domingo, 17 de mayo de 2020

RASCACIELOS

Anduvieron por Nueva York como si se tratara de una ciudad cualquiera. Habían decidido que era absurdo considerarla con unos criterios diferentes, y que la única forma de valorarla en su justa medida, era verla con la misma mirada con la que uno contempla una capital de provincia en Castilla-León, por ejemplo. En ese sentido, estuvieron de inmediato de acuerdo en que su gigantismo les retrotraía a visitas ya perdidas en el tiempo, como cuando se quedaron anonadados contemplando las pirámides de Gizah o las esculturas gigantes de Karnak. A Ismael tal desproporción no le agradaba, y le producía casi de inmediato un fenomenal dolor de cabeza con palpitaciones, como si aquellos gigantescos edificios se le hubieran metido en la cabeza, y desde adentro pugnaran por salir haciendo fuerza sobre el cráneo. Era absurdo, y se cuidaba mucho de darle tales detalles a Ingrid, porque creía que iba a pensar que estaba mal de la cabeza. A ella, sin embargo, que era una mujer imponente de casi dos metros de altura, la situación era la contraria, tenía complejo de gigante, lo que no distaba mucho de la realidad, y verse minúscula entre aquellos enormes armatostes de acero y hormigón, la devolvían a una proporción mas adecuada, lo que la reconfortaba mucho, y hacía que se pasara el rato extasiada y sonriente en su recién adquirido reino interior de Liliput.
Tenían pues aquí un desacuerdo básico, que sin embargo no se comunicaban, por lo que ambos se veían forzados a aceptar el punto de vista del otro con pequeñas matizaciones, lo que llevaba a Ismael a minimizar su dolor de cabeza, y a Ingrid a contener su euforia. Ismael no podía evitar comparar aquellos monstruos con los edificios de su ciudad natal, Valladolid, e incluso con algunas de las torres más altas de Madrid donde ahora vivía. Se decía que era absurdo, pero en relación al Empire State, la torre de la Plaza de España le parecía una construcción familiar, casi íntima, a la que evocaba con nostalgia al pasear por la Quinta Avenida, aunque desde luego no se lo dijera a Ingrid. Para ella, que también era de la noble ciudad castellana, verse literalmente sepultada bajo aquellas inmensidad de acero y cristal, la devolvía a su primera adolescencia, donde aún era una chica dentro de los cánones habituales, y paseaba por el paseo de Zorrilla y el Campo Grande, con el reconfortante convencimiento de ser semejante en todos los aspectos a sus amigas de entonces. Contemplaba a los pavos reales y las grullas del parque, con la satisfacción de compartir el mismo mundo, algo que se truncó poco después, cuando al dar el estirón definitivo hacia los diecisiete años, todas las aves del lugar se convirtieron para ella en gallinas. Suponía para sus adentros que su estatura se la debía a su madre, que siendo la típica mujer española más bien bajita, deseó que su hija no heredada sus reducidas dimensiones, para lo cual le puso de nombre Ingrid, pensando que por una especie de milagro, la estatura de las vikingas se hiciera realidad en el cuerpo de su hija, algo que sucedió con creces cuando ya empezaba a perder la esperanza.
Para más INRI, se enamoró de Ismael, un hombre pequeño, con lo que su sensación de gigantismo se hizo todavía más evidente, algo que sin decírselo le reprochaba, obligándole a
llevar zapatos o botines de doble alzada. Existía pues en la pareja una asimetría evidente, aunque ambos optaran por mantenerla oculta, enmascarándola con buenas maneras, a pesar de provocar en algunas ocasiones cierta hilaridad en los más íntimos, que sin embargo trataban de que no fuera evidente, teniendo en cuenta que su diferencia provocaba algo más que una sonrisa, y no era cuestión de reírse delante de ellos a carcajadas. En Nueva York, debido a los rascacielos y la diferente impresión que causaban en los dos, supieron que se dilucidaba algo definitivo, y que en adelante nada sería igual. Como en otras ocasiones, sabían que tenían que recurrir a algún tipo de estrategia que al menos les reconciliara hasta su vuelta a territorio nacional, y dado que ninguno estaba muy dotado para la oratoria ni las sutilezas semánticas, decidieron recurrir a lo que sus cuerpos quisieran expresar para convencer al otro de que a pesar de todo, su matrimonio merecía la pena.
En el dormitorio de un hotel en el piso cuarenta y ocho, se sometieron a una terapia sensual intensiva, que fue desde la embriaguez de los palillos de incienso y la música oriental, pasando por masajes balsámicos y el estímulo moderado del Moët Chandon, hasta los rituales eróticos inclusivos de posiciones aventajadas del Kama Sutra y artilugios estimulantes y sofisticados, sin descuidar ejercicios gimnásticos que, para sonrojo de Ismael, no dejaba de incluir lo que ella llamaba no sin cierto sarcasmo el botijo. Los resultados no se hicieron esperar, y concluidas con eficacia las aproximaciones nocturnas durante toda la semana en pleno corazón de la city, el regreso al solar patrio supuso para la pareja la tranquilidad de lo ya conocido, aunque con ello volvieran las disensiones internas debidas a la distinta percepción que cada uno de ellos tenía de su lugar en el mundo, algo que sin embargo superaron paseando algunos atardeceres por el parque del Oeste, donde el horizonte difícilmente podría brindarles las alturas de Manhattan.

