien muy considerado, de quien se hablaba con respeto y hasta veneración. De hecho, tan cierto es lo anterior que un alcalde y el pleno del consistorio municipal estuvieron de acuerdo en erigirle una estatua como homenaje, en una placita en las inmediaciones de la habitación donde había vivido como realquilado el poco tiempo que vivió allí. En ella se veía a Bernabé (*) con paso decidido, se supone que cumpliendo su cometido como mensajero. En su mano más adelantada por el braceo (era una estatua muy dinámica), llevaba un sobre sin dirección, en el que sin embargo muchos ciudadanos arrodillándose trataban de ver inútilmente si había algo escrito. No pocos, sin embargo, llegaban a afirmar que adoptando cierta postura no tan fácil de lograr y un tanto chusca, podría leerse no sin esfuerzo “K”, el misterioso destinatario de la misma.

 

(*) Bernabé es uno de los personajes de la novela de Franz Kafka “El Castillo”. Es el mensajero que trata de comunicar al protagonista de la misma, el Agrimensor, con el señor del castillo, con resultados poco convincentes.

viernes, 25 de abril de 2014

LOS PARTIDOS POLÍTICOS


De la misma manera que la célula parece ser la base de todos los organismos vivos, los partidos políticos se han convertido en el fundamento organizativo elemental de la democracia, sin los cuales esta sería difícilmente comprensible, y al igual que un átomo no es tal sin la presencia de protones, neutrones y electrones, un sistema como el que aquí tratamos, sería sospechoso de ser otra cosa si aquellos no existieran o se configuraran en un partido único, del que los españoles, por ejemplo, tenemos cierta idea a través del que en su día se llamó Movimiento Nacional. Pero, en fin, cosas más divertidas y menos rigurosas se han visto en su día con los átomos de Demócrito. O las mónadas de Leibniz, por poner un ejemplo más reciente. Los partidos políticos en las llamadas democracias son pues un elemento primordial, a través de los que la voluntad popular se articula para ser representada en un organismo fundamental llamado Congreso, Cortes, Parlamento o lo que usted quiera, sin entrar en más detalles. Se trata, pues, de una democracia en la cual unos individuos representan al colectivo nacional,  y  de forma indirecta llevan su opinión e intereses a las instituciones que dictan las leyes y las hacen cumplir por medio de un Gobierno perteneciente al partido más votado o a una coalición, si tal fuera el caso.. Este sería un resumen sucinto, valga la redundancia, del sistema de organización política de estos países que eligen a sus gobernantes agrupados en partidos, mediante el voto periódico cada equis años. Dicho esto así puede sonar bien, en la medida que estas organizaciones políticas  representen verazmente la voluntad popular, más allá de los defectos de forma o errores inherentes a cualquier tipo de asociación. El ideal sería una representación individualizada, en la que el voto personal no tuviera que verse constreñido por organizaciones intermedias, algo sobre lo que no me voy a detener aquí, pero que al parecer, presentaría dificultades de todo tipo (sobre todo, porque supondría un maremagnum considerable), algo que acepto en principio dado que sobre el tema se han escrito libros de buen tamaño que no me molestaré en discutir. El problema surge cuando estos profesionales, que dicen representar a la voluntad popular, se constituyen como empresas, con sus cuadros