sábado, 6 de septiembre de 2014

AJAB (Carta de Ismael)

Al poco de embarcar en el “Pequod” y hacernos a la mar, tuve la certeza de que en aquel barco se escondía más de un misterio. Entre la tripulación, como todo el mundo sabe a estas alturas, se comentaba la compleja personalidad del capitán Ajab, un marino curtido en mil combates, entre los que era célebre su enfrentamiento con Moby Dick, la terrible ballena blanca que le había arrancado una de sus piernas, y de la que al parecer trataba de vengarse en cada una de las singladuras. Después de zarpar estuvimos varios días sin verle, ni siquiera en el puente, en donde el primer oficial se hacía cargo del rumbo y las incidencias que fueran surgiendo. Solo por la noche le podíamos oír paseando intranquilo por su camarote, haciendo evidente su ansiedad para que llegara por fin el día del enfrentamiento definitivo. Su inquietud parecía aún mayor cuando la mar se encrespaba y creía que el encuentro con Moby Dick era ya inminente.
 Yo, de todas maneras, ya desde el principio creí percibir en su deambular unas maneras que no me resultaban del todo desconocidas, como si no se tratara exclusivamente de un impedido, sino de alguien poseído por una obsesión que iba más allá de la excitación de la caza. En Nantucket había embarcado conmigo Quiqueg, un salvaje polinesio, famoso arponero por aquella costa, según me dijeron en algunas de las tabernas del puerto donde hice amistad con él, y donde decidimos embarcar juntos en aquel ballenero. Era un tipo sumamente extraño, no solo por su color y las escariaciones de su piel en la cara, atributo al parecer de su tribu, sino por su personalidad sumamente introvertida y sus pocas palabras, pues apenas hablaba inglés y tenía que comunicarse principalmente por señas. Y fue él quien me dio la primera pista para descifrar la personalidad profunda de nuestro capitán, algo que en principio no entendí en absoluto, y que solo días después pude comprender. Recuerdo que cuando le pregunté por Ajab no me respondió nada, y solo con la palma de su mano acarició repetidamente la caña de su arpón queriéndome decir algo.
Soy Ismael, como todo el mundo sabe (o, al menos, todos aquellos que hayan leído Moby Dick), el único superviviente de aquel terrible viaje que costó la vida a nuestro capitán y al resto de la tripulación. No voy a decir, por lo tanto, nada que pueda afectarle a él ni a nadie de quienes le acompañaron en tan extraordinaria aventura. Dije que ya desde el principio, al oírle desde el sollado pasear en su camarote, creí percibir algo especial, como si el sonido de sus pasos sobre la cubierta no fuera natural, sino cargado de una cierta afectación, dando la sensación que, aunque fuera de manera inconsciente, estuviera transmitiendo cierto mensaje. Pero solo fue cuando días después le vi en el puente, y poco más tarde paseando por toldilla, cuando pude ratificarme en lo que hasta ese momento solo se trataba de una sospecha. No era su gesto desabrido y violento, que no guardaba mucha relación con aquellos instantes, sino, como ya dije, su forma de andar. Para mí, que lo consideraba casi un héroe, fue tremendo darme cuenta, que de alguna forma me recordaba al contoneo de algunas de las putas y las bailarinas que tantas veces había visto en los puertos tratando de entretener a las tripulaciones poco antes de zarpar.
Ajab era pues un marica reprimido. Un maricón con todas las de la ley, que había hecho de su vida una odisea tratando de vengarse del cachalote que le había dejado cojo, pero que en el fondo, según entonces pude colegir,  andaba era detrás del falo que le hubiera gustado tener, y que para él representaba la terrible Ballena Blanca. Su persecución no era tanto la historia de una venganza, sino la de una obsesión: llegar a poseer el pene que él pensaba que le correspondía, y del que Moby Dick era la representación casi perfecta. Como es natural, guardé mi descubrimiento para mí mismo, aunque ya entonces supe que Quiqueg estaba al corriente, y era lo que días atrás había querido transmitirme con su gesto.
Así pues, la batalla interna que Ajab libraba consigo mismo no era su afán de venganza por su cojera, sino la revancha de la humillación que había sufrido durante toda su vida por no ser el verdadero hombre que siempre había pretendido. Quien sabe si tal cosa respondía a una realidad física (pues la caza de la ballena siempre ha supuesto para muchos heridas y mutilaciones graves), pero de lo en aquellos momentos -y ahora mismo- tenía la seguridad es que obedecía a lo que poco después un renombrado médico vienés llamó “complejo de castración”. Ajab perseguía enloquecido a la ballena para darle muerte, y recuperar, aunque solo fuera simbólicamente, la virilidad que no sentía. De ahí, sin duda su fascinación por los arpones, otro símbolo de la misma especie, de los que, al parecer, tenía en su camarote una verdadera colección. Sin duda Quiqueg, acostumbrado al primitivismo de su tierra natal y al oprobio que en ella suponía la homosexualidad, había pronto calado a nuestro capitán. El arpón, pues, no solo era un falo, sino un arma capaz de herir y matar, algo que a muchos hombres al parecer les gustaría tener entre las piernas, y por lo que finalmente el capitán Ajab, como sabe todo el mundo que haya leído la novela que nos hizo a él y a mi famosos, dio inútilmente su vida.
Ismael.