RUTINAS

Me despierto hacia las ocho. Sensación de estar relajado y haber dormido bien. Recuerdo vagamente un sueño, pero no logro concretarlo. Después de la primera sensación de relajamiento, me invade otra de sopor y cansancio. Hago un esfuerzo y me visto. No tiene sentido volver a la cama. Hacia las diez llamo al psiquiatra, que me responde serio y dando la sensación de sentirse molesto, que en esos momentos no puede atenderme porque está ocupado. Le pregunto si le puedo ver mañana, y me dice que me tome valium y espere a la sesión del día que me toca, el jueves. Siempre me dice lo mismo: no debo dejarme vencer por la angustia. Pero no se como, a no ser, efectivamente, con los tranquilizantes. Salgo al bar de la esquina y me tomo un café y un churro. Soy incapaz de tomar algo más, y el churro ya me ha supuesto un esfuerzo. Vuelvo a subir a casa. Llamo a X y le pido que venga, que me siento mal. Siempre le digo lo mismo y siempre viene. Cinco minutos después le vuelvo a llamar y le digo que me encuentro mejor y que voy a intentar pasar el trago solo. Me dice que no le importa, que ya estaba preparada, le digo que no, y como se pone pesada, le cuelgo. Soy injusto, pero no puedo soportar sentirme como un enfermo o un crío desvalido.
Al rato me llama y le digo que de verdad estoy mejor, y para que se lo crea le cuento un chiste, se ríe, pero me conoce lo suficiente para saber que es mentira y que no estoy bien. De todas maneras se lo agradezco. Paseo por casa, no sé que hacer, echo un vistazo a lomos de los libros de la habitación del fondo, son casi todos de medicina, sobre todo de psiquiatría, donde con frecuencia trato de buscar mis síntomas o las cosas que pienso para ver si tengo remedio. Ya no me dicen nada nuevo, se han convertido en una rutina en los momentos de mayor agobio. El valium y medio que tomé empieza a hacerme efecto, soy casi un drogadicto. No, soy un auténtico drogadicto, no podría vivir sin él. Mientras pienso esto, me peso: 75 kilos, no está mal, casi no he adelgazado y eso me reconforta, es como un baremo que me dice que lo mío no es tan grave, sobre todo teniendo en cuenta que como poco. Además no quiero que los demás se den cuenta de que ando así. Me echo un momento en la cama.
Trato de pensar algo, pero soy incapaz, solo veo el techo encima de mí, me fijo en la estructura de la pintura al gotelé y no recuerdo cuando fue la última vez que pinté la casa. Me gusta el gotelé, me parece el único detalle artístico en mi habitación,
desprovista de cualquier otra cosa que no sean revistas y libros viejos, por cierto bastante desordenados. Tengo que hacer algo, y aunque un tanto somnoliento hago un esfuerzo y me levanto. Voy al salón y miro hacia la calle a través del ventanal, desde dentro se percibe el frío y se nota una ligera brisa que mueve la copa de los árboles cerca de casa. Hay un pino, pero no tengo ni idea del nombre de los demás. Tengo que enterarme, toda la vida ahí y soy incapaz de decir a que especie pertenecen. También hay algunos arbustos y a lo lejos un ciprés, ese es demasiado especial para no conocerlo. Lógicamente casi de inmediato me acuerdo del monasterio Silos y su famoso árbol y de J.M. Gironella, un escritor catalán que rememoró la Segunda República y la guerra civil en tres libros que acabaron teniendo mucho éxito, el primero de ellos “Los cipreses creen en Dios”(*).
Acabo sentándome en el sofá y me quedo un rato mirando hacia adelante por encima del televisor, y poco después sacudo la cabeza tratando de volver a la realidad. Pero no sé qué significa para mí verdaderamente la realidad. La realidad que vivo no me gusta, pero no sé vivir otra. Me siento triste, aunque no exactamente triste, sino algo que debe andar entre la depresión y la tristeza. Más que depresión yo diría que melancolía. Me gusta ese nombre terrible, quizás porque se lee con frecuencia en la literatura romántica. Pienso en Machado y recuerdo en alta voz “melancolía de lluvia tras los cristales”. Oigo mi propia voz resonando y perdiéndose pasillo adelante.
Me decido a poner música. No quiero una música que me saque de este estado. Al contrario, quiero una música que ahonde en él, que lo traiga a la superficie. Una música que me ponga en contacto con lo que rechazo pero que sé que está ahí adentro, siempre a la espera. Por fin pongo la obertura de Las Hébridas de Félix Mendelssohn., La cueva de Fingal. Es profunda, imponente, desgarradora, impetuosa. El mar batiendo sordamente contra los acantilados. Soy yo, me digo.
Por fin puedo llorar.