directivos, técnicos, empleados y hasta obreros, que principalmente velan de sus propios intereses. Volviendo a la Banca, de la misma manera que hemos visto que no se trata de ninguna institución benéfica, con el sistema de partidos podremos llegar a la conclusión parecida, en el sentido de que tampoco se trata de otra cuya misión fundamental sea traducir la voluntad popular al ámbito del quehacer nacional, sino que bajo esa máscara, oculta su propia necesidad de subsistencia (es decir: la de sus miembros). En algún sitio leí que ya el mismo Aristóteles advertía que la democracia peligraba cuando los políticos ganaban un dinero por ejercer su función, pero claro, yo, al no ser el Estagirita, no me atrevo a tanto, no porque sea más listo sino porque tengo más datos, y llego a la conclusión, de que tampoco se trata de que nuestros representantes (por decir algo) se ganen la vida vendiendo kleenex en los semáforos. Un partido político es pues básicamente, (paralelamente a los bancos), una empresa en la cual unos individuos tratan de ganarse la vida de la mejor manera posible, teniendo en cuenta que cada vez que les votamos les confirmamos en sus puestos de trabajo, aunque ni siquiera les conozcamos. Por otro lado, estas empresas, intentan por todos los medios, como es lógico, sobrevivir, y quienes las integran tratan de formar un grupo fuerte y cohesionado, de tal manera que el apoyo mutuo sea básico para su permanencia, lo que justifica en buena medida su dificultad para organizarse de otra manera (léase listas abiertas, etc). Después de todo algo comprensible, ya que sus integrantes son seres humanos como usted y como yo, que comen y tratan de llevar una vida digna, la mayoría con una familia que vería con malos ojos que no colaborasen a llevar el condumio a casa. Que lo lleven en coche oficial es otro tema que aquí soslayaremos, pero que a quien lea esto le puede dar una pista. Y otra más: listas cerradas. De esta manera podremos intuir con bastante acierto por donde van los tiros. Ya sé que todo esto no deja de ser una simplificación, y que en la realidad las cosas suelen ser más complejas, pero las ideas generales tienen su importancia para orientarnos en unos días en los que no es infrecuente que bastantes políticos gocen de una salud financiera bastante saneada (*), aunque ya se sabe que hay quienes dicen estar sacrificándose por el bien común, algo que después de todo no debería inquietarles, pues ya se sabe lo bien que funciona hoy en día la llamada teoría de la “puerta giratoria”. Por lo tanto, siga usted votando como recomiendan las reglas del sistema en el que estamos inmersos, pues después de todo, quizás con el tiempo y una buena dosis de voluntad, algo podrá cambiar. Mientras tanto, de la misma manera que al entrar en la sucursal de un banco recuerda estar entrando en un comercio, no olvide al votar que no se trata de sus vecinos para constituir una Junta de Comunidad que al año que vienen abandonaran sus cargos, sino por unos individuos que forman parte de un empresa de la que usted está totalmente excluido.
Bancos y partidos políticos son pues dos piezas fundamentales de la democracia, pero algo debe cambiar en ellos, para que los ciudadanos que los mantenemos seamos algo más que unos Tancredos mirando con perplejidad como les toman el pelo.
(*) Y si esto no es así, otra pregunta: ¿por qué los que mandan casi siempre están bien situados antes de acceder al cargo?