Nota del autor: curiosamente Dick, parte del nombre de la famosa ballena, significa pene (y más apropiadamente, polla, en inglés).

jueves, 4 de septiembre de 2014

MUROS

Cuando todo terminó, se erigió entre nosotros un muro de silencio que solo tú levantaste. Ni una palabra, ni una señal ni un gesto. Era sin duda tu manera de hacer posible lo que nunca pensamos que pudiera suceder. Y por lo que me decías hasta entonces, tú menos aún que yo, que en algún momento me había preguntado por el sentido de nuestra vida juntos.

Te dije que era mejor que lo dejáramos. Lo nuestro había sido algo maravilloso, hasta que sin que ninguno de los dos se diera cuenta, en nuestro amor surgieron unas grietas que no supimos prever, y menos evitar. Detalles mínimos apenas perceptibles, que en cuestión de días entraron por los resquicios que deja todo relación como un torrente. Un alud que lo arrolló todo a su paso, y que de repente hizo que nos viéramos como dos extraños.

Creo que es mejor aceptar los hechos y dejar de herirnos buscando una explicación a nuestro desencuentro. Sucedió, es todo, y es inútil perderse en interminables disquisiciones tratando de encontrar la razón exacta. Pudo ser de repente. Una mirada airada o un detalle mínimo, un pliegue escéptico en la comisura de tus labios o un gesto desabrido por mi parte, que quizás nada tenían que ver en nuestra relación. Pero sucedió y cada cual lo interpretó a su manera. Y todo se vino abajo. Nuestro amor tan lleno de comprensión y ternura hasta aquellos momentos.

Comprendo que pasados los años pudiera decepcionarte, y que yo no fuese la persona de la que, según me dijiste entonces, te enamoraste perdidamente. Créeme que yo fui el primer sorprendido, pues hasta ese momento en mis anteriores experiencias solía suceder todo lo contrario. En cualquier caso, no debiste esperar para decírmelo después de acostarnos a mi regreso después de tanto tiempo lejos. Fuiste cruel y debes saberlo. No quiero saber nada más de ti. Te voy a olvidar.


