martes, 27 de noviembre de 2012

ARISTÓTELES


Por la mañana, nada más abrir la puerta de la calle para salir, me asalta una avalancha de ideas nuevas. Hasta ese instante dentro de casa, todo ha transcurrido, sin embargo, con la normalidad habitual, incluso con cierta pereza por mi parte, que me ha hecho transitar de aquí para allá con una lentitud impropia de quien frecuenta el gimnasio. Quizás se trata de que de alguna manera percibo que se avecina una batalla ya demasiado conocida. Pero en cuanto salgo y me arriesgo a la disyuntiva de la escalera o el ascensor (vivo en un segundo piso, por eso dudo), el mundo exterior se abalanza sobre mi sin haber sido invitado. Debía estar esperándome agazapado en el rellano. Por otro lado, no se trata de una invasión originada por los objetos y enseres del lugar, sino por conceptos que solo parecen definirse y tomar forma en ese preciso momento. Por ejemplo, yo no frecuento la filosofía griega, para qué nos vamos a engañar, pero debo reconocer que lo primero que pienso de un tiempo a esta parte es en Aristóteles. Y casi de inmediato en Demócrito de Abdera. Supongo que tiene que ver con el hecho de que de vez en cuando, para compensar los efectos de la crisis y no tener un concepto negativo de los griegos, releo un viejo libro de filosofía antigua que mi hijo abandonó en casa cuando terminó el bachillerato, o como ahora se llame a la enseñanza secundaría. Pero lo sorprendente del caso es que tales pensamientos no me trasladan las ideas de tan ilustres personajes, sino que en el primer caso pronto se me vienen a la cabeza María Callas y Jacqueline Kennedy, y en el segundo, Anatolia y Estambul, otrora Constantinopla. No se me escapa que mi mente ha hecho una transposición inmediata de papeles, y ha atribuido el nombre del famoso sabio al multimillonario Onassis, que después de todo también tuvo algún tipo de sabiduría, que si afortunadamente no le llevó a confirmar la teoría de las esferas de cristal, sí le proporcionó la cantidad de dracmas suficientes para validar la hipótesis de la erótica del poder, llevándose a la cama sin solución de continuidad, si no recuerdo mal, a la mejor soprano de la historia y a la ex primera dama de los Estados Unidos. “¡Ahí queda eso!” pensaría el tipo mientras las paseaba en uno de sus yates o transatlánticos por el mar Egeo o el océano Pacífico. ¡Qué cosas no habrán oído las islas griegas o los mares del Sur de la boca de damas tan distinguidas, desde los gorgoritos desatados de la diva hasta los secretos más recónditos de la política de EEUU, yacentes por entonces en un mausoleo del cementerio de Arlington! Se ha comentado mucho al respecto (y en esos instantes yo lo rememoro), y hay quien afirma que en ambas ocasiones, cuando el archifamoso naviero griego ponía todo su empeño, obligaba a ambas a que llegado el momento culminante, fueran capaces de emplear sus mejores recursos. En el caso de la Callas, al parecer, la exigía un alarido equivalente a un do de pecho, lo que hacía que la tripulación ocupara sus puestos para la emergencia de “abandono de buque”. Con Jacqueline, a pesar de ser todo más sosegado por la falta de decibelios de su voz, se cuenta de buena tinta que era exigida en otros menesteres casi de igual rango, pues llegado el momento, debía de recitar de memoria el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos, lo que no por breve deja de ser meritorio cuando se tiene la cabeza en otras actividades. En cuanto a Demócrito, se trata de un error que por las razones que sea ha arraigado en mi masa gris, y del que no soy capaz de desembarazarme. Tal individuo, que ha pasado a la historia, por así decirlo como el “inventor del átomo”, nació efectivamente en Abdera, ciudad costera de Tracia, en Macedonia, al norte de Grecia, que yo sitúo obstinadamente al otro lado del Bósforo, cerca de Estambul, lo que me lleva de inmediato a ensoñaciones turcas de todo tipo, entre las que destacan el Gran Bazar, La Mezquita Azul y Santa Sofía, para, dando un salto, situarme en Capadocia. De aquí derivo, dadas mis lecturas divulgativas de física, al átomo según la interpretación de Copenhague, lo que hace que al llegar a la calle mi cabeza sea lo más parecido a un amasijo de electrones saltando de órbita en órbita. No sería la primera vez que vuelvo a casa, pero normalmente suelo vencer al malestar que me invade recordando a Niels Böhr y Alfredo Einstein, aunque este último me dirige inexorablemente a otro Alfredo: Di Stéfano. Creo que necesito ayuda.