jueves, 24 de abril de 2014

LOS BANCOS


Creo que fue San Agustín quien dijo que cuando nadie le preguntaba, tenía bien claro que era el tiempo, pero que cuando alguien lo hacía, no sabía qué responderle. A mí, y tengo la impresión que a mucha gente, nos sucede lo mismo, independientemente de que hayamos tratado de documentarnos con algunos libros de física o psicología, que por lo general, incluso siendo meramente divulgativos, se meten en vericuetos  que una mente no profesional es incapaz de seguir. Pero aquí no quiero hablar de ese tema, al que seguirán dando vueltas los especialistas, mientras los demás (¡y ellos mismos!) seguiremos teniendo la impresión de que a un día le sigue otro y poco más. Pretendo hablar también a un nivel muy básico de dos organizaciones, instituciones o como quiera llamárselas, que se han hecho imprescindibles en la vida de los pueblos avanzados, dicho esto con cierta ironía, como es natural. Se trata de la Banca, o los bancos si se quiere, y los partidos políticos: ambos parecen ser hoy día imprescindibles, Creo que la inmensa mayoría de la gente será de esta opinión, y que no serán demasiados los que pretendan que sigamos guardando el dinero debajo del colchón, ni que llegue al poder un general que nos ponga a todos firmes y a desfilar, y derogue los partidos. Estos, como se sabe, son la base del sistema democrático, y actúan como la correa de transmisión de la opinión popular (la voz del pueblo, dicho sin segundas intenciones). Al parecer tuvo su origen en la Grecia clásica, y sobre ella nos han dejado obras fundamentales los sabios antiguos, por más que ni los esclavos ni las mujeres pudieran votar ni los efebos en sus horas de asueto, a no ser que ya presumieran de tener barba cerrada. Pero empecemos por los bancos, al parecer beneméritas instituciones, de las que los más talludos tendrán un recuerdo agradecido cuando en buena medida eran conocidos en una de sus variantes como “Montes de Piedad”, dedicados, como quien dice, a las obras benéficas y a ayudar al necesitado, como su propio nombre indica. Pero resulta que en la actualidad, y por circunstancias que aquí no voy a extenderme, están en el origen de muchos escándalos y abusos que no voy a ser yo quien especifique (solo hay que recurrir a la hemeroteca y echar un vistazo a la prensa). Esencialmente son entidades lucrativas en las que sus directivos y accionistas obtienen un beneficio en base a los depósitos monetarios que la población deposita en ellos, lo que posibilita créditos, préstamos y una serie de operaciones que pueden redundar en beneficio de los depositantes, de acuerdo con la siguiente regla: a más depósito, más ventajas, a menos, ninguna, e incluso ciertas retenciones. Resumiendo: un negocio. Claro que todo esto visto de tal manera parece coherente sin entrar en más precisiones, pues no se trata aquí de hacer una crítica a la totalidad del sistema capitalista. Hace algún tiempo, sin embargo, leí en alguna parte o vi en la televisión a un economista, afirmando que el común de las personas comete un error garrafal, creyendo que el banco de alguna manera “les está haciendo un favor”, algo así como si al entrar en la sucursal fuéramos a ver al médico. Sacamos nuestro dinero, lo ingresamos, hacemos transacciones o pedimos un crédito con el espíritu humilde de quien casi está pidiendo limosna, como si el propio banco fuera el propietario del dinero, y no solo su depositario, a quien se lo prestamos para, entre otras cosas, haga sus negocios. Vino a recomendar que cuando lo hiciéramos, tuviésemos la conciencia clara de entrar en una tienda, donde lo que van a pretender de forma preferente (¡mira por donde!) es venderte algo y obtener de usted un beneficio. Me quedé pensativo, porque lo cierto es que nunca se me había ocurrido: me voy a comprar unos zapatos pero, como pueda, el propietario de la zapatería me va a colocar dos pares y va a intentar que siempre vaya allí (a ser posible con toda mi familia) y no a la competencia, (que por cierto, en el caso de los bancos, viene a ser lo mismo). ¿Nunca le han ofrecido meterse en un producto puntero cualquiera de los empleados, incluso el cajero? Pues tome nota. Así que ahora cada vez que entro en cualquiera de los locales de esta institución tan arraigada, siempre tengo en mente el consejo del desconocido economista al que una vez leí o vi en alguna parte. De hermanas de la caridad nada. Negociantes que se han hecho imprescindibles y que van a sacar de usted el máximo provecho posible. Esta noción ya sé que no es nada nueva y que muchos, los más avisados (¿avispados?) y los marxistas-leninistas, ya tenían claro hace tiempo, pero quizás no está de más hacer un llamamiento urbi et orbi para que el vulgo no lo olvide, aunque uno no sea Su Santidad el Papa. Visitar un banco viene a resultar lo mismo que ir a la zapatería, pero mucho más caro.
Próxima entrega: los partidos políticos.