(*) Pude acordarme de “La sombre del ciprés es alargada” Miguel Delibes pero no se me ocurrió. Debe ser porque detesto la caza.

sábado, 4 de abril de 2020

CENÉFORAS (DENEGACIÓN DEL COVID-19)


Las cenéforas se fingen elegantes quizás porque no saben que la laxitud no necesita de onomatopeyas. Creen y así lo afirman,  que el hecho  de ser simplemente esdrújulas les otorga cualidades que niega a otros su condición de no-cenéforas. Y posiblemente ahí resida la importancia de la disimilitud, esa característica, por mínima que sea , que establece más que puentes o  vados, abismos intransitables, en los que ni siquiera sería eficaz un aerostato o  un zeppelín, pues la diferencia de presión origina en altura vórtices tormentosos que dificultan la navegación aérea. Ni serían posibles, aunque nos pusiéramos a ello,  transiciones exclusivamente mentales, pues un muro de cristal se alza mediado el cauce alcanzando altitudes inverosímiles y denegadoras. Pero si dura es la hazaña que debe ser realizada, más dura será aún la abdicación del deseo, que no sabe de impedimentos y que apenas sobrevive a negaciones por evidentes y razonables que nos parezcan. Surge en ese momento la canoa o  el bote de remos como alternativa,  aunque sea a  un nivel estrictamente a ras de suelo, pues el ímpetu de la corriente solo admite traslaciones en longitud y no al bies ni en anchura. Llegados aquí, podemos vernos tentados a dejarlo caer, y admitir que hay empresas que más vale descartar al poco de registradas, pero nos equivocaríamos, porque el solipsismo como la masturbación inveterada, solo incide en afluentes de sí mismo, devanándose en remolinos de difícil desistimiento. Téngase en cuenta que el centro del planeta mantiene temperaturas muy superiores a la media en el Ecuador, lo que haría que a poco que el agua penetre se transforme en geisers, fumarolas que apenas levantadas sobre la superficie caerían con un estruendo que solo las derrotas admiten. Llegados pues a impasses y culs de sacs de difícil resolución,  no tendremos otro remedio que inventarnos nuevas dimensiones dónde, por ejemplo,  los cuerpos sólidos sean perfectamente vulnerables al tránsito. Hagamos caso pues de trigonometrías futuras,  pero que mentes enfebrecidas serían capaces de crear a base de jengibre y, al parecer, de ajonjolí, por raro que pueda parecer al no experimentado. Pues de eso se trata, evolucionar no se limita a  utilizar el pico como los pinzones de las Galápagos en relación al medio ambiente para la supervivencia del más apto, sino hacerlo en función de fantasías que pueden acecharnos en cualquier momento o a ideaciones apenas al alcance de los bonobos. Henos pues en una situación difícil que, si se me permite divagar, las acota, pues la eficacia nunca ha sido cuestión de peroratas ni de sortilegios que, como los espejismos, siendo algo concreto, se disuelven cuando ya los labios creían subsumirse en la engañosa charca. Puro légamo en ese momento, arena casi incandescente que desdice ensoñaciones hechas para sobrevivir, o  como mucho para hacer poesía. Esa es la verdad, y debiéramos aceptar lo que nos alcanza como una flecha llegada de no se  sabe dónde,  pues no he visto el carcaj que la contuvo, ni el curare abunda en esta región olvidada de la mano de Dios, si es que tal existe. Pero persiste el problema: el otro lado está ahí, pues mis ojos, hechos para horizontes precisos aunque atacados de presbicia,  nunca me engañan, ni me engañan mis manos tendidas cerca de la otra orilla que me llama, no sé si Sirenas, Circe, Scilla o  Caribdis. Infiernos y paraísos revueltos en un sinfín de circunvoluciones que nos acosan desde ubicaciones que escapan a la estricta geografía. Árboles aún no talados que se recortan sobre un cielo vespertino,  cuando creíamos que toda vegetación es poca y que pocos son los minerales que valgan la pena, hechos como norma de calcitas de escasa consistencia y de pechblenda, que nada tienen de auríferos. Ese afán de ir más allá de lo fácilmente imaginable a poco que nos decidamos a pensar lo que hoy por hoy nos parece inaccesible. Pero lo inaccesible como lo incomprensible también llega: los tábanos existen.

