viernes, 30 de noviembre de 2012

SEMAFOROS


Son las siete de la tarde menos un minuto.

Son las siete en punto de la tarde.

Etcétera.

 

Debo salir ya si quiero llegar a tiempo. Me gusta ser puntual, y lo seré si el tráfico no es muy intenso y los semáforos no se empeñen en dejarme como un maleducado: he quedado en recoger a una persona que es muy estricta en este sentido. Antes de subir al coche recuerdo con temor que este tiene a veces sus antojos, y no me refiero al motor, el sistema de propulsión ni las ruedas: eso siempre lo tengo a punto. No. Se trata de variaciones más sutiles que es capaz de improvisar cuando por lo que sea no está listo, o considera que hay razones objetivas para no llevarme donde, en su opinión, no se me ha perdido nada. Se trata de fallos en el depósito de gasolina o en los niveles de aceite, agua o líquido de frenos, que él es capaz de manejar a su antojo, supongo que por vías ordinarias o a través de espiches que desconozco, y que de suceder en esta ocasión me estropearían la velada.

Logro por fin arrancarlo después de varias algunos titubeos en la marcha atrás. Debe finalmente haberse convencido, posiblemente por mi empeño con el starter, que me interesaba mucho ir al teatro. Tenemos un tipo de comunicación subliminal mediante la cual llegamos con frecuencia a ponernos de acuerdo, aunque nuestras opiniones sean muy diferentes. Por ejemplo, poco antes de arrancar le dije (sin decirle) que no ir me supondría perderme una función que había estado largo tiempo esperando y, por si fuera poco, que las butacas me habían costado un ojo de la cara. Durante el camino, para demostrar finalmente su voluntad de complacerme, me llevó casi siempre por encima del límite de velocidad en población, e incluso en los semáforos fue temerario, pues se saltó tres en ámbar y dos en rojo, uno en plena Castellana. Recogimos sin dificultades a mi amiga María Antonia y ya en la zona donde está el teatro, por detrás del café Gijón, no tuvo inconveniente en detenerse en pleno paso de cebra y quedarse allí esperándonos. A pesar de ser muy tozudo, es muy fiel aunque tenga opiniones que no siempre comparto, y en esta ocasión se arriesgó a ser multado para que no me perdiera la función de la que  tan encomiásticamente me habían hablado. Sabe en buena medida que de su actitud depende mi formación como futuro autor teatral (creo que se lo sugerí alguna vez), del que indudablemente debe pensar que podría sacar algún beneficio, aunque no puedo adivinar cual.

