martes, 24 de marzo de 2015

AMAZONAS (Poesía)



CRISTALES



Noche,

como un pájaro oscuro

descendida.



Párpados

que no buscan,

pero son  tuyos.



Caen

las horas lentamente

del insomnio.



Surge

en mis labios tu nombre

repetido.



Amanecer

tantas veces esperado.

Cristales, oro, escarcha.



Vida





AMAZONAS



Cuando la vida se hace

pequeñita,

y las horas que pasan

se colman de recuerdos.



Y el mundo se transforma

y crece.

Magia que no nace

pero irrumpe poderosa

en mi frente.



Llama que brota

y no hay río caudaloso

que la extinga.

Incendios.



Porque todo se vuelve

un puñal.

Y el amor que me habita

es a la vez un manantial

y un amazonas poderoso.

lunes, 23 de marzo de 2015

SIN EMBARGO TU VOZ (Poesía)



SILENCIOS



Esa manía tuya de decir.

Ese delirio.



Boca no hecha

para la palabras

sin embargo.



Basta

porque no hay razones

para ellas

por lo tanto.



Solo tus labios

en el silencio.



Miradas:

con eso basta.



CIELOS



El cielo que yo invento

para ti.

Todo blancor en las tardes

de lluvia.



Y el cielo continúa.

Se reinventa y crece

ajeno.



Lágrimas que no son,

pero sí ojos.





AGONÍAS



Penetra el dolor

y permanece.

Pecho donde se alarga

la agonía.



Lo que fue

ya no importa.



Dolor que crece.

Enredaderas

trepando más allá

del olvido.



Voces, delirios.

Manos que ya

no buscan.



Palomas. Una plaza.

Una casa. Una escalera.



Y el viento:

brisa de todos los días

perecida.





EXISTENCIAS





Quien eres

no lo sabes.

Y el universo,

sin embargo,

espera.



Y las estrellas

y el teorema de Pitágoras

por mucho que te obstines

en negarlo.



Existes

y saltas a un abismo

no hecho para ti

cuando el horizonte se diluye

y nace.



Aves que ya regresan.

Primavera.





VUELOS



No vuela la paloma, 

solo huye.


sábado, 21 de marzo de 2015

MARIPOSAS

Por aquí todo sigue igual. Al menos esa es mi impresión y la de las personas con las que me relaciono. La verdad, sin embargo, es que cuando hablamos sobre ello, parecen titubear un instante, lo que me hace pensar que quizás en el fondo de ellas mismas no lo tienen tan claro. Después de todo, a mí me pasa igual. Digo que nada ha cambiado, pero en mi interior no tengo la certeza absoluta de que sea así. En estos momentos y en mis circunstancias, lo que menos me conviene es imaginar nada que pueda inquietarme. En cualquier caso, si en un futuro más o menos inmediato me diera cuenta de algo especial, lo dejaré aquí por escrito. La sinceridad no puede hacerle daño a nadie.
Antes de continuar, debo añadir, sin embargo, que aunque los días y las noches se siguen sucediendo con toda normalidad, el tiempo parece haber sufrido alguna alteración. Se trata de algo sutil que solo estando muy atento se puede percibir: algo diferente en el ambiente que todo lo trastoca. Una atmósfera de la que parece haberse apoderado una vibración apenas perceptible, parecida al aleteo de mariposa que pasara cerca de nuestras cabezas y que rápidamente desapareciese. Y que, por lo tanto, nadie es capaz de definir con precisión.
Sea lo que fuere, debió llegar un día de improviso y se quedó con nosotros definitivamente. Está ahí desde hace tiempo y todos lo sabemos, aunque no queramos confesarlo. Se palpa en el ambiente. Se respira y nos hace actuar con precaución, como si en un momento dado nuestras acciones pudieran volverse contra nosotros mismos. La gente habla con un comedimiento artificial y desde luego nadie levanta la voz, temiendo sin duda que hacerlo pueda suponer una ofensa para esa presencia misteriosa, con consecuencias desagradables. Incluso letales. Porque en el fondo, todos tenemos la certeza de que lo que verdaderamente está en juego son nuestras vidas.
Todo sigue ahí como siempre, sería una necedad discutirlo, pero en cada uno de nosotros se ha obrado una transformación que no nos pasa desapercibida, por más que tratemos de ignorarla. Y lo mismo sucede con cuanto nos rodea. Una piedra sigue siendo una piedra. Uno la tiene en sus manos, y por más que la mire y la dé vueltas sin percibir ningún cambio, tiene la seguridad de que no es la piedra que fue antes. Y de la misma manera, las manos que la sujetan se han convertido en otra cosa, sin que nuestra mirada pueda apreciar la diferencia. Incluso nuestro perro, al que tratamos día a día y conocemos a fondo, sigue siendo él mismo, aunque algo en su mirada intente en vano advertirnos que ya nada es igual.
Quizás sea por todo esto, que la gente se ha hecho más huraña y huidiza. Tratamos de no encontrarnos y si nos vemos, nos saludamos con cierta precipitación y nos alejamos enseguida, pues tenemos la absoluta certeza de que poco después será inevitable hablar de lo que ocultamos: ese presentimiento que llevamos dentro y no nos abandona. En ocasiones intento tranquilizarme y me llego a preguntar si no se trata de una especie de delirio colectivo, una enfermedad desconocida que se ha apoderado de todos nosotros, pero que pronto pasará.
Es posible que finalmente me decida y les asegure a todos que no sucede nada, y que nuestras vidas deben continuar como antes, cuando el mundo parecía tener un sentido, y cada cual seguía adelante con la certeza de que antes o después, los momentos de alegría y felicidad que tanto deseábamos, acabarían llegando. Seré fuerte y les diré que no pasa nada, tratando de infundirles el ánimo que a mí mismo me falta. No pasa nada. Absolutamente nada. Se lo diré con vehemencia. Se lo repetiré. Es preciso que me escuchen.
Pero se trata de una nada demasiado intensa, demasiado angustiosa para que verdaderamente no sea nada.

