jueves, 1 de enero de 2015

RADARES DOS

La verdad, sin embargo, es que lo que acabo de decir no es exactamente cierto, porque el nuevo coche está dotado de un sistema de alerta radar, mediante el cual estos son identificados antes de “que acontezcan” (valga el giro literario/pedante, pero me pete). Dije al principio que el coche nuevo era igual al anterior, pero lo cierto es que este está dotado de algunas novedades. Cabe en cualquier caso recordar la diferencia entre igualdad e identidad, tema sobre el que habría mucho que cortar, y que ya se nos dejaba caer cuando éramos unos críos a principio del bachillerato, sin considerar que las perversiones de ese estilo deberían dejarse para el Marqués de Sade, bastante más tarde. Comoquiera que sea, lo cierto es que mi velocidad punta en la meseta castellana se aproximó a la de las Ducati del campeonato ese de motos, que nos atormenta cada dos por tres en temporada alta. Quizás fue debido a eso por lo que ya en las cercanías de Cantabria, y por tanto de Reinosa y el nacimiento del río Ebro en Fontibre, tuve una recidiva fenomenológica, con ciertas variantes que paso a describir. Se trataba de que después de una curva pronunciada para ser la carretera una autopista, creí ver una luz muy grande y cegadora que casi me produjo los efectos que a San Pablo camino de Damasco. No me caí del caballo  ni salí disparado del automóvil, pero supe que (al menos momentáneamente) mi vida había cambiado. Sucedió que a partir de ese momento, y con independencia de la carretera siguiera siendo igual a sí misma (y solo eso), empezaron a desfilar por mi cabeza una serie de imágenes que me mantuvieron un buen cuarto de hora en la perplejidad. Eran imágenes, sin embargo de gente conocida, personas próximas, incluso íntimas, que se me aparecían como fogonazos intermitentes en forma de fotografías de estudio para carnet de identidad, y algunas de fotomatón. Su calidad oscilaba, pasando de muy alta a lamentable. En las primeras las personas en cuestión parecían sonreír y en algunas incluso me hacían confidencias en plan muy personal, que no debo transmitir aquí. En las otras, sin embargo, no parecían nada satisfechas y sus miradas apuntaban un hilo de rencor, que yo achaqué para no inquietarme a la mala calidad de su soporte, algo que, si se piensa, resulta bastante comprensible. A nadie le gusta que pudiendo ir de príncipe de Gales le vistan de trapillo (no es mi caso, que conste). TINUARÁ