Ya dentro de la sala, llegamos por los pelos, el público parecía impaciente  e incluso un poco histérico, pues a pesar de que no todas las críticas coincidían en la valoración de la obra (las había rematadamente malas también), resultaba evidente que era una de las “que había que ver”, una mezcla, si tal cosa es posible de Valle Inclán, Alfonso Paso y Harold Pinter. La función constaba de tres actos de poco más de media hora cada uno, con descansos entre ellos de cinco minutos, durante los cuales no se encenderían las luces y el público debía permanecer en sus butacas, pues tal cosa se hacía para cambiar el decorado detrás del telón, y que -también se decía por los altavoces- el público pudiera tomar conciencia de lo que acababa de presenciar. Al levantarse el telón para empezar el primer acto, podía verse el salón de una casa de un bloque de pisos, en el que una señora de mediana edad (ya no cumpliría los cincuenta), tocaba el piano delante de una librería cargada de volúmenes viejos y enciclopedias. En el lado derecho había un aparador descomunal repleto de cubiertos y diferentes tipos de vajillas, y en el izquierdo un tresillo frente a una televisión minúscula. La mujer, tras mirar inquisitivamente al patio de butacas dando la impresión de reprochar algo al público, atacó una serie de piezas que podían ser de Liszt o Chopin (pero que finalmente  resultaron ser de Schubert y Rachmaninov, según se hacía constar en el programa) con una mezcla de brío e indolencia, que esporádicamente interrumpía para gritar “¡no lo entiendo, no lo entiendo!”, lo que solía coger a los presentes desprevenidos y hacía que se mirasen con cierta perplejidad. Poco antes de terminar el acto, y tras una de las extemporáneas exclamaciones de la pianista, se oyó un solo de trompeta procedente de las candilejas. Durante el primer descanso la gente permaneció en silencio solo interrumpido por algunas toses y comentarios en voz baja, de los que en mis proximidades solo pude captar “…pues tú me dirás”, que ya me dio una pista. En el segundo acto, el escenario era prácticamente el mismo, con la variación de que el tresillo y la televisión habían intercambiado su lugar con el aparador. En el lugar de la pianista ahora podía verse a un señor con una trompeta que a los pocos instantes, tras mirar al público en plan desafiante, interpretó una serie de solos con una intención no del todo clara, pero con una potencia, eso sí, que hizo que algunos asistentes del patio de butacas abandonaran la sala con cierta precipitación. Poco antes de terminar, al igual que en el acto anterior y después de que el trompetista volviera a exclamar por última vez “¡pues todo está muy claro!”, se escucharon unas notas de piano en off, algo que hizo que el público rebullera en sus butacas. En el segundo descanso, los comentarios se hicieron ya más evidentes, y pudieron oírse algunos silbidos acompañados con aplausos y chitones. El tercer acto consistió en una especie de repetición de los dos anteriores, en el que los protagonistas situados en principio a cada lado del escenario interpretaban las mismas piezas y acababan juntándose en el centro, siendo muy celebrada, según pude comprobar mirando a mi alrededor, la maquinaria que hizo posible tal cosa para mover el piano de cola (se oyeron algunos aplausos). Después de caer el telón, durante unos segundos se oyó al piano y a continuación la trompeta, tras lo cual se hizo evidente que la función se había terminado, aunque los protagonistas ni siquiera saludaron al respetable, lo que, por la trifulca que se organizó de inmediato, yo interpreté como una medida de prevención. Cuando ya todos nos disponíamos a abandonar el recinto, la misma voz que al principio dio las normas para el desarrollo de la función, concluyó por los altavoces algo que desde luego yo interpreté como una sentencia cargada de moralina: “amigos espectadores: no hay nada irreconciliable cuando la voluntad de entendimiento es firme”. A continuación se encendieron todas las luces y pudo oírse a todo volumen “La consagración de la primavera” de Stravinsky, entrecortada por los pasaje más delirantes de “Noche transfigurada” de  Schönberg. Milagrosamente pude esquivar una butaca y dos banquetas que volaban hacia el escenario.

Al salir del teatro, María Antonia no me dirigió la palabra ni quiso cenar conmigo, y tuve que llevarla a su casa en taxi. Mi coche había desaparecido con alguna de sus famosas extravagancias, entre la que no era la menos probable haber ido al Depósito municipal de vehículos a motor.

 

Son las diez y media de la noche menos un minuto.

Son las diez y media de la noche en punto.

Etcétera.

                                                   