viernes, 13 de marzo de 2015

PALOMAS



El día que Alicia le abandonó, Gustavo anduvo desasosegado de aquí para allá, pero poco antes de anochecer regresó a su domicilio sin mayores problemas. Antes de acostarse se preparó una colación ligera a modo de cena, compuesta por un caldo de pollo, dos huevos al plato y una patata hervida. Apenas se le había ido el apetito. Al meterse en la cama, para su sorpresa, se hallaba en un estado próximo a la euforia, y tuvo que tomarse un tranquilizante para relajarse. Antes de cerrar los ojos recordó brevemente a los filósofos presocráticos y algunos aforismos del Tractatus de Wittgenstein. Luego se durmió profundamente, aunque de madrugada soñó con su esposa vestida con una túnica blanca montada sobre un caballo también blanco. Le decía adiós con la mano sonriendo abiertamente, para partir de inmediato al galope, lo que hizo que se despertara un tanto sobresaltado pero riéndose a carcajadas.
Al despertar, apenas recordaba lo sucedido el día anterior y se sorprendió de no ver a Alicia a su lado, aunque finalmente recordó que le había abandonado. Se levantó y preparó un desayuno a base de café con leche con dos magdalenas y un zumo de melocotón (de bote). A media mañana se trasladó al parque de El Olvido, y una vez allí, después de dar un breve paseo hasta el estanque para estirar las piernas, se sentó en un banco. A su lado estaba un tipo con mal aspecto, que no le hacía ninguna gracia, pero procuró no hacerle caso y distraerse tirando migas de pan a las palomas, muy abundantes en aquel lugar. Ver la confianza y docilidad de los animalitos le relajaba. Sin embargo, el individuo en cuestión los empezó a espantar a patadas, al tiempo que él mismo se comía las migas. Se mudó a un banco alejado de aquel bárbaro, donde estuvo cavilando un buen rato sobre los últimos acontecimientos de su vida, y especialmente en algunos aspectos de su esposa, sus cualidades y defectos. Entre las primeras destacaba el mero hecho de ser una mujer muy guapa, de las que llamaban la atención, hasta tal punto que años atrás sus amistades la habían calificado como “una mujer de bandera”. Además había hecho un curso de Secretariado. Entre sus defectos más sobresalientes, destacaba su incapacidad absoluta para permanecer callada más de medio minuto, y la evidencia de que el tiempo pasa incluso para los cuerpos “más gloriosos” (fue la primera expresión que se le vino a la cabeza, aunque él jamás la utilizara). Sus cualidades, puestos a hacer balance, superaban con muchos a sus defectos, por lo que en un momento dado la echó de menos y deseó que estuviera a su lado dando de comer a las palomas. Pero pronto intentó pensar en otra cosa al recordar su despedida, escueta pero taxativa: “Gustavo, te abandono, no me busques. Me voy a otro lugar de la península ibérica. Para tu tranquilidad te diré que no hay otro hombre”.
Después volvió a casa y entró en  de los restaurantes de sus inmediaciones. Allí pronto olvidó esas elucubraciones, al comprobar que todo el personal de servicio del local, incluidos el propietario y el maître, eran unos tipos muy mayores (de hecho, venerables ancianos), que no debía tener menos de cien años. Lo sorprendente era que tales individuos se comportaban como auténticos adolescentes, tanto en sus manifestaciones verbales, plagadas de bromas y chascarrillos, como en su aspecto físico, destacando por una agilidad y energía que desplegaban como auténticos atletas. Abandonó el bar y volvió a su casa, donde nada más llegar se propuso dedicar la tarde a meditar concienzudamente sobre la ausencia de Adela. Se sentó en el sofá y con un lápiz empezó a escribir sobre una hoja de papel los aspectos más relevantes de aquel acontecimiento. Casi de inmediato, sin embargo, a poco de empezar la tarea, pudo ver a través de la ventana que había empezado a llover con cierta intensidad, lo que de inmediato le sugirió que el hecho de ser abandonado reunía las mismas condiciones que la inesperada lluvia. De repente surgen unas nubes en el horizonte, se acercan, se hacen más densas y oscuras y empieza a llover. Se trataba pues de fenómenos muy parecidos e inevitables, por lo que se levantó, dejó el lápiz sobre la mesa, rompió el papel donde había empezado a pergeñar sus impresiones, y lo tiró a la basura. Era inútil ofuscarse y buscarle tres pies al gato. Debía aceptar los hechos tal como habían sucedido y no darle más vueltas al asunto. Poco después puso un guasap a sus amistades más próximas (y con algunas variantes, a sus tres hijos), con el siguiente texto “Alicia me ha abandonado, pero la vida sigue. Es inútil lamentarse, sobre todo porque, sorprendentemente, a pesar de los pesares, mi moral está por las nubes. Adiós”.
Luego se adormeció durante buena parte de la tarde, aunque al despabilarse tuvo la sensación de haber estado conversando con su mujer, que le había llamado por teléfono desde Lisboa diciéndole que estaba muy arrepentida y que pronto volvería. Al ver en el reloj de pared que ya faltaba poco para las nueve, se decidió a bajar al mismo bar del mediodía, para tomarse cualquier cosa como refrigerio vespertino. Ya allí y una vez sentado a la mesa, le dijo al camarero que quería comer algo “porque era la hora”, y que lo mismo le daba un filete de ternera que un revuelto de gambas y ajetes. El empleado trató de hacerle ver que esos platos no figuraban en la carta a esas horas, a lo que Gustavo añadió que no tenía nada que añadir, y que puestos a ello, podían avisar a los bomberos o a la policía, porque él no pensaba moverse, y tanto le daba. Finalmente, cuando ya eran audibles las sirenas de la autoridad llegando a la zona, se avino a razones, y comió cuatro de los cinco platos que figuraban como “entradas”. Al abandonar el local, poco después de que los bomberos comprendieran que se trataba de una falsa alarma, Gustavo se asombró del cambio sufrido por los camareros en el corto intervalo de la comida a la cena, pues si en aquella se trataba de auténticos carcamales haciéndose pasar por jóvenes atletas, ahora sucedía todo lo contrario, y unos chicos que no alcanzarían los veinte años de edad, parecían unos viejos decrépitos aquejados por todos tipo de males, que se desplazaban renqueantes entre las mesas, clamando al cielo por su infortunio apenas comenzadas sus cortas vidas. Al llegar a casa se sintió invadido por una saudade muy profunda, y se durmió en el sofá escuchando fados y esperando el regreso de su añorada Alicia.
Esta, sin embargo, nunca volvió, hecho que Gustavo siempre justificaba diciendo que, después de todo, era normal porque sin duda “había pasado al otro lado del espejo”, lo que le tranquilizaba e hizo posible que llegase a alcanzar la extraña longevidad de los camareros de su bar habitual, mitad ancianos mitad adolescentes.