lunes, 26 de noviembre de 2012

INSTANTÁNEAS


La urraca revolotea alrededor de mi ventana. Podría ser un cuervo, en la distancia el blanco no es tan evidente. De todas maneras, no es un alimoche. Aparece y desaparece como por encanto llevada por la brisa de la tarde, y supongo que por sus impulsos naturales. Se posa con frecuencia sobre la verja un tanto desvencijada de mi vecino; se trata de un chalet antiguo de cuando esta calle aún no había sido invadida por las excavadoras, es pues un reducto de un tiempo que se escapa. Otra vez la melancolía, me digo, como si todo tiempo pasado hubiera sido mejor. Ilusiones retroactivas que nos permiten situarnos en la realidad con cierta sensación de superioridad y desapego. La urraca, a todo esto, no ha vuelto a aparecer, quien sabe si su reconocida inteligencia le ha aconsejado buscar otros horizontes. El día es gris y un tanto opaco, pero estas aves tienen un sexto sentido que les orienta allá donde el porvenir todavía es posible. FIN

 

La antena de televisión se yergue a trescientos metros de mi casa. Está desprovista de toda belleza, es tan rígida como alta, y nada hay en ella que destaque, a no ser que alguien valore las minúsculas antenas que la habitan en su mástil y sus plataformas. Además es blancuzca y se confunde con el cielo grisáceo de la tarde. Nada destaca en ella, y solo en su punta sobresale la espiga de un pararrayos, atenta a los días que finalmente se enturbian, y acaban descargando un aguacero con gran aparato eléctrico. No obstante, en algunas ocasiones me quedo mirándola ensimismado, pues sé que oculta mucho más de lo que su apariencia expresa. Espero así el zigzag de los electrones llenando la diferencia de potencial entre la nube y la tierra, ese instante mágico que ilumina el horizonte y nos dice, a pesar de nuestro escepticismo, que todo es aún posible. Luego, cuando el viento de la tormenta cesa y el rayo ha agotado su trallazo, cierro tranquilamente la ventana y me recojo en tareas mínimas dentro de casa, a las que trato de investir de un fulgor que aún persiste. FIN

 

Llamaron a mi puerta desde la calle, y cuando respondí con pereza esperando que se tratara del cartero o de un vendedor de ilusiones, oí una voz templada y un tanto monocorde que me recordó que el tiempo pasaba y que debería tomar las medidas oportunas. “Tempus fugit”, me dijo en primer lugar y a continuación, como si fuera una letanía que tenía bien aprendida, “carpe diem” (“el tiempo pasa, aprovéchalo”, aproximadamente), con lo cual supuse que se trataría de un representante de algún nuevo credo, tratando de convencerme de su verdad. No obstante, algo en el tono de su voz me hizo abrirle, y poco después dejarle entrar en casa. Era un tipo joven que aún no llegaba a los treinta, bien parecido, con una belleza ambigua, pues a sus rasgos indudablemente varoniles, añadía detalles más propios de un gineceo, un cuerpo sensual que una se sentía tentada de investigar, unas manos delicadas que al hablar se perdían delante de sus ojos como mariposas, y sobre todo unos ojos extraordinarios, oscuros y profundos, en los que una sentía perderse, como si detrás de ellos se escondiera la promesa de un porvenir dichoso. No podía dejar de mirarle, y sé que permanecimos así durante horas, en las que si no recuerdo mal, después de saludarnos no volvió a abrir la boca hasta que inopinadamente se levantó y se fue. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero aún le sigo esperando. FIN