jueves, 17 de abril de 2014

HUERTOS


Cuando murió mi padre me llevé un berrinche tremendo. Y la verdad es que no fue por las circunstancias en sí, sino porque de alguna manera yo apreciaba a aquel hijo de puta, y el saber que ya no volvería a verle me causó una conmoción de tal calibre, que a pocas más me voy yo después. La verdad que no me importó que Remigio le hubiera abierto la cabeza con una azada, aquello después de todo, con lo que yo sabía, me pareció hasta normal, y lo que todavía me asombra es que no sucediera antes. El pobre Remigio, al que le cayó una buena que no se merecía, es mi hermano mayor, una persona bondadosa y algo retrasada que desde los diez años solo vivió para ayudar a papá en su trabajo en el campo. Era su ayudante, aunque creo que se puede decir con todo rigor que era su esclavo personal, y de hecho a partir de cierto momento, el que llevaba la mayor parte de la carga del trabajo. De mí, mi padre nunca echó mano, decía que tenía maneras y andares de señorita, y que como me iba a sacar al sol con mi piel tan blanca. Algo bastante cierto sobre todo en comparación con la suya que con el tiempo que había pasado a la intemperie parecía un cartón requemado. Yo desde bien pequeño aprendí a odiarle en silencio, sobre todo porque lo que hacía con mi hermano no era muy diferente de lo que hacía con mi madre. Llegaba a casa tras la faena, no abría la boca o soltaba una burrada, y de inmediato quería lo que fuera menester pero enseguida. Mamá la pobre no decía nada y actuaba como un autómata, le tenía un miedo cerval y no creo que nunca se le ocurriese salir de aquel infierno. ¿Adonde podía ir siendo huérfana y con un hermano que vivía en un pueblo de al lado y que era si cabe más burro que mi padre? Yo pude librarme cuando con el tiempo, después de la escuela pude ir a estudiar el bachillerato a Llanes, adonde me llevaba un autobús todos los días. Cenábamos juntos y aún recuerdo con una mezcla de ira y vergüenza cuando me preguntaba “qué tal llevaba los estudios la señorita”. Se refería a mí, claro está. Mamá en esos momentos me lanzaba una mirada de complicidad pero aterrorizada, incapaz de contestarle nada, aunque en alguna ocasión me ponía una mano en la rodilla por debajo de la mesa para que entendiera que estaba conmigo. Lo increíble, a pesar de todo, es que yo en mi fuero interno admiraba a aquel bicho. De alguna manera se había convertido para mí el arquetipo del hombre de verdad, y a veces me quedaba mirando con asombro sus manos enormes, asarmentadas y huesudas, que a veces pensé que podían acabar con nosotros tres. El último año del bachillerato me alojé en la casa de una pariente lejana de mi padre, a la que además tenía que oírle como le ponderaba, afirmando que hombres como él era lo que necesitaba España. Afortunadamente cuando por fin me decidí a hacer una carrera en la universidad de Oviedo, la distancia hizo que todo adquiriese un tinte diferente, aunque de vez en cuando me deprimía pensando en mamá y Remigio, encerrados con aquel ogro que les martirizaba. Al cabo de los años me convertí en ingeniero de caminos, algo que cuando lo pensaba, me parecía lo más cercano a un milagro teniendo en cuenta de donde venía. Durante mis años de carrera intenté verles siempre que pude, desde luego para ver a mamá y mi hermano, pues a mi padre aún le temía, teniendo en cuenta que no parecía valorar lo que yo estaba haciendo e intentaba vejarme siempre que podía, diciéndome que lo que se necesitaban eran más callos en las manos y menos ingenieros. Estoy seguro que el pobre desgraciado en vez de alegrarse de que un hijo suyo pudiera hacer una carrera, le humillaba y se sentía todavía más miserable de lo que en era en el fondo. Con el tiempo, mi hermano Remigio empezó a tener síntomas preocupantes. Tartamudeaba, prácticamente no habría la boca y empezó a decir algunas cosas sin sentido o a hablar solo. Yo trataba de relacionarme con él para hacer su vida menos dura, pero en un momento dado me di cuenta que era inútil y que se iba deslizando por el camino de la demencia a pasos agigantados. Sus ojos se volvieron totalmente inexpresivos como si algo en su interior se hubiera paralizado, lo que hacía que mamá le pasara la mano por la cabeza con frecuencia y mi padre, por el contrario, le increpara diciéndole que si alguien estaba realmente mal era él, al que le dolía todo el cuerpo de tantos años rompiéndose las costillas con las vacas, el huerto y la siega. Ya todo pasó, mamá la pobre murió como vivió, sin enterarse mínimamente en que consiste la felicidad, algo que posiblemente ni siquiera llegó a pensar que pudiera existir. A Remigio acabaron soltándole y le encerraron en un manicomio cuando se dieron cuenta que era oligofrénico y no se cuentas cosas más. Algunas tarde cuando con mi mujer y mis hijos reunidos en el salón de casa, miro hacia atrás se me pone un nudo en la garganta y tengo que hacer un esfuerzo inhumano para no llorar desconsoladamente. Algo en mi interior me recuerda un pasado que parece no pertenecerme, y recuerdo con un amor desgarrador a papá, a mi pobre mamá y a mi querido hermano, como los personajes de una tragedia griega, a la que a pesar de todo yo también pertenezco.

 