miércoles, 28 de noviembre de 2012

TACONES


No puedo entender lo que sucede ahí arriba, aunque supongo que las razones no deben ser demasiado complejas. Después de todo, hay fenómenos y situaciones muy simples que ignoramos por la sencilla razón de no habernos preocupado en conocer sus fundamentos. En este sentido, y no quiero entrar en detalles y ser demasiado prolijo, es muy posible que mucha gente no sepa la razón por la que, existiendo la fuerza de la gravedad, la luna no se derrumba sobre la Tierra, o por la que al pulsar un interruptor se enciende una bombilla. Por eso digo que la situación que causa mi desasosiego buena parte del día, puede tener una causa de lo más elemental, pero que de momento  desconozco por las razones apuntadas más arriba. Vayamos de todas maneras por partes. Decir lo que he dicho al empezar estas líneas no se ajusta a lo que verdaderamente he querido expresar, pues no es que no sepa lo que pasa, sino que lo que realmente no sé es por qué pasa. Me explicaré: desde que hace unos meses los nuevos inquilinos han ocupado el piso de arriba, el ruido de unos tacones  (o lo que sea) desplazándose a todas horas sobre mi cabeza está a punto de trastornarme. Creo que así quedan las cosas suficientemente claras. Para tratar de solucionarlo, podría ir al grano directamente y preguntarles el motivo del suplicio chino a que me tienen sometido, pero hasta el momento soy una persona suficientemente discreta como para dejar que los acontecimientos se sucedan, y justifiquen por sí mismos lo que acontece, por lo que me he dado un tiempo prudencial para resolver el asunto. De todas maneras, y de buenas a primeras, se me ocurre que la señora del sexto (mi piso, obviamente, es el quinto) usa zapatos de tacón continuamente, por más que a mí me resulte sorprendente que no dé un respiro a sus pies después de torturarlos con unos casi de aguja, que utiliza normalmente cuando sale a la calle (en el portal he sido testigo de ello en repetidas ocasiones). Esa, a mi parecer, es la posibilidad más factible. Por las razones que sea (eso es otra cuestión sobre la que volveré), ha decidido no cambiarse de calzado al volver a casa, o si lo hace se pone otro de un tipo bastante parecido. De no ser esto así, pudiera suceder, por otro lado, que ya en su domicilio no utilice el calzado confortable al uso, sino que por alguna querencia o hábito insustituible, se calce una especie de zapatillas especiales con alzas, parecidas a las que utiliza el personal sanitario en los hospitales y centros de salud (una variante de los zuecos), pero más agresivas. Esta segunda opción parecería más lógica, pues andar por casa con zapatos de tacón no debe resultar muy cómodo, ni se le debiera escapar al usuario, a no ser que haya sido informado en otro sentido, de que el vecino de abajo no está sordo, caso que, de confirmarse, diría muy poco del sentido que tiene de la buena vecindad. El primer caso no sería de extrañar, dado que dicha mujer, aunque es joven  debe ya andar rondando los cuarenta, y es posible que intente por todos los medios que la tersura de sus piernas y glúteos se prolongue en el tiempo al llegar a esa edad fronteriza, en la que comienzan los temores a la acción persistente de la fuerza gravitatoria. En el segundo, a mi parecer, se trataría de una adaptación bastante ramplona del calzado sanitario, del que ella debe pensar que proporciona algún beneficio en ese sentido (o quizás es enfermera, todo es posible). Otras consideraciones en el primer sentido (los tacones de aguja), me sugieren fantasías que sin embargo nunca fueron mis preferidas, pues lo que puede suceder es que, lisa y llanamente, el matrimonio practica la disciplina inglesa (tiene un marido bastante enclenque y con pinta de sumiso), en la que lógicamente ella actúa como ama, lo que justificaría en buena medida su taconeo al trasladarse de un lado para otro, buscando los perfiles adecuados para hacer restallar al látigo sobre las magras carnes del esposo. Me los imagino y me quedo frío, al tiempo que me preocupa, pues estos tipos de perversiones tienen difícil arreglo. De todas maneras, ella, con la altura y formas que tiene, y con la cara angulosa y muy pintada, debe dar miedo, llena de cueros y herrajes. Pero es posible que esté exagerando, y que solo se trate de pases de lencería íntima, que el marido la hace probar, para ver que tal podría quedar a sus clientas, suponiendo, claro está, que él sea un comerciante que trabaje en el ramo, aunque aquí podría darse cabida gustos íntimos que ambos comparten, al disfrutar todavía de la fase erótica de su relación amorosa. En último lugar considero las patologías de cualquier género, sobre todo, como es natural, las que afectan a las extremidades inferiores. Quien sabe si el hombre, por ejemplo, tiene aún secuelas de una poliomielitis mal curada a la que da rienda suelta en su casa, después de haber estado todo el día forzando la postura y disimulando. O en un caso más extremo, si ocultan a alguien, un niño tullido por ejemplo, del que se avergüenzan y al que retienen encerrado (para ver que no sería tan raro solo hace falta leer los periódicos). Claro que en tal caso el asunto sería más complicado, los infantes en tales situaciones lloran y se hacen oír, y en cualquier caso su taconeo no sería tan nítido y bien acompasado. Me mantendré alerta por si surgen otros indicios que aclaren la situación. No quisiera por nada del mundo, no obstante, que tuviera que intervenir la policía.