martes, 17 de febrero de 2015

CANTATAS



Se trata de una tarde de febrero. Aburrido, salgo de casa y voy al centro. Paseo por las inmediaciones de la Puerta del Sol, que siempre me pareció un lugar bastante pueblerino pero entretenido. Reminiscencia de tiempos pasados, en los que a la capital solo venía gente de provincias. Ahora con el turismo internacional parece otra cosa. En cualquier caso puede ser algo personal por razones que no me molesto en analizar. La arquitectura del lugar no ayuda a mejorar su imagen. Termino metiéndome en la Plaza Mayor, con un regusto especial a un tiempo antiguo, mezclado con un tipismo que no difiere demasiado del de la Puerta del Sol. Ese día, sin embargo, sucede algo especial, posiblemente se trata de una celebración que tiene que ver con los Carnavales que acaban de empezar. Me acerco a un pabellón montado cerca del centro de la plaza, y por lo tanto de la efigie ecuestre de Felipe III. A su alrededor se aglutina un buen número de personas que permanecen muy atentas a lo que se desarrolla en el escenario. Cuando tras algunas dificultades logro colocarme en las primeras filas, me doy cuenta de que se trata de la representación de una ópera. En ese momento están cantando dos artistas, que por sus voces supongo que serán sopranos. Cantan en italiano y por lo tanto no entiendo nada de lo que dicen, aunque tengo la impresión que tampoco lo entendería si lo hicieran en español; sus voces son agudísimas, y la verdad es que ni siquiera me parecen agradables. Intento aguantar un poco más, pues seguramente lo mejor está por llegar. La ópera siempre tuvo fama de ser un espectáculo elitista, pero recuerdo algunas arias y coros bellísimos. De vez en cuando sube al escenario alguna alguien del público, que trata de hacer una tercera voz con las cantantes, aunque lógicamente, al no ser profesional no lo logra, y el resultado me parece ridículo. El público, sin embargo, permanece muy serio, y hasta tengo la impresión que emocionado, como si las divas fueran María Callas y Renée Fleming, por poner un ejemplo. Como tengo que hacer un esfuerzo notable para no reírme a carcajadas, y dar rienda suelta a la hilaridad que a mi modo de ver la situación se merece, miro con detenimiento a la gente que me rodea, hombres y mujeres de todas las edades, e incluso niños, y observo para mi asombro que, todos sin excepción, tienen cara de gallina, aunque el maquillaje es demasiado evidente y el efecto resulta grotesco con postizos, afeites y colorete a granel. Cuando termina la representación con un dúo final horrendo, que está a punto de reventarme los tímpanos, el gallinero al completo parece presa de un entusiasmo desmedido. Los bravos sin embargo no coinciden con los habituales, y parecen más bien cacareos desgañitados que, sin embargo, en aquel lugar y momento cumplen su función y hacen que las artistas, después de haberse retirado, salgan varias veces a saludar. La última espontánea que les acompañó al final trata de unirse a ellas, que sin embargo la alejan de mala manera con un empellón mal disimulado.
Por mi parte, la situación empieza a preocuparme, y no tanto por el ridículo de toda aquella gente haciendo el majadero disfrazada de gallina, sino por la ínfima calidad del espectáculo, que habla bien a las claras de la poca importancia que el Ayuntamiento otorga a la cultura. Es decir: comienzo a sentirme indignado, y además, con la necesidad imperiosa de comunicárselo a alguien de inmediato. Me dirijo a la persona que tengo al lado, un tipo bastante más alto que yo, y tocado con una cresta enorme, que al doblarse casi le cuelga hasta un hombro. Supongo que se trata de un gallo. Le expongo sucintamente mi opinión, tratando de mantener las formas, a lo que el hombre (o gallo) parece no prestar mucha atención. Al terminar mi discurso el individuo me mira fijamente a los ojos, y tras pestañear con insistencia durante varios segundos, como toda contestación me responde “¡cuá!” , para aclararme  de inmediato acercando su boca (o su pico) a mi oreja: “perdone, es que no sé hacer la gallina”. “Ya lo veo- le contesto-ni el gallo. Y el pato deja bastante que desear”, y me alejo tratando de ser transigente y aceptar que después de todo cada cual se divierte a su manera. Quizás por eso, según voy andando hacia una de las salidas de la plaza a la calle de Arenal, me da por decir cuá cada ciertos pasos, a modo de homenaje a un carnaval que a mi particularmente me tiene sin cuidado, apto especialmente para niños, adolescentes, y en general para gente que empieza a echar pelo (aunque sea el de la dehesa), y cree que no va disfrazada a diario. Me cruzo con una auténtica multitud, todos disfrazados haciendo el ganso, y al parecer muy divertidos con el personaje que representan. Al llegar a la plaza de la Ópera (mira por donde), el edificio de la misma me parece que no tiene ninguna gracia, a pesar de pretender ser neoclásico (o quizás por eso mismo). Si las representaciones en su interior están de acuerdo con su apariencia, no deben ser gran cosa. Tengo un mal día, lo reconozco y tiendo a ver todo de forma poco favorable. Cuando finalmente desemboco en la Plaza de Oriente, surge finalmente algo que me reconforta con este día aciago y frío. El palacio de Oriente, de piedra berroqueña, y que siempre me ha recordado de algún modo al Escorial, parece haber sufrido una transformación que lo reconcilia con su nombre más allá de su orientación portuguesa, se ha transformado en una gigantesca pagoda llena de luces, a cuyos balcones asoman multitud de mandarines, confuncios, budas, geishas y samurais. Yo nunca he distinguido entre chinos y japoneses, valga eso como justificación. De cualquier modo, los Borbones también celebran el Carnaval, si es que lo que ellos representan es algo diferente de un carnaval perpetuo.