domingo, 25 de noviembre de 2012

ESCRITURAS


Escribo, escribo sin parar, como si el mero hecho de encadenar palabras fuera una especie de respiración que me mantiene con vida. Comprenderás ahora este alud de cartas que te llegan y posiblemente te desbordan. Tienes razón en sentirte agobiada, pero qué puedo hacer si toda lo que me pasa por la cabeza debe al instante verse reflejado sobre una hoja en blanco. Ya sé que podría buscar alternativas a esta compulsión, por ejemplo atarme el brazo a la silla, o no abrir el ordenador o no disponer de cuartillas o bolígrafo, pero tal cosa me haría enloquecer declamando en alta voz lo que me llega de ahí arriba, y tampoco es cuestión de que me encierren. Sé, a pesar de todo, que esta afluencia epistolar trata paradójicamente de decir una sola cosa, para la cual no encuentro la palabra ni la expresión adecuada. Podría tratarse simplemente de un vocablo que lo abarque todo, o de una frase con la que podría ser clausurado cualquier discurso posterior, porque ya estaría dicho de antemano. En el fondo, tengo el convencimiento que todo lo que sale de nuestra boca trata de llegar al otro y subsumirlo, hacerlo uno mismo, quizás por la inquietud que nos produce el hecho de seguir divididos. ¿Qué otra cosa son esas largas veladas al amor de la lumbre, en las que una trata de ahondar en el otro buscando una fusión que nunca llega? ¿Qué otra cosa es la sexualidad más allá de un intento desesperado de poseer al otro definitivamente? Nos hubiera bastado con la bipartición o la partenogénesis, por ejemplo. No te angusties, por favor, ni te sientas asediada, pues conociéndome, sabes bien que no es eso lo que pretendo aunque sea incapaz de obrar de otra manera. Incluso para tranquilizarte y no resultarte una carga demasiado pesada, se me ocurren algunas ideas que no por ser mías espero que deseches de inmediato. Por ejemplo, y esta es la primera manera con la que trato de ayudarte, cuando veas un correo mío, mételo de inmediato en la papelera o deshazte de él, verás como cualquiera de ambas acciones te proporcionan una satisfacción que no esperabas, (hasta el punto, y ese es el peligro, que estés deseando que llegue el siguiente para poder hacer lo mismo). No soy en absoluto responsable de tus actos, aunque te conozca lo suficiente para aventurar que no sería extraño que cayeras en la tentación. Creo que sería más adecuado, y perdona mi presunción, que no leyeras nunca mis mensajes, y que como mucho los imprimieras cuando te venga en gana, es decir, de inmediato o pasados unos días cuando el agobio sea menor. Después, sola o en compañía, podrás leerlos en alta voz. Te recomiendo, eso sí, que al hacerlo des a cada palabra y cada frase la entonación precisa, considerando que ningunas han sido escritas al azar o sin intentar poner en ellas su auténtica valía, fonética, sintáctica o literaria. Ese sería todo el homenaje que podrías rendir al esfuerzo desinteresado de quien compartió contigo bellos momentos que no volverán a repetirse. Y aún te digo más, no tengo inconveniente que si tal situación sucede en un lugar acogedor (al amor de la lumbre, por ejemplo, como te dije más arriba) en compañía de alguien con quien ya compartes tus días, que no te resistas a la tentación de, una vez leída cada hoja, lanzarla al fuego con una sonrisa o una carcajada. Nada hay más dulce que oír crepitar un papel donde el amor ya es puro sinsentido.