RADARES UNO

A última hora decido pasar la Nochevieja en el Norte (me gusta llamarlo así, suena a película de aventuras). Además será una forma de rodar un poco el coche que me acabo de comprar, que por cierto es igual que el anterior. Pero no idéntico, ojo. Me pongo en carretera a media mañana. Habían anunciado un día frío y desapacible, pero solo es frío porque el cielo está totalmente azul y no hace ni pizca de viento. A los pocos kilómetros soy consciente de que no pienso en nada, algo que me extraña, pues había supuesto que los seres humanos siempre pensamos en algo de una forma natural, consustancial con nuestra naturaleza. Quiero decir que al ver las cosas que van saliéndome al paso, intento pensar algo sobre ellas, pero no puedo. A lo mejor resulta que no soy humano. Es una de las posibilidades. El hecho es que según pasan los kilómetros tengo la sensación de ser una máquina registradora o una cámara fotográfica: la carretera, una curva, unas casas, un poste enorme, un molino, coches. Esas cosas. Todo cuanto veo me parece exactamente igual a sí mismo, pero desprovisto de cualquier atributo, lo que al cabo de un rato empieza a asustarme, pues incluso los vehículos que se cruzan conmigo en un tramo de doble dirección me parecen exclusivamente objetos decorativos, y en ese sentido, incapaces de causarme ningún daño en caso de impacto. Es una sensación extraña pero cautivadora, que quisiera tener con más frecuencia. De cualquier forma, al ser consciente de lo que acabo de decir, es evidente que aunque mermada, aún me queda algo de esa facultad que me posibilita darme cuenta de la situación. Yo, lo que percibo y lo que elucubro somos diferentes. Sin embargo, un león que ve a un ñu y se lo come, al cabo del rato acaban formando parte de la misma entidad. Es decir, del león. Algo que, sin embargo, no ocurrirá en mi caso por mucho que me obstine en pensar en que hace buen tiempo y el viaje está siendo agradable. No es una cuestión de células En eso estriba sin duda la diferencia entre la acción y el pensamiento: el león no pensaba en el équido, simplemente se lo comía. Al llegar cerca de Aranda de Duero, se me hace evidente que tengo que parar llevado por una necesidad que no se presta a disquisiciones retóricas de ningún orden, cosa que hago al llegar a la llamada área de servicio de Milagros, donde procedo sin dilación. Allí mismo tomo un pequeño piscolabis y me acuerdo con afecto de Edmund Husserl, filósofo padre de le fenomenología, a quien al parecer he dedicado la primera parte del viaje. Si no recuerdo mal, además de ser un hombre exclusivamente apegado a la experiencia, es además considerado el abuelo del existencialismo, algo de lo que me alegro, no porque su máximo representante fuera, llegado el día, un tal Jean Paul Sartre, sino porque siempre he tenido debilidad por este tipo de personas que mirando aquí parecen también estar mirando hacia allá. Por los bizcos quiero decir. Pasado Burgos, que entreveo a lo lejos, la temperatura sigue bajando y enseguida la nieve bordea la carretera, que de esta manera se vuelve aún más carretera mediante un proceso que dejo a la imaginación de quien me lea. Es fácil. A partir de ese momento me doy cuenta que ya pienso. Quiero decir que ya pienso como siempre y, por ejemplo, al ver Burgos me he acordado del Cid, la catedral y la morcilla, algo impensable algunos kilómetros atrás, lo que transporta a mi espíritu (siendo este una facultad interna de difícil definición) una alegría rayana con la euforia, que hace que pise el acelerador hasta el límite de velocidad máxima del vehículo. Tal hecho supongo habrá conmocionado a todos los radares de la zona y puesto en estado de alerta a sus supuestos controladores, lo que en esos momentos, si debo ser sincero, me tiene absolutamente sin cuidado. “Somos seres contingentes”, me digo, y lo mismo me da partirme la cabeza en cualquier recodo de la carretera, que ser detenido y enviado a la cárcel de inmediato por rozar los doscientos kilómetros por hora.

jueves, 4 de diciembre de 2014

LECTURAS

Aunque se dice que durante toda su vida, Jacinto fue un lector empedernido, algunos de sus biógrafos opinan que en realidad leer siempre fue para él una tortura. Al parecer, según estos autores, Jacinto odiaba la literatura, y lo que es más, la letra impresa. Pero se sacrificó porque desde muy joven se dio cuenta de que hacerlo estaba bien visto, y no dudó en fingir, aunque luego sufriera lo indecible por decir algo que se aproxime a lo que pudo sentir. Por otro lado hay que considerar que en cualquier caso Jacinto siempre tuvo madera de héroe.
Otros opinan que eso no era totalmente cierto, y que Jacinto, aunque indudablemente tenía dificultades para la comprensión íntegra del texto (o como mínimo lagunas importantes al leerlo), se entretenía muchísimo con lo que otros consideran aspectos tangenciales del mismo, lo que justificaría los más de diez mil ejemplares encontrados en su domicilio tras su óbito. Le entusiasmaba recrearse en el tipo de letra elegido, el interlineado, los márgenes, la sangría, su tamaño, los espacios entre párrafos, las justificaciones y en general todo lo que tuviese que ver con la ortografía. Era capaz de pasarse horas calibrando estos y otros muchos aspectos que no hacen al caso, y de los que solo él podría dar rendida cuenta.
Claro que tampoco escasean quienes opinan que a Jacinto lo que verdaderamente le gustaba era “leer entre líneas”, pues afirmaba que una cosa era lo explicitado en el texto, y otra bien distinta su interpretación, que en general, nada tenía que ver con lo escrito. De hecho, en su opinión, el “Don Quijote” auténtico nada tiene que ver con La Mancha y ni siquiera con un hombre flaco y desgarbado a caballo, según suele desprenderse de una lectura superficial del texto. En realidad, según sus averiguaciones, se trata realmente de las infortunadas peripecias de una mujer, ya entrada en años, para recuperar a su hijo del  que fue separada vilmente apenas recién parida, por el comendador del lugar, que sería el verdadero protagonista (el episodio de los molinos de viento, sin embargo, afirmaba que era literal, y que fue introducido en el texto como un puro divertimento, a modo de morcilla). Y lo mismo cabría decir de “El mercader de Venecia”, que nada tiene que ver con la conocida ciudad italiana ni con un comerciante judío muy avaro (aquí Jacinto se liaba y acababa hablando de “El avaro” de Molière). De hecho, respecto a esta última, y a toda la obra de Shakeaspeare de quien se consideraba especialista, cabe decir que afirmaba haberlas leído en su lengua original, por mucho que de inglés él no tuviera demasiada idea. Aunque aquí hay que darle la razón, pues con su método de lectura tal cosa no tendría la menor importancia.
El mundo, según Jacinto, no es aquel en el que creemos vivir con menor o mayor desenvoltura, sino otro que cada cual debe descifrar a lo largo de toda su vida, levantando la piel de la realidad, que finalmente solo sería una impostura. Recomendaba que abordáramos nuestra vida cotidiana con el escepticismo, por ejemplo, con el que un calvo entra en una peluquería. Al cabo de cierto tiempo, aunque en el combate nos hayamos dejado muchas plumas (las metáforas eran su debilidad), descubriremos un paisaje nuevo, en el que nos será mucho más fácil habitar. Preguntarle a los locos por su locura, solía decir, y veréis que os responderá que los locos sois vosotros, solo dotados para ver la superficie de las cosas, e incapaces de apreciar las maravillas que subyacen bajo ellas, hecho que para estos hace tiempo que ya es evidente.