El mundo es como es, dices, y es cierto. Pero también es como nosotros lo hacemos. Llegó él de improviso y no pudiste remediarlo, como si se tratara de un torrente que se descuelga de la montaña y todo lo arrasa en tiempo de crecidas. O esa lluvia fina que todo lo empapa en los inviernos del norte, y uno no tiene donde guarecerse o cree que vale la pena mojarse, y cuando quieres darte cuenta estás calado hasta los huesos. Me dijiste que soy un hombre valioso y que pronto te olvidaré. Que soy una persona con recursos. Es extraño que entre todo lo que dijiste para justificarte no llegases a comprender que simplemente te quería.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

ALAMEDAS

-He conocido a Leonor, una mujer muy especial que he encontrado por la calle. Ambos paseábamos en direcciones opuestas por la alameda en una tarde veraniega y casi tórrida. Nos hemos mirado y hemos comprendido de inmediato que no debíamos seguir solos. Hemos continuado juntos en mi dirección tras unos instantes de titubeo, y enseguida nos hemos dado la mano a pesar de permanecer callados y andar así un buen trecho. Luego nos hemos sentado en una terraza a la sombra donde parecía correr un poco de aire. Esporádicamente uno de los dos decía una palabra (incluso, en ocasiones, solo un sonido) y el otro la comentaba si le parecía adecuada, y si no se le ocurría nada, simplemente sonreía, celebrando  la felicidad del encuentro. Poco después nos hemos levantado y despedido cuando ya era de noche, y sin decirnos nada hemos quedado para otro día en condiciones parecidas. Claro que no es fácil que se repitan tarde como esta, pues el otoño ya está encima, y por las tardes soplo un viento desagradable que aleja a los transeúntes de las alamedas, las avenidas y los parques.

-La he vuelto a encontrar mucho tiempo después. De hecho, ya era de nuevo verano y por lo tanto había transcurrido un año, aunque al recordarlo ninguno supiésemos decir con precisión si se trataba de eso, pues los dos somos muy despistados y era posible que incluso hubiera pasado dos. O alguno más, quien sabe. Como la otra vez, de inmediato hemos comprendido que nos necesitábamos con independencia de estar ausentes el uno para el otro durante tanto tiempo. Ella había cambiado, eso es cierto, y supongo que yo también, aunque la verdad es que no me dijo nada, pues una de sus cualidades sobresalientes era la discreción. Pero en mi casa, como es natural, hay espejos y no me engaño. Volvimos al lugar de la primera vez en un ritual en el que celebrábamos lo afortunado de habernos vuelto a encontrar. Nos tomamos ambos dos colaciones ligeras, como si pedir otra cosa pudiera romper el hechizo del reencuentro, al ser los dos conscientes que el alcohol o el exceso de calorías pudiera interferir la felicidad que experimentábamos. La despedida, después de un buen rato juntos, sucedió como la primera vez, aunque por mi parte tuve la sensación de percibir en ella cierto temblor y el miedo a una ausencia que podía prolongarse demasiado tiempo. Lo sé porque a mí me pasaba igual. Sin embargo, nos fuimos sin quedar en nada.