CITAS



Había quedado con Marta a la entrada de la Fundación Juan March o, si sobraba tiempo, en una cafetería próxima. El problema era que desde hacía unos meses, siendo la entrada libre, como era habitual, una hora antes de la actividad había que sacar las localidades en Recepción. Para mí tal hecho no suponía mayor inconveniente, pues al estar jubilado y no trabajar, podía ir pronto, aunque cuando llamé por teléfono me advirtieron que lo hiciera lo antes posible porque solía haber bastante cola. La conferencia empezaba a las siete y media, y para no tener problemas, me planté allí a las seis. Para mi sorpresa en el vestíbulo de la Fundación apenas había cuatro personas, sentadas a cierta distancia del mostrador que hacía las funciones de taquilla. Me acerqué y le pregunté a la señorita por las entradas, a lo que esta me respondió con cierta desgana que hasta las seis y media no abría. Dispuesto a matar el tiempo, me senté al lado de una ventana frente al mostrador, y me entretuve hojeando los folletos informativos  que recogí a la entrada. De vez en cuando llegaba algún despistado como yo, y después de recibir una respuesta parecida, se perdía por el hall a la espera de la hora de apertura. A las seis y veinticinco llegó un chico y preguntó lo que otros habíamos hecho con anterioridad, recibiendo esta vez una respuesta algo diferente, pues la señorita le informó que “debía ponerse a la cola”, haciendo un gesto en dirección a las personas que mencioné más arriba como próximas a la entrada, y desde luego obviándome a mí, que estaba a dos metros escasos de ella desde hacía media hora. Al darme cuenta de la situación, me levanté y le dije  que perdonase mi atrevimiento, pero que yo no veía la cola por ningún lado, a lo que, señalando a los interfectos, me respondió desdeñosamente: “pues esa”. Como tengo una idea bastante aproximada de lo que es una cola, desde que en mi adolescencia asistía con frecuencia al cine de los años cincuenta, le dije que lo que suele caracterizar a la misma, es el tener una cabeza que se prolonga hacia atrás frente a un lugar que suele recibir el nombre de taquilla. La señorita, ante lo detallado de mi observación, elevó la voz llamando a un individuo uniformado, que supuse sería algo así como el encargado, que una vez alertado, y de forma titubeante dio a los presentes unas instrucciones más o menos vagas. Casi de inmediato, con las diez o doce personas presentes, empezó a formarse lo que  se podría empezar a denominar una cola, que comenzaba por una señora con abrigo de pieles, y con toda la pinta de no tener nada mejor que hacer aquella tarde que asistir a una conferencia sobre “la globalización”. Ocupé mi puesto bastante más atrás de donde me hubiera correspondido, y traté de no ser excesivamente riguroso al enjuiciar la situación, siendo yo muy aficionado a considerar, llegado el momento, la importancia de las “estructuras difusas”. A todo esto, llegó alguien que se adelantó a la cola en ciernes, y recibió de inmediato la entrada de manos de la señorita recepcionista, aquejada al parecer en aquellos momentos de un acceso de aleatoriedad (quizás arbitrariedad), que desdecía lo que hasta ese momento había defendido con verdadera pasión. Hubo un murmullo de desaprobación, pero la puesta en marcha inmediata del sistema de entrega de localidades hizo que se apagara rápidamente. Al llegar mi turno, ya en el mostrador, le pedí dos entradas, una para mí y otra para mi mujer, a lo que se me contestó que sólo se podía dar una, porque esa era la norma que ella había recibido de la institución a la que servía. Traté por un instante de argumentar razonablemente (o al menos eso me parecía a mí), que a mi mujer le era imposible estar allí en aquellos momentos porque trabajaba hasta las seis y media, y que el Metro no la dejaría cerca en menos de media hora, momento en el que (el ritmo de llegada de asistentes crecía a ojos vista) era más que posible que ya no quedaran localidades, a lo que, inflexible en la aplicación de las normas del lugar, me repitió: “son las normas”. Abandoné la cola contrito, con el temor que mis vaticinios se cumpliesen y Marta y yo (era impensable asistir yo solo) nos quedáramos fuera dado el rigor en la aplicación de los mandamientos de la Fundación. Me dirigí al que he nombrado anteriormente como Encargado, y traté de hacerle ver que pareciéndome adecuado que se entregara una sola entrada como norma, en casos especiales y razonables, podrían considerarse determinados matices como el que yo exponía, pues para mi mujer, dada la inexistencia a día de hoy de la teletransportación, no podía literalmente estar allí ya. “Son las normas, caballero” reargumentó aquel individuo pálido y enjuto que, por su gesto, parecía ser víctima de alguna contradicción interior. Y como argumento final remató “hay que hacer cola, pero además no aquí, sino en el exterior”, queriendo sin duda mostrar con ello una benevolencia que desmentían sin lugar a dudas los escasos cuatro grados que podía hacer en la calle.