Siguió Jacinto leyendo incesantemente hasta el final de sus días, atestando su vivienda  con todo tipo de libros de los que lo de menos era su calidad. En cualquier caso, eso, según él, no era lo decisivo y ni siquiera  lo interesante. Después de todo, los temas de los que verdaderamente tratan los autores, nada tiene que ver con el contenido aparente de sus obras. Murió este hombre feliz a pesar de todo, y según los presentes sus últimas palabras fueron de agradecimiento a Gutenberg, que con su invento había sido capaz de haberle hecho la vida más llevadera, pues, llegado el fin, de lo que tenía una clara conciencia era de su incapacidad para haber hecho lo que hizo, si hubiera tenido que bregar con la caligrafía de los pocos autores que por entonces sabían escribir medianamente.

LA VIDA

LA VIDA

Después de todo
lo que importa es la vida
dices.
Luego callas y me miras
absorta.

Llegarán otros cuerpos
como llegó el mío
dices.
Y los ojos ya no serán
la coartada.

Ni las manos
ni nada de lo que creemos
que aún nos constituye.
Y el horizonte será solo
el vacío

Continuaremos sin embargo
caminando
sin mirar hacia atrás.
Llegar por fin a ningún sitio
desde ninguna parte.


LA MUERTE

Eres tú
por más que me resista
y piense
que aún estás aquí,
conmigo.

Y soy yo
aunque lo niegues
y pienses
que aun estoy aquí,
contigo.

Terminó la aventura
y tú estás aquí
y yo contigo.
Y yo estoy aquí
y tú conmigo.

Juntos por fin
como al principio
Tú aquí
y yo aquí.
Los dos aquí.

Definitivamente.