martes, 20 de noviembre de 2012

PIRINEOS


Estoy en los Pirineos. O para ser más preciso: creo que estoy en los Pirineos. No tengo datos concretos y me resisto a comprobarlo bajando hasta el valle. Me gustan las alturas y por aquí nada puede corroborar lo dicho más arriba, con lo fácil que sería salir de dudas haciéndolo. Si abajo hablan, por ejemplo, francés, aunque fuera con un fuerte acento del midi, estaría verificada mi tesis, caso que también se daría si hablaran en español, catalán, euskera o aranés. Por cierto, en el caso del francés podría suceder que en realidad me encontrase en los Alpes, que si no recuerdo mal, tiene vertientes hacia varios países. Supongo pues que me encuentro en las cumbres de los Pirineos, o quizás de sus estribaciones porque la altura no parece exagerada. Lo primero que me viene a la cabeza es la película “Sonrisas y lágrimas”, y recuerdo algunas escenas emotivas de la familia Trapp, en las que el capitán y Julie Andrews cantan juntos alborozados por el triunfo de la familia numerosa. Puede parecer una contradicción, pero a partir de cierto nivel casi todas las montañas se prestan a estas ensoñaciones, y deja de ser importante la toponimia del lugar. En un cierto rellano entre crestas inicio unos pasos de baile, animado por el recuerdo mencionado con anterioridad, y trastabillo peligrando mi integridad física, por lo que decido sentarme y disfrutar del paisaje, especialmente de las cumbres nevadas a cierta distancia, y de paso, de unas nubes con formas muy precisas por encima de mi cabeza. Las miro con añoranza, aunque no llego a calibrar el por qué de tal sentimiento, nunca he sido especialmente aficionado a las nubes, pero en esos momentos me evocan una juventud ya lejana, posiblemente por la celeridad con las que  ambas pasan (siempre he sido muy aficionado a las metáforas).  Intento hacer coincidir la forma de las nubes con algunos objetos conocidos de la vida ordinaria, pero me resulta imposible y me siento bastante frustrado, pues siendo amante de la pintura figurativa, me veo obligado a afirmar que en la naturaleza la abstracción y las formas difusas tienen también su importancia. A pesar de todo me tumbo de espaldas y permanezco así un rato largo mirando al cielo, pienso en mi mismo y me digo que debo componer una imagen bucólica e incluso romántica que quisiera enviar a mi prometida en la meseta, algo que me resulta imposible por no tener móvil ni otro aparato que me lo facilite. El cielo, aparte de las nubes susodichas, está completamente despejado y es intensamente azul, lo que me remite en primer lugar a la obra de Georges Bataille (*), y de inmediato al concepto de “vacío” y sus implicaciones estéticas y de la Mecánica cuántica. Respecto a la primera de ellas recuerdo a Velázquez y sus azules del Guadarrama, y respecto a las segunda soy consciente- dada mi afición a la física- de que el vacío en si mismo no existe, porque no hay nada que no esté ocupado por las partículas subatómicas, desde los electrones a los neutrinos hasta llegar a los quarks y toda esa familia de alguna forma relacionada con James Joyce (*). Me chifla suponer que todo proviene de las fluctuaciones cuánticas. A continuación y sin solución de continuidad recuerdo a mis allegados, pero no como conceptos bajo los cuales pudieran reunirse sus rasgos más sobresalientes, sino en detalles muy minuciosos de su anatomía. Por ejemplo, de mi padre soy incapaz de recordar nada que no sea precisamente su bigote. A mamá, por el contrario y como excepción, la percibo “en conjunto”, como si de alguna manera formara parte del mundo ideal platónico. Cosas. Cuando llevo un rato largo en esta posición, me doy cuenta de que empiezo a tener frío y que la luz decrece, síntomas indudables de que ya no debe quedar mucho para que anochezca, de lo que deduzco que debo darme prisa en descender hasta el valle si no quiero que a partir de mañana se hable de mí en los telediarios. Podré así darme cuenta definitivamente en qué lugar me hallo, algo que tendrá una importancia definitiva en la configuración de mi identidad, pues aunque de vez en cuando digo palabras supuestamente en castellano, al no tener un oyente cualificado, carezco de criterios que puedan corroborarlo. Es a esto que podríamos llamar “falta de referencias”. Afortunadamente, poco después de ponerme en pie y estirarme sin complejos, puedo captar el lejano sonido de unas esquilas, lo que de inmediato me hace pensar en rebaño, perro guardián y pastor. Y poco después en granja, tejado y “una columna de humo que se eleva lentamente hacia el cielo”. Estoy a salvo me digo cuando finalmente inicio el descenso, y me aferro con todas mis fuerzas a la idea de una sopa bien caliente y una buena compañía al amor de la lumbre.

(*) Georges Bataille: “El azul del cielo”.  James Joyce: en “Finnegan´s wake”

lunes, 19 de noviembre de 2012

LAS EDADES DE ANGELITA


- Abro la puerta. La cierro, me siento y fumo.

- Salgo de casa. Bajo las escaleras. Me detengo. Vuelvo a subir.

- Alguien llama. Abro: no hay nadie. Cierro. Nadie vuelve a llamar.