martes, 27 de noviembre de 2012

ARISTÓTELES


Por la mañana, nada más abrir la puerta de la calle para salir, me asalta una avalancha de ideas nuevas. Hasta ese instante dentro de casa, todo ha transcurrido, sin embargo, con la normalidad habitual, incluso con cierta pereza por mi parte, que me ha hecho transitar de aquí para allá con una lentitud impropia de quien frecuenta el gimnasio. Quizás se trata de que de alguna manera percibo que se avecina una batalla ya demasiado conocida. Pero en cuanto salgo y me arriesgo a la disyuntiva de la escalera o el ascensor (vivo en un segundo piso, por eso dudo), el mundo exterior se abalanza sobre mi sin haber sido invitado. Debía estar esperándome agazapado en el rellano. Por otro lado, no se trata de una invasión originada por los objetos y enseres del lugar, sino por conceptos que solo parecen definirse y tomar forma en ese preciso momento. Por ejemplo, yo no frecuento la filosofía griega, para qué nos vamos a engañar, pero debo reconocer que lo primero que pienso de un tiempo a esta parte es en Aristóteles. Y casi de inmediato en Demócrito de Abdera. Supongo que tiene que ver con el hecho de que de vez en cuando, para compensar los efectos de la crisis y no tener un concepto negativo de los griegos, releo un viejo libro de filosofía antigua que mi hijo abandonó en casa cuando terminó el bachillerato, o como ahora se llame a la enseñanza secundaría. Pero lo sorprendente del caso es que tales pensamientos no me trasladan las ideas de tan ilustres personajes, sino que en el primer caso pronto se me vienen a la cabeza María Callas y Jacqueline Kennedy, y en el segundo, Anatolia y Estambul, otrora Constantinopla. No se me escapa que mi mente ha hecho una transposición inmediata de papeles, y ha atribuido el nombre del famoso sabio al multimillonario Onassis, que después de todo también tuvo algún tipo de sabiduría, que si afortunadamente no le llevó a confirmar la teoría de las esferas de cristal, sí le proporcionó la cantidad de dracmas suficientes para validar la hipótesis de la erótica del poder, llevándose a la cama sin solución de continuidad, si no recuerdo mal, a la mejor soprano de la historia y a la ex primera dama de los Estados Unidos. “¡Ahí queda eso!” pensaría el tipo mientras las paseaba en uno de sus yates o transatlánticos por el mar Egeo o el océano Pacífico. ¡Qué cosas no habrán oído las islas griegas o los mares del Sur de la boca de damas tan distinguidas, desde los gorgoritos desatados de la diva hasta los secretos más recónditos de la política de EEUU, yacentes por entonces en un mausoleo del cementerio de Arlington! Se ha comentado mucho al respecto (y en esos instantes yo lo rememoro), y hay quien afirma que en ambas ocasiones, cuando el archifamoso naviero griego ponía todo su empeño, obligaba a ambas a que llegado el momento culminante, fueran capaces de emplear sus mejores recursos. En el caso de la Callas, al parecer, la exigía un alarido equivalente a un do de pecho, lo que hacía que la tripulación ocupara sus puestos para la emergencia de “abandono de buque”. Con Jacqueline, a pesar de ser todo más sosegado por la falta de decibelios de su voz, se cuenta de buena tinta que era exigida en otros menesteres casi de igual rango, pues llegado el momento, debía de recitar de memoria el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos, lo que no por breve deja de ser meritorio cuando se tiene la cabeza en otras actividades. En cuanto a Demócrito, se trata de un error que por las razones que sea ha arraigado en mi masa gris, y del que no soy capaz de desembarazarme. Tal individuo, que ha pasado a la historia, por así decirlo como el “inventor del átomo”, nació efectivamente en Abdera, ciudad costera de Tracia, en Macedonia, al norte de Grecia, que yo sitúo obstinadamente al otro lado del Bósforo, cerca de Estambul, lo que me lleva de inmediato a ensoñaciones turcas de todo tipo, entre las que destacan el Gran Bazar, La Mezquita Azul y Santa Sofía, para, dando un salto, situarme en Capadocia. De aquí derivo, dadas mis lecturas divulgativas de física, al átomo según la interpretación de Copenhague, lo que hace que al llegar a la calle mi cabeza sea lo más parecido a un amasijo de electrones saltando de órbita en órbita. No sería la primera vez que vuelvo a casa, pero normalmente suelo vencer al malestar que me invade recordando a Niels Böhr y Alfredo Einstein, aunque este último me dirige inexorablemente a otro Alfredo: Di Stéfano. Creo que necesito ayuda.