Con mi entrada en el bolsillo empecé a pasear con nerviosismo por la zona, tratando de calmarme y ser razonable, y recordando mis tiempos de militar en activo, en los que los profesionales teníamos bien clara la diferencia entre centinela y vigilante. Este último es una persona dotada de cierta libertad, que le permite actuar valorando la situación en función de lo que él mismo observe, sin verse constreñido por un mandato unívoco e irrevocable. El primero, sin embargo, solo obedece a consignas, antes las cuales cualquier actividad cerebral propia debe detenerse y, por ejemplo, frente a la campiña, disparar a todo lo que se mueva, ya sea efectivamente el enemigo, una pareja de novios que pasean arrobados al atardecer, o una vaca. Pues bien, en aquel sitio era evidente que los dos empleados actuaban como centinelas. Nada de explicaciones, consideraciones, matices ni apreciaciones no observadas en la ordenanza. Llamé a Marta y le comenté brevemente la situación, a lo que me respondió que en esos precisos momentos entraba en el vagón del Metro. Seguí paseando y entre los pensamientos que ocuparon mi cabeza en aquellos momentos, dos surgían con insistencia. El primero era una autocrítica “soy un mal ciudadano porque no me atengo a las reglas”, y el segundo, más propio de un librepensador, “esto es absurdo, porque es de lo más lógico que alguien venga acompañado, y que al acompañante le resulte imposible estar allí a tiempo para la cola, sobre todo si trabaja”. Debo no obstante decir que, pese a mis protestas, en el fondo de mí mismo me consideraba culpable, repitiéndome que “dura lex sed lex”, a pesar de que las normas interiores de funcionamiento de una entidad privada disten mucho del rigor del código penal. Influencia debida sin duda a la civilización judeocristiana, en la que un dios omnímodo y omnipotente no cesa de considerar culpables a sus seguidores del menor acto o pensamiento trasgresor de los Diez Mandamientos, el Pentateuco (que son los cinco primeros, si no recuerdo mal), la Torá (ídem) o el Talmud. En esos instantes de agobio emocional e intelectual, llegué a considerarme un mal ciudadano, pues la norma que yo me empeñaba en transgredir, podía tener como finalidad impedir que alguien sin escrúpulos vendiera las entradas excedentes a las puertas de la Institución, o que entidades como el Real Madrid enviaran solo al entrenador de su primer equipo para no molestar con prisas a Ronaldo y sus compañeros, destinados a labores superiores. Estas ideas bullían en mi cerebro con una intensidad que sin duda la situación no se merecía, pero, llevado sin duda por determinados demonios familiares, que me sacan de mis casillas en algunos momentos de mi biografía sin venir a cuento, incrementé la velocidad y amplitud de mi zancada por el vestíbulo, tratando de sacar afuera una energía que podía acabar siendo nociva para mi corazón o para los empleados del establecimiento si acababa perdiendo los estribos. Todo el mundo sabe (o debiera saber), que la justicia no solo contempla la letra de la ley, sino su espíritu, algo que yo percibía no era tenido en cuenta en este caso.
Sea como fuere, la realidad era la que era, y si las cosas no se arreglaban pronto, la conferencia peligraba para nosotros. Movido por un impulso de solución fuera de márgenes, se me ocurrió que quizás en la calle, a las puertas del establecimiento, podía encontrar a algún individuo benemérito que me hiciera el favor de pedir una entrada como si fuera para él. Lo sorprendente es que le encontré casi de inmediato, un joven que puesto al corriente de drama que él podría solucionar en treinta segundos (cola inexistente en esos momentos), se brindó de inmediato y entró con paso decidido en la Juan March. Sin embargo, pasados cerca de tres minutos sin que volviera aparecer, supuse que algo anómalo había sucedido. Y, en efecto, así había sido. Este tipo, cuya candidez merecería una beatificación inmediata, cuando la taquillera (las cosas como son),  le preguntó si por casualidad la entrada no sería para un señor de cierta edad que estaba en la entrada del edificio, le contestó que efectivamente, lo que hizo que aquella, llevada por un celo digno de la KGB, le dijo que no se la daba. Agradecí al voluntario su fallida intervención, y entré en el edificio como una bala. Una vez allí, le dije a la operaria si por casualidad no había formado parte de las Juventudes hitlerianas, las SS o la Stasi, momento en que fui consciente de que quizás me estaba pasando, pero que, cargado como estaba de adrenalina, y posiblemente de testosterona, no pude evitar. Dicho lo cual, me retiré para calmarme, rumiar la decepción por mi fracaso y ponderar si con la crisis económica mundial, y dada la actitud de esa señorita, la humanidad (o como mínimo la Comunidad de Madrid) estaba a punto de sufrir un cambio de paradigma, que podía retrotraernos a principio de los años treinta del siglo pasado, cuando Franco y Hitler ya velaban armas. Fueron momentos duros en los que paseé arriba y abajo por el vestíbulo para tranquilizarme. Para hacer tiempo entré un una exposición situada en una sala cerca de la entrada. Se trataba de unos trabajos del escultor inglés Henry Moore (y alguno más), en la que pude apreciar cuatro o cinco figuras talladas por el insigne artista, de las que, según el folleto, lo más relevante eran (para mi asombro), los huecos de las esculturas (por otro lado, inidentificables). Lo que más me gustó fue la cabeza de un elefante que al parecer le sirvió  como modelo para hacer cerca  de un centenar de bocetos al carboncillo, en los que una vez más, independientemente de los huesos y la dentadura, lo más significativo eran los espacios vacíos. Estas consideraciones me tranquilizaron un poco, especialmente cuando consideré que, después de todo, las explicaciones del folleto eran coincidentes con los últimos hallazgos de la Cosmología, según los cuales el universo surgió de las fluctuaciones cuánticas del vacío.