Ese mismo verano, tengo la certeza de que se trataba del mismo porque aún no había llegado las nubes ni la lluvia, nos volvimos a encontrar. Pero esta vez no fue en la alameda, sino en la terraza del mismo local. De hecho, yo ya no paseaba por allí porque su recuerdo me resultaba demasiado doloroso, y prefería evitar la posibilidad sabiendo que en ella era un hábito al que no faltaba la mayoría de las tardes en aquella época. Estaba allí sentada sola, y como era habitual, parecía absorta en sus pensamientos. O quizás sería más adecuado decir en su mundo, pues creo que ninguno de nosotros piensa demasiado en el sentido clásico que suele darse a tal acepción. Quizás sería más adecuado decir que sentía. Ambos, esencialmente, sentíamos. Sentíamos la brisa entre los árboles, o las voces de los paseantes a nuestro alrededor o el bochorno de la tarde que ya presagiaba el fin del verano, por ejemplo. Al poco de sentarnos comenzamos de nuevo nuestro juego favorito. Decíamos palabras y esperábamos a que el otro nos contestara a su manera, o permaneciera en silencio e hiciera un gesto, por mínimo que fuera, que nos demostrase que había comprendido. Esta vez, sin embargo, tuve la impresión de notar en ella algo diferente, pues de vez en cuando agachaba la cabeza como si fuera a dormirse o estuviera sumamente fatigada, pero cuando iba a preguntarle si le pasaba algo, reaccionaba con energía y decía una palabra nueva. Creo que aquella tarde ambos comprendimos que no podíamos prolongar la situación indefinidamente, aunque ninguno de los dos lo expresara con esa claridad. Permanecimos allí mucho tiempo. De hecho, el establecimiento cerró y un camarero muy educado nos informó que a partir de ese momento no podrían atendernos, pero que si estábamos a gusto podríamos permanecer allí todo el tiempo que quisiéramos. Los pocos clientes que todavía quedaban también se fueron y nos quedamos absolutamente solos. Era ya de noche cerrada y estábamos prácticamente a oscuras. Ninguno decíamos ya palabras nuevas ni tampoco nos cogíamos de la mano como hicimos en algunas ocasiones. Tuve la sensación de que para nosotros era como si ya hubiera amanecido y debiéramos tomar una decisión. Nos mirábamos a los ojos tan fijamente, que en ocasiones sentíamos un dolor intenso y teníamos que cerrarlos, aunque solo fuera un instante.
 Ahora que todo ha pasado tengo el vago recuerdo que en algún momento los dos lloramos incapaces de cambiar y ser otra cosa de lo que habíamos sido hasta entonces. Cuando por fin me levanté haciendo un esfuerzo supremo, ella ya no estaba allí, y fui dolorosamente consciente de que, de hecho, nunca había estado.



martes, 2 de septiembre de 2014

LA OVEJA - LOBO (final)

 Lo cierto es que el lobo raro o la oveja tonta, como queráis llamarlo, permaneció mucho tiempo en su refugio, esperando decidirse  en uno u otro sentido. Sin embargo, la verdad es que no le resultó sencillo, pues si unas veces se sentía como un auténtico lobo, en  otras su corazón de oveja reprimida se manifestaba claramente, y deseaba incorporarse de inmediato al rebaño. Sucedió, sin embargo, que un día se presentó el pastor, que estuvo un buen rato allí intentándose comunicarse con ella. Le acompañaban una de las ovejas que no la temían, y un perro al que había visto en ocasiones guardar al rebaño. Un San Bernardo. Finalmente, el pastor, a pesar de la resistencia que ella mantuvo durante un rato, logró echarle una soga al cuello y llevársela con él, pues según parecía deducir de los gritos que daba, pretendía que le ayudara.

Aunque al principio no le pareció entender nada, pronto tuvo claro que el pastor quería aprovecharse de sus dos naturalezas, que finalmente no parecían ser incompatibles para lo que él pretendía. Como lobo, ejercería las funciones de perro guardián, y como oveja actuaría en cada momento tratando de comprender las reacciones del rebaño sin ser excesivamente agresivo, al comprender las motivaciones de sus hermanas para actuar a su manera. El perro que era inteligente y bastante entrado en años no puso ninguna objeción ni se mostró celoso, por lo que a partir de aquel momento los dos colaboraron en el cuidado del rebaño. En algunos momentos cuando veía a la manada de antiguos compañeros merodear por la zona para ver si alguna de las ovejas se despistaba, dejaba actuar al San Bernardo que a pesar de su edad tenía las suficientes malas pulgas como para mantenerlos alejados. Así fue como la oveja abandonada logró conciliar sus dos naturalezas tan opuestas, y logró el respeto de ovejas y lobos, que por raro que pueda parecer en secreto llegaron a envidiarla.