lunes, 26 de noviembre de 2012

INSTANTÁNEAS


La urraca revolotea alrededor de mi ventana. Podría ser un cuervo, en la distancia el blanco no es tan evidente. De todas maneras, no es un alimoche. Aparece y desaparece como por encanto llevada por la brisa de la tarde, y supongo que por sus impulsos naturales. Se posa con frecuencia sobre la verja un tanto desvencijada de mi vecino; se trata de un chalet antiguo de cuando esta calle aún no había sido invadida por las excavadoras, es pues un reducto de un tiempo que se escapa. Otra vez la melancolía, me digo, como si todo tiempo pasado hubiera sido mejor. Ilusiones retroactivas que nos permiten situarnos en la realidad con cierta sensación de superioridad y desapego. La urraca, a todo esto, no ha vuelto a aparecer, quien sabe si su reconocida inteligencia le ha aconsejado buscar otros horizontes. El día es gris y un tanto opaco, pero estas aves tienen un sexto sentido que les orienta allá donde el porvenir todavía es posible. FIN

 

La antena de televisión se yergue a trescientos metros de mi casa. Está desprovista de toda belleza, es tan rígida como alta, y nada hay en ella que destaque, a no ser que alguien valore las minúsculas antenas que la habitan en su mástil y sus plataformas. Además es blancuzca y se confunde con el cielo grisáceo de la tarde. Nada destaca en ella, y solo en su punta sobresale la espiga de un pararrayos, atenta a los días que finalmente se enturbian, y acaban descargando un aguacero con gran aparato eléctrico. No obstante, en algunas ocasiones me quedo mirándola ensimismado, pues sé que oculta mucho más de lo que su apariencia expresa. Espero así el zigzag de los electrones llenando la diferencia de potencial entre la nube y la tierra, ese instante mágico que ilumina el horizonte y nos dice, a pesar de nuestro escepticismo, que todo es aún posible. Luego, cuando el viento de la tormenta cesa y el rayo ha agotado su trallazo, cierro tranquilamente la ventana y me recojo en tareas mínimas dentro de casa, a las que trato de investir de un fulgor que aún persiste. FIN

 

Llamaron a mi puerta desde la calle, y cuando respondí con pereza esperando que se tratara del cartero o de un vendedor de ilusiones, oí una voz templada y un tanto monocorde que me recordó que el tiempo pasaba y que debería tomar las medidas oportunas. “Tempus fugit”, me dijo en primer lugar y a continuación, como si fuera una letanía que tenía bien aprendida, “carpe diem” (“el tiempo pasa, aprovéchalo”, aproximadamente), con lo cual supuse que se trataría de un representante de algún nuevo credo, tratando de convencerme de su verdad. No obstante, algo en el tono de su voz me hizo abrirle, y poco después dejarle entrar en casa. Era un tipo joven que aún no llegaba a los treinta, bien parecido, con una belleza ambigua, pues a sus rasgos indudablemente varoniles, añadía detalles más propios de un gineceo, un cuerpo sensual que una se sentía tentada de investigar, unas manos delicadas que al hablar se perdían delante de sus ojos como mariposas, y sobre todo unos ojos extraordinarios, oscuros y profundos, en los que una sentía perderse, como si detrás de ellos se escondiera la promesa de un porvenir dichoso. No podía dejar de mirarle, y sé que permanecimos así durante horas, en las que si no recuerdo mal, después de saludarnos no volvió a abrir la boca hasta que inopinadamente se levantó y se fue. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero aún le sigo esperando. FIN