Vuelto a mis cabales, pero sin cejar en mi pretensión de que Marta y yo nos pusiéramos por fin al corriente del concepto de “globalidad”, tras un breve pesquisa, me dirigí al Jefe del Establecimiento, un señor de mediana edad, bien trajeado y que nada más verle, me dio la impresión de que, además de pertenecer a la especie homo sapiens, era gallego. Le expuse sucintamente mi situación, preguntándole, dados los acontecimientos, si en aquella institución efectivamente se estaba gestando algo parecido a las organizaciones policiales que hicieron furor en Europa poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Me miró un tanto sorprendido, con el típico gesto de quien no tiene la certeza de habérselas con un tipo agresivo e irónico, o con un loco de reacciones imprevisibles. Tomó cierta distancia de mi persona reculando discretamente, y después oír los detalles y de ponderar durante algunos segundos lo que acababa de escuchar, me dijo que no me preocupara, y que si en veinte minutos mi mujer no estaba allí, él me proporcionaría su entrada. Satisfecho de esta victoria in extremis, y una vez que pasado ese tiempo, la tuve, procedí a lo único que cabía en aquel lugar (que ganaba en densidad por momentos), pasear con el aire jactancioso de quien, después de todo, ha hecho comprender al mundo que, aunque “strictu senso” no tuviera razón, su situación personal era tenida en cuenta.
Incluso para que la señorita taquillera valorara la dicotomía entre la norma y la dura realidad, me paseé delante de ella con las dos entradas bien visibles en la mano, pudiendo apreciar en su rostro un gesto de confusión y un amago de puchero. Debo aquí añadir algo que se me había olvidado decir en la narración anterior (y que puede justificar hasta cierto punto mi actitud), y es que minutos antes había sido objeto de cierta vejación por su parte, respaldada en esa ocasión por una mujer acodada a su lado en el mostrador. Sucedió que cuando me acerqué a charlar con ella para hacerle partícipe de mi enojo por su intransigencia, la mujer en cuestión, que parecía estar al corriente del asunto, me recriminó mi actitud, diciéndome  que “las normas son las normas”, y que de hecho, ella estaba exactamente en mi misma situación y se aguantaba. Siendo razonable en apariencia lo que decía, traté por unos instantes de hacerle ver que una norma no tiene por qué ser un dogma, y quise extenderme con las diferencias entre centinela y vigilante mencionadas más arriba, añadiendo que de eso (de normas), yo entendía bastante por haberme pasado veinticinco años de mi vida “desfilando” (en alusión a mi pertenencia durante muchos años en las Fuerzas Armadas nacionales). Esta persona, una mujer de mediana edad que, dada su silueta insinuante, debía frecuentar el gimnasio o haber heredado unos genes de primera categoría, no estaba de acuerdo con mis apreciaciones, y recalcaba las suyas en apoyo a la taquillera, marcando cadera y reivindicando de tal guisa, la coincidencia total entre una feminidad a ojos vista y una racionalidad cartesiana. Debo confesar que di por perdida esa batalla, dado que el tandem en cuestión me sometió a un intenso bombardeo con una artillería verbal de tal calibre que me achantó, al no encontrar en ellas la menor fisura por donde colar mis argumentos. Su posicionamiento en defensa de la norma como concepto irreductible y sin matices, era infinitamente más sólido que las cinco vías de santo Tomás o el argumento ontológico de san Anselmo para probar la existencia de Dios.
Afortunadamente la llegada de Marta pocos minutos después me liberó de las contradicciones que aún sentía removerse en mi interior, pues si por un lado podía sentirme vencedor en una batalla que me parecía absurda, por otro, me acosaba un cierto complejo de culpabilidad por no haberme atenido estrictamente a la famosa norma de la Fundación, y haber mantenido una actitud excesivamente beligerante. Después de algunas bromas sobre el vodevil acontecido, entramos finalmente en la sala de conferencias, donde aún había algunos claros. Nos sentamos en dos butacas al azar, pero que venían a ser las que a nosotros nos gustaban, en una fila intermedia y al lado del pasillo central (el sentido de esta elección tiene que ver con la posibilidad de abandonar el lugar si el espectáculo, fuera cual fuere, se ponía inaguantable). Poco después, Marta me hizo notar que las localidades debían estar numeradas, pues algunas personas a nuestro alrededor parecían buscar las suyas. Le dije que tratándose de una conferencia me extrañaría mucho, pero finalmente accedí a comprobarlo ante el acoso más o menos directo de dos señoras que daban la impresión de reclamar nuestras butacas. Para mi asombro, y poniendo la guinda a una tarde trufada de situaciones más o menos surrealistas, resultó que efectivamente las localidades estaban numeradas, pero que, milagrosamente, nos habíamos sentado precisamente en las que nos correspondían, algo a lo que un matemático especialista en el cálculo de probabilidades no le hubiera dado muchas, teniendo en cuenta que el aforo debía aproximarse a las quinientas personas. Finalmente la conferencia resultó interesante, y nos volvimos a enterar de la importancia de un mundo superconectado, en donde la información y el capital fluyen sin control de una a otra esquina del globo (suponiendo que este las tenga, por cierto) con las ventajas e inconvenientes que tal situación comporta. Como demostración, uno de los conferenciantes (el que parecía más seguro y brillante) sacaba con frecuencia (y un orgullo mal disimulado), su teléfono móvil de última generación, que según él era la clara demostración de que estábamos en un planeta conectado “urbi et orbe”. Cuando ya salíamos, le pude enseñar a Marta a la feminista que adoraba las normas, y que con su intervención estuvo a punto  de dejarnos en la calle. En aquellos momentos me pareció mayor de lo que creí al verla antes, quizás al ir acompañada por una jovencita exuberante, que no tenía precisamente el aspecto de ser su hija. Nunca se sabe donde pueden acabar las sorpresas.