- Abro la puerta. Entro en casa. Saludo. Vuelvo a salir.

 

- La puerta. La puerta. La puñetera puerta.

- No habrá puerta en adelante. Saldré por la ventana.

- No hay puertas ni ventanas. Afortunadamente soy muy introspectivo.

 

- En mí solo cabe el delirio y los pasos de claqué.

 

- No abras, no fumes,  no salgas, no bajes, no subas, no fumes, no bailes. Joder.

 

- No todo acto reviste las características de la acción y por lo tanto puede resultar inútil el movimiento o la charla desenfrenada. Esto no quiere decir que la no-acción sea preferible, pues la quietud oculta desazones de la que no estará exento el más virtuoso de los yoguis.- Angelita Fernandez es una mujer de edad y estatura medias apenas con amistades, aunque algunos días no puede evitar congregar a las pocas que tiene  e invitarles a un aperitivo o un refrigerio, durante el cual les hacer ver cuanto las echa de menos, y lo angustiosas que se le hacen las tardes de los domingos, teniendo en cuenta que al día siguiente será lunes y al otro martes, etcétera.

 

- El partido estaba planteado de la forma siguiente: si ganamos, nos alegramos e incluso podremos llorar de alegría. Si perdemos, no nos alegraríamos pero también estaríamos facultados para llorar sin especificar las causas por demasiado evidentes.

- Te recojo hacia las nueve de la tarde a la salida de tu casa, sobre la acera. Si como me dijiste más arriba, sales por la ventana, tenme informado: no me gusta faltar a las citas.

- Los escasos instantes en los que el tedio crece y me abruma, suelo pasear por los alrededores de mi casa, esperando que una lluvia de fuego caiga del cielo y me haga regresar apresurada e inútilmente.

- La necesidad aprieta sin atender a razones que pudiesen ser consideradas como lógicas, por eso en mi bolso llevo siempre preparados Kleenex, bolígrafos, papeles, un peine y condones.

 

- Pase lo que pase, ten en cuenta lo siguiente: (espacio a rellenar por el solicitante).

- Si, no obstante, considera que las advertencias previas son insuficientes, haga el favor de contactar conmigo a través de los canales habituales: a, b ó c.

- Gñ, dice usted, ante lo que no me cabe sino estar de acuerdo.

-Termina el verano con un rumor de flautas no exento de caracolas. De qué serviría la educación, me pregunto, si fuera de otra manera.

-Es hora de abandonar el domicilio, ese lugar donde con un poco de suerte fuimos engendrados. Llega el instante de asombrarnos: el Sahara, el Gobi y Atacama no están lejos. Ni el desierto de Mojave tampoco.

 

- Al salir, tenga la amabilidad de cerrar la puerta o la ventana: no me gustan las corrientes.

 

 

 

 