domingo, 25 de noviembre de 2012

ESCRITURAS


Escribo, escribo sin parar, como si el mero hecho de encadenar palabras fuera una especie de respiración que me mantiene con vida. Comprenderás ahora este alud de cartas que te llegan y posiblemente te desbordan. Tienes razón en sentirte agobiada, pero qué puedo hacer si toda lo que me pasa por la cabeza debe al instante verse reflejado sobre una hoja en blanco. Ya sé que podría buscar alternativas a esta compulsión, por ejemplo atarme el brazo a la silla, o no abrir el ordenador o no disponer de cuartillas o bolígrafo, pero tal cosa me haría enloquecer declamando en alta voz lo que me llega de ahí arriba, y tampoco es cuestión de que me encierren. Sé, a pesar de todo, que esta afluencia epistolar trata paradójicamente de decir una sola cosa, para la cual no encuentro la palabra ni la expresión adecuada. Podría tratarse simplemente de un vocablo que lo abarque todo, o de una frase con la que podría ser clausurado cualquier discurso posterior, porque ya estaría dicho de antemano. En el fondo, tengo el convencimiento que todo lo que sale de nuestra boca trata de llegar al otro y subsumirlo, hacerlo uno mismo, quizás por la inquietud que nos produce el hecho de seguir divididos. ¿Qué otra cosa son esas largas veladas al amor de la lumbre, en las que una trata de ahondar en el otro buscando una fusión que nunca llega? ¿Qué otra cosa es la sexualidad más allá de un intento desesperado de poseer al otro definitivamente? Nos hubiera bastado con la bipartición o la partenogénesis, por ejemplo. No te angusties, por favor, ni te sientas asediada, pues conociéndome, sabes bien que no es eso lo que pretendo aunque sea incapaz de obrar de otra manera. Incluso para tranquilizarte y no resultarte una carga demasiado pesada, se me ocurren algunas ideas que no por ser mías espero que deseches de inmediato. Por ejemplo, y esta es la primera manera con la que trato de ayudarte, cuando veas un correo mío, mételo de inmediato en la papelera o deshazte de él, verás como cualquiera de ambas acciones te proporcionan una satisfacción que no esperabas, (hasta el punto, y ese es el peligro, que estés deseando que llegue el siguiente para poder hacer lo mismo). No soy en absoluto responsable de tus actos, aunque te conozca lo suficiente para aventurar que no sería extraño que cayeras en la tentación. Creo que sería más adecuado, y perdona mi presunción, que no leyeras nunca mis mensajes, y que como mucho los imprimieras cuando te venga en gana, es decir, de inmediato o pasados unos días cuando el agobio sea menor. Después, sola o en compañía, podrás leerlos en alta voz. Te recomiendo, eso sí, que al hacerlo des a cada palabra y cada frase la entonación precisa, considerando que ningunas han sido escritas al azar o sin intentar poner en ellas su auténtica valía, fonética, sintáctica o literaria. Ese sería todo el homenaje que podrías rendir al esfuerzo desinteresado de quien compartió contigo bellos momentos que no volverán a repetirse. Y aún te digo más, no tengo inconveniente que si tal situación sucede en un lugar acogedor (al amor de la lumbre, por ejemplo, como te dije más arriba) en compañía de alguien con quien ya compartes tus días, que no te resistas a la tentación de, una vez leída cada hoja, lanzarla al fuego con una sonrisa o una carcajada. Nada hay más dulce que oír crepitar un papel donde el amor ya es puro sinsentido.

