martes, 2 de octubre de 2018

VIRIATO


La colcha es lo que tiene. Te alberga y casi te tapa, pero la noche también tiene sus antojos y como quien dice peculiaridades, y te encontrará a las tres de la mañana al descubierto, desnudo y sin sábanas.

Y qué decir de ese sentimiento de soledad en el silencio mortuorio de la madrugada, cuando los gallos ni siquiera son gallos, y nada se puede esperar de ellos hasta que el sol despunte, si tal es su voluntad.

Porque seamos serios, las ventanas a las cuatro de la mañana son solo un espejismo del betún, pongo por caso, y nada añaden a la inutilidad de la mirada cuando el paisaje  todavía está ahí inútilmente.

Los recuerdos se agolpan en esos momentos en tu mente, pero no de una forma ordenada ni metódica, sino como un alud desimplicado de todo contenido, aunque lleno de unas fosforescencias impropias de la nieve de cualquier procedencia.

Es ese sin embargo el momento preciso en el que se allega a mis entendederas la completa historia de España, Viriato y don Pelayo incluidos. Nación de naciones, dicen algunos, ubre en todo caso nutricia de la que todos mamamos por más que reneguemos del amargo sabor de la leche cortada.

Recuerdas entonces a tus compañeros de clase en el instituto donde, por cierto, pasaste de los pantalones cortos a los largos para tapar las incipientes vergüenzas de unos pelos que te acompañaran toda la vida como al orangután que siempre fuiste.

Pongamos punto final a esta diatriba, discusión o como quieras llamar a este desacuerdo. Las cosas son como son o no son absolutamente nada. Tú a tu lugar y yo al mío. Y ambos a ninguna parte. Qué carajo.


domingo, 30 de septiembre de 2018

BLUP

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sábado, 22 de septiembre de 2018

ORQUESTAS


No estoy dispuesto a que la banda de música se tome esto exclusivamente como si fuera un auditorio, donde sus integrantes vienen a ensayar un rato  para, a continuación, dedicarse a holgazanear hasta la salida, a la manera de quienes afinan su instrumentos antes de empezar el concierto. Claro, que aquí debo aclarar que se trata de una banda de música militar, y que cuando actúa, sus miembros deben hacerlo con la gorra en su lugar. La prenda de cabeza, traslada al espectador la sensación de que los maestros músicos pertenecen a una entidad con un significado especial, en el que no están permitidas improvisaciones ni iniciativas privadas que pongan en solfa la partitura, algo que sin embargo sí se puede permitir una orquesta sinfónica, o mejor, una de jazz. Soy el comandante director de la Banda de Música, Cornetas y Tambores de la Agrupación, y mi cometido es que la gente que está a mis órdenes y obedece a mi batuta, no se desvíe ni un ápice de la partitura, y que considere que si en ocasiones se les permite tocar piezas del repertorio de la música clásica o la popular, su principal cometido es imbuir a la tropa y cuerpos profesionales del espíritu de la milicia,  y por lo tanto de un espíritu por el cual, llegado el caso, hagan entrega generosa de sus vidas por la patria. Y nada más adecuado para ello que las marchas e himnos, que elevan su espíritu a cimas de heroísmo que no necesitan las sutilezas de la música de cámara.
De hecho, deben llegar a tener claro que no se deben a un pueblo, un gobierno o un sistema político, sino a un concepto superior, invocado en el nombre de la nación. Y cuando digo concepto, me refiero al crisol de virtudes que la constituyen, y que de ninguna manera se pliega a interpretaciones tendenciosas. La patria está por encima de valoraciones personales, y el lugar inmarcesible que ocupa, no es interpretable a voluntad. Por eso, los soldados llevan gorra, y las bandas de música cubren también las cabezas de sus integrantes: en señal de respeto y acatamiento a designios que están muy por encima de lo que, en un momento dado, pudieran urdir  sus cerebros. Ese es el sentido definitivo que quiero trasladar a mi banda, la subordinación de su inteligencia a un bien superior, incluso en los momentos en que sus componentes pudieran idear subterfugios para evitar el estricto cumplimiento de su deber. Es por eso que aplaudo la decisión del coronel jefe de la agrupación de realizar una marcha logística, mitad motorizada y mitad a pié, que recuerde a mis músicos que una cosa es la excelencia que puedan alcanzar con su interpretación, y otra, más meritoria, subordinarla a las rudas tareas de las armas y cuerpos de nuestro glorioso ejército. Sé que trasladar a toda la unidad monte a través a pie, banda incluida, con toda su impedimenta no será para ellos una tarea sencilla, pero lo que pretendo es que poco después acepten con el elevado espíritu de un soldado en primera línea, el hecho de sobrepasar crestas y colinas y moverse con sus instrumentos por trochas y barrancas, con la agilidad que la presencia del enemigo frente a ellos les haría tener. Comprendo que no será sencillo, sobre todo con la percusión, los contrabajos, el arpa, la tuba y especialmente el piano, pero es en esta lid cuando demostrarán a los demás que, después de todo, lo de Mozart y Beethoven no es un simple antojo, y que puestos a elegir, nada más bello, después de todo, que un cuerpo a tierra a los acordes brutales ó líricos de la “Obertura 1812” de Tchaicovsky, mientras sobre sus gorras silban las balas.  