jueves, 15 de noviembre de 2012

VIDAS


La vida no tiene sentido, decía aquel tipo. No había más que mirar alrededor nuestro para darse cuenta de ello. Si eres viejo porque eres viejo, y si eres joven porque vives una quimera de la que pronto te desengañarás, etcétera, etcétera. Para echar más leña al fuego, yo poco después, estuve a punto de mencionar  el famoso “Vanidad de vanidades, que todo es vanidad” de “El Eclesiastés”, pero me contuve, porque tenía claro que aquel tipo más que sentir lo que decía, se estaba haciendo el interesante ante una audiencia a la que pretendía tener motivada. Julián no solo era una persona con buena presencia y millonaria, sino que además quería hacerse pasar por culto, y de alguna manera romántico y decadente, una mezcla muy valorada en aquellos tertulias literarias, en las que se podía perdonar cualquier cosa, pero no que uno no cultivase su vena lírica o dramática. O al menos lo pareciera. Nos reuníamos una vez cada quince días, normalmente los jueves por la tarde en “El león enajenado”, un pub propiedad de Damián, otro literato excéntrico que efectivamente tenía más de enajenado que de cualquier otra cosa, algo de lo que, sin embargo, se enorgullecía, como si el hecho de no estar de todo en sus cabales fuera una distinción que pocos se merecían. Por otro lado, de león no tenía nada. A mí pronto se me hizo evidente que los tertulianos al poco de entrar en el establecimiento sufrían una metamorfosis momentánea, adoptando una actitud que tenía que dejar bien a las claras que con ellos se “trataba de otra cosa”. El recinto donde tenía lugar la reunión era una especie de anexo al bar, que en algún momento algunos de los más antiguos y Damián, habían decorado sucintamente con algunas señas distintivas, entre las que destacaban varios retratos de escritores famosos y algunos libros usados en un estado lamentable sobre una estantería cochambrosa, que pretendía dar al lugar un toque bohemio, aunque alguien no avisado se lo tomaría sin duda como un lugar de compra/venta de segunda mano. La tertulia solía empezar con un repiqueteo de campanilla seguido por unas palabras del propietario del local, que desde un atril leía unos versos que en su opinión eran los más indicados para aquel día, pero que en mi opinión había elegido aquella misma tarde al buen tuntún de alguno de los libros cochambrosos allí expuestos. A continuación los tertulianos voluntarios se subían al atril colocado al efecto sobre una peana que dominaba el espacio circundante, y decían lo que les venía en gana, eso sí relacionado con el mundo literario en el que estaba bien visto la mención de las novedades de cierto nivel (según ellos, por supuesto) y la lectura o recitado de algún párrafo o poemario de lo que estuvieran leyendo en esos momentos. Era de buena nota la mención de obras desclasificadas o malditas, que (siempre según ellos) daban al ambiente del lugar una atmósfera en donde todavía era posible cualquier cosa. También tenían cierto impacto en la audiencia las intervenciones, en las que el orador (por decir algo) parecía recogerse y mantenerse en silencio, como si lo que sentía en aquellos momentos fuera algo inefable. Sorprendentemente tal actitud solía surtir mucho efecto, y por momentos la tertulia parecía convertirse en una sesión de meditación de un ashram, donde, como mucho, podían echarse en falta el pachuli y los palitos de incienso. En resumidas cuentas, toda actuación que pudiera identificar aquel sitio como un lugar especial era bienvenida, algo que con frecuencia justificaba la cara de perplejidad de algunos visitantes, que solían despedirse a los pocos minutos de llegar, con un gesto que dejaba bien a las claras su opinión sobre lo que acababan de ver. Las intervenciones de Julián, el romántico millonario mencionado al inicio de estas líneas, tenían mucho predicamento sobre la parroquia, pues teniendo en cuenta que debía hacerse perdonar el hecho de ser rico (algo anunciado por él desde el primer día, aunque no comprobado científicamente), multiplicaba sus dotes histriónicas hasta extremos difícilmente imaginables. Era, por ejemplo, frecuente, el que se dirigiera al resto a base de lenguajes no verbales, entre los que destacaban el empleado entre los sordomudos, y uno del que afirmaba con rotundidad que provenía de ciertas tribus pigmeas africanas, a base de chasquidos linguo/labio/palatales. A pesar de que estuve asistiendo a la tertulia durante meses, me costó mucho decidirme, hasta que una tarde en la que me encontraba sereno y con unas pulsaciones por debajo de mi ratio habitual, subí al estrado y me dirigí al público asistente sin presentación previa.  Quise comenzar con sencillez, apoyándome en unos ripios y aleluyas que aprendí de mis ancestros (concretamente de mi abuela Elisa), que lamentablemente dejaron a los asistentes un tanto fríos, pues, por mis manifestaciones previas debían considerarme como un personaje lírico y apasionado, una mezcla del rimbombante Rubén Darío de “La Marcha triunfal” (“¡Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo!...”) y el arrebatado Neruda de “Cien poemas de amor y una canción desesperada” (Puedo escribir los versos más tristes esta noche…). Irritado por esta mala acogida, y para seguir mortificándoles, les leí algunos pasajes de “La crítica de la Razón pura” de Kant y “Ser y tiempo” de Heidegger, tratando de hacerles ver que si bien es cierto que somos “seres para la muerte” (Heidegger dixit, y en esto coincidía con Julián), no por ello dejaba de ser de vital importancia vivir cada instante cultivando las aficiones comunes al resto de los mortales, por más pedestres que pudieran parecer, como, por ejemplo, el balompié. Mis palabras, que tampoco trataban de ser definitivas y admitían réplicas de cualquier orden, sentaron lo suficientemente mal para que aquel grupo de literatos en ciernes se disolviera casi de inmediato, sin que haya tenido noticia de ellos desde entonces. Por otro lado, el ínclito león enajenado traspasó el local poco después, y hasta el momento se halla en paradero desconocido.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