martes, 20 de noviembre de 2012

PIRINEOS


Estoy en los Pirineos. O para ser más preciso: creo que estoy en los Pirineos. No tengo datos concretos y me resisto a comprobarlo bajando hasta el valle. Me gustan las alturas y por aquí nada puede corroborar lo dicho más arriba, con lo fácil que sería salir de dudas haciéndolo. Si abajo hablan, por ejemplo, francés, aunque fuera con un fuerte acento del midi, estaría verificada mi tesis, caso que también se daría si hablaran en español, catalán, euskera o aranés. Por cierto, en el caso del francés podría suceder que en realidad me encontrase en los Alpes, que si no recuerdo mal, tiene vertientes hacia varios países. Supongo pues que me encuentro en las cumbres de los Pirineos, o quizás de sus estribaciones porque la altura no parece exagerada. Lo primero que me viene a la cabeza es la película “Sonrisas y lágrimas”, y recuerdo algunas escenas emotivas de la familia Trapp, en las que el capitán y Julie Andrews cantan juntos alborozados por el triunfo de la familia numerosa. Puede parecer una contradicción, pero a partir de cierto nivel casi todas las montañas se prestan a estas ensoñaciones, y deja de ser importante la toponimia del lugar. En un cierto rellano entre crestas inicio unos pasos de baile, animado por el recuerdo mencionado con anterioridad, y trastabillo peligrando mi integridad física, por lo que decido sentarme y disfrutar del paisaje, especialmente de las cumbres nevadas a cierta distancia, y de paso, de unas nubes con formas muy precisas por encima de mi cabeza. Las miro con añoranza, aunque no llego a calibrar el por qué de tal sentimiento, nunca he sido especialmente aficionado a las nubes, pero en esos momentos me evocan una juventud ya lejana, posiblemente por la celeridad con las que  ambas pasan (siempre he sido muy aficionado a las metáforas).  Intento hacer coincidir la forma de las nubes con algunos objetos conocidos de la vida ordinaria, pero me resulta imposible y me siento bastante frustrado, pues siendo amante de la pintura figurativa, me veo obligado a afirmar que en la naturaleza la abstracción y las formas difusas tienen también su importancia. A pesar de todo me tumbo de espaldas y permanezco así un rato largo mirando al cielo, pienso en mi mismo y me digo que debo componer una imagen bucólica e incluso romántica que quisiera enviar a mi prometida en la meseta, algo que me resulta imposible por no tener móvil ni otro aparato que me lo facilite. El cielo, aparte de las nubes susodichas, está completamente despejado y es intensamente azul, lo que me remite en primer lugar a la obra de Georges Bataille (*), y de inmediato al concepto de “vacío” y sus implicaciones estéticas y de la Mecánica cuántica. Respecto a la primera de ellas recuerdo a Velázquez y sus azules del Guadarrama, y respecto a las segunda soy consciente- dada mi afición a la física- de que el vacío en si mismo no existe, porque no hay nada que no esté ocupado por las partículas subatómicas, desde los electrones a los neutrinos hasta llegar a los quarks y toda esa familia de alguna forma relacionada con James Joyce (*). Me chifla suponer que todo proviene de las fluctuaciones cuánticas. A continuación y sin solución de continuidad recuerdo a mis allegados, pero no como conceptos bajo los cuales pudieran reunirse sus rasgos más sobresalientes, sino en detalles muy minuciosos de su anatomía. Por ejemplo, de mi padre soy incapaz de recordar nada que no sea precisamente su bigote. A mamá, por el contrario y como excepción, la percibo “en conjunto”, como si de alguna manera formara parte del mundo ideal platónico. Cosas. Cuando llevo un rato largo en esta posición, me doy cuenta de que empiezo a tener frío y que la luz decrece, síntomas indudables de que ya no debe quedar mucho para que anochezca, de lo que deduzco que debo darme prisa en descender hasta el valle si no quiero que a partir de mañana se hable de mí en los telediarios. Podré así darme cuenta definitivamente en qué lugar me hallo, algo que tendrá una importancia definitiva en la configuración de mi identidad, pues aunque de vez en cuando digo palabras supuestamente en castellano, al no tener un oyente cualificado, carezco de criterios que puedan corroborarlo. Es a esto que podríamos llamar “falta de referencias”. Afortunadamente, poco después de ponerme en pie y estirarme sin complejos, puedo captar el lejano sonido de unas esquilas, lo que de inmediato me hace pensar en rebaño, perro guardián y pastor. Y poco después en granja, tejado y “una columna de humo que se eleva lentamente hacia el cielo”. Estoy a salvo me digo cuando finalmente inicio el descenso, y me aferro con todas mis fuerzas a la idea de una sopa bien caliente y una buena compañía al amor de la lumbre.