ARTRÓPODOS

Hay noches en las que cuando me levanto inopinadamente, enseguida me planteo si lo hago llevado por una necesidad imperiosa de orden fisiológico o si se trata más bien de algo incidental que aprovecho para tal fin. En cualquier caso y siendo siempre así, lo primero después de sentarme en el borde de la cama es ponerme las zapatillas, no me gusta andar descalzo a pesar de que el baño esté a escasos dos metros de mi habitación. Claro que aquí debo reconocer que actúo llevado por razones absolutamente irracionales, valga la contradicción, pero de tipo práctico por lo que se verá. Tengo fobia a los bichos, y algo interior me dice que los que me acompañan en mi domicilio (de eso tengo la total seguridad) aprovechan mi ausencia durante la noche para salir a pasear. A pasear o como ellos entiendan el mero hecho de movilizarse de aquí para allá, felices sin duda de las facilidades ofrecidas. Resulta que siempre temo encontrármelos por el suelo arrastrándose o corriendo tras de mí tratando de morderme los pies, con todo el peligro que tal cosa supondría para mi salud, teniendo en cuenta que en esos momentos tengo además la certeza de que son venenosos. Ya se trate de ratas, ratones, arañas o simples cucarachas. Y no digamos nada si hablamos de otros artrópodos, especialmente las arañas peludas del Amazonas o las escolopendras y milpiés del sudeste asiático.
          Debo estar prevenido, pues aunque su existencia en un piso del centro de Madrid sería sorprendente, no hay que dejar de considerar la maldad de algunos seres humanos, capaces de introducirlos subrepticiamente en mi domicilio, y a estas alturas del siglo, la facultad de algunos seres como los mencionados para la teletransportación. Me pongo pues las zapatillas y en ocasiones incluso el batín, por si se les antojara andar por el techo o las paredes, y me acerco al cuarto de baño. Antes de proceder a lo fácilmente imaginable, suelo mirarme en el espejo en el que normalmente tengo una impresión bastante lamentable de mi aspecto, lo que para tranquilizarme suelo achacar a la luz un tanto desangelada del lugar. Siempre me prometo cambiarla pero al día siguiente me parece una solemne idiotez y la dejo como estaba. Y aquí es cuando sucede lo más curioso, pues cuando ya estoy preparado para proceder, algo en mi interior se rebela y no lo hago, vuelvo todo a su lugar, me doy media vuelta y regreso a la cama sin más preámbulos, siempre atento a la presencia de los artrópodos y demás fauna. En algunas ocasiones, sin embargo, me acerco al salón, me siento en el sofá y reflexiono sobre la futilidad de la vida y la negrura de la noche que puedo percibir a través de la cristalera de la terraza. Son instantes fugaces que dedico a la filosofía, con la cual trato de compensar mi negativa anterior. No me parece justo que una persona de mi edad, recién operada tenga unas necesidades que debieran haber desaparecido, según me indicó el especialista.