martes, 15 de abril de 2014

CABEZAS


No habían abierto todavía la piscina al público, pero para mí eso no tenía importancia ya que el equipo de socorristas debíamos probar su estado antes de la fecha señalada para la apertura. No solo se trataba de verificar la salubridad del agua, sino a lo largo del día también su temperatura, porcentaje de cloro y algunos factores más que no vienen a cuento. Éramos ocho profesionales (por decir algo), que debíamos relevarnos desde las diez de la mañana hasta las ocho de la tarde. Cuatro chicos y cuatro chicas que tendríamos que atender a dos piscinas. Una grande para adultos, y otra más pequeña y menos profunda para niños menores de diez años y personas que no supieran nadar. Durante la semana anterior a la apertura (esta se prolongaba tres meses completos desde principios de Junio hasta el último día de Agosto), los socorristas dirigidos por un técnico del Ayuntamiento debíamos lanzarnos al agua cada media hora y hacer unos largos para verificar que todo estaba en orden, comprobando incluso el fondo de la piscina, las paredes y los desagües para estar seguros de que no se adhería moho o partículas que pudieran influir negativamente en la salud de los bañistas pocos días después, pero que en mi opinión para lo único que servía era para conocernos y tenernos controlados. A mí me tocó la piscina grande, y aunque sabía bucear, los veinticinco metros que se nos exigían me costaban mucho trabajo. A decir verdad me resultaba casi imposible. Para lograrlo me propulsaba dando una fuerte patada contra la pared a la salida, pero poco antes de media piscina tenía la sensación de que mi cabeza se inflaba como un globo y tendía a salir como si se tratara de una boya. Seguramente solo se debía a una cuestión de poco volumen pulmonar, pero por alguna razón que no llego a comprender, mi cerebro me lo presentaba como si se tratara estrictamente de un problema de flotabilidad. Soy una persona extremadamente delgada que siempre se ha sentido acomplejada por un tamaño de la cabeza fuera de lo normal. Posiblemente mi incapacidad en esos momentos era debida a un complejo forjado desde pequeño, cuando ya en el colegio se reían de su desmesura. Pedí el traslado a la pequeña inútilmente, pues se había actuado por riguroso sorteo, por lo que me encontré con un problema irresoluble dada la ausencia de voluntarios para intercambiar el puesto. Las razones que se aducían para efectuar esta prueba era la suposición que arrastrar el cuerpo de un sumergido desde el fondo equivalía a bucear la distancia exigida, y no me sirvió de nada alegar que no es lo mismo hacerlo con un niño de doce kilos que con un adulto de noventa, pues el encargado mantenía que no podía uno pararse con esos pormenores (de hecho, dijo “estupideces”). De todas maneras, en Septiembre necesitaba el dinero y no estaba dispuesto a rendirme, por lo desde los primeros ideas traté de idear algunos trucos que me fueran útiles para la tarea de la que se trataba sin que ello pudiera costarme la vida. Lo primero que se me ocurrió, dadas mis dificultades, fue argumentar la necesidad de un supervisor de socorristas, puesto para el que yo me creía idóneo, siendo un experto en marketing y control de grupos, a lo que el encargado me respondió que esa posibilidad podría tener algún viso de llevarse a la práctica siempre que él abandonara su puesto, algo que no pensaba hacer en absoluto, dado que sus hijos solían comer todos los días y no era cuestión de ponerles a prueba. A continuación, siempre en un tono conciliador, propuse que dada la flotabilidad notable de mi cráneo y todo lo que este incluye dentro de la cabeza, quizás podía experimentarse conmigo como ojeador, es decir, actuar en las cercanías de la corchera central cada equis tiempo con objeto de verificar subrepticiamente si todos los bañistas cumplían las normas higiénicas en vigor en tales establecimientos, uso del gorro en función de la longitud del cabello, ausencia de micciones, política de movimientos dentro del agua (manoteos, aguadillas o buceos indebidos), etc. El encargado me dijo que lo estudiaría aunque él mismo desde el exterior creía que podía llevar a cabo tales cometidos sin mayores dificultades, y que en todo caso los puestos de socorristas no se habían previsto para tales fines en exclusiva. Hacia final de la semana ya no se me ocurrían nuevas actividades donde poderme emplear con una eficacia que tuviera algún sentido dentro de aquel marco, pero finalmente se me ocurrió que quizás no estaría de más contar entre nosotros a uno, y esa sería mi función, que actuara tratando de llevar a los bañistas un estado mental acorde con las necesidades natatorias que la piscina les iba a exigir, y en ese sentido me ofrecí como profesor de yoga para antes y después de la zambullida para aquellos grupos que se ofrecieran voluntarios dado su nivel de estrés. En cuanto a los niños, pensaba y así quería hacerlo constar en mi exposición, que mi papel podía ser decisivo para tranquilizar los ánimos antes de meterse en el agua y  antes de la comida, a la que llegarían mucho más relajados, con sensaciones positivas y sin duda con apetito. Para ello mi papel como cuentacuentos podía ser de mucha ayuda, y esperaba que tal experiencia serviría en el futuro y acabaría siendo obligatorio en las piscinas municipales. El coordinador dijo que se lo pensaría y me daría la respuesta el mismo día de la inauguración en el preciso momento de abrir las puertas al público. Acudí, pues, en la fecha fijada, habiéndome preparada concienzudamente el día anterior a base de asanas de hatha yoga, y repasando los cuentos infantiles más habituales, a los que yo añadiría alguna que otra situación sorprendente y no esperada por la chiquillería, que hiciera la situación más divertida. Desgraciadamente los acontecimientos transcurrieron de forma bastante diferente, y cuando intenté acceder a las instalaciones para llevar a cabo mi cometido, el sorprendido fui yo mismo al ser interceptado por unos tipos de casi dos metros de altura, y cuyas camisetas ceñidas hacían evidente que eran habituales del gimnasio. En cualquier caso, debo reprocharles su falta de educación, pues cogiéndome por los codos me llevaron en volandas hasta un descampado próximo, donde me aseguraron que como volviera a acercarme por allí mi cabeza iba a sufrir las consecuencias, “Y tú sabes demasiado bien que tratándose de ella lo tenemos bastante fácil”, fueron sus últimas palabras.