sábado, 7 de febrero de 2015

BIBLIOTECAS



Reservo una de las mañanas del fin de semana a lo que llamo actividades culturales, en la que, en resumidas cuentas, me limito a visitar una o varias librerías. Soy coleccionista de libros de la misma manera que los hay de sellos o monedas, de tan larga trayectoria y prestigio que, como es sabido, han dado lugar a la filatelia y la numismática. Lo mío con los libros es otra cosa, porque, haciendo un paralelismo, no busco incunables ni ediciones muy bellas, lujosas o raras. La verdad es que busco libros cuyo contenido me interese, y no me importa -a no ser por el precio- que estén editados en rústica, tapa dura o cuero. Mi búsqueda tiene un sentido práctico. Hace unos años, me dedicaba con preferencia a la narrativa, pero por motivos que no me tomo la molestia en analizar, acabé cansándome. Baste decir que en ello puede tener algo que ver el hecho de que diariamente lea dos o tres periódicos que, convenientemente utilizados, pueden constituir verdaderas sagas literarias, aunque en la mayoría de los casos solo se trate de sucedáneos. El hecho es que hace ya tiempo me dediqué al ensayo, y preferentemente al de tipo divulgativo, pues teniendo en cuenta que no soy especialista en nada, sería inútil que tratara de entender la teoría de la relatividad o de cuerdas, por poner dos ejemplos, desde el punto de vista matemático: soy alérgico a las fórmulas cuya dificultad sobrepase a la famosa de los catetos y la hipotenusa. La Cosmología y Astronomía son dos de mis especialidades preferidas, y tengo hacia ellas el respeto y veneración que los creyentes dedican al carpintero de Galilea y el mercader del norte de África, por decir algo. También leo con cierta fruición ensayos filosóficos y psicológicos de mayor complejidad, de los que para salvar la inversión y mi curiosidad, trato de hacer una síntesis y enterarme en menos de un folio de lo que el autor expone en quinientos, y que en buena medida serían incomprensibles para el mismísimo Wittgenstein redivivo. En cualquier caso, si solo dijera esto, me quedaría corto, pues la verdad es que hay otros aspectos de mi afición que son dignos de ser tenidos en cuenta. En primer lugar, aun siendo cierto que el criterio principal para la elección de un libro es su contenido, hay otros que deben ser valorados. Para empezar, y yendo a la práctica, debo confesar que su ubicación en las estanterías no es aleatoria, sino que obedece a determinados principios que paso a enumerar.
El aspecto del libro es importante, y los que reúno en función de su grosor y colorido, sin importarme el asunto del que trate. No menos importante es la editorial que lo publica, pues todas tienen una tendencia, lógica por otra parte, a hacer evidentes las características de su sello que juzgan interesantes, y que la identifican como única aparte de su logo. En algunas ocasiones estos criterios no son compatibles, y normalmente opto por juntarlos de manera heterodoxa, dejando a la pericia del visitante (la mía en la mayoría de ocasiones), la posibilidad de encontrar el volumen que le interesa. A pesar de esto, el criterio principal para clasificarlos sigue siendo el tema del que traten, siendo raro encontrar juntos a un tratado de teodicea, por decir algo, y uno de física cuántica. Aunque, con el tiempo, todo se andará. No podía dejar de lado la clasificación por autores, algo muy socorrido para los espíritus simples y prácticos, que antes de cualquier otra consideración veneran la fuente de la cual procedan. Digamos, por decir algo, Camilo José Cela o Cicerón.
No renuncio de todas maneras a la clasificación alfabética, mezclando así a autores de todo pelaje, y hermanando así a los que  tal hecho es más que posible que les pusiera los pelos de punta. Richard Feynman y Leopoldo María Panero, por decir algo,  podrían se dos ejemplos pertinentes, aunque no lo son por raciones obvias para cualquiera que se sepa el alfabeto. De todas formas, pensándolo con seriedad, estas clasificaciones son algo intranscendente, aunque en ocasiones me hacen olvidar la importancia del contenido, y organice unos galimatías terroríficos.