CONFUSIONES

Cuando llegué, él ya estaba allí. Desde la puerta de entrada pude verle casi de espaldas, y aunque se trataba de una persona mayor que, como es natural, en nada se parecía al chico de cincuenta años atrás, algo me dijo que no me equivocaba. Conservaba la cabeza proporcionada de entonces, su nariz casi griega, y las espaldas anchas que ya destacaban entre los alumnos de los últimos años bachillerato, que fueron cuando poco a poco empezamos a distanciarnos. Era él, y cuando por fin me acerqué y nos saludamos, su voz me confirmó de inmediato que estaba en lo cierto. Me había llamado días atrás por razones no del todo claras, pero que  supuse tendrían que ver con la nostalgia que con frecuencia nos envuelve a esa edad, bordeando ya los setenta. Era Chus, mi entrañable amigo de la infancia y primera juventud, un chico especial, muy afectuoso y simpático, que destacaba entre todos con su sola presencia.
 Sin embargo, en esos primeros momentos de nuestro reencuentro me sorprendió su seriedad, como si volver a vernos después de tanto tiempo fuera algo intrascendente que podía haber sucedido en cualquier momento durante aquellos años. La realidad es que apenas se levantó, y me dio la mano con cierta frialdad, como si se tratara  de algo protocolario, lejos de la natural efusión de un reencuentro tanto tiempo postergado. La verdad es que yo esperaba algo distinto, más cordial y  relajado,  pero su actitud me frenó en seco y marcó el instante sin que yo supiera reaccionar y dale otro cariz, lo que me hizo recordar cuando siendo unos críos, yo ya me plegaba a sus maneras, y esperaba  que me hiciera saber lo que quería de mí.
Poco a poco, no obstante, después de pedir la comida, fuimos haciéndonos las confidencias de dos viejos amigos, tratando de esa manera de situarnos en el presente para poder hablar con cierto sentido, y no solo de los viejos tiempos, medio siglo atrás, de los que sorprendentemente él no parecía no recordar casi nada. Según pasaba el tiempo, para mi perplejidad, fui teniendo la sensación de que aquel hombre no se dirigía verdaderamente a mí, sino a una sombra  del pasado de la que apenas tenía noticia, a pesar de mis intentos reiterados en recordarle algunos momentos y situaciones que yo recordaba con toda nitidez. En vista de ello, a partir de cierto momento me dediqué exclusivamente a escucharle; estaba claro que necesitaba hablar, y enseguida tuve la sensación de que se encontraba mal y trataba (inútilmente, por otra parte) de aferrarse a los recuerdos de nuestra lejana infancia buscando un alivio momentáneo. O quizás sería más apropiado decir de “su” infancia, porque a medida que avanzaba su soliloquio, fui teniendo cada vez más claro que no se dirigía a mí, sino a mi hermano mayor, al que por algún motivo él consideraba su verdadero amigo. Según pasaba el tiempo, mi asombro fue en aumento, al oírle referirse a momentos de aquellos años en los que yo no tenía nada que ver, o como mucho, era un personaje secundario.
 “La vida ha sido dura conmigo, José”, me dijo ya casi al final de la comida, como si esa confesión fuera un resumen de aquel encuentro, y el verdadero motivo de su llamada. Me miro intensamente, dando la impresión de esperar una respuesta inmediata que pudiera tranquilizarle o darle ánimos, pero desgraciadamente yo me sentía perplejo, casi en estado de shock, y durante unos instantes que me parecieron interminables (y supongo que también a él), me mantuve en silencio hasta que finalmente le hice un comentario banal tratando de quitar importancia a su confesión, para pasar de inmediato a algo  no tenía nada que ver con su situación. Mi actitud debió sorprenderle, y poco después del café me dijo que le perdonase por lo que iba a decirme,  pero que me encontraba raro, “extraño, más bien, con lo alegre y amigable que tú eras”, matizó casi de inmediato. Le dije que me perdonase, y que aunque no hubiera sabido transmitírselo, le comprendía perfectamente, porque a mí la vida tampoco me había tratado demasiado bien, y que si a él, como me había contado, tuvieron que extirparle un tumor de la cabeza tiempo atrás, yo había pasado dos años encerrado en un psiquiátrico por una depresión muy profunda, durante la cual no había querido ver a nadie. Tuve enseguida la sensación de que mi confidencia (que no era cierta) le había dejado muy confuso y bastante alterado, como si de mí solo hubiera esperado el apoyo de un antiguo amigo. Y en ese sentido, sus palabras eran un claro reproche.

Cuando por fin nos levantamos y nos despedimos, quedando vagamente en llamarnos pasado unos meses para ver como nos rodaban las cosas, no quise ser cruel y decirle que, en cualquier caso, yo no era José, sino Andrés, el hermano pequeño. Su verdadero amigo de la infancia. O eso creía yo días atrás al recibir su llamada (en la que, por cierto, habló de nuestra familia, pero no mencionó mi nombre). Salió delante de mí precipitadamente y sin volver la cabeza, como si algo en toda aquella situación le hubiera perturbado seriamente. Yo, sin embargo, al verle alejarse, y a pesar de no ser prácticamente nadie en su memoria, sentí verdadero afecto por aquel hombre, y no pude dejar de pensar por un instante que quizás mi amigo Chus estaba perdiendo la cabeza.