viernes, 11 de abril de 2014

DIAGNÓSTICOS


-Finalmente el psiquiatra me dice que tengo un mal diagnóstico. No se trata de un tumor ni nada parecido, pero para él es evidente que no soy “como debiera”. Me quedo un tanto perplejo porque tengo la impresión que tal enfermedad no está recogida entre las diagnosticadas por la Organización Mundial de la Salud, pero le tengo mucho respeto y me callo. Se hace entre nosotros un silencio significativo, en el que supongo que Luis espera que yo le diga algo al respecto, pero por mi parte espero lo mismo, es decir, que aclare un poco más el concepto. Cuando han pasado varios minutos sin que ninguno de los dos abra la boca, se levanta y empieza a pasear a lo largo de la habitación dando vueltas alrededor del diván donde estoy tumbado murmurando algo entre dientes que no llego a comprender, hasta que finalmente se dirige francamente a mí y me espeta ¿y usted qué opina? Me incorporo, me siento y enciendo de inmediato una pipa de tabaco holandés, que por lo que hemos hablado en otras ocasiones sé que le desquicia, tratando de que interprete mi actitud como una metáfora fácilmente comprensible. No es así, y de nuevo se pone a pasear, esta vez más rápidamente y dando señales de una agitación que no sé cuanto tiempo será capaz de controlar sin pasar a mayores. Finalmente, creo que sus honorarios son lo suficientemente elevados para no interrumpir estentóreamente la sesión y dar por finiquitada la terapia. Una vez tumbado de nuevo en el sofá, me incorporo ligeramente y le digo “mira, Luis…”, pero no me da tiempo a continuar y exclama mirándome fijamente a los ojos “dime, cariño…”.

 

-Luis me pide finalmente que le deje tumbarse en el diván y que sea yo quien dirija la sesión. Se trata de un nuevo tipo de terapia en el cual cada cual asume el rol del otro, lo que al menos en teoría, puede servir para que uno sea más consciente de la situación del otro. Una vez tumbado, Luis (es decir, yo) me dice que no aguanta más, que su situación es insostenible y que finalmente lo único que se le ocurre es asesinar a su mujer y dar así por terminado su suplicio. Le digo, aceptando mi nuevo papel (es decir, el de Luis), que es posible que esa sea una solución, siempre y cuando esté dispuesto a aceptar una condena mínima de veinte años de cárcel. Él no parece muy convencido, y argumenta que quizás caben otras posibilidades como enterrar el cadáver muy lejos del lugar del crimen, de hecho en uno de los antiguos países satélites de la Unión Soviética. Su actitud me parece positiva en la medida que sea capaz de efectuar el traslado sin que cunda la alarma en los pasos fronterizos, aunque debo de hacer constar que eso no suprimirá la culpabilidad que podrá arrastrar el resto de su vida, porque por lo que hasta entonces me había contado su mujer era una buena persona. “Precisamente eso es lo que la hace más detestable. En esta vida es fundamental ser lo suficientemente hijo de puta para que los demás te puedan odiar sin demasiados complejos”. “Pues ya sabes lo que tienes que hacer”, le dije levantándome. “Esa es la solución, y si lo necesitas te alquilo mi coche. Tiene un maletero con las dimensiones adecuadas”, me contestó. Me fui muy contento. La solución me parecía la idónea.

 

 