Empiezo pues a preguntarme si siendo esta una afición bonita y culturalmente positiva, me estoy obsesionando en exceso, pues en los últimos tiempos no solo clasifico los libros por materias, sino que, independientemente de lo explícito de las mismas, empiezo a reunirlos por características ocultas en ellos, en función de determinados hallazgos personales. Por ejemplo, el otro día coloqué juntas las biografías de dos personajes que no tenían nada que ver el uno con el otro, por el simple motivo de poder ser conceptuados (por mí, naturalmente), como “malos padres”. Se trataba de Turner y Einstein, uno pintor y el otro físico, y bastante en las antípodas. Claro que puedo consolarme considerando que, después de todo, se trataba de biografías, matiz que, sin embargo en aquellos momentos, no tuve en absoluto en cuenta.
Quizás sea este el momento de confesar que a pesar de lo dicho al principio, según pasa el tiempo me estoy volviendo más descuidado y heterodoxo, y que si bien el contenido de los libros de mi biblioteca (creo que diez mil pueden tener tal  consideración), sigue siendo fundamental, en ocasiones me entretengo jugando con ellos de varias maneras que, siendo yo un hombre bastante lúdico, no dejan de multiplicarse. La primera y más sencilla, consiste en coger una buena cantidad y barajarlos al azar entre ellos, como si se tratara de mazos de cartas. Otra que también me gusta, es la   dibujar cualquier cosa en sus páginas con lápices de diferentes colores, o realizar en los mismos anotaciones de cualquier tipo, para, a continuación, situarlos juntos en las estanterías como si fueran hermanos de sangre, aunque verdaderamente no tengan nada que ver entre ellos. Una modalidad que puede considerarse como una extensión de la anterior los días en que me siento más creativo, consiste en escribir en sus márgenes, a pie de página y en las páginas de cortesía de los mismos, historias paralelas a las del libro en cuestión o modificaciones a lo expuesto. Sin ir más lejos, el otro día me explayé a gusto sobre un nuevo concepto de la física de partículas, rebatiendo sin titubeos las conclusiones a las que llegaron Bohr, Heisenberg y Schrodinger, expuestas en un librito de divulgación. Tengo mis argumentos bien fundados pero no es este el lugar adecuado para exponerlos. Dicho lo cual paso a considerar otras facetas de mi relación con los libros que tengo el convencimiento que el lector menos avisado considerará fuera del campo estrictamente literario.
Se trata, para ser más concreto de una afición paralela, que desde hace algún tiempo está consiguiendo que paulatinamente mi colección experimente una merma numérica, no importante pero sí significativa. Hablo de la papiroflexia u origami. Las pajaritas y los aviones de papel. Me ha dado por coger unas tijeras y transformar las páginas de los libros que considero más importantes (que no enumero para no provocar celos ni ofender a los críticos), en una bellísimas pajaritas y aviones de diversa factura, con los que procedo en dos fases. En la primera los sitúo en la balda vacía que tengo en una de las estanterías, donde los contemplo un rato largo con la satisfacción del trabajo bien hecho. Y en una segunda, que me proporciona aún una satisfacción superior, los lanzo a la calle a través del ventanal de la terraza, esperando ver a escondidas las reacciones del público ante tan inesperada lluvia. Seguro que entre el mismo, habrá quien sepa apreciar en su justa medida no solo la belleza de su diseño, sino el contenido de la página que lo hizo posible, se trata de unos versos de Neruda o del concepto de fractalidad en Mandelbroot. En cualquier caso, me digo para mis adentros que debo contenerme, pues si sigo al ritmo de los últimos tiempos en poco más de dos años habré acabado con todos, aunque bien pensado tal cosa me facilitaría el hecho de recomenzar la colección, si cabe con más brío.
Descarto otras posibilidades que han llegado a tentarme algunas tardes, en las que el tedio me alcanza y sumerge en ciertos estados que han llegado a preocuparme. Incluso debo decir, puesto que lo escrito hasta aquí, no deja de ser una confesión en toda la regla, con sus asertos y vacilaciones, que en más de una ocasión me he visto ya con la cerilla o el encendedor listos para convertir a esta selva de papel en humo, y que solamente un ángel venido de no sé donde me ha susurrado al oído que no merecía la pena, por más que el espectáculo podría resultar de una belleza extraordinaria. Sería tirar por la borda muchos años de trabajo, y una afición que me ha dado la fuerza para seguir adelante sin demasiadas complicaciones. Además, ni el continente ni el contenido de mi casa están asegurados, y la desesperación romántica, pasado el diecinueve, ya no está de moda.