LOBOS

Voy a la piscina. Todos lo años me prometo que voy a aprovechar el verano para aprender a nadar a crawl y tirarme de cabeza al agua, pero luego me dejo vencer por la pereza y un cuerpo bastante entumecido, y lo dejo para más adelante. Es decir, para el año siguiente. La verdad es que podría aprender en cualquier época porque tenemos piscina cubierta con agua caliente, pero nunca me apetece. Dentro del recinto hay una humedad espantosa, y un calor que recuerda a los peores días de bochorno en el Mediterráneo. Lo cierto es que ahora me planteo cual es el verdadero objetivo de mi deseo de aprender esas dos técnicas. De hecho, nado bastante bien a braza y me meto en el agua por la escalerilla y de espaldas, pero con cierta distinción para mi edad. Creo que en mi voluntad, o falta de voluntad, hay sobre todo un elemento estético, y que no quiero hacerlo por mi mismo, sino para mis posibles espectadores. Llegado a esta conclusión decido no intentarlo en absoluto de ahora en adelante. Quien sabe si en el futuro, en sueños, me tiraré al agua y nadaré como Johnny Weismuller o Esther Williams, que en el fondo es de lo que se trata.

Cuando llegamos al lugar acordado nos está esperando Reynaldo, al que nadie esperábamos allí, y al que de hecho la mayoría suponía en Sudamérica, su tierra natal. Él se dirige a nosotros con una voz un tanto meliflua, que para nada recuerda a la varonil que todos le conocimos cuando era comandante de la guerrilla y ejercía como tal. En cualquier caso nos dice que le sigamos, pues jefatura le ha ordenado que actúe como guía dados sus antecedentes. Le seguimos, ya casi de anochecida, a lo largo de un sendero que se adentra en el bosque. Se ve poco, casi nada, pero nos dice que está terminante mente prohibido utilizar la linterna. De vez en cuando aprieta el paso y nos cuesta seguirle, pero en otras ocasiones se detiene y aunque permanece callado tenemos la sensación de que trata de oír algo. Finalmente cuando ya llevamos varias horas caminando se detiene, se sienta al borde del sendero y se echa a llorar como un niño pequeño. “Ella me ha abandonado, dice, y ya todo es inútil”. Los demás nos miramos con estupor, pero permanecemos en silencio. La situación, que ya era peligrosa, se vuelve ridícula. De inmediato tras gimotear largamente Reynaldo se adentra corriendo en la selva exclamando “solo queda que me devoren los lobos”. Y desaparece.


Está a punto de llegar y no tengo nada preparado. Y claro, una mujer con ese cuerpo tiene todo el derecho que se le antoje para ser exigente. Siempre dice que ella es una mujer para enseñar, aunque en algunas ocasiones se esconda con hombres que como yo saben darle placer. Me doy prisa y soy capaz de tener presentables el salón y la alcoba, los dos sitios por los que ella transita naturalmente, y donde yo procuro que se mantenga el mayor tiempo posible, sobre todo en la segunda. Jamás entra en la cocina, un lugar impropio para gente como ella, a quien se le da todo hecho. En esta ocasión tal cosa la evitará sospechar nada. El gran cuchillo de ceremonia está allí sobre la mesa, grande, brillante, inmaculado.

domingo, 31 de agosto de 2014

LLANTOS

Mañana salen mis padres hacia Estados Unidos. Siento como si de esta manera fallecieran, y que, por lo tanto, debo en adelante hacerme cargo de mí mismo y afrontar lo que me quede de vida en soledad. Estoy solo y tengo que organizarme a partir de ahora como un yo-huérfano, sin poder tenerlos a ellos como responsables a quienes culpar periódicamente de mi desgracia.

Ayer mi amigo Felipe, el psicólogo y grafólogo, me dice que en su opinión mi escritura delata un carácter muy infantil, detenido apenas en la frontera de la pubertad. Además, se me percibe como profundamente egoísta, en el sentido de que los demás me tienen sin cuidado. En resumen me viene a decir que no tengo buenos sentimientos, o como se diría en un lenguaje más infantil, que es lo que me corresponde, que no soy bueno aunque quiera aparentarlo. Y que, en ese sentido, de nada me sirvió en su día pertenecer a las juventudes de Acción Católica y el Movimiento Nacional.