viernes, 28 de noviembre de 2014

TELÉFONOS

Dentro del paquete de medidas que el gobierno piensa adoptar para ahorro de ondas electromagnéticas, se incluye la utilización restringida de los teléfonos móviles. Al parecer, ha acabado confirmándose que el número disponible de las mismas no es infinito, como se suponía, sino equiparable al volumen de combustibles fósiles en nuestro planeta, por poner un ejemplo comprensible para todo el mundo. De entrada, quedará prohibido su utilización a bordo de cualquier tipo de semoviente, especialmente los coches. De esta manera se volverán a instalar los teléfonos habituales en las zonas de servicios de las carreteras. Quedarán, por lo tanto, prohibidos también los “manos libres” o bluetooths, de los que tanto disfrutaban los pasajeros en los trayectos de larga distancias, y especialmente durante los atascos de fin de semana, que los hacían más soportables. Con esta medida, el gobierno intenta que el progreso no suponga una huida hacia adelante, que nos podría llevar a la catástrofe. El sol, que está en el origen de cualquier tipo de energía, está dando los primeros síntomas de agotamiento, y en lo que se pueda, los seres humanos no deben colaborar a que tal hecho se acelere. Lo más preocupante, y lo que ha puesto en situación de alerta a la corporación científica, es la merma en número e intensidad de las eyecciones solares, que suele ser un síntoma claro del estado interior de nuestra estrella. Por otro lado, el color de las mismas está virando peligrosamente hacia el rojo, lo que solo podría significar dos cosas: que el sol se está alejando o que la temperatura de dichas eyecciones esté disminuyendo. Como resulta evidente que el sol sigue donde estaba, les ha resultado fácil deducir que se trata de lo segundo, algo gravísimo para que todo siga igual en el sistema solar, como viene aconteciendo en los últimos cuatro mil quinientos millones de años (aproximadamente). Si esto fuera así, las glaciaciones que se han sucedido en nuestro planeta a través de su historia, serían cosa de risa. Ni siquiera los pingüinos o el oso polar tendrían la menor oportunidad de sobrevivir. O, como en lenguaje popular afirma Artemio Santesmases, astrofísico de sistema de telescopios del Roque de los Muchachos en la isla de la Palma: apaga y vámonos.

La solución no es sencilla, y aunque después e los primeros cálculos matemáticos, el hecho mencionado, no influiría en La Tierra hasta dentro de unos tres mil millones de años, el gobierno quiere ser previsor, y que las generaciones venideras sean conscientes de que tiempo atrás el gobierno de la nación ya velaba por sus intereses. Es cierto, añade el ministro de Medio Ambiente, que los eones hacen variar con frecuencia la percepción de la realidad, pero quiere que su iniciativa suponga un paso adelante para la conservación del Sistema Solar, tal como nos fue legado por nuestros antepasados. “En ese tiempo es también posible, afirma, que la tectónica de placas haya hecho variar notablemente la estructura y forma de las tierras emergidas, pero en cualquiera de los casos, siempre será distinguible desde el cosmos, la inmarcesible bandera de nuestra patria” afirmó con rotundidad. Su intervención en el Congreso de los Diputados, seguida de inmediato por la del presidente del gobierno, fue acogida con una gran ovación, a la que se sumaron todos los partidos con representación en la Cámara, a excepción, como no podía ser menos, de los representantes de Podemos, que echando mano de su periclitada ideología comunista sentenció “a esas alturas todos calvos”.