LÁTIGOS


Creo que la historia se vuelve a repetir. Después de unos meses de calma total, en los que creí que por fin la situación en el vecindario se había normalizado, la tarde de domingo pasado se hizo evidente que de nuevo volvíamos a las andadas. Andrés durante cierto tiempo parecía haber recobrado la serenidad, y no necesitar la intervención de terceros para darle sentido a su vida, y conste que digo esto sin el menor atisbo de pedantería. Simplemente los días parecían sucederse para él sin la necesidad perentoria de nuevas experiencias, y parecía conformarse con las cosas habituales del día a día.  Sin embargo, aún en la medio somnolencia de la siesta de aquel día me alertaron unos ruidos (chasquidos y gemidos), que no tardé mucho en identificar como los de un látigo restallando sobre unas posaderas, lo que con la experiencia de meses, atrás enseguida relacioné con la recaída de mi amigo en el vicio que me hizo intervenir entonces. Me dispuse casi de inmediato a hacerlo de nuevo, incapaz de comprender como alguien puede gozar con el dolor que otro pueda causarle, pero cuando ya me había calzado los zapatos y estaba a punto de salir, me di cuenta de que se había hecho el silencio, y la tarde del domingo había recobrado su monotonía habitual. Esperé aún un buen rato, pero todo siguió igual, por lo que finalmente decidí quedarme en casa, a la expectativa de lo que pudiera suceder, pues era consciente de que los vicios, una vez que se han establecido, no son fáciles de erradicar. Me quedé, pues, en el sofá viendo unos documentales sobre la naturaleza en una de las emisoras de canal Plus. En uno de ellos un famoso cosmólogo afirmaba que no solo existe nuestro universo sino que pueden existir millones de otros iguales o parecidos, aunque sea algo que aún está por demostrar a pesar de los indicios que en ese sentido ofrecen las matemáticas. En otro canal, que veía alternando con el anterior, se veía de nuevo la migración de los ñus y las cebras por el Serenguetti hasta llegar al río Mara, donde los cocodrilos se comían a una buena cantidad, lo que al parecer venía bien al equilibrio ecológico de dichas especies. En este sentido tengo la impresión de haberse prescindido de la opinión de los rumiantes, que quizás podrían aportar nuevos puntos de vista sobre la supervivencia de las especies. Si he de ser sincero, esperé casi hasta la media noche para ver si se repetían los embates de media tarde en el chalet vecino, pero puedo asegurar que no pude oír la mínima señal en ese sentido, como si los participantes hubieran llegado a un pacto, optado por tácticas más discretas o se hubieran enfrascado en lecturas o quehaceres que les impedían cualquier otra actividad. Quizás fue el sosiego de aquellos momentos en los que finalmente pude dormirme, lo que hizo más llamativo el rifirrafe que se organizó ya cerca del amanecer, cuando a las voces y chasquidos procedentes de los vecinos, se añadieron unas voces quejumbrosas,  y yo juraría que incluso los ladridos lastimeros de un cánido, que no podía ser otro que el de Andrés, requerido para labores que cualquiera con un poco de imaginación puede suponer. A pesar de la emoción que me embargó de inmediato, y que tuvo su correlato con la reacción casi inmediata de las zonas de mi anatomía interesadas, pronto el sueño largamente esperado descendió sobre mis párpados hasta bien entrada la mañana, no pudiendo dar fe de lo que sucedió a continuación, aunque al salir de casa para ir al trabajo, una ambulancia del 112 en las proximidades pudo darme una idea de su desarrollo, teniendo en cuenta que las personas inmersas en este tipo de trabajos difícilmente se detienen hasta que llegan las urgencias.