INJUSTICIAS


Sería injusto, pero en la vida uno no puede andar continuamente preguntándose si lo que tiene que hacer se ajusta o no se ajusta a determinados principios éticos. Además, eso es algo muy discutible, pues, después de todo ¿quien fija las normas que se acaban derivando de ellos? La mayoría de las veces unos tipos que se creen muy listos, y que acaban haciendo unas leyes que les favorecen a ellos mismos, así que no iba a andarme con zarandajas y actuaría como a mí me conviniese. Lo único que me interesaba era conservar mi puesto de trabajo. No era cuestión de ir a ver al jefe contándole mis prejuicios, después de todo, la misma empresa era prácticamente inmoral de arriba abajo, y sin embargo estaba registrada en el Ministerio del Interior y era totalmente legal. Por algo sería. La cuestión era seguir a un pobre tipo casado con una fulana que quería comprobar si la engañaba para divorciarse de él y no dejarle un duro. El primer día que vino a verme me sentí tocado de inmediato. Se trataba de ese tipo de mujeres que te enganchan desde primer instante, y ante las que resulta complicado permanecer indiferente o recurrir a lo de la zorra y las uvas para tranquilizarse. Debe tener algo que ver con el adn o esas historias bioquímicas contra las que es inútil rebelarse, porque están enraizadas en nuestras propias células y los razonamientos o la pura lógica no sirven para nada. Me contó que se casó muy jovencita enamoradísima de un tipo que a la larga le estaba complicando la vida. Era hija única, había heredado una fortuna de su padre (un coleccionista de obras de arte), y quería divorciarse de quien a la larga había resultado ser “un ladrón y un impotente” (sic). El problema es que él no estaba de acuerdo (como es natural), y como tenían bienes compartidos, quería cogerle en un renuncio para ir por lo penal y no dejarle nada. Cuando a partir de aquel día me venía a ver y empezaba a desgranarme toda su lista de agravios, enseguida me di cuenta que la realidad, fuera cual fuera, le traía sin cuidado, y que lo que en el fondo la interesaba era destruir a aquel pobre diablo, como si la hubiera hecho un daño irreparable del que tenía que vengarse. Comencé pues a trabajar siguiendo a aquel individuo, y pronto la pude poner al corriente de la inocuidad de sus  actividades, pero aquella mujer insistía en que no me fiara de su aparente rectitud y buen comportamiento, pues ella tenía la certeza de que aquel individuo la engañaba, pues si durante un tiempo había insistido en dormir en su misma habitación, hacía ya meses que parecía tenerle sin cuidado, y aceptaba de buenas maneras hacerlo en otra, como ella le había propuesto tiempo atrás. No era normal y decía sentirse terriblemente vejada: “aquel bastardo” (sic) tenía que haberse echado una amante o “qué quiere que le diga a usted, se va de putas” (sic). O lo que es lo mismo, aquella desgraciada reprochaba al marido lo que ella misma le negaba. Total, que aunque yo hasta ese momento no había observado nada que apuntara a lo que Isabella me sugería, seguí espiándole un par de días a la semana para ver si en algún momento su conducta reflejaba lo que al parecer para ella más que una seguridad parecía un deseo. Una tarde después de salir del trabajo Martin entró en el Tony´s, un piano bar de la calle Almirante, donde suelen ir varones talluditos para ver si aún queda algo para ellos en el mercado. Me quede fuera, y salió igual de solo que entró, lo que confirmaba mi idea de que aquel hombre no se comía una rosca en ningún sitio. A pesar de todo, le seguí en el coche por si antes de volver a casa se le ocurría hacer una estación en otro abrevadero parecido, y mi sorpresa fue grande cuando se detuvo frente al D´Angelo en los altos de la Castellana, un bar de señoritas de la buena vida, muy conocido de los habituales de tales establecimientos en la capital de España. El asunto fue que, rompiendo todas las reglas del manual del buen investigador privado, yo también entré tras de él y me situé en sus