jueves, 27 de noviembre de 2014

INSTRUCCIONES PARA LAVARSE LOS DIENTES

Los perros tienen dientes pero también tienen rabo, algo que no teniendo a primera vista ninguna relación, puede ser importante para ellos, como veremos más adelante. Claro que en este orden de cosas también podríamos afirmar que no todos los animales tienen rabo (ni siquiera dientes), pues la madre naturaleza les dotó con otro apéndice al que llamamos cola. Es igual pero no es lo mismo, algo que, como mucha gente sabe, ya se estudia en las matemáticas elementales, y que no debiera escapar a quien simplemente se mira al espejo para peinarse (si ha lugar). En cualquier caso, sea uno o la otra, no pocos los emplean para matar moscas, como dice la canción popular, ignorando los bonitos versos de Antonio Machado en los que su contemplación más que molestar, induce una cierta melancolía poética. Y no quiero abandonar este excurso fuera de lugar (puesto que no había aún ningún “curso” que seguir) para hacer tres puntualizaciones de las que usted puede prescindir tranquilamente, sin que su vida se vea alterada en lo más mínimo.
Primera: Las ballenas, por hablar de un pescado (hay quien si se le deja, se las come) tiene cola, pero no tiene rabo. También tienen unos dientes muy raros que no son tales, y que para no complicarnos la vida, hemos dado en llamar “ballenas”, como a su propietaria (también se les llama “barbas”, que de barbas ni esto). Por otro lado, la cola de las ballenas no tienen nada que ver con el rabo.
Segunda: Los seres humanos no tenemos rabo ni cola (en principio), a no ser metafóricamente, y que cada cual busque su sentido (las mamás con bebes lo tienen claro en el segundo de los casos, y en el primero: sin comentarios). También tenemos dientes, y sin ellos los dentistas estarían en la indigencia.
Tercera: Los caballos y los équidos en general, no tienen rabo, pero si cola. Y como en los  casos anteriores también tienen dientes, cuya misión principal es actuar como carnet de identidad en las ferias de ganado.
Valga lo dicho como preámbulo a lo que sigue que, recordemos, trataba de la forma apropiada de lavarse los dientes. Para empezar, digamos que no todo el mundo se los “lava” en el sentido literal de la palabra, sino que se los “limpia”, algo que al igual que con el rabo y la cola, siendo igual no es lo mismo. Lavárselos implica la utilización de agua, posiblemente porque es más higiénico que utilizar otros “dentífricos”. La hierba, la arena, la corteza de ciertos árboles y el bicarbonato de soda podrían cumplir la misma función, pero posiblemente los estomatólogos no iban a dar abasto. Que quede claro que por mi parte no tengo inconveniente en que usted utilice los métodos alternativos que le venga en gana: la responsabilidad recaerá sobre usted exclusivamente. De hecho, que yo sepa, ningún bicho emplea el cepillo de dientes y ahí están, algo han debido hacer para no estar aquejados de piorrea masivamente. Otras alternativas: ácido ascórbico, bisulfito de sodio y sal marina. Allá usted.
Y metiéndonos ya plenamente en el tema que enunciaba el título, digamos de entrada que para proceder a su lavado, es necesario contar con el objeto del que venimos hablando. It is to say: los dientes. Los lactantes y los ancianos desdentados no se los lavan porque carecen de ellos; en el primero de los casos, por que su madre o el biberón sufrirían más de la cuenta, y en el segundo (¡qué más quisieran!) porque hacerlo con el contenido del vaso de agua en la mesilla de noche, no puede llamarse en propiedad tal cosa. Aunque lo laven. Si separa los labios los verá de inmediato, están ahí, son los guardianes de la cavidad que se oculta tras de ellos, y en ese sentido son los cancerberos de un mundo misterioso, que solo descubren las radiografías y las autopsias (abrir desmedidamente la boca está mal visto). Su color, como norma general es blanco, aunque se admiten varias tonalidades de los ocres en tonos discretos, que cuando viran decididamente al negro son otra cosa: ya no son dientes. Su función principal es preparar al alimento para pasar en condiciones al aparato digestivo, ocupando de esta manera el primer lugar del mismo. Deben en primer lugar morder (cortar) y después masticar, que como se dijo a propósito de los rabos y las colas (y los dientes y las barbas), siendo parecidos no son lo mismo. Una precisión que lo aclarará: Drácula mordía a sus víctimas, pero, que se sepa, no las masticaba, claro que lo que le interesaba no era masticable como todo el mundo sabe, y no es cuestión en estos momentos trasladarse a los Cárpatos en busca de más detalles.