miércoles, 2 de abril de 2014

OFICIOS


Matar no es una buena costumbre, y en mi opinión, jugar al tenis, hacer jogging o acudir al gimnasio en días alternos serían hábitos mucho más saludables. Y, desde luego, muchos otros en los que el cuerpo no se vea tan implicado. Claro que en el caso que nos ocupa, el implicado es fundamentalmente el cuerpo del otro, y a poco que seamos medianamente hábiles, tal hecho no supondría un gran esfuerzo y resultaría adecuado para personas de cierta edad o con  una forma física solo discreta. De todas maneras hay que estar preparado, pues la muerte de los demás en nuestra proximidad puede causarnos desarreglos orgánicos alarmantes. Una taquicardia, un temblor incontrolable o la labilidad de las vísceras internas pueden suponer si no impedimentos, sí alteraciones que deberíamos tener en cuenta por las consecuencias que pueden acarrearnos, incluso llegar a delatarnos sin abrir la boca. Siempre cabe la posibilidad, sin embargo, que usted pretenda ser un criminal de “obra única”, como algunos escritores o músicos, que una vez estrenado su primer concierto o publicado su primer libro, deciden dedicarse a otra cosa. En tal caso estas líneas no van dirigidas a usted. Van dirigidas a aquellos que pretendan hacer de la muerte de los otros una profesión, con la seriedad que tal acepción reviste. Con sus características y matices, desde luego, porque no todo el mundo está dispuesto a aceptar un oficio que pueda suponer graves problemas para uno mismo si la policía es diligente, o la supuesta víctima resulta ser un karateka. Independientemente de eso, y sin considerar las implicaciones de orden moral, sobre las que volveremos más tarde, debe usted tener en cuenta donde, cuando y con qué piensa llevar a cabo el homicidio. Se recomiendan, en principio, los lugares solitarios que no se presten a irrupción de testigos, y que, si surgieran, fueran fruto exclusivo del azar, algo no siempre previsible. Se descartan por lo tanto las zonas concurridas (aunque no las muy concurridas en ciertos casos, ojo) y aquellas en la vecindad de edificios o zonas de paso peatonales, pues no se puede descartar que la víctima se resista o emita señales que alerten a los demás incluso a cierta distancia. Un lugar, por otro lado, apto para un acercamiento discreto, que bien pudiera ser en las proximidades de una esquina o en una zona ajardinada con setos tras los cuales enmascararse hasta el último momento,  de tal manera que el interesado no tenga tiempo material para ponerse a salvo. Dicho esto, y teniendo en cuenta lo expuesto más arriba en cuanto a la conveniencia de estar en forma (siempre es posible que la víctima esté dotada de unos reflejos sorprendentes para poner tierra de por medio), debe también considerarse seriamente el hecho de estar uno mismo en sus cabales, es decir, no sufrir  alucinaciones ni tener una demencia senil en fase avanzada, pues la emoción que supone deshacerse de otro, se vería anulada por el olvido, y no merecería la pena gozar de un momento tan sublime si vamos a olvidarlo casi de inmediato. Poco después debemos considerar la forma de llevar a cabo lo que nos hemos propuesto, es decir, el método a emplear, que puede ir desde la utilización de un arma blanca, cuchillo o navaja (a poder ser cabritera), hasta el arma de fuego, preferentemente pistola con silenciador, o en plan más elemental, un objeto contundente como una piedra o similar. Cada uno de ellos tiene sus ventajas e inconvenientes, y desde luego, su encanto De las primeras cabe decir que proporcionan la emoción más intensa, pues a poco que no se sea muy preciso, la sangre surge a borbotones, literalmente brota, y produce una alegría parecida al hallazgo de un manantial en pleno desierto, aunque con el inconveniente, eso sí, de poder marcharnos estrepitosamente y ser objeto de la atención de los demás poco después, por lo que se recomienda el delantal o el impermeable encarecidamente. El arma de fuego puede ser lo más socorrido cuando se busca la seguridad y la desimplicación que supone cierta distancia. La piedra, garrote u objeto contundente presenta sus pros y sus contras. En este caso, podemos señalar la intensa implicación personal y la proximidad a la víctima, que normalmente requerirá más de un golpe para pasar a mejor vida, a lo que hay que añadir la satisfacción que puede producir el ruido que suele acompañar a tamaña desmesura, algo para lo que habrá que estar precavido para no dar marcha atrás y continuar hasta que sea suficiente. No es de buena educación ni muy profesional dejar la faena a medias, pues la seguridad Social deberá hacerse cargo del malherido con los gastos que tal hecho trae aparejados para el contribuyente: es preciso rematar. Las losetas de las aceras suelen ser un argumento contundente, siendo fáciles de obtener en cualquier sitio, sobre todo en las zonas con poco tránsito donde acaban desprendiéndose pronto por falta de mantenimiento. Una forma más elaborada, pero más difícil de conseguir, en la medida que debe tener en cuenta la voluntad del accidentado para transitar por lugares indebidos, es la caída desde cierta altura, ya sea en una zanja debida a las incesantes obras municipales, o algunos barrancos tan frecuentes en ciertos suburbios. En cualquier caso, sería de buena ley, y denotaría un corazón generoso, que aquellos que estén dispuestos a seguir adelante con lo que aquí se detalla, que tengan en cuenta que, después de todo, la víctima es un ser humano como otro cualquiera, y consideren la posibilidad de tranquilizarla en sus últimos momentos. Unas buenas palabras al oído con el recuerdo de sus seres más queridos cuando ya esté en el suelo podrían reconfortarla, o en todo caso, sugerirle en tan duro trance que se acuerde de aquellos bellos días de su juventud en los que estuvo tan enamorado. Aquellos días, Dios mío, de “esplendor en la hierba”, que dijo Woodsworth. De todas maneras, para no rajarse una vez tomada la decisión de convertirse en un asesino profesional, recordar que la policía puede pronto andar tras sus pasos, y que es posible que tales carnicerías, sean finalmente castigadas con la pena capital o la cárcel de por vida, lo que redundará en su bien y aliviará la culpabilidad que arrastramos desde Caín. Considerar finalmente, antes de dedicarse en cuerpo y alma a tal oficio, que no conviene dejar víctimas ajenas al hecho en sí mismo, dígase viuda o huérfanos, pues en tal caso, sería aconsejable que, una vez puestos a la labor, haya que terminar con toda la familia.