lunes, 17 de septiembre de 2018

CÚRCUMA

Estimado Antonio

Quiero que a partir de este momento sepas que estoy totalmente a tu disposición o como diría un militar, a tus órdenes. Para lo que quieras, cualquier tipo de necesidad que tengas, incluso aunque solo sea para ocurrencias que otros pudieran juzgar como inapropiadas. Sin ir más lejos, a lo mejor te apetecería indicarme lo primero que se te pase por la cabeza, una necesidad de primera mano o una fruslería propia de una mulata brasileña, que aquí estoy yo para tu servicio. Mándame a por tabaco aunque no fumes, y ahí estará tu amigo poco después con una cajetilla de Marlboro o de Chesterfield, o de lo que cojones se fume hoy en día, que yo también  hace mucho tiempo que lo dejé y no estoy para humos en estos momentos.
    Te lo digo de verdad, aunque te vea con cara de sorpresa ante mi ofrecimiento, pero comprendo que en el mundo en hoy, preñado de indiferencia y falta de empatía, ofrecimientos como el mío se salen de lo corriente y pueden justificarlo. No te digo, Antonio, que me tomes por lo que no soy, que nos conocemos desde hace mucho tiempo. Por ponerte un par de ejemplos, no me digas que me afilie al partido comunista ni quieras tomarme como esclavo sexual, que yo soy un hombre muy hombre y no estoy para veleidades de género ni para travestismos, que este bigote que me caracteriza no me tocó en una tómbola, como bien sabes. Y si tienes algunos antojos pues después de la ducha te acercas a la sauna de aquí cerca, que creo que te dan unos masajes de cojones a base de aloe vera y aceite de cúrcuma. O al revés, no me hagas mucho caso.
      Por otro lado, insisto, siempre a tus órdenes, y no solo en el aspecto meramente práctico de lo que se te ofrezca, sino en toda la parafernalia metafórico/simbólica que las acompañe. Tú ordenas y yo te respondo con una reverencia o el consabido saludo militar, palma de la mano a la visera (de canto o de frente según el ejército con el que me identifiques). Antonio, mándame algo, cojones, que te limpie los zapatos, por ejemplo, que lo haré de mil amores, o que te escriba una versión nueva de El Quijote, nacido este en Viladecans, o unas apostillas a la “Crítica de la razón pura” de Kant o a la “Teoría de la Justicia” de John Rawls, tan de actualidad. Y deja ya de admitir en tu empresa esos oprobiosos panfletos y opúsculos que publicas de pobres desgraciados incapaces de hacer la o con un canuto. Por favor, deja ya salir al tirano que te habita.

jueves, 13 de septiembre de 2018

PROSAS PROCACES Y SUBERSIVAS - LA NOCHE


1.-  LA NOCHE

Yo a las cinco de la mañana es que me descojono. O a las tres o las cuatro, que en cuestión de horarios no soy nada puntilloso. Pero que sea de noche, eso sí, que haga oscuro y toda esa parafernalia que lo acompaña (a lo oscuro, quiero decir). La forma de descojonarme es lo de menos, pero puedo no obstante precisar que enseguida me pide levantarme, ir al baño y echarme agua por la cara al tiempo que trato (a veces con gran esfuerzo) de cerrar la quijada. La risa a esas horas es siempre estentórea, y el riesgo, por lo tanto, de despertar a los vecinos es máximo. Si se tratase de ronquidos sería diferente, son molestos, que duda cabe, pero con un poco de imaginación pueden confundirse con las olas del mar, y ahora que termina el verano tomarse como una prolongación de las vacaciones en la costa.
     Otra cosa que me sucede con esto de la risa nocturna, es algo que de inmediato puede provocarme otra superpuesta, el puro hecho de que para tratar de contenerme me aferro a las sábanas con una energía que hace temblar no solo al colchón sino al somier que está más abajo, con el riesgo de que toda la estructura se vaya al carajo, valga el pareado (o al garete, sin él). Pues bien, el episodio este de las carcajadas a destiempo viene a durarme algo así como de un cuarto a media hora, y es inútil que durante dicho periodo trate de despistarme leyendo a Perez Galdós o a Apolonio Morales, porque soy incapaz de juntar las letras y no digo nada de comprender las palabras. Del tal Apolonio, por otro lado, no tengo nada. No obstante puedo certificar que el incidente suele terminar con una serie de hipidos, que sin duda acabarán siendo lo más sobresaliente y lo que sin duda alguna recordarán los vecinos de los pisos superiores, inferiores y adyacentes al mío. Pregúnteles usted, si tiene algún interés, por la escandalera que noche sí y noche también se organiza en el quinto letra b, y verá usted los sacrilegios de los que son capaces honorables padres de familia que van a misa y comulgan con frecuencia los domingos. Y los ingenieros informáticos por meter a alguien más en el ajo, aunque sean más de misas negras.
     En algunas ocasiones, sin embargo, de carcajadas nada. Lo que me sucede entonces, es que me despierto chapoteando en un charco de sangre, pues al parecer mi organismo tiene antojos y le da por organizar matanzas nocturnas de sí mismo, y menudo cristo se arma en la cama. Yo, como es natural, lo primero que hago es buscar el arma homicida, pues debe tratarse sin duda de un asesinato, aunque sea fallido. Lo mejor sería toparme, o eso pienso en esos instantes, con una faca albaceteña o un krys malayo, ya puestos en plan exótico e implicando a los menudillos. Pero todo lo anterior con suma frecuencia puede solo ser un sueño macabro, y de lo que se trata en sí, el numen del acontecimiento, es una intensa tormenta de ventosidades que organiza un tremendo revuelo en la habitación con el consiguiente descalabro de todos los Lladrós y y bibelots de todo tipo a los que,   por ser muy fino, y hortera, soy muy proclive en mis aposentos.