viernes, 21 de febrero de 2020

METAMORPHOS


Pobre Pepito ó Paquito, aunque en este caso Gregorio, que para de lo que se trata aquí viene a ser lo mismo, dada la supuesta identificación entre autor y personaje. Pues resulta que días atrás, después de un proceso no explicado en absoluto,(cuando podía haber sido interesante para anatomistas y neurofisiólogos),el pobrecillo, tras una noche agitada (ese debe ser el quid de su transformación),se despertó convertido en un horrible insecto, algo que el mismo juzgó de esta manera al ver sobre la cama su vientre hinchado cruzado por estrías y unas patitas juguetonas, que todos conocemos bien de cuando niños les dábamos la vuelta cualquiera de ellos, para disfrutar un rato viendo su desesperación y como las  movían frenéticamente para recuperar su posición habitual. Y bien, P permaneció así largo rato sometiéndose a un proceso intensivo de autocompasión y extrañamiento (además de un acendrado sentido del deber), ambos excesivamente elaborados para tener lugar en el cerebro de un insecto, quitinoso  o no. Porque ese es el asunto, todo él se ha convertido en bicho, pero no su cerebro, que le sigue funcionando  a la perfección, y con él  es capaz de evaluar su situación hasta límites difíciles de imaginar en un animal de tales características, e incluso en un homo sapiens en su sano juicio. Era por lo tanto no sólo un “horrible insecto”, sino un  “horrible insecto con un cerebro de ser humano perturbado”. Además , cabría añadir que dado que el volumen medio del ente pensante ocupa aproximadamente unos 1.300 centímetros cúbicos, podríamos todavía definirlo como un” horrible insecto cabezón con un cerebro humano perturbado”. Ese sería un comienzo más ajustado a la realidad, que sin embargo el otro Paquito ó Pepito(de hecho, Gregorio), nos quiso hurtar por necesidades del guión de su relato. Pero no hubiera estado mal, pues hubiera añadido a la metáfora zoomórfica del cuento, el intríngulis de las circunvalaciones cerebrales de quien esto escribe, y de usted mismo. Paco, sin embargo, a lo largo de su obra insistió en su querencia por los animales desagradables o las situaciones ominosas con las que al parecer se identificaba: topos, buitres, presos, condenados, ayunadores, procesados sin culpa, extraviados, etc….Sin duda la elección no era fortuita y él mismo, de alguna manera, se identificaba con los personajes de sus relatos, una forma de considerarse a sí mismo una víctima a la que el mundo abruma y castiga. Ya se sabe, la imagen del padre cruel y todopoderoso que al parecer sufrió durante gran parte de su vida, y que sin embargo, y paradójicamente, llevó tan bien a los papeles que sin valerle un Nobel, más apto para escritores menos sufridores, le sirvió para pasar a la historia de la literatura como uno de los mas grandes escritores del siglo veinte y de toda la historia de la literatura universal. Si la culpa y el pecado no son muy apreciados en la vida corriente, debidamente tratados  por escrito, son un filón inagotable de éxito, y que conste que con esto no quiero decir que lo bueno sea la identificación con seres  crueles y terribles que han jalonado la historia de la humanidad, desde mucho antes de Genghis-Khan hasta nuestros días. Imagina que los personajes del escritor de Praga, (ya sabes de quien se trata), fueran seres