En los seres humanos la dentadura consta de treinta y dos piezas (muelas del juicio incluidas), situadas por igual en las mandíbulas superior e inferior. Los frontales, cumplen la función de morder y son más finos y cortantes que los situados más atrás, llamadas muelas que son más planas con una especie de meseta superior que les facilita la masticación y la formación del llamado “bolo alimenticio” para facilitar el paso de la comida por la garganta. En la naturaleza existen sin embargo animales que prescinden de estas sutilezas (con toda la razón del mundo), y se tragan a sus víctimas sin pasar por esta segunda función, ejemplo de los cuales podrían ser los leones, algo, sin embargo mucho más evidente en los cocodrilos y las boas constrictoras, que las engullen con cuernos y pezuñas sin escrúpulos de ningún tipo (en mi opinión los cocodrilos exageran, y su increíble dentadura solo puede obedecer a un error evolutivo o a una pura exhibición narcisista, y no difiere mucho del interés de algunos seres humanos por la física cuántica, que, en ese sentido, tampoco sirve para nada).
Los dientes (que no son móviles) se fijan mediante unas raíces bastante profundas a través de las llamadas encías, mucosa firme pero delicada, que hay que cuidar con cierto mimo, si queremos evitar su sangrado, que no augura nada bueno. En los seres humanos, cumplen además otra función primordial entre los miembros de su especie, pues a través de los mismos pueden tener noticia de la relación cordial (o no) que mantengan entre ellos. Enseñarlos, como norma general, es una buena señal, pues suele acompañar a un gesto conocido como “sonrisa”, que indica que la relación es buena, aunque en ocasiones sean utilizados cínicamente para el engaño, como en la conocida expresión “¡dientes, dientes!” (que es lo que les jode), de tantas fotografías. Sin embargo, si quien le enseña a usted los dientes es un lobo o su perro de compañía, haría bien en mantener cierta distancia, e incluso disponer de una pistola a mano (los dientes caninos o incisivos, de los que no hemos hablado, son en ambos casos, definitivos). Se dice que las hienas sonríen, y que al hacerlo emiten un sonido sugerente, pero los científicos aseguran que es falso, y que uno no debe dejarse tentar por tal artificio si no quiere acabar convertido en menudillo (lo mismo cabe decir del cocodrilo y su simulación del llanto). La mayoría de los animales se valen, sin embargo, del rabo como sustituto para mostrar su estado de ánimo. Moverlo enérgicamente hacia los lados suele ser señal de alegría, como bien saben los amantes de los perros. En los hipopótamos, sin embargo, no es el caso, y suele ser utilizado para expeler sus excrementos en señal de desafío o desorden amoroso, lo cual no tiene nada que ver con lo expuesto anteriormente. Claro que a estas alturas hay que especificar que “enseñar los dientes” (normalmente se emplea en sentido contrario al que aquí se viene manteniendo) no siempre es señal de contento, pues este hecho viene más bien definido por la elongación de los músculos de la cara, que amplían la boca y achinan la mirada. Los animalitos también tienen músculos en la cara, pero no los emplean para esos menesteres, entre otras cosas porque, para ello, sus cerebros tendrían que ser capaces de definir con cierta precisión conceptos tales como “el ridículo”, “el absurdo”, “la contradicción”, etc, y no son capaces de hacerlo, dado su reducido volumen en relación a su peso corporal. Y dicho esto, ya está dicho casi todo en el apartado que podríamos denominar “generalidades”.
Vayamos pues, para terminar, con la parte central de estas normas, que consisten básicamente en instruir en la manera de lavarse los dientes adecuadamente y con la mayor eficacia posible. En primer lugar, abra la boca e introduzca en la misma su cepillo de dientes, con la parte alícuota de la pasta necesaria para tal función. Luego, puede mantenerla abierta o cerrada a voluntad. Coloque el cepillo delante de los dientes, y proceda a frotarlos con un movimiento de arriba hacia abajo y viceversa, a lo largo de ambas hileras (superior e inferior). No descuide, cuando haya terminado, de hacerlo asimismo sobre las mesetas de las muelas, ni con cierta fruición por los intersticios entre los dientes, el lugar más adecuado para que se amontonen las sobras de la comida y las bacterias, que son muy aficionadas a las mismas. Para ello es aconsejable, una vez repasada someramente la parte posterior de los dientes, utilizar hilo dental en cualquiera de sus variantes (nylon solo, nylon con cera, nylon con filamentos) o el water-pik, un pequeño artilugio capaz de lanzar un chorro de agua con energía. De esta manera, usted podrá mantener lejos de su dentadura los peligros que la acechan: el sarro, las caries, la halitosis y la periodontitis, y postergará todo lo posible la amenaza de la dentadura postiza en el vaso de agua durante la noche, y la pasta Corega durante el día. Sus amistades y sus seres queridos se lo agradecerán.
FIN DE ESTAS INSTRUCCIONES. Para más detalles, dirigirse a un dentista. En cualquier caso, al finalizar el lavado, es también recomendable cepillar con cuidado la lengua hacia el exterior, algo hasta hace poco solo practicado por los higienistas, los muy escrupulosos y los dados al vicio.

Nota.- Pareciéndolo, los dientes no forman parte de ningún exoesqueleto. Para tal cosa sería aconsejable estudiar a las tortugas que, por cierto, también tienen dientes.