domingo, 26 de agosto de 2018

NOCTURNIDAD DOS (LOCOMOTORAS)


Anoche no he soñado absolutamente nada, aunque quizás sería más justo decir que no tengo conciencia de haberlo hecho. Hoy en día se sabe que todas las personas soñamos durante una fase llamada REM, en el transcurso de la cual se dan unos movimientos rápidos de los ojos posiblemente provocados por el contenido de los sueños. O al revés, que de eso no hay todavía certeza. Es posible que algunos animales también sueñen pues en ellos se da esa fase, pero desgraciadamente ninguno hasta ahora ha sido capaz de confirmarlo, a no ser que algunos ruidos que emiten en esos momentos sean considerados como una demostración (algunos perros ladran intempestivamente y casi todos los primates y monos gruñen sin venir a cuento durante la noche). Pero todo lo anterior no tiene la menor importancia en relación con lo que hoy quiero reseñar, que podría resumirse en la siguiente frase “yo no tengo conciencia de haber soñado, pero ella . Y lo que sigue es la explicación.
       En primer lugar ella.  Esta mañana, al poco de sentarme solo para desayunar en una de las mesas habilitadas al efecto en el comedor, se me ha acercado una mujer madura, supongo que rondando ya los cincuenta, y me ha pedido permiso para sentarse en mi mesa y acompañarme. Sorprendido, le he contestado que desde luego (creo que añadí que faltaría más y que estaba encantado de que lo hiciera). Lo hizo rápidamente y de inmediato me dijo que tenía algo secreto y muy extraño que le había sucedido durante la noche. Me pedía disculpas por anticipado pero tenía el convencimiento que esa era la única manera de tranquilizarse, pues me había observado y tenía la certeza de que yo era una persona comprensiva. Estaba todavía muy agitada y lo que tenía que contarme era lo suficientemente chocante para que yo comprendiera de inmediato su desazón. En resumidas cuentas vino a decirme que con toda seguridad ya me habría dado cuenta de que en las proximidades del hotel donde nos alojábamos se encontraba la estación de ferrocarril de la ciudad, con un intenso tráfico nocturno que tampoco a mí me habría pasado desapercibido. Pues bien, a media noche, después ya del paso de varios trenes que la habían mantenido despierta y en vilo, se quedó profundamente dormida, algo siempre de agradecer, si no fuera porque a partir de ese momento (y aquí la mujer soltó algo parecido a un gemido) sintió que los siguientes efectuaban la parada no en la estación, como sin duda sería lo lógico, sino en el interior de su vagina, con las consiguientes sensaciones debidas a un ajetreo tan intenso. Dicho lo cual me miró intensamente a los ojos dando toda la impresión de esperar de mí un comentario y exclamando ¡pues usted se podrá imaginar como estoy!
    Absolutamente perplejo por lo que acababa de oír y buscando una salida rápida a la situación creada por la inesperada irrupción de aquella mujer, busqué una salida airosa y educada a la misma, pero debo reconocer que fui incapaz. Recurriendo posiblemente a  las soluciones ante otras embarazosas vividas durante mi adolescencia, me limité a imitar su nivel de sinceridad contestándole que si ella tenía la sensación que los convoyes del ferrocarril se le manifestaban en el interior de su vagina, en mi caso el día anterior me había sucedido algo parecido, para lo cual recurrí a abrirme la bragueta con la discreción que el momento requería, mostrándole mi pene erecto a la vez que exclamaba ¡mire, mire, en mi caso uno de los trenes me dejó la locomotora, que desde este mismo instante pongo a su servicio!