Desde ayer me doy cuenta que mi depresión es en el fondo una manera de no evolucionar. Con ella prolongo mi aislamiento y falta de comunicación, y lo justifico atándome al pasado y eludiendo de tal manera mi responsabilidad. De tal manera me desimplico y culpo a otros de mis dificultades, negándome de tal manera a crecer y hacerme adulto. Mi negación a moverme tanto física como psíquicamente, que yo justifico por mis síntomas, es una forma muy elaborada de mi psiquismo para culpar al mundo de todo cuanto me acontece.

Hablo con Raquel de mi situación,  y trato de disculparme por mi falta de dedicación tanto con ella como con los niños. Le digo, no obstante, tratando de justificarme, que no tuve en mi padre una figura ejemplar a quien imitar, motivo por el cual tuve que inventarme a otros idealizados, y por lo tanto, irreales e hiper virilizados, de acuerdo con los patrones en vigor en aquellos días, especialmente Gary Cooper y Kirk Douglas.


Doy las gracias muy agradecido a mi terapeuta. Es una mujer que me ha hecho ver a través de mis sueños que soy una persona que ha rechazado totalmente sus sentimientos, al identificarlos con una feminidad que interpreto como la posibilidad de ser absolutamente marica. “Los hombres también lloran”, me dice al verme llorar a mí, aunque después de un cuarto de hora añade un tanto irritada: “aunque tampoco es cuestión de ponerse como una Magdalena”.

sábado, 30 de agosto de 2014

TIJERAS

Estoy con mi cuñado en unos grandes almacenes. Ha llegado el verano y quiere comprarse unas camisas de manga corta, pero me dice que no es capaz de ello si antes no me corto el pelo. Aunque no entiendo la razón de fondo porque no veo la relación, estoy de acuerdo con él, y me doy prisa para hacerlo en una peluquería de las inmediaciones. Al verme volver ya rapado, percibo su alegría aunque no lo manifiesta externamente, y casi de inmediato se compra al azar varias camisetas deportivas sin mangas, que dejan totalmente al descubierto sus axilas, mostrando una pilosidad que hubiera necesitado unas tijeras mucho más que mi cabeza.

Se celebra una ceremonia religioso militar, que ya en sus prolegómenos es seguida con atención, e incluso entusiasmo, por un colectivo afín a ambas instituciones. Cuando el acto va a comenzar, se organiza un pequeño revuelo, pues lo oficiantes no tienen claro el papel que cada uno de ellos debe representar. El que supuestamente iba a hacer de cura, duda poco antes de ponerse la casulla, y reclama el uniforme del otro. Este, a su vez, duda, pero no se deja a hacer cuando el supuestamente religioso trata de quitarle la gorra y la guerrera con las estrellas de coronel. Ante tal situación, dos individuos, al parecer muy motivados por la inquietud de la concurrencia, salen de trapillo de entre los espectadores, y mientras uno reza con devoción, el otro manda firmes con una voz enérgica que no deja lugar a las vacilaciones.


En Urgencias, el traumatólogo, un antiguo conocido, me manda de inmediato unas radiografías. Dada nuestra amistad, él mismo me acompaña a Rayos X, pues según dice tiene un interés personal y casi morboso en mi caso. Al entrar en la sala, trastabillo y casi me caigo por un desnivel del suelo no advertido. El médico se enfada conmigo y me grita reprochándome la falta de atención “pues el Estado no puede gastarse lo que no tiene con pacientes tan insignificantes”, ante lo cual reacciono con la energía que se espera de un varón ya entrado en años pero con una autoestima suficiente, y le digo que la radiografía se la va a hacer su señora madre que, por cierto, en paz descanse.