(*) Georges Bataille: “El azul del cielo”.  James Joyce: en “Finnegan´s wake”

lunes, 19 de noviembre de 2012

LAS EDADES DE ANGELITA


- Abro la puerta. La cierro, me siento y fumo.

- Salgo de casa. Bajo las escaleras. Me detengo. Vuelvo a subir.

- Alguien llama. Abro: no hay nadie. Cierro. Nadie vuelve a llamar.

- Abro la puerta. Entro en casa. Saludo. Vuelvo a salir.

 

- La puerta. La puerta. La puñetera puerta.

- No habrá puerta en adelante. Saldré por la ventana.

- No hay puertas ni ventanas. Afortunadamente soy muy introspectivo.

 

- En mí solo cabe el delirio y los pasos de claqué.

 

- No abras, no fumes,  no salgas, no bajes, no subas, no fumes, no bailes. Joder.

 

- No todo acto reviste las características de la acción y por lo tanto puede resultar inútil el movimiento o la charla desenfrenada. Esto no quiere decir que la no-acción sea preferible, pues la quietud oculta desazones de la que no estará exento el más virtuoso de los yoguis.- Angelita Fernandez es una mujer de edad y estatura medias apenas con amistades, aunque algunos días no puede evitar congregar a las pocas que tiene  e invitarles a un aperitivo o un refrigerio, durante el cual les hacer ver cuanto las echa de menos, y lo angustiosas que se le hacen las tardes de los domingos, teniendo en cuenta que al día siguiente será lunes y al otro martes, etcétera.

 

- El partido estaba planteado de la forma siguiente: si ganamos, nos alegramos e incluso podremos llorar de alegría. Si perdemos, no nos alegraríamos pero también estaríamos facultados para llorar sin especificar las causas por demasiado evidentes.

- Te recojo hacia las nueve de la tarde a la salida de tu casa, sobre la acera. Si como me dijiste más arriba, sales por la ventana, tenme informado: no me gusta faltar a las citas.

- Los escasos instantes en los que el tedio crece y me abruma, suelo pasear por los alrededores de mi casa, esperando que una lluvia de fuego caiga del cielo y me haga regresar apresurada e inútilmente.

- La necesidad aprieta sin atender a razones que pudiesen ser consideradas como lógicas, por eso en mi bolso llevo siempre preparados Kleenex, bolígrafos, papeles, un peine y condones.

 

- Pase lo que pase, ten en cuenta lo siguiente: (espacio a rellenar por el solicitante).

- Si, no obstante, considera que las advertencias previas son insuficientes, haga el favor de contactar conmigo a través de los canales habituales: a, b ó c.

- Gñ, dice usted, ante lo que no me cabe sino estar de acuerdo.

-Termina el verano con un rumor de flautas no exento de caracolas. De qué serviría la educación, me pregunto, si fuera de otra manera.

-Es hora de abandonar el domicilio, ese lugar donde con un poco de suerte fuimos engendrados. Llega el instante de asombrarnos: el Sahara, el Gobi y Atacama no están lejos. Ni el desierto de Mojave tampoco.

 

- Al salir, tenga la amabilidad de cerrar la puerta o la ventana: no me gustan las corrientes.