inmediaciones entre aquel revuelo de mujeronas y gallináceas de todo tipo, que hacían el lugar poco menos que intransitable. El tipo estaba solo acodado en una esquina de la barra y había adoptado una pose desimplicada y soñadora, como si aquel sitio no tuviera nada que ver con él, o por el contrario, se encontrase en un lugar de ensueño que le hacía evocar vaya usted a saber qué paraísos. De alguna manera su actitud me llamó la atención y decidí ponerme a su lado, algo que prácticamente hacía inviable en adelante su seguimiento, pues iba a conocer mi cara con la misma facilidad que la de su padre, suponiendo que no hubiera nacido ya huérfano. No me importaba, había obedecido a un impulso irrefrenable de contactar con aquel tipo, que justo en ese momento acababa de despachar con cierta desgana a una mulata que daba miedo. “Muy buenas”, le dije al situarme a su lado, a lo que me respondió con un sucinto “qué hay” sin casi mirarme, que en principio no prometía demasiadas alegrías verbales. Pedí un cuba libre para darme ánimos, y una vez mediado me volví a dirigir a él, dispuesto a charlar a tontas y a locas sobre lo que me viniera a la cabeza. En primer lugar me presenté como un comerciante de un pueblo de León de paso por Madrid, y le dije que era evidente que en la capital de España “había buen ganado” (sic), subrayando le expresión agropecuaria a la espera de su reacción, que no se produjo, aunque tuve la impresión de que levantaba las cejas un momento, como si le hubiera sorprendido o no entendiera por qué un tipo como yo que no le conocía de nada, se dirigía a él con tanta naturalidad y chabacanería. Con el segundo cuba libre, y ya lanzado, me ratifiqué en mi opinión anterior y quise si cabe hacerla más zafia, afirmando ante su mirada entre atónita y escéptica que “jacas como estas no las hay en mi pueblo” (sic). En esos momentos hizo un amago de irse, pero le agarré firmemente por el codo, y ya empezando la tercera colación bien cargada, le amenacé “como intentes largarte te hago un agujero, so cabrón”, y aprovechando un meneo del personal de la zona le enseñé la pipa en la sobaquera. Martín cambió de color, se quedó rígido como una mojama y se puso a temblar, por lo que me temí que aquel desgraciado me armara allí mismo un follón de cuidado, y el asunto se me fuera de las manos. Cuando después de echarle una mirada benevolente logré que se tranquilizara, le dije que no tenía que preocuparse, pues lo que él no sabía era que en realidad en aquellos instantes tenía en mí al mejor de sus amigos. Le dije a continuación, levantando ya la cuarta o quinta copa, que de todas maneras comprendía que no me entendiera,  porque él era un ser esencialmente estético, y yo una persona para quien solo contaba la ética y la lealtad a unos valores morales que de llevarse a cabo, harían que este mundo discurriera por unos cauces bien diferentes a los actuales. Me respondió con una voz aflautada y apenas perceptible, que estaba totalmente de acuerdo con mis puntos de vista.  “Crees que estoy borracho”, le dije, “y tienes toda la razón, pero lo que no sabes es que estás casado con un penco que quiere darte pasaporte” (sic) (cuando bebo más de la cuenta no puedo evitar que aflore en mi discurso mi alma proletaria y barriobajera, que le vamos a hacer).

No le dije más, y previendo complicaciones, logré escabullirme en dirección a la salida entre aquel amasijo de carne a la venta, y enseguida creí percibir a mis espaldas cierto alboroto del no me molesté en verificar su naturaleza. Podría tratarse de que Martín había dado la voz de alarma o de que se había desmayado. Ya nunca lo sabré. Al día siguiente, antes de que mi jefe me despidiera con cajas destempladas, aún tuve tiempo de ver por última vez a Isabella, y aún recuerdo con cierto regocijo su cara de asombro cuando le enseñé mi foto junto a su marido en la barra del D´Angelo. Me gustaría saber como termina la historia.
 
 

basada en "Fantasmas" de la "Trilogía de Nueva York" de Paul Auster ( Ed. JUCAR)