poderosos :leones, tigres, elefantes, rinocerontes, búfalos, etc…¿qué hubiera pasado si en lugar de un abominable insecto del tamaño de una persona, Gregorio se hubiera despertado percibiéndose como uno de ellos o como un tigre de Bengala hambriento?. Pues que toda la leyenda de Paquito se hubiera venido abajo: Por mal que tu padre te trate, no es fácilmente admisible que te lo comas, y es preferible, como en el cuento, que incluso tu madre te trate a escobazos y te mueras de pena. No obstante se admiten otras opiniones: faltaría más.

ALQUITRANES


Las transacciones no se hacen de cualquier manera, no al menos en la opinión de los que se levantan, bajan y hablan la verdad aunque el cielo todavía se disfrace y los alcoholes  estén aún lejos si tal fuera el antojo, nunca la obligación. Palabras dichas en vano en busca de un objetivo no siempre al alcance de otros interlocutores. Crece el contencioso como una pluma sin sentido que cae con el reconocimiento de los que un día, si tal fuera el caso, tendrían mucho que decir. Nada sin embargo definitivo. El tema es libre y los periódicos siempre tienen las alas abiertas hasta que las tablets tomen la delantera y llegue el enterrador, siempre dispuesto desde que fue posible el mero hecho de vivir hace la friolera de tres mil millones de años y pico. Porque ese es el sino de todos los nacidos todavía silencio aunque las palabras se agolpen en los zaguanes y estén a punto de suceder, no siempre fallidas. Ignorancia de quienes confundieron a los hombres de bien, inutilidad de los parques que dirían Julio levantándose inútilmente y descorriendo las persianas, las cortinas. Sol a manos llenas si tal cosa es posible los fines de semana en el Ártico, la soledad de los narvales y los pingüinos siempre a punto pero no esta vez quien sabe. Certeza de otro día reinventado de un niño que pretende y llegará a ser a pesar de la indiferencia y los juegos de palabras. Pasos en la oscuridad, nieblas antiguas si la antigüedad es algo que merezca la pena y nos conduzca hasta el sabio de Viena, y Alejandro sea ya un cadáver polvo de los caminos que nadie volverá a recorrer o lo harán ignorantes millones cada día. Porque el sentido es algo que confiere la memoria y la trivialidad va a misa o se sienta a esperar en las escaleras: hay opiniones para todos los gustos. Tú, sí, tú, ese que mira hacia otro lado y guarda silencio cuando  el plomo y quizás la amatista se invisten de hollín en pleno invierno. Tú, que traficas con esquinas y volteas la capa, el abrigo o lo que carajo utilices cuando cae la lluvia o el frío aprieta y apenas anochece. Estás advertido por mi parte aunque te engañes y busques subterfugios. No los hay, no existen, y tu cobardía y tu sistema cardiorrespiratorio pagarán las consecuencias. El engaño es una baraja a la que muchos juegan, pero un día el alquitrán se alza o cae, eso es aleatorio pero dice la última palabra. Ese es tu nombre verdadero aunque tú lo ignores. Tu nombre al que otros aludirán cuando se haga el resumen de lo acaecido y los notarios levanten acta. Se equivocan con frecuencia pero no esta vez cuando el silencio y las multitudes se arracimen a la puerta de tu hogar si lo mereces. Y eso es todo, que al menos tal cosa se haga evidente cuando baje el telón y los espectadores se adentren en la noche que no quisieron.

ALCATRACES (EL NÉCORA).

ALCATRACES  (EL NÉCORA).

Se levanta sobre el cielo de Pontevedra una densa nube de óxido y mariscos a la barbacoa. Festín de nécoras y percebes cerca del pantalán en la falda del monte que supervisa las embarcaciones y las despide. Anochecidas del héroe diminuto de ojos azules arrasados por las mareas. Arriba y abajo hasta desembocar donde los nombres se arraciman en cardúmenes cerca de Ons o poco más allá, donde las olas pierden su sentido y nace la mar tendida en ocasiones. Esa mar que violan las gaviotas y los pesqueros de madrugada en busca del bacalao, el fletán o el abadejo. O la sardina que luego fecundará los veraneos y nos contará la inutilidad de los arrecifes tan lejos ¡ay! de estas costas. Hablaríamos de Australia, lugares de Oceanía donde decir petreles no sea de recibo pero sí tiburones y peces espada fidedignamente. Y no se trata de Almería. Barbacoas que distraen la soledad de los ribazos y se deslizan hasta la playa donde los jureles esperan con la paciencia de los que saben que morir es un hábito discreto.
Voces patrióticas o lo que por tal se entienda, impetradas hacia las nubes, sombrero habitual en estas latitudes, donde decir lluvia es una redundancia, incluso un pleonasmo. Voces, no obstante, que pueden implorar en vano, y solo llegar a los barquitos que se hacen a la mar, o se harán de madrugada cuando la ría sea poco más que una lámina de estaño. Pero tu voz, mi querido amigo, no se perderá aunque clame inútilmente y los patricios de la zona hagan oídos sordos a tu súplica. Tu solo degustarás el banquete que preparaste para los otros, y la soledad  de los lánguidos será aún más cierta. Nunca debiste olvidar la batalla que te llevó hasta allí. Tejados de la maledicente uralita y de pizarra, y de la teja roja habitual por estos lares. Pero no de otras siderurgias que no son del lugar, pero podrían serlo a poco que el furor de la tierra se hubiera manifestado y el hierro hubiera surgido de las piritas con la devoción con la que surgen Cantábrico adelante. Triunfarás no lo dudes y tu voz, apenas un susurro, se alzará sobre los espejos como un alcatraz o un albatros que traen la buena nueva del Jordán. Deslíe de tu memoria todos los almacenes que guardas como papiros, resmas de un mar antiguo donde los griegos y los persas, los romanos y los cartagineses libraron sus batallas apenas nacido lo que hoy llamamos Occidente. Muere finalmente si no tienes otra cosa que hacer, quizás entonces los menesterosos y los propietarios de pazos y casa señoriales se dignarán visitarte, encontrando un festín apenas comenzado por falta de comensales, y la humildad de una dentadura solo hecha para el condumio de camarones y langostas de campo.  Mi ignoto y, sin embargo, amigo llamado “el Nécora”.             

RUMIANTES


….. después de todo, en mi opinión, no sería exagerado concluir que los rumiantes han llegado a este mundo para realizar la función para la que parecen estar destinados de acuerdo con la morfología de sus dientes. Es decir: para rumiar. En mi opinión, he dicho, y posiblemente en la de un tal Darwin que anduvo por estos andurriales hace ya una temporada, nada es banal en nuestro aspecto físico, y si los pinzones de las Galápagos se distinguen por la forma de su pico en función de los insectos que tienen a mano, no sería descabellado concluir que las vacas, por ejemplo, no están hechas para comerse a los leones en ningún caso. Esa y no otra es la razón del comportamiento estúpido de los rumiantes de la sabana, sobre todo de los búfalos, que siendo mucho más fuertes que los leones, acaban siendo digeridos por los mismos. “Búfalo no come león”, he ahí la verdad por la cual esos enormes cuadrúpedos en un momento dado ofrecen su retaguardia a los carnívoros y acaban siendo sus presas. Como dijo el olvidado Segismundo Freud, la anatomía es destino, y el hecho de que esos gatos asalvajados tengan una dentadura de aúpa, es la razón principal por la que se acaban zampando a todo lo que se les pone a tiro. Si fueran herbívoros, posiblemente vivirían con mucho más sosiego, aprovechando los pastos de la en ocasiones feraz sabana africana.
Al parecer todo es pues una cuestión de dentadura, que fuerza a unos y otros a vicisitudes de las que pasarían si estuviera en sus manos o mejor en sus dientes. Una cebra, un león o una cabra, por ejemplo, no se preguntan por el sentido de la vida. Al parecer se limitan a satisfacer sus instintos, aunque en ocasiones sean antitéticos, y tengan que dirimir sus diferencias a base de aptitudes físicas, en las que la velocidad, las garras, los dientes y los cuernos tendrán la última palabra. Si los leones o los tigres pastaran, las cosas serían muy diferentes por mucho que en el último caso le pesara a Rudyard Kipling (y Jorge Luis Borges, por cierto), y no digo nada si los bisontes tuvieran la dentadura de las hienas. Pasemos, pues en ese sentido, página, pues creo que todo ha quedado suficientemente claro: no es lo mismo un buey que un matarife. Los seres humanos en este aspecto si en algo nos distinguimos es en la modestia de nuestros dientes, ya sean incisivos o molares, lo que ya nos da una idea de una cierta indefinición, que en este caso debe ser tomada como una virtud, pues para nuestra supervivencia aunque prefiramos a los corderos, no nos importaría, llegado el caso zamparnos a un tigre de Bengala o unos macarrones al horno con queso.. Y desde luego, no somos rumiantes porque la estructura de nuestro aparato masticatorio no nos lo permite, pero no por ello dejamos de ingerir todo tipo de sus sucedáneos vegetales, sobre todo desde que el cazador-recolector se hizo sedentario y comenzaron los cultivos a escala industrial. Pero así como de los rumiantes, una vez que se han dedicado a lo que en su vida constituirá su entretenimiento básico y necesidad vital, es decir, a rumiar, el ser humano no se ha conformado con ceñirse a realizarse entre fogones, aunque desde luego ha metido en la olla a todo lo que hiciera falta, y se ha dedicado desde tiempos ancestrales a labores que sin duda sorprenderían a cualquier extraterrestre que nos visitara.
Pongamos algunos ejemplos: la poesía, la pintura y la música, actividades todas ellas respetables, pero de ninguna utilidad para la supervivencia de la especie. Al parecer este animal se aburre y sus ratos de ocio se les hacen excesivos, incapaces de tumbarse a la sombra de un árbol y contemplar el horizonte con el convencimiento del deber cumplido, después de haberse comido un cabrito. Pero no, presa de una inquietud que le trastoca, se ve impulsado a no dejar las manos quietas y el cerebro colgado de la palabra eterna “om”, y de inmediato se pone a la labor dibujando bisontes o lo que le venga en gana. Actividades en general superfluas que, sin embargo, incluyen algunas cinegéticas, entre las que destacan la proliferación de escabechinas de los de su misma especie, pues su acendrado espíritu guerrero le ha impulsado desde siempre a no dar tregua a todo lo que respira. Próximo capítulo: el ser humano, el servicio de correos y la trascendencia.